Archivo por meses: agosto 2019

Black Christmas Ticket

Vídeo con el material que compone las cestas

Llegó el día!!!! Abrimos la veda, ya podéis empezar a comprar las “papeletas virtuales” para nuestro sorteo más solidario y navideño.

¿Cómo podéis participar? A través de nuestra web y en el apartado ”Black Christmas tickets“.

Toda la recaudación irá íntegramente destinada a la Associació Catalana de Fibrosi Quística con la que hemos colaborado otras veces.

A través de nuestro canal de Youtube  iremos colgando cómo vuestras  cestas navideñas van creciendo.

El sorteo lo realizaremos en directo y a través de nuestro canal de Youtube el 22 de diciembre.

Gracias a todos nuestros colaboradores, sin los cuales este proyecto no sería posible:

Comprar: Black Christmas Tickets 

Participantes:

-José Antonio Sánchez -Montse del Arco X3 – Maxi Rodríguez X2 – Eva Pérez Reina X4 – 

 

Colaboradores:

  • Cubelles Noir
  • Planeta
  • Penguin Random House

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 21-22-23 y últimos.

21 

Sin tiempo para pensar. 

Conduces de manera mecánica. Rápido La carretera está prácticamente desierta. Sólo camiones y furgonetas de reparto. No son horas para que ningún coche familiar ande por ahí, lejos del calor del hogar. Las luces de los carteles de las gasolineras pasan como estrellas fugaces a tu lado. El motor ronronea contento. La gasolina rozando mínimos. Te la suda. No hay tiempo para repostar. Demasiada adrenalina en la sangre. Demasiadas ansias homicidas. El poli pardillo de meses atrás, cansado de jugar a los detectives alcohólicos, ha muerto. Ahora eres un hijo de puta peligroso con ganas de venganza. Lo que pueda pasar después es algo que no importa. Lo primero es ajustar cuentas con Patterson. Nada de interrogatorios ni preguntas por Willy McGregor. La decisión ya la has tomado. Es de las pocas certezas que tienes. Descabezar el imperio del cáñamo de la familia McGregor es lo primero. La razón, muy sencilla: se has estado riendo a tu costa. Desconoces el por qué. De hecho, no crees nada de lo que te han contado. La conversación en el despacho del invernadero: puro teatro. La desaparición del hijo pródigo: empiezas a sospechar que un bulo para tenerte entretenido. Pero, ¿a santo de qué? No lo sabes. Tampoco te importa. En el escondite de tu despacho hay pasta esperándote. Es la hora de recoger la basura. Después, los verdes. Una última parada para avisar a la prensa del pastel que se van a encontrar desde un teléfono público. Y desaparecer del mapa. Fin de tus planes. 

Pero lo primero es lo primero. Ir a casa de Patterson. 

Tomas la misma salida que noches atrás cuando jugaste a los sabuesos y los seguimientos en coche. Sientes la boca seca y las manos sudorosas sobre el volante. Estás excitado. A mil. El corazón te late rápido, desbocado. Te has quedado sin tabaco, con las prisas no has tenido tiempo para comprar y eso te jode. Aminoras la marcha. Estás entrando en una zona residencial y no quieres llamar la atención. Bastante la has llamado ya en casa del poli-maltratador con eso de borrarle la cara a balazos. Ahora todo tiene que ir como la seda. Suave. Precisión militar. Entrar. Ajustar cuentas. Salir. Lo único que no te gusta de todo esto es el arma. Un 38 ladra con furia cuando aprietas el gatillo. 

Deberás improvisar. Dejar a Patterson fuera de juego y buscar algo con lo que eliminarle sin hacer ruido. Pretendes que los chicos de la prensa lleguen antes que la pasma para poder hacer bien su trabajo: denunciar que un capitán de la policía estaba metido en temas de drogas hasta las cejas, y si se encuentran con un circo de patrulleros y placas a su llegada, no tendrán demasiado tiempo. Necesitas actuar como un puto comando. 

Sigilo. 

Eliminar el objetivo. 

Sigilo. 

Desaparecer. 

Aparcas cerca de la casa. Antes de bajar miras a tu alrededor. Nada. Desierto. Te acercas a la casa. Hay luz en la parte trasera. Tu respiración suena fatigada. Te pegas a la pared, haciendo memoria. Deduces que debe de estar en la cocina. La otra vez no llegaste a entrar, pero te haces una distribución mental de la vivienda. Planta baja. Entrada. Salón. Cocina. Cuarto de baño y despensa con acceso directo al garaje. Planta superior. Habitaciones. Cuarto de baño. Despacho. La antítesis de la oficina en la que vives en el último piso de un edificio abandonado. La sangre te hierve. La envidia te corroe. Contienes el aliento. Te aplastas contra la fachada, evitando la luz que escapa por la ventana. Escuchas. 

Conversación despreocupada. Al menos tres tíos. Fiesta. Sólo hombres. Nada de una celebración por todo alto con putas de lujo y cocaína como para empolvar el desierto del Mojave hasta que adquiera el color del suelo lunar. Tragas saliva. Cambio de planes. Abres el tambor del revólver. Tres balas. Estás de suerte, pero necesitas ser certero. Cierras los ojos y cuentas mentalmente hasta cinco. 

Uno. 

Dos. 

Tres. Cuatro. Cinco. 

Una patada a la puerta. Saltan astillas y cachos de cristal. Estás dentro. En un mesa, en el medio de la cocina, están Patterson y dos tíos más. Fajos de billetes encima de la mesa. Tres botellines de Budweisser empañados y un cuenco lleno de galletitas saladas. Los miras. Fin de la celebración. 

– ¡Sulivan!- grita Patterson. 

Los dos maromos que están con él hacen ademán de ponerse en pie. Tienen pinta de matones. Sabes de sobra quién les paga la nómina, pero no te importa demasiado. Pum. Pum. Dos tiros. Dos fiambres en el suelo. Sangre manchando el linóleo y dejando los trajes cortados a medida hechos unos zorros. Dos problemas menos. Una única bala con un nombre escrito en la punta: Patterson. 

– ¿Te has vuelto loco, Sulivan?- pregunta, tratando de resultar autoritario, pero el brillo de sus ojos dice lo contrario: tiene miedo. 

Sonríes. Te sientas frente a él, sin dejar de apuntarle. Coges una de las cervezas y das un trago. Tiene un sabor refrescante, frío. Un manjar. Junto a los aperitivos hay un paquete de Winston. 

Coges uno. Lo enciendes con mucha calma y das una calada, bajo la atenta y temerosa mirada de tu presa. Es tu recompensa. Hora del placer y el deleite antes de acabar el trabajo. Patterson trata de guardar la compostura, pero el cañón del 38 señalándole como un dedo acusador se lo pone bastante difícil. 

– Game Over, Patterson- dices despacio, con tintes de película en la que ganan los buenos. 

– No tengo nada que ver con lo de Willy McGregor, Sulivan. Pero puedo serte de ayuda para dar con él. No seas tonto. Esto no te interesa. Lleguemos a un acuerdo. 

Conoces el papel que se está marcando. Poli negociador. El criminal muerde el anzuelo. Expone sus exigencias. Pasta. Un coche con gasolina para llegar a la frontera. El rehén acompañándole en todo momento. La pasma accede, complaciéndole en todo momento. Huida. Un depósito con azúcar en el depósito. Un coche que se para en mitad de la nada. Los federales apareciendo. Asunto resuelto, una noche más en la que los carroñeros del desierto cenan caliente. 

– No sigas por ahí, Patterson. Conozco el juego. 

– Sulivan, ¿qué vas a hacer? Puedo meterte en el negocio. ¿Qué quieres?- pregunta, mirando de manera elocuente los fajos de billetes. 

Das otro trago a la cerveza. No le pierdes de vista. Sabes que desviar la mirada unos segundos puede ser un error imperdonable. 

– Buen intento, Patterson. 

Una última calada. La colilla se ahoga dentro del botellín de cerveza soltando un inquietante siseo. Una gran idea para evitar que la tentación te joda la fiesta. 

– No he venido por Willy McGregor. Me importa una mierda dónde esté el maricón ese. Andará por San Francisco chupando pollas o fumándose la hierba de su padre. He venido por otra razón…

Dejas que las palabras floten en el aire. Patterson se pone blanco, tratando de completar en silencio la frase que tú no has terminado. 

– Sulivan, escucha- suplica. Es patético-. Estás muy equivocado. En todo esto hay gato encerrado. Aquí, nadie es lo que parece. Créeme. Todos estamos metidos en esta mierda, pero tú estás a tiempo de huir. Coge la pasta y lárgate. En el garaje tengo varios coches con el depósito lleno. Llévate el que quieras y desaparece del mapa. Estás a tiempo. 

