Lección mortal, de Esther Chinarro

leccion-mortalLección Mortal – Esther Chinarro por GERMÁN GONZÁLEZ

Los lectores de novela negra estamos mal acostumbrados. El auge de demanda que vive este género literario se ha plasmado en una desproporcionada oferta comercial con la consiguiente devaluación de la calidad de las obras y ha avivado el  ingenio de los autores para intentar enganchar al público, aunque no es suficiente con ser original. Por eso sorprende el libro de Esther Chinarro, ‘Lección mortal’, cuya principal virtud está en la sencillez de la historia que cuenta, con pocos personajes que se alejan de los estereotipos y que son capaces de evolucionar en una novela de pocas páginas. También demuestra que no es necesario plasmar un manual de formas de matar para atrapar al lector y que no hay que añadir de forma forzada kilos y kilos de palabras a una narración.

La mejor lección de Chinarro es que no hace falta proponer grandes rompecabezas, ni crímenes inverosímiles ni detectives ingeniosos y carismáticos para componer una sólida novela negra. Tal vez el relato es demasiado simple en algunos puntos, como cuando se centra en las emociones y sensaciones de los protagonistas ante la envergadura del desafío criminal que propone (nada menos que cazar a uno de los mayores asesinos en serie de la Historia de España) o cuando apuesta por centrarse en personajes y dejar a otros que pueden dar más juego. A veces el libro te deja con ganas de más investigación, perdida entre tantas emociones y descripciones, o añoras más variedad de posibilidades para sospechar aunque también nos recuerda la satisfacción que nos dan las cosas sencillas, como cuando sacias tu sed simplemente con agua fresca.

Acorde con el relato, la resolución del misterio también está en los detalles por lo que no conviene perderse ningún dato por poco relevante que parezca. La obra no deja de ser el particular descenso a los infiernos de la protagonista, un tanto forzado en algunos momentos, pero explicado por alguien que conoce y entiende las emociones humanas. El libro cuenta la historia de una pareja a punto de estrenarse como padres mientras se investiga los asesinatos cometidos por ‘El Profesor’ y las relaciones que tienen con sus familiares y entorno laboral.

Se nota la profesión de periodista de Esther Chinarro (Madrid 1972) en el estilo, el ritmo y la tensión que transmite la narración. La pasión y ligereza que destila el relato provoca una rápida lectura y lo convierte en un libro ideal para leer cuando estás cansado de obras complejas y absorbentes. La autora se autoeditó en Amazon ‘Lección Mortal’ en 2014, su primera novela que tardó varios años en escribir, y el éxito hizo que diese el salto a un formato físico en la editorial Nuevos Escritores. Chinarro también tiene publicada la colección de cuentos ‘Nombres de mujer’.

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Carter & West, de Ana Bolox

carter-westCarter & West – Ana Bolox – Medianoche Editorial por RAMONA SOLÉ

Destino Inexorable, Aracne, y La muerte viene a cenar. Tres relatos de intriga al más puro estilo inglés. Cada caso es independiente, aunque tienen algunas conexiones, que dan pié a que haya próximas publicaciones. En estos relatos, muy bien ambientados en la posguerra, años 40, Ana Bolox ha conseguido trasladarnos al ambiente que se respiraba en esos días, con un estilo muy trabajado que está totalmente acorde con la época.

Destino Inexorable. El primer relato, con cuatro capítulos, me ha recordado “upstairs, downstairs”. Parece una historia sencilla de criadas y señoras, pero acabará siendo una trama más complicada, en la que el espionaje tiene un papel importante, pero lo que sorprende es el giro final que descoloca un poco pero quizás da más sentido al título.

Aracne. El segundo relato, con nueve capítulos, nos adentra aún más en el espionaje, intriga y riesgo. La desaparición de unos documentos que pueden poner en peligro la seguridad del país llevará a Carter, un detective de Scotland Yard que anteriormente había trabajado para el MI5, a ayudar a Dwigh, su antiguo jefe.

La muerte viene a cenar. El tercer relato, también con nueve capítulos, cambia el registro, y nos implica en un crimen interesante y más personal: la muerte de Thomas Allerton, escritor. Aquí conoceremos a Kate West, que será parte de la investigación y que junto con Carter irán encajando las piezas del puzle.

