Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente

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Desde hoy y durante el próximo mes y medio Ignacio Barroso y SomNegra te traen Menage a tris una novela corta por capítulos para que disfrutes del calor estival que ya nos ha llegado.

Menage a trois estilo costa oeste

MENAGE A TROIS ESTILO COSTA OESTE, IGNACIO BARROSO BENAVENTE.

Te llamas Walter Sulivan, Dax para los amigos. Y estás jodido. Francamente jodido. Grosso Modo tu situación actual es poco halagüeña y podría describirse de la siguiente manera: estás con las manos atadas a la espalda (las cuerdas de cáñamo te hacen heridas y el sudor hace que escuezan) y de rodillas en mitad del desierto de Nevada. Has tenido un viaje exprés desde Los Ángeles en clase preferente dentro del maletero de un coche y delante de ti hay dos tíos con cara de pocos amigos. Visten a lo turista: bermudas de color crema, camisas de palmeras hawaianas y esas horteradas. Sólo les falta una cámara de fotos colgando al cuello para dar el pego totalmente. Como matones, la verdad es que no tienen precio, aunque de estilismo sus nociones sean nulas, piensas. La idea te pasa por la cabeza entre sopapo y sopapo. Algo así como plas-idea-plas. De todas formas no dices nada, prefieres callar. En el rato que llevas disfrutando de su grata compañía has descubierto que sentido del humor tienen el justo para pasar el día. Como si los trapecios hipertrofiados que asoman por el cuello abierto de la camisa les tensase demasiado los músculos faciales impidiéndoles cualquier mueca que no sea una amenaza velada.

Pero mejor dejemos las primeras impresiones a un lado y centrémonos en lo que está pasando: tú estás hecho una mierda. Y ellos están frescos. Hablando entre sí a escasos metros de ti, a la distancia de seguridad justa para que si intentas levantarte y salir por piernas, el cañón de un 38 amartillándose en tu frente te diga que no es buena idea emular a Houdini y tratar de dártelas de escapista. 

La situación, vista desde fuera, puede resultar hasta graciosa. Cómica, podríamos decir. Dos moles de gimnasio al estilo de los hampones televisivos, hablando de sus historias. Coches, chicas. Anabolizantes, batidos de proteínas. Garitos de moda. Negocios a espaldas del jefe. En fin, su día a día. Delante de ellos, tú. Un montón de carne entumecida a base de palos. En términos mafioso-culinarios, podría decirse que te han ablandado el lomo antes de llevarte a esa parrilla de arena ardiente sobre la que estás tirado. No sabes qué van a hacer contigo, y tampoco lo vas a preguntar. Has hablado poco y sin resultados- Tus compañeros son malos anfitriones. Es más, por ir concretando un poco cómo han ido las cosas, al principio pasaban bastante de hacerte caso. Hasta que te has puesto pesado y les has acabado por cansar. En ese momento el cañón de una Smith & Wesson se ha introducido en tu boca hasta la garganta, dejándote las cosas claras: esto no es una excursión entre colegas. 

El sabor a acero y el amago de amigdalectomía han sido más que suficientes para que pillaras el quid de la cuestión, pero por si eras un poco corto de entendederas, te han sacudido un poco. La letra con sangre entra, ya sabes. La gente que te contrató no está muy contenta con tus servicios, y ellos son los responsables de poner las correspondientes hojas de reclamación. No es nada personal, pero como en todos los negocios mandan las leyes del mercado. Unos ponen quejas. Otros ejecutan en mitad del desierto. A fin de cuentas viene a ser lo mismo. Sólo que es cuestión de saber de qué lado de la justicia se trabaja. 

El viento mece los escasos arbustos resecos que os rodean, levantando una insoportable nube de polvo. Tus compañeros de aventura se colocan unas gafas de piloto y siguen hablando. A ti te toca joderte. Cierras los ojos, pero aún así los notas terrosos. La arena se te pega en las heridas de las muñecas y hace que el tacto de la cuerda resulte tan delicada como un alambre de espino atado a la bolsa escrotal. A lo lejos, un coyote, o algo que se asemeja a uno en tu cabeza, aúlla. La silueta de un buitre revolotea sobre vosotros eclipsando el sol. Tragas saliva. Mala idea. Por tu garganta desfilan coágulos de sangre y granos de arena, lo que se te antoja como una digestión difícil, pero algo te hace sospechar que un ardor de estomago no va a ser tu principal problema. 