Por la manera en que respira y te mira, empiezas a sospechar que dice la verdad. «Aquí, nadie es lo que parece». ¿Cuántas veces has escuchado esa cantinela? Joe. El misterioso tipo del aparcamiento. Patterson. Tres personas distintas diciendo exactamente lo mismo. La curiosidad empieza a cavar la tumba del gato. 

A la mierda. Te pones en pie y te acercas a él, empuñando con fuerza el revólver. 

«Aquí nadie es lo que parece». 

Esas cinco palabras resultan inquietantes, pero las ignoras. No son más que un bulo. Una puta coincidencia. Una maniobra para desconcertarte. En el piso de arriba se escuchan ruidos. Mierda. Patterson no está solo. Te sonríe como si estuviera leyéndote el pensamiento. Hace gestos a alguien que parece estar a tus espaldas. 

¡Mentira! Estáis solos. Sólo trata de despistarte. ¡Eso es! Un truco de poli viejo que aprovecha unas cañerías que suenan en la noche. Casi caes en la trampa. Ahora eres tú el que sonríe. 

No se deja impresionar por tus dotes deductivas y sigue enarcando las cejas, mandando mensajes telepáticos a la nada. A lo lejos escuchas una sirena. Nueva sonrisa enigmática de Patterson. Lo interpretas como un mala suerte vaquero, te pilló el toro. Los cowboys ya están en camino. ¿Qué vas a hacer ahora? 

El cañón del 38 responde por ti. Pum. Un balazo en el pecho. Te mira con los ojos abiertos y el gesto desencajado. Se lleva las manos a la herida. Se palpa entre jadeos. La sangre chorrea entre sus dedos. Los labios le tiemblan, como si fuera a decir algo. No le da tiempo. Cae de rodillas y aterriza con la cara entre las piernas de uno de los fiambres. Una escena única y sensual para que el Los Ángeles Times abra mañana su edición matinal. 

Te enciendes otro cigarro. Te lo has ganado, el descanso del guerrero. Pronto todo habrá acabado. Te guardas el paquete y suspiras satisfecho. Das una calada larga, paladeando el alquitrán que fluye por tu boca. El aire empieza a oler a pólvora y tabaco negro. Extrañado miras lo que estás fumando: Winston. Detrás de ti oyes una carcajada. Tragas saliva y te giras despacio, con el 38 apuntando. Sabes que está descargado, pero tal vez pueda servirte de algo. Frente a ti aparece el matón con pinta de boxeador retirado. Tiene los ojos inyectados en sangre. Va muy puesto. Demasiado como para pararse a comprender que un 38 apuntándole a las pelotas puede resultar letal. Deja caer el cigarro. Estás metido en un marrón muy serio, y no crees que el jugar a los negociadores te vaya a servir de mucho. 

No te da tiempo ni a intentarlo. Sin mediar palabra te agarra de la nuca y tira hacia abajo, en dirección a su rodilla. Un chasquido te dice que te acabas de convertir en un socio honorífico del clan de los tabiques nasales torcidos. Duele. La sangre te ahoga. Te empuja, separándose de ti. Te sientes mareado. Tus ojos se han convertido en lagunas inundadas de lágrimas. Escupes sangre. Tratas de mantener el equilibrio, apoyándote en la mesa. No te da tiempo a más. 

Pum. Pum. Dos puñetazos letales y afilados como dagas impactan en tu cara. El primero al mentón. Tus dientes chocan entre sí, tintineando como copas en un brindis. Clin-clin. El segundo, derecho a la sien izquierda. Los oídos te zumban unos segundos. Después, todo se vuelve turbio. Confuso. Caes al suelo. Le ves sonreír. Tu cuerpo pesa, como si estuviera lastrado con cemento. Tratas de ponerte en pie. Misión imposible. Estás K.O. Sólo falta un puto árbitro con una camisa a franjas negras y grises haciendo la cuenta hasta diez entre el ensordecedor griterío de la multitud extasiada por la paliza que acabas de comerte. El zumbido aumenta. Sientes como si tus tímpanos fueran un cadáver a medio consumir por un enjambre furioso de moscas. Empiezas a ver destellos fosforescentes. 

Pestañeas. Las cosas empeoran. Sabes lo que está por venir… 

… y así es. Pierdes el conocimiento, desmadejándote como una lánguida heroína de novela victoriana. 

22 

De vuelta al presente. 

Fred McGregor está sentado en su silla plegable, con los pies apoyados en la nevera portátil. A su alrededor, varios botellines de cerveza vacíos. Sus matones están tomándose un descanso. Te han sacudido de lo lindo, empleándose a fondo frente al patrón y al parecer han hecho un buen trabajo. Te duele todo el cuerpo. Has escupido dientes y sangre, y una extraña punzada de dolor en el costado derecho te hace pensar que la cirrosis ya no representa un peligro para tu hígado. 

– A ver si lo entiendo- dice McGregor encendiéndose un puro-. Yo te pagaba por encontrar a mi hijo, ¿no?- asientes de manera mecánica- No por descabezar mis negocios. Hay algo que me he perdido, Dax. ¿Podrías ser tan amable de explicármelo? 

Escupes un nuevo cuajarón de sangre en su dirección. Uno de sus chicos hace ademán de explicarte que no está bien lo que has hecho. McGregor levanta una mano, invitando a la calma. El perro de presa te fulmina con la mirada y vuelve a hablar con su compañero. 

Hace calor. La arena del desierto se te pega a la piel y a las heridas. Escuece. McGregor repite la pregunta. Guardas silencio. Prefieres emplear esos segundos en tratar de respirar y saborear el delicioso cóctel de piezas dentales y hemoglobina que inunda tu boca. 

– Dax, no seas maleducado. Explícamelo, por favor- ironiza, como si estuviera tratando de aleccionar a un hijo desobediente-. En serio. ¿Me expliqué mal? Creo recordar que te encargué que encontraras a mi hijo, no que acabaras con Patterson. 

Tratas de mandarle a la mierda, pero tu lengua no se acomoda al nuevo espacio que tiene y sólo emites gorgoritos. En el horizonte un coche se acerca a toda velocidad hacia vosotros, levantando una tempestad de polvo a su paso. 

Alzas una mano, pidiendo tiempo. McGregor se acomoda en su asiento y da una calada, como diciendo: tranquilo, tenemos todo el tiempo del mundo. La sombra de un buitre repta a vuestro alrededor. Parece tener hambre. Tratas de encontrar la manera de salvar el pescuezo, ¿pero cómo? 

– Me dijiste que Patterson no estaba en el negocio- dices, tratando de vocalizar correctamente pese al dolor-. Investigué. Llegué a él y no colaboró. 

– Ya. Y quieres que me crea eso. ¿Quién te pagaba, Dax? 

Silencio. 

Una suave brisa barre el desierto. A tu lado unos matorrales se mueven de manera inquietante. Empiezas a ser consciente de que cada segundo que sigues respirando es tiempo regalado por McGregor y su gente. Un acto de clemencia por los servicios prestados y esas cosas.

– Nadie. Investigué. Encontré que Patterson investigó la desaparición pero en el informe policial habían escrito un nombre encima… 

– ¿Informe policial? ¡Chicos! ¿Qué os parece? El agente Walter Sulivan vuelve a ejercer. 

Carcajadas. Aprietas las mandíbulas. Las encías te recuerdan que no hay nada que apretar ente sí. Dolor. Escupes otra vez. 

– Sigue, por favor. Sigue- se disculpa-. ¿Quién te facilitó esa información? 

El coche que veías ha desaparecido, pero el aire te trae el ruido de su motor. 

– Un tío de archivos. Russell. 

– ¿El que apareció muerto con una revista gay encima? 

– El mismo. Lo maté. Se pasó de listo- respondes entrecerrando los ojos. 

– Entiendo… 

Te pasas la lengua por los labios. Saben a sudor y arena. Abres y cierras las manos. Las cuerdas que atan tus muñecas a la espalda te están haciendo heridas. 

– Sigue, Dax. Sigue. Está charla está resultando muy instructiva. 

– Patterson no colaboró. Se metió donde no le llamaban. Me amenazó. Si quería seguir investigando, tenía que hacerle desaparecer. 

– Y por eso le mataste, ¿verdad?- pregunta, poniéndose en pie. 

– Tengo un pronto muy malo. 

