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Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 5- 6

5 

El negocio parece ir sobre ruedas. O´Connor cumple con su parte pegando la oreja en tantos tugurios, bares y grupos de hampones como conoce, y no ha encontrado nada sobre el tal McGregor. Era de suponer. Un mafioso viviendo cerca de Hollywood no desentona demasiado, pero tampoco la cosa es ir haciendo alarde sus fuentes de ingresos. Bueno, siempre y cuando uno no sea Mickey Cohen y esté por encima del bien y del mal, saliendo con Billy Graham en televisión después de haber comido trullo por evasión de impuestos. 

Pero te da que no es el caso. Quien dice llamarse Fred McGregor puede ser cualquiera de los peces gordos que controlan la ciudad bajo un nombre ficticio, o, tal vez sea lo más probable, tenga un ejército de testaferros a sueldo para que den la cara y se jueguen el pellejo por él. Y, ya puestos a ser quisquillosos y neuróticos, puede incluso que el supuesto hijo homosexual no sea más que su próxima víctima en un ajuste de cuentas que está escondido como un cordero asustado y a ti te toca jugar a los sabuesos. Una herramienta más en sus planes. El encargado de entregar al chaval en bandeja de plata a sus ejecutores. Pero vamos, que te da igual. Tienes pasta y tiempo para pulirla. Tú te limitas a hacer tu trabajo y ellos que se las arreglen como buenamente puedan, o quieran. 

A falta de más información, y aceptando la hipótesis de que el desaparecido es el hijo homosexual de McGregor, los datos que tienes se resumen en: 

William J. McGregor. 20 años- Sin ocupación conocida (en el dossier no pone nada sobre cómo se gana el pan el muchacho, así que has decidido añadir esto de ocupación desconocida por tu cuenta, que suena bastante profesional, así rollo informe policial listo para ser entregado a un superior). Estatura media. De complexión atlética. Ojos claros. Cabellos pajizos. Facciones un tanto afeminadas (otra contribución de tu propia cosecha al contemplar su fotografía antes de tomar nota sobre sus rasgos y características físicas). Homosexual (optas por añadir un reconocido, algo que en tu cabeza suena como si pudiera aclararte las ideas a la hora de empezar la búsqueda). Última pareja conocida, en paradero desconocido (eufemismo, por no decir que está viendo crecer los cactus del desierto desde abajo). Deportista. Solía frecuentar zonas próximas a Bervely Hills. La última información que se tiene sobre él fue que salió el pasado 3/marzo (falta el año, pero deduces que fue hace dos meses) de su domicilio conduciendo su propio automóvil (Ford Mustang 1964, azul cielo con doble franja amarilla sobre el capó). No dijo a dónde iba. No regresó. Las pesquisas policiales no revelaron dato alguno sobre su paradero. No ha aparecido el vehículo ni tampoco se ha cursado denuncia por robo. 

Y eso es todo cuanto tienes. El nombre de un par de bares con nombres que dejan bastante poco a la imaginación: El Apolo y El Andros, a los que el pequeño Willy solía ir con bastante frecuencia, y nada más. La historia que empiezas a montarte en la cabeza es sencilla: el pequeño McGregor discute con su chico. Se enfadan. Coge el coche y desaparece rumbo a San Francisco en busca de algún maromo fornido que le quite las penas. Papá McGregor se entera de que alguien ha roto el corazón a su pobre hijo y manda a sus chicos a que le rompan las piernas. Ojo por ojo. Se entusiasman demasiado y el amante acaba durmiendo arropado con varios kilos de arena  para que no coja frío por la noche. El hijo huido se entera. Le entra miedo y no quiere volver a casa, rompiendo cualquier vínculo o comunicación con su progenitor. Fin de la historia. La versión masculina de la hija del granjero de Kentucky que se da a la fuga en lugar de casarse con su primo hermano y parir quince hijos, para llegar a Los Ángeles con la idea de ser actriz y acaba metida de puta en un bar de Las Vegas, o de camarera en un bar de comidas en una interestatal que mata el tiempo haciendo mamadas a los camioneros que se dejan caer por allí. Nada nuevo bajo el sol, pero te pagan por encontrar al pequeño Willy, y en eso andas. 

Siguiente parada obligatoria: visitar la zona rica de la ciudad, algo que te desagrada pero que va con el sueldo. No te queda otra. Al trabajo de campo nunca le has hecho demasiados ascos. Pero una cosa es ir de tipo duro luciendo placa, y otra bien distinta meterte tú solito, y por tu cuenta, en la boca del lobo: El Apolo y El Andros. Tu mente homófoba los imagina como dos capitales de la perversión. Sodomía. Orgías. Felaciones por parte de tíos rudos y barbudos con manos encallecidas de leñador. Lesbianas hipermusculadas blasfemando como marineros. Pero es lo que hay. No tienes otro punto de partida, y lo único que te consuela es la idea de encontrar a un maricón en un callejón oscuro y volverle heterosexual a hostias. Como en los viejos tiempos… 

No pierdes más tiempo. Vistes tu mejor traje y coges 200 pavos de tu escondite secreto. Sales a la calle y buscas una cabina telefónica que no apeste demasiado a orina y vapores narcóticos. Llamas a McGregor y le cuentas tus planes. Parecen gustarle, tanto que que te ofrece a dos de sus chicos para que te hagan de chófer. Te sientes la reina del baile. Ridículo. Patético. Pero en dos horas van a recogerte, no hay más que hablar. Es una orden.

Vuelves a subir a tu despacho y te sirves un whisky doble para pasar el rato. Tratas de mantener la mente ocupada. Prefieres no pensar en lo que te puede pasar, pero no puedes evitarlo. ¿La homosexualidad es una enfermedad?, ¿puro vicio? ¿Cómo se transmite? Lo único que sabes sobre todo esto, es lo que decían los chicos: el que cambia de acera, rara vez vuelve y eso no entra dentro de tus planes. Por si la tentación llama a tu puerta, o alguna locaza trata de propasarse, vas preparado. Tu fiel 38 y unas esposas. Y quien quiera jugar al cuento del poli sobón y el detenido sumiso, que se prepare para aprender un par de lecciones sobre perversiones y violencia. 

Llegáis pronto al garito. Aún no son las nueve de la noche. Te despides de los chicos de McGregor y empiezas a pillarle el pulso a la zona. En la puerta del garito una luz verde parpadea mostrando el nombre del bar: El Andros, cada pocos segundos, junto a una copa de color fucsia.

Entras. No hay nadie dentro. Nada de orgías 24 horas al día, 7 días a la semana. Ni asientos con formas fálicas ni invertidos suspirando al viento por un hombre heterosexual al que pervertir. Está vacío. Es un local largo, con una barra en un extremo, espejos en la pared del fondo, dos fotografías de Errol Flynn y otros dos actores que no reconoces pero tienen pinta de que les vayan los jovencitos. Mesas bajas y un par de reservados junto a los baños. A todo esto se resume el antro de perversión que pensabas encontrar. 

Te acercas a la barra. El camarero se levanta del barril de cerveza en el que estaba sentado y te pregunta que qué quieres. Le observas. Mulato. De pelo rizado y labios gruesos. Viste una camisa blanca de lino y pantalones vaqueros. Ante tu silencio se cruza de brazos y levanta una ceja con gesto de fastidio. 

– No soy como vosotros. Soy hetero. No. No quiero probar nada nuevo. Estoy muy bien como estoy. Y no. No me lo he planteado- dice a modo de retahíla desgastada a base de repetirla noche tras noche-. ¿Ha quedado claro? 

Le miras fijamente. Te acaba de llamar maricón por toda la cara. Sientes ganas de romperle los dientes contra el mostrador y demostrarle que de pusilánime y afeminado tienes más bien poco. Aunque, por otro lado, si un tío heterosexual te ha tomado por un gay, tal vez esto pueda serte útil en lo que has ido a hacer allí. Te quedas con esto último. 

– Tú te lo pierdes- dices, fingiendo unas inclinaciones sexuales que te producen náuseas-. Así que a falta de tu cuerpo de chocolate, ponme un whisky, encanto.

El camarero se da la vuelta y coge una botella, controlando por encima del hombro si le estás mirando el culo. Una mueca de decepción surca su cara al comprobar que no le haces ni puto caso, estás demasiado entretenido acariciando el mostrador de cinc y absorto en tus pensamientos. 

– ¿Eres nuevo en la zona? No me suenas de haberte visto antes por aquí- pregunta, tratando de entablar conversación. 

– Acabo de mudarme como quien dice. 

– Ya decía yo… ¿Sólo o con hielo? 

– Solo, por favor. 

– Empiezas fuerte- bromea acercándote el vaso- Pero bueno, ya eres mayorcito para saber lo qué haces. 

– ¿A qué hora empieza a llenarse esto? He oído hablar mucho de este sitio y tenía ganas de conocerlo… Pero ambiente, lo que se dice ambiente, no parece que tenga mucho. 

Das un trago. El whisky sabe a barrica de roble, calidad. Tu paladar se deleita con su sabor, nada que ver con esas mierdas sureñas de destilación casera que acostumbras a beber. 

– Aún es pronto. En un dos horas empezará a llegar la gente. ¿Habías quedado con alguien? Tengo unos vinilos nuevos de jazz, si quieres, cuando venga tu cita, os pongo vuestra canción.

Otro trago. Hora de dar un paso al frente. 

– Sí, había quedado con un chavalito más joven que yo. Willy McGregor se llama, ¿te suena de verle por aquí? 

Silencio sepulcral. Cuentas mentalmente hasta cinco. El camarero parece pensar si le conoce o no, o, como sospechas, decirte lo que sabe o mentirte. 

