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Tu bala yo disparo, por Ignacio Barroso-Benavente

Tú bala, yo disparo

I. Barroso-Benavente

A R., mi compañera de fuga, por las sonrisas y un largo etc.

Miro por la ventana de la habitación. Hace calor. Mucho. En el parking el sol arranca ondulaciones al asfalto. Suspiro. Parece que ha habido suerte, les hemos podido despistar. De momento…

Te oigo salir del baño. Me giro hacia ti. Un cigarrillo apagado en la boca y el gesto cansado. Estás envuelta en un albornoz blanco. Tu piel se muestra brillante por la humedad. Pese a la distancia se intuye un leve olor a jabón de baño y acondicionador para el pelo. Adoro ese olor. Niegas con la cabeza. No sé si por la de veces que me has visto fumar hoy o porque mi obsesión con los de las placas y los chivatos de paisano empieza a cansarte. Después, tus ojos se posan en la cama. Ahí están nuestras herramientas de trabajo. Mi 38 y tu Colt 45. Nosotros dos resumidos en acero. Yo, tosco, áspero. Mera coraza, ya sabes que desde que salí de mi última estancia en la trena lo llevo descargado. Una medida de protección basada en la apariencia, nada más. Tú, en cambio, letal en las distancias cortas (al pensar esto doy un paso más hacia ti. Me gusta jugar con fuego y quemarme es uno de mis mayores placeres), incansable con tu recámara de 8 cartuchos y con un sonido exquisito cada vez que accionas el gatillo y la corredera hace escupir casquillos al suelo.

Venga, dúchate. Lo pienses o no, seguirán buscándonos. De nada sirve matar el tiempo pensándolo. Lo hecho, hecho está— a medida que hablas tu sonrisa se amplía, casi al mismo tiempo que un brillo pícaro pasa por tus ojos como un relámpago—. Y se me ocurren mejores formas de matar el tiempo.

Dicho esto desabrochas el albornoz. Las puertas del paraíso aparecen ante a mi abiertas de par en par, y en medio estás tu. Tu cuerpo surcado por gotas de agua. El tatuaje de tu pecho me llama, hablándome de sudor y caricias. Tus caderas me invitan a perderme en ellas. Siento unas ganas incontrolables de abrazarte en este mismo instante. Dejarnos llevar por el juego de las caricias y lenguas que recorren la orografía de cuerpos ajenos entre jadeos, espaldas arqueadas y súplicas que pueden resumirse en un «no pares ahora».

Sonrío con cara de bobo. Sí, ya sabes cuál te digo. La has visto otras veces. Tú, levantas una ceja y vuelves a cubrirte. El paisaje desaparece como si acabara de caer un telón. Nuestras miradas se cruzan. Haces un ademán inequívoco, primero a la ducha. Después, ya hablaremos…

Una ducha y un afeitado después vuelvo a la habitación. Estás desnuda. Tumbada en la cama. Esperándome. El albornoz en el suelo. La toalla que llevo enroscada a la cintura cae en un visto y no visto. Me acerco a ti. El corazón me late fuerte y descompasado en el pecho. Llego a tu altura y me siento en el borde del colchón. Nos miramos en silencio. Mi mente vuela. De mis paranoias de persecuciones y noches de soledad en la celda aislamiento, hasta el presente. Hasta tu cuerpo. Hasta el calor de tu piel unida a la mía. Hasta las ganas que tengo de sentirme dentro de ti y notar la suavidad lubricada de tu interior.

Chasqueo la lengua y dejo de pensar. No me cuesta mucho. Nuestros labios se encuentran a mitad de camino. Tu lengua acaricia la mía y una descarga eléctrica recorre mi espalda. No soy consciente de lo que hago. Simplemente me dejo llevar. Y de esta manera me veo acariciando tus costados con la yema de mis dedos. Las durezas que años de una vida al filo de la ley han dejado en ellas no supone un impedimento para que tu respiración suene entrecortada de cuando en cuando. Me muero de ganas por pasar a mayores. Supongo que tú también. Pero las esperas suelen ser largas, y tú misma lo has dicho «se me ocurren mejores formas de matar el tiempo». Y en eso estamos. Sin prisa. Juguemos un poco. Ya habrá tiempo para todo lo demás…

Los besos siguen su camino, elevando la temperatura de la habitación. Las caricias que nos hacemos van bajando más allá de la cintura. La piel de tus muslos se eriza a medida que los recorro con el filo de mis manos. De cuando en cuando se te escapa un jadeo entrecortado. Tus dedos hacen que me encoja de placer cada vez que pasan con disimulo por mis ingles. Tu cuello se convierte en el objetivo de mis dientes. Te muerdo despacio, dejando que tu sabor se agote en mi lengua antes de volver a ello. Un arañazo en mi espalda me hace ver que vamos por el buen camino. Que estamos invirtiendo el que posiblemente sea nuestro último tiempo libre o con vida en algo que merezce la pena. Debo confesar que tienes razón. Mejor esto que estar a la espera con el corazón en un puño, un vaso de whisky en la otra y la mirada fija en el parking.

