Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 17-18

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17 

La mañana después de lo de Russell amaneces tarde. Necesitabas dormir, descansar y alejarte del estrés de los últimos días. Y eso has hecho. 

El sol entrando por la ventana y dándote de lleno en la cara. Tú, pasando de posibles quemaduras en los párpados o un futuro melanoma que te haga parecer un dálmata. Media vuelta. El catre chirriando y a otra cosa. Hasta que unos golpes en la puerta mandan a la mierda tu filosofía zen de paz y armonía con el sueño. 

A toda prisa te pones en pie. El traje arrugado, hecho un asco. Los ojos hinchados y una marca surcándote la mejilla derecha como un navajazo. Los golpes siguen, persistentes. Quien quiera que sea, parece tener prisa. 

– ¡Un momento!- gritas, recogiendo la cama y escondiéndola en un rincón. 

– Que sea breve. Tenemos prisa- responde una voz gutural al otro lado de la puerta. 

Te ahorras contestar. Te sientas. Enciendes un cigarro y lo dejas en el cenicero mientras tratas de colocarte el pelo a tientas, aún sabiendo que tu aspecto de recién levantado ahí sigue y es un esfuerzo inútil. 

– Adelan… 

No acabas la frase. La puerta se abre. Entran dos tíos de tamaño descomunal. A uno de ellos ya le conoces, es el que tiene pinta de boxeador retirado; pero al otro no le has visto antes. Das un respingo. Que se presenten tan temprano sólo puede significar una cosa: problemas. Abres un cajón de la mesa, buscando tu 38. No está ahí. Como si acabara de leerte el pensamiento, el de la nariz machacada a puñetazos sonríe y señala con la cabeza hacia el lugar en el que has pasado la noche. 

Sigues con la mirada hacia donde te indica, y ahí lo ves, colgado de un perchero destartalado, junto a tu americana, metido dentro de su funda sobaquera, brillando de una manera amenazadora a la vez que inútil. Das una calada encogiéndote de hombros en un intento de no adelantar acontecimientos. O el mundo del hampa y los matones ha cambiado mucho, o estos dos no vienen a partirte las piernas. 

Llegan a tu altura. El boxeador retirado avanza primero. Las manos a la vista. Un cigarrillo apagado colgando de un lado de la boca. El otro lleva un paquete envuelto en papeles de periódico atados con un cordel grueso y un sello de lacre que mantiene unidas las hojas imposibilitando ver qué hay dentro. Suspiras aliviado. 

– Nos manda Fred- aclara el del paquete-. Quería que te lo diéramos en persona. 

– ¿Ha dicho qué tengo que hacer cuando termine con esto?- preguntas, deseoso de dejar clara la letra pequeña del contrato de privacidad no escrito que estás a punto de firmar. 

– Nada. Haz lo que te encargó y luego eres libre de hacer con el paquete lo que quieras- dice, si bien ese lo que quieras suena a un deshazte de él. 

Asientes y dejas caer la ceniza con aire pensativo. El boxeador se palpa los bolsillos. Le acercas una caja de cerillas con propaganda de un bar de putas de la zona alta de la ciudad. No recuerdas cuándo fue la última vez que estuviste por allí, pero estás seguro de que la mitad de las chicas que exhibían sus encantos ya deben de ser abuelas o estar consumidas por alguna venérea. Lo coge y sonríe al ver el nombre: Venus Star. Se enciende el cigarrillo y hace ademán de devolvértela. 

– Quédatelo. Tengo más. 

Te da las gracias y le dice a su compañero que haga la entrega. El otro asiente y deja el paquete sobre la mesa. Ya está todo dicho. Ni ellos tienen mucho más que contarte ni tú tienes demasiadas ganas de aguantarles. Carraspeas. Haces un gesto con la mano y das una última calada que desprende el olor acre del filtro al quemarse. Lo aplastas en el cenicero y sacas otro. El boxeador, solícito, te ofrece uno de los suyos. Lo rechazas por cortesía. Tu enfisema pulmonar es muy sibarita y está acostumbrado al Pall Mall; no tienes ganas de darle a probar otras marcas. En eso, como los marines, eres semper fidelis y la Reynolds Tobacco Company debería estarte agradecida. 