– No, así por el nombre no me suena. Viene mucha gente y me suelo quedar más con las caras que con los nombres. ¿Cómo es?- pregunta apoyando los codos en el mostrador. 

Empiezas a dudar sobre su inviolable heterosexualidad. 

Se lo describes tal cual lo has apuntado en la libreta, tirando de memoria. De cuando en cuando intercalas opiniones subjetivas del tipo esos ojazos suyos me enamoraron nada más verlos y zarandajas por el estilo, para que todo resulte más creíble. 

– Espera, deja que piense- se acaricia el mentón frunciendo el ceño-. Creo que sí. Me suena. Sí, sí. Solía venir con dos amigos, así monos como él, ¿verdad? 

No tienes ni puta idea, pero asientes igualmente. Sí, sí. Claro. Con dos amigos, así monos como él. 

– Ya sé quién dices. Willy, ¡claro! Qué cabeza la mía- se da una palmada en la frente para dar más énfasis a la exclamación-. Hace tiempo que no le veo por aquí, pero sí que suele venir uno de los chicos con los que iba. Luego si se pasa por aquí te lo presento, porque encanto- hace una pausa deliberada y mira el reloj-… me parece que te van a dar plantón- sonríe como disculpándose-. Y yo, te tengo que dejar también, espero que no te dé miedo quedarte solo, pero tengo que ir al almacén a comprobar unos albaranes antes de que esto se llene. 

– Creo que no, ya soy mayor para tener miedo a la soledad- dices antes de dar un trago-. ¿Puedo ir a uno de los reservados mientras espero? 

– Ningún problema. 

Coges tu copa y te encaminas hacia el que está más cerca de los baños. Es lugar es el adecuado, perfecto para tener controlado a todo el personal. Quién entra y quién sale. Quién da y quién recibe. 

El espacio es diminuto pero acogedor. Paredes prefabricadas pintadas en color crema, a juego con el resto del local, con adornos hawaianos. Dos butacas diminutas y una mesa bajera de plástico blanco. Tomas asiento y pones los pies encima de la mesa. Te enciendes un cigarro y aguardas. Sólo hay que esperar a que el amigo de Willy venga, y podrás seguir trabajando. Ahora toca disfrutar del tabaco y el whisky. Cada cosa tiene su momento. 

Empieza a sonar la música. Jazz alegre y animado. La gente abarrota el garito. No pierdes detalle desde tu posición privilegiada. Magreos. Roces. Visitas al baño que se prolongan más de media hora. Locazas bailando. Bebes en silencio. De cuando en cuando el camarero se pasa por el reservado y te llena el vaso. Le ves hablar con unos y con otros. Ambiente festivo. La gente a lo suyo, salvo uno que desde la barra no te quita ojo. Parece estar interesado en ti. Te sonríe. Estás algo borracho, efusivo y simpático. Tus miedos homófobos hace rato que se han ido. Tienes ganas de charla. Levantas la copa mirándole, como diciéndole: a tu salud. Se levanta y se acerca. Camina como un cowboy tras cabalgar cinco días sin levantar el culo de la silla de montar. Llega al reservado. 

– Toc, toc. ¿Se puede?- pregunta. 

Con un ademán le señalas la butaca vacía. Entra haciendo aspavientos y se sienta frente a ti. 

– Me ha dicho Tommy, el camarero- aclara al ver que por la cara que pones no tienes ni idea de quién es el tal Tommy- que le has preguntado por Willy. 

– Sí, había quedado con él, y me ha dado plantón- respondes fingiendo estar dolido. 

– ¿Tienes ganas de verle? Es un encanto, ¿verdad? 

Asientes. El alcohol está mermando tus reflejos. Tienes la cabeza embotada y sientes los pómulos entumecidos. Empiezas a estar borracho de verdad. 

– Me llamo Robert, pero todos mis amigos me llaman Bobby- dice extendiendo la mano. 

– Fred, pero todos mis amigos me llaman Freddy- improvisas estrechándole la mano con fuerza. 

– ¡Qué apretón!- exclama- Me encantan los hombres como tú. Decididos. Fuertes. Viriles. Seguro que eres muy apasionado, ¿me equivoco? 

El juego está pasando a mayores. La bebida te impide ver más allá del tonteo que se está marcando el tal Bobby contigo. Enciendes un cigarro. El pulso te tiembla. 

– Tranquilo, no tengas miedo. No te voy a morder- dice sujetándote la mano del encendedor-, todavía. 

Das una calada. Echas el humo por la nariz. Estás incómodo, pero no a disgusto. Bobby parece inofensivo, alguien jugando a un juego en que se está enredando el solito y la situación te divierte. Por primera vez ves a alguien haciendo las mismas gilipolleces que tantas veces has intentado poner en práctica para llevarte a alguna tía a la cama, y descubres cuánto de ridículo encierra el asunto. 

Tu acompañante te ha susurrado algo que no has oído. Mierda. No puedes decirle, perdona, no te he hecho ni puto caso porque me estaba riendo a tu costa. Rompería el encanto del momento o, peor aún, tiraría por tierra tus posibilidades de saber dónde anda el supuesto hijo del supuesto señor McGregor. 

– Ah, entonces no quieres ver a Willy- dice al fin. Parece francamente disgustado. 

– Sí, sí. Perdona. Estoy algo borracho. Hace calor aquí dentro y no te he oído bien con la música tan alta- improvisas, poniendo una mano sobre su pierna izquierda. 

¿Qué coño estoy haciendo?, piensas. ¡Le estoy tocando la pierna a un maricón!, ¿qué me está pasando? 

– Entonces, acompáñame. Puedo llevarte a verle. 

Se pone en pie y sale del reservado. Le sigues. El bar está atestado. Hay cola para entrar al baño. Pasas ente una multitud de tíos sudorosos y cachondos. Unos te restriegan el paquete al pasar. Otros, te rozan de manera sugerente. A tu mente acude una reflexión de Donald una noche de borrachera en que os echaron de un bar de putas por armar demasiado escándalo: 

« Si no encontramos a ninguna tía para follar esta noche, podemos ir a un bar de maricones. Cuando nos la estén chupando, sólo tenemos que cerrar los ojos y pensar que son tías». 

En su momento la idea te resultó desagradable. Pero ahora tienes ciertas dudas. Si no, ¿cómo puedes explicarte que le hayas tocado la pierna a Bobby? 

Notas que te falta el aire. Te sientes raro. Confundido y culpable. Eres un tío,joder. Y los tíos no van sobeteando a otros tíos, y si lo hacen, es porque son maricones. Te cuesta pensar, caminas como en una nube. Flotando. Tratas de controlar tus pasos. Ya habrá tiempo para pensar en el por qué de todo. Lo importante es escapar de esa atmósfera que te oprime el pecho. 

Salís a la calle. Respiras hondo, el aire fresco de la noche te despeja un poco. 

– Buitres, es mío- exclama Bobby, sacando las garras ante la manera golosa con que te mira un grupito de tíos-. Acompáñame. Tengo el coche a la vuelta de esquina. 

Miras a tu alrededor y no hay ni rastro de tus acompañantes de hace un rato. Te encoges de hombros y le sigues. Dobláis la esquina y le ves acercarse a un Packard verde. Mete la llave en la cerradura y te hace un ademán para que te acerques a él. Suspiras. No te seduce la idea de meterte en el coche de un tío al que no conoces y no sabes qué pretende, pero el roce del 38 en el costado te insufla valor. 

– ¡Vamos!- te insta, mientras abre desde dentro la puerta del copiloto. 

Entras. Arranca. El motor ronronea como un gato feliz con un ovillo de lana entre las patas. Tienes la sensación de que algo va a salir mal, pero estás demasiado borracho como para saber a ciencia cierta el qué. Tu sexto sentido hace saltar la alarma demasiado tarde. Por el rabillo del ojo ves una sombra moverse en el asiento trasero. Tratas de girarte. Bobby te empuja contra la puerta y pisa el acelerador a fondo. Salís del callejón quemando ruedas. Un par de borrachos os silba y os aplaude. Te has clavado la pistola en las costillas. Te falta el aire. Intentas sacarla y poner orden. Bobby no está borracho y piensa más rápido que tú. Frena en seco. Te empotras contra la guantera. Un chasquido: tu puente nasal. Tratas de incorporarte. La sangre te ahoga. Desde el asiento trasero alguien se abalanza sobre ti con una bolsa de tela negra. Te mete la cabeza en ella. Forcejeas, dando manotazos al aire. Empiezan a golpearte. Bobby maldice a gritos gilipolleces sobre la tapicería y que es el coche de su padre. Alguien te agarra la cabeza por la nuca y empieza a estampar tu cara contra el salpicadero. Al quinto golpe la visión se te nubla. Al sexto, alguien apaga definitivamente las luces y pierdes el conocimiento. 

6 

Abres los ojos y te sientes desorientado, confuso. No sabes dónde estás ni cómo has llegado allí. El suelo es de cemento. Huele a gasolina y aceite de motor caliente. Estás a oscuras. Lo único que escuchas es un goteo incesante que te pone los nervios de punta. Intentas levantarte. Mala idea. Todo te da vueltas, no sabes si a causa del alcohol o por la paliza que te has llevado. Te palpas la frente. Una hinchazón considerable asoma en el nacimiento de tu cuero cabelludo. Ves las estrellas. Duele, y mucho. 

Sigues la exploración por el resto del cuerpo. Por lo que intuyes, estás intacto. Con esfuerzo empiezas a hilvanar recuerdos. Un coche.. Bobby… Una bolsa en la cabeza… Te estremeces. Mejor dejarlo ahí, de momento. Ya habrá tiempo para seguir jugando a los médicos. Tu prioridad ahora mismo es saber dónde estás y cómo escapar de allí. 