Estos pensamientos hacen que pierda el ritmo. Pero no parece que te importe. Me miras a los ojos, empujándome con suavidad para que me tumbe. Una vez que mi nuca se apoya en la almohada, te pones encima. Las vistas que tengo desde aquí abajo me parecen fascinantes. Tus manos en mi abdomen. Nuestros sexos rozándose, sin llegar a tocarse del todo pero tampoco sin separarse en ningún momento. Una metáfora acude a mi boca. Algo así que ahora mismo nuestros cuerpos son como el mar y el horizonte: nunca llegan a fundirse el uno en el otro, pero ambos se necesitan para existir. Pero no lo llego a decir. Tu lengua rodea la mía con pasión. La poesía puede esperar. Ahora mismo somos dos cuerpos buscándose con desesperación sobre el colchón anónimo de una habitación de hotel.

Nuestras partes que están hechas para encajar la una en la otra se rozan. Unas veces despacio. Otras deprisa. Todo esto entre nuestras respiraciones entrecortadas y mordiscos en el labio cada vez que nos besamos. El deseo crece en mí sin que pueda remediarlo. Tú me miras y te dejas caer sobre mí. «Cierra los ojos un momento» me susurras al oído. Obedezco. Y sorpresa… Antes de que pueda reaccionar estoy dentro de ti. Todo lo dentro de ti que puedo. Por un momento, sólo por uno, cuando empiezas a moverte despacio, siento que algo dentro de mí se derrite, dejando a su paso al hombre. Nada que ver con el hampón de mirada cruel y manos encallecidas. Sin coraza dejo que el placer recorra mi cuerpo, temiendo romper a llorar de un momento a otro como un niño que no sabe cómo controlar sus emociones.

Pero no. No lloro. En lugar de ello me incorporo y te beso. Tu me correspondes, pero al poco tiempo te yergues ante mí. Las sensaciones ahora sí que son placenteras. Aunque no lo pensara, sí puedo notarte más aún. Mis manos algo temblorosas (las mismas que tiempo atrás nunca bailaron la danza de los cobardes a la hora de silenciar a un lengua con 9 milímetros de plomo) se agarran a tus pechos con desesperación. Tus pezones están duros y suaves. Aún así sigo ascendiendo hasta tus labios. Tú los muerdes y lames. Eso me pone más aún. Ahora si que los llevo otra vez a tus pezones y jugueteo con ellos. Tus jadeos se aceleran. Los aprieto entre mis dedos. Tus caderas se mueven a mayor velocidad. Nuestras miradas se encuentran en mitad de una bruma previa al orgasmo. Un relámpago cruza mi espalda en sentido decreciente. Tus músculos se contraen. Te dejas caer contra mi pecho, agarrando las sábanas que se arrugan cuando cierras los puños. Intento moverme yo también. Acoplar nuestros movimientos para que ser lo que los dos queremos ahora mismo: fusionarnos por unos segundos, o incluso traspasar el uno al otro por unos instantes.

Tus contracciones y mis espasmos nos dicen que el final está cerca. No sé cuanto tiempo llevamos así, pero esta vez es de verdad. Nos corremos a la vez en una mezcla de gritos y fluidos que se entremezclan. Pierdo la noción del tiempo. Incluso mi visión periférica se ve perjudicada y aparecen unos destellos fosforitos. Sigo dentro de ti y tú tumbada encima de mí. Nos besamos con la fatiga que deja algo placentero a su paso. Nos miramos a los ojos. Un mechón de pelo cae desde tu frente a mi cara. Jugueteo un poco con él. Me sonríes y separándote de mí me confiesas que ha estado genial. Me cuesta hablar. Te veo acercarte a la ventana y mirar fuera. Después desapareces en el cuarto de baño. Yo sigo tumbado. Las manos enlazadas debajo de la nuca. Un recuerdo me sacude con la fuerza de un disparo en un callejón oscuro. Una conversación talegaria en el patio. Un notas que iba místico aleccionándonos en el Nirvana y las formas en la que alcanzar este estado. Sonrío. En su momento no le hice ni caso. Ahora sé que tenía razón. Acabo de volver de él y como recuerdo me he traído el aroma de tu cuerpo pegado a mi piel y el gesto que has puesto cuando los dos acabábamos a la vez. ¿Qué más se puede pedir?

No hay demasiado tiempo para recrearme en lo que acaba de pasar. Tan pronto sales del baño me dedicas esa mirada que tan bien conozco y que, a veces, me da miedo. Es hora de largarnos de aquí. Lo que hemos hecho ha estado bien (para más qué bien aunque, vamos, no están las cosas para andar discutiendo por estas nimiedades. Además, la sonrisa que asoma en tu boca cuando crees que no te miro me da la razón), pero hay que poner tierra de por medio. Que no nos hayan descubierto hasta ahora, no significa que no nos sigan buscando.

Así que nada. Pies para qué os quiero. Pagar al tío de la recepción una propina para que no haga preguntas y dejarle ver un poco, como quién no quiere la cosa, la empuñadura del 38. Mano de santo a la hora de borrar de cualquier memoria nuestra descripción, por si a los patrulleros les da por pasarse por allí. Y de ahí al coche. Tú conduces. Yo me limito a apoyar la cabeza en la ventanilla. El motor del Chevy del 58 ronronea feliz. Tú pisas el pedal a fondo. Los caballos empiezan a galopar bajo el capó dejando tras de sí una nube de polvo. Empieza el viaje…

…y continúa entre paisajes desérticos. Joder, por momentos pienso en nosotros como una versión algo más moderna de Bonnie and Clyde. Una segunda generación de atracadores de éxito unidos por algo más que los negocios. No puedo evitar pensarlo, lo siento. Te miro con la vista fija en la carretera y mi mente vuela. Empieza a aletear en el presente. En ti y en mí. En las bolsas de billetes que llevamos en el maletero y en la manera que hemos tenido de conseguirlas.

