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Relato: Justicia poética, de Ignacio Barroso-Benavente

Justicia poética

I. Barroso-benavente

A R. y a T., sé que faltan letras, pero sobran sonrisas y planes

La escena es la siguiente. Deja que te la describa un poco, porque no estás para deleitarte con lo que te rodea. Un sótano. Suelo de cemento. Paredes con salitre y manchas de humedades. Rincones oscuros con trastos amontonados. Del techo cuelgan unos ganchos, como sacados de una planta industrial. Todo salpicado de un olor acre, a descomposición y aceite de maquinaria. En un rincón una mesa de trabajo y una estantería llena de herramientas punzantes. En el otro lado, un ventanal de cristales emplomados con barrotes por fuera. Más o menos eso es lo que hay. Y tú en medio. Desnudo. Inconsciente. Con la cara hecha un cromo. Bridas de plástico negro en las muñecas. Un charco de sangre coagulada junto a tu boca y lo que parecen un par de dientes rotos. El fin de fiesta perfecto para una noche loca, ¿no crees? Bueno, tampoco estás para hacerte esta ni ninguna otra pregunta. Bastante tienes con poder seguir respirando con el tabique como lo tienes. Una masa deforme, morada. Aplastada. Y un goteo continuo. Cada vez que inhalas, suena un pitido agudo. La posición fetal que te estás marcando podría resultar hasta tierna. Lástima que todo apunte a que el tema del nacimiento esté apuntando maneras de producirse a la inversa. Ya sabes: sales de un agujero oscuro empapado en fluidos y sangre, y, o mucho me equivoco, en un rato vas a acabar en otro parecido. Con solo una diferencia. En lugar de líquido amniótico durante nueve meses, vas a estar rodeado de cal y arena por el resto de los tiempos. Pero mejor no adelantemos acontecimientos. Tus amigos han salido a tomar algo, y quizá sea necesario refrescarte un poco la memoria, para aliviarte la conciencia y esas cosas. ¿No crees? Venga, vamos…

Siempre fuiste una especie de Jekyll y Hyde en versión casposa. Un tío retraído que mataba el tiempo a golpe de pajas y machacándose en el gimnasio de lunes a jueves. Un curro anodino. Una vida gris. Vamos, un borrego más en el rebaño. Pero los fines de semana, otro gallo cantaba y lo sabes. Los chavales con los que echabas horas entre mancuernas, sudor y anabolizantes eran la polla. Peña maja. De estos con los que salir de copas y acabar a hostias de madrugada. Un plan pleno. Y para colmo pilotaban de mierdas químicas. No se os escapaba ninguna. La técnica era sencilla. Palique. Conversación que parecía sacada de un manual de la época de Pajares y Esteso, y a triunfar. Pero mejor pongamos un ejemplo, que lo mismo tantos golpes en la cabeza te han dejado alguna laguna.

Garito petado de peña. Tú y los chicos acodados en la barra. Polos y camisas ajustadas. Mucho escote para que se note que los pectorales además de tener volumen están depilados. Músculos tensos. Mirando alrededor. Búsqueda de una presa que llevarse a la cama. La noche muriendo en su avance y nada, no hay suerte. El local es un campo de nabos. A medida que pasan las horas, el listón va bajando en sus exquisiteces. Todo vale. Y al final los cubatas y la coca se encargan del resto. Un grupo de chavalas. A esas alturas ya nada cuenta. Sólo satisfacer necesidades e instintos. Vuestro grito de guerra, manido y machista, lo deja claro «ninguna mujer es fea por donde mea».

Y al lío. Cuidado que vamos a pasar. Roces. Unas manos en la cintura con cara de tío sensible. Susurros al oído. No por ser babosos, es que la música está muy alta y si no me acerco no me oyes. Y ya que estoy en la distancia óptima, pues con disimulo meto morro rozando tu mejilla. Miradas seductoras ensayadas en el gimnasio frente al espejo. Lenguaje corporal de soy el rey del mambo. Intentos de alargar la escena, y en un visto y no visto, el que se había quedado fuera del teatro de operaciones hace una ronda de medicina en las copas de las chavalas. Ellas beben. Vosotros esperáis. Puta química orgánica. En la vida fuisteis capaces de aprender a formular un triste óxido, y ahora os hincháis a follar con lo que sintetizan los adultos en que se convirtieron los niños con gafas a los que hostiabais en el recreo. Pero claro, así es esta vida, ¿no? Ellos a seguir con sus cosas de cerebritos y los triunfadores como vosotros a vivir la vida.

