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Curso de iniciación a la narrativa por Laura Gomara.

Curso de iniciación a la narrativa

 Inicio el 7 de octubre de 2019.
10 sesiones.
Horario: los lunes de 18:30 a 20:00h
Lugar: Somnegra
Mínimo 3 personas, máximo 10 personas.

Si te gusta escribir e imaginar historias pero no sabes cómo plasmarlas sobre el papel, este es tu curso. Trabajaremos la gestación de la idea, cómo dar alas a la creatividad e inventar un argumento, cómo crear un personaje sólido, situarlo en un espacio y tiempo concretos, concebir una estructura para la historia, ver el final y dirigirnos hacia él, inventar inicios y finales de capítulos potentes, controlar el ritmo de nuestra narración y trabajar el estilo.

El objetivo del curso es aprender técnica literaria y conceptos básicos de la narrativa a partir de material teórico y de la lectura de autores de novela negrocriminal. El objetivo final es escribir un cuento o empezar un proyecto de novela.

PRECIO DE LAS 10 SESIONES: 195€ X ALUMNO

Haz tu reserva (paga y señal): Curso iniciación a la narrativa

Más información: mado@somnegra.com

Verano con regalos en tus compras en SomNegra!!!

Regalos SomNegra

ESTE VERANO REGALOS PARA TODOS

Regresamos vivos de Semana Negra de Gijón y con un montón de anécdotas y muchos regalos.

Desde hoy y cada semana hasta final de existencias sortearemos muchos regalos entre todas las compras en SomNegra.com.

Así que empezamos!!!
Semana del 15 al 19 de julio: Sorteo de Una camiseta de chica con logo SomNegra, CD de las músicas de la serie Charlie Parker, de John Connolly ( regalo del mismísimo Connolly) y ejemplar de Yeruldelgger ( cedido por Editorial Salamandra )

Semana del 22 al 26 de Julio: Sorteo de Una camiseta de chica con logo SomNegra, CD de las músicas de la serie Charlie Parker, de John Connolly ( regalo del mismísimo Connolly) y ejemplar de Caballos lentos (cedido por Editorial Salamandra).

Semana del 29 al 2 de agosto: Sorteo de Una camiseta de chica con logo SomNegra, Bolsa conmemorativa 20 años de la serie Charlie Parker, de John Connolly ( regalo del mismísimo Connolly) y libreta Nunca Bombardees Pearl Harbor, de Javier Hernández.

A por ellos!!

Felices lecturas en negro

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 13-14

13 

Recuperas el conocimiento. Tu cabeza parece estar acostumbrándose a los golpes. Lo que antes era volver al mundo de los vivos con un punzante dolor en la nuca y sensación de mareo y náusea, ahora no es mas que un leve zumbido en los oídos y un pequeño entumecimiento en el cuello. Nada que un cigarro no pueda curar. 

Te han dejado en la mitad del despacho. Te incorporas y avanzas hacia la mesa, despacio en plan artrítico camino del parque a dar de comer a los patos del estanque y tocarse un rato viendo pasar chavalas que bien podían ser sus nietas. No puedes evitar lanzar un bufido. El cambio de posición ha venido acompañado de una presión en las cervicales que te hace ver las estrellas. Mueves la cabeza de un lado a otro, como los chinos de las películas de Bruce Lee antes de liarse a hostias. Tus vértebras crujen. Decides dejar los estiramientos para otro momento y dedicarte a algo más prosaico. Sacas un cigarro del bolsillo y lo enciendes. Palmeas sobre el tablero de la mesa. Estás ansioso. No sabes muy bien por qué, pero te sientes listo para el combate pese al dolor. Das una calada y carraspeas. Tus manos tocan el canto de algo duro. Lo miras. Una revista. Edición de coleccionista o algo por el estilo. El título suena a machote redneck: «Motores americanos, un orgullo con el que cabalgar hacia la puesta de sol». 

Te ríes, preguntándote de dónde coño la habrán sacado. Te sientas y la abres. Lanzas un grito de sorpresa y asco. El cigarrillo se te cae en los pantalones. Pasan unos segundos que se te antojan eternos. El olor a quemado y una molesta sensación de quemazón en las piernas te hacen responder. 

– ¿Qué coño es esto?- preguntas, cogiendo el cigarro y volviendo a fumar como si nada. 

Temiendo encontrar algo traumático entre sus páginas, coges la revista. «Gay Pride», lees en la portadilla con letras doradas sobre un grupo de tíos cachas y musculados untados en grasa que parecen pasarlo en grande ensartándose los unos a los otros. El recuerdo de Bobby y tus miedos homófobos vuelven a revolotear a tu alrededor. 