Ese banco. Elegido al azar. A la hora adecuada. Planes concretos y tu frase antes de entrar dejando las cosas claras: «si tenemos que hablarnos, acuérdate de esto: tú bala, yo disparo».

Tú a cara descubierta, sin miedo. Yo tratando de taparme como buenamente podía con un sombrero de fieltro calado hasta las cejar y una gabardina con las solapas subidas. Tenía un calor de la hostia, no voy a decir que no. Pero claro, mejor eso que refrescarse en una ducha comunitaria con tíos deseosos de que se te caiga la pastilla de jabón y carceleros sádicos. Créeme.

Y en mitad de mi deshidratación, tú llevando la voz cantante. «Esto es un atraco» y la cara de acojone de los que había dentro. Las bolsas de lona sobre el mostrador y tu Colt apuntándoles mientras temblaban de miedo. Yo un poco más atrás. Estaba todo hablando de antes. Mi papel era secundario. Ya sabías que mi 38 tenía más de ladrador que de mordedor. Lo único que podía hacer era controlar que nadie quisiera hacerse el héroe, y si le daba por ahí facilitarte el destino que a esos piezas les espera. Una lápida. Una viuda enlutada. Flores cada año para recordarle que nadie se olvidaba de él, y unos niños a los que dijo adiós una mañana y a los que nunca verá crecer.

La cosa sobre ruedas. Los billetes llenando las bolsas. Ni un tiro ni un de nada. Todos obedientes como perros amaestrados de feria. Hasta que la puerta se abrió de par en par para dar paso a un notas con pinta de ser el gerente. Tú mirándome y yo mirándole a él. El desgraciado blanco como el papel. Sin darle tiempo a reaccionar me puse a lo mío. A reducirle. Tampoco es que opusiera demasiada resistencia, pero las cosas son así. En esta puta vida estás en el lugar equivocado en el momento menos oportuno y te lleva una somanta de hostias. Y ganas de reventar a alguien la verdad es que tenía. Demasiado tiempo durmiendo en duro y recibiendo palizas y duchas frías de manos de cabrones borrachos acaba convirtiendo en psicópata hasta a un boy scout.

Los nudillos hechos mierda, aunque no tanto como la cara de mi compañero de baile. Cada golpe resonando seco, contundente. Sangre salpicándome la cara y el suelo. Y a cada hostia que le soltaba, más rápido se producía el trasvase de billetes. Creo que actúe de catetizador (no sé si se dice así) porque la cosa fue más breve de lo esperado. Tanto que me dejaste cinco minutos más de estallarle la cabeza contra las baldosas. Un detalle por tu parte. Y de ahí a emprender la huida. Sin rumbo fijo y demasiadas preguntas por hacernos. Pero para eso están los kilómetros y los compañeros de viaje…

Y de cómo empezó todo, pasando de refilón por lo del hotel, vuelvo al presente. A mirarte de reojo. A sonreírte como un adolescente ante su primer amor. A apoyar la cabeza en la ventanilla, sintiendo la vibración del motor y los baches de la carretera. Y vuelta a empezar. Me aburro y saco un cigarrillo. Un Lucky demasiado arrugado para mi gusto. Lo estiro con paciencia, pero por la manera en la que giras la cabeza, deduzco que no es buena idea fumar. Tú conduces, tú pones las normas. Entendido. Tampoco entiendo el por qué. Más adelante nos espera otro coche y a éste unos cuantos litros de gasolina. Eliminar pruebas y seguir con esto. La idea de ofrecerte cruzar la frontera y ponernos ciegos a tequila y peyote para hablar con los dioses me tienta. Pero me callo. Ya he visto una vez a Dios en tus pupilas hace menos de dos horas y me he hecho monoteísta. Dejemos que este holocausto de sueños que mueren a la altura del retrovisor para convertirse en recuerdos entre el humo del tubo de escape continúe un poco más…

Hay suerte. Ni rastro de patrullas. Sólo espinos rodantes como en un libro del Far West o una película de John Ford. Paisajes anaranjados. Algún que otro carroñero emprendiendo la huida al oírnos pasar cerca y poco más. Tu silencio empieza a ser preocupante. Tampoco es que seas muy habladora. Puedo dar fe. Pero me incomoda. Siempre he sido yo el que callaba más que decía y sé por experiencia qué suele traer de la mano algo que no se dice a tiempo. Daría la mitad de mi parte por poder entrar en tu cabeza y saber qué pasa por ella en este mismo momento.

Y como era de esperar, de tanto recorrerla la carretera acabó por terminarse y nosotros llegamos a nuestro destino. Un motel de carretera abandonado desde antes de lo de Corea. En mitad del solar repleto de escombros, basura y perros famélicos, un coche aparcado. Paras el motor y me miras. El brillo de tus ojos no es el de antes. Me estremezco. Sí, lo sé. Tengo una fama y una imagen que mantener. Pero siempre he dicho que entre dos que se han visto desnudos pocos secretos quedan.