Media hora después, los neurorreceptores ya están saturados de dopamina, serotonina y norepinefrina. Vamos, que ya está todo hecho. Ahora a aprovechar el calentón. Búsqueda de una pensión y a freírse el capullo metiéndola en caliente. Mañana será otro día, y si habéis sido lo suficientemente precavidos, cuando salga el sol ya estaréis fuera de allí. Ellas se despertaran solas, sin saber dónde coño están y con cincuenta pavos menos en la cuenta bancaria. Ya se sabe, el hombre del siglo XXI huye del cliché machista de pagar siempre.

Y luego entre semana, pues a sacar pecho y enseñar los videos grabados con el móvil. Frases de tíos de mundo. «Joder, como la chupaba». «Escucha, escucha. Mira como gime». «Era una puta de cuidado, me dejó seco, tío». Y las imágenes pasando. Tías con las pupilas como monedas de dos euros. Cuerpos desnudos estremeciéndose. Puede que por placer o porque alguna parte de su cerebro empieza a tener miedo. Pero claro, sois unos tíos. La crema de la noche. ¿Qué coño os importa eso a vosotros? Cuantas más caigan mejor, y si os marcáis un trío pues sesión doble de press de banca para celebrarlo y una ronda de batidos de proteínas. Que la semana no ha hecho más que empezar y aún quedan muchas pajas en los baños del curro recordando. El finde aún no asoma en un calendario y no hay mejor manera de matar el tiempo.

Pero claro, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, ya sabes. Por mucho que uno trate de optimizar todo, siempre hay algún fleco suelto. Nada de enviar vídeos para evitar que el spam y el morbo hagan el resto. Es lo que hay. El mundo está conectado. Y antes o después la tía que sale en el video puede recibirlo y plantar una denuncia. Eso ya no es tan divertido, ¿verdad? Otra de las medidas de seguridad es igual de sencilla y efectiva. Actuar por zonas. Nunca pasar por el mismo garito dos veces al mes. Todo sea por evitar reencuentros incómodos y que se os joda el negocio. Así que el viernes siguiente nueva zona por explorar. Un local de moda. Portero de traje a medida y cuerpo macizo. Cabeza rapada, aspecto eslavo y pinganillo en la oreja. Chicas guapas. Alcohol de garrafón. Y muchas ganas de pasarlo bien.

Perdona, la puerta del sótano se abre y creo que quien viene tiene cara de pocos amigos. Ahora seguimos hablando…

Los pasos retumban. Son tres pares de pies. Dos calzan botas militares. Los otros tacones de aguja. Una onomatopeya podría ser toc, toc, toc, toc, plof, plof, plof. Se detienen a tu lado. Te miran con verdadero interés. Dos maromos rapados con pinta de haberse licenciado de los Spetsnaz hace un par de días. Cuerpos musculosos, capaces de partirte por la mitad sin mucho esfuerzo. Mirada demente, de esta gente que se afeita con machete y usa napalm como aftershave. Y algo a mitad de camino entre una mueca sádica y una sonrisa que nada bueno presagia. La chica en cambio, parece hecha de otra pasta. Ya sabes, el acero soviético no sólo se usaba con fines bélicos. Es alta, delgada. Rubia, de rasgos sensuales, de no ser por los morados que marchitan su cara. Tapa los ojos con gafas de sol aparatosas. A todas luces debe tenerlos a la funerala y trata de ocultarlos de esta manera. Una verdadera diosa de piernas largas, eternas, que mueren en una minifalda blanca con manchas de sangre seca.

