Por encima de la lluvia, de Víctor del Árbol DEDICADO!!!

Por encima de la lluvia – Víctor del Árbol

Ya tenemos aquí lo último de Víctor del Árbol!!! y SomNegra siempre pensando en lo mejor para vosotros, te da la posibilidad de conseguir tu ejemplar DEDICADO!!!.

Por encima de la lluvia sale a la venta el 21 de septiembre y hasta ese día tienes la posibilidad de reservar tu libro. Víctor firmará todos vuestros ejemplares el día 23.

No te lo pienses más y a por él! Y recuerda indicarnos el nombre de la dedicatoria!

Compra dedicada: Por encima de la lluvia

Sinopsis:
Miguel y Helena se conocen en una residencia de ancianos en Tarifa, a una edad en la que creen haberlo vivido todo ya. A Miguel le asusta volar. A Helena le da pánico el mar. Los dos tienen hijos adultos y sienten que les han relegado a un plano casi ornamental. El dramático suicidio de un compañero de la residencia les abre los ojos. No quieren pasar sus últimos días recordando y añorando tiempos supuestamente mejores. Y juntos decidirán emprender el viaje de sus vidas, en el que descubrirán que nada es defi nitivo mientras queden ilusiones que perseguir.

Mientras tanto, en la lejana ciudad sueca de Mälmo, la joven Yasmina, hija de inmigrantes marroquíes y que sueña con ser cantante, vive atrapada entre el cuidado de su autoritario abuelo Abdul y el desprecio de su madre, para quien Yasmina es una vergüenza porque trabaja para un sueco de pasado turbio. Y vive un romance secreto con el subcomisario de la Policía sueca, un hombre mayor e importante.

Estos tres personajes dibujan una historia sobre el sentido del amor y sobre lo extraordinarias que pueden llegar a ser las personas comunes.

Pasado, presente y futuro se entremezclan en este viaje desde Tánger en 1955 hasta Mälmo en 2014, metáfora de un viaje mucho más importante: el de vivir siempre intensamente.

 

 

Relato: Justicia poética, de Ignacio Barroso-Benavente

Justicia poética

I. Barroso-benavente

A R. y a T., sé que faltan letras, pero sobran sonrisas y planes

La escena es la siguiente. Deja que te la describa un poco, porque no estás para deleitarte con lo que te rodea. Un sótano. Suelo de cemento. Paredes con salitre y manchas de humedades. Rincones oscuros con trastos amontonados. Del techo cuelgan unos ganchos, como sacados de una planta industrial. Todo salpicado de un olor acre, a descomposición y aceite de maquinaria. En un rincón una mesa de trabajo y una estantería llena de herramientas punzantes. En el otro lado, un ventanal de cristales emplomados con barrotes por fuera. Más o menos eso es lo que hay. Y tú en medio. Desnudo. Inconsciente. Con la cara hecha un cromo. Bridas de plástico negro en las muñecas. Un charco de sangre coagulada junto a tu boca y lo que parecen un par de dientes rotos. El fin de fiesta perfecto para una noche loca, ¿no crees? Bueno, tampoco estás para hacerte esta ni ninguna otra pregunta. Bastante tienes con poder seguir respirando con el tabique como lo tienes. Una masa deforme, morada. Aplastada. Y un goteo continuo. Cada vez que inhalas, suena un pitido agudo. La posición fetal que te estás marcando podría resultar hasta tierna. Lástima que todo apunte a que el tema del nacimiento esté apuntando maneras de producirse a la inversa. Ya sabes: sales de un agujero oscuro empapado en fluidos y sangre, y, o mucho me equivoco, en un rato vas a acabar en otro parecido. Con solo una diferencia. En lugar de líquido amniótico durante nueve meses, vas a estar rodeado de cal y arena por el resto de los tiempos. Pero mejor no adelantemos acontecimientos. Tus amigos han salido a tomar algo, y quizá sea necesario refrescarte un poco la memoria, para aliviarte la conciencia y esas cosas. ¿No crees? Venga, vamos…

