Tu bala yo disparo, por Ignacio Barroso-Benavente

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Tú bala, yo disparo

I. Barroso-Benavente

A R., mi compañera de fuga, por las sonrisas y un largo etc.

Miro por la ventana de la habitación. Hace calor. Mucho. En el parking el sol arranca ondulaciones al asfalto. Suspiro. Parece que ha habido suerte, les hemos podido despistar. De momento…

Te oigo salir del baño. Me giro hacia ti. Un cigarrillo apagado en la boca y el gesto cansado. Estás envuelta en un albornoz blanco. Tu piel se muestra brillante por la humedad. Pese a la distancia se intuye un leve olor a jabón de baño y acondicionador para el pelo. Adoro ese olor. Niegas con la cabeza. No sé si por la de veces que me has visto fumar hoy o porque mi obsesión con los de las placas y los chivatos de paisano empieza a cansarte. Después, tus ojos se posan en la cama. Ahí están nuestras herramientas de trabajo. Mi 38 y tu Colt 45. Nosotros dos resumidos en acero. Yo, tosco, áspero. Mera coraza, ya sabes que desde que salí de mi última estancia en la trena lo llevo descargado. Una medida de protección basada en la apariencia, nada más. Tú, en cambio, letal en las distancias cortas (al pensar esto doy un paso más hacia ti. Me gusta jugar con fuego y quemarme es uno de mis mayores placeres), incansable con tu recámara de 8 cartuchos y con un sonido exquisito cada vez que accionas el gatillo y la corredera hace escupir casquillos al suelo.

Venga, dúchate. Lo pienses o no, seguirán buscándonos. De nada sirve matar el tiempo pensándolo. Lo hecho, hecho está— a medida que hablas tu sonrisa se amplía, casi al mismo tiempo que un brillo pícaro pasa por tus ojos como un relámpago—. Y se me ocurren mejores formas de matar el tiempo.

Dicho esto desabrochas el albornoz. Las puertas del paraíso aparecen ante a mi abiertas de par en par, y en medio estás tu. Tu cuerpo surcado por gotas de agua. El tatuaje de tu pecho me llama, hablándome de sudor y caricias. Tus caderas me invitan a perderme en ellas. Siento unas ganas incontrolables de abrazarte en este mismo instante. Dejarnos llevar por el juego de las caricias y lenguas que recorren la orografía de cuerpos ajenos entre jadeos, espaldas arqueadas y súplicas que pueden resumirse en un «no pares ahora».

Sonrío con cara de bobo. Sí, ya sabes cuál te digo. La has visto otras veces. Tú, levantas una ceja y vuelves a cubrirte. El paisaje desaparece como si acabara de caer un telón. Nuestras miradas se cruzan. Haces un ademán inequívoco, primero a la ducha. Después, ya hablaremos…

Una ducha y un afeitado después vuelvo a la habitación. Estás desnuda. Tumbada en la cama. Esperándome. El albornoz en el suelo. La toalla que llevo enroscada a la cintura cae en un visto y no visto. Me acerco a ti. El corazón me late fuerte y descompasado en el pecho. Llego a tu altura y me siento en el borde del colchón. Nos miramos en silencio. Mi mente vuela. De mis paranoias de persecuciones y noches de soledad en la celda aislamiento, hasta el presente. Hasta tu cuerpo. Hasta el calor de tu piel unida a la mía. Hasta las ganas que tengo de sentirme dentro de ti y notar la suavidad lubricada de tu interior.

Chasqueo la lengua y dejo de pensar. No me cuesta mucho. Nuestros labios se encuentran a mitad de camino. Tu lengua acaricia la mía y una descarga eléctrica recorre mi espalda. No soy consciente de lo que hago. Simplemente me dejo llevar. Y de esta manera me veo acariciando tus costados con la yema de mis dedos. Las durezas que años de una vida al filo de la ley han dejado en ellas no supone un impedimento para que tu respiración suene entrecortada de cuando en cuando. Me muero de ganas por pasar a mayores. Supongo que tú también. Pero las esperas suelen ser largas, y tú misma lo has dicho «se me ocurren mejores formas de matar el tiempo». Y en eso estamos. Sin prisa. Juguemos un poco. Ya habrá tiempo para todo lo demás…

Los besos siguen su camino, elevando la temperatura de la habitación. Las caricias que nos hacemos van bajando más allá de la cintura. La piel de tus muslos se eriza a medida que los recorro con el filo de mis manos. De cuando en cuando se te escapa un jadeo entrecortado. Tus dedos hacen que me encoja de placer cada vez que pasan con disimulo por mis ingles. Tu cuello se convierte en el objetivo de mis dientes. Te muerdo despacio, dejando que tu sabor se agote en mi lengua antes de volver a ello. Un arañazo en mi espalda me hace ver que vamos por el buen camino. Que estamos invirtiendo el que posiblemente sea nuestro último tiempo libre o con vida en algo que merezce la pena. Debo confesar que tienes razón. Mejor esto que estar a la espera con el corazón en un puño, un vaso de whisky en la otra y la mirada fija en el parking.