Hablan entre ellos. Lengua natal. Ellos conteniendo la rabia y señalándote con el dedo. Ella negando con la cabeza, como si dudara. Solución, patada en el pecho que te comes y del impulso acabas bocarriba. La luz que entra por el ventanal te da de lleno. Ahora sí, ya no hay lugar a las dudas. Afirma emitiendo un da agudo. Los otros dos se miran entre sí. Parecen mantener una conversación telepática. Por cómo te miran no tiene pinta de ser algo muy humanitario lo que te están reservando. Aunque parece que no tienen prisa. Uno de ellos le echa un brazo por encima a la chica. El aire protector. Muy a lo Vin Diesel en A todo Gas I, ya sabes «rómpele el corazón y te rompo el cuello»…

Se marchan. Vuelves a quedarte solo. Y yo vuelvo a lo mío. A seguir desgranándote un poco la historia. Ya sabes, de aquellos polvos estas contusiones…

El garito es la hostia. Luces de éstas que emiten fogonazos y hacen que todo parezca una sucesión de fotogramas. Huele a pasta. A peña de éxito. Joder, tirarse a una de esas tías que pululan con vestidos de noche y taconazos que parecen sacados de una peli porno, simplemente seria la hostia, pensáis nada más entrar. Eso sí, aquí la competencia en esto de lucir palmito es mayor. Aunque bien visto, hay demasiado ganado como para tener problemas. Una primera ronda de Jägermeister y al lío. Bailes que parecen sacados de un videoclip de reggaeton de serie B. Hablar a gritos. Tratar de llamar la atención. Que empiece la fiesta…

Varios cubatas y un par de tiros de zarpa después, ha habido suerte. Unas tías rubias, guapísimas, parecen haber sido atraídas por vuestros reclamos. Estáis en un reservado. Una por barba. La noche está saliendo que ni hecha por encargo. ¿Cómo era aquello que decíais en situaciones como ésta? Ah, si. «Muy mal se nos tiene que dar». Y la cosa parece estar cumpliéndose. Copas. Manoseos. Besos robados. La idea de montar algo a lo Bang Bros aparece de la nada. Un todas con todos. A follar hasta que el cuerpo aguante, y lo mejor de todo es que esta vez parece que os vais a ahorrar la droga. Mejor, que la vida está muy cara y todo lo que sea ahorrar nunca está de más.

Desde el reservado miras a los payasos que están apelotonados en la pista de baile. Putos mediocres. Unos mierdas que tratan de pillar cacho a la desesperada. No como vosotros, claro. Sois los amos de la noche. No hay más que veros. Rodeados de tías de bandera. Bebiendo botellas, no copas. Botellas de las caras además. Champán. Un día es un día y para eso se inventaron las tarjetas de crédito. Un brindis para celebrarlo y a seguir tomándole el pulso a la situación.

Un par de rondas más tarde, la balanza se decanta a vuestro favor. Hora de salir de allí. Miradas de envidia clavadas en vosotros. Putos perdedores. Sonrisas de superioridad, que siempre hubo clases y vosotros estáis en la cúspide ahora mismo. Sólo es cuestión de disfrutarlo mientras dure. El problema es que la zona no tiene pensiones en las que sacar los más bajos instintos a flote. Os está costando un pico la historia, pero qué cojones, dame un piti tío y vamos a buscar un hotel. Llegados a este punto, ya no hay retorno. Y a tirar de móvil para buscar en Google Maps. Toca andar, pero bueno, así os despejáis un poco que para lo que vais a hacer, mejor tener los cinco sentido alerta. Ya sabes: lamer, tocar, oler, mirar y escuchar gemidos.

El notas de la recepción se porta bien. Nada de pedir demasiada documentación. Un par de DNIs. Firmad aquí y a pasar buenas noches, que de cambiar las sábanas salpicadas de fluidos corporales ya se encargará el servicio de limpieza mañana. Y al lío. Pasión desatada en el ascensor. Un par de plantas más y os lo montáis ahí mismo. Pufff, que calentón. Al fin salís al pasillo. Hora de buscar la puta habitación. La sangre acumulada en otra parte del cuerpo dificulta el pensamiento (dentro de tus posibilidades habituales, claro). Y por fin llegáis a buen puerto. Empujón y la chavala que cae en la cama. La miras desde arriba. Es preciosa. Cómo te mira. Cómo te sonríe. Quiere mambo del bueno, y de eso sabes mucho. Carne en barra. Veintinosecuantos centímetros (que en verdad no llegan a quince, pero bueno el error de medida es algo intrínseco al hecho de medir, o algo así decía un científico de principios de siglo).