Siempre fuiste una especie de Jekyll y Hyde en versión casposa. Un tío retraído que mataba el tiempo a golpe de pajas y machacándose en el gimnasio de lunes a jueves. Un curro anodino. Una vida gris. Vamos, un borrego más en el rebaño. Pero los fines de semana, otro gallo cantaba y lo sabes. Los chavales con los que echabas horas entre mancuernas, sudor y anabolizantes eran la polla. Peña maja. De estos con los que salir de copas y acabar a hostias de madrugada. Un plan pleno. Y para colmo pilotaban de mierdas químicas. No se os escapaba ninguna. La técnica era sencilla. Palique. Conversación que parecía sacada de un manual de la época de Pajares y Esteso, y a triunfar. Pero mejor pongamos un ejemplo, que lo mismo tantos golpes en la cabeza te han dejado alguna laguna.

Garito petado de peña. Tú y los chicos acodados en la barra. Polos y camisas ajustadas. Mucho escote para que se note que los pectorales además de tener volumen están depilados. Músculos tensos. Mirando alrededor. Búsqueda de una presa que llevarse a la cama. La noche muriendo en su avance y nada, no hay suerte. El local es un campo de nabos. A medida que pasan las horas, el listón va bajando en sus exquisiteces. Todo vale. Y al final los cubatas y la coca se encargan del resto. Un grupo de chavalas. A esas alturas ya nada cuenta. Sólo satisfacer necesidades e instintos. Vuestro grito de guerra, manido y machista, lo deja claro «ninguna mujer es fea por donde mea».

Y al lío. Cuidado que vamos a pasar. Roces. Unas manos en la cintura con cara de tío sensible. Susurros al oído. No por ser babosos, es que la música está muy alta y si no me acerco no me oyes. Y ya que estoy en la distancia óptima, pues con disimulo meto morro rozando tu mejilla. Miradas seductoras ensayadas en el gimnasio frente al espejo. Lenguaje corporal de soy el rey del mambo. Intentos de alargar la escena, y en un visto y no visto, el que se había quedado fuera del teatro de operaciones hace una ronda de medicina en las copas de las chavalas. Ellas beben. Vosotros esperáis. Puta química orgánica. En la vida fuisteis capaces de aprender a formular un triste óxido, y ahora os hincháis a follar con lo que sintetizan los adultos en que se convirtieron los niños con gafas a los que hostiabais en el recreo. Pero claro, así es esta vida, ¿no? Ellos a seguir con sus cosas de cerebritos y los triunfadores como vosotros a vivir la vida.

Media hora después, los neurorreceptores ya están saturados de dopamina, serotonina y norepinefrina. Vamos, que ya está todo hecho. Ahora a aprovechar el calentón. Búsqueda de una pensión y a freírse el capullo metiéndola en caliente. Mañana será otro día, y si habéis sido lo suficientemente precavidos, cuando salga el sol ya estaréis fuera de allí. Ellas se despertaran solas, sin saber dónde coño están y con cincuenta pavos menos en la cuenta bancaria. Ya se sabe, el hombre del siglo XXI huye del cliché machista de pagar siempre.

Y luego entre semana, pues a sacar pecho y enseñar los videos grabados con el móvil. Frases de tíos de mundo. «Joder, como la chupaba». «Escucha, escucha. Mira como gime». «Era una puta de cuidado, me dejó seco, tío». Y las imágenes pasando. Tías con las pupilas como monedas de dos euros. Cuerpos desnudos estremeciéndose. Puede que por placer o porque alguna parte de su cerebro empieza a tener miedo. Pero claro, sois unos tíos. La crema de la noche. ¿Qué coño os importa eso a vosotros? Cuantas más caigan mejor, y si os marcáis un trío pues sesión doble de press de banca para celebrarlo y una ronda de batidos de proteínas. Que la semana no ha hecho más que empezar y aún quedan muchas pajas en los baños del curro recordando. El finde aún no asoma en un calendario y no hay mejor manera de matar el tiempo.