Estos pensamientos hacen que pierda el ritmo. Pero no parece que te importe. Me miras a los ojos, empujándome con suavidad para que me tumbe. Una vez que mi nuca se apoya en la almohada, te pones encima. Las vistas que tengo desde aquí abajo me parecen fascinantes. Tus manos en mi abdomen. Nuestros sexos rozándose, sin llegar a tocarse del todo pero tampoco sin separarse en ningún momento. Una metáfora acude a mi boca. Algo así que ahora mismo nuestros cuerpos son como el mar y el horizonte: nunca llegan a fundirse el uno en el otro, pero ambos se necesitan para existir. Pero no lo llego a decir. Tu lengua rodea la mía con pasión. La poesía puede esperar. Ahora mismo somos dos cuerpos buscándose con desesperación sobre el colchón anónimo de una habitación de hotel.

Nuestras partes que están hechas para encajar la una en la otra se rozan. Unas veces despacio. Otras deprisa. Todo esto entre nuestras respiraciones entrecortadas y mordiscos en el labio cada vez que nos besamos. El deseo crece en mí sin que pueda remediarlo. Tú me miras y te dejas caer sobre mí. «Cierra los ojos un momento» me susurras al oído. Obedezco. Y sorpresa… Antes de que pueda reaccionar estoy dentro de ti. Todo lo dentro de ti que puedo. Por un momento, sólo por uno, cuando empiezas a moverte despacio, siento que algo dentro de mí se derrite, dejando a su paso al hombre. Nada que ver con el hampón de mirada cruel y manos encallecidas. Sin coraza dejo que el placer recorra mi cuerpo, temiendo romper a llorar de un momento a otro como un niño que no sabe cómo controlar sus emociones.

Pero no. No lloro. En lugar de ello me incorporo y te beso. Tu me correspondes, pero al poco tiempo te yergues ante mí. Las sensaciones ahora sí que son placenteras. Aunque no lo pensara, sí puedo notarte más aún. Mis manos algo temblorosas (las mismas que tiempo atrás nunca bailaron la danza de los cobardes a la hora de silenciar a un lengua con 9 milímetros de plomo) se agarran a tus pechos con desesperación. Tus pezones están duros y suaves. Aún así sigo ascendiendo hasta tus labios. Tú los muerdes y lames. Eso me pone más aún. Ahora si que los llevo otra vez a tus pezones y jugueteo con ellos. Tus jadeos se aceleran. Los aprieto entre mis dedos. Tus caderas se mueven a mayor velocidad. Nuestras miradas se encuentran en mitad de una bruma previa al orgasmo. Un relámpago cruza mi espalda en sentido decreciente. Tus músculos se contraen. Te dejas caer contra mi pecho, agarrando las sábanas que se arrugan cuando cierras los puños. Intento moverme yo también. Acoplar nuestros movimientos para que ser lo que los dos queremos ahora mismo: fusionarnos por unos segundos, o incluso traspasar el uno al otro por unos instantes.

Tus contracciones y mis espasmos nos dicen que el final está cerca. No sé cuanto tiempo llevamos así, pero esta vez es de verdad. Nos corremos a la vez en una mezcla de gritos y fluidos que se entremezclan. Pierdo la noción del tiempo. Incluso mi visión periférica se ve perjudicada y aparecen unos destellos fosforitos. Sigo dentro de ti y tú tumbada encima de mí. Nos besamos con la fatiga que deja algo placentero a su paso. Nos miramos a los ojos. Un mechón de pelo cae desde tu frente a mi cara. Jugueteo un poco con él. Me sonríes y separándote de mí me confiesas que ha estado genial. Me cuesta hablar. Te veo acercarte a la ventana y mirar fuera. Después desapareces en el cuarto de baño. Yo sigo tumbado. Las manos enlazadas debajo de la nuca. Un recuerdo me sacude con la fuerza de un disparo en un callejón oscuro. Una conversación talegaria en el patio. Un notas que iba místico aleccionándonos en el Nirvana y las formas en la que alcanzar este estado. Sonrío. En su momento no le hice ni caso. Ahora sé que tenía razón. Acabo de volver de él y como recuerdo me he traído el aroma de tu cuerpo pegado a mi piel y el gesto que has puesto cuando los dos acabábamos a la vez. ¿Qué más se puede pedir?