Te abalanzas sobre ella sin miramientos. La cama cruje. Os besáis. Qué bonito es esto. Un par de caricias y ropa cayendo al suelo. Hora de empezar el trabajo serio. Erecciones. Humedades. Lenguas que recorren pieles ajenas. Pufff. Y la temperatura subiendo. Tienes la polla al rojo vivo. Te pones encima de ella, dispuesto a enseñarle lo que es montárselo con alguien como tú. Un tío de pelo en pecho (aunque te lo afeites tres veces por semana). Un superhombre en la cama. La espera una semana de agujetas como mínimo. Ella separa las piernas, invitándote a entrar dentro. A sentir la suavidad de su interior. Te sonríe, levantando una ceja, como diciendo, «a qué esperas, dale». Y entonces pasa lo que rara vez te pasa. Plof. Gatillazo. Lo que antes era un conjunto de carne dispuesta a hacer de la noche una gesta sexual de la hostia, ahora no es más que algo colgandero y pellejoso.

Te la miras sin comprender. Tratas de ponértela morcillona por lo menos, que del resto se encargue ella. Los nervios no juegan a tu favor. Mierda. Y encima ésta sí que se va a acordar mañana. Un mito de la noche que se va a la mierda. El castigador vencido por una disfunción eréctil inesperada. Joder. No. No. No. Te llevas las manos a la cabeza. Ella sigue mirándote a los ojos. Aún no se ha debido de enterar. Las frases al uso acuden a tu cabeza. «Es la primera vez qué me pasa». «No es por ti, que me pones y mucho, es por el trabajo y el estrés», ya sabes, explicaciones que a lo mejor sobran. Lo más digno sería agachar la cabeza e irse por donde se ha venido. Pero no. Tú no eres de eso. Te esfuerzas un poco más en los preliminares. Ella jadea. Eso te pone, pero no lo suficiente. Calma muchacho, sólo es cuestión de hacer que se corra un par de veces. Con eso tu amigo ya asomará la cabeza otra vez.

Más tarde. Las sábanas encharcadas y ella al borde de la deshidratación. Tu lengua reseca. Joder, por qué no has cogido una puta pastilla de Viagra. Siempre la llevas encima, en la cartera, y hoy que es cuando la vas a necesitar se te olvida en casa. Ley de Murphy o como quieras llamarlo, pero te jode el plan. Te pones en pie y vas al baño. Ella te mira sin entender. Cierras la puerta. El espejo te devuelve tu imagen. Te sientes patético, derrotado. Te refrescas la cara, masajeándote los ojos. Todo es cuestión de calmarse, repites mentalmente mientras respiras hondo. Tus tribulaciones zen se van a la mierda cuando oyes ruido en la habitación. Sales a toda prisa. La tía está tratando de levantar el vuelo. Y una polla, piensas. Te has dejado una pasta esta noche y follas sí o sí. La sangre te hierve. Aprietas los puños y le preguntas que qué hace. Te sonríe. Esa sonrisa, otra vez. Más rabia. Pero lo que acaba por hacerte estallar es su respuesta. «Irme a mi casa. Aquí no pinto nada, al parecer».

Sin miramientos le das un bofetón. La hostia resuena en la habitación, pero no en tus oídos. Lo único que escuchas es un pitido incómodo, como de una tetera rompiendo a hervir. Ella trata de ponerse en pie, pero no la dejas. La coges del pelo y la estampas contra el suelo. No llora. Tampoco suplica piedad. No hay miedo en sus ojos. Y eso te encabrona más. Amagas con volver a sacudirla y te aguanta la mirada. Algo dentro de ti hace crac y te separas unos metros, observándola. Receloso. Ella se pone en pie con dificultad. La sangre hace que el pelo se le pegue a la frente. Pasa a tu lado alzando el mentón, de una manera que en otras circunstancias habrías interpretado de la manera correcta, pero no es el caso. La puerta se cierra. Notas una erección. Ahora, piensas. En fin, las sabanas aún huelen a ella y están empapadas. Una paja nunca está de más y con salir antes de las doce de la mañana de allí no habrá que pagar suplementos.

