Relatos de la mazamorra, 4.- Cuarteto, por Vladimir Hernández.

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ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

4.- Cuarteto

—Acosta, tú no me estás escuchando —protestó ella.

Él acababa de darse una ducha y estaba verificando frente al espejo el aspecto de su impresionante musculatura de veinteañero. Su piel de ébano, húmeda, brillaba al fulgor amarillento de la lámpara del baño. De pronto fue consciente de que su mujer le había preguntado algo.

—¿Qué pasa ahora?

—¿Ves que nunca me prestas atención? —lo acusó Cachita cruzándose de brazos—. Siempre haces lo mismo.

Cachita tenía la tez muy oscura y una fisonomía de fuertes rasgos. Grandes senos, tobillos finos y huesos alargados. Llevaba el cabello al estilo afro y usaba unas gafas de baja graduación y armadura plástica que le conferían un cierto matiz intelectual.

—Bueno, te escucho ahora —dijo él—. ¿Qué decías?

La chica lo miró con los labios apretados, como dudando, y luego declaró:

—Que no quiero salir este fin de semana con Machado y Lalá.

Acosta dejó de frotarse la espalda con el trozo de toalla blanca.

—Tú verás lo bien que la vamos a pasar los cuatro en el canal de la Marina, muchacha —le prometió—. Ustedes dos van a estar cogiendo solecito, oyendo música y bebiendo tragos junto al canal, mientras Machado y yo buceamos y cazamos langostas. Te prometo que si tenemos suerte con la cacería yo mismo voy a hacer un enchilado de langosta que te vas a chupar los dedos. Tenemos todos los ingredientes.

—Sí, chico, yo sé que podría pasármelo bien, pero…

—¿Cuál es el problema, entonces? —dijo él preocupado—. ¿Te aburres con Lalá?

—No es eso —terció ella con fastidio—. Es que no quiero seguir saliendo con ellos. Todos los fines de semana salimos con ellos; vamos a la discoteca juntos, vamos a la playa juntos, nos emborrachamos juntos, alquilamos películas y telenovelas para verlas con ellos… Parecemos un cuarteto. Me siento cansada de ir con Machado y su mujercita a todas partes. —Suspiró—. En serio, necesito un descanso; estar a solas contigo o salir con otra pareja distinta.

Acosta se agachó a su lado y le acarició el cuello con su manaza.

—No te entiendo, Cachita. No te entiendo. Nunca me habías dicho que te molestaba la compañía de ellos.

Ella suspiró.

—Pues te lo estoy diciendo. Me siento saturada de sus conversaciones, y de los mismos chistes todas las semanas. Lalá solamente habla de los problemas que tiene con sus hermanas, y que si se compró tal pacotilla o consiguió gangarrias labradas en plata; y ustedes dos siempre están reciclando las anécdotas del trabajo. ¿No podemos cambiar de amistades por un tiempo?

Acosta la miró muy serio a los ojos. Dejó de acariciarla.

—Esas son nuestras amistades, Cachita —manifestó—. Para bien y para mal. Lalá es buena gente; es un poco sonsa y aburrida, pero es buena gente. Y Machado es mi hermano…

—Machado es blanco y tú eres negro, Acosta —lo atajó ella—. No son hermanos.

Los ojos de Acosta parecían ascuas en la penumbra de la habitación.

—La raza no importa. Somos hermanos; de diferentes madres y diferentes padres, pero hermanos igual. La lealtad es lo que cuenta.

Ella sacudió la cabeza con vehemencia.

—Pues no me gusta ese concubinateo entre ustedes. No lo veo normal.

—¿Concubinateo? —La expresión de Acosta se endureció—. ¿Qué palabrita es esa, Cacha? ¿Qué es lo que tú estás insinuando?

—No insinúo nada. Lo único que te digo es que tanta fraternidad entre ustedes me parece excesiva —respondió ella, pero suavizó el tono, como disculpándose.

—Esa fraternidad es la que nos fortalece. Nos cuidamos las espaldas en el trabajo, y compartimos juntos nuestro tiempo libre porque así lo deseamos. Es un pacto, mutuo y voluntario, pero yo no aspiro a que tú lo comprendas; sólo a que lo aceptes.

Cachita hizo un mohín con los labios.

—Yo sólo pretendía descansar un poco de su compañía.

