Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 3-4

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MENAGE A TROIS ESTILO COSTA OESTE, IGNACIO BARROSO BENAVENTE.

                                            3 

Te despiertas acurrucado sobre la mesa y con resaca. Tu espalda es un nido de contracturas y músculos entumecidos. Te incorporas con esfuerzo. Tus vértebras crujen. Sientes la boca seca y pastosa. A tu alrededor la misma mierda de siempre. La luz de neón hace horas que se extinguió, dando paso a un nuevo día. El cielo está nublado. Negro. Te pones en pie y descubres que aún estás algo borracho. Andas a tientas. Recoges la gabardina y el sombrero del suelo. Les quitas el polvo de un manotazo y te preparas para salir de tu guarida. 

En el hueco de la escalera, más de lo mismo. Soledad. Oscuridad. Olor a orina y fluidos corporales varios. Bajas las escaleras con la mano apoyada en la pared y alumbrándote con el mechero. En los descansillos duermen grupos de yonquis con el mono y un par de putas desdentadas hablan entre ellas de sus época dorada. 

– Encanto, te la chupo por un chute- dice una de ellas al verte aparecer. 

La miras. Ella interpreta tu atención como las dudas de un posible cliente potencial. Te sonríe. Sus encías supuran sangre que resalta en su rostro pálido y frágil. Sigues tu camino evitando que el brazo que ha levantado en tu dirección llegue a tocarte. 

– Encanto, no me hagas esto- grita desesperada-. Por medio gramo te dejo que me hagas lo que quieras. ¡Lo que quieras! 

Sus voces quedan atrás en la escalera cuando sales a la calle. El ambiente está cargado de humedad y electricidad estática. Más indigentes y excombatientes que con las prisas de salir de Vietnam se dejaron las piernas en un arrozal, aparecen diseminados por la acera en pose mendicante. Un par de homosexuales bajan de un coche con andares de cowboy. Respiras hondo. En el aire flota un desagradable olor a podrido. Te enciendes un cigarro y caminas hacia el bar de la esquina sintiéndote el último superviviente de una civilización borrada del mapa por un dios colérico. 

Entras en el local. Un jodido tugurio abierto 24 horas, aunque no tenga licencia para estar tanto tiempo sin echar el cierre. De día no deja de ser un modesto bar que, como tú mismo y todo cuanto te rodea, conoció tiempos mejores. Un sitio decadente y casi agradable en el que tomar una cerveza o matar el tiempo. Sin embargo, al caer la noche las cosas cambian. Los parroquianos cambian, apareciendo en su lugar una horda de adictos que acuden al baño en grupitos de tres o cuatro para chutarse sin que nadie les moleste; algo de lo que se encarga el dueño del establecimiento a cambio de una sustancial suma de dinero por parte de los camellos que trapichean en los callejones cercanos. 

Pese a todo, es un sitio que te gusta. Has conocido mil sitios de esa calaña y siempre han representado lo mismo para ti: una oportunidad de oro para reclutar confidentes y una fuente de ingresos donde vender las papelinas que los chicos y tú solíais incautar. 

– Buenas, Dax. ¿Qué va a ser?- pregunta Joe, un viejo de rostro arrugado y mirada gélida. Un hijo de puta de los viejos tiempos. Anterior a tu generación de pasma que se hizo de oro en los años 20. Ha llovido mucho desde entonces, pero el muy cabrón ha permanecido a flote mientras que sus compañeros de faena iban desfilando por Sing Sing uno a uno. Primero whisky canadiense en la época de la Ley Seca. Después el tabaco de estraperlo, y ahora la droga. Un auténtico visionario en lo suyo. 

– ¡Qué pasa, Joe! Ponme un café que tengo una resaca de cojones. Necesito despejarme-respondes, tomando asiento en un taburete remendado con esparadrapo. 

– Estoy sin agua en la máquina. ¿Te vale otra cosa? 

– Un whisky doble. 

Te lo sirve mientras te deleitas contemplando el local. Paredes enmohecidas y manchadas de humedad. Cuatro o cinco mesas vacías. Un reloj de propaganda que lleva años detenido en las cinco y diez. El suelo es de baldosas de piedra pulida. Hace treinta años, ese antro debió de ser el no va más en la zona. Pero hoy, no deja ser más que el polvo de un futuro que hace tiempo se convirtió en pasado. 

Das un trago. El alcohol te cae como una patada en el hígado. Tienes que cambiar de costumbres. Enciendes otro cigarrillo. Toses. Joe te mira apoyado en el mostrador de metal. Le ofreces uno. Sonríe. Lo acepta y aclara que la consumición corre por cuenta de la casa. Después, fuma en silencio con la mirada perdida en la calle. 

– ¿Cómo va el negocio, Dax?- pregunta de pronto. 

Tardas en reaccionar. Estabas recordando aquella vez que los chicos y tú os divertisteis secuestrando a un chicano para dejarle desnudo y atado a una farola delante de un colegio. La cosa fue sonada, pero nunca se supo quién fue el responsable. Mickey y Donald se llevaron el secreto a la tumba, y hace tanto tiempo de ello que contarlo ahora no tendría mucha gracia. Nadie lo entendería. Los tiempos cambian y, al parecer, para peor. 