Vamos a repartirnos la pasta— dices, apartando la vista—. Creo que aquí nos separamos…

Intento hablar pero no me sale ninguna palabra. Tengo un nudo en la garganta. No me lo esperaba y claro, es lo que hay. Ojos que no ven, hostia que te pegas con la primera pared que tienes delante. Tal vez, de haber estado atento, podría haber intuido que tus silencios formaban parte de ese muro.

¿No te habrás enamorado de mí por lo de antes?— bromeas, pero tus pupilas no sonríen— Esto es así, cariño. Acuérdate. Tú bala, yo disparo. Antes o después habría tenido que dispararte… No habría funcionado…

Más tarde. Dentro del Chevy. Solo. Encendiendo un cigarro con la brasa del anterior. He perdido la cuenta. Con la pasta que hay en el asiento del copiloto, tengo para comprar tabaco el resto de mis días y aún me sobra para emborracharme por tres reencarnaciones. Aquí dentro aún huele a ti. Bajo las ventanillas y una cortina de humo huye de mi compañía. Apoyo la nuca en el reposacabezas. Algo resbala por mi mejilla. Me cuesta creerlo, pero sí, estoy llorando. Veo mi reflejo en el retrovisor. Me cabreo con mi imagen. Desmenuzo la brasa en el cenicero y arranco. En el horizonte el sol empieza a ponerse. Por un momento siento aflorar una vez más mi afición a las metáforas. No puedo evitar una sonrisa al decir en voz alta que parece un óvulo dispuesto a ser fecundado. Y a ello voy. A fecundar nuevas cajas fuertes, recordándote en silencio cada noche al volver a casa y ver cómo mis manos tiemblan al añorar tu cuerpo.

No soy consciente de ello, pero de mi boca escapa un te quiero amargo como blues. Después, saco de la guantera una petaca y doy un trago antes de empezar mi viaje en solitario. No hay prisa. Nadie me espera al otro lado del horizonte y creo que emborracharme mientras conduzco no es tan mala combinación…

Relato: Justicia poética, de Ignacio Barroso-Benavente

Justicia poética

I. Barroso-benavente

A R. y a T., sé que faltan letras, pero sobran sonrisas y planes

La escena es la siguiente. Deja que te la describa un poco, porque no estás para deleitarte con lo que te rodea. Un sótano. Suelo de cemento. Paredes con salitre y manchas de humedades. Rincones oscuros con trastos amontonados. Del techo cuelgan unos ganchos, como sacados de una planta industrial. Todo salpicado de un olor acre, a descomposición y aceite de maquinaria. En un rincón una mesa de trabajo y una estantería llena de herramientas punzantes. En el otro lado, un ventanal de cristales emplomados con barrotes por fuera. Más o menos eso es lo que hay. Y tú en medio. Desnudo. Inconsciente. Con la cara hecha un cromo. Bridas de plástico negro en las muñecas. Un charco de sangre coagulada junto a tu boca y lo que parecen un par de dientes rotos. El fin de fiesta perfecto para una noche loca, ¿no crees? Bueno, tampoco estás para hacerte esta ni ninguna otra pregunta. Bastante tienes con poder seguir respirando con el tabique como lo tienes. Una masa deforme, morada. Aplastada. Y un goteo continuo. Cada vez que inhalas, suena un pitido agudo. La posición fetal que te estás marcando podría resultar hasta tierna. Lástima que todo apunte a que el tema del nacimiento esté apuntando maneras de producirse a la inversa. Ya sabes: sales de un agujero oscuro empapado en fluidos y sangre, y, o mucho me equivoco, en un rato vas a acabar en otro parecido. Con solo una diferencia. En lugar de líquido amniótico durante nueve meses, vas a estar rodeado de cal y arena por el resto de los tiempos. Pero mejor no adelantemos acontecimientos. Tus amigos han salido a tomar algo, y quizá sea necesario refrescarte un poco la memoria, para aliviarte la conciencia y esas cosas. ¿No crees? Venga, vamos…

Siempre fuiste una especie de Jekyll y Hyde en versión casposa. Un tío retraído que mataba el tiempo a golpe de pajas y machacándose en el gimnasio de lunes a jueves. Un curro anodino. Una vida gris. Vamos, un borrego más en el rebaño. Pero los fines de semana, otro gallo cantaba y lo sabes. Los chavales con los que echabas horas entre mancuernas, sudor y anabolizantes eran la polla. Peña maja. De estos con los que salir de copas y acabar a hostias de madrugada. Un plan pleno. Y para colmo pilotaban de mierdas químicas. No se os escapaba ninguna. La técnica era sencilla. Palique. Conversación que parecía sacada de un manual de la época de Pajares y Esteso, y a triunfar. Pero mejor pongamos un ejemplo, que lo mismo tantos golpes en la cabeza te han dejado alguna laguna.