No hay demasiado tiempo para recrearme en lo que acaba de pasar. Tan pronto sales del baño me dedicas esa mirada que tan bien conozco y que, a veces, me da miedo. Es hora de largarnos de aquí. Lo que hemos hecho ha estado bien (para más qué bien aunque, vamos, no están las cosas para andar discutiendo por estas nimiedades. Además, la sonrisa que asoma en tu boca cuando crees que no te miro me da la razón), pero hay que poner tierra de por medio. Que no nos hayan descubierto hasta ahora, no significa que no nos sigan buscando.

Así que nada. Pies para qué os quiero. Pagar al tío de la recepción una propina para que no haga preguntas y dejarle ver un poco, como quién no quiere la cosa, la empuñadura del 38. Mano de santo a la hora de borrar de cualquier memoria nuestra descripción, por si a los patrulleros les da por pasarse por allí. Y de ahí al coche. Tú conduces. Yo me limito a apoyar la cabeza en la ventanilla. El motor del Chevy del 58 ronronea feliz. Tú pisas el pedal a fondo. Los caballos empiezan a galopar bajo el capó dejando tras de sí una nube de polvo. Empieza el viaje…

…y continúa entre paisajes desérticos. Joder, por momentos pienso en nosotros como una versión algo más moderna de Bonnie and Clyde. Una segunda generación de atracadores de éxito unidos por algo más que los negocios. No puedo evitar pensarlo, lo siento. Te miro con la vista fija en la carretera y mi mente vuela. Empieza a aletear en el presente. En ti y en mí. En las bolsas de billetes que llevamos en el maletero y en la manera que hemos tenido de conseguirlas.

Ese banco. Elegido al azar. A la hora adecuada. Planes concretos y tu frase antes de entrar dejando las cosas claras: «si tenemos que hablarnos, acuérdate de esto: tú bala, yo disparo».

Tú a cara descubierta, sin miedo. Yo tratando de taparme como buenamente podía con un sombrero de fieltro calado hasta las cejar y una gabardina con las solapas subidas. Tenía un calor de la hostia, no voy a decir que no. Pero claro, mejor eso que refrescarse en una ducha comunitaria con tíos deseosos de que se te caiga la pastilla de jabón y carceleros sádicos. Créeme.

Y en mitad de mi deshidratación, tú llevando la voz cantante. «Esto es un atraco» y la cara de acojone de los que había dentro. Las bolsas de lona sobre el mostrador y tu Colt apuntándoles mientras temblaban de miedo. Yo un poco más atrás. Estaba todo hablando de antes. Mi papel era secundario. Ya sabías que mi 38 tenía más de ladrador que de mordedor. Lo único que podía hacer era controlar que nadie quisiera hacerse el héroe, y si le daba por ahí facilitarte el destino que a esos piezas les espera. Una lápida. Una viuda enlutada. Flores cada año para recordarle que nadie se olvidaba de él, y unos niños a los que dijo adiós una mañana y a los que nunca verá crecer.

La cosa sobre ruedas. Los billetes llenando las bolsas. Ni un tiro ni un de nada. Todos obedientes como perros amaestrados de feria. Hasta que la puerta se abrió de par en par para dar paso a un notas con pinta de ser el gerente. Tú mirándome y yo mirándole a él. El desgraciado blanco como el papel. Sin darle tiempo a reaccionar me puse a lo mío. A reducirle. Tampoco es que opusiera demasiada resistencia, pero las cosas son así. En esta puta vida estás en el lugar equivocado en el momento menos oportuno y te lleva una somanta de hostias. Y ganas de reventar a alguien la verdad es que tenía. Demasiado tiempo durmiendo en duro y recibiendo palizas y duchas frías de manos de cabrones borrachos acaba convirtiendo en psicópata hasta a un boy scout.