McGregor te abofetea. El cuello te cruje. Parpadeas aturdido. Sientes el ojo derecho inflamado. Un edema de tamaño descomunal hace que pestañear se convierta en una odisea. 

– No te hagas el gracioso, Dax. No te conviene. 

– ¡Jefe!- grita uno de los matones- Si hay que meterle en cintura, ningún problema. Para eso estamos. 

El aludido rechaza el ofrecimiento. Al parecer eres su trofeo de caza y no quiere compartirte con nadie. 

– Pronto todo habrá acabado. Lo que sufras o dejes de sufrir va de tu cuenta. Colaboras y todo será rápido e indoloro- hace una pausa para dar otra chupada. Sus mejillas se hunden mientras succiona-. Te sigues haciendo el gracioso, mis chicos volverán a trabajarte un poco el cuerpo. Tú eliges. ¿Colaboras o te haces el tío duro? 

– Colaboro- dices, bajando la mirada. 

– ¡Perfecto! Volvamos a empezar. ¿Por qué mataste a Patterson? ¿Quién te lo encargó? 

Empiezas a sospechar que, efectivamente, aquí nadie es lo que parece. En toda esta mierda, desde el principio, ha habido demasiados intereses ocultos. Patterson. McGregor. Los tíos del aparcamiento… y tú en medio, como un puto pardillo jugando a ser el azote del crimen. 

– No me lo encargó nadie. Lo maté porque estaba interfiriendo en mi trabajo. 

Bofetón. Tus cervicales vuelven a sonar como bisagras mal engrasadas. Un latigazo de dolor sacude tu espalda, hablándote de músculos de los que no tenías conocimiento. 

– ¡Mientes!- exclama, gesticulando de manera excesiva. Al parecer, está perdiendo el aplomo y el control del que siempre ha hecho gala. El mafioso sádico que lleva dentro está empezando a despertarse. 

El recuerdo del diario de Willy McGregor sacude tu memoria con violencia. Era un sádico hijo de puta. Empiezas a sospechar que esa mierda pueda tener una carga genética que la haga hereditaria. 

El buitre que revoloteaba a vuestro alrededor tiene compañía. Parece que la fiesta de fiambre caliente está apunto de empezar y temen que el aforo se complete y no pillen tajada. 

– Dax, estoy perdiendo la paciencia. No te aconsejo llevarme a esos extremos. Colabora y todo acabará pronto. 

A medida que habla saca el cortapuros del pantalón del traje y te lo enseña, con una sonrisa amenazadora en la cara. Tragas saliva, o más bien lo intentas. Misión imposible. El ruido de un coche acercándose interrumpe la escena. Suspira. No sabes si aliviado o temeroso de lo que esté por pasar. 

– Llega tarde, para variar- protesta. 

– Jefe, no se lo tenga en cuenta. Lo mismo había atasco- bromea el matón que se había ofrecido a arrancarte las palabras a golpes. 

McGregor le fulmina con la mirada. El chistoso deja sus dotes humorísticas para otro momento, a fin de cuentas le pagan por dar palizas, no por hacer reír al personal. 

El coche se detiene. El corazón te da un vuelco. Ahora sí que te falta el aire. Te sientes como si hubieras estado en la puerta del purgatorio y al fin se abriera para dejarte pasar y disfrutar de una esmerada sesión de torturas eternas. 

No puede ser, piensas. Joder, no puede ser. 

Pero sí. Sí puede ser y así es. El coche que acaba de detenerse frente a vosotros es el que O´Connor consiguió para tus labores de seguimiento. Todo da vueltas a tu alrededor, como si estuvieras borracho o te acabaras de despertar en un descampado deshidratado. Te sientes el blanco de una broma macabra, o, peor aún, el chivo expiatorio al que todo el mundo acude para ajustar cuentas con su pasado. 

La puerta se abre. Baja O´Connor. No parece él, es clavado al tío de la foto que te pasaron con el dossier. No queda ni rastro de la mugre que le cubría el cuerpo. Se ha cortado el pelo y el color de sus ojos ha cambiado. Al parecer, el bulo de Holywood de que Stephen Boyd había usado lentillas de colores en la película de Ben-Hur eran ciertos. Es increíble lo que la ciencia avanza, piensas, tratando de desviar de tu mente los oscuros presagios que se ciernen sobre ella. 

– ¡Llegas tarde!- le grita McGregor. 

– Lo siento. No he podido venir antes- responde, desafiante, antes de mirarte y esbozar una sonrisa cansada-. Dax, veo que ya has hablado con papá. Siento no haber podido llegar antes, aunque no habría servido de nada. 

¿Papá? ¿Qué coño está pasando aquí? 

– Un poco más Willy, y te encuentras a este hijo de puta tieso- dice el matón humorista. 

Al parecer, O´Connor-Willy McGregor tampoco valora su sentido del humor. Le mira fijamente y se acaricia el mentón con aire pensativo. 

– Si eso hubiera pasado, el siguiente habrías sido tú. Acordamos que aguantaría un día, y no cumplir lo acordado significa lo que significa y lo sabes. 

¿Un día? ¿Cuánto tiempo has estado inconsciente? Un sudor frío te recorre la espalda. Lo último que recuerdas es disparar contra Patterson y la paliza que te dio el matón con pinta de boxeador. 

– Tranquilo, Dax. Hay tiempo de sobra para que entiendas todo. Sólo te pido que me concedas un par de minutos. Hay una cosa que tengo que arreglar antes- dice dirigiéndose al coche. 

Estás flipando como un hippie puesto de LSD hasta las cejas. O´Connor asiente de espaldas a ti. La parte trasera del coche se abre. Aparece un tío con una recortada. Sin mediar palabra vacía los dos cañones contra los matones de McGregor. Donde antes había posturitas y músculos, ahora no hay más que huesos astillados y vísceras ensangrentadas brillando al sol. 

McGregor padre mira a su hijo con ojos abiertos como platos, está temblando. Levanta las manos como si fuera a rezar a un Dios que parece haberle condenado. 

– No. No. Puedo explicártelo Willy. Puedo explicártelo, de verdad…- balbucea. 

Pum. O´Connor-Willy Mcgregor lo deja tieso de un disparo en la frente. Deja caer el arma al suelo e indica al misterioso acompañante que se meta en el coche, argumentando un escueto: tengo que hablar con él. El otro asiente y desaparece. 

Una vez a solas, tu salvador se acerca a ti y te quita las cuerdas de las muñecas. 

– Ahora sí podemos hablar, Dax. Hay bastantes cosas que creo que debes saber… 

23 

-Lamento toda esta mierda- dice, mirándote con lástima-. No tenía previsto que todo acabara así. 

Estás perplejo. No sabes qué coño está pasando ni lo que puede pasar. Matarías por un cigarro, un vaso de ginebra y algún alma caritativa que se tomara la molestia de explicarte de qué va todo esto. Pero parece que no te encuentras en una situación como para andar pidiendo exquisiteces. Bastante tienes con que acabe todo el teatro que está montando el pequeño McGregor y y que te acerque al hospital. 

– De verdad, Dax. Te debo una explicación. Siento lo que he hecho. Me siento culpable- abre la nevera y saca dos cervezas. Las abre y te ofrece una. Te duelen las manos al cogerla y la mandíbula al tratar de beber. Tragas una mezcla de bebida, arena y sangre, pero le agradeces el detalle con un gesto-. ¿Quieres un cigarro? 

Te sientes la reina del baile. Has pasado de ser el candidato perfecto para ofrecerte como menú all you can eat a las alimañas del desierto a que satisfagan tus deseos. 

– Toma- dice, acercándote un Marlboro. 

Él mismo te lo enciende. El pulso le tiembla levemente. Está nervioso. Omites ese detalle. Acaba de liquidar a su padre, si no tuviera ninguna afección sentimental eso sí sería para preocuparse. Te invita a sentarte en la silla plegable de Fred McGregor. Aceptas. Andar es un jodida odisea. 

– Bien. Te debo una explicación, y aquí la tienes- anuncia colocándose frente a ti una vez que te has sentado-. Todo esto ha sido un mal entendido. Quiero que lo sepas. 

– ¿A qué te refieres?- preguntas tras dar una calada, algo incompatible con la cara como la tienes. Cada intento de fumar se traduce en lo mismo: dolor en las encías y la mandíbula. 

– ¿Has leído mis diarios? 

Asientes: sí. 