El chillido de una rata seguido del bufido de un gato rompe con la monotonía que te rodea. Les oyes correr a oscuras. Tragas saliva. Estás nervioso, al borde la histeria como una estrella de cine sin barbitúricos y una botella de bourbon a mano. La negrura que te envuelve es densa, oscura. Como una mortaja de color negro que te rodeara antes de tiempo. Intentas gritar. Mala idea. Tu cabeza retumba. Cierras los ojos y aprietas las mandíbulas con fuerza. El dolor es insoportable. Tu situación delirante, surrealista. Has salido de caza y, al parecer, has acabado cazado. Ironías del destino, piensas. Pero prefieres no seguir tentándole porque temes lo que puede estar deparándote para tu futuro más inmediato. 

De pronto, el motor de un coche cobra vida y se encienden las luces a poco más de un metro de tu cara. Te ciegan por completo. Sientes los ojos como si acabaran de clavarte alfileres en las pupilas. Escuchas pasos a tu alrededor. Inconscientemente giras la cabeza. ¡Nunca aprenderás! Un latigazo de dolor recorre tu espalda. Protestas. Los pasos se detienen fuera de la luz que viola tus retinas. Calculas que deben ser tres: uno detrás de ti y los otros a tu derecha. 

– Ya ha vuelto en sí- dice una voz a tu lado. 

– Ya era hora, creía que os lo habíais cargado- protesta el que tienes detrás. 

– Opuso demasiada resistencia- reconoces a Bobby, aunque ahora no hay sensualidad ni seducción en sus palabras-. Si no se hubiera pasado de listo, todo habría sido más fácil. 

– Da igual. Ya está hecho. Dax, esto es un aviso. Deja de buscar a Willy McGregor- el que habla se mueve a tu alrededor, pasando de estar a tu derecha para detenerse a tu izquierda. Sus pisadas retumban en tu cabeza-. La próxima vez te lo explicaremos de otra manera. 

Intentas decir que si estás buscando al mierda de McGregor es porque hay gente detrás que te paga por ello. Ahí empieza y termina tu interés por ese tío. Pero prefieres callar, sospechas que el diálogo no es una de las virtudes de tus nuevos amigos. 

– Willy McGregor desapareció. Eso es todo- sigue diciendo-. Se metió donde no debía. Asunto resuelto. Remover la mierda no te va a servir de nada, a menos que no aprecies seguir respirando, claro. 

La amenaza flota en el ambiente unos segundos, jugueteando con el ronroneo del motor. Bobby dice algo en voz baja que no entiendes. Detrás de ti escuchas movimiento. Sospechas que la base de tu cráneo es el candidato perfecto para recibir un golpe. Te mueves. Alguien te pisa una mano haciéndote saber que la idea no es tan buena como creías. Te muerdes los labios para sofocar un grito mientras los ojos se te inundan de lágrimas. 

– ¿Tienes prisa?- pregunta el que parece llevar la voz cantante- ¿Vas a algún lado? 

Tu respuesta se limita a un quejido lastimoso. 

– Mejor así. Vamos a charlar un rato- la bota deja de hacerte ver las estrellas. Mueves los dedos. Todo en orden, no hay nada roto, solo dolor-. Tranquilamente, sin prisa. Hay bastantes preguntas sin respuesta y creo que te conviene que las aclaremos cuanto antes. 

Hace una pausa para encenderse un cigarro. El muy cabrón se ha dado la vuelta. Lo único que ves es un círculo de claridad rodeando un sombrero oscuro. La llama se extingue. Da una una calada y expulsa el humo despacio, alzando la barbilla. 

– ¿Quieres uno?- asientes- Bobby, a ti ya te ha visto la cara. Dale uno. 

Sumiso, saca un Chesterfield y se acerca a ti. Te lo mete en la boca. Le miras fijamente y él rehuye tu mirada. Te da fuego. La idea de darle las gracias con un cabezazo y salir por piernas pasa por tu cabeza pero la desechas. No estás en condiciones de correr los cien metros lisos a oscuras buscando una salida. Te contentas con volver a fulminarle con la mirada y dar una calada. 

– ¿Ves? Salvo por el numerito del salpicadero somos gente civilizada y razonable- a la vez que habla, mueve la mano que sostiene el cigarro dándote la impresión de estar hablando con una luciérnaga borracha-. ¿Por qué estás interesado en encontrar a Willy? Y no me vengas con la gilipollez esa de que teníais una cita, porque no me lo creo. Hace dos meses que Willy no tiene citas con nadie… 

Una pregunta surca tu cabeza. ¿El hijo de McGregor sigue vivo? Si está muerto, puede que tengas problemas. No sabes lo unidos que estaban los supuestos padre e hijo, pero no te gustaría tener que verte en la tesitura de decirle que su retoño está hecho serrín. No te crees con el tacto adecuado como para evitar que se monte su propia película y toda la mierda que rodea vuestro negocio acabe salpicándote. A fin de cuentas no sabes quién es en verdad quien te paga; y todo este tinglado puede ser consecuencia de un puto ajuste de cuentas y tú el gilipollas que acabe con un tiro en la frente simplemente por ser el portador de malas noticias. 

-Me pagan por encontrarle- dices con un hilo de voz. Tu situación no parece muy halagüeña, así que colaborar o no puede puede convertirse en una razón de mera supervivencia. 

– ¿Quién? 

– Secreto profesional- ironizas. 

Un puño que no ves venir te arranca el cigarrillo de los labios. El tío que tienes detrás vuelve a colocarse en su sitio después de acariciarte la mejilla. 

– No te hagas el gracioso, Dax. Ya te lo he dicho. No estamos para jueguecitos de ingenio ni gilipolleces. Estamos de buenas. La próxima vez no seremos tan compasivos. ¿Entendido?- asientes- Eso está mejor. ¿Quién te paga por buscar a Willy McGregor? 

Sientes media cara caliente y tumefacta, a partes iguales. Pillas la idea: o colaboras, o te va a doler. 

– Fue su padre- dices, viendo cómo una a una se extinguen las brasas del cigarrillo a los pies de donde, intuyes, debe estar el tío con el que hablas-. Vinieron a buscarme dos tipos. Me llevaron a una casa y me contaron de qué iba el negocio. Nada más. 

– ¿Seguro? 

– ¡Joder! No estoy en condiciones de mentir, ¿no crees?- respondes con rabia. 

No has terminado de decirlo cuando empiezas a arrepentirte. Demasiados años dirigiendo interrogatorios como para saber de qué manera suelen acabar los que resultan demasiado viscerales ante la presión. 

Aprietas los dientes esperando un golpe que no llega. Suspiras con disimulo. 

– Y ¿qué sabes? 

– Poca cosa, la verdad. Desapareció. Cogió el coche. No volvió a casa. Eso es todo. 

De momento omites lo de su amante y su muerte. Te mueves sobre arenas movedizas y no crees que dártelas de alumno aplicado vaya a hacer más llevadera la conversación. 

– Está bien. Tú mismo lo has dicho: no estás en condiciones de mentir. Pero no sé si creerte o no. Vamos a intentarlo otra vez, a ver qué pasa. 

Escuchas el frufrú de dos trozos de tela friccionándose entre sí. A continuación, recibes un golpe en la espalda. Te quedas sin aire. Tus pulmones parecen dos esponjas que una mano invisible oprimiera con sadismo. 

– ¿Qué sabes de todo esto? 

– ¡Joder!- tu voz suena ronca. Al parecer la falta de aire y el intentar hablar obran cambios fónicos asombrosos- Ya lo he dicho. Desapareció. Me pagan por encontrarle. Nada más. 

– ¿Qué sabes de Phill?- pregunta Bobby con la voz de una novia celosa que sospecha que su prometido se la está pegando con la secretaria. 

– ¿Quién es Phill? 

Una patada a la altura del hígado te hace retorcerte en el suelo. Un dolor sordo se expande por tus entrañas como una mancha de sangre difuminándose en la nieve. 

– ¡Responde! ¿Qué sabes de Phill? 

Escupes. Permaneces en posición fetal. Sabes que acaba de empezar la rifa de palos y, al parecer, eres el único que lleva papeletas para el sorteo. 

– No sé quién es Phill. Me dijeron que los hombres de McGregor interrogaron al chico y- titubeas buscando el eufemismo adecuado-… no aguantó. 

– Lo mataron, Bobby. 

El aludido lloriquea. El que lleva la voz cantante enciende otro cigarrillo, repitiendo la parafernalia de darte la espalda. El animal que tienes detrás permanece firme. A lo suyo: sacudirte y guardar silencio. Bonito empleo el suyo. 

– No, no lo mataron. Se han fugado los dos. Lo sé. Phill y Willy se han fugado. Lograron escapar del padre de Willy, lo sé. Lo sé… 

Un nuevo frufrú. Te encoges. Comportamiento condicionado lo llamaría cualquier loquero. Prepararse para recibir una hostia lo denominas tú. Un bofetón restalla en el aire como un látigo. Desde tu posición ves caer a Bobby de rodillas. La mano en la mejilla. Cara de sorpresa. Vuestras miradas se cruzan. Te encoges de hombros. Bienvenido al club, parece querer decir la sonrisa que le dedicas.

– Déjate de gilipolleces, Bobby. Estás hablando demasiado. 

Buena señal. Parece ser que vas a salvar el pescuezo. Si no, ¿a santo de qué habría amonestado a la reinona que tienes delante? Te sientes pletórico. Una luz al final del túnel. 