Pero claro, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, ya sabes. Por mucho que uno trate de optimizar todo, siempre hay algún fleco suelto. Nada de enviar vídeos para evitar que el spam y el morbo hagan el resto. Es lo que hay. El mundo está conectado. Y antes o después la tía que sale en el video puede recibirlo y plantar una denuncia. Eso ya no es tan divertido, ¿verdad? Otra de las medidas de seguridad es igual de sencilla y efectiva. Actuar por zonas. Nunca pasar por el mismo garito dos veces al mes. Todo sea por evitar reencuentros incómodos y que se os joda el negocio. Así que el viernes siguiente nueva zona por explorar. Un local de moda. Portero de traje a medida y cuerpo macizo. Cabeza rapada, aspecto eslavo y pinganillo en la oreja. Chicas guapas. Alcohol de garrafón. Y muchas ganas de pasarlo bien.

Perdona, la puerta del sótano se abre y creo que quien viene tiene cara de pocos amigos. Ahora seguimos hablando…

Los pasos retumban. Son tres pares de pies. Dos calzan botas militares. Los otros tacones de aguja. Una onomatopeya podría ser toc, toc, toc, toc, plof, plof, plof. Se detienen a tu lado. Te miran con verdadero interés. Dos maromos rapados con pinta de haberse licenciado de los Spetsnaz hace un par de días. Cuerpos musculosos, capaces de partirte por la mitad sin mucho esfuerzo. Mirada demente, de esta gente que se afeita con machete y usa napalm como aftershave. Y algo a mitad de camino entre una mueca sádica y una sonrisa que nada bueno presagia. La chica en cambio, parece hecha de otra pasta. Ya sabes, el acero soviético no sólo se usaba con fines bélicos. Es alta, delgada. Rubia, de rasgos sensuales, de no ser por los morados que marchitan su cara. Tapa los ojos con gafas de sol aparatosas. A todas luces debe tenerlos a la funerala y trata de ocultarlos de esta manera. Una verdadera diosa de piernas largas, eternas, que mueren en una minifalda blanca con manchas de sangre seca.

Hablan entre ellos. Lengua natal. Ellos conteniendo la rabia y señalándote con el dedo. Ella negando con la cabeza, como si dudara. Solución, patada en el pecho que te comes y del impulso acabas bocarriba. La luz que entra por el ventanal te da de lleno. Ahora sí, ya no hay lugar a las dudas. Afirma emitiendo un da agudo. Los otros dos se miran entre sí. Parecen mantener una conversación telepática. Por cómo te miran no tiene pinta de ser algo muy humanitario lo que te están reservando. Aunque parece que no tienen prisa. Uno de ellos le echa un brazo por encima a la chica. El aire protector. Muy a lo Vin Diesel en A todo Gas I, ya sabes «rómpele el corazón y te rompo el cuello»…

Se marchan. Vuelves a quedarte solo. Y yo vuelvo a lo mío. A seguir desgranándote un poco la historia. Ya sabes, de aquellos polvos estas contusiones…

El garito es la hostia. Luces de éstas que emiten fogonazos y hacen que todo parezca una sucesión de fotogramas. Huele a pasta. A peña de éxito. Joder, tirarse a una de esas tías que pululan con vestidos de noche y taconazos que parecen sacados de una peli porno, simplemente seria la hostia, pensáis nada más entrar. Eso sí, aquí la competencia en esto de lucir palmito es mayor. Aunque bien visto, hay demasiado ganado como para tener problemas. Una primera ronda de Jägermeister y al lío. Bailes que parecen sacados de un videoclip de reggaeton de serie B. Hablar a gritos. Tratar de llamar la atención. Que empiece la fiesta…

Varios cubatas y un par de tiros de zarpa después, ha habido suerte. Unas tías rubias, guapísimas, parecen haber sido atraídas por vuestros reclamos. Estáis en un reservado. Una por barba. La noche está saliendo que ni hecha por encargo. ¿Cómo era aquello que decíais en situaciones como ésta? Ah, si. «Muy mal se nos tiene que dar». Y la cosa parece estar cumpliéndose. Copas. Manoseos. Besos robados. La idea de montar algo a lo Bang Bros aparece de la nada. Un todas con todos. A follar hasta que el cuerpo aguante, y lo mejor de todo es que esta vez parece que os vais a ahorrar la droga. Mejor, que la vida está muy cara y todo lo que sea ahorrar nunca está de más.

