Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 21-22-23 y últimos.

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21 

Sin tiempo para pensar. 

Conduces de manera mecánica. Rápido La carretera está prácticamente desierta. Sólo camiones y furgonetas de reparto. No son horas para que ningún coche familiar ande por ahí, lejos del calor del hogar. Las luces de los carteles de las gasolineras pasan como estrellas fugaces a tu lado. El motor ronronea contento. La gasolina rozando mínimos. Te la suda. No hay tiempo para repostar. Demasiada adrenalina en la sangre. Demasiadas ansias homicidas. El poli pardillo de meses atrás, cansado de jugar a los detectives alcohólicos, ha muerto. Ahora eres un hijo de puta peligroso con ganas de venganza. Lo que pueda pasar después es algo que no importa. Lo primero es ajustar cuentas con Patterson. Nada de interrogatorios ni preguntas por Willy McGregor. La decisión ya la has tomado. Es de las pocas certezas que tienes. Descabezar el imperio del cáñamo de la familia McGregor es lo primero. La razón, muy sencilla: se has estado riendo a tu costa. Desconoces el por qué. De hecho, no crees nada de lo que te han contado. La conversación en el despacho del invernadero: puro teatro. La desaparición del hijo pródigo: empiezas a sospechar que un bulo para tenerte entretenido. Pero, ¿a santo de qué? No lo sabes. Tampoco te importa. En el escondite de tu despacho hay pasta esperándote. Es la hora de recoger la basura. Después, los verdes. Una última parada para avisar a la prensa del pastel que se van a encontrar desde un teléfono público. Y desaparecer del mapa. Fin de tus planes. 

Pero lo primero es lo primero. Ir a casa de Patterson. 

Tomas la misma salida que noches atrás cuando jugaste a los sabuesos y los seguimientos en coche. Sientes la boca seca y las manos sudorosas sobre el volante. Estás excitado. A mil. El corazón te late rápido, desbocado. Te has quedado sin tabaco, con las prisas no has tenido tiempo para comprar y eso te jode. Aminoras la marcha. Estás entrando en una zona residencial y no quieres llamar la atención. Bastante la has llamado ya en casa del poli-maltratador con eso de borrarle la cara a balazos. Ahora todo tiene que ir como la seda. Suave. Precisión militar. Entrar. Ajustar cuentas. Salir. Lo único que no te gusta de todo esto es el arma. Un 38 ladra con furia cuando aprietas el gatillo. 

Deberás improvisar. Dejar a Patterson fuera de juego y buscar algo con lo que eliminarle sin hacer ruido. Pretendes que los chicos de la prensa lleguen antes que la pasma para poder hacer bien su trabajo: denunciar que un capitán de la policía estaba metido en temas de drogas hasta las cejas, y si se encuentran con un circo de patrulleros y placas a su llegada, no tendrán demasiado tiempo. Necesitas actuar como un puto comando. 

Sigilo. 

Eliminar el objetivo. 

Sigilo. 

Desaparecer. 

Aparcas cerca de la casa. Antes de bajar miras a tu alrededor. Nada. Desierto. Te acercas a la casa. Hay luz en la parte trasera. Tu respiración suena fatigada. Te pegas a la pared, haciendo memoria. Deduces que debe de estar en la cocina. La otra vez no llegaste a entrar, pero te haces una distribución mental de la vivienda. Planta baja. Entrada. Salón. Cocina. Cuarto de baño y despensa con acceso directo al garaje. Planta superior. Habitaciones. Cuarto de baño. Despacho. La antítesis de la oficina en la que vives en el último piso de un edificio abandonado. La sangre te hierve. La envidia te corroe. Contienes el aliento. Te aplastas contra la fachada, evitando la luz que escapa por la ventana. Escuchas. 

Conversación despreocupada. Al menos tres tíos. Fiesta. Sólo hombres. Nada de una celebración por todo alto con putas de lujo y cocaína como para empolvar el desierto del Mojave hasta que adquiera el color del suelo lunar. Tragas saliva. Cambio de planes. Abres el tambor del revólver. Tres balas. Estás de suerte, pero necesitas ser certero. Cierras los ojos y cuentas mentalmente hasta cinco. 

Uno. 

Dos. 

Tres. Cuatro. Cinco. 

Una patada a la puerta. Saltan astillas y cachos de cristal. Estás dentro. En un mesa, en el medio de la cocina, están Patterson y dos tíos más. Fajos de billetes encima de la mesa. Tres botellines de Budweisser empañados y un cuenco lleno de galletitas saladas. Los miras. Fin de la celebración. 

– ¡Sulivan!- grita Patterson. 