El que lleva la voz cantante y el amigo de repartir sopapos se alejan unos metros. Hablan entre ellos. La luz comienza a extinguirse. Tragas saliva. A tu lado, Bobby sigue lloriqueando y murmurando cosas incoherentes. Escuchas pasos a tu espalda otra vez. Alguien amartilla un arma. Te quedas paralizado. Fin del asunto. Hasta aquí hemos llegado, piensas. 

El que tienes detrás parece dudar. El otro le insta a hacer lo que tiene que hacer. 

– Sabe demasiado. Puede traer problemas. 

No hay más que decir. Se escucha un disparo. Un casquillo cayendo al suelo repiquetea, emitiendo un sonido frío y amenazador. A tu lado, Bobby acaba de ser sometido a una operación de cirugía estética. Donde tenía la cabeza, un cirujano poco habilidoso le ha dejado un agujero por el que asoman sus sesos y grumos de sangre. 

– Tranquilo, Dax. Aquí acaba nuestra reunión. Nos veremos pronto. Sigue investigando sobre qué ha sido de Willy McGregor. Bobby tenía los días contados. Él, Phill y Willy estaban en apuros. Hemos aligerado su cargo de conciencia. Un obstáculo menos. No te pases de listo y no te pasará nada. Te tenemos vigilado. A ti y al yonqui que trabaja para ti- hace una pausa, dejando que sus palabra calen en ti-. Volveremos a contactar contigo. Mientras tanto, trabaja. Lo único que tendrás que hacer es reflexionar a quién informarás primero. A quien te paga o a nosotros. Aquí, nadie es lo que parece. 

Frunces el ceño, tratando de comprender qué quiere decir. 

– Eso es todo. Por hoy hemos acabado- concluye antes de darse la vuelta en dirección al coche. 

Intentas decir algo, no sabes bien qué, pero no llegas a articular palabra alguna. Un nuevo golpe en la nuca y vuelves a caer en los brazos de la inconsciencia. La pregunta, fuera cual fuera, tendrá que esperar. 

Te despiertas en una habitación pintada de blanco que huele a desinfectante. La luz entra a raudales, con ganas, a través de dos grandes ventanales. Estás confundido y aturdido. En tu brazo derecho una vía vierte gotas de un líquido incoloro desde una botella de cristal a escasos centímetros de tu cara. Te mueves incómodo. Se oye el choque entre dos piezas metálicas. Estás esposado a la cama. 

– ¿Qué coño está pasando?- preguntas en voz alta moviendo el brazo izquierdo y arrancando nuevos tintineos. 

Dos polis de uniforme aparecen en tu campo visual. Son jóvenes. Menos de 20 años les calculas. Se miran entre sí. Uno de ellos se marcha. Escuchas una puerta cerrándose. El otro se acerca a los pies de la cama. Os miráis en inferioridad de condiciones. Él, luciendo placa y derrochando arrogancia. Tú, medio atontado, sin saber dónde estás y esposado. La puerta vuelve a abrirse.

– Jonhson, salga- ordena una voz que te resulta familiar. 

Escuchas pasos. Aparece un rostro de los viejos tiempos que, pese a los años pasados, las canas y las manchas de vejez, reconoces sin problemas. Es Patterson. El viejo sargento Patterson. Hace tiempo que le perdiste la pista. Tanto a él como a tu mujer y todo aquello que no fuera la bebida y la mierda en la que buceabas con la habilidad de un congrio. 

– Tienes buen aspecto, Sulivan. O, ¿debería llamarte Dax?- dice, paseando por la habitación con las manos enlazadas en la espalda. 

Le ves aparecer y desaparecer. Viste un traje de color crema que parece caro. Demasiado para un simple sargento, piensas. 

Se detiene en un punto en el que no puedes verle, pero al parecer el sí a ti. 

– Sí, tienes buen aspecto. Joder, desde luego que tienes buen aspecto. No como cuando te encontramos. 

– ¿Qué día es hoy, Patterson? 

– No tiene importancia qué día es hoy, Sulivan. Has estado medio muerto un par de días. Los médicos temían que fuera irreversible, pero ya les dije que eres un hijo de puta con la cabeza demasiado dura. Y no me equivocaba. 

– ¿Qué ha pasado? 

– Si no te importa- dice arrastrando una silla hasta tu lado. El sonido resulta desagradable, como si pasara un tenedor sobre un plato de porcelana-. Las preguntas, mejor las hago yo. 

Toma asiento y saca una libreta de páginas amarillentas. Le miras con detenimiento y miedo. Pese a las canas, sigue teniendo el aspecto de poli cabrón que recordabas, Cabrón y corrupto, un detalle, éste último, que te obliga a tragar saliva una vez más. Recuerdas el aparcamiento y los tíos que te interrogaron. La muerte de Bobby. Las preguntas sobre Willy McGregor. Y la última advertencia que oíste antes de que te mandaran a contar ovejitas: «Aquí, nadie es lo que parece». 

Tratas de serenarte. Conoces a Patterson. Sus métodos pueden ser terribles, contundentes. Es un tío de la vieja escuela; como tú. Sois lo mismo, dos hijos de puta que disfrutan exprimiendo a sus víctimas hasta obtener la información que queréis oír. Aunque las cosas han cambiando mucho en los últimos quince años: él lleva la placa y tú estás esposado. Paciencia y resistir. No te queda otra. Dos púgiles fajadores. Encajar golpes hasta encontrar un resquicio por el que poder meter un guante y acabar con el contrario. 

– Tengo un problema, Sulivan. Algo así como un dolor de muelas o un grano en el culo. No sabría definirlo muy bien- dice cruzándose de piernas mientras golpea con el bolígrafo una página de la libreta-. Pero sí sabría cómo llamarlo: Walter Sulivan, Dax para los conocidos. 

Te mira con cara de pocos amigos. El baile ha empezado y, al parecer, tu compañero de pasos quiere acabar pronto. Lástima que no sepas de qué coño te está hablando para tener una respuesta ingeniosa preparada a tiempo. Algo chistoso que le haga reír, por los viejos tiempos. 

– Hace años te lo dejé bien claro, Sulivan. Te puse en bandeja una salida no muy deshonrosa del Cuerpo. A cambio no tenías que hacer nada. Vivir la vida y dejar de meterte en problemas. Involucré a mucha gente. Me compliqué demasiado la existencia y, ¿cómo me lo agradeces? 

– No sé de que hablas, Patterson. 

Estás empezando a preocuparte de verdad. Una voz te dice que ha tenido que ser algo gordo. De lo contrario no sería Patterson quien te estuviera interrogando, si no uno de los polis púberes que estaban en la habitación. 

– ¿Qué me dices de esto? 

Sin más preámbulos saca una fotografía y te la enseña. Es una instantánea de Bobby, o lo que queda de él. Media cabeza amputada por un disparo. Sientes la boca seca. Patterson levanta una ceja, de manera elocuente. 

– Podemos hablarlo aquí. Los dos solos- dice señalando las paredes de la habitación-, o esperamos. Te dan el alta y te llevamos a comisaría. Algunos compañeros seguro que se alegran de verte después de tanto tiempo. Aunque a los de Asuntos Internos no creo que les haga tanta ilusión. Te guardan un poco de rencor por el compañero al que dejaste meando sangre seis meses. De todas formas no tienes nada que temer. Son polis, no matones. No podrán hacerte nada. Aunque, ya sabes, en los calabozos a veces ocurren accidentes. Un soborno. Una celda que se abre. Un detenido que aparece colgado del techo. La historia te suena, ¿verdad? 

El recuerdo de Donald te sacude con fuerza. Aprietas los puños con rabia. Dolor. Las esposas se te clavan en una muñeca y en el dorso de la otra mano algo parece que se te taladrara los huesos. Aflojas la tensión. Respiras hondo. 

– ¿Qué quieres saber? 

– ¿Qué pasó?- pregunta guardando la foto. 

– No lo sé. Conocí al tío ese en un bar. 

– ¿Cual? 

– El Andros. 

– ¿Te has vuelto maricón con los años, Sulivan? 

– Estoy siguiendo un caso. 

– Ya… 

– ¡Joder, Patterson! Estoy diciendo la verdad. Estoy buscando a un tío. Solía frecuentar esos ambientes. 

– Te creo, te creo- ironiza- ¿Y qué pasó? ¿Tu amigo no quería pasar a mayores contigo? ¿Se te fue la mano? 

– No lo sé. Me dejaron inconsciente cuando salía del bar con él. Me desperté en un parking y él estaba muerto. No sé más- mientes. 

– Tomo nota. ¿Quién es ese chico que buscas en bares de maricones? 

– Secreto profesional, Patterson. 

Siempre has detestado esas dos palabras, pero ahora parece que tienes cierta predilección por 

ellas. 

– Ya… secreto profesional. Yo creo que lo que pasó es esto. Fuiste al bar. Conociste al chico de la foto. Os fuisteis a un parking a daros el lote como hacen todos los maricones de esta ciudad y te propasaste. Él no quiso. Te pusiste violento y se te fue la mano. Cuando te encontramos llevabas unas esposas y un 38 encima. Conozco tus antecedentes, Sulivan. O colaboras o te comes este fiambre. ¿Qué me dices? 

– No tienes nada contra mí, Patterson. 

– ¿No? A ver qué tal te suena esto. Ex policía, expulsado del Cuerpo por drogadicto y violento. Homosexual. Un crimen pasional. Te van a caer unos cuantos años. Pero míralo por el lado bueno, ahora que te gustan las pollas, allí dentro no te van a faltar novios. He intentado ayudarte, pero te lo has buscado tú solo- dice, poniéndose en pie-. Voy a hablar con el doctor. Este caso está resuelto. Cuanto antes salgas de aquí, antes podré meterte entre rejas e irme a mi casa. 