– Bien. Eso facilita algo las cosas. Sólo espero que no me consideres un monstruo por lo que escribí- ironiza-. Aunque tampoco me preocupa demasiado. Soy como soy. Unos bebéis, otros torturamos por hobby. Además, no estoy aquí para que me juzgues por mis perversiones- mira de reojo al coche-. Como sabes, yo me metí en el negocio de mi padre. Había mucho dinero en juego y supe ganarme a las personas que podían ayudarme de verdad. El problema en este mundo de la hierba y la droga siempre ha sido el mismo: la poli. Así que ¿qué mejor manera de cubrirse las espaldas que teniéndolos en nómina? 

– Patterson… 

– Exactamente. Era un hijo de puta corrupto y ambicioso. No me costó mucho que aceptara. Conocía demasiados secretos suyos como para que se negara. Y una vez que lo hizo y olió la pasta, él mismo se encargó de encontrar a la gente necesaria para poder hacerlo a lo grande. Cortar la marihuana con mierdas más adictivas y potentes procedentes del depósito de pruebas. 

Frunces el ceño. Dolor. Una mueca extraña en tu cara. Te imaginas a ti mismo como la versión contemporánea del hombre elefante. 

– ¿Te suena de algo Made in Japan?- abres la boca desconcertado. O´Connor lo toma por un sí- Pues ahí tienes uno de sus principales secretos. Era un pervertido. Un viejo adicto a las pollas jóvenes que vivía obsesionado con las sesiones de sexo grupales. Ése era su talón de Aquiles y lo exploté al máximo. Me gustan el vicio y el salirme siempre con la mía. Patterson era el hombre y yo desplegué todo mi encanto- dice, ensayando una seductora caída de párpados. 

No das crédito a lo que estás escuchando. Te sientes incómodo. El dolor en el costado derecho sigue matándote. Tiras la colilla al suelo. Das un trago y te acomodas en el asiento dispuesto a seguir con el monólogo de O´Connor. 

– Como era de esperar, papá no se tomó muy bien mi intromisión en sus negocios. Quería que estudiara. Que fuera a la universidad. Que me hiciera un hombre de provecho. ¡Qué poco me conocía! Siempre he preferido ser sumiso, adquirir un papel pasivo- se ríe de su propio chiste-. No me dejó otra alternativa que hacerle entrar en razón. ¿Cómo? Sencillo. Avisar a Patterson de cuándo y dónde iban a entregar los chicos de papá la hierba. Él la confiscaba. Entre los dos la vendíamos y el viejo perdía dinero. Hasta que acabó por comprender que las reglas del juego habían cambiado. Selección natural, ya sabes. Adaptarse o morir. Le hice un ofrecimiento. Aceptó. Las cosas iban sobre ruedas. Phill, mi chico- aclara mirando hacia el coche con ojos enamorados-, me propuso hacerlo a lo grande. 

– Un momento. ¿Phill? Tu padre me dijo que… 

– Sí. Que le habían matado cuando yo desaparecí. Y también te dijeron que yo había muerto, ¿no? 

«Aquí nadie es lo que parece» dice una voz en tu interior. 

– Y eso hicimos. Mi padre y Phill no se conocían. Nunca aceptó mis ligues y mi vida lujuriosa, así que él mismo me lo dejó en bandeja. Me lo monté con un pipiolo que era poeta, o eso decía, y me dejé ver varias veces con él por El Apolo y El Andros. Después cogí un cargamento gordo, de los más grandes. Me monté en el coche y desaparecí del mapa con Phill. Como era de esperar, el viejo montó en cólera. Empezó a investigar y a hacer preguntas. Dio con el supuesto Phill y mandó que le interrogaran. Y esos dos- aclara, señalando los cadáveres de los matones- se encargaron de ello. No obtuvieron nada y le dieron pasaporte. Habló con Patterson. Él sí sabía dónde estaba. Calló. Pero se pasó de listo. Empezó a hacer demasiadas insinuaciones para dejar algo claro: su silencio no era gratis. Hasta que la mercancía se acabó. Ahí no podíamos hacer nada. Papá se quedó con el negocio y Phill y yo tuvimos que desaparecer oficialmente. 

Hace una pausa para dar un trago, debe tener la boca seca. Se limpia el sudor de la frente con un pañuelo que guarda en una manga de la americana. Tú aprovechas el silencio para hacer la pregunta que oprime el pecho como un infarto. 

– ¿Qué pinto yo en todo esto? 

O´Connor sonríe de una manera enigmática, encogiéndose de hombros. 

– Papá seguía presionando a Patterson. Éste dijo que no podía hacer más. Que había desaparecido sin dejar rastro. No podía seguir investigando sin levantar sospechas, así que se limitó  dejar que fuera el nombre de uno de sus súbditos el que apareciera en el informe oficial y le habló de ti, diciéndole que tú sí que podrías dar conmigo. Que en su momento fuiste un poli ejemplar y esas mierdas para quitarse el marrón de encima. Papá le creyó. Te contrató y te dio el dossier que Patterson le había dado. Como ves, soy más guapo en persona que en la foto, ¿verdad?- pregunta con falsa vanidad-. Por aquel entonces Phill y yo estábamos pasándolo francamente mal. Vivíamos en la calle. Patterson me contó que el viejo había contratado a un sabueso para que diera conmigo y decidí dar un paso más y saber cuánto tenías. Intenté entrar en tu oficina con un yonqui que no conocía, pero al decirle que ahí dentro había caballo como para montar un hipódromo de jeringuillas no hizo demasiadas preguntas. Y así fue como nos conocimos tú y yo, encanto. 

Tragas salivas. Debes reconocer que las piezas del puzzle empiezan a encajar como fichas de dominó cayendo en fila: clac-clac. Todo resulta jodidamente retorcido, pero magistral. 

– Entonces… Tu muerte… Joe…- balbuceas como si acabaran de sacudirte de nuevo. 

– Joe sabía perfectamente quién era yo. Pero le convenía callar. El imperio de mi padre iba a caer en cuestión de tiempo y él sabía que le convenía cerrar la boca. 

– Por eso sus consejos, ¿no? 

– ¡Exacto! Trató de apartarte de toda esta mierda, pero eres demasiado terco, Dax. 

– ¿Y tu supuesta muerte? 

– Mi padre estaba hecho una furia. Seguía sin saber dónde estaba, y Patterson empezaba a ir por libre con alguno de sus chicos. Vamos, que había perdido un hijo y un topo amenazaba con quitarle además el pastel. Cada vez le confiscaban más cargamentos que no iban destinados para los chicos de la comisaría y además no le pagaban lo acordado. Pero Patterson era inteligente. Nunca estaba delante. Mandaba a otros. Cuando iba a haber una entrega o un vuelco imprevisto, él estaba con mi padre y negaba cualquier vinculación con nada de lo que pasaba. Dejó caer, como quien no quería la cosa, que tal vez yo estuviera fiambre y quien me había eliminado era quien estaba detrás del resto de sus desgracias. El anzuelo estaba lanzado- da un trago y tira el casco vacío contra el cuerpo de su padre-, y picó. Patterson me necesitaba. Yo conocía personalmente a los clientes más exclusivos. Los que compran hierba en cantidades industriales. Si yo volvía a casa, él perdía dinero. Me convenció a medias, había que hacerle sospechar que alguien andaba preguntando por él en los bajos fondos y dejar que sacara sus propias conclusiones. Así que cogimos a un chaval de mi edad y él se encargó del interrogatorio delante de mi padre. El desgraciado negó todo. Conocerte. Llamarse O´Connor. Vamos, lo que ya sabes. Pero el problema una vez más volvió a ser la codicia de Patterson. Quería más. Y no me quedaba otra opción que volver a casa. De hecho, la vez que encañonaste al gorila de la puerta, casi me encuentras allí aconsejando al viejo sobre cultivos hidropónicos. 

– Entonces, si os reconciliasteis, ¿por qué seguir con la farsa? 

– Sencillo. Patterson no sabía que había vuelto a casa. Por eso dejó correr el bulo de que el fiambre que habíamos dejado tras el supuesto interrogatorio era el mío. Entonces fue cuando el viejo se dio cuenta de todo el pastel. Era necesario que todo siguiera como hasta ese momento, un tiempo al menos. Tú, investigando. Yo, «desaparecido» y escribiendo un diario digno de una mente enferma, hasta que llegara el momento de ajustar cuentas. Lo único que necesitábamos era encontrar un sustituto. 

– Y estoy aquí por eliminarle antes de tiempo, ¿me equivoco? 

O´Connor te mira, divertido y se golpea la sien derecha con dos dedos, como diciendo: chico listo. 