Otra vez vuelven a oírse pasos en el sótano. El mismo traqueteo de antes. Ya sabes, tacones y botas militares. Un cubo de agua fría te hace recuperar el conocimiento. Miras a tu alrededor tratando de enfocar. La luz te da de lleno en los ojos, obligándote a cerrarlos otra vez. Las muñecas te escuecen. Intentas moverlas y te clavas más aún las bridas. Ahogas un grito de dolor. La resaca unida a tu estado actual resulta insoportable. Los dos tíos te estudian con calma. Parecen estar jugándose a cara o cruz quién va encargarse de ti. Aunque la cosa parece decantarse por colectivizar tu cuerpo. Ya sabes, las raíces son difíciles de eliminar, y para qué andar discutiendo por quién va a sacudirte y quién no.

Se acercan a ti. Te estremeces. El primer golpe es a la altura del hígado. Abres los ojos y te encuentras de frente con ella. Intentas tragar saliva, pero no hay suerte. Tienes la boca llena de sangre reseca y es como tragar cuchillas de afeitar. Otro golpe, éste en los riñones. Dolor interno. Hablando de probabilidades la cosa está en un 80-20 en favor de la hemorragia interna. Más golpes. La boca del estómago recibe lo suyo, el ardor propio del garrafón de la noche anterior pasa a un segundo plano. Cuando se cansan, paran. Se alejan unos pasos y fuman en silencio, mirándote.

Tienes miedo. Mucho. Más que en toda tu puta vida. Pero tranquilo, todo tiene un final y el tuyo está cerca. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, dicen. Y tú no vas a ser la excepción. Aunque bueno, déjame decirte sólo una cosa, que ya es hora de que me marche de aquí, tanta violencia me pone triste. Dime si no es irónico que un tiburón de la noche acabe muriendo apaleado como un triste atún. Lo sé, no tiene ni puta gracia. Pero te lo has buscado tú solito. Ella, antes o después, superara lo que le has hecho. Tú, en cambio, veras crecer las flores desde abajo. Un final precioso. Justicia poética podríamos denominarlo incluso.

Bueno, no te entretengo más. Disfruta de lo que está por pasar, que nadie te va a echar de menos. Un beso, ciao.

Ignacio Barroso-Benavente

Relatos de la mazmorra, 5.- Lealtad por Vladimir Hernández

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ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

4.- Lealtad

Negra sobre blanco. Las pieles ardiendo, intercambiando sudores. El ritmo, la sincronía de movimientos; gemidos, gritos, y palabras malsonantes que crean ecos en las paredes de la habitación alquilada.

Ella, encima de él, lo esperó y se corrieron juntos, con las manos entrelazadas.

—Tenemos que hablar —dijo la chica al rato.

—¿Será posible? —se burló él—. Las mujeres siempre quieren hablar después de un buen revolcón.

—Es en serio.

Machado se sentó al borde de la cama, con los pies descalzos apoyados en el suelo; el sudor se le escurría por el pecho y caía sobre las baldosas blancas.

—No me vayas a decir que estás embarazada y que no sabes de quién es.

Ella se abrazó a él por detrás, presionándole la espalda con sus cálidos senos.

—Sigues bromeando, chico —le amonestó—. Hoy estás imposible.

A Machado le agradaba su ternura, pero desconfiaba de las conversaciones postcoitales; a veces, una bala podía convertirse en un misil.

—A ver, Cachita, mi cielo —dijo él—. ¿Qué te ronda por esa cabeza?

La joven suspiró, le dio un rápido beso en el cuello, y declaró:

—No quiero seguir con esta relación.

El poli intuyó que el misil venía envenenado. Se encogió de hombros.

—Está bien —dijo resignado—. Siempre supimos que este momento iba a llegar. Tú eres la mujer de Acosta y yo nunca he aspirado a que eso cambie.

—No es eso.

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Pero él insistió:

—Fue bueno mientras duró. Dijimos que dejaríamos de vernos en cuanto tú lo quisieras así.

—No me estás entendiendo —dijo ella aferrándolo con fuerza, el tono oscuro de su piel contrastaba con el pecho blanco del hombre—. Lo que yo quiero es que dejes a Lalá, para yo divorciarme de Acosta y entonces poder formar una pareja contigo.

—Tú estás jugando, ¿no?