Desde el reservado miras a los payasos que están apelotonados en la pista de baile. Putos mediocres. Unos mierdas que tratan de pillar cacho a la desesperada. No como vosotros, claro. Sois los amos de la noche. No hay más que veros. Rodeados de tías de bandera. Bebiendo botellas, no copas. Botellas de las caras además. Champán. Un día es un día y para eso se inventaron las tarjetas de crédito. Un brindis para celebrarlo y a seguir tomándole el pulso a la situación.

Un par de rondas más tarde, la balanza se decanta a vuestro favor. Hora de salir de allí. Miradas de envidia clavadas en vosotros. Putos perdedores. Sonrisas de superioridad, que siempre hubo clases y vosotros estáis en la cúspide ahora mismo. Sólo es cuestión de disfrutarlo mientras dure. El problema es que la zona no tiene pensiones en las que sacar los más bajos instintos a flote. Os está costando un pico la historia, pero qué cojones, dame un piti tío y vamos a buscar un hotel. Llegados a este punto, ya no hay retorno. Y a tirar de móvil para buscar en Google Maps. Toca andar, pero bueno, así os despejáis un poco que para lo que vais a hacer, mejor tener los cinco sentido alerta. Ya sabes: lamer, tocar, oler, mirar y escuchar gemidos.

El notas de la recepción se porta bien. Nada de pedir demasiada documentación. Un par de DNIs. Firmad aquí y a pasar buenas noches, que de cambiar las sábanas salpicadas de fluidos corporales ya se encargará el servicio de limpieza mañana. Y al lío. Pasión desatada en el ascensor. Un par de plantas más y os lo montáis ahí mismo. Pufff, que calentón. Al fin salís al pasillo. Hora de buscar la puta habitación. La sangre acumulada en otra parte del cuerpo dificulta el pensamiento (dentro de tus posibilidades habituales, claro). Y por fin llegáis a buen puerto. Empujón y la chavala que cae en la cama. La miras desde arriba. Es preciosa. Cómo te mira. Cómo te sonríe. Quiere mambo del bueno, y de eso sabes mucho. Carne en barra. Veintinosecuantos centímetros (que en verdad no llegan a quince, pero bueno el error de medida es algo intrínseco al hecho de medir, o algo así decía un científico de principios de siglo).

Te abalanzas sobre ella sin miramientos. La cama cruje. Os besáis. Qué bonito es esto. Un par de caricias y ropa cayendo al suelo. Hora de empezar el trabajo serio. Erecciones. Humedades. Lenguas que recorren pieles ajenas. Pufff. Y la temperatura subiendo. Tienes la polla al rojo vivo. Te pones encima de ella, dispuesto a enseñarle lo que es montárselo con alguien como tú. Un tío de pelo en pecho (aunque te lo afeites tres veces por semana). Un superhombre en la cama. La espera una semana de agujetas como mínimo. Ella separa las piernas, invitándote a entrar dentro. A sentir la suavidad de su interior. Te sonríe, levantando una ceja, como diciendo, «a qué esperas, dale». Y entonces pasa lo que rara vez te pasa. Plof. Gatillazo. Lo que antes era un conjunto de carne dispuesta a hacer de la noche una gesta sexual de la hostia, ahora no es más que algo colgandero y pellejoso.

Te la miras sin comprender. Tratas de ponértela morcillona por lo menos, que del resto se encargue ella. Los nervios no juegan a tu favor. Mierda. Y encima ésta sí que se va a acordar mañana. Un mito de la noche que se va a la mierda. El castigador vencido por una disfunción eréctil inesperada. Joder. No. No. No. Te llevas las manos a la cabeza. Ella sigue mirándote a los ojos. Aún no se ha debido de enterar. Las frases al uso acuden a tu cabeza. «Es la primera vez qué me pasa». «No es por ti, que me pones y mucho, es por el trabajo y el estrés», ya sabes, explicaciones que a lo mejor sobran. Lo más digno sería agachar la cabeza e irse por donde se ha venido. Pero no. Tú no eres de eso. Te esfuerzas un poco más en los preliminares. Ella jadea. Eso te pone, pero no lo suficiente. Calma muchacho, sólo es cuestión de hacer que se corra un par de veces. Con eso tu amigo ya asomará la cabeza otra vez.