– Efectivamente. Lo quitaste de en medio antes de tiempo y papá se estaba poniendo muy nervioso porque sabías demasiado sobre sus negocios. Por eso, y porque la mentira de que había una banda que se dedicaba a incautar su droga y venderla por su cuenta empezaba a ser cierta. Lo que él no sabía era quién estaba detrás de esa mierda y empezó a obsesionarse con que eras tú. 

– Comprendo. Pero quien estaba realmente al mano de las operaciones paralelas, eras tú. 

El recuerdo del aparcamiento y la cabeza de Bobby volando acude a ti como un perro sumiso. Leal y fiel en el detalle. 

– Efectivamente. ¿Te suena un tal Bobby?- pregunta con ironía, como si acabara de leerte el pensamiento-. Todo estaba preparado desde hacía tiempo. De verdad, no quería meterte en toda esta mierda, Dax. Pero el poli que llevas dentro te puso en una pista que acabó siendo verdadera. Conociste a alguno de mis socios y encontraste el eslabón más débil de la cadena. Nada más. Lamento que acabaras en el hospital y todo eso. Pero bueno, como había que seguir con la farsa, ¿qué mejor manera que la de seguir explotando la historia de las visitas misteriosas? Así te pusimos detrás de una pista con el tema de la revista, ¿lo recuerdas? 

El círculo se cierra. Clac-clac. Las últimas piezas casan. Todo cuadra. Te sientes como un gilipollas estafado por un sistema de venta piramidal o alguna pollada de esas. Un títere en manos de un niñato de dieciocho años. Escupes con rabia. O´Connor te mira, como diciendo: tienes razones para enfadarte. Desahógate. 

Una duda acude a ti sin que puedas sofocarla. 

– Y, ¿qué va a ser de mí? 

Tu acompañante se ríe, alzando el mentón al cielo. 

– Nada, Dax. Nada. Esto ha sido un menage a trois al estilo de la costa oeste. Phill y yo nos hemos coronado como los reyes del negocio de papá. Nos hemos quitado de en medio a la competencia. Tú nos has ayudado. Somos socios. No tienes nada que temer. 

Suspiras aliviado. O´Connor hace un gesto al coche. El tal Phill baja. Se besan entre arrumacos. Se meten en el coche de McGregor padre y arrancan. 

– Cuando estés en condiciones de irte de aquí- dice, sacando la cabeza por la ventanilla-. Las llaves están puestas. Coge el Chevy y vete. Eres libre. Te lo has ganado. 

Les ves desaparecer en el horizonte. Hay algo que no te cuadra. No eres un especialista en perversiones ni nada de eso, pero menage a trois te suena a algo así como juego para tres. Sólo te ha contando dos, Patterson y Fred McGregror. Falta uno. Te montas en el coche. ¿Quién puede ser? ¿Russell? La idea sigue en tu cabeza, aunque no te obsesionas demasiado. Tu prioridad es ir a un hospital e inventar algo creíble sobre tu lamentable estado. 

Acaricias las llaves. Giras el contacto. El motor ronronea. Es un sonido cálido, familiar. Pisas el acelerador y entonces, una fuerte sacudida precede a una bola de fuego que te abrasa las pelotas antes de que el coche salte por los aires. 

Clac. Los muertos no hablan.

El tercer invitado a la fiesta de William Junior McGregor eras tú, aunque tal vez tampoco tenga demasiado relevancia para ti, que en estos momentos disfrutas de una panorámica aérea digna del proyecto Mercury, antes de caer y que tu cuerpo sea braseado al estilo del desierto antes de servir de cena y almuerzo a los carroñeros que no pierden detalle de tu vuelo estratosférico deseosos de hincarte el diente. 

Abril 2015. 

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 19-20

19 

Una vez más los mismos problemas de siempre: los matones de McGregor negándote el paso. Te sientes como si para poder verle tuvieras que pedir audiencia o estar en la lista de invitados. 

Al tipo que tienes delante no le habías visto antes. La profesión de hampón debe estar muy solicitada y presentar una amplia movilidad laboral, piensas, viéndole cruzarse de brazos con gesto arrogante frente al paragolpes delantero del coche. 

– Dile a Fred que soy Dax. Tengo que hablar con él- dices, sacando la cabeza por la ventanilla. 

– Imposible. Está ocupado. 

– Dile quién soy. Tengo que hablar con él, es algo importante. 

Nada. 

El musculitos se ha convertido en una estatua de testosterona, fibras musculares en tensión y un traje un par de tallas más pequeño. La situación empieza a volverse un poco insoportable. 

Te enciendes un cigarro y apoyas la nuca en el reposa cabezas. Parece que la cosa va para largo. Tratas de ver qué se cuece en el jardín, pero te quedas con las ganas. No ves nada. El sol te da de frente, cegándote. Una calada. Piensas en tocar el claxon, como si fueras el capitán del equipo de fútbol del instituto haciendo saber a la capitana de animadoras que ya has llegado y la noche de cine, baile, sexo de riesgo y embarazo inesperado en el asiento trasero puede empezar. 

El matón te fulmina con la mirada. Al parecer, además de ser corto de entendederas, también anda falto de paciencia. Lo del claxon prefieres dejarlo para otro día. 

– Tienes que irte. 

– ¿Por qué? Dile a Fred que Dax está aquí y que tengo que hablar con él. 

– Tienes que irte. Te lo estoy pidiendo por las buenas- su voz resulta amenazadora; y para dar más énfasis a sus palabras se acerca al coche haciéndose crujir los nudillos. 

Das una última calada y dejas caer la colilla sobre el asfalto. 

Tres pasos. 

Dos pasos. 

Un paso. 

Está a tu altura. 

Las manos apoyadas en el techo y el cuerpo encorvado. Aspecto de puta en pleno trámite de servicios y tarifas con un cliente potencial. 

– Te he dicho que… 

No dice más. El cañón de tu 38 le aprieta la tráquea. El aspecto de macarra se desinfla. Su rostro pierde el bronceado de guaperas de playa y se pone de un color amarillento. El mentón le tiembla levemente. Pestañea, aturdido, mientras un brillo de pánico recorre sus pupilas. 

– Te he dicho que le dijeras a Fred que Dax estaba aquí. No has querido. Mala idea- ahora eres tú el que se las gasta de tío duro. A fin de cuentas juegas con ventaja: no es tu vida la que pende de la tensión del muelle de un gatillo-. Así que ya sabes. Ábreme la puta puerta y déjame pasar. Es un consejo. 

Para dar más énfasis a lo que dices, tiras del percutor con el pulgar. Clic. El tambor baila levemente sobre su punto de equilibro. Pese a todo, el grandullón no parece comprender que una traqueotomía con orificio de entrada y salida en mitad del cuello apunta a ser incompatible con la vida. 

– Yo… Yo… Tengo órdenes de no dejar… 

– Tú mismo- la presión aumenta un poco más-. Ábreme la puta puerta. 

Vuelve a pestañear. Parece una versión hormonada de un Goliat sorprendido por el avance de la industria armamentística en los últimos siglos. 

– Está bien- concede al fin, llevándose una mano al cuello tan pronto como retiras el 38. 

Te bajas del coche a toda prisa, sin dejar de apuntarle. Miras a tu alrededor. Al parecer tu jefe no es un jodido neurótico obsesionado con la seguridad. Por lo que puedes ver, McGregor no cumple el cliché de mafiosos con ejércitos de tíos armados deambulando por la casa. Mejor así. 

El grandullón abre la barrera metálica. Pasáis al jardín, él delante y tú un par de pasos por detrás con el revólver oculto en el bolsillo del pantalón. Hay bastante ajetreo. El que tiene pinta de boxeador exiliado del mundo de las doce cuerdas te fulmina con la mirada, pero al percatarse de quién eres, te saluda con un gesto, apareciéndole unos hoyuelos infantiles en las mejillas que desentonan con su aspecto rudo de matón curtido en los bajos fondos. 

– Acompáñame, por favor. El señor McGregor está en el invernadero. En su oficina. 

El invernadero parece una granja de la América Profunda. Fardos de cogollos empaquetados. Tíos con aspecto de rednecks trasteando con tijeras de podar. Varios maromos controlando el percal, evitando que algún recolector se las dé de listo y sise algo con lo que ganar unos pavos extra. El ambiente es sofocante. El aire es un cóctel de resina, sudor y fertilizantes químicos. Al parecer, el negocio de la hierba va viento en popa y la ciencia ha entrado en acción para asegurar la siguiente siembra. 

Llegáis junto a la oficina. La puerta está cerrada y una cortina oculta su interior. 

– Espera aquí, por favor- dice, llamando a la puerta. 