Ajenos a lo que piensas, tus compañeros siguen a lo suyo. Ahora toca hablar de hormonas de la RDA y la putada de que al tomarlas te pones grande, pero los huevos se te quedan pequeños. Aunque, milagros de la ciencia del deporte, al parecer existen otros complejos ricos en cinc que devuelven la virilidad hasta a un eunuco. 

Ríes para tus adentros. Por lo que estás escuchando, para ponerse cachas y ganarse la vida machando cráneos hay que tener educación universitaria en nutrición y dietética y andar por la vida ciego a esteroides. Si no, de nada sirve el sacrificio de levantar pesas como un energúmeno e hincharse a pechugas de pollo con arroz blanco. 

Algo no les debe molar en tu lenguaje corporal. Dejan la conversación a medias, en lo más importante del combo de ciclos y te quedas sin descubrir la piedra filosofal de lo que estaban diciendo. Los dos se cruzan de brazos a la vez y te miran fijamente. El que tienes a la derecha da un paso al frente y arma el brazo para sacudirte. Te encoges, pensando que va a doler. Por encima de su bíceps con venas que parecen gusanos, ves acercarse un coche levantando una nube de polvo. Los tres lo veis llegar. El reflejo del sol en el parabrisas te ciega. 

– Déjale, tío. Viene el jefe- dice el otro. 

– ¿Qué más da? 

– Espera a ver qué dice. Ya sabes que no le gusta que les sacudamos demasiado. 

Tu agresor se contiene, apretando los puños con fuerza y fulminándote con una mirada que queda oculta tras los cristales de las gafas de sol. El coche se detiene junto a vosotros. Se abre una de las puertas traseras y baja un tipo estilizado, alto y delgado, con un bigotillo canoso recortado a la moda de los años 20 y medio imperio Inca en joyas de oro colgando de sus muñecas y su cuello. Viste un traje claro que parece hecho a medida y un ridículo sombrero de paja que le da un aire a lo potentado del algodón de Nueva Orleans del siglo pasado. 

Camina despacio, apoyándose en un bastón con empuñadura de marfil. Los mastodontes  con los que has compartido más tiempo del que eres capaz de recordar le miran con una mezcla a mitad de camino entre el respeto y el miedo. 

– Hombre, Dax me alegro de verte. Temía que mis muchachos se me hubieran adelantado y llegara tarde para verte morir- dice a modo de saludo. 

– Hola, Fred. ¿cómo andas?- ironizas, mirando el bastón. 

Uno de sus chicos, el que se ha quedado con ganas de sacudirte, da un paso al frente. Su jefe, Fred McGregor, un pez gordo que ha levantado un imperio en las sombras dentro del competitivo mundo del hampa de Los Ángeles, levanta el bastón con brusquedad. El perro de presa se amansa. 

– Tienes huevos, Dax. No te voy a decir que no. En otras circunstancias te habría mandado asesinar aquí mismo sin ningún miramiento- habla despacio, deleitándose con cada palabra, aunque lo que trata de conseguir es no ahogarse. Al parecer, el aire del desierto no es muy saludable para un viejo artrítico que fuma como un condenado a muerte sin apartar la vista del calendario-. Pero no. No es el caso. Vas a morir igualmente, pero prefiero disfrutar viendo trabajar a mis chicos. 

Bajas la mirada. Es el final. Fred da una palmada y un tercer tipo baja del coche portando una nevera portátil y una silla plegable de camping. El viejo capo toma asiento, abre una Budweisser, finge brindar contigo. Da un sorbo y en tono ceremonial dice: 

– Chicos, que empiece la función. 

Te estremeces. Sabes lo que está por pasar. Miras al horizonte. El sol arranca ondulaciones a las dunas que os rodean. Algo se escabulle reptando por el suelo. Coges aire. Los dos se acercan a ti. No hace falta ser futurólogo para saber que las cosas pintan bastante mal. 

– Chicos, chicos- protesta Fred-. Por favor, poneos de otra manera, que no veo bien. Así, muy bien. Ahora sí, que empiece el baile. 

Tres meses antes

2 

Es de noche y estás borracho.

La mesa de tu despacho parece un campo de batalla. Las colillas, la botella de whisky vacía y los vasos cubiertos de polvo y ceniza se muestran como los cadáveres de una lucha encarnizada. El ambiente está recargado. Huele a sudor y tabaco, pero parece no molestarte. Por la ventana que tienes al lado, una luz de neón parpadea salpicándolo todo a tu alrededor. 