– ¡Espera!- has caído en la trampa. Te sientes ridículo. Un pardillo mordiendo el anzuelo del poli con prisa. 

– ¿Quién es el chico? 

– Willy McGregor. 

Al oír ese nombre Patterson se queda de piedra. Al parecer, tu caso pese a ser misterioso y raro, tiene demasiadas personas que han oído hablar de Willy McGregor como para que nadie sepa qué ha sido de él. 

«Aquí nadie es lo que parece». 

– ¿Qué sabes de él?- la voz de Patterson ha perdido aplomo. 

– Poca cosa- respondes antes de ponerle en antecedentes; si bien omites que el tal Phill, Willy McGregor y el propio Bobby parece ser que estaban en apuros. 

– ¿Quién te contrató?- está peleando por contenerse. Le conoces demasiado bien y el temblor de la mano que sujeta el bolígrafo parece corroborar tus teorías. 

Suspiras. Miras el gotero. Solución salina NaCl 1%, lees. No tienes ni idea de qué significa eso, la química nunca fue tu fuerte, pero necesitas ganar algo de tiempo. A la mierda, murmuras. 

– Freddy McGregor, su padre. No sé más, Patterson. 

– Está bien, Sulivan. Te creo. Pero vas a hacerme un pequeño favor, por los viejos tiempos- habla despacio. Al parecer ha logrado sobreponerse-. Mantente alejado de todo esto. El caso se cerró por falta de pruebas. McGregor lo sabe, pero no quiere asumir que su hijo se esfumó sin más. Aléjate de él. Y si necesitas algo, aquí tienes mi tarjeta personal. No dudes en ponerte en contacto conmigo. 

Antes de que puedas decir nada, se levanta y se acerca a la puerta. Anda despacio, como si hubiera envejecido diez años durante vuestra breve entrevista. 

Una vez a solas, miras lo que pone en la tarjeta: 

« Capitán D. Patterson. L. A.» y un número de teléfono. Te sienes desbordado. Demasiada información y demasiados golpes en la cabeza en muy poco tiempo. Cierras los ojos y tratas de poner en orden tus pensamientos. Matarías por un cigarrillo y un whisky en compañía de Joe. Aunque por lo que de verdad matarías es por saber a santo de qué tu conversación con Patterson ha cambiado de registro tan pronto como has mencionado el nombre de Willy McGregor. 

Aquí, nadie es lo que parece, piensas con la mirada fija en tu muñeca esposada mientras que la sensación de que hay gato encerrado en todo cuanto rodea a McGregor comienza a ganar peso en tus cabeza. 

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 3-4

MENAGE A TROIS ESTILO COSTA OESTE, IGNACIO BARROSO BENAVENTE.

                                            3 

Te despiertas acurrucado sobre la mesa y con resaca. Tu espalda es un nido de contracturas y músculos entumecidos. Te incorporas con esfuerzo. Tus vértebras crujen. Sientes la boca seca y pastosa. A tu alrededor la misma mierda de siempre. La luz de neón hace horas que se extinguió, dando paso a un nuevo día. El cielo está nublado. Negro. Te pones en pie y descubres que aún estás algo borracho. Andas a tientas. Recoges la gabardina y el sombrero del suelo. Les quitas el polvo de un manotazo y te preparas para salir de tu guarida. 

En el hueco de la escalera, más de lo mismo. Soledad. Oscuridad. Olor a orina y fluidos corporales varios. Bajas las escaleras con la mano apoyada en la pared y alumbrándote con el mechero. En los descansillos duermen grupos de yonquis con el mono y un par de putas desdentadas hablan entre ellas de sus época dorada. 

– Encanto, te la chupo por un chute- dice una de ellas al verte aparecer. 

La miras. Ella interpreta tu atención como las dudas de un posible cliente potencial. Te sonríe. Sus encías supuran sangre que resalta en su rostro pálido y frágil. Sigues tu camino evitando que el brazo que ha levantado en tu dirección llegue a tocarte. 

– Encanto, no me hagas esto- grita desesperada-. Por medio gramo te dejo que me hagas lo que quieras. ¡Lo que quieras! 

Sus voces quedan atrás en la escalera cuando sales a la calle. El ambiente está cargado de humedad y electricidad estática. Más indigentes y excombatientes que con las prisas de salir de Vietnam se dejaron las piernas en un arrozal, aparecen diseminados por la acera en pose mendicante. Un par de homosexuales bajan de un coche con andares de cowboy. Respiras hondo. En el aire flota un desagradable olor a podrido. Te enciendes un cigarro y caminas hacia el bar de la esquina sintiéndote el último superviviente de una civilización borrada del mapa por un dios colérico. 

Entras en el local. Un jodido tugurio abierto 24 horas, aunque no tenga licencia para estar tanto tiempo sin echar el cierre. De día no deja de ser un modesto bar que, como tú mismo y todo cuanto te rodea, conoció tiempos mejores. Un sitio decadente y casi agradable en el que tomar una cerveza o matar el tiempo. Sin embargo, al caer la noche las cosas cambian. Los parroquianos cambian, apareciendo en su lugar una horda de adictos que acuden al baño en grupitos de tres o cuatro para chutarse sin que nadie les moleste; algo de lo que se encarga el dueño del establecimiento a cambio de una sustancial suma de dinero por parte de los camellos que trapichean en los callejones cercanos. 

Pese a todo, es un sitio que te gusta. Has conocido mil sitios de esa calaña y siempre han representado lo mismo para ti: una oportunidad de oro para reclutar confidentes y una fuente de ingresos donde vender las papelinas que los chicos y tú solíais incautar. 

– Buenas, Dax. ¿Qué va a ser?- pregunta Joe, un viejo de rostro arrugado y mirada gélida. Un hijo de puta de los viejos tiempos. Anterior a tu generación de pasma que se hizo de oro en los años 20. Ha llovido mucho desde entonces, pero el muy cabrón ha permanecido a flote mientras que sus compañeros de faena iban desfilando por Sing Sing uno a uno. Primero whisky canadiense en la época de la Ley Seca. Después el tabaco de estraperlo, y ahora la droga. Un auténtico visionario en lo suyo. 

– ¡Qué pasa, Joe! Ponme un café que tengo una resaca de cojones. Necesito despejarme-respondes, tomando asiento en un taburete remendado con esparadrapo. 

– Estoy sin agua en la máquina. ¿Te vale otra cosa? 

– Un whisky doble. 

Te lo sirve mientras te deleitas contemplando el local. Paredes enmohecidas y manchadas de humedad. Cuatro o cinco mesas vacías. Un reloj de propaganda que lleva años detenido en las cinco y diez. El suelo es de baldosas de piedra pulida. Hace treinta años, ese antro debió de ser el no va más en la zona. Pero hoy, no deja ser más que el polvo de un futuro que hace tiempo se convirtió en pasado. 

Das un trago. El alcohol te cae como una patada en el hígado. Tienes que cambiar de costumbres. Enciendes otro cigarrillo. Toses. Joe te mira apoyado en el mostrador de metal. Le ofreces uno. Sonríe. Lo acepta y aclara que la consumición corre por cuenta de la casa. Después, fuma en silencio con la mirada perdida en la calle. 

– ¿Cómo va el negocio, Dax?- pregunta de pronto. 

Tardas en reaccionar. Estabas recordando aquella vez que los chicos y tú os divertisteis secuestrando a un chicano para dejarle desnudo y atado a una farola delante de un colegio. La cosa fue sonada, pero nunca se supo quién fue el responsable. Mickey y Donald se llevaron el secreto a la tumba, y hace tanto tiempo de ello que contarlo ahora no tendría mucha gracia. Nadie lo entendería. Los tiempos cambian y, al parecer, para peor. 

– Tirando. Hace un par de días tuve un encargo- respondes, jugueteando con el paquete de tabaco-. Una mujer infiel. El marido me ayudó con el trabajo de campo. Los pillamos en el asiento trasero de un Buick. Ella acabó en el hospital, el marido en comisaría y la última vez que vi al amante tenía en un agujero de 9 milímetros en mitad del pecho. Se lo habrán comido los buitres o los pieles rojas del Mojave habrán usado su piel para hacerse una alfombra. De todas formas, cobré por adelantado. Si lo dices por el dinero… 

– No, no lo digo por eso Dax. Lo digo por esos dos- aclara, señalando aun par de tíos vestidos con ropa demasiado cara para esa zona de Los Ángeles y que no paran de mirar en dirección al edificio en que vives. 

– Serán turistas que se han perdido- respondes, tratando de quitar hierro al asunto al mismo tiempo que una extraña sensación empieza a oprimirte la boca del estómago. 

– Dax, ¿todo va bien? 

– Sí, sí. Tranquilo. 

– Sabes que puedes contar conmigo- responde, escondiendo las manos bajo el mostrador con un brillo amenazador en la mirada. 

Sabes lo que esconde: un Remington de la Segunda Guerra Mundial. Su herramienta de trabajo preferida cuando algún alcohólico sin pasta se pone demasiado agresivo o un par de drogatas cegados por la abstinencia piensan que atracarle es una buena idea. No sabes si sabes si está cargado o no. Nunca has oído decir que haya matado a nadie ni hay boquetes en el yeso de las paredes. Aunque bien pensado, la especialidad de la gente como Joe es precisamente esa: matar sin dejar rastro. El desierto de Nevada y los cimientos de los casinos de Las Vegas se encargan de guardarles el secreto. 

– Voy a ver qué quieren- dices al fin, bajándote del taburete con dificultad. 

– Ten cuidado, Dax. 

Le guiñas un ojo y sales del bar. Los dos tíos siguen dando vueltas por la calle como dos niñatos de excursión en la zona peligrosa de la ciudad. No parecen polis, pero desconfías. Hace tiempo que colgaste el uniforme y las nuevas hornadas suelen ser distintas a lo que erais en tus tiempos. 