Los dos maromos que están con él hacen ademán de ponerse en pie. Tienen pinta de matones. Sabes de sobra quién les paga la nómina, pero no te importa demasiado. Pum. Pum. Dos tiros. Dos fiambres en el suelo. Sangre manchando el linóleo y dejando los trajes cortados a medida hechos unos zorros. Dos problemas menos. Una única bala con un nombre escrito en la punta: Patterson. 

– ¿Te has vuelto loco, Sulivan?- pregunta, tratando de resultar autoritario, pero el brillo de sus ojos dice lo contrario: tiene miedo. 

Sonríes. Te sientas frente a él, sin dejar de apuntarle. Coges una de las cervezas y das un trago. Tiene un sabor refrescante, frío. Un manjar. Junto a los aperitivos hay un paquete de Winston. 

Coges uno. Lo enciendes con mucha calma y das una calada, bajo la atenta y temerosa mirada de tu presa. Es tu recompensa. Hora del placer y el deleite antes de acabar el trabajo. Patterson trata de guardar la compostura, pero el cañón del 38 señalándole como un dedo acusador se lo pone bastante difícil. 

– Game Over, Patterson- dices despacio, con tintes de película en la que ganan los buenos. 

– No tengo nada que ver con lo de Willy McGregor, Sulivan. Pero puedo serte de ayuda para dar con él. No seas tonto. Esto no te interesa. Lleguemos a un acuerdo. 

Conoces el papel que se está marcando. Poli negociador. El criminal muerde el anzuelo. Expone sus exigencias. Pasta. Un coche con gasolina para llegar a la frontera. El rehén acompañándole en todo momento. La pasma accede, complaciéndole en todo momento. Huida. Un depósito con azúcar en el depósito. Un coche que se para en mitad de la nada. Los federales apareciendo. Asunto resuelto, una noche más en la que los carroñeros del desierto cenan caliente. 

– No sigas por ahí, Patterson. Conozco el juego. 

– Sulivan, ¿qué vas a hacer? Puedo meterte en el negocio. ¿Qué quieres?- pregunta, mirando de manera elocuente los fajos de billetes. 

Das otro trago a la cerveza. No le pierdes de vista. Sabes que desviar la mirada unos segundos puede ser un error imperdonable. 

– Buen intento, Patterson. 

Una última calada. La colilla se ahoga dentro del botellín de cerveza soltando un inquietante siseo. Una gran idea para evitar que la tentación te joda la fiesta. 

– No he venido por Willy McGregor. Me importa una mierda dónde esté el maricón ese. Andará por San Francisco chupando pollas o fumándose la hierba de su padre. He venido por otra razón…

Dejas que las palabras floten en el aire. Patterson se pone blanco, tratando de completar en silencio la frase que tú no has terminado. 

– Sulivan, escucha- suplica. Es patético-. Estás muy equivocado. En todo esto hay gato encerrado. Aquí, nadie es lo que parece. Créeme. Todos estamos metidos en esta mierda, pero tú estás a tiempo de huir. Coge la pasta y lárgate. En el garaje tengo varios coches con el depósito lleno. Llévate el que quieras y desaparece del mapa. Estás a tiempo. 

Por la manera en que respira y te mira, empiezas a sospechar que dice la verdad. «Aquí, nadie es lo que parece». ¿Cuántas veces has escuchado esa cantinela? Joe. El misterioso tipo del aparcamiento. Patterson. Tres personas distintas diciendo exactamente lo mismo. La curiosidad empieza a cavar la tumba del gato. 

A la mierda. Te pones en pie y te acercas a él, empuñando con fuerza el revólver. 

«Aquí nadie es lo que parece». 

Esas cinco palabras resultan inquietantes, pero las ignoras. No son más que un bulo. Una puta coincidencia. Una maniobra para desconcertarte. En el piso de arriba se escuchan ruidos. Mierda. Patterson no está solo. Te sonríe como si estuviera leyéndote el pensamiento. Hace gestos a alguien que parece estar a tus espaldas. 

¡Mentira! Estáis solos. Sólo trata de despistarte. ¡Eso es! Un truco de poli viejo que aprovecha unas cañerías que suenan en la noche. Casi caes en la trampa. Ahora eres tú el que sonríe. 

No se deja impresionar por tus dotes deductivas y sigue enarcando las cejas, mandando mensajes telepáticos a la nada. A lo lejos escuchas una sirena. Nueva sonrisa enigmática de Patterson. Lo interpretas como un mala suerte vaquero, te pilló el toro. Los cowboys ya están en camino. ¿Qué vas a hacer ahora? 

