Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 5- 6

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5 

El negocio parece ir sobre ruedas. O´Connor cumple con su parte pegando la oreja en tantos tugurios, bares y grupos de hampones como conoce, y no ha encontrado nada sobre el tal McGregor. Era de suponer. Un mafioso viviendo cerca de Hollywood no desentona demasiado, pero tampoco la cosa es ir haciendo alarde sus fuentes de ingresos. Bueno, siempre y cuando uno no sea Mickey Cohen y esté por encima del bien y del mal, saliendo con Billy Graham en televisión después de haber comido trullo por evasión de impuestos. 

Pero te da que no es el caso. Quien dice llamarse Fred McGregor puede ser cualquiera de los peces gordos que controlan la ciudad bajo un nombre ficticio, o, tal vez sea lo más probable, tenga un ejército de testaferros a sueldo para que den la cara y se jueguen el pellejo por él. Y, ya puestos a ser quisquillosos y neuróticos, puede incluso que el supuesto hijo homosexual no sea más que su próxima víctima en un ajuste de cuentas que está escondido como un cordero asustado y a ti te toca jugar a los sabuesos. Una herramienta más en sus planes. El encargado de entregar al chaval en bandeja de plata a sus ejecutores. Pero vamos, que te da igual. Tienes pasta y tiempo para pulirla. Tú te limitas a hacer tu trabajo y ellos que se las arreglen como buenamente puedan, o quieran. 

A falta de más información, y aceptando la hipótesis de que el desaparecido es el hijo homosexual de McGregor, los datos que tienes se resumen en: 

William J. McGregor. 20 años- Sin ocupación conocida (en el dossier no pone nada sobre cómo se gana el pan el muchacho, así que has decidido añadir esto de ocupación desconocida por tu cuenta, que suena bastante profesional, así rollo informe policial listo para ser entregado a un superior). Estatura media. De complexión atlética. Ojos claros. Cabellos pajizos. Facciones un tanto afeminadas (otra contribución de tu propia cosecha al contemplar su fotografía antes de tomar nota sobre sus rasgos y características físicas). Homosexual (optas por añadir un reconocido, algo que en tu cabeza suena como si pudiera aclararte las ideas a la hora de empezar la búsqueda). Última pareja conocida, en paradero desconocido (eufemismo, por no decir que está viendo crecer los cactus del desierto desde abajo). Deportista. Solía frecuentar zonas próximas a Bervely Hills. La última información que se tiene sobre él fue que salió el pasado 3/marzo (falta el año, pero deduces que fue hace dos meses) de su domicilio conduciendo su propio automóvil (Ford Mustang 1964, azul cielo con doble franja amarilla sobre el capó). No dijo a dónde iba. No regresó. Las pesquisas policiales no revelaron dato alguno sobre su paradero. No ha aparecido el vehículo ni tampoco se ha cursado denuncia por robo. 

Y eso es todo cuanto tienes. El nombre de un par de bares con nombres que dejan bastante poco a la imaginación: El Apolo y El Andros, a los que el pequeño Willy solía ir con bastante frecuencia, y nada más. La historia que empiezas a montarte en la cabeza es sencilla: el pequeño McGregor discute con su chico. Se enfadan. Coge el coche y desaparece rumbo a San Francisco en busca de algún maromo fornido que le quite las penas. Papá McGregor se entera de que alguien ha roto el corazón a su pobre hijo y manda a sus chicos a que le rompan las piernas. Ojo por ojo. Se entusiasman demasiado y el amante acaba durmiendo arropado con varios kilos de arena  para que no coja frío por la noche. El hijo huido se entera. Le entra miedo y no quiere volver a casa, rompiendo cualquier vínculo o comunicación con su progenitor. Fin de la historia. La versión masculina de la hija del granjero de Kentucky que se da a la fuga en lugar de casarse con su primo hermano y parir quince hijos, para llegar a Los Ángeles con la idea de ser actriz y acaba metida de puta en un bar de Las Vegas, o de camarera en un bar de comidas en una interestatal que mata el tiempo haciendo mamadas a los camioneros que se dejan caer por allí. Nada nuevo bajo el sol, pero te pagan por encontrar al pequeño Willy, y en eso andas. 

Siguiente parada obligatoria: visitar la zona rica de la ciudad, algo que te desagrada pero que va con el sueldo. No te queda otra. Al trabajo de campo nunca le has hecho demasiados ascos. Pero una cosa es ir de tipo duro luciendo placa, y otra bien distinta meterte tú solito, y por tu cuenta, en la boca del lobo: El Apolo y El Andros. Tu mente homófoba los imagina como dos capitales de la perversión. Sodomía. Orgías. Felaciones por parte de tíos rudos y barbudos con manos encallecidas de leñador. Lesbianas hipermusculadas blasfemando como marineros. Pero es lo que hay. No tienes otro punto de partida, y lo único que te consuela es la idea de encontrar a un maricón en un callejón oscuro y volverle heterosexual a hostias. Como en los viejos tiempos… 

No pierdes más tiempo. Vistes tu mejor traje y coges 200 pavos de tu escondite secreto. Sales a la calle y buscas una cabina telefónica que no apeste demasiado a orina y vapores narcóticos. Llamas a McGregor y le cuentas tus planes. Parecen gustarle, tanto que que te ofrece a dos de sus chicos para que te hagan de chófer. Te sientes la reina del baile. Ridículo. Patético. Pero en dos horas van a recogerte, no hay más que hablar. Es una orden.