Más tarde. Las sábanas encharcadas y ella al borde de la deshidratación. Tu lengua reseca. Joder, por qué no has cogido una puta pastilla de Viagra. Siempre la llevas encima, en la cartera, y hoy que es cuando la vas a necesitar se te olvida en casa. Ley de Murphy o como quieras llamarlo, pero te jode el plan. Te pones en pie y vas al baño. Ella te mira sin entender. Cierras la puerta. El espejo te devuelve tu imagen. Te sientes patético, derrotado. Te refrescas la cara, masajeándote los ojos. Todo es cuestión de calmarse, repites mentalmente mientras respiras hondo. Tus tribulaciones zen se van a la mierda cuando oyes ruido en la habitación. Sales a toda prisa. La tía está tratando de levantar el vuelo. Y una polla, piensas. Te has dejado una pasta esta noche y follas sí o sí. La sangre te hierve. Aprietas los puños y le preguntas que qué hace. Te sonríe. Esa sonrisa, otra vez. Más rabia. Pero lo que acaba por hacerte estallar es su respuesta. «Irme a mi casa. Aquí no pinto nada, al parecer».

Sin miramientos le das un bofetón. La hostia resuena en la habitación, pero no en tus oídos. Lo único que escuchas es un pitido incómodo, como de una tetera rompiendo a hervir. Ella trata de ponerse en pie, pero no la dejas. La coges del pelo y la estampas contra el suelo. No llora. Tampoco suplica piedad. No hay miedo en sus ojos. Y eso te encabrona más. Amagas con volver a sacudirla y te aguanta la mirada. Algo dentro de ti hace crac y te separas unos metros, observándola. Receloso. Ella se pone en pie con dificultad. La sangre hace que el pelo se le pegue a la frente. Pasa a tu lado alzando el mentón, de una manera que en otras circunstancias habrías interpretado de la manera correcta, pero no es el caso. La puerta se cierra. Notas una erección. Ahora, piensas. En fin, las sabanas aún huelen a ella y están empapadas. Una paja nunca está de más y con salir antes de las doce de la mañana de allí no habrá que pagar suplementos.

Otra vez vuelven a oírse pasos en el sótano. El mismo traqueteo de antes. Ya sabes, tacones y botas militares. Un cubo de agua fría te hace recuperar el conocimiento. Miras a tu alrededor tratando de enfocar. La luz te da de lleno en los ojos, obligándote a cerrarlos otra vez. Las muñecas te escuecen. Intentas moverlas y te clavas más aún las bridas. Ahogas un grito de dolor. La resaca unida a tu estado actual resulta insoportable. Los dos tíos te estudian con calma. Parecen estar jugándose a cara o cruz quién va encargarse de ti. Aunque la cosa parece decantarse por colectivizar tu cuerpo. Ya sabes, las raíces son difíciles de eliminar, y para qué andar discutiendo por quién va a sacudirte y quién no.

Se acercan a ti. Te estremeces. El primer golpe es a la altura del hígado. Abres los ojos y te encuentras de frente con ella. Intentas tragar saliva, pero no hay suerte. Tienes la boca llena de sangre reseca y es como tragar cuchillas de afeitar. Otro golpe, éste en los riñones. Dolor interno. Hablando de probabilidades la cosa está en un 80-20 en favor de la hemorragia interna. Más golpes. La boca del estómago recibe lo suyo, el ardor propio del garrafón de la noche anterior pasa a un segundo plano. Cuando se cansan, paran. Se alejan unos pasos y fuman en silencio, mirándote.

Tienes miedo. Mucho. Más que en toda tu puta vida. Pero tranquilo, todo tiene un final y el tuyo está cerca. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, dicen. Y tú no vas a ser la excepción. Aunque bueno, déjame decirte sólo una cosa, que ya es hora de que me marche de aquí, tanta violencia me pone triste. Dime si no es irónico que un tiburón de la noche acabe muriendo apaleado como un triste atún. Lo sé, no tiene ni puta gracia. Pero te lo has buscado tú solito. Ella, antes o después, superara lo que le has hecho. Tú, en cambio, veras crecer las flores desde abajo. Un final precioso. Justicia poética podríamos denominarlo incluso.

