Novedad: Nada es perfecto en Hawài – Màrius Serra

Ya estamos aquí otra vez.

Esperando que os hayan ido perfectas las merecidas vacaciones, nos ponemos en marcha para seguir informando de todas las novedades que salen en el mundo de la novela negra y así os ayudemos en las próximas lecturas en SomNegra.

Os dejamos una nueva sección con adelantos de títulos que saldrán en breve.

nada es perfecto en hawai

NADA ES PERFECTO EN HAWÁI – MÀRIUS SERRA

Nada es perfecto en Hawái – Màrius Serra – Destino

En la isla de Hawái se celebran un congreso sobre el capitán Cook –el mítico descubridor de las islas– y la inauguración de un complejo turístico, pero un accidente sabotea la festividad en la isla donde nació el presidente Obama.

El joven periodista hawaiano Tom Rodley cubre e investiga el suceso. Le acompaña Jane Auden, una antigua compañera de estudios muy atrevida. Rodley trabaja en una novela sobre el capitán Cook y vive en una caravana cerca del Bed and Breakfast que regenta su madre. Su padre murió treinta años atrás, cuando Rodley tenía solo siete, pero él sigue obsesionado con esa muerte.

La investigación sobre el presunto atentado, el enigma de sus padres y los interrogantes sobre el capitán Cook se cruzan en una novela que realiza un panorama vivísimo de Hawái.

La isla que fue el paraíso del hipismo y del amor libre en los años setenta, y que ahora es explotada tanto por constructores y hoteleros como por gurús que sacan partido de las tradiciones paganas, es el mejor escenario para una novela que arrastrará y emocionará a los lectores.

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Regalamos Final de trayecto – Emmanuel Grand

final de trayecto

FINAL DE TRAYECTO – EMMANUEL GRAND

Pues si!!! en medio de agosto y nosotros pensando en regalar libros, esta vez se trata  de una novela policíaca, Final de trayecto de Emmanuel Grand.

Y como siempre será muy sencillo conseguirlo.

-Paso uno,  ser seguidor en nuestro Twitter, si ya lo eres pues primer requisito cumplido

-Paso dos, Retuitear el tuit del regalo. RT aquí

Es Fácil. ¿No? pues tenéis hasta el día 10-08-16 para participar!!!

Buenas vacaciones y lecturas en negro

Escribir con ruido de ambulancias

Fuente de la noticia Elmundo.es

ellroy

La parte exterior de James Ellroy (Los Ángeles, 1948) podría confundirse con la de un intelectual sobrado de ideas que al poco de ser pronunciadas caen en una alfombra de oración. Si amanece con las gafas redondas de alambre y opta por anudarse al gaznate la pajarita, entonces parece uno de esos físicos tronados que se descuelgan por las escaleras de las universidades con una prisa loca de galaxia a punto de ser devorada. En Ellroy nada delata lo que este hombre es hasta que lo lees o hasta que habla. Luego comprendes esa literatura que dispensa como metralla. Por qué suda abismos. Por qué de su escritura sale ese ruido de ambulancia. Esa precisión psiquiátrica para dibujar mala gente. Es un escritor tocado por el don de hacer prisioneros con frases cortas. Pero por dentro asoma una criatura con el alma muy tenue. De los que se han cocido en una lumbre de odio. De aquellos que en la moviola de los ojos conservan imágenes tremendas que no pueden desalojar.

James Ellroy tuvo un padre absurdo y una madre enfermera. Por ahí empieza todo. El primero desapareció consumido en la nada. La segunda, pelirroja y fuerte de aristas, convirtió la casa pobre de El Monte Lane (Los Ángeles) en un vivero de amantes que se le acumulaban en el salón y a los que el niño James llamaba “tíos” indiscriminadamente. Alguno dejaba al marchar propina sobre la mesa. Nunca invertían más de 60 minutos con la familia. Una de aquellas tardes de siempre en las que caían hasta el jardín gemidos de placer desde el cuarto de mamá, el chulazo de turno decidió acabar con la enfermera (es la forma que tienen algunos cobardes de acabar con todo) y partió en dos a la señora Ellroy depositando las mitades en el primer contenedor. Era 1958. Jamás se cazó al asesino. El muchacho quedó solo cuando empezaba a despuntarle esa voz fuerte que a veces sale de la nuez de los flacos. Aquel drama le dio el impulso último para convertirse por méritos propios en un adolescente echado a perder, con gran devoción por el asalto a las casas vecinas, el hurto de baratijas y el coleccionismo de ropa interior de esas damas que siempre iban del brazo de un tipo que nunca era él. Sentía una inmensa curiosidad por todo lo relacionado con el ámbito de lo criminal. Apostaba por licenciarse como golfo de extrarradio.