Vuelves a subir a tu despacho y te sirves un whisky doble para pasar el rato. Tratas de mantener la mente ocupada. Prefieres no pensar en lo que te puede pasar, pero no puedes evitarlo. ¿La homosexualidad es una enfermedad?, ¿puro vicio? ¿Cómo se transmite? Lo único que sabes sobre todo esto, es lo que decían los chicos: el que cambia de acera, rara vez vuelve y eso no entra dentro de tus planes. Por si la tentación llama a tu puerta, o alguna locaza trata de propasarse, vas preparado. Tu fiel 38 y unas esposas. Y quien quiera jugar al cuento del poli sobón y el detenido sumiso, que se prepare para aprender un par de lecciones sobre perversiones y violencia. 

Llegáis pronto al garito. Aún no son las nueve de la noche. Te despides de los chicos de McGregor y empiezas a pillarle el pulso a la zona. En la puerta del garito una luz verde parpadea mostrando el nombre del bar: El Andros, cada pocos segundos, junto a una copa de color fucsia.

Entras. No hay nadie dentro. Nada de orgías 24 horas al día, 7 días a la semana. Ni asientos con formas fálicas ni invertidos suspirando al viento por un hombre heterosexual al que pervertir. Está vacío. Es un local largo, con una barra en un extremo, espejos en la pared del fondo, dos fotografías de Errol Flynn y otros dos actores que no reconoces pero tienen pinta de que les vayan los jovencitos. Mesas bajas y un par de reservados junto a los baños. A todo esto se resume el antro de perversión que pensabas encontrar. 

Te acercas a la barra. El camarero se levanta del barril de cerveza en el que estaba sentado y te pregunta que qué quieres. Le observas. Mulato. De pelo rizado y labios gruesos. Viste una camisa blanca de lino y pantalones vaqueros. Ante tu silencio se cruza de brazos y levanta una ceja con gesto de fastidio. 

– No soy como vosotros. Soy hetero. No. No quiero probar nada nuevo. Estoy muy bien como estoy. Y no. No me lo he planteado- dice a modo de retahíla desgastada a base de repetirla noche tras noche-. ¿Ha quedado claro? 

Le miras fijamente. Te acaba de llamar maricón por toda la cara. Sientes ganas de romperle los dientes contra el mostrador y demostrarle que de pusilánime y afeminado tienes más bien poco. Aunque, por otro lado, si un tío heterosexual te ha tomado por un gay, tal vez esto pueda serte útil en lo que has ido a hacer allí. Te quedas con esto último. 

– Tú te lo pierdes- dices, fingiendo unas inclinaciones sexuales que te producen náuseas-. Así que a falta de tu cuerpo de chocolate, ponme un whisky, encanto.

El camarero se da la vuelta y coge una botella, controlando por encima del hombro si le estás mirando el culo. Una mueca de decepción surca su cara al comprobar que no le haces ni puto caso, estás demasiado entretenido acariciando el mostrador de cinc y absorto en tus pensamientos. 

– ¿Eres nuevo en la zona? No me suenas de haberte visto antes por aquí- pregunta, tratando de entablar conversación. 

– Acabo de mudarme como quien dice. 

– Ya decía yo… ¿Sólo o con hielo? 

– Solo, por favor. 

– Empiezas fuerte- bromea acercándote el vaso- Pero bueno, ya eres mayorcito para saber lo qué haces. 

– ¿A qué hora empieza a llenarse esto? He oído hablar mucho de este sitio y tenía ganas de conocerlo… Pero ambiente, lo que se dice ambiente, no parece que tenga mucho. 

Das un trago. El whisky sabe a barrica de roble, calidad. Tu paladar se deleita con su sabor, nada que ver con esas mierdas sureñas de destilación casera que acostumbras a beber. 

– Aún es pronto. En un dos horas empezará a llegar la gente. ¿Habías quedado con alguien? Tengo unos vinilos nuevos de jazz, si quieres, cuando venga tu cita, os pongo vuestra canción.

Otro trago. Hora de dar un paso al frente. 

– Sí, había quedado con un chavalito más joven que yo. Willy McGregor se llama, ¿te suena de verle por aquí? 

Silencio sepulcral. Cuentas mentalmente hasta cinco. El camarero parece pensar si le conoce o no, o, como sospechas, decirte lo que sabe o mentirte. 

– No, así por el nombre no me suena. Viene mucha gente y me suelo quedar más con las caras que con los nombres. ¿Cómo es?- pregunta apoyando los codos en el mostrador. 

Empiezas a dudar sobre su inviolable heterosexualidad. 

Se lo describes tal cual lo has apuntado en la libreta, tirando de memoria. De cuando en cuando intercalas opiniones subjetivas del tipo esos ojazos suyos me enamoraron nada más verlos y zarandajas por el estilo, para que todo resulte más creíble. 

– Espera, deja que piense- se acaricia el mentón frunciendo el ceño-. Creo que sí. Me suena. Sí, sí. Solía venir con dos amigos, así monos como él, ¿verdad? 