Un incómodo silencio se extiende entre vosotros. Miras fijamente el paquete que acaban de traerte. Es de tamaño medio, ocupando el mismo volumen que dos libros de bolsillo. Intuyes que ahí dentro deben estar las confesiones más íntimas y morbosas de William Jr. McGregor. En cierto modo te sientes violento. Vas a entrar en una parcela privada e íntima que para nada te atrae, pero puede ser el único camino posible para encontrar alguna pieza suelta en todo este rompecabezas. Un marica blandengue al que exprimir a hostias hasta dejarle seco de información y sin ganas de seguir moviendo el culo como una ramera. Un pez gordo metido en líos de faldas con chicos barbilampiños. Un amplio abanico de posibilidades que, en tus pensamientos, se enlazan entre sí para formar un jeroglífico enrevesado en el que te pierdes. 

– Hasta más ver- dice el boxeador, haciéndote volver a la realidad-. Y, gracias por las cerillas. 

Te despides de ellos indicándoles que cierren la puerta al salir. Una vez a solas rompes con impaciencia el sello con las letras F. McG. Dentro, encuentras un cuaderno con tapas de hule. Lo hojeas: fechas. Palabras sueltas. El diario de Willy McGregor. 

Lo dejas a un lado. El otro bulto parece tener algo más de enjundia. Es un cuaderno más delgado que el otro, de tapas rosas y un sugerente título en la primera página: “Lista de deseos de Phill y Willy”. El nombre de Phill te suena, pero no sabes de qué. Tratas de hacer memoria. Pasas las páginas del cuaderno. Algunas han sido arrancadas. Otras, tachadas parcialmente con rabia hasta rajar parte del papel. La furia de una mujer despechada dotada con un cromosoma Y reluciendo en su máximo esplendor. Te acomodas en el asiento. Apagas el cigarro y sacas una libreta del cajón de la mesa. Es hora de empezar a saber quién era en verdad William Jr. McGregor. ¿Qué pudo impulsarle a desaparecer? Y, teniendo demasiada suerte, quién podría estar detrás de su desaparición. 

Tres horas y media más tarde te sientes cansado. La mierda oriental precocinada que has comprado en la tienda de Wang para comer te repite. Las colillas se amontonan en el cenicero. Tienes las cervicales cargadas. Los ojos te escuecen y la libreta está repleta de apuntes, esquemas e ideas que dan cuerpo a una certeza: Willy McGregor no era el típico niño rico; no, era un hijo de puta sin escrúpulos. Un cabrón con dos obsesiones en la vida: el sexo y el dinero. 

Te enciendes un cigarrillo. El último del paquete. Necesitas ordenar tus pensamientos. El tal Phill por fin ha encontrado su sitio en tus recuerdos. Un aparcamiento. Bobby histérico. Un matón detrás de ti. Un tío oculto entre las sombras. Una frase: Willy, Phill y Bobby estaban en apuros. El resto es digno de una novela barata: drogas, orgías, asesinatos, torturas…. 

Das una calada larga, pausada y empiezas a leer tus notas, dispuesto a bucear una vez más en la mente enferma del pequeño McGregor. 

« El cargamento ha llegado a buen puerto. El viejo no tiene ni puta idea de que su mierda pasa primero por comisaría y se distribuye en los garitos de la jetset de la ciudad. Phill y Bobby tienen ganas de darle un palo en condiciones y empezar a mover la hierba en otros sitios. La idea es tentadora..» (fechado cuatro meses antes de su desaparición). 