Empezaron las detenciones. Las noches en el calabozo. La cárcel. Las drogas. El alcohol y unas resacas gordas de las que llenan el cerebro de hiperestesia y dudas. James Ellroy era un raterillo de poca monta, un fracasado vengativo, un tipo rudo con una cacharra del calibre 39 hincada en uno de los riñones. “Llevé una vida pintoresca, pero siempre trato de desmitificar aquella existencia”, dice cuando le preguntan. Alternó la calle con la cárcel como el que cambia de casa según sea temporada alta o baja. Por entonces sólo era un resentido flambeado en ese trauma de saber con 10 años que a tu madre la han descuartizado. Y aun así este tuercebotas estaba dotado de una inteligencia corrosiva y mantuvo la consciencia mínima para enterarse de que era un fracaso de delincuente, un mal ladrón, unpringao, un incapaz como atracador. No es posible triunfar si más de la mitad de los días duermes tirado en un párking y pisas peligrosamente el friso barroco de la esquizofrenia. Así que poco a poco fue enfriando la vocación quinqui y comenzó a ofrecerse para distintos oficios.

Antes de escritor probó unos 10 o 12 empleos. El más ambicioso fue el de caddy en el campo de golf de un club de Bel-Air. Sobre el green comprobó que el dinero/dinero se mueve a caderazos contra el aire. Quizá por aburrimiento, o por falta de estímulos, sobrio como los redimidos de primera hora, empezó a leer con la misma obsesión indiscriminada que ponía en sus ingestas de sustancias y en sus robos de zascandil. Pero los libros se le dieron mejor. A los 30 años arrancó la primera novela, Requiem por Brown. Estrenaba en estos folios una prosa apasionada e inmediata, directa, eficaz, cauta frente a los excesos de escritura. Y aquello comenzó a pitar. Continuó con Clandestino, después armó la Trilogía de Lloyd Hopkins. Más tarde inauguró con La Dalia Negra el ciclo de novelas que llamóCuarteto de Los Ángeles, donde destacan L.A. Confidencial y Jazz blanco. En el siglo XXI, Ellroy es un indiscutible de la novela negra, un cruce de Dashiell Hammett y Raymond Chandler combinados con música de cerrojos. Lo suyo es un aceite de altísima densidad que producen piel adentro aquellos seres que no han achicado del cuerpo algunos demonios.

Nadie le podrá quitar ya a James Ellroy la gloria de haber tenido una infancia de mierda y una adolescencia de interior desnortado. De tanta tabla curva viene su desafío. A estas alturas de la vida arrastra el ego de un zepelín y anda por la vida con resortes de garduño. “Soy conservador por temperamento. Estoy en desacuerdo con la actividad criminal. Estoy muy firme y de manera clara del lado de la autoridad. La verdad es que prefiero pecar de mucha autoridad que de poca”. Esto lo dice ahora con tajante frialdad un sujeto que mantuvo hasta casi los 30 años un ardiente talante delincuencial. “Invoqué la maldición hace medio siglo. Ésta define mi vida desde que cumplí 10 años”. Hoy es un fanático de Dios, de Beethoven y de la policía de Los Ángeles, por este orden. Acumula éxito y fortuna. La religión comenzó a trabajar en su interior trastabillado un 6 de enero de 1979, cuando se echó a rezar para que le publicaran sus primeros folios. Lo consiguió. Se mueve con ferocidad racionalista por el océano de su vanidad, sin abandonar ciertas incrustaciones chulescas que delatan otra vida en otros parajes, exactamente por elbullerengue de los bajos fondos. James Ellroy va por su tercera o cuarta mujer. No usa ordenador ni teléfono móvil.

Lleva más de 30 años perfilando la historia social de EEUU a través del crimen, la corrupción, la falta de escrúpulos y el misterio. Nada que no conozca de primera mano. Por eso se ofrece en sacrificio a cada libro. Aquel chaval que dormía con las paletillas contra el suelo, y de almohada una botella de alcohol disimulada con una bolsa de papel, es hoy un señor distinguido con legión de lectores, frecuentador de la parroquia del barrio, menesteroso a la hora de prender cada domingo la barbacoa en el jardín. Es su idea de orden, rigor y felicidad. Aunque por suerte para su leyenda aún no traspapeló la rabia.