– Tirando. Hace un par de días tuve un encargo- respondes, jugueteando con el paquete de tabaco-. Una mujer infiel. El marido me ayudó con el trabajo de campo. Los pillamos en el asiento trasero de un Buick. Ella acabó en el hospital, el marido en comisaría y la última vez que vi al amante tenía en un agujero de 9 milímetros en mitad del pecho. Se lo habrán comido los buitres o los pieles rojas del Mojave habrán usado su piel para hacerse una alfombra. De todas formas, cobré por adelantado. Si lo dices por el dinero… 

– No, no lo digo por eso Dax. Lo digo por esos dos- aclara, señalando aun par de tíos vestidos con ropa demasiado cara para esa zona de Los Ángeles y que no paran de mirar en dirección al edificio en que vives. 

– Serán turistas que se han perdido- respondes, tratando de quitar hierro al asunto al mismo tiempo que una extraña sensación empieza a oprimirte la boca del estómago. 

– Dax, ¿todo va bien? 

– Sí, sí. Tranquilo. 

– Sabes que puedes contar conmigo- responde, escondiendo las manos bajo el mostrador con un brillo amenazador en la mirada. 

Sabes lo que esconde: un Remington de la Segunda Guerra Mundial. Su herramienta de trabajo preferida cuando algún alcohólico sin pasta se pone demasiado agresivo o un par de drogatas cegados por la abstinencia piensan que atracarle es una buena idea. No sabes si sabes si está cargado o no. Nunca has oído decir que haya matado a nadie ni hay boquetes en el yeso de las paredes. Aunque bien pensado, la especialidad de la gente como Joe es precisamente esa: matar sin dejar rastro. El desierto de Nevada y los cimientos de los casinos de Las Vegas se encargan de guardarles el secreto. 

– Voy a ver qué quieren- dices al fin, bajándote del taburete con dificultad. 

– Ten cuidado, Dax. 

Le guiñas un ojo y sales del bar. Los dos tíos siguen dando vueltas por la calle como dos niñatos de excursión en la zona peligrosa de la ciudad. No parecen polis, pero desconfías. Hace tiempo que colgaste el uniforme y las nuevas hornadas suelen ser distintas a lo que erais en tus tiempos. 

Te acercas a ellos despacio. Sin prisa. Estudiando el terreno. Parecen dos armarios de dos cuerpos. Los trajes que visten parecen hechos a medida. Calzan zapatos italianos, brillantes y acharolados. Definitivamente, no son polis. 

Pasas junto a ellos. Les miras de reojo. Uno parece un boxeador jubilado. Tiene la nariz convertida en una masa aplastada contra la cara, como si le hubieran tirado un pegote de barro y éste se le hubiera quedado adherido para siempre, el cuello ancho y unas cejas delgadas, repletas de cicatrices y calvas. El otro, por su parte, parece más comedido. De rasgos afilados y mirada de desequilibrado mental. 

No los has visto nunca, pero sabes perfectamente lo que son. De cerca, apestan a matones a sueldo de algún pez gordo. El corazón se te acelera. Tratas de hacer memoria. ¿Has jodido a las personas equivocadas recientemente? Dudas. No estás muy seguro de ello. Aprietas el paso. Vas desarmado. Pasas de largo, calle abajo. Si de verdad van a por ti las cosas pintas difíciles. 

Dejas atrás el edificio y te metes por un callejón secundario. Una pareja de mendigos te mira, te piden algo para comer. Pasas de ellos y ellos de ti. El ambiente apesta a fruta podrida. El aire es irrespirable. Enciendes un cigarro. Toses. Permaneces alerta. A la espera. Pero no pasa nada. 

Sales de tu escondite. Doblas la esquina y ves a tus visitantes hablando con la misma puta que te había ofrecido sus servicios en las escaleras. Intentas recular, pero es demasiado tarde. Ya te han visto. 

– Encanto, ven. ¡Tienes visita!- grita, haciéndote un ademán para que te acerques. 

Te quedas paralizado. Tratar de huir es absurdo. Si echas a correr, eres hombre muerto. Bien porque te den caza o te de un infarto. Los dos tíos se miran y se acercan a ti. Avanzan despacio, parecen no tener demasiada prisa. El que tiene pinta de boxeador mete una mano por debajo de la americana, a la altura de la axila izquierda con gesto amenazador. Mensaje recibido. Levantas las manos. Se detienen y empiezan a reírse. 

– ¿Walter Sulivan?- pregunta el de la mirada de desequilibrado una vez que llega a tu altura. 

El otro, el que de verdad da miedo, se ha quedado unos pasos alejado. La mano sigue oculta. Te percatas de ello y sientes un nudo en la garganta. Todo parece apuntar a que te van a meter una bala en la cabeza de un momento a otro y claro, con tanta presión es difícil responder a cualquier pregunta. 