No tienes ni puta idea, pero asientes igualmente. Sí, sí. Claro. Con dos amigos, así monos como él. 

– Ya sé quién dices. Willy, ¡claro! Qué cabeza la mía- se da una palmada en la frente para dar más énfasis a la exclamación-. Hace tiempo que no le veo por aquí, pero sí que suele venir uno de los chicos con los que iba. Luego si se pasa por aquí te lo presento, porque encanto- hace una pausa deliberada y mira el reloj-… me parece que te van a dar plantón- sonríe como disculpándose-. Y yo, te tengo que dejar también, espero que no te dé miedo quedarte solo, pero tengo que ir al almacén a comprobar unos albaranes antes de que esto se llene. 

– Creo que no, ya soy mayor para tener miedo a la soledad- dices antes de dar un trago-. ¿Puedo ir a uno de los reservados mientras espero? 

– Ningún problema. 

Coges tu copa y te encaminas hacia el que está más cerca de los baños. Es lugar es el adecuado, perfecto para tener controlado a todo el personal. Quién entra y quién sale. Quién da y quién recibe. 

El espacio es diminuto pero acogedor. Paredes prefabricadas pintadas en color crema, a juego con el resto del local, con adornos hawaianos. Dos butacas diminutas y una mesa bajera de plástico blanco. Tomas asiento y pones los pies encima de la mesa. Te enciendes un cigarro y aguardas. Sólo hay que esperar a que el amigo de Willy venga, y podrás seguir trabajando. Ahora toca disfrutar del tabaco y el whisky. Cada cosa tiene su momento. 

Empieza a sonar la música. Jazz alegre y animado. La gente abarrota el garito. No pierdes detalle desde tu posición privilegiada. Magreos. Roces. Visitas al baño que se prolongan más de media hora. Locazas bailando. Bebes en silencio. De cuando en cuando el camarero se pasa por el reservado y te llena el vaso. Le ves hablar con unos y con otros. Ambiente festivo. La gente a lo suyo, salvo uno que desde la barra no te quita ojo. Parece estar interesado en ti. Te sonríe. Estás algo borracho, efusivo y simpático. Tus miedos homófobos hace rato que se han ido. Tienes ganas de charla. Levantas la copa mirándole, como diciéndole: a tu salud. Se levanta y se acerca. Camina como un cowboy tras cabalgar cinco días sin levantar el culo de la silla de montar. Llega al reservado. 

– Toc, toc. ¿Se puede?- pregunta. 

Con un ademán le señalas la butaca vacía. Entra haciendo aspavientos y se sienta frente a ti. 

– Me ha dicho Tommy, el camarero- aclara al ver que por la cara que pones no tienes ni idea de quién es el tal Tommy- que le has preguntado por Willy. 

– Sí, había quedado con él, y me ha dado plantón- respondes fingiendo estar dolido. 

– ¿Tienes ganas de verle? Es un encanto, ¿verdad? 

Asientes. El alcohol está mermando tus reflejos. Tienes la cabeza embotada y sientes los pómulos entumecidos. Empiezas a estar borracho de verdad. 

– Me llamo Robert, pero todos mis amigos me llaman Bobby- dice extendiendo la mano. 

– Fred, pero todos mis amigos me llaman Freddy- improvisas estrechándole la mano con fuerza. 

– ¡Qué apretón!- exclama- Me encantan los hombres como tú. Decididos. Fuertes. Viriles. Seguro que eres muy apasionado, ¿me equivoco? 

El juego está pasando a mayores. La bebida te impide ver más allá del tonteo que se está marcando el tal Bobby contigo. Enciendes un cigarro. El pulso te tiembla. 

– Tranquilo, no tengas miedo. No te voy a morder- dice sujetándote la mano del encendedor-, todavía. 

Das una calada. Echas el humo por la nariz. Estás incómodo, pero no a disgusto. Bobby parece inofensivo, alguien jugando a un juego en que se está enredando el solito y la situación te divierte. Por primera vez ves a alguien haciendo las mismas gilipolleces que tantas veces has intentado poner en práctica para llevarte a alguna tía a la cama, y descubres cuánto de ridículo encierra el asunto. 

Tu acompañante te ha susurrado algo que no has oído. Mierda. No puedes decirle, perdona, no te he hecho ni puto caso porque me estaba riendo a tu costa. Rompería el encanto del momento o, peor aún, tiraría por tierra tus posibilidades de saber dónde anda el supuesto hijo del supuesto señor McGregor. 

– Ah, entonces no quieres ver a Willy- dice al fin. Parece francamente disgustado. 

– Sí, sí. Perdona. Estoy algo borracho. Hace calor aquí dentro y no te he oído bien con la música tan alta- improvisas, poniendo una mano sobre su pierna izquierda. 

¿Qué coño estoy haciendo?, piensas. ¡Le estoy tocando la pierna a un maricón!, ¿qué me está pasando? 

– Entonces, acompáñame. Puedo llevarte a verle. 