Tiras la colilla por la ventana y empiezas a hojear tu hallazgo. Lo que ves te resulta repulsivo, tirando por tierra cualquier duda que aún tuvieras sobre tus inclinaciones sexuales. Eres un macho americano de pura cepa, que para nada se siente atraído por las imágenes cargadas de perversión y depravación que protagonizan los maricas que miran fijamente a la cámara vestidos de marineros mientras sacan brillo a lengüetazos a miembros del tamaño de una botella de ginebra. 

Asqueado la cierras, pensando qué hacer con ella, y por qué te la han dejado antes de irse. 

La coges con ambas manos, sopesando la posibilidad de arrojarla por la ventana. La idea resulta tentadora. Te pones en pie y algo cae de su interior. Es una nota manuscrita: «Páginas 83-85. Nadie es lo que parece». 

Sin pensarlo, miras los números de página para darte de lleno con algo que suena a japonés y depravado: Bukake multirracial. No sabes si seguir leyendo o no. Te enciendes otro cigarro. De haber tenido alcohol a mano, no habrías dudado en echar un trago para estar preparado ante lo que te espera. 

Pasas la página. 84-85. 

Páginas centrales. Una superposición de fotos en la que se ve a un tío vestido de jardinero, arrodillado en medio de una habitación repleta de penes erectos. Seguir el orden de las instantáneas, es sinónimo de ver la evolución de un glande empapado en saliva que acaba escupiendo semen en un bol de cristal. La última te niegas a verla. Tratas de evitarla. Te conformas con leer el pie de foto para imaginarte el resto: 

« …Y así amigos, el bueno de Timmy toma su tazón de leche calentita de por la mañana antes de ir al cole… ». 

Sientes arcadas. Ha sido una experiencia dura. Respiras hondo. Sí, definitivamente la revista va a volar por la ventana. ¡No! ¡Un momento! Te detienes en seco. Vuelves a abrirla por las páginas señaladas. Ahí sigue el amigo Timmy desayunando; y ahí está. Una foto movida. De espaldas a la cámara. Un tío con una cicatriz en la espalda. Una lengua de carne parda surcándole los lumbares de lado a lado, y debajo un tatuaje descolorido: Made in Japan. ¿Dónde has visto eso antes? 

Tratas de hacer memoria. Imposible. Lagunas. Eso es lo que tienes en la cabeza de los últimos años. A la mierda. Hay otra forma de salir de dudas que es menos frustrante que tratar de recordar. Sales del despacho. Cierras la puerta. Bajas las escaleras con cautela. Lección aprendida. No hay nadie. En la calle te detienes, orientándote en dirección al coche. Sacas la llave del bolsillo y aprietas el paso. Tienes una cita y no quieres llegar tarde.

Sabes a dónde vas. Zona industrial de Santa Mónica. El mismo recorrido de días atrás cuando seguiste a Patterson. Tu destino, la imprenta de la que salió la revista. No tienes otro cabo al que agarrarte. Si tus visitantes la han dejado en tu despacho, por algo habrá sido. Esa gente no da puntada sin hilo ni golpes que no conduzcan a la pérdida de conocimiento. 

No sabes qué te vas a encontrar, y te jode. Te guste o no, ya no eres poli. No vas a poder presionarles de verdad. Un par de hostias. Plas plas. Una amenaza de dar el soplo a Antivicio y ver cómo el encargado de turno empieza a recobrar la memoria de manera milagrosa. Te va a tocar montártelo de otra manera, pero ¿cómo? 

La carretera está más concurrida. El tráfico es lento y denso. Mejor así. Tienes tiempo para pensar. La idea de seguir dándotelas de periodista ávido de noticias no parece la más adecuada en esta ocasión. ¿Qué puedes estar investigando para acabar allí? 

Nada. Descartada. 

Otra. 

Un gay deseoso de mambo que pasa por la imprenta para ver si le pueden poner en contacto con los tíos de la revista. 

Ni de coña. Todo eso se mueve en círculos clandestinos. Ir preguntando resultaría estúpido. Te quedas sin recursos. Te va a tocar improvisar. 