—Pues si necesitas descansar, no vayas con nosotros al canal este fin de semana, ni hagas salidas con nosotros por un tiempo; yo no voy a echártelo en cara —La gravedad en la voz de Acosta la caló hondo—. Pero no me pidas que me aleje de mi hermano. No me pidas que le dé la espalda y salga con otras amistades. Te lo digo muy en serio, Cachita; no me obligues a escoger entre tú y mi amistad con él. Machado estaba ahí antes de que tú llegaras, y va seguir ahí, apoyándome, el día que tú decidas romper conmigo, ¿me entiendes? La relación de hermandad entre él y yo es mucho más importante de lo que tú crees.

Estaban muy cerca ahora, los rostros a un palmo de distancia, pero Cachita sentía que se había abierto un abismo entre ellos. Si no iba con cuidado, podía perder pie y caer por ese abismo. Tenía que ceder.

—Está bien —asintió dejando escapar el aliento—. No hay problema. Todo seguirá como antes. Resistiré.

—Nadie te está pidiendo que resistas —insistió su marido—. Yo sólo quiero que trates de pasártela bien. Y que no me obligues a escoger.

Crean el primer sello de autoedición de calidad especializado en género negro.

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NOTA DE PRENSA

Crean el primer sello de autoedición de calidad especializado en género negro

  • La iniciativa, que parte de la librería online Som Negra y la editorial Espai Literari, quiere cubrir un vacío manteniendo los estándares de calidad.
  • Los autores contarán con asesoramiento editorial y servicio de corrección, y apoyará a sus autores en la promoción y distribución.

                                              

Barcelona.- El género negro vive una época dorada y el sector editorial no siempre puede dar respuesta a las obras que aspiran a ser editadas, incluso reuniendo los requisitos de calidad que se le presupone a una editorial. Para cubrir este vacío, la librería especializada Som Negra, con sede en Collbató, y la editorial Espai Literari, nacida en el barrio de Gràcia de Barcelona, han lanzado la colección Nigra Sum, la primera del Estado especializada en autoedición de calidad de género negro.

Los autores de esta nueva colección podrán contar con todo lo necesario para publicar su obra con garantías, siempre que ésta reúna unos requisitos mínimos de calidad. Espai Literari brindará su apoyo en editing y corrección de textos, y se encargará de la propia edición del libro bajo el amparo de la editorial. Som Negra, como librería online especializada en género negro, asumirá la distribución a cualquier punto de la península y Baleares. Además, los autores contarán con una presentación y promoción a través de los canales de ambas entidades, incluyendo redes sociales, para multiplicar así su potencial de difusión.

A pesar de tratarse de una colección de autoedición, los fundadores de Nigra Sum quieren hacen hincapié en los requisitos mínimos de calidad. “El autor/a debería ser el primer interesado en que su obra no se publique de cualquier manera. Si la trama no se aguanta, o si un libro aparece repleto de faltas de ortografía, todos perdemos”, explican los promotores del proyecto. Por eso todos los libros pasarán obligatoriamente un proceso de revisión editorial y corrección orto-tipográfica. “No nos interesa el modelo de editorial-imprenta: queremos aportar nuestros conocimientos sobre la construcción de un relato y sobre el proceso de edición con criterios de calidad y personalización, no de ‘fábrica de libros’”, explican.

La distribución de los ejemplares es uno de los grandes caballos de batalla de la autoedición. Los autores de Nigra Sum contarán con importantes apoyos en esta parcela. La distribución online está asegurada, con las máximas garantías, a través de Som Negra, referente estatal de la novela negra. Además de esta distribución, los autores podrán beneficiarse de puntos de distribución físicos pactados.

Tarifas razonables

Las tarifas de la colección Nigra Sum se presupuestan a medida para cada libro, teniendo en cuenta condicionantes como la extensión (no es lo mismo una novela corta de 100 páginas que una de 500) o el trabajo de editing que requiera. “Nuestros autores saben que lo que ofrecemos no es un servicio de impresión, sino un apoyo global en toda regla, y esos servicios tienen un valor. Pero a la vez, velaremos por convertir su inversión en beneficio gracias precisamente a la calidad de su apuesta”.  Los promotores de Nigra Sum explican que un autor que venda 300 ejemplares de su novela obtendrá fácilmente un beneficio cercana o superior a los 2.500 euros, cifra cinco veces mayor a la que obtendría con cualquier editorial. “Por supuesto, una editorial aporta prestigio, confianza y comodidades, pero cuando el mercado editorial cierra sus accesos, como a menudo ocurre, Nigra Sum puede ser una excelente salida, y ése es nuestro propósito”, explican.

Sobre el nombre de la colección

‘Nigra sum’ (‘soy negra’, en latín) es un versículo del Cantar de los Cantares que, por analogía, evoca a la Virgen negra, la Moreneta de Montserrat. Al pie de esta montaña se encuentra precisamente Esparreguera, ‘cuartel general’ de la librería Som Negra y sede del evento Collbató Negre, donde empezó a gestarse la nueva colección.