El cañón del 38 responde por ti. Pum. Un balazo en el pecho. Te mira con los ojos abiertos y el gesto desencajado. Se lleva las manos a la herida. Se palpa entre jadeos. La sangre chorrea entre sus dedos. Los labios le tiemblan, como si fuera a decir algo. No le da tiempo. Cae de rodillas y aterriza con la cara entre las piernas de uno de los fiambres. Una escena única y sensual para que el Los Ángeles Times abra mañana su edición matinal. 

Te enciendes otro cigarro. Te lo has ganado, el descanso del guerrero. Pronto todo habrá acabado. Te guardas el paquete y suspiras satisfecho. Das una calada larga, paladeando el alquitrán que fluye por tu boca. El aire empieza a oler a pólvora y tabaco negro. Extrañado miras lo que estás fumando: Winston. Detrás de ti oyes una carcajada. Tragas saliva y te giras despacio, con el 38 apuntando. Sabes que está descargado, pero tal vez pueda servirte de algo. Frente a ti aparece el matón con pinta de boxeador retirado. Tiene los ojos inyectados en sangre. Va muy puesto. Demasiado como para pararse a comprender que un 38 apuntándole a las pelotas puede resultar letal. Deja caer el cigarro. Estás metido en un marrón muy serio, y no crees que el jugar a los negociadores te vaya a servir de mucho. 

No te da tiempo ni a intentarlo. Sin mediar palabra te agarra de la nuca y tira hacia abajo, en dirección a su rodilla. Un chasquido te dice que te acabas de convertir en un socio honorífico del clan de los tabiques nasales torcidos. Duele. La sangre te ahoga. Te empuja, separándose de ti. Te sientes mareado. Tus ojos se han convertido en lagunas inundadas de lágrimas. Escupes sangre. Tratas de mantener el equilibrio, apoyándote en la mesa. No te da tiempo a más. 

Pum. Pum. Dos puñetazos letales y afilados como dagas impactan en tu cara. El primero al mentón. Tus dientes chocan entre sí, tintineando como copas en un brindis. Clin-clin. El segundo, derecho a la sien izquierda. Los oídos te zumban unos segundos. Después, todo se vuelve turbio. Confuso. Caes al suelo. Le ves sonreír. Tu cuerpo pesa, como si estuviera lastrado con cemento. Tratas de ponerte en pie. Misión imposible. Estás K.O. Sólo falta un puto árbitro con una camisa a franjas negras y grises haciendo la cuenta hasta diez entre el ensordecedor griterío de la multitud extasiada por la paliza que acabas de comerte. El zumbido aumenta. Sientes como si tus tímpanos fueran un cadáver a medio consumir por un enjambre furioso de moscas. Empiezas a ver destellos fosforescentes. 

Pestañeas. Las cosas empeoran. Sabes lo que está por venir… 

… y así es. Pierdes el conocimiento, desmadejándote como una lánguida heroína de novela victoriana. 

22 

De vuelta al presente. 

Fred McGregor está sentado en su silla plegable, con los pies apoyados en la nevera portátil. A su alrededor, varios botellines de cerveza vacíos. Sus matones están tomándose un descanso. Te han sacudido de lo lindo, empleándose a fondo frente al patrón y al parecer han hecho un buen trabajo. Te duele todo el cuerpo. Has escupido dientes y sangre, y una extraña punzada de dolor en el costado derecho te hace pensar que la cirrosis ya no representa un peligro para tu hígado. 

– A ver si lo entiendo- dice McGregor encendiéndose un puro-. Yo te pagaba por encontrar a mi hijo, ¿no?- asientes de manera mecánica- No por descabezar mis negocios. Hay algo que me he perdido, Dax. ¿Podrías ser tan amable de explicármelo? 

Escupes un nuevo cuajarón de sangre en su dirección. Uno de sus chicos hace ademán de explicarte que no está bien lo que has hecho. McGregor levanta una mano, invitando a la calma. El perro de presa te fulmina con la mirada y vuelve a hablar con su compañero. 

Hace calor. La arena del desierto se te pega a la piel y a las heridas. Escuece. McGregor repite la pregunta. Guardas silencio. Prefieres emplear esos segundos en tratar de respirar y saborear el delicioso cóctel de piezas dentales y hemoglobina que inunda tu boca. 

– Dax, no seas maleducado. Explícamelo, por favor- ironiza, como si estuviera tratando de aleccionar a un hijo desobediente-. En serio. ¿Me expliqué mal? Creo recordar que te encargué que encontraras a mi hijo, no que acabaras con Patterson. 

Tratas de mandarle a la mierda, pero tu lengua no se acomoda al nuevo espacio que tiene y sólo emites gorgoritos. En el horizonte un coche se acerca a toda velocidad hacia vosotros, levantando una tempestad de polvo a su paso. 