Un descapotable pasa a tu lado. Lo conduce un mulato con dos rubias despampanantes en biquini. Sientes rabia. Los verdaderos americanos se están desangrando en las praderas de Vietnam, y los soplapollas como el tío del coche se están poniendo las botas. Lujos. Tías. Drogas. El país se va a la mierda mientras la amenaza comunista sigue extendiéndose por medio mundo. En los viejos tiempos las cosas eran de otra manera. Tíos que sirvieron en la Guerra y volvieron de una pieza, recibidos como lo que eran: héroes, para seguir con su vida. No como ahora con esos jodidos melenudos quema-banderas, apólogos del amor libre y el vivir sin trabajar. A veces desearías que el gobierno creara un virus de transmisión sexual que acabase con toda esa chusma. 

El coche, el mulato y las rubias se pierden en la distancia. Te enciendes un cigarrillo. Prefieres rumiar tus pensamientos en silencio sintiéndote acompañado por el humo. Tomas el desvío. Te toca esperar antes de entrar en la zona. Hay varios camiones atravesados y, al parecer, van a tardar bastante en ponerse de acuerdo sobre quién tiene preferencia y quién no. 

A la mierda. 

Dejas el coche tirado en el arcén, coges la revista y sales al asfalto. Compruebas la dirección y avanzas con paso firme. Ni rastro de las putas de la otra noche. Mejor así, sin distracciones. 

El cierre está bajado. Llamas con fuerza. Nada. Miras a tu alrededor. Todo el mundo va a lo suyo. Trabajar. Producir. Echar horas extra. Ganar pasta. Vuelves a intentarlo. Más de lo mismo. Tratas de escuchar acercando la oreja al cierre. El ruido que te rodea te lo impide. Decides dar un paseo por las inmediaciones. Quizá haya una puerta trasera esperando a que entres por ella, o te encuentres a algún currito almorzando que te pueda indicar. 

Definitivamente hoy no es tu día. Las ventanas están tapiadas, rodeadas de basura, escombros, pañuelos de papel y condones usados. Piensas en volver a llamar una vez más. Descartas la idea. Es hora de volver a casa y aceptar la derrota. Tal vez hayas seguido la pista equivocada. Un señuelo para tenerte entretenido como a un niño pesado una tarde de verano. 

Abres la puerta del coche. Tiras la revista al asiento del copiloto y te marchas. Los camioneros siguen discutiendo. Pasas de largo. Aquí, nadie es lo que parece, murmuras entre dientes, sintiéndote impotente al tiempo que el polígono industrial se pierde en tu espejo retrovisor y tú tratas de poner en orden tus pensamientos. 

14

Hora de la comida en el Roastbeef Cafe. 

Polis ociosos, pululando como universitarios un viernes por la noche en la zona de bares de Los Ángeles. El camarero vuelve a ser tu amigo, el gigantón con pinta de granjero. No hay ni rastro de la tía seca de la última vez. Estás comiendo una hamburguesa acompañada de una cerveza. Tus ansias alcohólicas por encontrar algo con que paliar el mono han pasado definitivamente; y total, una cerveza de vez en cuando no te va a matar. 

Entre las mesas, apartado como de costumbre, Russell come en silencio, ojeando un libro. Mastica despacio. Parece no tener prisa. Te amoldas a su ritmo. Vas a pedirle un nuevo encargo, y éste puede hacer que se le indigeste la comida. Mejor dejarle que disfrute de su sándwich. 

– ¿Hubo suerte?- pregunta el camarero. 

Dejas el botellín en el mostrador. Te limpias la boca con el dorso de la mano y asientes. 

– Ya te lo dije. Ése era tu hombre- hace una pausa y se acerca a ti. El aliento le apesta a cebolla cruda-. ¿Necesitas más información? 

Le miras fijamente, como dudando qué decirle. 

– Por mí no hay nada que temer. Soy una tumba- aclara, mirando a su alrededor, temeroso de que alguien le haya oído. Nada. Los polis van a lo suyo: zampar, beber y hablar de sus mierdas-. Pero, ¿qué hay?, ¿Algún caso nuevo? 

La cháchara sigue. El camarero pregunta y tú respondes con evasivas, rezando para que le entre una comanda y te deje tranquilo.

Sonríes, mirando de reojo a Russell. Parece que ha terminado. Por si no te habías fijado, el redneck del mostrador te avisa.

– Si quieres hablar con nuestro hombre, acaba de terminar. Es sobre algún caso nuevo, ¿verdad?

Resoplas. Es bastante cansino. Te pasas una mano por la cara y respondes:

– No. Sólo concretar algunas cosas que quedaron pendientes. 

– Eso está muy bien. Ya lo decía mi padre, hay que hacer… 

Dejas de escuchar. Russell acaba de salir. Das un trago a la cerveza. Dejas cinco pavos en la barra y sales. Sabes perfectamente adónde va, pero quieres salir de allí. 