– No tema. No somos de la pasma- habla despacio, con las palmas de las manos invitando a la calma, como si tú fueras retrasado mental y estuviera tratando de explicarte porqué no puedes meneártela en el porche de casa cuando las girlscouts van a venderte galletas recién horneadas-. Nos envían a buscarle. 

– ¿Quién?- tu voz suena demasiado aguda como para resultar la de un hombre de mundo que, a fin de cuentas, es lo que pretendes. 

– Usted es detective, ¿verdad? 

El boxeador retirado saca la mano de su escondite y se acerca a vosotros. Parece relajado. Tranquilo. Ese hecho te hace lanzar un suspiro de alivio que eres incapaz de disimular. 

– Sí, soy detective-. Tu tono de voz ahora sí vuelve a su registro habitual: cascado tras años de humo, alcohol y excesos. 

– Está bien. De momento digamos que tenemos un encargo para usted- trata de ser cordial, pero un tic en el ojo derecho parece indicar que tu interlocutor es alguien altamente inflamable, y el sentido común te dice que no te gustaría estar delante cuando entre en combustión. 

– Tuteémonos y subamos a mi despacho, allí podremos hablar tranquilamente- ofreces, pareciendo el anfitrión perfecto en una reunión entre amigos. 

– No. No va a ser necesario- el tic del ojo aumenta en intensidad. 

– Tenemos que hablar de mis honorarios. Acordar el pago, el papeleo… 

El boxeador emite un silbido digno de un cabrero calabrés y al minuto aparece un coche al fondo de la calle. 

– Acompáñenos. No tiene nada que temer. Si quisiéramos hacerle daño, créame, ya se lo habríamos hecho- aclara. 

La revelación que acompaña a sus palabras es obvia. Te rindes ante la evidencia. Dudas en excusarte y subir a por el arma, pero tan pronto como llega desechas la idea. Imaginas al tipo que tienes delante como una jodida válvula obstruida en plena subida de presión. La aguja del indicador acercándose peligrosamente al rojo hasta alcanzar el desenlace inevitable. PUM. Tus dientes castañeando sobre el suelo y él diciéndote que lo sentía mucho, pero que no le has dejado otra opción que enseñarte la cara b de su inocente ofrecimiento. 

Te encoges de hombros y te acercas a ellos. 

– Un momento, contra la pared, por favor- dice el boxeador-. Tengo que cachearte. 

No opones resistencia. Has cacheado a demasiada gente durante demasiados años, y conoces a la perfección lo torpe que se puede volver uno cuando el objeto del registro se pone tonto. Lo sabes y no te apetece que tu cara se estampe contra la pared de hormigón que tienes delante. Lo único que te jode de tu situación actual es que la puta desdentada y demás escoria a la que has metido el miedo en el cuerpo no pierden detalle. Estás perdiendo puntos y cuando vuelvas tendrás que darles un correctivo. Suponiendo que vuelves de una pieza, claro. 

Los tres os encamináis al coche contigo en el medio. No sabes adónde vais ni qué pretenden. Pero de todas formas, tampoco crees que vaya a servirte de mucho preguntarlo. 

Conduce el boxeador retirado. Lleváis más de media hora metidos en el coche y nadie ha abierto la boca. A tu lado está el otro. El tic del ojo ha desaparecido, de momento, y el asiento del copiloto lo ocupa un tío al que sólo puedes ver la nuca. El habitáculo resulta confortable, huele a pasta, no como esa mierda de muebles que recogiste de la basura y que ahora adornan tu despacho. Hace un rato has preguntado si les molestaba que fumases. No han dicho nada, pero ya sabes: a buen entendedor no hace falta que le rompan la cara por dárselas de listo, así que te abstienes. Tus pulmones, en el fondo, lo agradecen. 

A lo lejos ves las montañas de Hollywood con su letrero gigante y llamativo. Estáis entrando en una zona pudiente, y eso se nota. La carretera parece recién asfaltada y los coches que ves no son los Ford destartalados que los yonquis usan para dormir en tu barrio. Te sientes fuera de lugar. Incómodo. 

Tomáis una salida y os detenéis junto a una mansión. Te quedas boquiabierto, preguntándote en silencio: ¿Pero estas casas existen de verdad? Al otro lado del parabrisas un tipo con gafas de sol y aspecto patibulario abre un portón metálico y saluda al conductor. Entráis. Tu compañero de asiento y tú os bajáis y el coche desaparece por un camino secundario de grava. 

Camináis sobre un césped cortado al milímetro. Ahora sí que estás fuera de tu habitad. Tratas de no mirar a tu alrededor, pero es inevitable ante tanto lujo. Un estanque con un buda de piedra en el medio, rodeado de nenúfares. Esculturas de mármol. Dos fuentes con sus respectivos querubines soltando un chorro de agua a través de sus pollas cinceladas por algún maestro escultor junto a la puerta de un invernadero y todo rodeado por un follaje que por momentos te hace creer que estás en mitad del Delta del Mekong.

«Dax, usa la cabeza y no la jodas» piensas, sintiendo las manos sudorosas. 