Alzas una mano, pidiendo tiempo. McGregor se acomoda en su asiento y da una calada, como diciendo: tranquilo, tenemos todo el tiempo del mundo. La sombra de un buitre repta a vuestro alrededor. Parece tener hambre. Tratas de encontrar la manera de salvar el pescuezo, ¿pero cómo? 

– Me dijiste que Patterson no estaba en el negocio- dices, tratando de vocalizar correctamente pese al dolor-. Investigué. Llegué a él y no colaboró. 

– Ya. Y quieres que me crea eso. ¿Quién te pagaba, Dax? 

Silencio. 

Una suave brisa barre el desierto. A tu lado unos matorrales se mueven de manera inquietante. Empiezas a ser consciente de que cada segundo que sigues respirando es tiempo regalado por McGregor y su gente. Un acto de clemencia por los servicios prestados y esas cosas.

– Nadie. Investigué. Encontré que Patterson investigó la desaparición pero en el informe policial habían escrito un nombre encima… 

– ¿Informe policial? ¡Chicos! ¿Qué os parece? El agente Walter Sulivan vuelve a ejercer. 

Carcajadas. Aprietas las mandíbulas. Las encías te recuerdan que no hay nada que apretar ente sí. Dolor. Escupes otra vez. 

– Sigue, por favor. Sigue- se disculpa-. ¿Quién te facilitó esa información? 

El coche que veías ha desaparecido, pero el aire te trae el ruido de su motor. 

– Un tío de archivos. Russell. 

– ¿El que apareció muerto con una revista gay encima? 

– El mismo. Lo maté. Se pasó de listo- respondes entrecerrando los ojos. 

– Entiendo… 

Te pasas la lengua por los labios. Saben a sudor y arena. Abres y cierras las manos. Las cuerdas que atan tus muñecas a la espalda te están haciendo heridas. 

– Sigue, Dax. Sigue. Está charla está resultando muy instructiva. 

– Patterson no colaboró. Se metió donde no le llamaban. Me amenazó. Si quería seguir investigando, tenía que hacerle desaparecer. 

– Y por eso le mataste, ¿verdad?- pregunta, poniéndose en pie. 

– Tengo un pronto muy malo. 

McGregor te abofetea. El cuello te cruje. Parpadeas aturdido. Sientes el ojo derecho inflamado. Un edema de tamaño descomunal hace que pestañear se convierta en una odisea. 

– No te hagas el gracioso, Dax. No te conviene. 

– ¡Jefe!- grita uno de los matones- Si hay que meterle en cintura, ningún problema. Para eso estamos. 

El aludido rechaza el ofrecimiento. Al parecer eres su trofeo de caza y no quiere compartirte con nadie. 

– Pronto todo habrá acabado. Lo que sufras o dejes de sufrir va de tu cuenta. Colaboras y todo será rápido e indoloro- hace una pausa para dar otra chupada. Sus mejillas se hunden mientras succiona-. Te sigues haciendo el gracioso, mis chicos volverán a trabajarte un poco el cuerpo. Tú eliges. ¿Colaboras o te haces el tío duro? 

– Colaboro- dices, bajando la mirada. 

– ¡Perfecto! Volvamos a empezar. ¿Por qué mataste a Patterson? ¿Quién te lo encargó? 

Empiezas a sospechar que, efectivamente, aquí nadie es lo que parece. En toda esta mierda, desde el principio, ha habido demasiados intereses ocultos. Patterson. McGregor. Los tíos del aparcamiento… y tú en medio, como un puto pardillo jugando a ser el azote del crimen. 

– No me lo encargó nadie. Lo maté porque estaba interfiriendo en mi trabajo. 

Bofetón. Tus cervicales vuelven a sonar como bisagras mal engrasadas. Un latigazo de dolor sacude tu espalda, hablándote de músculos de los que no tenías conocimiento. 

– ¡Mientes!- exclama, gesticulando de manera excesiva. Al parecer, está perdiendo el aplomo y el control del que siempre ha hecho gala. El mafioso sádico que lleva dentro está empezando a despertarse. 

El recuerdo del diario de Willy McGregor sacude tu memoria con violencia. Era un sádico hijo de puta. Empiezas a sospechar que esa mierda pueda tener una carga genética que la haga hereditaria. 

El buitre que revoloteaba a vuestro alrededor tiene compañía. Parece que la fiesta de fiambre caliente está apunto de empezar y temen que el aforo se complete y no pillen tajada. 

– Dax, estoy perdiendo la paciencia. No te aconsejo llevarme a esos extremos. Colabora y todo acabará pronto. 

