Relatos de la mazmorra, 2.- Chinos, por Vladimir Hernández.

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LA HABANA

ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

2. Chinos

Era media mañana y el 666 hacía el circuito del barrio Belén. En el fondo no les gustaba; era la zona más superpoblada del distrito, la más deprimida, y con una mayoría étnica que solía complicarle las cosas a la Policía.

—¿Ya te sabes la última? —preguntó Acosta frotándose las palmas de las manos, sin prestar demasiada atención al trasiego reinante en Jesús María.

—Depende —respondió Machado, que hoy estaba al volante del patrullero.

—Está llegando un nuevo cargamento de Geelys.

—¿Ah, sí? ¿Los carros chinos?

—Exacto. Mil quinientos Geely CK y EC718. Nuevecitos, acabados de salir de la fábrica. ¿Qué te parece?

—Me parece que últimamente andas muy enterado, salvaje.

—Claro que sí. Hay que estar arriba de la bola todo el tiempo. Vamos a hacer la fuerza para que nos den uno, ¿verdad?

—Bueno —se encogió de hombros Machado—, la verdad es que no me preocupa mucho eso. Este Peugeot rueda bastante bien.

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COCHE PATRULLERO

—¡Qué va! El Peugeot 406 es historia antigua. Lo mejor sería que nos lo cambiaran por uno de esos Geely tan bárbaros que están por llegar. —El entusiasmo de Acosta era patente—. Dicen que los CK parecen Daewoo por dentro, y que los focos delanteros tienen el estilo de los Mercedes. Yo sé lo que te digo, con un swing así, ese es el carro que nos conviene.

Machado hizo girar el vehículo en San Ignacio y dijo:

—Pues empieza a pedirle a tu santa Yamayá, a ver si te concede un carrito chino.

Acosta miró a su compañero con reserva.

—¿Y tú qué sabes de santería, Machado? Esas cosas no se le piden a Yemayá.

—Bueno, negro, no te me pongas así —se disculpó el otro—. Yo sólo lo decía para que se te cumpliera mejor el deseo. Es bastante difícil empatarse con uno de esos carros. Piensa que el año pasado entraron siete mil Geelys y casi todos se los llevó las FAR y el MININT.

—O fueron a parar a Turismo, como casi todo lo bueno en este país.

—No exageres —rió Machado, dando volantazos para sortear los enormes baches de la calle—; lo mejor de este país somos tú y yo, y no estamos trabajando en Turismo.

—Ni falta que nos hace.

—Cierto. —Detuvo el Peugeot junto a un grupo de extranjeros que conversaban con dos jóvenes negros con pinta de jineteros—. La hostelería está contaminando este país; por ahí es por donde está entrando el capitalismo, y la droga, y la jodedera.

Los dos jineteros advirtieron la llegada del coche patrulla y echaron a andar sin despedirse de los extranjeros. El asedio al turista era fuertemente penado.

Machado condujo despacio el vehículo hasta ponerse a la altura de los dos jóvenes, y sacó la cabeza por la ventanilla para hablarles.

—Ustedes siempre están en el invento. —Les señaló con un dedo amenazador—: Sigan así que el día menos pensado les voy a conseguir una habitación de lujo en el hotelito.

—Y de ahí directo pa’ la beca un par de años —añadió Acosta con severidad.

El hotelito era La Mazmorra; y la beca, la prisión del Combinado del Este.

Los jineteros, tensos, no se dignaron a responder. Siguieron su camino, doblaron en la esquina y se metieron en un solar.

—Esta gente no aprende —comentó Machado, acelerando por Luz—. Yo creo que, en el fondo, el tanque no les da tanto miedo.

Acosta asintió en silencio, pero entendía la marginalidad de Belén; él mismo procedía de un barrio similar, y le había costado mucho alejarse de todo aquello.

—¿Sabes lo que quiere decir Geely en chino mandarín? —preguntó regresando al tema de los coches nuevos. Estaba haciendo un esfuerzo por recordar las palabras que había leído en el diccionario —“Auspicioso”, “Afortunado”—, pero no le venían a la mente, así que al final se decantó por—: Suertudo.

—Coño, negro —se burló Machado mirándolo de soslayo—. Te estás superando; aprendiendo otros idiomas y todo.

—Compadre, los chinos son el futuro.

—O el presente —añadió jocoso Machado—; fíjate que hasta tenemos una china dirigiendo el país.

—Ah, no digas eso ni en jodedera, viejo —le amonestó Acosta muy serio—. Un día de estos te va a escuchar el oído equivocado y nos vas a buscar un rollo. Con esas cosas no se puede andar jugando.

Machado estaba hoy de muy buen humor; le dio un suave codazo al costado de su compañero y lo hostigó:

—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te quiten el carro incluso antes de habértelo asignado?

—No es eso, compadre… —empezó a decir Acosta incómodo, pero entonces Machado le hizo un gesto brusco para que prestara atención a la calle.