—No —respondió Cachita. Lo hizo voltearse y lo volvió a besar en los labios—. Lo digo en serio. Ya no soporto esta farsa. Odio salir los fines de semanas juntos y tener que ver a Lalá besándote y haciéndote caricias. No lo aguanto más. Te quiero para mí. Para mí sola.

Machado se deshizo del abrazo y se puso en pie. La miró ceñudo.

—¿Tú te volviste loca? —dijo estupefacto—. ¿Y Acosta qué?

Cachita se cruzó de brazos, acunando sus enormes pechos con las palmas de las manos. Las aureolas negras en torno a sus pezones eran enormes.

—Acosta es un problema mío. Si dejas a Lalá, yo me divorcio de Acosta.

—Pero, ¿qué estás diciendo, Cacha? —estalló Machado—. Acosta es mi amigo; ¡Mi hermano del alma! El hermano que nunca voy a abandonar. ¿Cómo se te ocurre proponerme semejante traición?

Ella le respondió airadamente.

—Me confundes, Machado. Llevas seis meses acostándote con la mujer de tu mejor amigo, ¿y me hablas de conflictos de lealtad?

A él le molestó que Cachita lo culpara de aquella forma; como si ella no tuviera una participación activa en la infidelidad. Se acercó a la ventana y apartó las cortinas de tela estampada. La luz del mediodía le obligó a entornar los ojos.

—Es mejor que sea así —dijo la joven—. ¿Sabes lo que pasaría si ese negro se entera de lo nuestro?

La sombra de Machado caía ahora sobre el rostro de Cachita.

—Olvídate de eso —declaró él, lapidario—. No voy a joder a mi compañero.

Cachita alzó las manos en señal de impotencia.

—¡Pero si ya lo estamos jodiendo!

—Te equivocas. Lo mío y lo tuyo no tiene nada que ver con Acosta. Y si eso es lo que crees, significa que en ningún momento has comprendido la base de esta relación. Esto… esta historia que tenemos, existe porque tú me gustas mucho y porque, de mutuo acuerdo, decidimos correr el riesgo de vivirla; pero no está sujeta a ninguna condición. Te lo repito: no voy a traicionar a Acosta; ni por ti, ni por nadie.

—Ese compadreo de ustedes me parece la cosa más rara del mundo —protestó la mujer en voz baja.

Machado se acercó a ella y le dijo con firmeza:

—Espero que no estés poniendo en duda mi hombría y la de tu marido.

Cachita empezó a sollozar. Se sentía impotente.

—No —respondió entre lágrimas—, pero no me gusta esta situación.

Él fue paciente. Extendió las manos y la tomó por la cabeza, hundiendo suavemente los dedos en su algodonoso cabello afro. Le dijo:

—No te pongas así, Cachita. Podemos solucionarlo. Sólo tenemos que olvidar que tuvimos esta conversación. Fingir que nunca ocurrió. Pero, insisto: no me pongas a prueba otra vez. Acosta es mi hermano. Siempre lo voy a escoger a él.

Y la besó.

Relatos de la mazamorra, 4.- Cuarteto, por Vladimir Hernández.

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ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

4.- Cuarteto

—Acosta, tú no me estás escuchando —protestó ella.

Él acababa de darse una ducha y estaba verificando frente al espejo el aspecto de su impresionante musculatura de veinteañero. Su piel de ébano, húmeda, brillaba al fulgor amarillento de la lámpara del baño. De pronto fue consciente de que su mujer le había preguntado algo.

—¿Qué pasa ahora?

—¿Ves que nunca me prestas atención? —lo acusó Cachita cruzándose de brazos—. Siempre haces lo mismo.

Cachita tenía la tez muy oscura y una fisonomía de fuertes rasgos. Grandes senos, tobillos finos y huesos alargados. Llevaba el cabello al estilo afro y usaba unas gafas de baja graduación y armadura plástica que le conferían un cierto matiz intelectual.

—Bueno, te escucho ahora —dijo él—. ¿Qué decías?

La chica lo miró con los labios apretados, como dudando, y luego declaró:

—Que no quiero salir este fin de semana con Machado y Lalá.

Acosta dejó de frotarse la espalda con el trozo de toalla blanca.

