Juegos de cloaca, de Jon Arretxe

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Juegos de cloaca – Jon Arretxe Erein por Alberto Pasamontes

Touré ha vuelto. Hecho un despojo humano, pero aquí está.

Para los que no conozcan al personaje creado por Jon Arretxe, diré que es un detective burkinés sin papeles que sobrevive en el barrio de San Francisco de Bilbao aceptando los más variopintos y extraños trabajos y casos que se le plantean. Si bien en las dos primeras entregas de la serie, 19 cámaras y 612 euros, las notas de humor rocambolesco y absurdo son frecuentes, en la tercera, Sombras de la nada, Arretxe saca su lado más oscuro y pone a Touré en una difícil situación de la que saldrá mal parado: el asesinato de su hija y su bebé.

Comprenderán ahora el inicio de esta reseña. Es la cuarta entrega. Juegos de cloaca. Touré ha vuelto, pero no es más que una sombra del que era. Se arrastra por las calles, está descuidado, sucio. Parece drogado. En realidad, solo busca venganza. Aprovechando el gentío que se agolpa al paso de una procesión, apuñala a dos integrantes de la mafia nigeriana, responsables de su pérdida. Solo logra su propósito a medias y es detenido por la policía, que le pondrá de vuelta en África en un abrir y cerrar de ojos. Para su sorpresa, en lugar de terminar en Burkina Faso, aparece en Malí. ¿Qué más dará un país que otro?, parece haber pensado algún sesudo funcionario. Todos los negros son iguales, ¿no? Lo que en un principio parece un fatal inconveniente, resultará no serlo tanto, ya que la mafia nigeriana, que lleva bastante mal que le anden matando sicarios por ahí, no tardará tiempo en comenzar a buscar a Touré, y el lugar más lógico para hacerlo es su casa. Así, nos encontramos al protagonista en un lugar que no conoce, sin un duro y con la ropa puesta. Por fortuna para él, uno de sus  amigos, inmigrante como él, en Bilbao es maliense y tira de contactos para que le echen una mano.

Jon Arretxe encuentra así la excusa perfecta para mostrarnos la vida en el corazón de África. Pero lo hace con estilo, sin ninguna estridencia ni nota discordante. De forma natural, alejado de colegas de profesión de este u otro planeta que parecen empeñados en  convertir sus novelas en una suerte de guía de viajes. Así, conocemos las costumbres, valores, hospitalidad, comercio, pero también ausencia de leyes o de aplicación de las mismas, corrupción, violencia, racismo (sí, no se extrañen), supersticiones… Da la impresión de que Arretxe conoce bien de lo que habla y nos lo cuenta con respeto y admiración, situando al lector en una posición privilegiada desde la que asiste a los acontecimientos que allí debe vivir Touré, al tiempo que transmite cercanía y familiaridad. Casi consigue hacerla sentir, casi nos convence de que es un lugar amable donde vivir. Una hábil jugada, ya que, de este modo, los terribles sucesos que, de nuevo, tendrá que vivir el burkinés (la violencia se empeña en perseguirle), calarán de modo más hondo en el lector.

No pierde tampoco Jon Arretxe el pulso a Bilbao, al barrio donde vivía Touré, el de San Francisco, a pesar de que la acción principal transcurra durante gran parte de la novela a varios miles de kilómetros de allí. Y es que, finalmente, Touré se verá obligado a regresar. Y vuelve al sitio de siempre. A la marginación, a la podredumbre, al racismo, al abuso de autoridad. A un Bilbao donde la vida sigue su curso sin Touré sin que nada ni nadie haya cambiado. Porque él, al fin y al cabo, no es más que uno entre miles.

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