«Hemos conocido al cerebro que lleva todo el tema. Es un jodido genio. Tiene contactos que pican la marihuana con opio y pcp. Los yonquis flipan de lo lindo. Nos lo quitan de las manos. Tengo que hablar con el viejo. Hay demasiada pasta en juego… 

… Phill tiene ganas de probar algo distinto. En el Apolo hemos estado hablando con un tío que frecuenta un garito donde poder dar rienda suelta a nuestra curiosidad. Me da mala espina, pero 

por Phill haré un esfuerzo…» (dos días después de la entrada anterior). 

« El viejo ha montado en cólera. No le ha sentado muy bien saber que su propio hijo estaba detrás de la desaparición de sus últimos encargos. Me da igual. He hablado con él de ganancias. ¡¡Por cada gramo que él vende, nosotros sacamos el triple de beneficio!! Al parecer lo que no le gusta es la idea de trabajar con la pasma de por medio. Trato de hacerle ver que es el negocio del futuro. Si tenemos a la bofia de nuestro lado, no hay nada que temer…» (tres meses antes de su desaparición. Interesante. Al parecer estaba montando un próspero negocio familiar. Savia nueva, que diría Joe). 

« Hoy hemos tenido nuestra primera experiencia de sexo grupal. Al principio la cosa me desagradaba. Quince tíos desnudos y ocultando sus rostros. Cuerpos sudorosos, untados en aceite que brillaban bajo los focos. Un porro bien cargado ha sido la llave que ha abierto las puertas de mi mente. La sensación de tantas manos acariciando mi piel mientras que una polla me penetraba con fuerza y un glande duro oprimía mi garganta hasta casi ahogarme, ha sido algo indescriptible…» (fechado como mi primera vez). 

« Problemas… uno de los tíos que venden la hierba en su garito de Bel Air se ha pasado de listo. Ha intentado tangarnos. Los polis que están metidos en esto han propuesto meterle un puro. He hablado con el viejo y se ha negado. No está dispuesto a mezclar su reputación con los muchachos de las placas. Me ha mandado con cuatro de sus matones y carta blanca para dejar las cosas claras. Phill también ha venido. No le ha gustado demasiado lo que ha visto ni lo que he hecho. Pero tiene que comprenderlo… Son nuestros negocios, nuestro dinero, nuestro futuro. Y no voy a dejar que nada ni nadie se entrometa en ellos. 

Los chicos del viejo han metido al hijo de puta en el maletero y le hemos llevado hasta un motel abandonado. Le hemos torturado entre todos. Gritaba como un cerdo cuando le hemos apagado cigarrillos en el escroto. Sus meñiques tampoco se han ido de rositas. Un cortapuros afilado es una preciosa herramienta de tortura. Le hemos dejado sangrar y llorar hasta que casi pierde el conocimiento. El muy cabrón casi se nos muere ahí mismo. Hemos tenido que llamar a un médico y dejarle trabajar. Dinero a cambio de silencio. La pasta compra lealtades y hace que todo el mundo sea mudo, sordo y ciego cuando debe serlo. 

Mientras ese perro se debatía entre la vida y la muerte hemos matado el tiempo. Codeína y alcohol. Un poco de coca para no dormirnos. Cuando el médico se ha largado, estábamos bastante colocados. Uno de los chicos ha propuesto meterle la pata de una silla por el culo. Phill y yo nos hemos reído. Una rata ha enorme ha cruzado la habitación mugrienta y sucia de un lado a otro y he tenido una idea. La hemos cazado y con un trozo de tubería hemos hecho el resto. El muy cabrón lloraba mientras le violábamos con la tubería; pero el llanto ha sido de verdadero pánico cuando hemos metido la rata por ella antes de sacársela. 

¡Cómo gritaba! 

Phill no ha podido más y ha acabado vomitando. Yo estaba contento, feliz. La rata buscando cómo escapar y escarbando en su intestino hasta que ha vuelto a ver la luz. El desgraciado ha agonizado un poco, hasta que ha muerto. Phill y yo nos hemos ido a un motel cercano. Los chicos del viejo se han encargado de enseñar al mundo que con nosotros no se juega. La bofia se encargará de que nadie pregunte qué ha pasado ni pretenda sacar todo esto a la luz. Asunto resuelto».