Estás realmente hundido. Depresión crónica lo han llamado los psiquiatras. Pero no les haces ni puto caso. Sabrán ellos. Lo que te pasa es consecuencia de los recuerdos. Tu época dorada, aquella en la que la placa, el alcohol y la violencia iban de la mano. Qué tiempos. Impunidad. Ganas de limpiar de escoria la ciudad. McCarthy cazando comunistas en las altas esferas y la gente como tú haciendo lo propio a pie de calle. Qué recuerdos… 

Te sientes nostálgico. Abres un cajón de la mesa y sacas otra botella. No encuentras ningún vaso limpio. Te encoges de hombros. Bebes a morro. El alcohol baja con pesadez por tu garganta. Eructas. Una arcada ácida se traslada a tu rostro en forma de una incómoda mueca. Optas por encender un cigarro para sofocarla con una calada larga, eterna, mientras que al otro lado de la llama la habitación se convierte en una danza macabra de luces y sombras. 

Desde la calle asciende el ruido de la vida nocturna. Bares de ambiente gay, putas haciendo su trabajo a la caza de incautos a los que sacar los cuartos y regalar una venérea de recuerdo. Un par de chicanos buscando bronca. Cierras los ojos y te masajeas las sienes. Recuerdos. Tú y los chicos. Años atrás. Un jodido escuadrón que hacía temblar los bajos fondos. Mickey y Donald. Sus nombres parecían sacados de una película de Walt Disney, salvo que de contenido sólo apto para adultos. Eran tipos duros, de los que ya no quedan. Los dos sirvieron al país cuando lo de la Campaña del Pacífico. Y no contentos con despachar japos a conciencia, decidieron meterse a la policía. Los dos eran especialistas en salir vivos de las situaciones más difíciles y pronto hicisteis buenas migas. Os gustaba lo mismo. El alcohol, las mujeres y barrer la escoria de las calles a palos. Os lo pasabais en grande. Redadas en bares sólo por pasar el rato. Excursiones a mitad del desierto en el Ford del 48 de Mickey hasta arriba de ilegales, para luego volver los tres solos viendo cómo los pachucos se iban haciendo cada vez más pequeños en el retrovisor en mitad de la nada. Atracos a licorerías y gasolineras para cargar el muerto a algún negro adicto al caballo. Bares de putas donde follabais sin pagar. Desde luego, eráis los reyes… 

Pero todo acabó por irse a la mierda. 

El primero fue Donald. Los cabrones de Antivicio le jodieron bien jodido. En cierto modo se lo buscó el solito. A quién se le puede ocurrir robar heroína de la sala de pruebas sin avisar. Y para colmo, correrse una juerga con dos putas filipinas menores de edad en un motel registrado a su nombre. 

No aguantó mucho. Le enchironaron con los mismos presos a los que él había detenido. La cosa pintaba mal desde el principio. Mickey y tú le disteis la espalda. No queríais complicaciones. Y así acabó todo. Vosotros vivos y en la calle, mientras que él se colgó en su celda con un cinturón atado al cuello. 

Nunca se supo quién se lo suministró ni porqué nadie le echó en falta hasta pasadas 24 horas. Es triste que un héroe condecorado tras la Batalla de Peleliu acabara así, pero no le quedaban demasiadas alternativas. La cárcel es jodida, difícil. Y más aún cuando uno ha sido pasma y tiene los antecedentes de violencia gratuita que tenía Donald. Si a eso se le suma que la condena fue por pederastia e inducción al consumo de droga de dos menores, no hacía falta ser muy pesimista para saber que tenía los días contados y a su manera, lo único que hizo fue acelerar los trámites. 

Así era él. Lo que le sobraba de músculo y fuerza bruta para astillar huesos, le faltaba de seso. Él mismo lo decía: «Dios me ha creado con el cerebro justo para pasar el día»; y al final fue verdad. De haberse parado a analizar su situación, habría podido sacar partido de su pasado de poli. Los carceleros habrían hecho la vista gorda en muchas cosas, y, tras currárselo un poco, se lo habría acabado montando de puta madre con los demás presos. A fin de cuentas, en el trullo todo se mueve por favores y la gente olvida pronto cuando le salvas de recibir una paliza o evitas que se le caiga la pastilla de jabón en las duchas. 