– Es por aquí- te indica al llegar junto a unas escaleras de granito. 

Subís por ellas. La fachada de la casa es impresionante. Te recuerda a una fotografía que viste de la Casa Blanca cuando le volaron la tapa de los sesos a Kennedy. Majestuosa. Blanca como el semen. De dos alturas, con un balcón de aires decimonónicos coronando la entrada. 

– No está en casa. Fred está en el invernadero, cuidando sus plantas- dice una mujer antes de que terminéis de subir. 

Os giráis y te quedas paralizado ante la belleza que tienes delante. Alta, delgada. De ojos levemente achinados y labios carnosos. Luce un peinado que parece sacado de una película y luce un vestido de color verde manzana hasta las rodillas que deja a la vista unas piernas estilizadas y perfectamente torneadas. 

Incómoda por la manera en que la miras sin ser consciente de ello, cruza los brazos a la altura del pecho y pregunta con descaro: 

– Y este, ¿quién es? 

– El detective. Fred nos pidió que lo trajéramos- responde con cierto nerviosismo.

Al parecer no eres el único que se siente subyugado por esa mujer. 

– Lo suponía- su voz se torna dura, hiriente-… Vestido así sólo podía ser un detective alcohólico o un pordiosero que hubierais encontrado por el camino. 

Bajas la cabeza, avergonzado. La gabardina y el sombrero, además de anacrónicos, resultan ridículos en mitad de ese jardín en el que el sol aprieta con ganas. 

– Vamos. 

Le sigues, incómodo ante la mirada despectiva que te lanza la mujer. Pasas a su lado, y pese a estar de espaldas a ella, sabes que sigue taladrándote con un mensaje bien claro: eres escoria. 

Entráis en el invernadero. Allí el ambiente es sofocante, húmedo. Te quitas el atrezo de personaje de novela hardboiled de otra época y te pasas una mano por el pelo apelmazado, tratando de darle cierto lustre. Tienes la camisa empapada en sudor. Un tío con pintas de agricultor se acerca a vosotros. 

Tiene cabello canoso, peinado hacia atrás y un fino bigotillo recortado con esmero al estilo de los mafiosos de los años 20. Su aspecto resulta frágil, alto y delgado, de ademanes delicados, si bien algo en su forma de andar te avisa que no es buena idea pasarse de listo con él. 

– ¿Dax?- pregunta, estrechándote una mano afilada como una garra-. Soy Freddy McGregor. Puedes llamarme Fred. 

– Encantado- respondes, mirando con curiosidad las plantas que crecen bajo unos potentes focos de luz. 

– Cultivo mi propia hierba. Me sale más barato que importarla y me ahorro pagar a intermediarios- aclara, dándote una palmada amistosa en el hombro e invitándote a seguirle. 

El tipo que os acompañaba se queda en la puerta, sin perder detalle de lo que se cuece allí dentro. 

Llegáis al final del invernadero. Allí el aire coloca simplemente con respirar hondo. Junto a la pared de plástico hay una mesa de madera pintada de blanco y una silla a cada lado. Te señala una. Te sientas. Él hace lo propio frente a ti. 

– Perdona que te reciba en estas circunstancias, pero el despacho no está disponible- indica señalando con la cabeza un rectángulo transparente a vuestro lado en cuyo interior se amontonan trastos envueltos en lonas y papel de embalar. 

– No hay problema. 

– Perfecto- hace una pausa para sacar un tablero auxiliar de debajo de la mesa-. ¿Quieres tomar algo? 

Niegas con el gesto. Durante el trayecto te has ido despejando y te apetece prolongar esa extraña sensación un rato más. 

– Así me gusta. Directo al grano- dice, llenando una copa con brandy-. Verás, Dax. Te he hecho venir porque tengo un encargo para ti. Necesito a alguien con tu experiencia y que conozca los bajos fondos como la palma de su mano, pudiendo moverse por ellos sin levantar sospechas- se detiene para dar un sorbo y paladearlo, como dándole el visto bueno-. Mis chicos llaman demasiado la atención y son demasiado impetuosos. Tú, en cambio no. Nos ha costado encontrarte, pero al fin hemos dado contigo. ¿Estás interesado? 

Pose de tío duro. Asientes con la cabeza. Tu cerebro se afana en calcular cuánto puedes sacar de todo esto. 

– Bien. Verás, el encargo es delicado,podríamos decir- se acerca a ti apoyando los codos en la mesa. Su aliento huele a alcohol. Sientes ganas de beber-. Mi hijo ha desaparecido. 

– Es joven. Se habrá fugado con alguna corista de Las Vegas. No será demasiado difícil dar con él… 

Por la manera en que te mira, deduces que no le han hecho ni puta gracia tus dotes de Sherlock Holmes. Tomas notas de ello. 

– Mi hijo es homosexual- dice bajando la voz, avergonzado-. Solía verse con un actorcillo de películas de bajo presupuesto. Le hemos interrogado. Los chicos se han empleado a fondo, pero no sabe nada. Y si lo sabía, da igual. Se ha llevado el secreto a la tumba. 