A medida que habla saca el cortapuros del pantalón del traje y te lo enseña, con una sonrisa amenazadora en la cara. Tragas saliva, o más bien lo intentas. Misión imposible. El ruido de un coche acercándose interrumpe la escena. Suspira. No sabes si aliviado o temeroso de lo que esté por pasar. 

– Llega tarde, para variar- protesta. 

– Jefe, no se lo tenga en cuenta. Lo mismo había atasco- bromea el matón que se había ofrecido a arrancarte las palabras a golpes. 

McGregor le fulmina con la mirada. El chistoso deja sus dotes humorísticas para otro momento, a fin de cuentas le pagan por dar palizas, no por hacer reír al personal. 

El coche se detiene. El corazón te da un vuelco. Ahora sí que te falta el aire. Te sientes como si hubieras estado en la puerta del purgatorio y al fin se abriera para dejarte pasar y disfrutar de una esmerada sesión de torturas eternas. 

No puede ser, piensas. Joder, no puede ser. 

Pero sí. Sí puede ser y así es. El coche que acaba de detenerse frente a vosotros es el que O´Connor consiguió para tus labores de seguimiento. Todo da vueltas a tu alrededor, como si estuvieras borracho o te acabaras de despertar en un descampado deshidratado. Te sientes el blanco de una broma macabra, o, peor aún, el chivo expiatorio al que todo el mundo acude para ajustar cuentas con su pasado. 

La puerta se abre. Baja O´Connor. No parece él, es clavado al tío de la foto que te pasaron con el dossier. No queda ni rastro de la mugre que le cubría el cuerpo. Se ha cortado el pelo y el color de sus ojos ha cambiado. Al parecer, el bulo de Holywood de que Stephen Boyd había usado lentillas de colores en la película de Ben-Hur eran ciertos. Es increíble lo que la ciencia avanza, piensas, tratando de desviar de tu mente los oscuros presagios que se ciernen sobre ella. 

– ¡Llegas tarde!- le grita McGregor. 

– Lo siento. No he podido venir antes- responde, desafiante, antes de mirarte y esbozar una sonrisa cansada-. Dax, veo que ya has hablado con papá. Siento no haber podido llegar antes, aunque no habría servido de nada. 

¿Papá? ¿Qué coño está pasando aquí? 

– Un poco más Willy, y te encuentras a este hijo de puta tieso- dice el matón humorista. 

Al parecer, O´Connor-Willy McGregor tampoco valora su sentido del humor. Le mira fijamente y se acaricia el mentón con aire pensativo. 

– Si eso hubiera pasado, el siguiente habrías sido tú. Acordamos que aguantaría un día, y no cumplir lo acordado significa lo que significa y lo sabes. 

¿Un día? ¿Cuánto tiempo has estado inconsciente? Un sudor frío te recorre la espalda. Lo último que recuerdas es disparar contra Patterson y la paliza que te dio el matón con pinta de boxeador. 

– Tranquilo, Dax. Hay tiempo de sobra para que entiendas todo. Sólo te pido que me concedas un par de minutos. Hay una cosa que tengo que arreglar antes- dice dirigiéndose al coche. 

Estás flipando como un hippie puesto de LSD hasta las cejas. O´Connor asiente de espaldas a ti. La parte trasera del coche se abre. Aparece un tío con una recortada. Sin mediar palabra vacía los dos cañones contra los matones de McGregor. Donde antes había posturitas y músculos, ahora no hay más que huesos astillados y vísceras ensangrentadas brillando al sol. 

McGregor padre mira a su hijo con ojos abiertos como platos, está temblando. Levanta las manos como si fuera a rezar a un Dios que parece haberle condenado. 

– No. No. Puedo explicártelo Willy. Puedo explicártelo, de verdad…- balbucea. 

Pum. O´Connor-Willy Mcgregor lo deja tieso de un disparo en la frente. Deja caer el arma al suelo e indica al misterioso acompañante que se meta en el coche, argumentando un escueto: tengo que hablar con él. El otro asiente y desaparece. 

Una vez a solas, tu salvador se acerca a ti y te quita las cuerdas de las muñecas. 

– Ahora sí podemos hablar, Dax. Hay bastantes cosas que creo que debes saber… 

23 

-Lamento toda esta mierda- dice, mirándote con lástima-. No tenía previsto que todo acabara así. 

Estás perplejo. No sabes qué coño está pasando ni lo que puede pasar. Matarías por un cigarro, un vaso de ginebra y algún alma caritativa que se tomara la molestia de explicarte de qué va todo esto. Pero parece que no te encuentras en una situación como para andar pidiendo exquisiteces. Bastante tienes con que acabe todo el teatro que está montando el pequeño McGregor y y que te acerque al hospital. 