Se pone en pie y sale del reservado. Le sigues. El bar está atestado. Hay cola para entrar al baño. Pasas ente una multitud de tíos sudorosos y cachondos. Unos te restriegan el paquete al pasar. Otros, te rozan de manera sugerente. A tu mente acude una reflexión de Donald una noche de borrachera en que os echaron de un bar de putas por armar demasiado escándalo: 

« Si no encontramos a ninguna tía para follar esta noche, podemos ir a un bar de maricones. Cuando nos la estén chupando, sólo tenemos que cerrar los ojos y pensar que son tías». 

En su momento la idea te resultó desagradable. Pero ahora tienes ciertas dudas. Si no, ¿cómo puedes explicarte que le hayas tocado la pierna a Bobby? 

Notas que te falta el aire. Te sientes raro. Confundido y culpable. Eres un tío,joder. Y los tíos no van sobeteando a otros tíos, y si lo hacen, es porque son maricones. Te cuesta pensar, caminas como en una nube. Flotando. Tratas de controlar tus pasos. Ya habrá tiempo para pensar en el por qué de todo. Lo importante es escapar de esa atmósfera que te oprime el pecho. 

Salís a la calle. Respiras hondo, el aire fresco de la noche te despeja un poco. 

– Buitres, es mío- exclama Bobby, sacando las garras ante la manera golosa con que te mira un grupito de tíos-. Acompáñame. Tengo el coche a la vuelta de esquina. 

Miras a tu alrededor y no hay ni rastro de tus acompañantes de hace un rato. Te encoges de hombros y le sigues. Dobláis la esquina y le ves acercarse a un Packard verde. Mete la llave en la cerradura y te hace un ademán para que te acerques a él. Suspiras. No te seduce la idea de meterte en el coche de un tío al que no conoces y no sabes qué pretende, pero el roce del 38 en el costado te insufla valor. 

– ¡Vamos!- te insta, mientras abre desde dentro la puerta del copiloto. 

Entras. Arranca. El motor ronronea como un gato feliz con un ovillo de lana entre las patas. Tienes la sensación de que algo va a salir mal, pero estás demasiado borracho como para saber a ciencia cierta el qué. Tu sexto sentido hace saltar la alarma demasiado tarde. Por el rabillo del ojo ves una sombra moverse en el asiento trasero. Tratas de girarte. Bobby te empuja contra la puerta y pisa el acelerador a fondo. Salís del callejón quemando ruedas. Un par de borrachos os silba y os aplaude. Te has clavado la pistola en las costillas. Te falta el aire. Intentas sacarla y poner orden. Bobby no está borracho y piensa más rápido que tú. Frena en seco. Te empotras contra la guantera. Un chasquido: tu puente nasal. Tratas de incorporarte. La sangre te ahoga. Desde el asiento trasero alguien se abalanza sobre ti con una bolsa de tela negra. Te mete la cabeza en ella. Forcejeas, dando manotazos al aire. Empiezan a golpearte. Bobby maldice a gritos gilipolleces sobre la tapicería y que es el coche de su padre. Alguien te agarra la cabeza por la nuca y empieza a estampar tu cara contra el salpicadero. Al quinto golpe la visión se te nubla. Al sexto, alguien apaga definitivamente las luces y pierdes el conocimiento. 

6 

Abres los ojos y te sientes desorientado, confuso. No sabes dónde estás ni cómo has llegado allí. El suelo es de cemento. Huele a gasolina y aceite de motor caliente. Estás a oscuras. Lo único que escuchas es un goteo incesante que te pone los nervios de punta. Intentas levantarte. Mala idea. Todo te da vueltas, no sabes si a causa del alcohol o por la paliza que te has llevado. Te palpas la frente. Una hinchazón considerable asoma en el nacimiento de tu cuero cabelludo. Ves las estrellas. Duele, y mucho. 

Sigues la exploración por el resto del cuerpo. Por lo que intuyes, estás intacto. Con esfuerzo empiezas a hilvanar recuerdos. Un coche.. Bobby… Una bolsa en la cabeza… Te estremeces. Mejor dejarlo ahí, de momento. Ya habrá tiempo para seguir jugando a los médicos. Tu prioridad ahora mismo es saber dónde estás y cómo escapar de allí. 

El chillido de una rata seguido del bufido de un gato rompe con la monotonía que te rodea. Les oyes correr a oscuras. Tragas saliva. Estás nervioso, al borde la histeria como una estrella de cine sin barbitúricos y una botella de bourbon a mano. La negrura que te envuelve es densa, oscura. Como una mortaja de color negro que te rodeara antes de tiempo. Intentas gritar. Mala idea. Tu cabeza retumba. Cierras los ojos y aprietas las mandíbulas con fuerza. El dolor es insoportable. Tu situación delirante, surrealista. Has salido de caza y, al parecer, has acabado cazado. Ironías del destino, piensas. Pero prefieres no seguir tentándole porque temes lo que puede estar deparándote para tu futuro más inmediato. 

De pronto, el motor de un coche cobra vida y se encienden las luces a poco más de un metro de tu cara. Te ciegan por completo. Sientes los ojos como si acabaran de clavarte alfileres en las pupilas. Escuchas pasos a tu alrededor. Inconscientemente giras la cabeza. ¡Nunca aprenderás! Un latigazo de dolor recorre tu espalda. Protestas. Los pasos se detienen fuera de la luz que viola tus retinas. Calculas que deben ser tres: uno detrás de ti y los otros a tu derecha. 