Pero no. No se paró a pensar y acabó como acabó. Colgado como una res en una carnicería de Brooklyn, antes de ser enterrado en un sepelio sin demasiado público presente. Sólo Mickey, algunos chicos de la comisaría que le conocían de patrullar juntos por las zonas chungas del barrio negro y tú, guardando el debido luto. Aunque este duro poco. Los dos que aun quedabais con vida volvisteis a los vuestro: beber como esponjas y a esmerarse en el tema de las palizas. Pero no era lo mismo. Sin Donald y sus métodos brutales, la cosa había perdido la gracia. Los de Asuntos Internos andaban buscando un fleco del que tirar y quitaros de en medio, y la tensión se encargó de acabar con Mickey. No aguantó. Tenía los nervios destrozados por la guerra y el alcohol, y decidió tomar un atajo para reencontrarse con Donald en el cielo de los tipos duros. 

Una buena mañana, sin mediar palabra, se encerró en el vestuario, cogió su revólver de servicio y decidió pintar los azulejos que tenía más cerca en un intenso color rojo-sangre con un fino relieve de trozos de cráneo y masa encefálica. Pum. Y ahí quedó el segundo miembro de vuestra sociedad anónima. 

Su muerte fue un duro trago para ti. Te sentías solo. Abatido. La vida había empezado a perder sentido. Y acabó por perderlo del todo el día que tu mujer se marchó dejándote una carta llena de reproches. Eso fue la gota que colmó el vaso. Pensaste en quitarte de en medio tú también y seguir los pasos de los chicos. A fin de cuentas, te sentías como si tu tiempo hubiera pasado y te encontraras en un mundo que no entendías. Pero no pudo ser. Te faltó valor. El tacto del cañón de tu 38 en la sien te parecía frío e impersonal. Cogiste aire y te lo metiste en la boca. Su sabor era desagradable, espantoso. Permaneciste media hora practicando una felación profunda a tu arma, con las mandíbulas desencajadas, la boca inundada por el sabor del aceite y los ojos llorosos tendido en el suelo de la cocina, hasta que desististe. No pudiste acabar con tu mísera existencia. Guardaste el arma y empezaste a beber como no lo habías hecho en tu antes. 

Las botellas vacías se amontonaban en casa, casi a la misma velocidad en la que tú te ibas trasformando en la sombra de lo que fuiste. Un ser endeble, de pulso tembloroso y altamente inestable que estallaba en ataques de ira sin razón aparente. Tu degradación personal avanzaba y no eras capaz de ponerle freno. A lo sumo, borracho, medio inconsciente en el salón, balbuceabas los nombres de tus compañeros muertos suplicándoles ayuda en un último estado de lucidez que el alcohol pronto ahogó. 

Como era de esperar, la ayuda no llegó. En su lugar lo hizo la droga. La cocaína hacía más llevaderas las resacas, permitiéndote estar alerta. Tu nariz pronto se convirtió en una fábrica de yeso. Respirabas polvo blanco, no aire. Y de esta manera fue como acabaste por cruzar la línea. Fue un viernes por la noche, puesto de mierda hasta las cejas, al salir de un bar de putas orientales. Uno de los de Asuntos Internos iba por la calle con unos tíos que no te sonaban de nada. La sangre empezó a hervir en tus venas y sin mediar palabra te tiraste sobre él como un perro de presa. El resto es leyenda: la mandíbula rota por tres sitios distintos, varias costillas fracturadas y pérdida de visión parcial en uno de los ojos. Te descargaste de lo lindo, y vinieron las consecuencias. 

Los de arriba no se lo tomaron muy a bien. Te tildaron de ser la vergüenza del Departamento y esas gilipolleces. La verdad es que no les prestaste demasiada atención. Llevabas dos días borracho, celebrando lo que habías hecho y no te importaba demasiado lo que fueran a decirte. Hasta que llegó la palabra clave: expulsión. 

No sabías qué habían qué habían dicho antes ni lo que dijeron después. Te quedaste blanco. La cogorza desapareció en cuestión de segundos. Rompiste a sudar. Sentías cómo el corazón te latía en las sienes y te faltaba el aire. El despacho de tus superiores parecía empequeñecerse por momentos. El teniente Rogers salió a buscar un médico, dejándote hiperventilando en un sofá. Por su parte, el sargento Patterson te miraba con lástima. Se sentó a tu lado y se encendió un cigarro. 

– Sulivan, vas a acabar mal. Éste no es el camino. Casi matas a uno de Asuntos Internos. ¿En qué estabas pensando?- preguntó en tono paternal, frunciendo el ceño. 

– Mickey… Donald…- murmurabas entre bocanadas de un aire que notabas húmedo y asfixiante que no lograba llegar a tus pulmones. 