Te acercas a ellos despacio. Sin prisa. Estudiando el terreno. Parecen dos armarios de dos cuerpos. Los trajes que visten parecen hechos a medida. Calzan zapatos italianos, brillantes y acharolados. Definitivamente, no son polis. 

Pasas junto a ellos. Les miras de reojo. Uno parece un boxeador jubilado. Tiene la nariz convertida en una masa aplastada contra la cara, como si le hubieran tirado un pegote de barro y éste se le hubiera quedado adherido para siempre, el cuello ancho y unas cejas delgadas, repletas de cicatrices y calvas. El otro, por su parte, parece más comedido. De rasgos afilados y mirada de desequilibrado mental. 

No los has visto nunca, pero sabes perfectamente lo que son. De cerca, apestan a matones a sueldo de algún pez gordo. El corazón se te acelera. Tratas de hacer memoria. ¿Has jodido a las personas equivocadas recientemente? Dudas. No estás muy seguro de ello. Aprietas el paso. Vas desarmado. Pasas de largo, calle abajo. Si de verdad van a por ti las cosas pintas difíciles. 

Dejas atrás el edificio y te metes por un callejón secundario. Una pareja de mendigos te mira, te piden algo para comer. Pasas de ellos y ellos de ti. El ambiente apesta a fruta podrida. El aire es irrespirable. Enciendes un cigarro. Toses. Permaneces alerta. A la espera. Pero no pasa nada. 

Sales de tu escondite. Doblas la esquina y ves a tus visitantes hablando con la misma puta que te había ofrecido sus servicios en las escaleras. Intentas recular, pero es demasiado tarde. Ya te han visto. 

– Encanto, ven. ¡Tienes visita!- grita, haciéndote un ademán para que te acerques. 

Te quedas paralizado. Tratar de huir es absurdo. Si echas a correr, eres hombre muerto. Bien porque te den caza o te de un infarto. Los dos tíos se miran y se acercan a ti. Avanzan despacio, parecen no tener demasiada prisa. El que tiene pinta de boxeador mete una mano por debajo de la americana, a la altura de la axila izquierda con gesto amenazador. Mensaje recibido. Levantas las manos. Se detienen y empiezan a reírse. 

– ¿Walter Sulivan?- pregunta el de la mirada de desequilibrado una vez que llega a tu altura. 

El otro, el que de verdad da miedo, se ha quedado unos pasos alejado. La mano sigue oculta. Te percatas de ello y sientes un nudo en la garganta. Todo parece apuntar a que te van a meter una bala en la cabeza de un momento a otro y claro, con tanta presión es difícil responder a cualquier pregunta. 

– No tema. No somos de la pasma- habla despacio, con las palmas de las manos invitando a la calma, como si tú fueras retrasado mental y estuviera tratando de explicarte porqué no puedes meneártela en el porche de casa cuando las girlscouts van a venderte galletas recién horneadas-. Nos envían a buscarle. 

– ¿Quién?- tu voz suena demasiado aguda como para resultar la de un hombre de mundo que, a fin de cuentas, es lo que pretendes. 

– Usted es detective, ¿verdad? 

El boxeador retirado saca la mano de su escondite y se acerca a vosotros. Parece relajado. Tranquilo. Ese hecho te hace lanzar un suspiro de alivio que eres incapaz de disimular. 

– Sí, soy detective-. Tu tono de voz ahora sí vuelve a su registro habitual: cascado tras años de humo, alcohol y excesos. 

– Está bien. De momento digamos que tenemos un encargo para usted- trata de ser cordial, pero un tic en el ojo derecho parece indicar que tu interlocutor es alguien altamente inflamable, y el sentido común te dice que no te gustaría estar delante cuando entre en combustión. 

– Tuteémonos y subamos a mi despacho, allí podremos hablar tranquilamente- ofreces, pareciendo el anfitrión perfecto en una reunión entre amigos. 

– No. No va a ser necesario- el tic del ojo aumenta en intensidad. 

– Tenemos que hablar de mis honorarios. Acordar el pago, el papeleo… 

El boxeador emite un silbido digno de un cabrero calabrés y al minuto aparece un coche al fondo de la calle. 

– Acompáñenos. No tiene nada que temer. Si quisiéramos hacerle daño, créame, ya se lo habríamos hecho- aclara. 

La revelación que acompaña a sus palabras es obvia. Te rindes ante la evidencia. Dudas en excusarte y subir a por el arma, pero tan pronto como llega desechas la idea. Imaginas al tipo que tienes delante como una jodida válvula obstruida en plena subida de presión. La aguja del indicador acercándose peligrosamente al rojo hasta alcanzar el desenlace inevitable. PUM. Tus dientes castañeando sobre el suelo y él diciéndote que lo sentía mucho, pero que no le has dejado otra opción que enseñarte la cara b de su inocente ofrecimiento. 

Te encoges de hombros y te acercas a ellos. 

– Un momento, contra la pared, por favor- dice el boxeador-. Tengo que cachearte. 

No opones resistencia. Has cacheado a demasiada gente durante demasiados años, y conoces a la perfección lo torpe que se puede volver uno cuando el objeto del registro se pone tonto. Lo sabes y no te apetece que tu cara se estampe contra la pared de hormigón que tienes delante. Lo único que te jode de tu situación actual es que la puta desdentada y demás escoria a la que has metido el miedo en el cuerpo no pierden detalle. Estás perdiendo puntos y cuando vuelvas tendrás que darles un correctivo. Suponiendo que vuelves de una pieza, claro. 

Los tres os encamináis al coche contigo en el medio. No sabes adónde vais ni qué pretenden. Pero de todas formas, tampoco crees que vaya a servirte de mucho preguntarlo. 

Conduce el boxeador retirado. Lleváis más de media hora metidos en el coche y nadie ha abierto la boca. A tu lado está el otro. El tic del ojo ha desaparecido, de momento, y el asiento del copiloto lo ocupa un tío al que sólo puedes ver la nuca. El habitáculo resulta confortable, huele a pasta, no como esa mierda de muebles que recogiste de la basura y que ahora adornan tu despacho. Hace un rato has preguntado si les molestaba que fumases. No han dicho nada, pero ya sabes: a buen entendedor no hace falta que le rompan la cara por dárselas de listo, así que te abstienes. Tus pulmones, en el fondo, lo agradecen. 

A lo lejos ves las montañas de Hollywood con su letrero gigante y llamativo. Estáis entrando en una zona pudiente, y eso se nota. La carretera parece recién asfaltada y los coches que ves no son los Ford destartalados que los yonquis usan para dormir en tu barrio. Te sientes fuera de lugar. Incómodo. 

Tomáis una salida y os detenéis junto a una mansión. Te quedas boquiabierto, preguntándote en silencio: ¿Pero estas casas existen de verdad? Al otro lado del parabrisas un tipo con gafas de sol y aspecto patibulario abre un portón metálico y saluda al conductor. Entráis. Tu compañero de asiento y tú os bajáis y el coche desaparece por un camino secundario de grava. 

Camináis sobre un césped cortado al milímetro. Ahora sí que estás fuera de tu habitad. Tratas de no mirar a tu alrededor, pero es inevitable ante tanto lujo. Un estanque con un buda de piedra en el medio, rodeado de nenúfares. Esculturas de mármol. Dos fuentes con sus respectivos querubines soltando un chorro de agua a través de sus pollas cinceladas por algún maestro escultor junto a la puerta de un invernadero y todo rodeado por un follaje que por momentos te hace creer que estás en mitad del Delta del Mekong.

«Dax, usa la cabeza y no la jodas» piensas, sintiendo las manos sudorosas. 

– Es por aquí- te indica al llegar junto a unas escaleras de granito. 

Subís por ellas. La fachada de la casa es impresionante. Te recuerda a una fotografía que viste de la Casa Blanca cuando le volaron la tapa de los sesos a Kennedy. Majestuosa. Blanca como el semen. De dos alturas, con un balcón de aires decimonónicos coronando la entrada. 

– No está en casa. Fred está en el invernadero, cuidando sus plantas- dice una mujer antes de que terminéis de subir. 

Os giráis y te quedas paralizado ante la belleza que tienes delante. Alta, delgada. De ojos levemente achinados y labios carnosos. Luce un peinado que parece sacado de una película y luce un vestido de color verde manzana hasta las rodillas que deja a la vista unas piernas estilizadas y perfectamente torneadas. 

Incómoda por la manera en que la miras sin ser consciente de ello, cruza los brazos a la altura del pecho y pregunta con descaro: 

– Y este, ¿quién es? 

– El detective. Fred nos pidió que lo trajéramos- responde con cierto nerviosismo.

Al parecer no eres el único que se siente subyugado por esa mujer. 

– Lo suponía- su voz se torna dura, hiriente-… Vestido así sólo podía ser un detective alcohólico o un pordiosero que hubierais encontrado por el camino. 

Bajas la cabeza, avergonzado. La gabardina y el sombrero, además de anacrónicos, resultan ridículos en mitad de ese jardín en el que el sol aprieta con ganas. 

– Vamos. 

Le sigues, incómodo ante la mirada despectiva que te lanza la mujer. Pasas a su lado, y pese a estar de espaldas a ella, sabes que sigue taladrándote con un mensaje bien claro: eres escoria. 

Entráis en el invernadero. Allí el ambiente es sofocante, húmedo. Te quitas el atrezo de personaje de novela hardboiled de otra época y te pasas una mano por el pelo apelmazado, tratando de darle cierto lustre. Tienes la camisa empapada en sudor. Un tío con pintas de agricultor se acerca a vosotros. 