Garito petado de peña. Tú y los chicos acodados en la barra. Polos y camisas ajustadas. Mucho escote para que se note que los pectorales además de tener volumen están depilados. Músculos tensos. Mirando alrededor. Búsqueda de una presa que llevarse a la cama. La noche muriendo en su avance y nada, no hay suerte. El local es un campo de nabos. A medida que pasan las horas, el listón va bajando en sus exquisiteces. Todo vale. Y al final los cubatas y la coca se encargan del resto. Un grupo de chavalas. A esas alturas ya nada cuenta. Sólo satisfacer necesidades e instintos. Vuestro grito de guerra, manido y machista, lo deja claro «ninguna mujer es fea por donde mea».

Y al lío. Cuidado que vamos a pasar. Roces. Unas manos en la cintura con cara de tío sensible. Susurros al oído. No por ser babosos, es que la música está muy alta y si no me acerco no me oyes. Y ya que estoy en la distancia óptima, pues con disimulo meto morro rozando tu mejilla. Miradas seductoras ensayadas en el gimnasio frente al espejo. Lenguaje corporal de soy el rey del mambo. Intentos de alargar la escena, y en un visto y no visto, el que se había quedado fuera del teatro de operaciones hace una ronda de medicina en las copas de las chavalas. Ellas beben. Vosotros esperáis. Puta química orgánica. En la vida fuisteis capaces de aprender a formular un triste óxido, y ahora os hincháis a follar con lo que sintetizan los adultos en que se convirtieron los niños con gafas a los que hostiabais en el recreo. Pero claro, así es esta vida, ¿no? Ellos a seguir con sus cosas de cerebritos y los triunfadores como vosotros a vivir la vida.

Media hora después, los neurorreceptores ya están saturados de dopamina, serotonina y norepinefrina. Vamos, que ya está todo hecho. Ahora a aprovechar el calentón. Búsqueda de una pensión y a freírse el capullo metiéndola en caliente. Mañana será otro día, y si habéis sido lo suficientemente precavidos, cuando salga el sol ya estaréis fuera de allí. Ellas se despertaran solas, sin saber dónde coño están y con cincuenta pavos menos en la cuenta bancaria. Ya se sabe, el hombre del siglo XXI huye del cliché machista de pagar siempre.

Y luego entre semana, pues a sacar pecho y enseñar los videos grabados con el móvil. Frases de tíos de mundo. «Joder, como la chupaba». «Escucha, escucha. Mira como gime». «Era una puta de cuidado, me dejó seco, tío». Y las imágenes pasando. Tías con las pupilas como monedas de dos euros. Cuerpos desnudos estremeciéndose. Puede que por placer o porque alguna parte de su cerebro empieza a tener miedo. Pero claro, sois unos tíos. La crema de la noche. ¿Qué coño os importa eso a vosotros? Cuantas más caigan mejor, y si os marcáis un trío pues sesión doble de press de banca para celebrarlo y una ronda de batidos de proteínas. Que la semana no ha hecho más que empezar y aún quedan muchas pajas en los baños del curro recordando. El finde aún no asoma en un calendario y no hay mejor manera de matar el tiempo.

Pero claro, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe, ya sabes. Por mucho que uno trate de optimizar todo, siempre hay algún fleco suelto. Nada de enviar vídeos para evitar que el spam y el morbo hagan el resto. Es lo que hay. El mundo está conectado. Y antes o después la tía que sale en el video puede recibirlo y plantar una denuncia. Eso ya no es tan divertido, ¿verdad? Otra de las medidas de seguridad es igual de sencilla y efectiva. Actuar por zonas. Nunca pasar por el mismo garito dos veces al mes. Todo sea por evitar reencuentros incómodos y que se os joda el negocio. Así que el viernes siguiente nueva zona por explorar. Un local de moda. Portero de traje a medida y cuerpo macizo. Cabeza rapada, aspecto eslavo y pinganillo en la oreja. Chicas guapas. Alcohol de garrafón. Y muchas ganas de pasarlo bien.

Perdona, la puerta del sótano se abre y creo que quien viene tiene cara de pocos amigos. Ahora seguimos hablando…

Los pasos retumban. Son tres pares de pies. Dos calzan botas militares. Los otros tacones de aguja. Una onomatopeya podría ser toc, toc, toc, toc, plof, plof, plof. Se detienen a tu lado. Te miran con verdadero interés. Dos maromos rapados con pinta de haberse licenciado de los Spetsnaz hace un par de días. Cuerpos musculosos, capaces de partirte por la mitad sin mucho esfuerzo. Mirada demente, de esta gente que se afeita con machete y usa napalm como aftershave. Y algo a mitad de camino entre una mueca sádica y una sonrisa que nada bueno presagia. La chica en cambio, parece hecha de otra pasta. Ya sabes, el acero soviético no sólo se usaba con fines bélicos. Es alta, delgada. Rubia, de rasgos sensuales, de no ser por los morados que marchitan su cara. Tapa los ojos con gafas de sol aparatosas. A todas luces debe tenerlos a la funerala y trata de ocultarlos de esta manera. Una verdadera diosa de piernas largas, eternas, que mueren en una minifalda blanca con manchas de sangre seca.