– Ya ha vuelto en sí- dice una voz a tu lado. 

– Ya era hora, creía que os lo habíais cargado- protesta el que tienes detrás. 

– Opuso demasiada resistencia- reconoces a Bobby, aunque ahora no hay sensualidad ni seducción en sus palabras-. Si no se hubiera pasado de listo, todo habría sido más fácil. 

– Da igual. Ya está hecho. Dax, esto es un aviso. Deja de buscar a Willy McGregor- el que habla se mueve a tu alrededor, pasando de estar a tu derecha para detenerse a tu izquierda. Sus pisadas retumban en tu cabeza-. La próxima vez te lo explicaremos de otra manera. 

Intentas decir que si estás buscando al mierda de McGregor es porque hay gente detrás que te paga por ello. Ahí empieza y termina tu interés por ese tío. Pero prefieres callar, sospechas que el diálogo no es una de las virtudes de tus nuevos amigos. 

– Willy McGregor desapareció. Eso es todo- sigue diciendo-. Se metió donde no debía. Asunto resuelto. Remover la mierda no te va a servir de nada, a menos que no aprecies seguir respirando, claro. 

La amenaza flota en el ambiente unos segundos, jugueteando con el ronroneo del motor. Bobby dice algo en voz baja que no entiendes. Detrás de ti escuchas movimiento. Sospechas que la base de tu cráneo es el candidato perfecto para recibir un golpe. Te mueves. Alguien te pisa una mano haciéndote saber que la idea no es tan buena como creías. Te muerdes los labios para sofocar un grito mientras los ojos se te inundan de lágrimas. 

– ¿Tienes prisa?- pregunta el que parece llevar la voz cantante- ¿Vas a algún lado? 

Tu respuesta se limita a un quejido lastimoso. 

– Mejor así. Vamos a charlar un rato- la bota deja de hacerte ver las estrellas. Mueves los dedos. Todo en orden, no hay nada roto, solo dolor-. Tranquilamente, sin prisa. Hay bastantes preguntas sin respuesta y creo que te conviene que las aclaremos cuanto antes. 

Hace una pausa para encenderse un cigarro. El muy cabrón se ha dado la vuelta. Lo único que ves es un círculo de claridad rodeando un sombrero oscuro. La llama se extingue. Da una una calada y expulsa el humo despacio, alzando la barbilla. 

– ¿Quieres uno?- asientes- Bobby, a ti ya te ha visto la cara. Dale uno. 

Sumiso, saca un Chesterfield y se acerca a ti. Te lo mete en la boca. Le miras fijamente y él rehuye tu mirada. Te da fuego. La idea de darle las gracias con un cabezazo y salir por piernas pasa por tu cabeza pero la desechas. No estás en condiciones de correr los cien metros lisos a oscuras buscando una salida. Te contentas con volver a fulminarle con la mirada y dar una calada. 

– ¿Ves? Salvo por el numerito del salpicadero somos gente civilizada y razonable- a la vez que habla, mueve la mano que sostiene el cigarro dándote la impresión de estar hablando con una luciérnaga borracha-. ¿Por qué estás interesado en encontrar a Willy? Y no me vengas con la gilipollez esa de que teníais una cita, porque no me lo creo. Hace dos meses que Willy no tiene citas con nadie… 

Una pregunta surca tu cabeza. ¿El hijo de McGregor sigue vivo? Si está muerto, puede que tengas problemas. No sabes lo unidos que estaban los supuestos padre e hijo, pero no te gustaría tener que verte en la tesitura de decirle que su retoño está hecho serrín. No te crees con el tacto adecuado como para evitar que se monte su propia película y toda la mierda que rodea vuestro negocio acabe salpicándote. A fin de cuentas no sabes quién es en verdad quien te paga; y todo este tinglado puede ser consecuencia de un puto ajuste de cuentas y tú el gilipollas que acabe con un tiro en la frente simplemente por ser el portador de malas noticias. 

-Me pagan por encontrarle- dices con un hilo de voz. Tu situación no parece muy halagüeña, así que colaborar o no puede puede convertirse en una razón de mera supervivencia. 

– ¿Quién? 

– Secreto profesional- ironizas. 

Un puño que no ves venir te arranca el cigarrillo de los labios. El tío que tienes detrás vuelve a colocarse en su sitio después de acariciarte la mejilla. 

– No te hagas el gracioso, Dax. Ya te lo he dicho. No estamos para jueguecitos de ingenio ni gilipolleces. Estamos de buenas. La próxima vez no seremos tan compasivos. ¿Entendido?- asientes- Eso está mejor. ¿Quién te paga por buscar a Willy McGregor? 

Sientes media cara caliente y tumefacta, a partes iguales. Pillas la idea: o colaboras, o te va a doler. 

– Fue su padre- dices, viendo cómo una a una se extinguen las brasas del cigarrillo a los pies de donde, intuyes, debe estar el tío con el que hablas-. Vinieron a buscarme dos tipos. Me llevaron a una casa y me contaron de qué iba el negocio. Nada más. 

– ¿Seguro? 

– ¡Joder! No estoy en condiciones de mentir, ¿no crees?- respondes con rabia. 