Bueno, no te entretengo más. Disfruta de lo que está por pasar, que nadie te va a echar de menos. Un beso, ciao.

Ignacio Barroso-Benavente

Mi nombre era Eileen, de Ottesa Moshfegh

Un thriller espeluznante, hipnótico y divertido.

Mi nombre era Eileen, Otessa Moshfegh, 2017  por Graziella Moreno

Alfaguara.

AUTORA: Otessa Moshfegh es escritora y novelista norteamericana. Nació en Boston de madre croata y padre iraní. Es colaboradora de la revista The Paris Review desde 2012, donde ha publicado los relatos cortos por los que ha sido galardonada con el Plimpton Prize en 2014. Su relato McGlue fue publicado en el mismo año y le valió el Fence Modern Prize in Prose y el Believer Book Award. Mi nombre es Eileen ganó el Premio PEN/Hemingway al mejor debut literario y fue nominada al Man Booker Prize 2016.

SINOPSIS: La Navidad ofrece muy poco a Eileen Dunlop, una chica modesta y perturbada atrapada entre su papel de cuidadora de un padre alcohólico y su empleo administrativo en Moorehead, un correccional de menores cargados de horrores cotidianos. Eileen templa sus tristes días con fantasías perversas y sueña con huir a una gran ciudad. Mientras tanto, llena sus noches con pequeños hurtos en la tienda local, espiando a Randy, un ingenuo y musculoso guardia del reformatorio, y limpiando los desastres que su padre deja en casa.

Cuando la brillante, guapa y alegre Rebeca Saint John hace su aparición como nueva directora educativa de Moorehead, Eileen es incapaz de resistirse a esa milagrosa e incipiente amistad. Pero en un giro digno de Hitchcock, el cariño de Eileen por Rebeca la convierte en cómplice de un crimen.

RESEÑA: Esta no es una novela sobre lo cruda y triste que es la Navidad para una chica que tiene una vida sórdida cuidando de su padre alcohólico y con un trabajo desmoralizador. La sinopsis no es demasiado adecuada, no refleja lo que el lector va a encontrar. Es una historia narrada en primera persona por la mujer que vivió esa Navidad, la de 1964 en un pueblo de Nueva Inglaterra, un relato ácido, triste, en ocasiones divertido, sórdido y tierno a la vez:

Y en esa época- eso fue hace cincuenta años- era una mojigata. Eso saltaba a la vista. Llevaba gruesas faldas de algodón por debajo de la rodilla, medias gruesas. Siempre me abrochaba las chaquetas y las blusas hasta el último botón. No era de esas chicas que te hacen volver la cabeza. Pero tampoco había nada malo ni terrible en mi aspecto. Yo era joven y no estaba nada mal, del montón, supongo. Aunque por entonces yo me consideraba de lo peor: fea, desagradable, incapaz de enfrentarme al mundo”.

Eileen no es peor ni mejor que ninguno de los personajes con los que se cruza. Vive a su manera la vida que le ha tocado. Una chica que quiere ser distinta, pero que carece de la fuerza para conseguirlo, que sueña con escapar o más bien con la esperanza de hacerlo, con romper su esclavitud aunque para ello tenga que cambiar de identidad, ser otra persona. No hay giros en esta novela, sino progresión in crescendo hasta el final. Fantástica la exposición de su vida cotidiana, la relación con su padre. La narradora habla directamente al lector y no va a callarse nada. A lo largo de sus 280 páginas conoceremos sus intimidades, sus secretos, se desnuda totalmente ante nosotros, y a pesar de tener los pies en el suelo, vive de sus fantasías y deseos no realizados. Eileen no busca complicidad, solo exponer quién era y explicarnos el por qué, como debe ser. Nadie llega a su destino sin haber seguido antes un camino y esta historia es la prueba.

Tengo entendido que está pendiente de una adaptación cinematográfica. Espero que ésta sepa hacerle justicia, lo que no será fácil, ya que es una narración plena de matices. Una muy buena novela que recomiendo.

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