 

Para obtener más información:

Aureli Vázquez

espailiterari@espailiterari.com

 

 

 

Relatos de la mazmorra, 3.- Alunizaje, por Vladimir Hernández.

ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

3.- Alunizaje

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Aceleraron rumbo al Hospital Emergencia. El olor a sangre dentro del coche patrullero comenzaba a resultar incómodo. Acosta, que era muy pulcro y proteccionista con el vehículo, esperaba que no quedaran manchas en el asiento trasero.

El tráfico de Reina estaba imposible; se desviaron por una calle lateral llena de baches. El coche iba dando tumbos.

—¡Ay, cojones, me cago en..! —se quejó el detenido, que iba completamente acostado para evitar que el asiento le rozara la herida. Iba descalzo, y vestía una camiseta interior mugrienta y unos pantalones cortos de mezclilla empapados de sangre.

—Cállate de una cabrona vez, anda —le vociferó Machado burlón, sin tomarse el trabajo de mirar atrás—. Si no fuera por ti, ya nosotros dos habríamos terminando el turno y estaríamos de camino a casa.

Aquella tarde habían intervenido una riña a navajazos en un solar y, como no había ambulancia para transportar al herido, Control les había ordenado trasladarlo al centro médico más cercano. Además de tener el rostro hinchado por los golpes, el tipo se había llevado un tajazo enorme en uno de los glúteos y sangraba profusamente.

—Ahora no te lamentes —le dijo Acosta mientras conducía—. Tú mismo te lo buscaste, por hacerte el guapo y meterte solito en la boca del lobo.

El herido gimió cuando el Peugeot agarró otro bache.

Machado lo miró por el espejo retrovisor.

—¿Y se puede saber qué coño fuiste a buscar a ese solar?

—Fui a arreglar cuentas con un hijo’puta que me debía plata —respondió el hombre, haciendo un esfuerzo por reponerse al dolor.

—Y seguro que te encontraste que el tipo vivía con una pila de primos allí y que te estaban esperando para caerte arriba, ¿no?

Acosta cruzó la calzada de Belascuaín saltándose la luz roja, y preguntó:

—¿Cuánto te debía ese fulano?

—Doscientas cabillas.

Machado soltó una carcajada.

—¡No me jodas! —dijo—. ¡¿Y por doscientos pesos mierderos te has buscado que te piquen el culo?! ¡Hay que ser comemierda, chico!

—Sí —se sumó Acosta divertido—. Te han hecho una zanja extra por ir a discutir el equivalente a siete míseros dolares. Has tirado tu prestigio por el suelo.

—Ahora vas a tener el culo picado para toda la vida, y la gente va a saberlo. Eso es moral. No valía la pena.

El detenido ladró una respuesta que parecía un sollozo enfurecido.

—A ese yo lo mato. ¡Por mi madrecita!

—Ah, ¿sí? —se rió Machado—. No me digas.

—Lo voy a rajar al medio —repitió el herido con rencor—; a él y a sus dos primos. —Sofocó otro quejido—. Esos tres no llegan vivos al fin de semana.

Los dos polis rompieron a reír al unísono.

—Usted es un caso perdido, compadre —dijo Acosta—. Le abren una tercera nalga y media hora después ya está pensando en la revancha.

—Me lo voy a echar al pico —insistió el hombre con un hilo de voz.

Acosta siguió riendo sin añadir nada más, negando con la cabeza.

—Qué bruto es —razonó Machado, encogiéndose de hombros—. No tiene remedio. El tanque y el cementerio están llenos de tipos así.

—Yo lo voy rajar… Lo voy a rajar… —siguió diciendo la voz de atrás.

Continuaron avanzando hacia el Emergencia.

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La tarde moría con lentitud exasperante. Acosta se aburría detrás del volante.

—Alunizaje —dijo Machado, pronunciando aquella palabra a continuación de un bostezo. Subían desde la zona del Túnel de la Bahía por la calle Habana, atravesando un cuchillo para buscar Compostela.

—¿A qué viene eso de la Luna ahora, Machado?

—¿La Luna? ¿Quién habló de la Luna?

—Dijiste alunizaje. Eso significa aterrizar en la Luna.

—¡Pero si nadie ha aterrizado en la Luna, salvaje!

—Eso no es verdad —terció Acosta—. Creo que los rusos fueron allí hace años.

Machado lo miró con suspicacia y dijo:

—Negro, tú siempre te estás inventando cosas para confundirme. ¡Ni los yumas ni los bolos han ido nunca a la Luna!