No has terminado de decirlo cuando empiezas a arrepentirte. Demasiados años dirigiendo interrogatorios como para saber de qué manera suelen acabar los que resultan demasiado viscerales ante la presión. 

Aprietas los dientes esperando un golpe que no llega. Suspiras con disimulo. 

– Y ¿qué sabes? 

– Poca cosa, la verdad. Desapareció. Cogió el coche. No volvió a casa. Eso es todo. 

De momento omites lo de su amante y su muerte. Te mueves sobre arenas movedizas y no crees que dártelas de alumno aplicado vaya a hacer más llevadera la conversación. 

– Está bien. Tú mismo lo has dicho: no estás en condiciones de mentir. Pero no sé si creerte o no. Vamos a intentarlo otra vez, a ver qué pasa. 

Escuchas el frufrú de dos trozos de tela friccionándose entre sí. A continuación, recibes un golpe en la espalda. Te quedas sin aire. Tus pulmones parecen dos esponjas que una mano invisible oprimiera con sadismo. 

– ¿Qué sabes de todo esto? 

– ¡Joder!- tu voz suena ronca. Al parecer la falta de aire y el intentar hablar obran cambios fónicos asombrosos- Ya lo he dicho. Desapareció. Me pagan por encontrarle. Nada más. 

– ¿Qué sabes de Phill?- pregunta Bobby con la voz de una novia celosa que sospecha que su prometido se la está pegando con la secretaria. 

– ¿Quién es Phill? 

Una patada a la altura del hígado te hace retorcerte en el suelo. Un dolor sordo se expande por tus entrañas como una mancha de sangre difuminándose en la nieve. 

– ¡Responde! ¿Qué sabes de Phill? 

Escupes. Permaneces en posición fetal. Sabes que acaba de empezar la rifa de palos y, al parecer, eres el único que lleva papeletas para el sorteo. 

– No sé quién es Phill. Me dijeron que los hombres de McGregor interrogaron al chico y- titubeas buscando el eufemismo adecuado-… no aguantó. 

– Lo mataron, Bobby. 

El aludido lloriquea. El que lleva la voz cantante enciende otro cigarrillo, repitiendo la parafernalia de darte la espalda. El animal que tienes detrás permanece firme. A lo suyo: sacudirte y guardar silencio. Bonito empleo el suyo. 

– No, no lo mataron. Se han fugado los dos. Lo sé. Phill y Willy se han fugado. Lograron escapar del padre de Willy, lo sé. Lo sé… 

Un nuevo frufrú. Te encoges. Comportamiento condicionado lo llamaría cualquier loquero. Prepararse para recibir una hostia lo denominas tú. Un bofetón restalla en el aire como un látigo. Desde tu posición ves caer a Bobby de rodillas. La mano en la mejilla. Cara de sorpresa. Vuestras miradas se cruzan. Te encoges de hombros. Bienvenido al club, parece querer decir la sonrisa que le dedicas.

– Déjate de gilipolleces, Bobby. Estás hablando demasiado. 

Buena señal. Parece ser que vas a salvar el pescuezo. Si no, ¿a santo de qué habría amonestado a la reinona que tienes delante? Te sientes pletórico. Una luz al final del túnel. 

El que lleva la voz cantante y el amigo de repartir sopapos se alejan unos metros. Hablan entre ellos. La luz comienza a extinguirse. Tragas saliva. A tu lado, Bobby sigue lloriqueando y murmurando cosas incoherentes. Escuchas pasos a tu espalda otra vez. Alguien amartilla un arma. Te quedas paralizado. Fin del asunto. Hasta aquí hemos llegado, piensas. 

El que tienes detrás parece dudar. El otro le insta a hacer lo que tiene que hacer. 

– Sabe demasiado. Puede traer problemas. 

No hay más que decir. Se escucha un disparo. Un casquillo cayendo al suelo repiquetea, emitiendo un sonido frío y amenazador. A tu lado, Bobby acaba de ser sometido a una operación de cirugía estética. Donde tenía la cabeza, un cirujano poco habilidoso le ha dejado un agujero por el que asoman sus sesos y grumos de sangre. 

– Tranquilo, Dax. Aquí acaba nuestra reunión. Nos veremos pronto. Sigue investigando sobre qué ha sido de Willy McGregor. Bobby tenía los días contados. Él, Phill y Willy estaban en apuros. Hemos aligerado su cargo de conciencia. Un obstáculo menos. No te pases de listo y no te pasará nada. Te tenemos vigilado. A ti y al yonqui que trabaja para ti- hace una pausa, dejando que sus palabra calen en ti-. Volveremos a contactar contigo. Mientras tanto, trabaja. Lo único que tendrás que hacer es reflexionar a quién informarás primero. A quien te paga o a nosotros. Aquí, nadie es lo que parece. 

Frunces el ceño, tratando de comprender qué quiere decir. 

– Eso es todo. Por hoy hemos acabado- concluye antes de darse la vuelta en dirección al coche. 

Intentas decir algo, no sabes bien qué, pero no llegas a articular palabra alguna. Un nuevo golpe en la nuca y vuelves a caer en los brazos de la inconsciencia. La pregunta, fuera cual fuera, tendrá que esperar. 