El diario de Willy seguía hablando de lo mismo. Bacanales homosexuales. Ajustes de cuentas y contactos con la policía. Nunca daba nombres. Sólo el suyo, el de Phill y el de Bobby, al que al parecer, conocieron en una de esas bacanales con tíos vestidos de romano. Has acabado cansado de tanta monotonía, aunque en las últimas páginas todo daba un giro inesperado. En ellas, Willy se mostraba excitado. Nervioso. La droga se ha ido sucediendo a lo largo de lo que has leído para acabar dando paso a las obsesiones de un adicto con el mono. Mal asunto. Un drogota necesitado de su dosis puede ser algo bastante difícil de encontrar. Un palo mal dado a una tienda de licores… Un tiroteo… Un camello cansado de fiarle y que nunca le pague… mil maneras de desaparecer sin que nadie te encuentre.

Por su parte, el otro cuaderno tampoco ha tenido desperdicio. Además de las páginas arrancadas y los tachones, la mano de papá McGregor se dejaba entrever en la reedición de los sueños de su hijo que tienes delante. Pese a todo, has podido hilar varias cosas. La obsesión de Willy y Phill por el sexo en grupo, las orgías y mares de semen con los que darse baños relajantes antes de irse a dormir no conocía límites. Más de la mitad de sus deseos de su lista eran del tipo: follar con cinco negros bien dotados, chupársela a un negro como si fuera un pirulí de chocolate o probar la doble penetración simultánea. 

Dejando todas esas mierdas pervertidas a un lado, el otro pilar en el que se apoyaba la feliz pareja era la droga. No les bastaba con consumir y traficar. Disfrutaban jodiendo al prójimo por pasar el rato dando a probar un chute de heroína a un niño pequeño para pasar el rato viéndole cabalgar a lomos del caballo, o violar a un indigente puesto de pegamento para saber qué se sentía. 

Los dos llevaban una vida al límite. Vamos, que tanto para Phill como para Willy la idea de hacerse un plan de pensiones a largo plazo para disfrutar de su vejez, tampoco habría tenido mucho sentido. Solo era cuestión de tiempo que acabaran desapareciendo del mapa. 

Te incorporas. Tu espalda cruje. Demasiadas horas en la misma postura. La cabeza te pesa. Exceso de información, pero algo que no acaba de cuadrar te impide desconectar. La puta conexión McGregor-Patterson. Que la poli estaba metida en el ajo de los negocios familiares, es un hecho. Lo  has leído. ¿Pero cómo se que explica que fuera Patterson quien llevara el caso de la desaparición de Willy y luego le cargara el mochuelo a otro? 

Todo parece apuntar en una misma dirección: Patterson era una pieza clave en los negocios de Willy, y con él desaparecido perdía una fuente de ingresos extra. 

Pero aún así te faltan argumentos, y eso te jode. Willy McGregor desaparecido. Phill durmiendo con las lombrices. Bobby muerto. Y tú jugando a los detectives chungos dando pasaporte a Russell. Mal asunto. Una combinación peligrosa. Es cuestión de tiempo que Patterson ate cabos y te haga una visita. En ese caso tal vez le puedas preguntar directamente a él qué se traía entre manos con los McGregor. Y si tienes suerte, hasta puede que te lo cuente. Aunque posiblemente, lo siguiente que oigas sea el disparo de un revólver haciéndote una cirugía maxilofacial irreversible; y muerto, tampoco te podrá servir de mucho saberlo. 

La palabra cautela retumba en tu cabeza. Tratas de ignorarla, pero no puedes. Estás andando en la cuerda floja y lo sabes. Un traspiés o un fallo de concentración resultaría catastrófico, y, al parecer, tú pareces obsesionado con ir dando uno detrás de otro. La suerte parece estar de tu lado, pero ya se sabe: la fortuna no es más que una fulana que siempre camina del brazo del mejor postor. 