—A lo mejor fueron los franceses. Creo que lo leí en algún sitio.

—No creo. Los rusos son los mejores. Si ellos no han ido, no ha ido nadie.

—Quizás leí mal.

—¿Ves? Seguro que te lo inventaste para joderme. Pero te salió el tiro por la culata.

—O fueron los chinos los que viajaron a la Luna.

—Acosta, no me empieces otra vez con lo de los chinos, por favor.

El conductor se encogió de hombros y abandonó la discusión.

—¿Y entonces de qué tú hablabas cuando dijiste eso del alunizaje, compadre?

—Me refería a una forma de fachar.

—¿De robar? ¿Y eso?

—Bueno, no aquí. En España. ¿Te conté que tengo un primo viviendo en España?

Acosta sonrió con picardía.

—Tú tienes parientes regados por todo el mundo, socio.

—Más o menos. El caso es que mi primo dice que allá en España los delincuentes le llaman alunizaje a estrellar un carro contra la vidriera de una tienda o una joyería, y luego se meten dentro del sitio y efectúan el robo; todo en pocos minutos, antes de que venga la Policía. Es como un facho exprés, ¿te imaginas?

—Está fuerte eso.

—Eso dije yo; ¡cómo inventan esos gallegos!

—Pues aquí estarían jodidos —reflexionó Acosta—. En esta ciudad ya no quedan vidrieras, y mucho menos joyerías. Ni siquiera las shopping tienen cristales.

—Tienes razón. Y luego dicen que allá afuera se vive mejor que aquí, y que los ladrones la tienen más difícil para robar. ¡Qué puntos son!

Rieron sin mucha convicción. Acosta se rascó la piel tras la oreja y comentó:

—Lo que no entiendo es qué relación tiene eso con la Luna. ¿Por qué lo llaman alunizaje?

—Pues no lo sé. Eso mi primo no me lo explicó.

Se quedaron en silencio. Al cabo de un rato Acosta preguntó:

—¿Qué vamos a hacer este fin de semana? ¿Tienes algo en mente?

—¿Ya se te olvidó? —dijo Machado—. Esta semana vamos a cazar langostas al canal de la Marina Hemingway, en la zona donde viven unos parientes míos. Sigue siendo ilegal cazar langostas, pero la gente de por allí lo hace a escondidas.

—Cierto, me lo habías contado —recordó el otro poli con regocijo anticipado. Pensó en su mujer, Cachita—. Iremos con las jevas, ¿verdad?

—Por supuesto. Vamos los cuatro. Seguro que Lalá y Cachita no se van a querer meter en el agua, pero les encantará estar junto al canal, cogiendo fresco y tomando ron.

La radio crepitó y Machado respondió la llamada.

—Carro 666. Indique, Control.

—Avancen hasta la calle Teniente Rey 250. Se denuncia un cinco-dos con arma blanca. Repito: vayan hasta Teniente Rey 250 y localicen a la persona lesionada.

—Copiado, Control —dijo Machado—. Vamos para allá.

—Correcto.

Cinco minutos después, llegaron a la dirección indicada.

—Oye, mi hermano —advirtió Acosta—. Esta es la salida trasera del solar donde estuvimos hoy por la mañana. Es el mismo sitio donde ocurrió la bronca.

Machado asintió con sorpresa.

—¡Coño, verdad qué sí! Qué conflictivo es ese puñetero solar, ¿no?

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Entraron al patio de tierra con el Peugeot y se acercaron a un par de vecinos y al policía de la Mazmorra que esperaba junto al caserón colonial. El sitio en general estaba tan desvencijado que tenían la impresión de que en cualquier momento todo aquello se les iba a derrumbar encima. Frenaron al ver al herido sentado junto al poli.

—No me lo puedo creer —dijo Machado con asombro.

—La madre que lo parió —comentó Acosta alzándose las gafas para poder ver bien a la víctima—. Mira quién regresó al solar.

El hombre era el mismo herido que habían llevado a Emergencia aquella misma mañana. Ahora vestía otros pantalones cortos, camiseta sin mangas y calzaba mocasines apache de confección artesanal. Mostraba heridas leves en el torso, recientes hinchazones en el rostro y, al igual que en la mañana, la sangre en sus posaderas era abundante.

—Le han rajado la otra nalga —indicó Acosta lo evidente.

La expresión de derrota en la cara del tipo era abrumadora. Parecía al borde del desmayo. Machado se plantó delante de él y le espetó:

—Reconócelo, compadre. Tú no vienes al solar a matar negros.