Hablan entre ellos. Lengua natal. Ellos conteniendo la rabia y señalándote con el dedo. Ella negando con la cabeza, como si dudara. Solución, patada en el pecho que te comes y del impulso acabas bocarriba. La luz que entra por el ventanal te da de lleno. Ahora sí, ya no hay lugar a las dudas. Afirma emitiendo un da agudo. Los otros dos se miran entre sí. Parecen mantener una conversación telepática. Por cómo te miran no tiene pinta de ser algo muy humanitario lo que te están reservando. Aunque parece que no tienen prisa. Uno de ellos le echa un brazo por encima a la chica. El aire protector. Muy a lo Vin Diesel en A todo Gas I, ya sabes «rómpele el corazón y te rompo el cuello»…

Se marchan. Vuelves a quedarte solo. Y yo vuelvo a lo mío. A seguir desgranándote un poco la historia. Ya sabes, de aquellos polvos estas contusiones…

El garito es la hostia. Luces de éstas que emiten fogonazos y hacen que todo parezca una sucesión de fotogramas. Huele a pasta. A peña de éxito. Joder, tirarse a una de esas tías que pululan con vestidos de noche y taconazos que parecen sacados de una peli porno, simplemente seria la hostia, pensáis nada más entrar. Eso sí, aquí la competencia en esto de lucir palmito es mayor. Aunque bien visto, hay demasiado ganado como para tener problemas. Una primera ronda de Jägermeister y al lío. Bailes que parecen sacados de un videoclip de reggaeton de serie B. Hablar a gritos. Tratar de llamar la atención. Que empiece la fiesta…

Varios cubatas y un par de tiros de zarpa después, ha habido suerte. Unas tías rubias, guapísimas, parecen haber sido atraídas por vuestros reclamos. Estáis en un reservado. Una por barba. La noche está saliendo que ni hecha por encargo. ¿Cómo era aquello que decíais en situaciones como ésta? Ah, si. «Muy mal se nos tiene que dar». Y la cosa parece estar cumpliéndose. Copas. Manoseos. Besos robados. La idea de montar algo a lo Bang Bros aparece de la nada. Un todas con todos. A follar hasta que el cuerpo aguante, y lo mejor de todo es que esta vez parece que os vais a ahorrar la droga. Mejor, que la vida está muy cara y todo lo que sea ahorrar nunca está de más.

Desde el reservado miras a los payasos que están apelotonados en la pista de baile. Putos mediocres. Unos mierdas que tratan de pillar cacho a la desesperada. No como vosotros, claro. Sois los amos de la noche. No hay más que veros. Rodeados de tías de bandera. Bebiendo botellas, no copas. Botellas de las caras además. Champán. Un día es un día y para eso se inventaron las tarjetas de crédito. Un brindis para celebrarlo y a seguir tomándole el pulso a la situación.

Un par de rondas más tarde, la balanza se decanta a vuestro favor. Hora de salir de allí. Miradas de envidia clavadas en vosotros. Putos perdedores. Sonrisas de superioridad, que siempre hubo clases y vosotros estáis en la cúspide ahora mismo. Sólo es cuestión de disfrutarlo mientras dure. El problema es que la zona no tiene pensiones en las que sacar los más bajos instintos a flote. Os está costando un pico la historia, pero qué cojones, dame un piti tío y vamos a buscar un hotel. Llegados a este punto, ya no hay retorno. Y a tirar de móvil para buscar en Google Maps. Toca andar, pero bueno, así os despejáis un poco que para lo que vais a hacer, mejor tener los cinco sentido alerta. Ya sabes: lamer, tocar, oler, mirar y escuchar gemidos.

El notas de la recepción se porta bien. Nada de pedir demasiada documentación. Un par de DNIs. Firmad aquí y a pasar buenas noches, que de cambiar las sábanas salpicadas de fluidos corporales ya se encargará el servicio de limpieza mañana. Y al lío. Pasión desatada en el ascensor. Un par de plantas más y os lo montáis ahí mismo. Pufff, que calentón. Al fin salís al pasillo. Hora de buscar la puta habitación. La sangre acumulada en otra parte del cuerpo dificulta el pensamiento (dentro de tus posibilidades habituales, claro). Y por fin llegáis a buen puerto. Empujón y la chavala que cae en la cama. La miras desde arriba. Es preciosa. Cómo te mira. Cómo te sonríe. Quiere mambo del bueno, y de eso sabes mucho. Carne en barra. Veintinosecuantos centímetros (que en verdad no llegan a quince, pero bueno el error de medida es algo intrínseco al hecho de medir, o algo así decía un científico de principios de siglo).

Te abalanzas sobre ella sin miramientos. La cama cruje. Os besáis. Qué bonito es esto. Un par de caricias y ropa cayendo al suelo. Hora de empezar el trabajo serio. Erecciones. Humedades. Lenguas que recorren pieles ajenas. Pufff. Y la temperatura subiendo. Tienes la polla al rojo vivo. Te pones encima de ella, dispuesto a enseñarle lo que es montárselo con alguien como tú. Un tío de pelo en pecho (aunque te lo afeites tres veces por semana). Un superhombre en la cama. La espera una semana de agujetas como mínimo. Ella separa las piernas, invitándote a entrar dentro. A sentir la suavidad de su interior. Te sonríe, levantando una ceja, como diciendo, «a qué esperas, dale». Y entonces pasa lo que rara vez te pasa. Plof. Gatillazo. Lo que antes era un conjunto de carne dispuesta a hacer de la noche una gesta sexual de la hostia, ahora no es más que algo colgandero y pellejoso.