Cierras los ojos, respiras hondo y tratas de despejarte. La necesidad de salir a la calle a que te de el aire empieza a ser un hecho. Una idea empieza a molestarte. Necesitas a O´Connor y sus servicios. 

18 

O´Connor se ha convertido en el portador de malas noticias por excelencia que precede a visitas incómodas y poco deseadas. Algo así como un aperitivo previo a la indigestión. 

Primero fue con la noticia de la muerte de Russell. Primera página en varios periódicos de tirada nacional. «Asesinato de un policía en Los Ángeles», «todo apunta a un crimen pasional», «posible vinculación del agente M. Russell en una trama de pornografía homosexual». Nada que no supieras o no hubieras previsto, pero que no tardó en materializarse en un miedo visceral que te hacía permanecer inquieto y alerta. La sombra de Patterson era demasiado alargada y solo era cuestión de tiempo que se cruzara en tu camino.

Y eso fue justamente lo que pasó. 

Tu pupilo había pasado a recoger su asignación semanal a cambio de algo de información sin sustancia sobre los movimientos de la hierba de los McGergor en la zona rica de la ciudad, y acto seguido llegó el encuentro con el capitán Patterson. Cara de pocos amigos. De poli chungo de los de verdad, de los que te pegan un tiro en la nuca y zanjan el problema que les ha llevado hasta ti sin molestarse en amenazarte ni nada por el estilo. Sus ademanes cortantes, trasmitiendo un mensaje conciso y cortante, como la navaja de un barbero con Parkinson apurando tu afeitado en la nuez. No he venido a que me tomes el pelo. 

Pasando, previamente, por un intento de interrogatorio en plan colegueo, de buen rollo. Preguntas obvias, preparando el terreno para que te confiaras y bajaras la guardia antes de entrar en faena. 

– ¿Qué tal va todo, Sulivan? Pasaba por aquí y he decidido pasarme a saludar. A ver qué tal estabas. Veo que estás enterado- mirada suspicaz hacia los periódicos amontonados sobre la mesa-. Una verdadera lástima lo de Russell. Era un buen tipo- cambio de tercio. Tú, sentando indicándole con la mano que tomara asiento frente a ti. Él, aceptando con una sonrisa amenazadora en la cara-. ¿En qué andas metido? ¿Sigues con el asunto de los McGregor? 

Movimiento negativo de cabeza. Gesto ofendido, de no haberle roto el brazo a un detenido en la puta vida. Patterson asintiendo, fingiendo satisfacción. 

– Haces bien, Sulivan. Ya te dije que era un caso cerrado- pausa calculada para encenderse un cigarrillo-. Te mueves por un ambiente un tanto alejado de la legalidad. Ya sabes. Este barrio… La calle… No sé, la gente habla cuando se le pregunta. Aún es pronto para que nadie se haya ido de la lengua, pero supongo que no habrás oído nada sobre lo de Russell, ¿me equivoco? 

– Patterson- tu voz sonando casi ofendida. Te sientes Marlon Brando en Rebelión a bordo, camino del éxito-, tú mismo lo has dicho. Es demasiado pronto. 

Tu camino al estrellato a la mejor interpretación quebrándose. Laurence de Arabia llevándose todos los premios de la Academia y tú con cara de gilipollas. Patterson dando un puñetazo en la mesa. Una fina nevada de ceniza y papeles rebotando en el tablero. Sus ojos fulminándote. Los músculos de la mandíbula tensos, crispados. 

– ¡Sulivan! No soy gilipollas. Sé que sigues metido en esa mierda de los McGregor. Te estás metiendo en un lío demasiado gordo. Russell estuvo pidiendo archivos del caso- miedo. Acojone pleno. Un revólver apareciendo de la nada en la mano de Patterson, apuntándote de lleno en la cara-. Y, casualidades de la vida, aparece muerto de la noche a la mañana. ¿Crees que me chupo el dedo? 