—‘Perate. Mira pa’ allá alante; esos negros se están matando.

A una manzana y media de distancia, a un costado del Convento de Belén, se había formado una buena reyerta en medio de la calle. Siete hombres; tres contra cuatro; puñetazos, tubazos, patadas. El vecindario azuzaba la bronca formando algarabía Algunas mujeres estaban a punto de integrarse a la pelea. Machado aceleró el coche patrullero y le advirtió al otro policía:

—Ni se te ocurra poner la sirena. No vaya a ser que se nos den a la fuga.

—¿Dejamos que se quiten un poco la picazón?

—No. Hay mucha gente ahí, y la cosa puede empeorar.

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Aparcaron a veinte metros del epicentro de la riña. Los curiosos comenzaron a apartarse para dejarles paso, pero ninguno de los siete contendientes dio señal de haber percibido la llegada del coche patrullero. Había sangre fresca sobre el asfalto, un par de taburetes destrozados y vidrios rotos en la acera.

Los polis dejaron las pistolas en el coche, cogieron las tonfas de plástico macizo y salieron a valorar la situación. La gente empezó a silbarles, pero la intensidad de la pelea seguía arreciando. Más sangre y puñetazos, más gritos airados; en ambos bandos había un par de ejemplares bastante corpulentos. Uno de ellos estaba borracho.

Machado miró al otro poli y le preguntó:

—Bueno, ¿qué tú crees, salvaje? ¿Resolvemos esto nosotros solos, o prefieres pedir refuerzos?

Acosta sonrió con desdén y manifestó:

—Qué refuerzos ni que ocho cuartos, compadre. —Sus músculos tensaban la camisa del uniforme—. ¿Cuándo tú has visto a un salvaje pidiendo ayuda?

Intervinieron en la reyerta veloz y eficientemente, en plan demolición, repartiendo tonfazos y golpes expertos a partes iguales, anulando la violencia con ultraviolencia. Cinco hombres quedaron rápidamente fuera de combate y fueron esposados. Un par de guapos peleones intentaron plantar cara y hubo que rociarles gas pimienta en los ojos y darles unos cuantos puntapiés en las costillas cuando estuvieron en el suelo.

Algunos vecinos sacaron sus teléfonos móviles y empezaron a grabar.

Se escucharon abucheos, pero los silbidos, la jarana y los aplausos terminaron por imponerse desde los balcones cercanos. A la gente le gustaba el espectáculo.

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Relatos de la mazmorra, 1.- El carnicero, por Vladimir Hernández.

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Vladimir Hernández

ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

1.- El Carnicero. 

En la Mazmorra sus compañeros de profesión les conocían como Los siameses bicolor, El dúo dinámico, Fresa y Chocolate, y otros motes por el estilo. Lo cierto es que eran colegas inseparables, sin hacer distinción entre el trabajo de patrullaje y la vida privada. Machado era blanco, de cabello negro hirsuto y mesurada musculatura; Acosta era negro, pelado al rape, y un portento muscular.

Eran buenos polis: razonablemente honestos, rudos, eficaces.

Rodaban en un Peugeot: Obrapía, San Ignacio, Obispo, Compostela, se movían en zigzag por lo más intrincado del Casco histórico, halcones matinales patrullando la zona con aparente parsimonia, vigilando el movimiento y el trasiego ciudadano en las estrechas calles de la Habana Vieja, atentos al delicado equilibrio tercermundista entre la urbanidad y el conflicto.

Esta mañana, sin embargo, Machado parecía distante, inmerso en su cabeza.

Doblaron despacio por la intercepción de O’Reilly para bajar hacia la Plaza de la Catedral. De un balcón les llegó el sonido demasiado alto de un reggaetón de moda.

—Esa canción está igual que Jennifer López —comentó Acosta, conduciendo con soltura con una sola mano.

—¿Qué cosa? —preguntó Machado.

—Esa canción.

—¿Cuál canción de JLo?

—Tú no prestas atención, viejo. Dije que esa canción está igual que Jennifer López: echando humo, riquísima.

—¿Pero qué canción, salvaje?

—Compadre, ¿qué canción va a ser? El Chupi-chupi. ¿Tú no la oyes o qué?

—Ahj —dijo Machado—. Está buena, pero no pa’ tanto.

En una acera, una adolescente voluptuosa les vio pasar y, sonriendo burlona, exageró su contoneo lascivo. Acosta se pasó la lengua por los labios.

—Tú dirás lo que quieras —comentó—, pero mira cómo se pone esa niña cuando oye el Chupi-chupi.

—Esa canción está un poco pasada de rosca. Horita la prohíben.

—Ah, no seas sapo. —Lo miró curioso—. Hoy estás hecho un plomo, mi compadre. Desconcentrado.

—Sí, es que tengo un problema.

—Tú, igual que todo el mundo en este país. ¿Cuál es el tuyo?