– De verdad, Dax. Te debo una explicación. Siento lo que he hecho. Me siento culpable- abre la nevera y saca dos cervezas. Las abre y te ofrece una. Te duelen las manos al cogerla y la mandíbula al tratar de beber. Tragas una mezcla de bebida, arena y sangre, pero le agradeces el detalle con un gesto-. ¿Quieres un cigarro? 

Te sientes la reina del baile. Has pasado de ser el candidato perfecto para ofrecerte como menú all you can eat a las alimañas del desierto a que satisfagan tus deseos. 

– Toma- dice, acercándote un Marlboro. 

Él mismo te lo enciende. El pulso le tiembla levemente. Está nervioso. Omites ese detalle. Acaba de liquidar a su padre, si no tuviera ninguna afección sentimental eso sí sería para preocuparse. Te invita a sentarte en la silla plegable de Fred McGregor. Aceptas. Andar es un jodida odisea. 

– Bien. Te debo una explicación, y aquí la tienes- anuncia colocándose frente a ti una vez que te has sentado-. Todo esto ha sido un mal entendido. Quiero que lo sepas. 

– ¿A qué te refieres?- preguntas tras dar una calada, algo incompatible con la cara como la tienes. Cada intento de fumar se traduce en lo mismo: dolor en las encías y la mandíbula. 

– ¿Has leído mis diarios? 

Asientes: sí. 

– Bien. Eso facilita algo las cosas. Sólo espero que no me consideres un monstruo por lo que escribí- ironiza-. Aunque tampoco me preocupa demasiado. Soy como soy. Unos bebéis, otros torturamos por hobby. Además, no estoy aquí para que me juzgues por mis perversiones- mira de reojo al coche-. Como sabes, yo me metí en el negocio de mi padre. Había mucho dinero en juego y supe ganarme a las personas que podían ayudarme de verdad. El problema en este mundo de la hierba y la droga siempre ha sido el mismo: la poli. Así que ¿qué mejor manera de cubrirse las espaldas que teniéndolos en nómina? 

– Patterson… 

– Exactamente. Era un hijo de puta corrupto y ambicioso. No me costó mucho que aceptara. Conocía demasiados secretos suyos como para que se negara. Y una vez que lo hizo y olió la pasta, él mismo se encargó de encontrar a la gente necesaria para poder hacerlo a lo grande. Cortar la marihuana con mierdas más adictivas y potentes procedentes del depósito de pruebas. 

Frunces el ceño. Dolor. Una mueca extraña en tu cara. Te imaginas a ti mismo como la versión contemporánea del hombre elefante. 

– ¿Te suena de algo Made in Japan?- abres la boca desconcertado. O´Connor lo toma por un sí- Pues ahí tienes uno de sus principales secretos. Era un pervertido. Un viejo adicto a las pollas jóvenes que vivía obsesionado con las sesiones de sexo grupales. Ése era su talón de Aquiles y lo exploté al máximo. Me gustan el vicio y el salirme siempre con la mía. Patterson era el hombre y yo desplegué todo mi encanto- dice, ensayando una seductora caída de párpados. 

No das crédito a lo que estás escuchando. Te sientes incómodo. El dolor en el costado derecho sigue matándote. Tiras la colilla al suelo. Das un trago y te acomodas en el asiento dispuesto a seguir con el monólogo de O´Connor. 

– Como era de esperar, papá no se tomó muy bien mi intromisión en sus negocios. Quería que estudiara. Que fuera a la universidad. Que me hiciera un hombre de provecho. ¡Qué poco me conocía! Siempre he preferido ser sumiso, adquirir un papel pasivo- se ríe de su propio chiste-. No me dejó otra alternativa que hacerle entrar en razón. ¿Cómo? Sencillo. Avisar a Patterson de cuándo y dónde iban a entregar los chicos de papá la hierba. Él la confiscaba. Entre los dos la vendíamos y el viejo perdía dinero. Hasta que acabó por comprender que las reglas del juego habían cambiado. Selección natural, ya sabes. Adaptarse o morir. Le hice un ofrecimiento. Aceptó. Las cosas iban sobre ruedas. Phill, mi chico- aclara mirando hacia el coche con ojos enamorados-, me propuso hacerlo a lo grande. 

– Un momento. ¿Phill? Tu padre me dijo que… 

– Sí. Que le habían matado cuando yo desaparecí. Y también te dijeron que yo había muerto, ¿no? 

«Aquí nadie es lo que parece» dice una voz en tu interior. 