Una voz dice adelante desde el interior. Te quedas solo. Aprovechas para echar una mirada rápida. Todo a tu alrededor tiene un aire industrial, fabril. Unos podan. Otros barren los cogollos. Un grupo se encarga de empaquetar y otro amontona los paquetes. Las plantas podadas son arrancadas de raíz y arrojadas a un contenedor de obra. Fuera, al otro lado de la ventana, ves un horno. No hace falta ser un ingeniero agrónomo para saber qué hacen con ellas. 

– Pasa- dice el matón algo más relajado, abriéndote la puerta. 

Entras. 

La mesa parece la de un profesor de botánica. Decenas de semillas diseminadas sobre el tablero, junto a etiquetas identificativas. Afgand Seeds, Sweet Cotton, Bubble California… 

– Buenos días, Dax- exclama McGregor, interrumpiendo tu lectura-. Perdón por el desorden, pero estamos en época de cosecha y recolecta. 

Le miras. Parece cansado y molesto a partes iguales. Te sonríe, pero el brillo de sus ojos te dice de otra cosa completamente distinta: no me hagas perder demasiado tiempo. 

– No te preocupes, Fred. Sólo venía a devolverte los diarios de William. Ya he terminado con ellos y pensé que te gustaría conservarlos. 

– ¿Los tienes aquí?- pregunta, rodeando la mesa acercándose a ti. 

– Los he dejado en el coche- respondes con fastidio-. He tenido problemas para entrar y… 

– Ya. Los chicos están un poco nerviosos. Hay mucha pasta en juego y desconfían de cualquiera. Espero que no te hayan hecho nada- te coge del mentón y te inspecciona la cara, como si fueras una yegua en el mercado-. No. Parece que no se la ha ido la mano- bromea. Los dos sabéis que está al tanto del numerito de la pistola y el matón acojonado, pero le sigues la corriente. Abre un cajón del escritorio y saca una caja de puros. Saca uno. Te ofrece otro. Lo rechazas con un gesto- . Y, ¿qué más se te ofrece, Dax? 

Clac. Un cortapuros de oro decapita el puro y la llama de un mechero de gasolina lo hace crepitar mientras McGregor le da vueltas con mucha parsimonia. 

– Quería hablar sobre algo que he leído. 

Se detiene en seco. Deja el encendedor sobre la mesa, junto a un grupo de semillas etiquetadas como Physico Killer Seeds. Un escalofrío involuntario recorre tu espalda. Empiezas a notar el aire allí dentro irrespirable. El ventilador ha desaparecido y te sientes como si acabaran de ponerte una bolsa de plástico en la cabeza. 

– Ya sé que Willy era un chico… especial- dice al fin-. Demasiado extrovertido. Sé que sus perversiones iban más allá de los hombres. Era un sádico. Y me avergüenzo de él y sus tentativas homicidas sólo por placer. Pero es mi hijo, Dax. Traté de enderezarle. De alejarle de ese mundo en el que iba metiéndose, pero no pude. Ya sabes cómo son los jóvenes de hoy en día. Imprevisibles. Rencorosos. Consentidos… 

Hace rato que has dejado de escuchar. No. No vas a dejar que te cuente otra vez la historia del niño díscolo y el padre desbordado. No. Ahora no. Has ido a verle por otras razones. 

-… ¿Tienes hijos, Dax? 

La pregunta te coge desprevenido. Es obvio que no. La procreación nunca ha sido un fin o una meta en tu existencia, a lo sumo un daño colateral después de una noche de borrachera. 

– No, Fred. No tengo hijos, pero sé a lo que te refieres- la imagen de O´Connor golpea tu cabeza con fuerza. Sus cambios de humor y su comportamiento errático. Su arrogancia creyéndose el amo del corral. Su sumisión cuando el miedo desmonta la coraza del hombre que apunta maneras… ley de vida y esas mierdas. 

– Es muy duro saber que tu hijo es distinto. Que nunca te dará un nieto al que consentir y malcriar. Por eso dejé que Willy fuera por libre hasta que vi el monstruo en que se estaba convirtiendo- da una calada al puro. Su rostro desaparece unos segundos detrás de una gruesa cortina de humo, pero no el brillo de sus ojos. 

– Supongo. Pero por lo que he podido leer en el diario- tratas de buscar la palabra adecuada para lo que vas a decir. El Enola Gay está apunto de dejar caer su letal cargamento. Una puta Daisy Cutter dispuesta a mandar a tomar por el culo unos cuantos kilómetros cuadrados de la selva de mierda y mentiras en la que llevas tanto tiempo moviéndote-. No se le daban tan mal los negocios. 

Freddy McGregor te mira, estudiándote con detenimiento. Sientes la garganta seca. La tentación de tragar saliva acude a ti como a un padre de familia en un bar de putas. Te abstienes. Eso denotaría miedo o que te estás marcando un farol. McGregor y los suyos son unos hijos de perra adiestrados en descubrir este tipo de flaquezas y las cosas no están como para andar sembrando desconfianzas.

– Sí. En eso era un genio- dice, carcajeándose-. La idea de meter a la pasma en nuestro mismo saco como adulteradores y distribuidores fue una gran idea por su parte. 

Bien. Le tienes donde quieres. La Daisy Cutter empieza a caer. 

– Creo que alguno de los polis que estaban en el negocio, pudo tener algo que ver con su desaparición. 

La carga explosiva sigue cayendo, despacio. Como la lluvia previa a la tempestad. Coges aire. McGregor te mira frunciendo el ceño. De reojo compruebas que el cortapuros sigue en su sitio. 

– ¿Qué quieres decir?- habla tratando de suavizar su tono de voz. 

A la mierda. Allá va. Una tonelada de TNT dispuesta a hacer su trabajo. 

– He tenido problemas con algunos polis. Compañeros de los viejos tiempos que se han convertido en un grano en el culo estos últimos dos meses y medio. Al poco de empezar con este caso, empezaron las visitas y uno de ellos ha sido asesinado- ahora eres tú el que se pone melodramático-. Hace poco recibí una visita poco deseada que acabó en una amenaza encubierta. 

– Entiendo. ¿Quiénes eran? 

Alguien llama a la puerta. McGregor da una calada y te pide disculpas con un ademán. 

– Estoy reunido. ¿Qué ocurre?- pregunta, entreabriendo la puerta. 

– Jefe, el primer camión está… 

– Pues adelante. Ya sabéis qué hacer con la mercancía. 

Cierra. Se acerca a ti de nuevo y apoya una mano nervuda y afilada en tu hombro, como invitándote a seguir hablando. Callas. Ahora es su turno. Es el momento de ver hasta dónde ha llegado la onda expansiva. 

– Tenemos polis en nómina, no te voy a engañar. Pero de ahí a lo que me estás diciendo… 

– No miento, McGregor. 

Os miráis a los ojos, midiéndoos. Parecéis dos perros de presa olfateando el peligro. 

– El muerto era un chupatintas de archivos, un tal Russell- dices, fingiendo hacer memoria-. Y el otro, el poli que me interrogó era el capitán Patterson. 

El rostro de tu interlocutor es una máscara de piedra. Impenetrable. Inquietantemente ajena a cualquier sentimiento. Da una nueva calada. 

– Russel sí. Era de los nuestros. Una lástima lo de su asesinato. Lo leí en la prensa y toda la mierda que dicen de él es falsa. Pero bueno, la vida sigue y su ausencia no es algo que no podamos subsanar- habla de manera mecánica, dando a entender que Russell y todos los que trabajáis para él no sois más que simples peones prescindibles-. El otro, el capitán Pitt.. 

– Patterson. 

– Eso, Patterson. No. No me suena- niega a la vez que habla-. Bueno sí. Le conozco porque una vez nos decomisó un cargamento bastante grande. Tratamos de sobornarle, pero no hubo manera. Es un poli de los de antes. Amante de su trabajo, el dinero para él es algo secundario. Por suerte, el jurado sí se dejó sobornar. Encontramos a un testaferro y el asunto quedó olvidado. 

No le crees. Patterson estuvo detrás de la investigación de la desaparición de Willy McGregor. Lo sabes, y Fred está mintiendo. La conexión Patterson-McGregor existe. No estabas equivocado. Aún no sabes hasta qué punto, pero los dos están metidos en el negocio de la hierba. 

Es hora de plegar las velas y dejarse llevar. Alargas la conversación hasta que llega a un punto muerto. Es hora de irse. Os despedís con un apretón de manos y te marchas de allí pensando en tu próximo movimiento: aún quedan un par de flecos pendientes que quieres cortar cuanto antes. 