Tiene cabello canoso, peinado hacia atrás y un fino bigotillo recortado con esmero al estilo de los mafiosos de los años 20. Su aspecto resulta frágil, alto y delgado, de ademanes delicados, si bien algo en su forma de andar te avisa que no es buena idea pasarse de listo con él. 

– ¿Dax?- pregunta, estrechándote una mano afilada como una garra-. Soy Freddy McGregor. Puedes llamarme Fred. 

– Encantado- respondes, mirando con curiosidad las plantas que crecen bajo unos potentes focos de luz. 

– Cultivo mi propia hierba. Me sale más barato que importarla y me ahorro pagar a intermediarios- aclara, dándote una palmada amistosa en el hombro e invitándote a seguirle. 

El tipo que os acompañaba se queda en la puerta, sin perder detalle de lo que se cuece allí dentro. 

Llegáis al final del invernadero. Allí el aire coloca simplemente con respirar hondo. Junto a la pared de plástico hay una mesa de madera pintada de blanco y una silla a cada lado. Te señala una. Te sientas. Él hace lo propio frente a ti. 

– Perdona que te reciba en estas circunstancias, pero el despacho no está disponible- indica señalando con la cabeza un rectángulo transparente a vuestro lado en cuyo interior se amontonan trastos envueltos en lonas y papel de embalar. 

– No hay problema. 

– Perfecto- hace una pausa para sacar un tablero auxiliar de debajo de la mesa-. ¿Quieres tomar algo? 

Niegas con el gesto. Durante el trayecto te has ido despejando y te apetece prolongar esa extraña sensación un rato más. 

– Así me gusta. Directo al grano- dice, llenando una copa con brandy-. Verás, Dax. Te he hecho venir porque tengo un encargo para ti. Necesito a alguien con tu experiencia y que conozca los bajos fondos como la palma de su mano, pudiendo moverse por ellos sin levantar sospechas- se detiene para dar un sorbo y paladearlo, como dándole el visto bueno-. Mis chicos llaman demasiado la atención y son demasiado impetuosos. Tú, en cambio no. Nos ha costado encontrarte, pero al fin hemos dado contigo. ¿Estás interesado? 

Pose de tío duro. Asientes con la cabeza. Tu cerebro se afana en calcular cuánto puedes sacar de todo esto. 

– Bien. Verás, el encargo es delicado,podríamos decir- se acerca a ti apoyando los codos en la mesa. Su aliento huele a alcohol. Sientes ganas de beber-. Mi hijo ha desaparecido. 

– Es joven. Se habrá fugado con alguna corista de Las Vegas. No será demasiado difícil dar con él… 

Por la manera en que te mira, deduces que no le han hecho ni puta gracia tus dotes de Sherlock Holmes. Tomas notas de ello. 

– Mi hijo es homosexual- dice bajando la voz, avergonzado-. Solía verse con un actorcillo de películas de bajo presupuesto. Le hemos interrogado. Los chicos se han empleado a fondo, pero no sabe nada. Y si lo sabía, da igual. Se ha llevado el secreto a la tumba. 

Tragas saliva. Ahora sí qué te vendría bien un trago, pero no quieres interrumpirle otra vez. 

– ¿Te interesa? 

– Necesitaría saber algo más sobre el caso. Y también tendríamos que hablar de… 

-¿ Dinero? 

– Sí. 

Fred chasquea dos dedos y el tío de la puerta entra con un maletín de piel. Lo deja entre vosotros. Lo abre y se va por donde ha venido sin mediar palabra. 

– ¿Te parece bien? Es un adelanto. 

Te quedas, literalmente, con la boca abierta. Está lleno de billetes de 20 dólares. Fajos como para alfombrar el desierto de Arizona y aún sobraría para abanicarse a media tarde. Encima de la pasta hay un sobre grande de color crema. 

– ¿Te interesa? 

Asientes. Te has quedado mudo. 

– Muy bien. Quiero resultados. Si lo consigues, habrá otro como éste. Si no consigues encontrar a mi hijo y devolvérmelo de una pieza, tendrás problemas- dice como quien no quiere cerrando el maletín. 

El clic clic del cierre se te antoja aterrador, como un par de clavos cerrando la tapa de un ataúd, o el tambor de un revolver jugando a la ruleta rusa apoyado en tu sien. No saber cuál de las dos imágenes te resulta menos esperanzadora.

– Acepto. Tendrá resultados, confíe en mí. 

– Perfecto. Mis chicos te llevarán a casa, Dax. Dentro del sobre está todo lo que necesitas saber sobre mi hijo y un número de teléfono para que me tengas al corriente- concluye. 

No te da tiempo a responder. Vuelve a chasquear los dedos. El boxeador y el otro entran. Los dos te escoltan hasta la puerta de la finca, haciéndote esperar mientras uno de ellos va a por el coche. La camisa se te pega al cuerpo. Tienes un aspecto lamentable y pésimo, pero no te importa demasiado. En el maletín hay dinero para actualizar tu fondo de armario y abandonar la moda de los años 40. Al parecer, tu suerte en esta vida está cambiando de una vez por todas. 

4 

Seamos objetivos. Tienes cincuenta y tantos años. No sabrías precisar con exactitud los tantos a no ser que tuvieras un calendario delante y algo de tiempo para hacer cálculos. Has pasado la mitad de tu existencia borracho, caminando en la delgada línea que separa el placer por la bebida del alcoholismo. Has tocado fondo demasiadas veces y los excesos te empiezan a pasar factura. Sobre todo en el bolsillo. Nunca has tenido un puto centavo. Siempre has gastado más de lo que ganabas y no es de extrañar que durante años sacaras una paga extra trapicheando con alijos y objetos robados. Y ahora, mírate. Un puto golpe de suerte se ha encargado de borrar de un plumazo tus penurias. La pasta de McGregor te ha venido como llovida del cielo. No te has molestado en contar cuánto había en el maletín. Por razones lógicas te parecía grosero hacerlo delante de él, y al llegar al despacho te has olvidado de tus labores de contable por completo. Tenías demasiada prisa por empezar a pulirte los billetes y ya se sabe, el tiempo es oro (en este caso, nunca mejor dicho).

Lo primero que has hecho ha sido dejar la pasta y el sobre a buen recaudo antes de tomarte una copa para ir calentado motores. Después, has empezado con las pajas mentales. Parecías un recién casado que acaba de mudarse y hace una lista de posibles mejoras que hacer los fines de semana en su nidito de amor. Has pensado en adecentar tu vestuario. Comprar trajes caros, nuevos. De estos chalecos a juego y zapatos italianos. Y con esa idea has ido de compras a la zona cara de la ciudad. Después, aflojando pasta como un millonario salido en un bar de putas, el siguiente paso en tu lista de deseos: cambiar de distrito o de edificio. Alquilar algo decente, alejado de ese ambiente de rameras, gays, adictos y camellos en el que te has consumido durante tanto tiempo. 

Pero la cosa ha quedado ahí. En tu cabeza. Tenías prisa y otros planes. 

Pasaste de largo frente al bar de Joe, tu destino era la tienda china de la esquina. Entraste como el último emperador de la dinastía Ming e hiciste un encargo. Wang no te entendía. Es un viejo de ojos casi cerrados en su totalidad, medio ciego, con dos mechones de pelo lacio y blanco cayéndole sobre los hombros y aspecto de estar siempre fumado. Sus negocios son lucrativos: el opio, las falsificaciones y las putas orientales. Pero de lo que le estabas hablando, no tenía ni la más remota idea. 

El tiempo apremiaba, el dinero te quemaba en el bolsillo, la tienda apestaba a vejez, especias orientales y orina de gato. Aunque ahora que lo piensas, nunca has visto ningún minino por los alrededores. Sólo platos de comida humeante y las largas colas que se forman en la puerta de la tienda una vez a la semana para comprar sus deliciosas sopas de cordero estilo Pekín. Pero gatos, lo que se dicen gatos maullando y bufando, ninguno. 

– Wang, necesito una chica que venga a limpiar a mi casa- decías, al borde de perder la paciencia. 

– Si, clalo. Chicas. Yo tenel putas chinas, muy bonitas. Chupal y follal. Balato. Tú, plecio amigo. 

La conversación pronto se estancó quedando en punto seco. Compraste dos botellas de alta graduación, Ginebra Premium ponía en las etiquetas, un eufemismo para no decir que estabas comprando alcohol metílico rebajado con agua, y un cartón de Lucky Strike. Pagaste y te fuiste. Wang te obsequió con una sonrisa que dejó a la vista una colección de dientes amarillentos y podridos, y añadió su coletilla de rigor: 

– Mil glacias. Vuelve plonto, amigo. 

En la calle un coche de la poli pasa a tu lado. Lo miras con curiosidad. En su interior pipiolos con acné recién salidos de la academia jugando a ser héroes callejeros, candidatos seguros a una salva de disparos en un entierro de estado antes de llegar a ser los tíos duros que pretenden. Ya se sabe, las armas las cargas el diablo y en esas calles suele haber demasiados diablos con las armas listas para dar pasaporte a quien ande preguntando o tocando los huevos al personal. En resumidas cuentas, tienen un futuro negro que pasa porque cualquier muchacha joven de cuerpo apetecible y la cabeza llena de pájaros deje de cocinar un pastel de manzana para atender una llamada telefónica y se entere de que acaba de enviudar. Triste. Pero así es esta puta vida: sales de un agujero negro entre llantos y con el tiempo acabas en otro, también entre lágrimas que en este caso no son tuyas.

