El asesinato de Laura Olivo, de Jorge Eduardo Benavides

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El asesinato de Laura Olivo, de Jorge Eduardo Benavides

El asesinato de Laura Olivo – Jorge Eduardo Benavides por Alberto Pasamontes

XIX Premio de Novela Fernando Quiñones

Alianza, 2018

Compra dedicada: El asesinato de Laura Olivo

 

Jorge Eduardo Benavides lleva ya unos cuantos años ganándose la vida con esto de la literatura. Para quien no lo conozca, diré que es algo así como un todo terreno. Eso sí, de serlo, sería uno de lujo, el Mercedes clase G. Lo mismo te escribe una novela que pergeña un artículo para una revista o diario o te imparte una impagable clase de escritura creativa en el centro de estudios que él mismo dirige. Y todo ello, con una elegancia y aplomo incuestionables. Aclaro esto porque no habrá, seguramente, muchos escritores que conozcan mejor que él los entresijos del mundillo literario, lo que le confiere autoridad más que sobrada (y seguramente motivos también) para cargarse a una agente literaria en El asesinato de Laura Olivo, su última novela, por mucho que él asegure en alguna entrevista que siempre le han tratado bien.

Seguro que todo amante de la literatura, o simple lector esporádico, ha oído chismes y sido testigo de cuando en cuando, incluso a través de la caja boba y traicioneros vasos de whisky mediante, de las vanidades, egocentrismos, inseguridades, prepotencia, miserias, celos, rencillas… (paro ya, que se me acaba el papel) de los escritores. No de todos, obviamente, que generalizar suele llevar a error.  Pues bien, toda esa ristra de “virtudes” se puede extender también a editores, libreros, agentes, y en general a todos los implicados en este particular universo, como bien saben los que andan más metidos en él. Así que Benavides, con buen ojo, decide utilizar todo ello para urdir una trama con la que estrenarse en el género negro. Un estreno redondo, además.

Tiene el autor un talento único para describir los ambientes, para trasladar al lector desde su sillón al bar, al callejón, a la oficina, al vagón de tren donde transcurre la acción. Su prosa tiene algo de costumbrista, de cotidiano, de olores y sabores que te entran por los ojos en forma de letras, de palabras, de giros y expresiones.

Aún no había amanecido pero ya desde la calle subía un rumor de pasos y voces, de furgonetas que descargaban en los comercios, una amenaza o un preludio del ruido que a partir de ese momento tomaría la larga y estrecha calle de Tribulete y alrededores.

A Larrazabal le gustó Lavapiés y su abigarramiento entre pueblerino y cosmopolita, colorido y perfumado de especias como un bailarín zíngaro. Le gustó desde que llegó a Madrid, un poco precipitadamente por culpa de aquel lodoso asunto que le costó su puesto en Lima.

Es en ese barrio de Lavapiés, descritos en apenas unas pocas líneas su pulso, sus reglas, sus costumbres, sus habitantes, donde vive el Colorado Larrazabal, un peculiar detective peruano de raíces vascas y  raza negra (lo que no deja de chocar a todo aquel que lo conoce), tranquilo, sencillo, de pulcra honestidad y que, algo chapado a la antigua, siempre lleva encima un pañuelo de tela. Junto a él Fátima, la Morita, como él la llama, adorable, risueña, lectora compulsiva, con quien comparte sentimientos y cama pero no piso, pues la familia de ella nunca aceptaría esa relación. Fátima es el complemento ideal de Larrazábal, su apoyo en los momentos difíciles y quien le ayuda a ver las cosas desde otra perspectiva en los raros momentos en los que el detective no sabe por dónde tirar.

El té ya estaba listo y él lo sirvió con cuidado.

-Morita -susurró sentándose a la vera de la cama y colocando la taza con delicadeza casi frente a la naricilla de Fátima-. Morita -repitió un poco más alto.

-Colorado -ronroneó esta al fin, desperezándose con la parsimoniosa flexibilidad de un gato.

¿Por qué siempre despertaba tan feliz? Él hubiera querido preguntarle, hubiera querido pedirle que le dijera cómo así, pero en ese momento alguien tocaba a la puerta.

En cuanto a la historia, el título de la novela no deja lugar a dudas: la agente literaria Laura Olivo es asesinada y la única sospechosa es su pareja, Lucía Luján. Pinta mal para ella: la misma noche del asesinato ambas han sido vistas en un restaurante donde han protagonizado una discusión más que acalorada ante decenas de testigos, y todas las pistas recogidas en el escenario del crimen apuntan a ella. El asesinato de Laura Olivotiene las hechuras de los clásicos del género. Larrazábal no es un hombre de acción en el sentido de sacar la pistola a pasear al menor contratiempo o echar a correr en una frenética persecución por las calles de Lavapiés. Él se entrevista con los implicados, una y otra vez, hasta dar con la verdad. Es pues de métodos anticuados, hablando desde un punto de vista literario, algo así como un Padre Browno una señorita Marpledel siglo XXI. Una rara delicia en los tiempos que corren, con unos excelentes diálogos que soportan todo el peso de la trama. Y por supuesto, en una novela así, la construcción de los personajes, al fin y al cabo quienes protagonizan y dan verosimilitud a dichos diálogos, cobra una especial importancia.

Ya he hablado de Fátima y Larrazábal, con los que se encariña uno ya desde las primeras páginas. Dos personajes que merecen que no sea esta su única aventura. Pero es que los que los acompañan, y son unos cuantos, no están peor definidos por muy pequeña que sea su aportación. La sospechosa Lucía Luján, Laura Olivo; “soy adicta a la estupidez de esta recua de gilipollas”, sentencia de modo gráfico, definiéndose tanto a ella misma como a los escritores a los que representa y a los que no soporta; los escritores, de los que aparecen unos cuantos tipos muy representativos: el seguro de sí mismo, la vieja gloria, el maldito, el prepotente… Aquí Benavides juega con la aparición, entre multitud personajes ficticios, de varios escritores reales (alguno felizmente reconvertido en barman) destacando la presencia de Jorge Edwards, con una aportación esencial para la trama, y de Marcelo Chiriboga, mítico e inexistente personaje de la literatura ecuatoriana del boom latinoamericano de la segunda mitad del siglo pasado que cobra vida para convertirse en uno de los ejes de la historia.

Con estos mimbres, como decía, Benavides construye una novela negra sólida, fiel a los clásicos pero sin perder por ello agilidad, en la que no deja pasar la ocasión de denunciar la deriva que en los últimos tiempos ha tomado parte del sector.

De alguna forma éramos menos profesionales que los escritores de ahora. Quizá más leídos por quienes apreciaban de verdad la literatura, pero también más caóticos (…) quizá estábamos menos contaminados por la lujuria mercantilista de hoy en día, por el frenesí de las ventas disparatadas que exigen las editoriales.

Los premios no estaban dotados del dineral que reparten ahora y que se los conceden a presentadores de televisión, personajillos soeces de la farándula y mamarrachos cuyo mejor valor es ser fotogénicos.

Así que no se lo piense más. Si es usted de esos lectores que disfrutaban leyendo a Ágatha Christie o Erle Stanley Gardner mientras se tostaban en la playa antes de poder volver a bañarse después de comer, no deje de comprar El asesinato de Laura Olivo. Y si no lo es, también. No se arrepentirá.

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