– No mire atrás, Russell. Siga caminando- dices al llegar a su altura-. Tenemos que hablar. 

– Como quiera- responde, acomodando sus pasos a los tuyos-. Pero mejor hablemos en el parque. Aquí las paredes oyen. Ya sabe… 

La entonación de sus últimas palabras no te gusta. Parecen encerrar una amenaza mal disimulada, pero le restas importancia. Estás cansado e irascible, y no quieres perder un confidente de primera por un simple malentendido. 

– Bien, ¿de qué se trata?- pregunta, sentándose en un banco. 

Tú permaneces de pie, mirándole desde arriba. Servilismo silencioso, te gusta. 

– Necesito que me consiga información sobre Patterson. 

Se frota las manos de manera nerviosa. Evita mirarte. Se limpia las gafas varias veces. Definitivamente, cada vez resulta más fácil entrar en el Cuerpo, piensas al ver cómo le tiembla el mentón antes de hablar. 

– Eeeso es difícil. No puedo hacer eso. No tengo acceso a esa información. Patterson es un pez gordo. No tengo acceso a… 

– Mil pavos más cuando me des la información- le interrumpes, sacando trescientos de la cartera.

– Pervertidos. Enfermos- protesta un anciano de andares castrenses al pasar a vuestro lado. 

Te ríes a carcajadas. Los ojos de Russell brillan. Al parecer, la situación y la pasta han ablandado un poco su congoja. 

– Necesitaré más tiempo- dice, cogiendo el dinero. 

– 72 horas, más que suficiente- tu voz suena áspera, cortante. Con gente como Russell lo mejor es seguir recordándoles la mierda que son en todo momento. Es necesario para el buen funcionamiento de tus intereses atarlo en corto y presionarle en su justa medida. 

– Está bien- se quita las gafas y las vuelve a limpiar una vez más, sopla sobre uno de los cristales, las mira a contraluz y vuelve a ponérselas- En 72 horas, ¿dónde te busco? 

– No. No me has entendido- nuevo paso de rosca. Nivel de agresividad medio-alto-. En 72 horas yo estaré aquí por la noche. Tú vienes a recogerme y me dices qué problemas has tenido. 

– Pero… 

– Mil pavos. Uno de los grandes. Creo que las normas y la rutina están hechas para romperse de vez en cuando, ¿no lo ve así, Russell? 

Traga saliva. Ves cómo su gaznate sube y baja. Agacha la cabeza. Está pensando. De manera inconsciente escarba con la punta de un zapato en el suelo. Aguantas. Estás deseando largarte de allí, pero tienes que seguir presionándole un poco más. El nivel baja. Si le aprietas las tuercas demasiado, la experiencia te ha demostrado que la gente como él se desmorona con facilidad y no te interesa. Un tropiezo a estas alturas supondría tener problemas y serios. No sabes cómo, pero la conexión Patterson-McGregor ahí está. 

– Necesito más tiempo. 96 ho… 

– 72. Mi última oferta. 

– Soy yo el que se va a jugar el tipo- protesta. 

Al parecer el rollito colega que te estás marcando no le mola. Tiene pinta de que le vaya algo más hardcore. 

– Y el que va a ganar 1300 pavos en tres días. 

– Aún así… 

Ya has escuchado bastante. Le miras fijamente a los ojos. Sacas un cigarro. Lo enciendes con mucha parsimonia y das una calada. 

– En ese caso, no hay negocio. Los 300 cubren las molestias- dices, dándote la vuelta. 

– Un momento, Dax- casi suplica, incorporándose a toda prisa-. Un momento, por favor. 

Sonríes con malicia. Estos mierdas son demasiado previsibles, piensas dándote la vuelta. 

– Dime, Russell- la situación se ha relajado y ya no hace falta seguir exprimiendo el papel de poli cortante, mejor aflojar y tutearse.

– 72 horas. Está bien. 

– Así me gusta, chico. 

Un apretón de manos. Tú, mirándole a los ojos. Sus pupilas miopes contrayéndose mientras tratan de no desviarse de las tuyas. Le das una palmada en la espalda. Se despide a toda prisa y se marcha. Le ves irse. Das otra calada. Tan fácil como robar un caramelo a un niño manco, murmuras. 

72 horas. Tres días para organizar tus movimientos. Ya has encontrado una pista que seguir. Lo siguiente que necesitas es encontrar a O´Connor. Tienes un encargo especial para él, y hacer una visita al tercer elemento del menage a trois en el que pareces moverte. Ha llegado la hora de sacar a relucir el as en la manga que te guardas y ver cómo responde.