Tragas saliva. Ahora sí qué te vendría bien un trago, pero no quieres interrumpirle otra vez. 

– ¿Te interesa? 

– Necesitaría saber algo más sobre el caso. Y también tendríamos que hablar de… 

-¿ Dinero? 

– Sí. 

Fred chasquea dos dedos y el tío de la puerta entra con un maletín de piel. Lo deja entre vosotros. Lo abre y se va por donde ha venido sin mediar palabra. 

– ¿Te parece bien? Es un adelanto. 

Te quedas, literalmente, con la boca abierta. Está lleno de billetes de 20 dólares. Fajos como para alfombrar el desierto de Arizona y aún sobraría para abanicarse a media tarde. Encima de la pasta hay un sobre grande de color crema. 

– ¿Te interesa? 

Asientes. Te has quedado mudo. 

– Muy bien. Quiero resultados. Si lo consigues, habrá otro como éste. Si no consigues encontrar a mi hijo y devolvérmelo de una pieza, tendrás problemas- dice como quien no quiere cerrando el maletín. 

El clic clic del cierre se te antoja aterrador, como un par de clavos cerrando la tapa de un ataúd, o el tambor de un revolver jugando a la ruleta rusa apoyado en tu sien. No saber cuál de las dos imágenes te resulta menos esperanzadora.

– Acepto. Tendrá resultados, confíe en mí. 

– Perfecto. Mis chicos te llevarán a casa, Dax. Dentro del sobre está todo lo que necesitas saber sobre mi hijo y un número de teléfono para que me tengas al corriente- concluye. 

No te da tiempo a responder. Vuelve a chasquear los dedos. El boxeador y el otro entran. Los dos te escoltan hasta la puerta de la finca, haciéndote esperar mientras uno de ellos va a por el coche. La camisa se te pega al cuerpo. Tienes un aspecto lamentable y pésimo, pero no te importa demasiado. En el maletín hay dinero para actualizar tu fondo de armario y abandonar la moda de los años 40. Al parecer, tu suerte en esta vida está cambiando de una vez por todas. 

4 

Seamos objetivos. Tienes cincuenta y tantos años. No sabrías precisar con exactitud los tantos a no ser que tuvieras un calendario delante y algo de tiempo para hacer cálculos. Has pasado la mitad de tu existencia borracho, caminando en la delgada línea que separa el placer por la bebida del alcoholismo. Has tocado fondo demasiadas veces y los excesos te empiezan a pasar factura. Sobre todo en el bolsillo. Nunca has tenido un puto centavo. Siempre has gastado más de lo que ganabas y no es de extrañar que durante años sacaras una paga extra trapicheando con alijos y objetos robados. Y ahora, mírate. Un puto golpe de suerte se ha encargado de borrar de un plumazo tus penurias. La pasta de McGregor te ha venido como llovida del cielo. No te has molestado en contar cuánto había en el maletín. Por razones lógicas te parecía grosero hacerlo delante de él, y al llegar al despacho te has olvidado de tus labores de contable por completo. Tenías demasiada prisa por empezar a pulirte los billetes y ya se sabe, el tiempo es oro (en este caso, nunca mejor dicho).

Lo primero que has hecho ha sido dejar la pasta y el sobre a buen recaudo antes de tomarte una copa para ir calentado motores. Después, has empezado con las pajas mentales. Parecías un recién casado que acaba de mudarse y hace una lista de posibles mejoras que hacer los fines de semana en su nidito de amor. Has pensado en adecentar tu vestuario. Comprar trajes caros, nuevos. De estos chalecos a juego y zapatos italianos. Y con esa idea has ido de compras a la zona cara de la ciudad. Después, aflojando pasta como un millonario salido en un bar de putas, el siguiente paso en tu lista de deseos: cambiar de distrito o de edificio. Alquilar algo decente, alejado de ese ambiente de rameras, gays, adictos y camellos en el que te has consumido durante tanto tiempo. 

Pero la cosa ha quedado ahí. En tu cabeza. Tenías prisa y otros planes. 

Pasaste de largo frente al bar de Joe, tu destino era la tienda china de la esquina. Entraste como el último emperador de la dinastía Ming e hiciste un encargo. Wang no te entendía. Es un viejo de ojos casi cerrados en su totalidad, medio ciego, con dos mechones de pelo lacio y blanco cayéndole sobre los hombros y aspecto de estar siempre fumado. Sus negocios son lucrativos: el opio, las falsificaciones y las putas orientales. Pero de lo que le estabas hablando, no tenía ni la más remota idea. 

El tiempo apremiaba, el dinero te quemaba en el bolsillo, la tienda apestaba a vejez, especias orientales y orina de gato. Aunque ahora que lo piensas, nunca has visto ningún minino por los alrededores. Sólo platos de comida humeante y las largas colas que se forman en la puerta de la tienda una vez a la semana para comprar sus deliciosas sopas de cordero estilo Pekín. Pero gatos, lo que se dicen gatos maullando y bufando, ninguno. 

– Wang, necesito una chica que venga a limpiar a mi casa- decías, al borde de perder la paciencia. 