– Y eso hicimos. Mi padre y Phill no se conocían. Nunca aceptó mis ligues y mi vida lujuriosa, así que él mismo me lo dejó en bandeja. Me lo monté con un pipiolo que era poeta, o eso decía, y me dejé ver varias veces con él por El Apolo y El Andros. Después cogí un cargamento gordo, de los más grandes. Me monté en el coche y desaparecí del mapa con Phill. Como era de esperar, el viejo montó en cólera. Empezó a investigar y a hacer preguntas. Dio con el supuesto Phill y mandó que le interrogaran. Y esos dos- aclara, señalando los cadáveres de los matones- se encargaron de ello. No obtuvieron nada y le dieron pasaporte. Habló con Patterson. Él sí sabía dónde estaba. Calló. Pero se pasó de listo. Empezó a hacer demasiadas insinuaciones para dejar algo claro: su silencio no era gratis. Hasta que la mercancía se acabó. Ahí no podíamos hacer nada. Papá se quedó con el negocio y Phill y yo tuvimos que desaparecer oficialmente. 

Hace una pausa para dar un trago, debe tener la boca seca. Se limpia el sudor de la frente con un pañuelo que guarda en una manga de la americana. Tú aprovechas el silencio para hacer la pregunta que oprime el pecho como un infarto. 

– ¿Qué pinto yo en todo esto? 

O´Connor sonríe de una manera enigmática, encogiéndose de hombros. 

– Papá seguía presionando a Patterson. Éste dijo que no podía hacer más. Que había desaparecido sin dejar rastro. No podía seguir investigando sin levantar sospechas, así que se limitó  dejar que fuera el nombre de uno de sus súbditos el que apareciera en el informe oficial y le habló de ti, diciéndole que tú sí que podrías dar conmigo. Que en su momento fuiste un poli ejemplar y esas mierdas para quitarse el marrón de encima. Papá le creyó. Te contrató y te dio el dossier que Patterson le había dado. Como ves, soy más guapo en persona que en la foto, ¿verdad?- pregunta con falsa vanidad-. Por aquel entonces Phill y yo estábamos pasándolo francamente mal. Vivíamos en la calle. Patterson me contó que el viejo había contratado a un sabueso para que diera conmigo y decidí dar un paso más y saber cuánto tenías. Intenté entrar en tu oficina con un yonqui que no conocía, pero al decirle que ahí dentro había caballo como para montar un hipódromo de jeringuillas no hizo demasiadas preguntas. Y así fue como nos conocimos tú y yo, encanto. 

Tragas salivas. Debes reconocer que las piezas del puzzle empiezan a encajar como fichas de dominó cayendo en fila: clac-clac. Todo resulta jodidamente retorcido, pero magistral. 

– Entonces… Tu muerte… Joe…- balbuceas como si acabaran de sacudirte de nuevo. 

– Joe sabía perfectamente quién era yo. Pero le convenía callar. El imperio de mi padre iba a caer en cuestión de tiempo y él sabía que le convenía cerrar la boca. 

– Por eso sus consejos, ¿no? 

– ¡Exacto! Trató de apartarte de toda esta mierda, pero eres demasiado terco, Dax. 

– ¿Y tu supuesta muerte? 

– Mi padre estaba hecho una furia. Seguía sin saber dónde estaba, y Patterson empezaba a ir por libre con alguno de sus chicos. Vamos, que había perdido un hijo y un topo amenazaba con quitarle además el pastel. Cada vez le confiscaban más cargamentos que no iban destinados para los chicos de la comisaría y además no le pagaban lo acordado. Pero Patterson era inteligente. Nunca estaba delante. Mandaba a otros. Cuando iba a haber una entrega o un vuelco imprevisto, él estaba con mi padre y negaba cualquier vinculación con nada de lo que pasaba. Dejó caer, como quien no quería la cosa, que tal vez yo estuviera fiambre y quien me había eliminado era quien estaba detrás del resto de sus desgracias. El anzuelo estaba lanzado- da un trago y tira el casco vacío contra el cuerpo de su padre-, y picó. Patterson me necesitaba. Yo conocía personalmente a los clientes más exclusivos. Los que compran hierba en cantidades industriales. Si yo volvía a casa, él perdía dinero. Me convenció a medias, había que hacerle sospechar que alguien andaba preguntando por él en los bajos fondos y dejar que sacara sus propias conclusiones. Así que cogimos a un chaval de mi edad y él se encargó del interrogatorio delante de mi padre. El desgraciado negó todo. Conocerte. Llamarse O´Connor. Vamos, lo que ya sabes. Pero el problema una vez más volvió a ser la codicia de Patterson. Quería más. Y no me quedaba otra opción que volver a casa. De hecho, la vez que encañonaste al gorila de la puerta, casi me encuentras allí aconsejando al viejo sobre cultivos hidropónicos. 