Te despiertas en una habitación pintada de blanco que huele a desinfectante. La luz entra a raudales, con ganas, a través de dos grandes ventanales. Estás confundido y aturdido. En tu brazo derecho una vía vierte gotas de un líquido incoloro desde una botella de cristal a escasos centímetros de tu cara. Te mueves incómodo. Se oye el choque entre dos piezas metálicas. Estás esposado a la cama. 

– ¿Qué coño está pasando?- preguntas en voz alta moviendo el brazo izquierdo y arrancando nuevos tintineos. 

Dos polis de uniforme aparecen en tu campo visual. Son jóvenes. Menos de 20 años les calculas. Se miran entre sí. Uno de ellos se marcha. Escuchas una puerta cerrándose. El otro se acerca a los pies de la cama. Os miráis en inferioridad de condiciones. Él, luciendo placa y derrochando arrogancia. Tú, medio atontado, sin saber dónde estás y esposado. La puerta vuelve a abrirse.

– Jonhson, salga- ordena una voz que te resulta familiar. 

Escuchas pasos. Aparece un rostro de los viejos tiempos que, pese a los años pasados, las canas y las manchas de vejez, reconoces sin problemas. Es Patterson. El viejo sargento Patterson. Hace tiempo que le perdiste la pista. Tanto a él como a tu mujer y todo aquello que no fuera la bebida y la mierda en la que buceabas con la habilidad de un congrio. 

– Tienes buen aspecto, Sulivan. O, ¿debería llamarte Dax?- dice, paseando por la habitación con las manos enlazadas en la espalda. 

Le ves aparecer y desaparecer. Viste un traje de color crema que parece caro. Demasiado para un simple sargento, piensas. 

Se detiene en un punto en el que no puedes verle, pero al parecer el sí a ti. 

– Sí, tienes buen aspecto. Joder, desde luego que tienes buen aspecto. No como cuando te encontramos. 

– ¿Qué día es hoy, Patterson? 

– No tiene importancia qué día es hoy, Sulivan. Has estado medio muerto un par de días. Los médicos temían que fuera irreversible, pero ya les dije que eres un hijo de puta con la cabeza demasiado dura. Y no me equivocaba. 

– ¿Qué ha pasado? 

– Si no te importa- dice arrastrando una silla hasta tu lado. El sonido resulta desagradable, como si pasara un tenedor sobre un plato de porcelana-. Las preguntas, mejor las hago yo. 

Toma asiento y saca una libreta de páginas amarillentas. Le miras con detenimiento y miedo. Pese a las canas, sigue teniendo el aspecto de poli cabrón que recordabas, Cabrón y corrupto, un detalle, éste último, que te obliga a tragar saliva una vez más. Recuerdas el aparcamiento y los tíos que te interrogaron. La muerte de Bobby. Las preguntas sobre Willy McGregor. Y la última advertencia que oíste antes de que te mandaran a contar ovejitas: «Aquí, nadie es lo que parece». 

Tratas de serenarte. Conoces a Patterson. Sus métodos pueden ser terribles, contundentes. Es un tío de la vieja escuela; como tú. Sois lo mismo, dos hijos de puta que disfrutan exprimiendo a sus víctimas hasta obtener la información que queréis oír. Aunque las cosas han cambiando mucho en los últimos quince años: él lleva la placa y tú estás esposado. Paciencia y resistir. No te queda otra. Dos púgiles fajadores. Encajar golpes hasta encontrar un resquicio por el que poder meter un guante y acabar con el contrario. 

– Tengo un problema, Sulivan. Algo así como un dolor de muelas o un grano en el culo. No sabría definirlo muy bien- dice cruzándose de piernas mientras golpea con el bolígrafo una página de la libreta-. Pero sí sabría cómo llamarlo: Walter Sulivan, Dax para los conocidos. 

Te mira con cara de pocos amigos. El baile ha empezado y, al parecer, tu compañero de pasos quiere acabar pronto. Lástima que no sepas de qué coño te está hablando para tener una respuesta ingeniosa preparada a tiempo. Algo chistoso que le haga reír, por los viejos tiempos. 

– Hace años te lo dejé bien claro, Sulivan. Te puse en bandeja una salida no muy deshonrosa del Cuerpo. A cambio no tenías que hacer nada. Vivir la vida y dejar de meterte en problemas. Involucré a mucha gente. Me compliqué demasiado la existencia y, ¿cómo me lo agradeces? 

– No sé de que hablas, Patterson. 

Estás empezando a preocuparte de verdad. Una voz te dice que ha tenido que ser algo gordo. De lo contrario no sería Patterson quien te estuviera interrogando, si no uno de los polis púberes que estaban en la habitación. 

– ¿Qué me dices de esto? 

Sin más preámbulos saca una fotografía y te la enseña. Es una instantánea de Bobby, o lo que queda de él. Media cabeza amputada por un disparo. Sientes la boca seca. Patterson levanta una ceja, de manera elocuente. 