Los nudillos hechos mierda, aunque no tanto como la cara de mi compañero de baile. Cada golpe resonando seco, contundente. Sangre salpicándome la cara y el suelo. Y a cada hostia que le soltaba, más rápido se producía el trasvase de billetes. Creo que actúe de catetizador (no sé si se dice así) porque la cosa fue más breve de lo esperado. Tanto que me dejaste cinco minutos más de estallarle la cabeza contra las baldosas. Un detalle por tu parte. Y de ahí a emprender la huida. Sin rumbo fijo y demasiadas preguntas por hacernos. Pero para eso están los kilómetros y los compañeros de viaje…

Y de cómo empezó todo, pasando de refilón por lo del hotel, vuelvo al presente. A mirarte de reojo. A sonreírte como un adolescente ante su primer amor. A apoyar la cabeza en la ventanilla, sintiendo la vibración del motor y los baches de la carretera. Y vuelta a empezar. Me aburro y saco un cigarrillo. Un Lucky demasiado arrugado para mi gusto. Lo estiro con paciencia, pero por la manera en la que giras la cabeza, deduzco que no es buena idea fumar. Tú conduces, tú pones las normas. Entendido. Tampoco entiendo el por qué. Más adelante nos espera otro coche y a éste unos cuantos litros de gasolina. Eliminar pruebas y seguir con esto. La idea de ofrecerte cruzar la frontera y ponernos ciegos a tequila y peyote para hablar con los dioses me tienta. Pero me callo. Ya he visto una vez a Dios en tus pupilas hace menos de dos horas y me he hecho monoteísta. Dejemos que este holocausto de sueños que mueren a la altura del retrovisor para convertirse en recuerdos entre el humo del tubo de escape continúe un poco más…

Hay suerte. Ni rastro de patrullas. Sólo espinos rodantes como en un libro del Far West o una película de John Ford. Paisajes anaranjados. Algún que otro carroñero emprendiendo la huida al oírnos pasar cerca y poco más. Tu silencio empieza a ser preocupante. Tampoco es que seas muy habladora. Puedo dar fe. Pero me incomoda. Siempre he sido yo el que callaba más que decía y sé por experiencia qué suele traer de la mano algo que no se dice a tiempo. Daría la mitad de mi parte por poder entrar en tu cabeza y saber qué pasa por ella en este mismo momento.

Y como era de esperar, de tanto recorrerla la carretera acabó por terminarse y nosotros llegamos a nuestro destino. Un motel de carretera abandonado desde antes de lo de Corea. En mitad del solar repleto de escombros, basura y perros famélicos, un coche aparcado. Paras el motor y me miras. El brillo de tus ojos no es el de antes. Me estremezco. Sí, lo sé. Tengo una fama y una imagen que mantener. Pero siempre he dicho que entre dos que se han visto desnudos pocos secretos quedan.

Vamos a repartirnos la pasta— dices, apartando la vista—. Creo que aquí nos separamos…

Intento hablar pero no me sale ninguna palabra. Tengo un nudo en la garganta. No me lo esperaba y claro, es lo que hay. Ojos que no ven, hostia que te pegas con la primera pared que tienes delante. Tal vez, de haber estado atento, podría haber intuido que tus silencios formaban parte de ese muro.

¿No te habrás enamorado de mí por lo de antes?— bromeas, pero tus pupilas no sonríen— Esto es así, cariño. Acuérdate. Tú bala, yo disparo. Antes o después habría tenido que dispararte… No habría funcionado…

Más tarde. Dentro del Chevy. Solo. Encendiendo un cigarro con la brasa del anterior. He perdido la cuenta. Con la pasta que hay en el asiento del copiloto, tengo para comprar tabaco el resto de mis días y aún me sobra para emborracharme por tres reencarnaciones. Aquí dentro aún huele a ti. Bajo las ventanillas y una cortina de humo huye de mi compañía. Apoyo la nuca en el reposacabezas. Algo resbala por mi mejilla. Me cuesta creerlo, pero sí, estoy llorando. Veo mi reflejo en el retrovisor. Me cabreo con mi imagen. Desmenuzo la brasa en el cenicero y arranco. En el horizonte el sol empieza a ponerse. Por un momento siento aflorar una vez más mi afición a las metáforas. No puedo evitar una sonrisa al decir en voz alta que parece un óvulo dispuesto a ser fecundado. Y a ello voy. A fecundar nuevas cajas fuertes, recordándote en silencio cada noche al volver a casa y ver cómo mis manos tiemblan al añorar tu cuerpo.

No soy consciente de ello, pero de mi boca escapa un te quiero amargo como blues. Después, saco de la guantera una petaca y doy un trago antes de empezar mi viaje en solitario. No hay prisa. Nadie me espera al otro lado del horizonte y creo que emborracharme mientras conduzco no es tan mala combinación…

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