—Tú verás lo bien que la vamos a pasar los cuatro en el canal de la Marina, muchacha —le prometió—. Ustedes dos van a estar cogiendo solecito, oyendo música y bebiendo tragos junto al canal, mientras Machado y yo buceamos y cazamos langostas. Te prometo que si tenemos suerte con la cacería yo mismo voy a hacer un enchilado de langosta que te vas a chupar los dedos. Tenemos todos los ingredientes.

—Sí, chico, yo sé que podría pasármelo bien, pero…

—¿Cuál es el problema, entonces? —dijo él preocupado—. ¿Te aburres con Lalá?

—No es eso —terció ella con fastidio—. Es que no quiero seguir saliendo con ellos. Todos los fines de semana salimos con ellos; vamos a la discoteca juntos, vamos a la playa juntos, nos emborrachamos juntos, alquilamos películas y telenovelas para verlas con ellos… Parecemos un cuarteto. Me siento cansada de ir con Machado y su mujercita a todas partes. —Suspiró—. En serio, necesito un descanso; estar a solas contigo o salir con otra pareja distinta.

Acosta se agachó a su lado y le acarició el cuello con su manaza.

—No te entiendo, Cachita. No te entiendo. Nunca me habías dicho que te molestaba la compañía de ellos.

Ella suspiró.

—Pues te lo estoy diciendo. Me siento saturada de sus conversaciones, y de los mismos chistes todas las semanas. Lalá solamente habla de los problemas que tiene con sus hermanas, y que si se compró tal pacotilla o consiguió gangarrias labradas en plata; y ustedes dos siempre están reciclando las anécdotas del trabajo. ¿No podemos cambiar de amistades por un tiempo?

Acosta la miró muy serio a los ojos. Dejó de acariciarla.

—Esas son nuestras amistades, Cachita —manifestó—. Para bien y para mal. Lalá es buena gente; es un poco sonsa y aburrida, pero es buena gente. Y Machado es mi hermano…

—Machado es blanco y tú eres negro, Acosta —lo atajó ella—. No son hermanos.

Los ojos de Acosta parecían ascuas en la penumbra de la habitación.

—La raza no importa. Somos hermanos; de diferentes madres y diferentes padres, pero hermanos igual. La lealtad es lo que cuenta.

Ella sacudió la cabeza con vehemencia.

—Pues no me gusta ese concubinateo entre ustedes. No lo veo normal.

—¿Concubinateo? —La expresión de Acosta se endureció—. ¿Qué palabrita es esa, Cacha? ¿Qué es lo que tú estás insinuando?

—No insinúo nada. Lo único que te digo es que tanta fraternidad entre ustedes me parece excesiva —respondió ella, pero suavizó el tono, como disculpándose.

—Esa fraternidad es la que nos fortalece. Nos cuidamos las espaldas en el trabajo, y compartimos juntos nuestro tiempo libre porque así lo deseamos. Es un pacto, mutuo y voluntario, pero yo no aspiro a que tú lo comprendas; sólo a que lo aceptes.

Cachita hizo un mohín con los labios.

—Yo sólo pretendía descansar un poco de su compañía.

—Pues si necesitas descansar, no vayas con nosotros al canal este fin de semana, ni hagas salidas con nosotros por un tiempo; yo no voy a echártelo en cara —La gravedad en la voz de Acosta la caló hondo—. Pero no me pidas que me aleje de mi hermano. No me pidas que le dé la espalda y salga con otras amistades. Te lo digo muy en serio, Cachita; no me obligues a escoger entre tú y mi amistad con él. Machado estaba ahí antes de que tú llegaras, y va seguir ahí, apoyándome, el día que tú decidas romper conmigo, ¿me entiendes? La relación de hermandad entre él y yo es mucho más importante de lo que tú crees.

Estaban muy cerca ahora, los rostros a un palmo de distancia, pero Cachita sentía que se había abierto un abismo entre ellos. Si no iba con cuidado, podía perder pie y caer por ese abismo. Tenía que ceder.

—Está bien —asintió dejando escapar el aliento—. No hay problema. Todo seguirá como antes. Resistiré.

—Nadie te está pidiendo que resistas —insistió su marido—. Yo sólo quiero que trates de pasártela bien. Y que no me obligues a escoger.