20 

Medianoche. 

El coche apesta a tabaco. En el asiento del copiloto cuatro latas de Coca-Cola y varios bocadillos. Sobre ellos, una botella convertida en un váter de campaña a medio llenar. Llevas demasiadas horas de vigilancia y tu vejiga tiene sus necesidades. 

Estás aparcado frente al garito en el que se mueve la mercancía de McGregor, viendo desfilar un sinfín de guaperas que entran con tías florero cogidas por la cintura, para salir a los pocos minutos con una sonrisa bobalicona impresa en la cara. Estrellas de cine. Artistas. Escritores podridos de dinero con aspecto de indigentes. Varios polis de paisano controlando el negocio en la puerta. Una jodida operación a gran escala en toda regla. 

La idea es sencilla. Ver qué se cuece. Quedarte con algunas caras y matrículas. Información de primera mano. Trabajo de campo. Después, corroborar teorías. A estas alturas no puedes permitirte un paso en falso. Estás demasiado metido en la mierda como para abandonar. Imposible. Toca apretar los dientes y seguir hasta el final. Que varios miembros del DPLA estén metidos en asuntos turbios no es nada nuevo, pero encontrarte de lleno con tanta pasma junta en algo ilegal puede ser todo un filón. A la mierda McGregor, el marica de su hijo y todo lo demás. 

Dinero. Pasta. Una nueva vida. El sueño americano. USA vuelve a ser la tierra de las oportunidades para los parias como tú. Sólo es cuestión de esperar un poco, desenfundar el arma en el momento adecuado y desaparecer del mapa antes de que todo se ponga demasiado caliente y las placas y las reglamentarias salgan a relucir. 

Cuatro coches te ocultan la entrada al garito unos instantes. Parecen ir de procesión. Gamas medio-altas. Posiblemente universitarios dándose un garbeo por la zona, a la caza de carne fresca que desvirgar entre alientos etílicos y el confort del asiento trasero del sedán de papá. 

Se detienen junto a la puerta. Del lado del copiloto baja un tío de cada coche. Abren el maletero y sacan paquetes. Los de la puerta asienten y les dejan pasar. Actúan con total impunidad. Se sienten a salvo. Los chicos de la pasma están de su lado, no hay nada que temer. 

Del interior del local salen destellos de luces que te tientan a entrar y echar un trago. Una tía borracha las eclipsa unos segundos antes de salir haciendo equilibrismo sobre unos tacones afilados como puñales. La acompaña un tío con aires de galán de cine. Ella se detiene en una esquina, apoya una mano temblorosa en la pared y empieza a vomitar convirtiéndose en un surtidor de alcohol de segunda mano cargado de un erotismo que te eriza la piel cada vez que las arcadas hacen que se eche hacia adelante y el vestido deja ver algo más que sus piernas. 

Su acompañante le dice algo que no oyes. Empiezan a discutir. Los de los coches pasan de ellos, siguen a lo suyo: a la mudanza express a medianoche. El casanova empieza a gesticular. No le pierdes de vista. La tía vuelve a agacharse y escupe. Cuando se incorpora pone cara de no entender qué está pasando. Él le da un bofetón par aclararle las ideas. Plas. Eso sí que lo oyes con total nitidez. Empieza a gritar como una histérica. Escuchas fragmentos. 

– Eres una puta… borracha… asco… 

La tía se pone una mano en la mejilla. Parece estar llorando. Él sigue gritando. La sangre te hierve. Detestas a la escoria que representa ese hijo de puta con aires de estrella de Hollywood. Maltratadores. Cobardes. Sin ser muy consciente de ello, abres la puerta. Te mueres de ganas de explicarle un par de cosas y si es corto de entendederas y no te entiende, una bala destrozándole las rodillas se te antoja como la clase de refuerzo perfecta. 

No te hace falta. Dos de los polis de la puerta se acercan a la pareja. Prestas atención. Tratan de contener al tío. La chica se descalza y sale corriendo. Desde dentro del coche la ves alejarse calle abajo, alumbrada por farolas y luces de neón, como en el final de una película. El guaperas furioso forcejea. Le tranquilizan. Pillas la idea: es uno de ellos. Entra en el local. Te fijas en él: alto, delgado y desgarbado. Viste un traje gris y va en mangas de camisa. La americana se ha quedado tirada en mitad de la calle. Nadie parece prestarle demasiada atención. La puerta queda desierta. Los coches de los camellos se han largado como han llegado, aunque más ligeros de peso. Los de la puerta entran con su colega a beber y celebrar su hombría. Es ahora o nunca. 

La suerte está de tu lado. La americana tenía una billetera en el bolsillo interno. Cien pavos que cambian de dueño, y como colofón: un permiso de conducir. Una dirección. Conduces sin prisa. Aún falta bastante para que esté lo suficientemente borracho como para olvidar la escena del sopapo y decida volver a casa. De otra cosa no, pero de borracheras para olvidar sabes demasiado y la experiencia te dice que tienes unas dos horas por delante. 

La casa del poli-maltratador esta en un área residencial prefabricada. Apartamentos diminutos con un trozo de jardín cuidado y aire aséptico. Das una vuelta por los alrededores. En la dirección del carné hay luz. Mala señal. Te detienes. A través de las cortinas ves armarios abriéndose y cerrándose con fuerza. Una figura femenina cogiendo ropa y haciendo jirones una camisa. Al parecer la dama va a levantar el vuelo y el fondo de armario de su cónyuge se va a ver mermado. Mejor para ti. Una mujer colérica puede serte de gran ayuda. 

Buscas dónde aparcar. No te cuesta mucho. Te acercas a pie. Despacio, vigilando a posibles vecinos ociosos con ganas de jugar a ser los Edgar Hoover del momento. Ni un alma. Al parecer el pueblo americano es honrado y trabajador y mañana madruga. A esas horas todas las persianas están bajadas. Perfecto. 

La puerta de la casa está abierta. Oyes gritos de mujer. Sacas el 38. Entras en tromba. Habla sola, acordándose de la puta madre del cobarde que le ha puesto la mano encima, jurándose que será la última vez. Escuchas una cremallera cerrándose y pasos apresurados. Tratas de esconderte en el recibidor. Tarde. Te encuentras de lleno con ella. Sofocas su grito poniéndole una mano en la boca. El cañón del revólver señala un sofá volcado en mitad de la sala. Abre los ojos, aterrada. Quedas fascinado por el color verde de sus iris. Os dirigís al centro del salón, o lo que queda de él. Una butaca volcada. El sofá recostado sobre uno de sus costados. El televisor reventado contra el suelo. Libros, cuadros. Un extraño collage en el suelo. Al parecer la muchacha tiene un pronto terrible. 

– Voy a quitar la mano- avisas-, y no vas a gritar. ¿Entendido? 

Movimiento afirmativo. 

Cumples con lo prometido. 

Es una mujer realmente hermosa. Sientes repulsión por el hombre que le ha aplaudido la cara. Ella tiembla. Un collar tintinea con cada movimiento. Tienes poco tiempo. Es cuestión de minutos que se recupere del shock y empiece a gritar. 

– No tienes nada que temer- hablas despacio, con calma-. No sé qué ha pasado aquí y tampoco me importa. Soy de Asuntos Internos. 

Ella abre la boca, pero parece pensarlo mejor y calla. Te fijas en la maleta. 

– ¿Ibas a algún lado? 

Un coche pasa por la calle. La claridad de sus faros se cuela como un mirón a través de las cortinas. Ves que tiene el carrillo morado e inflamado. El giro de las ruedas barre la habitación. El ataque de ira lo ha convertido en un campo de batalla. Mal asunto. Cuando el macho herido vuelva a casa dispuesto a reconciliarse con un poco de sexo desapasionado en la postura del misionero y lo vea, se va a cabrear un poco. 

– No digas nada- está temblando demasiado como para poder articular palabra alguna-. Coge tus cosas y vete. No tienes nada que temer. 

Parece volver en sí. Te mira, estudiándote. Pasas el examen. Coge la maleta y pasa delante tuya. Un perfume caro flota en el ambiente, despertando en ti un deseo carnal que te cuesta controlar. 

– Gracias- dice dándose la vuelta-. En la cocina guarda un Remington. Es muy impulsivo-titubea-, agente. No es un mal hombre, pero tiene demasiada… 

– Vete- le cortas antes de que la complicidad con el maltratador le haga pensánserlo mejor y opte por recogerlo todo y esperar a su verdugo con un rico pastel de carne en una mano y un sentimiento de culpabilidad en la otra. 