– Entonces, si os reconciliasteis, ¿por qué seguir con la farsa? 

– Sencillo. Patterson no sabía que había vuelto a casa. Por eso dejó correr el bulo de que el fiambre que habíamos dejado tras el supuesto interrogatorio era el mío. Entonces fue cuando el viejo se dio cuenta de todo el pastel. Era necesario que todo siguiera como hasta ese momento, un tiempo al menos. Tú, investigando. Yo, «desaparecido» y escribiendo un diario digno de una mente enferma, hasta que llegara el momento de ajustar cuentas. Lo único que necesitábamos era encontrar un sustituto. 

– Y estoy aquí por eliminarle antes de tiempo, ¿me equivoco? 

O´Connor te mira, divertido y se golpea la sien derecha con dos dedos, como diciendo: chico listo. 

– Efectivamente. Lo quitaste de en medio antes de tiempo y papá se estaba poniendo muy nervioso porque sabías demasiado sobre sus negocios. Por eso, y porque la mentira de que había una banda que se dedicaba a incautar su droga y venderla por su cuenta empezaba a ser cierta. Lo que él no sabía era quién estaba detrás de esa mierda y empezó a obsesionarse con que eras tú. 

– Comprendo. Pero quien estaba realmente al mano de las operaciones paralelas, eras tú. 

El recuerdo del aparcamiento y la cabeza de Bobby volando acude a ti como un perro sumiso. Leal y fiel en el detalle. 

– Efectivamente. ¿Te suena un tal Bobby?- pregunta con ironía, como si acabara de leerte el pensamiento-. Todo estaba preparado desde hacía tiempo. De verdad, no quería meterte en toda esta mierda, Dax. Pero el poli que llevas dentro te puso en una pista que acabó siendo verdadera. Conociste a alguno de mis socios y encontraste el eslabón más débil de la cadena. Nada más. Lamento que acabaras en el hospital y todo eso. Pero bueno, como había que seguir con la farsa, ¿qué mejor manera que la de seguir explotando la historia de las visitas misteriosas? Así te pusimos detrás de una pista con el tema de la revista, ¿lo recuerdas? 

El círculo se cierra. Clac-clac. Las últimas piezas casan. Todo cuadra. Te sientes como un gilipollas estafado por un sistema de venta piramidal o alguna pollada de esas. Un títere en manos de un niñato de dieciocho años. Escupes con rabia. O´Connor te mira, como diciendo: tienes razones para enfadarte. Desahógate. 

Una duda acude a ti sin que puedas sofocarla. 

– Y, ¿qué va a ser de mí? 

Tu acompañante se ríe, alzando el mentón al cielo. 

– Nada, Dax. Nada. Esto ha sido un menage a trois al estilo de la costa oeste. Phill y yo nos hemos coronado como los reyes del negocio de papá. Nos hemos quitado de en medio a la competencia. Tú nos has ayudado. Somos socios. No tienes nada que temer. 

Suspiras aliviado. O´Connor hace un gesto al coche. El tal Phill baja. Se besan entre arrumacos. Se meten en el coche de McGregor padre y arrancan. 

– Cuando estés en condiciones de irte de aquí- dice, sacando la cabeza por la ventanilla-. Las llaves están puestas. Coge el Chevy y vete. Eres libre. Te lo has ganado. 

Les ves desaparecer en el horizonte. Hay algo que no te cuadra. No eres un especialista en perversiones ni nada de eso, pero menage a trois te suena a algo así como juego para tres. Sólo te ha contando dos, Patterson y Fred McGregror. Falta uno. Te montas en el coche. ¿Quién puede ser? ¿Russell? La idea sigue en tu cabeza, aunque no te obsesionas demasiado. Tu prioridad es ir a un hospital e inventar algo creíble sobre tu lamentable estado. 

Acaricias las llaves. Giras el contacto. El motor ronronea. Es un sonido cálido, familiar. Pisas el acelerador y entonces, una fuerte sacudida precede a una bola de fuego que te abrasa las pelotas antes de que el coche salte por los aires. 

Clac. Los muertos no hablan.

El tercer invitado a la fiesta de William Junior McGregor eras tú, aunque tal vez tampoco tenga demasiado relevancia para ti, que en estos momentos disfrutas de una panorámica aérea digna del proyecto Mercury, antes de caer y que tu cuerpo sea braseado al estilo del desierto antes de servir de cena y almuerzo a los carroñeros que no pierden detalle de tu vuelo estratosférico deseosos de hincarte el diente. 

Abril 2015. 

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