Mayordomos, criadas, señores, un investigador al que nos gustaría conocer mejor, y una inteligente y guapa colaboradora, que nos invitan a seguir leyendo, como ya he dicho antes, al más puro y clásico estilo inglés.

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Quién pierde paga, de Stephen King

quien pierde pagaQuién pierde paga Stephen King IntrigaPlaza & Janés por JOSÉ RASERO

Quien pierde paga es la segunda entrega de la trilogía del detective Bill Hodges, iniciada con Mr. Mercedes y que finalizará con End of Watch –aún inédita en España–, con la que Stephen King realiza su primera incursión en el género noir.

Fenders Keepers (que así se titula el original) se puede leer de manera independiente con respecto a la primera. Aunque el viejo detective Hodges y sus ayudantes, Holly y Jerome, reaparecen ya bien empezada la novela y participan en su resolución, no son ellos los personajes principales y el argumento de Mr. Mercedes queda como en suspenso, al igual que el psicópata asesino Brady Hartsfield, que permanece hospitalizado en estado semicatatónico.

En Quien pierde paga los protagonistas son Morris Bellamy y Pete Saubers. En la década de los 70 un joven Bellamy, trastornado por el personaje de ficción Jimmy Gold, asesina a su creador, el escritor, retirado hace 20 años, John Rothstein, y roba la producción inédita de este, así como una cuantiosa suma de dinero. Tras enterrar su botín, Bellamy (un prenda de cuidado) es condenado a cadena perpetua por violación. Treinta años después, Pete Saubers, un adolescente cuya familia pasa por apuros, vive en la misma casa que ocupó Bellamy con su madre, encuentra el tesoro oculto y resuelve utilizar el dinero para ayudar a sus padres. Cuando Morris Bellamy, tras pasar media vida en prisión, es finalmente liberado, descubre que su cofre se encuentra vacío, y decide vengarse de quien haya robado su bien más preciado, que no es precisamente el dinero.

Tenemos pues tesoro, cofre, asesino, detective y un protagonista/héroe adolescente. Todo ello conforma una trama atractiva, con ritmo, correcta, con escenas de violencia descarnada, elementos de crítica social y el característico empleo de los diálogos marca de la casa. Salpicada también de temas y personajes recurrentes en King. La obsesión de Bellamy con Rothstein y su creación nos recuerda a Misery y a Annie Wilkes y da pie al autor de Maine a hacer de la literatura –y de la misteriosa atracción que ejerce sobre el lector– un tema base de la novela y a mostrarnos otro mapa del tesoro, quizás de lo más interesante de Quien pierde paga, el de sus maestros literarios: Horace McCoy, Kurt Vonnegut, Mark Twain, Flannery O’Connor, James M. Cain, John D. MacDonald, Raymond Chandler, entre otros, aparecen por las páginas de la novela como si de un curso exprés de literatura americana se tratara, sin olvidar lo evocador del personaje del viejo escritor Rothstein, curiosa combinación entre JD Salinger y Philip Roth.

En cuanto a Bill Hodges, el detective de la trilogía –a punto de la jubilación y con una difícil relación con sus superiores en Mr. Mercedes–, en Quien pierde paga lo encontramos (además de como personaje secundario) ya retirado de la policía, aunque al frente de la agencia Fenders Keepers como investigador privado. El viejo Hodges come ensaladas y se preocupa por su salud y, junto a Holly, la mujer con trastorno obsesivo-compulsivo y experta en informática, y Jerome, el universitario negro que imita la voz de los esclavos, constituye un trío peculiar que, pese a funcionar bien, no creo que pase a los anales de la literatura policiaca.

En definitiva, estamos ante Stephen King, autor de más de 50 libros y unos 400 millones de ejemplares vendidos, a quien se ha llegado a definir como “autor de folletines baratos” (Harold Bloom dixit) o para el que Juan Bonilla no se cansa de pedir el Premio Nobel. Opiniones bien dispares que, sin embargo, nada valdrán ante la última palabra, la del “lector constante”. Porque no siempre es cierto que “No hay mierda que importe una mierda”, que diría Jimmy Gold.

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