– Si, clalo. Chicas. Yo tenel putas chinas, muy bonitas. Chupal y follal. Balato. Tú, plecio amigo. 

La conversación pronto se estancó quedando en punto seco. Compraste dos botellas de alta graduación, Ginebra Premium ponía en las etiquetas, un eufemismo para no decir que estabas comprando alcohol metílico rebajado con agua, y un cartón de Lucky Strike. Pagaste y te fuiste. Wang te obsequió con una sonrisa que dejó a la vista una colección de dientes amarillentos y podridos, y añadió su coletilla de rigor: 

– Mil glacias. Vuelve plonto, amigo. 

En la calle un coche de la poli pasa a tu lado. Lo miras con curiosidad. En su interior pipiolos con acné recién salidos de la academia jugando a ser héroes callejeros, candidatos seguros a una salva de disparos en un entierro de estado antes de llegar a ser los tíos duros que pretenden. Ya se sabe, las armas las cargas el diablo y en esas calles suele haber demasiados diablos con las armas listas para dar pasaporte a quien ande preguntando o tocando los huevos al personal. En resumidas cuentas, tienen un futuro negro que pasa porque cualquier muchacha joven de cuerpo apetecible y la cabeza llena de pájaros deje de cocinar un pastel de manzana para atender una llamada telefónica y se entere de que acaba de enviudar. Triste. Pero así es esta puta vida: sales de un agujero negro entre llantos y con el tiempo acabas en otro, también entre lágrimas que en este caso no son tuyas.

El coche acaba perdiéndose calle abajo. Cruzas y caminas cargado con la bolsa de papel que encierra las botellas. Te diriges a tu despacho malhumorado. No ha habido suerte, la mierda va a seguir acumulándose un tiempo más porque no la vas a recoger. Eres un detective metido en un caso de los gordos, no una asistenta, joder. 

En la puerta empiezan los problemas. Llevas bastante tiempo pensando en quitar el candado que pusiste al ocupar el apartamento y poner una cerradura como Dios manda, pero siempre lo has ido dejando para mañana y ahora pasa lo que pasa. Al llegar al descansillo de la escalera descubre a dos yonquis hurgando en la puerta. Tienen pinta de estar bastante necesitados porque siguen a lo suyo sin darse cuenta de tu presencia. 

– ¿Os ayudo, chicos?- preguntas, dejando la bolsa en el suelo. 

Se quedan paralizados. Se giran hacia ti despacio. Parecen dos espectros. La luz que entra por el tragaluz del techo les alumbra de manera tenue, convirtiéndolos en una especie de fantasmas de mirada asustadiza y pupilas dilatadas. No parecen representar una amenaza seria. Son jóvenes. Adictos. Carne de fosa común. Vamos, unos mierdas a los que vas a enseñar una lección básica que la vida, quizá, aún no se haya tomado la molestia de mostrarles. 

El que tienes a la izquierda empieza a temblar y gimotear. Dice gilipolleces de que tiene frío y se siente débil, que no querían molestarte, que sólo buscaban un sitio donde dormir. Parece manejable. El otro, en cambio, no. Se le ve experimentado, resabiado. Los ojos le brillan con malicia, como si estuviera calculando por dónde y cómo atacar. 

Tensión. 

Silencio. 

Te acercas a él. Es el peligroso. El otro hasta te va a venir bien cuando te quites de en medio a su colega. Rebuscas en los bolsillos. Vas desarmado. Mierda. Lo único que puedes usar como algo potencialmente peligroso son las llaves o una de las botellas, aunque la idea de agacharte a coger una se te antoja como una soberana gilipollez. Es dejar claras tus intenciones y arriesgarte a recibir la primera hostia. Detrás de ti hay una ventana, o lo que queda de ella: un hueco en la pared que se abre como un orificio de bala en mitad de la espalda. Frío y cortante. 

Das un paso a un lado. Tu contrincante sonríe. Su compañero sigue lloriqueando como una puta histérica. Estás por pedir tiempo muerto en lo que está por pasar y darle una bofetada, a ver si así reacciona y deja de molestar. Pero no hay tiempo. Empieza la fiesta. Tu contrincante ataca primero. No sabes de dónde la ha sacado, pero entre las manos tiene una barra de hierro. Parece pesada y contundente. El hijo de puta se abalanza sobre ti descargando un golpe que va derecho a tu cabeza. Estás algo mayor para andar jugando al karateca que para golpes y devuelve hostias letales. Te agachas como buenamente puedes. Clonc. La barra impacta contra la pared. Demasiada inercia en el golpe. Es tu turno. Te levantas a toda prisa y le abrazas, aprisionando sus brazos. El arma cae al suelo y rueda escaleras abajo. Clinc, clinc, clinc. Resuellas. La adrenalina en tus venas sustituye a la sangre. Le empujas contra la pared de enfrente. Su colega está en el suelo, babeando como un subnormal mientras llama a su madre a gritos. Afortunadamente no hay vecinos quisquillosos que salgan a protestar o llamen a la poli. Algo bueno tenía que tener el vivir de ocupa en un edificio abandonado. 