Te la miras sin comprender. Tratas de ponértela morcillona por lo menos, que del resto se encargue ella. Los nervios no juegan a tu favor. Mierda. Y encima ésta sí que se va a acordar mañana. Un mito de la noche que se va a la mierda. El castigador vencido por una disfunción eréctil inesperada. Joder. No. No. No. Te llevas las manos a la cabeza. Ella sigue mirándote a los ojos. Aún no se ha debido de enterar. Las frases al uso acuden a tu cabeza. «Es la primera vez qué me pasa». «No es por ti, que me pones y mucho, es por el trabajo y el estrés», ya sabes, explicaciones que a lo mejor sobran. Lo más digno sería agachar la cabeza e irse por donde se ha venido. Pero no. Tú no eres de eso. Te esfuerzas un poco más en los preliminares. Ella jadea. Eso te pone, pero no lo suficiente. Calma muchacho, sólo es cuestión de hacer que se corra un par de veces. Con eso tu amigo ya asomará la cabeza otra vez.

Más tarde. Las sábanas encharcadas y ella al borde de la deshidratación. Tu lengua reseca. Joder, por qué no has cogido una puta pastilla de Viagra. Siempre la llevas encima, en la cartera, y hoy que es cuando la vas a necesitar se te olvida en casa. Ley de Murphy o como quieras llamarlo, pero te jode el plan. Te pones en pie y vas al baño. Ella te mira sin entender. Cierras la puerta. El espejo te devuelve tu imagen. Te sientes patético, derrotado. Te refrescas la cara, masajeándote los ojos. Todo es cuestión de calmarse, repites mentalmente mientras respiras hondo. Tus tribulaciones zen se van a la mierda cuando oyes ruido en la habitación. Sales a toda prisa. La tía está tratando de levantar el vuelo. Y una polla, piensas. Te has dejado una pasta esta noche y follas sí o sí. La sangre te hierve. Aprietas los puños y le preguntas que qué hace. Te sonríe. Esa sonrisa, otra vez. Más rabia. Pero lo que acaba por hacerte estallar es su respuesta. «Irme a mi casa. Aquí no pinto nada, al parecer».

Sin miramientos le das un bofetón. La hostia resuena en la habitación, pero no en tus oídos. Lo único que escuchas es un pitido incómodo, como de una tetera rompiendo a hervir. Ella trata de ponerse en pie, pero no la dejas. La coges del pelo y la estampas contra el suelo. No llora. Tampoco suplica piedad. No hay miedo en sus ojos. Y eso te encabrona más. Amagas con volver a sacudirla y te aguanta la mirada. Algo dentro de ti hace crac y te separas unos metros, observándola. Receloso. Ella se pone en pie con dificultad. La sangre hace que el pelo se le pegue a la frente. Pasa a tu lado alzando el mentón, de una manera que en otras circunstancias habrías interpretado de la manera correcta, pero no es el caso. La puerta se cierra. Notas una erección. Ahora, piensas. En fin, las sabanas aún huelen a ella y están empapadas. Una paja nunca está de más y con salir antes de las doce de la mañana de allí no habrá que pagar suplementos.

Otra vez vuelven a oírse pasos en el sótano. El mismo traqueteo de antes. Ya sabes, tacones y botas militares. Un cubo de agua fría te hace recuperar el conocimiento. Miras a tu alrededor tratando de enfocar. La luz te da de lleno en los ojos, obligándote a cerrarlos otra vez. Las muñecas te escuecen. Intentas moverlas y te clavas más aún las bridas. Ahogas un grito de dolor. La resaca unida a tu estado actual resulta insoportable. Los dos tíos te estudian con calma. Parecen estar jugándose a cara o cruz quién va encargarse de ti. Aunque la cosa parece decantarse por colectivizar tu cuerpo. Ya sabes, las raíces son difíciles de eliminar, y para qué andar discutiendo por quién va a sacudirte y quién no.

Se acercan a ti. Te estremeces. El primer golpe es a la altura del hígado. Abres los ojos y te encuentras de frente con ella. Intentas tragar saliva, pero no hay suerte. Tienes la boca llena de sangre reseca y es como tragar cuchillas de afeitar. Otro golpe, éste en los riñones. Dolor interno. Hablando de probabilidades la cosa está en un 80-20 en favor de la hemorragia interna. Más golpes. La boca del estómago recibe lo suyo, el ardor propio del garrafón de la noche anterior pasa a un segundo plano. Cuando se cansan, paran. Se alejan unos pasos y fuman en silencio, mirándote.

Tienes miedo. Mucho. Más que en toda tu puta vida. Pero tranquilo, todo tiene un final y el tuyo está cerca. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, dicen. Y tú no vas a ser la excepción. Aunque bueno, déjame decirte sólo una cosa, que ya es hora de que me marche de aquí, tanta violencia me pone triste. Dime si no es irónico que un tiburón de la noche acabe muriendo apaleado como un triste atún. Lo sé, no tiene ni puta gracia. Pero te lo has buscado tú solito. Ella, antes o después, superara lo que le has hecho. Tú, en cambio, veras crecer las flores desde abajo. Un final precioso. Justicia poética podríamos denominarlo incluso.