Intento de tragar saliva fallido. Sudor en las manos. Patterson fuera de sí, como un animal malherido dispuesto a morir matando. Temblor en tu mentón. Pupilas dilatadas. Respiración entrecortada. . 

– Patterson, no sé nada. Lo juro por Dios. 

– No metas a Dios en esto- el cañón firme y amenazador, fijo en ti-. Te lo voy a preguntar solo una vez más. ¿Qué sabes de la muerte de Russell? 

– Nada. 

– Sulivan, no juegues conmigo- el dedo presionando levemente el gatillo. El percutor haciendo un movimiento a cámara lenta hacia atrás. El tambor girando- ¡Qué tienes que ver con la muerte del agente Russell? 

– Nada. 

El dedo terminando su mortal recorrido. Tú, cerrando los ojos con fuerza. Clic. Tus esfínteres vaciándose por completo. Un charco caliente de orina en el suelo. Temblores. Patterson poniéndose en pie. Tú, abriendo los ojos aterrado al escuchar el arrastrar de la silla. 

– Está bien, Sulivan. Te creo- el arma volviendo a desaparecer como Houdini en mitad de una función-. Seguiré investigando. Volveremos a vernos, y, tal vez, quién sabe, la próxima vez quizá venga con balas. 

Un suspiro de alivio. Patterson largándose a toda velocidad. La puerta cerrándose con fuerza. El nerviosismo dando paso al llanto. A la mierda la abstinencia. La necesidad de beber adueñándose de ti como el napalm de los campesinos vietnamitas que estaban en el lugar equivocado en el momento menos oportuno, aunque las cámaras de la NBC y demás plumillas deberían haberles servido de advertencia. Es hora de salir a la calle y ahogar el miedo en un bálsamo etílico. 

Segunda entrega. 

Dos días más tarde. La ginebra te ha dado ardor de estómago. Sientes náuseas cada vez que eructas. La puerta vuelve a abrirse. Entra O´Connor. Te mira desde la entrada. Parece abatido. Cansado. Se acerca hasta la mesa, despacio. Las manos metidas en los bolsillos. Las mirada fija en el suelo. 

– Cuéntame, chico- dices, arrastrando las palabras. Te sientes jovial, el alcohol ha trasformado el miedo en ganas de diversión. En beber hasta perder el conocimiento o morir apuñalado en una refriega en la puerta de algún tugurio, lo que llegue antes-. ¿Qué has descubierto? 

– ¿Has vuelto a beber?- pregunta, sin atreverse a mirarte. 

Te sientes insultado por ese mocoso. ¿Quién coño es ese yonqui para meterse en tus cosas? Sí. Has vuelto a beber. Y ¿qué? ¿Qué problema hay? Llevabas demasiadas semanas sin empinar el codo. Todo superado. Nada de remordimientos ni voces dándote ánimos a volver a hacerlo una última vez. Una última copa de despedida ni gilipolleces por el estilo. Has vuelto a beber porque lo necesitabas. Él no sabe nada; ni puta falta que le hace. 

– Ya veo- dice en plan insolente-. Sí, has vuelto a beber. 

Sientes ganas de levantarte y cruzarle la cara, antes de ponerle de patitas en la calle. De vuelta al arroyo del que le sacaste mientras nadaba entre la mierda y ni se ha molestado en agradecértelo. 

Pero te contienes. Tu nivel de alcohol en sangre aún no es tan alto como para volver a convertirte en la bestia furiosa y sádica que fuiste en el pasado. Aún no. Apoyas las manos en el tablero de la mesa y le miras. Sus pómulos carcomidos por la intemperie y las ojeras que rodean sus ojos hacen despertar en ti algo parecido a la lástima. Quizá él también pasara por algo traumático que le llevara de cabeza a la droga, piensas. 