– Ellos están muertos. Tú aún vives. Fue una lástima lo de aquellos pobres diablos, pero hazte un favor: no sigas así, chico. Asuntos Internos quiere tu cabeza. Ese hijo de puta al que sacudiste está muy jodido. Se sale de ésta de una pieza, será un milagro y tú habrás tenido mucha suerte- hizo una pausa para dar una calada, y dejar que sus palabras calaran en ti-. De momento les estamos dando largas, pero no podremos hacerlo por mucho tiempo más. Tengo a mis chicos trabajando para salvarte el culo, así que no la jodas. Deja la policía. Vive como quieras, pero como en un mes te vea por aquí, yo mismo me encargaré de accionar la silla eléctrica para freírte los huevos. 

Oír decir a Patterson que los suyos estaban trabajando en tu caso, era una garantía de supervivencia. Al igual que los chicos y tú eráis especialistas en chantajes, sobornos y palizas indiscriminadas, ellos eran los mejores en incriminar a inocentes. 

Nunca llegaste a saberlo de primera mano, pero en la casa del pipiolo de Asuntos Internos apareció una colección de pruebas incriminatorias que ningún jurado que no hubiera sido sobornado creería. Bolsas de cocaína y fardos de heroína. Pornografía homosexual. Revistas de pederastia. Un listín de teléfono con los números de chaperos negros de los bajos fondos más conocidos. Propaganda prosoviética… Parecía como si los muchachos de Patterson hubieran actuado por tandas, dejando cada vez más pruebas de depravación contra su víctima hasta que todo saliera a la luz. De hecho, la maniobra fue de tal envergadura, que poco más y tu pasaste de ser un poli al que habían expulsado del cuerpo por violento, a convertirte en un héroe del Comité de Actividades Antiamericanas que había hecho saltar la liebre sobre conspiraciones comunistas y antros de vicio y corrupción. De haber tenido un poco de suerte, quizá hasta te hubieran condecorado. 

Aunque, la verdad sea dicha, tampoco estabas para muchas medallas. Buscaste ayuda médica a tu problema y acabaste en una habitación que olía a lejía con un pijama que apestaba a naftalina, mientras te trataban varios psiquiatras cabrones que te tenían drogado la mitad el tiempo hasta que dieron con la causa de tu dolencia: padecías un trastorno de estrés generalizado por la muerte de tus compañeros, o al menos eso es lo que ponía en el certificado que entregaste en comisaría junto a la placa y tu pistola. A cambio, recibiste una caja de cartón para meter tus cosas y una despedida fría. Nada de putas y alcohol ni nada por el estilo. Sólo un «Cuídese Sulivan. No vuelva a meterse en problemas» por parte de Patterson y el teniente Rogers. Nada más. Así te agradecían tus compañeros tantos años de servicio: una palmada en el hombro y un no vuelvas a joderla a modo de despedida. 

Y claro, como no podía ser de otro manera, no tardaste demasiado en volver a joderla. La coca la dejaste pronto, ya no necesitabas ir a mil por hora a la caza de sospechosos, pero acabaste por rehipotecar tu casa para poder seguir alimentando tu futura cirrosis. Volviste a caer en barrena y antes de que fueras consciente de ello, acabaste viviendo en una habitación en un edificio abandonado y sin blanca. 

Algo había que hacer. Nadie daba trabajo legal a alguien con tus antecedentes en los que las palabras alcoholismo y expulsión del DPLA parecían perseguirte. Así que ¿qué alternativas te quedaban? Meterte a chapero, camello o montártelo por tu cuenta. Y eso hiciste. Acondicionaste con mobiliario de la basura la habitación que ocupas. Puenteaste la luz del alumbrado público y en pocos meses eras un detective de los duros, de los que ya no quedan en el mundo. Como en las películas vamos, salvo que en lugar de tener una secretaria cañón a la que follarte los viernes por la noche después de hacer morder el polvo a los malos, tienes una úlcera del tamaño del desierto de Arizona y los únicos casos que llevas son estafas de poca monta, corredores de apuestas que no pagan y algún que otro servicio de ruptura de pulgares y piernas por veinte pavos la hora más comisión. Siendo sinceros, no es que sea el trabajo de tu vida, pero te va dando para sobrevivir. A la gente parecen gustarle tus métodos heredados quince años atrás en la poli y pagan a su debido tiempo. Alcohol y tabaco no te faltan, y de vez en cuando comes caliente. 

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