La puerta se cierra. Te quedas solo. 

Primera medida de seguridad: localizar las armas y dejarlas a buen recaudo. 

Segunda: apagar la luz, así la sorpresa será otro punto a tu favor. 

Tercera: esperar. Es cuestión de tiempo que ese hijo de puta haga acto de presencia y pueda empezar la función. 

Más tarde. 

Una y media de la mañana. La puerta se abre. Tú estás sentado en la butaca, fumando. El 38 en una mano. Las armas de la casa a tus pies. Un Colt45, un Remington y un par de revólveres que parecen sacados de una peli del salvaje oeste. El recién llegado no se percata de tu presencia. 

Da la luz. Esta de espaldas a ti. Las manos apoyadas en la pared. Apesta a alcohol. Mira a ambos lados, como si no supiera dónde está. Al fin se da cuenta. El caos que reina en la habitación le saluda como una venérea tras días de silenciosa incubación: ¡Sorpresa! 

– ¡Puta puerca!- grita, peleando por mantenerse en pie- ¡Ven aquí ahora mismo guarra! Voy a enseñarte yo a hacer esto. ¡Puta! 

Te sientes incómodo. Invisible. La cólera empieza a congestionar su rostro. Tiene las mandíbulas apretadas y un par de venas palpitándole en los parietales. Decides hacer una entrada triunfal en escena. Amartillas el 38. Clic. 

El chasquido parece desconcertarle. Al fin se fija en ti. Te mira como si le costara enfocarte y la boca abierta. 

– ¿Quién eres? ¿Qué coño haces aquí? Soy agente de policía- dice arrastrando las palabras, si bien no queda ni rastro de los aires de tío duro con los que ha entrado en la casa. 

No respondes. Quieres que se encabrone lo suficiente como para atacarte. Te mueres de ganas por romperle la cara y la ocasión te viene que ni pintada. 

– ¡Qué haces aquí! ¿Eres uno de los que se follan a la puta de mi mujer y vienes a extorsionarme? Lo sé, escoria. Lo sé todo- la adrenalina parece haber eliminado el alcohol de su sangre-. Pues conmigo no vas a poder, hijo de puta. 

A medida que grita se va acercando a ti. El 38 se levanta, como una polla erecta, apuntándole de lleno las pelotas. Se lleva la mano derecha a la altura de los riñones. Tensión. Escuchas cómo se palmea la espalda buscando un arma que no lleva encima. Hora de empezar a poner las cosas en su sitio. 

Te pones en pie. Él recula. Plas. Bofetón. Cae de rodillas. Te mira asustado. La mano que buscaba el arma ahora palpa su mejilla. Le escupes. Patada en las costillas. Se queda sin aire. Tienes ganas de más, pero te contienes. De momento. 

– Podemos llegar a un acuerdo- dice con voz lastimera, así como de niño apaleado por chivarse de los repetidores de la clase-. Siento haberla pegado, pero… 

Nueva patada. Ésta a la altura del hígado. Si hay una hemorragia interna, con la cantidad de alcohol que ha debido de depurar no hay riesgo de infección. Vuelve a boquear, buscando un aire que se niega a llegarle a los pulmones. 

– Nada de acuerdos. No sé de qué me hablas- mientes-. Estoy aquí por otros asuntos. 

Silencio a modo de respuesta. Tus palabras flotando en la habitación. Vuelves a intentarlo. 

– Estoy aquí por el hijo de McGregor. Desapareció. Me pagan por encontrarle. Y sé que la pasma está metida en el ajo. Cuenta y tal vez mañana veas un nuevo día. 

– ¿El hijo de McGregor? ¿El maricón? 

Pisotón en una mano. Hora de enseñar modales, ¿dónde quedó eso de todos somos iguales ante la ley y estamos al servicio del ciudadano? 

Tu suela se levanta dejando dos dedos doblados hacia el lado que la evolución decidió que no sería el óptimo para sus fines prensiles. Un grito de dolor. La cosa no ha hecho más que empezar, dice el gesto que le dedicas. 

– Me pagan por encontrar a William McGregor. Mis investigaciones me han llevado a ese garito en el que vendéis la hierba de su padre. Ahora quiero respuestas. 

Te fulmina con la mirada mientras trata de colocarse los dedos en su sitio. Mala idea. Una falange emite un desagradable chasquido y queda peor de lo que estaba. Nuevos gritos de dolor. Es cuestión de minutos que algún vecino os oiga y llame a la poli. Te arrodillas a su lado y le metes el 38 en la boca. Trata de hablar. Misión imposible. 

– Volvamos a intentarlo- dices con voz cansada-. La idea es sencilla. Yo pregunto. Tú respondes. Escucho lo que quiero oír, vives. Tratas de jugármela, lo de los dedos va a pasar a ser una preocupación secundaria. ¿Me sigues? 

Palabras ininteligibles que deben significar un sí rotundo. 

– Está bien. El revólver está amartillado. Voy a sacártelo de la puta boca. Como intentes algo, ya sabes lo que te espera. Vamos a hablar tú y yo como buenos amigos, ¿de acuerdo? 

– Sí- responde, masajeándose el maxilar inferior. 

– ¿Qué sabes de Willy McGregor? 

– Nada. Desapareció. 

– ¿Quién está detrás de su desaparición? 

– No lo sé. Su padre. Su amante. Yo qué sé- el 38 acercándose a su cara-. ¡Joder! No lo sé. Yo voy a ese tugurio de mierda a pillar hierba y buscar carnaza para que mi mujer se folle a alguien a quien extorsionar después. Sólo eso- la distancia entre el ánima del revólver y su cara disminuye. Las lágrimas amenazan con brotar de un momento a otro- ¡Lo juro! ¡Joder! No me mates. No sé nada. Lo juro. 

Resulta patético. Además de cornudo, apaleado. Pero hay que seguir apretándole las tuercas. 

– ¿Quieres seguir viviendo? 

– Sí. Joder. Claro que quiero seguir viviendo- su voz suena aguda, nerviosa. Está acojonado. 

– Bien- pausa para encenderse otro cigarrillo. Pericia cinematográfica. Un arma en una mano. En la otra un encendedor de gasolina. Chasquido de dedos: llama. Movimiento enérgico de muñeca: tapa cerrada. Das una calada-. Quiero nombres. ¿Quién está detrás de todo este tinglado? 

– No lo sé. 

Apoyas las rodillas sobre su pecho. Le empieza a faltar el aire. Le miras a los ojos con cara de tengo todo el tiempo del mundo. Repites la pregunta. Parece hacer memoria. 

– Russell. El poli al que mataron el otro día- dice, tratando de colártela. 

Das una calada. 

– No te creo. Yo maté a Russell por tratar de mentirme. Soy un ángel exterminador de los embusteros. Si sigues así, no creo que tardes mucho en poder hablar con él en el infierno- recalcas esto último presionándole la frente con el arma. 

– No. No. No, espera- suplica, tratando de apartar la cara- Está bien. Está bien. El poli que controla toda esta mierda es un pez gordo. No es de mi comisaría. Es un capitán… 

Clac. 

Una pieza encaja en tu cabeza. Russell diciendo «…es un héroe de guerra…». 

La foto de una orgía gay con un tío luciendo un tatuaje con la leyenda Made in Japan rodeando una cicatriz.

-… Patterson. 

La rabia se apodera de ti. Te sientes estafado. Se han reído de ti en tu puta cara. McGregor es un actor consumado. Maldito bastardo. El muy cabrón jugando al padre modélico preocupado por su hijo, jurando no tener ningún trato con Patterson. Y una polla. Te la han colado. Esto no va a quedar así. 

No. Ya no son negocios. Es personal. La voz de Joe retumba en tu cabeza, diciendo: « Dax, ya te lo dije. Tenías que haber cogido la pasta y salir por piernas. Aquí nadie es lo que parece». 

Pum. Pum. Pum. No eres consciente de lo que has hecho, pero la cara del niñato que tenías debajo ha desaparecido, dejando en su lugar una pulpa gelatinosa. El cañón del 38 echa humo. Sales a la calle. Nadie a la vista. Un par de mocosos lloran. Una mujer grita que ha oído disparos. La poli estará allí en pocos minutos. Es hora de largarse. 

Próxima estación: la casa del capitán Patterson. Va siendo hora de devolverle alguna de sus visitas. Si cuando amanezca aún respiras, ya tendrás tiempo de pensar en qué has hecho y hacia dónde huir. 

De momento, la sed de venganza te controla y lo único que te urge es acabar con todo de una puta vez. Carpe Diem y mañana Dios dirá.