– Sí, O´Connor. He vuelto a beber- dices al fin, ruborizándote como un colegial al que regañan por sus malas notas-. Ya lo he dicho, ¿contento? 

– No, Dax. No. El alcohol… 

– Métete en tus cosas, muchacho. Dime lo que quiero oír. ¿Qué has descubierto? La última vez no me contaste gran cosa, así que hoy te toca trabajar gratis. 

Sus ojos brillan de una manera extraña. No estás en condiciones de interpretar mensajes ocultos en la mirada de un drogadicto que no llega a los veinte años y que habrá muerto antes de llegar a los veinticinco. Se relame como una serpiente y sonríe, al fin Su preocupación parece esfumarse. Abre la boca. Sus dientes, blancos como lo cocaína, resaltan entre la capa de mierda que lleva adherida al rostro como una  mortaja en un cadáver aún caliente. Porque eso es lo que es Edward O´Connor: un jodido cadáver andante. 

– Está bien, Dax- dice con voz cansada-. He estado preguntando. He tenido que pedir favores. He sobornado a unos cuantos… 

– Abrevia, chico- al parecer,la ginebra además de ardor de estómago, ha traído consigo la mala hostia y la poca paciencia de otros tiempos. 

– De acuerdo. La respuesta es sí. Hay un local muy turbio en Bel Air que lo llevan dos marineros. Antes lo llevaba un tío que desapareció- hace un elocuente gesto con el pulgar a la altura del gaznate-. Nadie sabe nada de él, de qué le pudo pasar ni dónde puede estar. Pero eso no importa mucho. Allí dentro venden una hierba muy potente que al parecer les pasan unos polis corruptos. La incautan, la cortan y se la entregan para que la distribuya. 

– Nombres, ¿tienes algún nombre? 

– No. Nadie sabe, o dice no saber, quiénes son los pasmas que están en el ajo. Les sirven dos veces al mes. Recogen la pasta, hacen la entrega y se largan. 

– ¿Cuándo fue la última entrega? 

– ¡Joder, Dax! Yo qué sé. La gente a la que he estado preguntando no lleva un calendario encima. Bastante tienen con distinguir el día de la noche. 

Bajas las revoluciones. Enfadándote no vas a llegar a ningún lado. 

– ¿Sabes qué tipo de gente va a ese local? 

– De todo. Policías. Actores y actrices. Deportistas. Putas de lujo. Chaperos de altos vuelos. La misma mierda con la que nos codeamos en este lado de la ciudad, pero con pasta. 

– Perfecto, O´Connor. Buen trabajo. 

Tu cabeza empieza a librarse del entumecimiento alcohólico. Dos entregas al mes. Las plantas de McGregor floreciendo. Listas para ser recolectadas. El tiempo es oro, o, en este caso, resina. ¿Una visita al jefe? ¿Bajo qué pretexto? No. Imposible. Hay que ir con tiento. Has leído el diario de Willy. Saben que estás al tanto de los negocios con la poli. Eso no tendría por qué ponerlos nerviosos, pero la muerte de Russell sí. 

Patterson. 

Mierda. Sus amenazas te hacen tragar saliva. 

Enciendes un cigarrillo. Necesitas pensar. Te estás desviando del asunto. Willy McGregor desapareció. Te pagan por encontrarle, no por jugar a los héroes y desmantelar una organización de polis corruptos que se ganan un sobresueldo vendiendo mierda. 

Das una calada. O´Connor sigue allí, a la espera de recibir órdenes. Le indicas con un gesto que se marche. Necesitas estar solo. Poner en orden tus ideas. El chaval obedece sin rechistar. Cierra al salir. Abres el cajón de la mesa. Sacas la botella de ginebra. Te recuestas en la silla. Bebes a morro. Das una calada. Toses. Las ideas se aclaran. Aún hay un modo de ir a visitar a McGregor sin levantar ningún recelo…

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