– Podemos hablarlo aquí. Los dos solos- dice señalando las paredes de la habitación-, o esperamos. Te dan el alta y te llevamos a comisaría. Algunos compañeros seguro que se alegran de verte después de tanto tiempo. Aunque a los de Asuntos Internos no creo que les haga tanta ilusión. Te guardan un poco de rencor por el compañero al que dejaste meando sangre seis meses. De todas formas no tienes nada que temer. Son polis, no matones. No podrán hacerte nada. Aunque, ya sabes, en los calabozos a veces ocurren accidentes. Un soborno. Una celda que se abre. Un detenido que aparece colgado del techo. La historia te suena, ¿verdad? 

El recuerdo de Donald te sacude con fuerza. Aprietas los puños con rabia. Dolor. Las esposas se te clavan en una muñeca y en el dorso de la otra mano algo parece que se te taladrara los huesos. Aflojas la tensión. Respiras hondo. 

– ¿Qué quieres saber? 

– ¿Qué pasó?- pregunta guardando la foto. 

– No lo sé. Conocí al tío ese en un bar. 

– ¿Cual? 

– El Andros. 

– ¿Te has vuelto maricón con los años, Sulivan? 

– Estoy siguiendo un caso. 

– Ya… 

– ¡Joder, Patterson! Estoy diciendo la verdad. Estoy buscando a un tío. Solía frecuentar esos ambientes. 

– Te creo, te creo- ironiza- ¿Y qué pasó? ¿Tu amigo no quería pasar a mayores contigo? ¿Se te fue la mano? 

– No lo sé. Me dejaron inconsciente cuando salía del bar con él. Me desperté en un parking y él estaba muerto. No sé más- mientes. 

– Tomo nota. ¿Quién es ese chico que buscas en bares de maricones? 

– Secreto profesional, Patterson. 

Siempre has detestado esas dos palabras, pero ahora parece que tienes cierta predilección por 

ellas. 

– Ya… secreto profesional. Yo creo que lo que pasó es esto. Fuiste al bar. Conociste al chico de la foto. Os fuisteis a un parking a daros el lote como hacen todos los maricones de esta ciudad y te propasaste. Él no quiso. Te pusiste violento y se te fue la mano. Cuando te encontramos llevabas unas esposas y un 38 encima. Conozco tus antecedentes, Sulivan. O colaboras o te comes este fiambre. ¿Qué me dices? 

– No tienes nada contra mí, Patterson. 

– ¿No? A ver qué tal te suena esto. Ex policía, expulsado del Cuerpo por drogadicto y violento. Homosexual. Un crimen pasional. Te van a caer unos cuantos años. Pero míralo por el lado bueno, ahora que te gustan las pollas, allí dentro no te van a faltar novios. He intentado ayudarte, pero te lo has buscado tú solo- dice, poniéndose en pie-. Voy a hablar con el doctor. Este caso está resuelto. Cuanto antes salgas de aquí, antes podré meterte entre rejas e irme a mi casa. 

– ¡Espera!- has caído en la trampa. Te sientes ridículo. Un pardillo mordiendo el anzuelo del poli con prisa. 

– ¿Quién es el chico? 

– Willy McGregor. 

Al oír ese nombre Patterson se queda de piedra. Al parecer, tu caso pese a ser misterioso y raro, tiene demasiadas personas que han oído hablar de Willy McGregor como para que nadie sepa qué ha sido de él. 

«Aquí nadie es lo que parece». 

– ¿Qué sabes de él?- la voz de Patterson ha perdido aplomo. 

– Poca cosa- respondes antes de ponerle en antecedentes; si bien omites que el tal Phill, Willy McGregor y el propio Bobby parece ser que estaban en apuros. 

– ¿Quién te contrató?- está peleando por contenerse. Le conoces demasiado bien y el temblor de la mano que sujeta el bolígrafo parece corroborar tus teorías. 

Suspiras. Miras el gotero. Solución salina NaCl 1%, lees. No tienes ni idea de qué significa eso, la química nunca fue tu fuerte, pero necesitas ganar algo de tiempo. A la mierda, murmuras. 

– Freddy McGregor, su padre. No sé más, Patterson. 

– Está bien, Sulivan. Te creo. Pero vas a hacerme un pequeño favor, por los viejos tiempos- habla despacio. Al parecer ha logrado sobreponerse-. Mantente alejado de todo esto. El caso se cerró por falta de pruebas. McGregor lo sabe, pero no quiere asumir que su hijo se esfumó sin más. Aléjate de él. Y si necesitas algo, aquí tienes mi tarjeta personal. No dudes en ponerte en contacto conmigo. 

Antes de que puedas decir nada, se levanta y se acerca a la puerta. Anda despacio, como si hubiera envejecido diez años durante vuestra breve entrevista. 

Una vez a solas, miras lo que pone en la tarjeta: 

« Capitán D. Patterson. L. A.» y un número de teléfono. Te sienes desbordado. Demasiada información y demasiados golpes en la cabeza en muy poco tiempo. Cierras los ojos y tratas de poner en orden tus pensamientos. Matarías por un cigarrillo y un whisky en compañía de Joe. Aunque por lo que de verdad matarías es por saber a santo de qué tu conversación con Patterson ha cambiado de registro tan pronto como has mencionado el nombre de Willy McGregor. 

Aquí, nadie es lo que parece, piensas con la mirada fija en tu muñeca esposada mientras que la sensación de que hay gato encerrado en todo cuanto rodea a McGregor comienza a ganar peso en tus cabeza. 

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