Chocáis con fuerza. Lo primero en frenar el golpe es la espalda del yonqui. Se queda sin aire después de expulsar una bocanada de aire fétido contra tu cara. Sientes asco. Le zarandeas con fuerza. Una y otra vez su cabeza choca contra el yeso viejo y cuarteado que tiene detrás. Forcejea. Intenta librarse de ti, pero no le dejas. Rodillazo en la ingle. No contabas con ello. Te doblas por la mitad como una bisagra y tu espalda cruje para darle más realismo a la escena. Presientes que un puño va a descargarse de manera letal contra tu nuca de un momento a otro. Tomas impulso y le empotras otra vez contra la pared. Aunque parezca increíble, te sientes en plena forma. Le sacudes un puñetazo en mitad del pecho, a la altura del esternón. Otro en la mandíbula. Algo suena como una rama seca partiéndose: crack. Los dos golpes se han sucedido a toda velocidad, y no podrías decir a ciencia cierta cuál de los dos ha sido el que ha roto algo. Te duelen las pelotas. La cara de tu compañero de baile es un poema. Está medio sonado. Los ojos abiertos como platos. Rictus de no saber qué está pasando. Media boca abierta, la otra colgando de una manera que suena a receta de sutura labial, vendaje y tres meses de comer sopa con pajita. Estás encendido. Como en los viejos tiempos, pletórico. Te dejas llevar por la euforia del momento. Le agarras del pecho. Trata de decir algo, pero de su garganta sólo escapan gorgoritos que no eres capaz de comprender. Con esfuerzo le arrastras hasta el hueco de la ventana. Opone resistencia, demasiada para tu gusto. La solución es sencilla: puñetazo a la altura del hígado. Se ablanda un poco, al mismo tiempo que su cara se pone amarilla. Le agarras de los pantalones y el cuello. Un paso más y a volar. No es el Empire State, pero la hostia va a ser sonada. Le ves caer como un pelele. Pum. Aterrizaje fallido. Un indigente se sobresalta, como diciendo qué coño ha pasado. Da un trago de una botella oculta en una bolsa de papel y sigue a lo suyo, a soñar que se vuelve millonario o lo que quiera que sueñen los mendigos en su tiempo de ocio. 

Resoplas. Todo ha acabado. El histérico está en estado catatónico. Te acercas a él. 

– No, no. Por favor- suplica en tono lastimero de perro apaleado. 

Le das un bofetón. Plas. El tacto de su mejilla áspera y sin afeitar impactando contra la palma de tu mano te hace sentir bien. Es reconstituyente, un jodido tónico que te hace rejuvenecer por unos momentos durante los cuales echas de menos un par de gramos de boliviana para sentirte bien al cien por cien. El chaval se queda paralizado y te mira aterrado mientras se masejea la zona. Pasas de él. Abres la puerta y entras en tu despacho. 

– Si no quieres acabar como tu amigo, coge la bolsa y entra. Tenemos que hablar- dices a modo de advertencia. 

El yonqui obedece. Manso. Parece un puto crio tratando de congraciarse con sus padres para que le levanten el castigo. Se queda en la puerta con la bolsa de papel apretada contra el pecho. Le observas desde la mesa. Raquítico. con más mierda encima que un puesto callejero en Little Italy. El pelo grasiento cayéndole sobre los ojos. La cara pidiendo de manera desesperada una maquinilla de afeitar. Tiembla. No sabes si por el mono o porque está acojonado. 

– Deja la bolsa ahí y entra- le ordenas. 

Vuelve a obedecer. Sientes lástima por él. Se acerca a ti con paso vacilante. Le indicas una silla destartalada frente a ti, al otro lado del cementerio de colillas, vasos y botellas que tienes delante.

– ¿Cómo te llamas, chico? 

– Me llaman Snake- responde tras titubear unos segundos. 

– Tu nombre de verdad, cojones. 

– O´Connor, señor. Edward O´Connor. 

– O´Connor. ¿Irlandés?, ¿escocés? Suena a apellido de colono de primera hornada- dices acariciándote el mentón, más pensando en voz alta que porque tengas interés en conocer su genealogía-. Creía que los irlandeses se habían quedado en la Costa Este bebiendo cerveza y dándose de puñetazos con los italianos en en Central Park. Estás un poco lejos de casa, ¿no? 

Guarda silencio. Baja la mirada. Decides jugar al poli reflexivo. Una especie de estado intermedio entre el poli bueno y el poli malo que se entretiene maltratando la psicología del detenido, en un intento de desmoronarle antes de que el poli violento y el amigable, en este orden, hagan su entrada en escena. 

– ¿Cuántos años tienes, O´Connor? 

– 18, señor. 

– ¿18? ¿Te has visto? Vas por el mal camino chico, así no vas a acabar bien. ¿Quieres acabar como tu amigo?, o, peor aún, ¿degollado en una celda? 

O´Connor te mira con ironía. Un brillo de picardía prende en sus ojos hundidos, al tiempo que mira la mesa, como diciendo: ¿me lo dices tú?, un claro ejemplo a seguir. 