—Es por la pura.

—¿La pura? ¿Y qué le pasa a tu mamá?

Machado chasqueó los labios, como si le costara hablar del tema.

—Cosas de vieja…

—Coño, Machado, no me vayas a decir que tu pura está enferma.

—Peor.

—¿Peor que enferma?

—Sí. Resulta que se quiere casar.

—¿Casarse?

—Así mismito. Conoció a un temba ahí hace como seis meses, y han estado en la salidera y eso; en el besito y la tontería, como si fueran quinceañeros. Yo lo he tolerado calladito, pero hoy viene ella y me suelta de sopetón que va a casarse con el tipo.

—¡Pal carajo!

—Eso me dije yo; “ya esto es demasiado”. ¿Se volvió loca?

—Bueno, compadre, tampoco es para tanto.

—¿Cómo que no es para tanto, salvaje? —rezongó Machado—. ¿Tú sabes cuántos años tiene mi pura para estar en esa comemierdería?

Acosta esperó en silencio.

—Va a cumplir sesentaicinco años —se respondió a sí mismo Machado—. ¿Oíste? Sesentaicinco primaveras. ¿Cómo se me va a bajar con ese número a estas alturas de su vida?

El Peugeot patrullero siguió rodando sobre la sucia piel de O’Reilly.

—¿Y tú conoces al tipo con el que quiere casarse? ¿Es buena gente?

—Sí, un viejo ahí, el padre del carnicero del barrio; creo que es unos años más joven que ella.

—Bueno, por lo menos no vas a tener que preocuparte por conseguir carne de res.

Machado lo miró malencarado:

—¿Eso es un chiste, Acosta? Porque a mí no me hace ninguna gracia. —Se inclinó con impaciencia hacia el volante del vehículo y tocó el claxon repetidamente para llamar la atención de cinco negritos que asediaban a una pareja de rubios europeos pidiéndoles chicle o monedas. Los negritos se dispersaron rápidamente.

—No sé qué decirte.

—No, si no hay nada que decir. Es una ridiculez de ella y no debería hacerlo. ¿Tú sabes el daño que va a hacer si se casa con ese hombre?

—¿A ti? Ay, no exageres, Machado.

—A mí no, negro; ¡al puro mío! Cuando se entere, eso lo va a matar.

Acosta se quedó un rato procesándolo, ignorando deliberadamente las señales de infracción de la ley que barnizaban el panorama matutino de la calle O’Reilly: música estruendosa, discusiones airadas en plena calle, revendedores de tiquets cerrando tratos, bisneros proponiéndole asuntos turbios a los turistas, adolescentes sentados en las aceras bebiendo alcolifán en grupo. Incluso, un efluvio de yerba quemada llegó hasta sus fosas nasales cuando hizo un rápido viraje en Mercaderes.

—Pero, ¿qué tiempo llevan tus puros divorciados?

—Veinte años, negro, veinte años. Pero da igual; mi puro sigue enamorado de ella, esa es la mujer de su vida, la única que cuenta para él. Si se entera de esto se me muere. Y se va a enterar, tú sabes cómo es eso.

—Sí, las malas noticias corren rápido. La gente le va a ir con el chisme. ¿Tú lo ves mucho?

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—Cada semana; cada viernes por la noche voy a verlo y a darle un poco de dinero. —Suspiró—. Negro, tú no te imaginas lo mal que yo me siento cada vez que lo veo ahí, tirado en ese cuartico cochambroso al lado del Mercado de Cuatro Caminos; hecho un guiñapo, borracho y triste. Se me rompe el alma. Yo sé que él le dio muchos problemas a mi pura cuando eran jóvenes, con mujeres y con borracheras, pero él siempre la quiso por encima de todo. Y sus problemas los dejaba en la calle, ¿sabes? Nunca nos maltrató, ni a mí ni a ella. —Sacudió la cabeza enfáticamente—. Yo no sé en qué está pensando mi pura, pero lo que tiene que hacer esa mujer es aprender a perdonar a su marido y recogerlo de una vez.

Aunque Acosta era un tipo sin dobleces, creyó conveniente no mencionar que la madre de Machado tenía derecho a decidir cómo rehabilitar su vida sentimental.

—Tremendo dilema el tuyo, compadre —fue su comentario.

La radio del carro crepitó dos veces. Machado tomó el intercomunicador.

—Mira, no me des mucha cuerda; no me des cuerda, que ya todo ese lío me tiene jorobao. La verdad es que no sé qué voy a…

—Carro 666 —dijo una voz en la radio—. Control llamando a carro 666.

Machado apretó el botón pensando que no estaba ahora para lidiar con escándalos domésticos ni nada parecido, y dijo:

—Aquí carro 666. Dime, Control, ¿qué tienes para mí?

—Un cero-siete en la calle Empedrado.

Machado y Acosta se miraron significativamente.

—Parece que hoy la gente empezó a morirse temprano.