Te veré bajo el hielo, de Robert Bryndza

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Te veré bajo el hielo – Robert Bryndza

Te veré bajo el hielo – Robert Bryndza
Roca Editorial, 2017 por Alberto Pasamontes

Comprar: Te veré bajo el hielo

Un joven descubre el cadáver de una chica debajo de una gruesa capa de hielo en un parque del sur de Londres.

La inspectora jefe Erika Foster será la encargada de dirigir la investigación del caso, mientras lucha contra sus propios demonios personales. Cuando Erika comienza a indagar en el pasado de la víctima, todo parece apuntar a que su asesinato está conectado con el homicidio de otras tres mujeres que han sido encontradas también bajo las aguas heladas de otros lagos en Londres.

Poco a poco, Erika se aproxima a la verdad, sin sospechar que alguien la está observando y se acerca cada vez más a ella.

La verdad, no sé qué me impulsó a escoger esta novela cuando leí la sinopsis. Una bajada de azúcar, una subida de alcohol en sangre, una falta de riego… El caso es que el libro llegó a mis manos, lo dejé en la mesilla y, esa misma noche, me metí en la cama, me armé de post-it, lápiz y libreta, y comencé por donde no se debe: la contraportada. Pistas inteligentes, mantiene al lector cautivado, en vilo toda la noche, adictiva, compulsiva, una lectura que atrapa, final sorprendente; absolutamente necesaria para todos los fans de la novela criminal.

Lo confieso, ahí me di cuenta de que había metido la pata. Porque cuando una novela necesita recurrir a toda esa palabrería fatua y mil veces repetida como reclamo, es que no tiene nada nuevo que ofrecer. Pero en fin, soy un tipo cumplidor y me había comprometido a reseñarla, así que me puse a ello, aparcando mis prejuicios y tratando de convencerme a mí mismo de que quizás, esta vez, por qué no, sería distinto. Más de un millón de lectores no puede estar equivocado.

Y, bueno, tenía razón; no es gran cosa, aunque se deja leer. Y eso que está llena de principio a fin de estereotipos, de situaciones y personajes que ya hemos visto en cientos de novelas.

Te veré bajo el hielo (luego hablo del título, que también tiene miga), es la primera novela de la serie de la inspectora jefe Erika Foster. Como dice la sinopsis, una chica de la alta sociedad londinense aparece brutalmente asesinada. La encargada de resolver el misterio es una inspectora que se reincorpora a su puesto después de una baja de seis meses, provocada por el shock sufrido al perder a su marido en una operación policial bajo su propio mando. Borde, severa y amargada, nada más aterrizar en su nueva comisaría choca con sus compañeros, con los detenidos, con la familia de la finada, con los empleados del ferrocarril… Por supuesto, tiene un código ético intachable y un férreo sentido de la justicia.

Como uno, insisto, se toma lo que hace en serio, indaga un poco acerca del autor y encuentra que el propio Robert Bryndza reconoce que tarda dos meses en tener listo un primer borrador de sus novelas. La versión definitiva son otros dos, ya que en un año, 2016, publicó las tres primeras novelas de la serie. Se nota. Solo así se explica todo lo anterior, ese tremendo muestrario de clichés que es la inspectora Erika Foster. Y si pasa esto con la protagonista, qué decir de los personajes secundarios. El jefe medio ineficaz, el inspector rival, el lord arrogante, la hermana pirada…

El autor, según parece, comenzó a escribir porque estaba en paro y se aburría. Así, publicó unas cuantas comedias románticas en Amazon que debieron tener un cierto éxito entre el público femenino adolescente, lo que le hizo apuntar a cotas más altas y escribir una novela negra, que en realidad era lo que él siempre había querido. Y que, además, debe ser fácil de narices, porque últimamente todo el mundo escribe noir. Y es que ahora llamamos noir a cualquier cosa. Lo cierto es que, igual que se nota el escaso tiempo que dedica a sus novelas (tres por año, recordemos), se intuye también el origen de Bryndza como escritor en la estructura de la novela. Aunque la trama es interesante y tiene una buena claridad expositiva, el estilo es algo pobre y la técnica tosca y poco trabajada. Utiliza trucos y recursos literarios casi en desuso por erróneos y anticuados, y a medida que avanza abusa cada vez más de las frases hechas, demostrando falta de interés por tratar de encontrar otras fórmulas más novedosas o, lo que es peor, una preocupante falta de imaginación.

Pero insisto, se deja leer. Las páginas avanzan y uno llega al final sin sufrir graves daños. Eso sí, lo de los giros sorprendentes y las pistas inteligentes que prometía la contra, nada de nada, porque lo cierto es que uno ya sabe, desde la mitad de la historia, quién es el culpable. Solo queda confirmarlo, que el autor nos desvele si estamos o no equivocados. Quizás por eso llega uno a la última página más bien que mal. Lo malo es llegas, y resulta que las razones que tiene el asesino para cometer sus crímenes tampoco son muy originales, que digamos. Ni interesantes. Ni emocionantes. Vamos, que si el bueno de Robert se descuida, no hay ni razones.

Pero insisto de nuevo, no está tan mal. Si tienes dieciséis años y es tu primera novela negra, entendiendo novela negra como esa etiqueta en la que cabe cualquier cosa donde muera alguien de forma más o menos trágica, te gustará.

PD: ¿A quién en Roca Editorial se le ocurrió destrozar el acertado título original The girl in the Ice, cuya traducción literal sería La chica dentro del hielo, o adaptándolo mejor, La chica del hielo, por el cursi y equívoco Te veré bajo el hielo?

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