Te impacientas al intuir lo que está pensando. Te encantaría levantarte y abofetearle otra vez. Enseñarle algo de educación. Respeto a los mayores y esas mierdas de la vieja escuela. Pero no. Te contienes. Le necesitas y lo sabes. No porque temas que vaya a la policía con el cuento de que su amigo y su intento fallido de emular a Eddie Rickenbacker han sido cosa tuya. No. No deja de ser la palabra de un puto adicto contra la de un expolicía. Si no le sacudes es por una causa de mayor envergadura: le necesitas para que haga parte del trabajo de campo. Los tiempos cambian y en algunos ambientes ya no encajas. 

– No me mires así, sé lo que estás pensando- dices en tono paternal. El poli reflexivo ha dado paso al poli bueno, rozando de manera colateral al poli demente, pero éste aún se queda en la banda haciendo ejercicios de calentamiento-. Conozco la historia. He conocido a muchos como tú. Nunca os pasará nada… Estáis de vuelta de todo… Y el día menos pensado amanecéis tiesos. La verdad es que me da igual muchacho, sólo quiero echarte una mano. Te puedo ofrecer un negocio que puede interesarte. ¿Quieres ganar cinco pavos? 

– No soy un marica y no se la chupo a viejos alcohólicos- responde levantando la voz. 

Hace un ademán de levantarse con aire desafiante, pero eres más rápido. Le cruzas la cara. Nadie te insulta de esa manera y se va de rositas. Te mira asustado. No es más que un puto niño jugando a ser un tipo duro, y apunta maneras. Si vive más de cinco años, tendrás que andar con cuidado al salir a la calle. 

– No pretendo nada de eso, gilipollas- alzas el puño y él se encoge como un animal asustado, aunque el brillo amenazador de sus ojos parece corroborar tu teoría: la venganza nuca llega tarde y en un futuro que te metan cuatro tiros por la espalda no suena descabellado-. Tengo un encargo y necesito ayuda. 

Te alejas de él y pones cinco pavos sobre la mesa. Los mira con deseo. Si prestases un poco de atención, hasta podrías escucharle ordenar mentalmente sus preferencias: un chute, algo de comida que con el jaco muchas veces se suelta hasta la primera papilla y hay que llenar el estómago cuando acaba el viaje, alcohol, otro chute… 

– ¿De qué se trata?- pregunta acomodándose en el asiento. 

El niño asustadizo y lloroso se ha esfumado, dando paso al hombre rudo de los bajos fondos que aspira a llegar a ser algún día. Tomas nota de ello. 

– Soy detective. Me conocen como Dax. Tengo un encargo y necesito tener oídos en ciertos ambientes. 

– ¿Un soplón? 

– No. Alguien que va a ganar 20 pavos a la semana por escuchar, ver y decirme qué se cuece en la calle. 

– Un soplón. 

La insolencia de O´Connor empieza a ser insufrible. Te enciendes un cigarro para contenerte. 

– Un soplón que comerá caliente y no tendrá problemas para salir de la mierda en la que él solito se está metiendo. 

– Y, ¿si me niego? 

Miras por la ventana con aire distraído. O´Connor pilla el mensaje. 

– Veo 5 pavos, no 20. 

– Cobrarás el resto cuando cumplas con tu trabajo. Considéralo un adelanto. 

Sonríe. Un par de hoyuelos se perfilan en sus mejillas, una más enrojecida que la otra fruto de tus caricias. 

– ¿De qué se trata? 

– ¿Te suena un tío llamado Freddy McGregor? 

– Tiene apellido de pastor escocés amigo de follar con las cabras. Pero no. No me suena-dice al fin. 

– Perfecto. Ya tienes tarea. Te espero aquí en 48 horas. Quiero resultados. 

Se pone en pie, coge la pasta y se esfuma. No estás seguro de si tienes un nuevo socio o te has quedado sin cinco pavos. Aunque tampoco es algo que te preocupe demasiado. Si cumple, de puta madre, tienes un socio. Si te tanga, acabará muerto por sobredosis o abierto en canal por sus compañeros de camello en pocas horas y hay demasiados necesitados dispuestos a colaborar por mucho menos como para echarle de menos. Oferta y demanda. Viva el capitalismo. 

Te acabas el cigarro con calma. Lo aplastas en un cenicero superpoblado de colillas. Abres el cajón de la mesa, sacas una palanca de metal y te levantas. Empujas con fuerza. La mesa pesa como un muerto. Resoplas. La ceniza cae por el borde como el yeso de una pared después de una explosión. Logras desplazarla unos centímetros. Metes la punta de la palanca entre dos baldosas del suelo haciendo palanca. Una se levanta un poco. Hace más fuerza. Metes la mano. Sacas 100 pavos y el sobre con los datos del hijo de McGregor. Colocas la baldosa y vuelves a arrastrar la mesa. Compruebas que tu escondite secreto queda oculto. Te sientas y abres el sobre, es hora de empezar a trabajar. 

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