Bueno, no te entretengo más. Disfruta de lo que está por pasar, que nadie te va a echar de menos. Un beso, ciao.

Ignacio Barroso-Benavente

Relatos de la mazmorra, 5.- Lealtad por Vladimir Hernández

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ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

4.- Lealtad

Negra sobre blanco. Las pieles ardiendo, intercambiando sudores. El ritmo, la sincronía de movimientos; gemidos, gritos, y palabras malsonantes que crean ecos en las paredes de la habitación alquilada.

Ella, encima de él, lo esperó y se corrieron juntos, con las manos entrelazadas.

—Tenemos que hablar —dijo la chica al rato.

—¿Será posible? —se burló él—. Las mujeres siempre quieren hablar después de un buen revolcón.

—Es en serio.

Machado se sentó al borde de la cama, con los pies descalzos apoyados en el suelo; el sudor se le escurría por el pecho y caía sobre las baldosas blancas.

—No me vayas a decir que estás embarazada y que no sabes de quién es.

Ella se abrazó a él por detrás, presionándole la espalda con sus cálidos senos.

—Sigues bromeando, chico —le amonestó—. Hoy estás imposible.

A Machado le agradaba su ternura, pero desconfiaba de las conversaciones postcoitales; a veces, una bala podía convertirse en un misil.

—A ver, Cachita, mi cielo —dijo él—. ¿Qué te ronda por esa cabeza?

La joven suspiró, le dio un rápido beso en el cuello, y declaró:

—No quiero seguir con esta relación.

El poli intuyó que el misil venía envenenado. Se encogió de hombros.

—Está bien —dijo resignado—. Siempre supimos que este momento iba a llegar. Tú eres la mujer de Acosta y yo nunca he aspirado a que eso cambie.

—No es eso.

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Pero él insistió:

—Fue bueno mientras duró. Dijimos que dejaríamos de vernos en cuanto tú lo quisieras así.

—No me estás entendiendo —dijo ella aferrándolo con fuerza, el tono oscuro de su piel contrastaba con el pecho blanco del hombre—. Lo que yo quiero es que dejes a Lalá, para yo divorciarme de Acosta y entonces poder formar una pareja contigo.

—Tú estás jugando, ¿no?

—No —respondió Cachita. Lo hizo voltearse y lo volvió a besar en los labios—. Lo digo en serio. Ya no soporto esta farsa. Odio salir los fines de semanas juntos y tener que ver a Lalá besándote y haciéndote caricias. No lo aguanto más. Te quiero para mí. Para mí sola.

Machado se deshizo del abrazo y se puso en pie. La miró ceñudo.

—¿Tú te volviste loca? —dijo estupefacto—. ¿Y Acosta qué?

Cachita se cruzó de brazos, acunando sus enormes pechos con las palmas de las manos. Las aureolas negras en torno a sus pezones eran enormes.

—Acosta es un problema mío. Si dejas a Lalá, yo me divorcio de Acosta.

—Pero, ¿qué estás diciendo, Cacha? —estalló Machado—. Acosta es mi amigo; ¡Mi hermano del alma! El hermano que nunca voy a abandonar. ¿Cómo se te ocurre proponerme semejante traición?

Ella le respondió airadamente.

—Me confundes, Machado. Llevas seis meses acostándote con la mujer de tu mejor amigo, ¿y me hablas de conflictos de lealtad?

A él le molestó que Cachita lo culpara de aquella forma; como si ella no tuviera una participación activa en la infidelidad. Se acercó a la ventana y apartó las cortinas de tela estampada. La luz del mediodía le obligó a entornar los ojos.

—Es mejor que sea así —dijo la joven—. ¿Sabes lo que pasaría si ese negro se entera de lo nuestro?

La sombra de Machado caía ahora sobre el rostro de Cachita.

—Olvídate de eso —declaró él, lapidario—. No voy a joder a mi compañero.

Cachita alzó las manos en señal de impotencia.

—¡Pero si ya lo estamos jodiendo!

—Te equivocas. Lo mío y lo tuyo no tiene nada que ver con Acosta. Y si eso es lo que crees, significa que en ningún momento has comprendido la base de esta relación. Esto… esta historia que tenemos, existe porque tú me gustas mucho y porque, de mutuo acuerdo, decidimos correr el riesgo de vivirla; pero no está sujeta a ninguna condición. Te lo repito: no voy a traicionar a Acosta; ni por ti, ni por nadie.

—Ese compadreo de ustedes me parece la cosa más rara del mundo —protestó la mujer en voz baja.

Machado se acercó a ella y le dijo con firmeza:

—Espero que no estés poniendo en duda mi hombría y la de tu marido.

Cachita empezó a sollozar. Se sentía impotente.

—No —respondió entre lágrimas—, pero no me gusta esta situación.

Él fue paciente. Extendió las manos y la tomó por la cabeza, hundiendo suavemente los dedos en su algodonoso cabello afro. Le dijo:

—No te pongas así, Cachita. Podemos solucionarlo. Sólo tenemos que olvidar que tuvimos esta conversación. Fingir que nunca ocurrió. Pero, insisto: no me pongas a prueba otra vez. Acosta es mi hermano. Siempre lo voy a escoger a él.

Y la besó.