El coche acaba perdiéndose calle abajo. Cruzas y caminas cargado con la bolsa de papel que encierra las botellas. Te diriges a tu despacho malhumorado. No ha habido suerte, la mierda va a seguir acumulándose un tiempo más porque no la vas a recoger. Eres un detective metido en un caso de los gordos, no una asistenta, joder. 

En la puerta empiezan los problemas. Llevas bastante tiempo pensando en quitar el candado que pusiste al ocupar el apartamento y poner una cerradura como Dios manda, pero siempre lo has ido dejando para mañana y ahora pasa lo que pasa. Al llegar al descansillo de la escalera descubre a dos yonquis hurgando en la puerta. Tienen pinta de estar bastante necesitados porque siguen a lo suyo sin darse cuenta de tu presencia. 

– ¿Os ayudo, chicos?- preguntas, dejando la bolsa en el suelo. 

Se quedan paralizados. Se giran hacia ti despacio. Parecen dos espectros. La luz que entra por el tragaluz del techo les alumbra de manera tenue, convirtiéndolos en una especie de fantasmas de mirada asustadiza y pupilas dilatadas. No parecen representar una amenaza seria. Son jóvenes. Adictos. Carne de fosa común. Vamos, unos mierdas a los que vas a enseñar una lección básica que la vida, quizá, aún no se haya tomado la molestia de mostrarles. 

El que tienes a la izquierda empieza a temblar y gimotear. Dice gilipolleces de que tiene frío y se siente débil, que no querían molestarte, que sólo buscaban un sitio donde dormir. Parece manejable. El otro, en cambio, no. Se le ve experimentado, resabiado. Los ojos le brillan con malicia, como si estuviera calculando por dónde y cómo atacar. 

Tensión. 

Silencio. 

Te acercas a él. Es el peligroso. El otro hasta te va a venir bien cuando te quites de en medio a su colega. Rebuscas en los bolsillos. Vas desarmado. Mierda. Lo único que puedes usar como algo potencialmente peligroso son las llaves o una de las botellas, aunque la idea de agacharte a coger una se te antoja como una soberana gilipollez. Es dejar claras tus intenciones y arriesgarte a recibir la primera hostia. Detrás de ti hay una ventana, o lo que queda de ella: un hueco en la pared que se abre como un orificio de bala en mitad de la espalda. Frío y cortante. 

Das un paso a un lado. Tu contrincante sonríe. Su compañero sigue lloriqueando como una puta histérica. Estás por pedir tiempo muerto en lo que está por pasar y darle una bofetada, a ver si así reacciona y deja de molestar. Pero no hay tiempo. Empieza la fiesta. Tu contrincante ataca primero. No sabes de dónde la ha sacado, pero entre las manos tiene una barra de hierro. Parece pesada y contundente. El hijo de puta se abalanza sobre ti descargando un golpe que va derecho a tu cabeza. Estás algo mayor para andar jugando al karateca que para golpes y devuelve hostias letales. Te agachas como buenamente puedes. Clonc. La barra impacta contra la pared. Demasiada inercia en el golpe. Es tu turno. Te levantas a toda prisa y le abrazas, aprisionando sus brazos. El arma cae al suelo y rueda escaleras abajo. Clinc, clinc, clinc. Resuellas. La adrenalina en tus venas sustituye a la sangre. Le empujas contra la pared de enfrente. Su colega está en el suelo, babeando como un subnormal mientras llama a su madre a gritos. Afortunadamente no hay vecinos quisquillosos que salgan a protestar o llamen a la poli. Algo bueno tenía que tener el vivir de ocupa en un edificio abandonado. 

Chocáis con fuerza. Lo primero en frenar el golpe es la espalda del yonqui. Se queda sin aire después de expulsar una bocanada de aire fétido contra tu cara. Sientes asco. Le zarandeas con fuerza. Una y otra vez su cabeza choca contra el yeso viejo y cuarteado que tiene detrás. Forcejea. Intenta librarse de ti, pero no le dejas. Rodillazo en la ingle. No contabas con ello. Te doblas por la mitad como una bisagra y tu espalda cruje para darle más realismo a la escena. Presientes que un puño va a descargarse de manera letal contra tu nuca de un momento a otro. Tomas impulso y le empotras otra vez contra la pared. Aunque parezca increíble, te sientes en plena forma. Le sacudes un puñetazo en mitad del pecho, a la altura del esternón. Otro en la mandíbula. Algo suena como una rama seca partiéndose: crack. Los dos golpes se han sucedido a toda velocidad, y no podrías decir a ciencia cierta cuál de los dos ha sido el que ha roto algo. Te duelen las pelotas. La cara de tu compañero de baile es un poema. Está medio sonado. Los ojos abiertos como platos. Rictus de no saber qué está pasando. Media boca abierta, la otra colgando de una manera que suena a receta de sutura labial, vendaje y tres meses de comer sopa con pajita. Estás encendido. Como en los viejos tiempos, pletórico. Te dejas llevar por la euforia del momento. Le agarras del pecho. Trata de decir algo, pero de su garganta sólo escapan gorgoritos que no eres capaz de comprender. Con esfuerzo le arrastras hasta el hueco de la ventana. Opone resistencia, demasiada para tu gusto. La solución es sencilla: puñetazo a la altura del hígado. Se ablanda un poco, al mismo tiempo que su cara se pone amarilla. Le agarras de los pantalones y el cuello. Un paso más y a volar. No es el Empire State, pero la hostia va a ser sonada. Le ves caer como un pelele. Pum. Aterrizaje fallido. Un indigente se sobresalta, como diciendo qué coño ha pasado. Da un trago de una botella oculta en una bolsa de papel y sigue a lo suyo, a soñar que se vuelve millonario o lo que quiera que sueñen los mendigos en su tiempo de ocio. 

Resoplas. Todo ha acabado. El histérico está en estado catatónico. Te acercas a él. 

– No, no. Por favor- suplica en tono lastimero de perro apaleado. 

Le das un bofetón. Plas. El tacto de su mejilla áspera y sin afeitar impactando contra la palma de tu mano te hace sentir bien. Es reconstituyente, un jodido tónico que te hace rejuvenecer por unos momentos durante los cuales echas de menos un par de gramos de boliviana para sentirte bien al cien por cien. El chaval se queda paralizado y te mira aterrado mientras se masejea la zona. Pasas de él. Abres la puerta y entras en tu despacho. 

– Si no quieres acabar como tu amigo, coge la bolsa y entra. Tenemos que hablar- dices a modo de advertencia. 

El yonqui obedece. Manso. Parece un puto crio tratando de congraciarse con sus padres para que le levanten el castigo. Se queda en la puerta con la bolsa de papel apretada contra el pecho. Le observas desde la mesa. Raquítico. con más mierda encima que un puesto callejero en Little Italy. El pelo grasiento cayéndole sobre los ojos. La cara pidiendo de manera desesperada una maquinilla de afeitar. Tiembla. No sabes si por el mono o porque está acojonado. 

– Deja la bolsa ahí y entra- le ordenas. 

Vuelve a obedecer. Sientes lástima por él. Se acerca a ti con paso vacilante. Le indicas una silla destartalada frente a ti, al otro lado del cementerio de colillas, vasos y botellas que tienes delante.

– ¿Cómo te llamas, chico? 

– Me llaman Snake- responde tras titubear unos segundos. 

– Tu nombre de verdad, cojones. 

– O´Connor, señor. Edward O´Connor. 

– O´Connor. ¿Irlandés?, ¿escocés? Suena a apellido de colono de primera hornada- dices acariciándote el mentón, más pensando en voz alta que porque tengas interés en conocer su genealogía-. Creía que los irlandeses se habían quedado en la Costa Este bebiendo cerveza y dándose de puñetazos con los italianos en en Central Park. Estás un poco lejos de casa, ¿no? 

Guarda silencio. Baja la mirada. Decides jugar al poli reflexivo. Una especie de estado intermedio entre el poli bueno y el poli malo que se entretiene maltratando la psicología del detenido, en un intento de desmoronarle antes de que el poli violento y el amigable, en este orden, hagan su entrada en escena. 

– ¿Cuántos años tienes, O´Connor? 

– 18, señor. 

– ¿18? ¿Te has visto? Vas por el mal camino chico, así no vas a acabar bien. ¿Quieres acabar como tu amigo?, o, peor aún, ¿degollado en una celda? 

O´Connor te mira con ironía. Un brillo de picardía prende en sus ojos hundidos, al tiempo que mira la mesa, como diciendo: ¿me lo dices tú?, un claro ejemplo a seguir. 

Te impacientas al intuir lo que está pensando. Te encantaría levantarte y abofetearle otra vez. Enseñarle algo de educación. Respeto a los mayores y esas mierdas de la vieja escuela. Pero no. Te contienes. Le necesitas y lo sabes. No porque temas que vaya a la policía con el cuento de que su amigo y su intento fallido de emular a Eddie Rickenbacker han sido cosa tuya. No. No deja de ser la palabra de un puto adicto contra la de un expolicía. Si no le sacudes es por una causa de mayor envergadura: le necesitas para que haga parte del trabajo de campo. Los tiempos cambian y en algunos ambientes ya no encajas. 

– No me mires así, sé lo que estás pensando- dices en tono paternal. El poli reflexivo ha dado paso al poli bueno, rozando de manera colateral al poli demente, pero éste aún se queda en la banda haciendo ejercicios de calentamiento-. Conozco la historia. He conocido a muchos como tú. Nunca os pasará nada… Estáis de vuelta de todo… Y el día menos pensado amanecéis tiesos. La verdad es que me da igual muchacho, sólo quiero echarte una mano. Te puedo ofrecer un negocio que puede interesarte. ¿Quieres ganar cinco pavos? 

– No soy un marica y no se la chupo a viejos alcohólicos- responde levantando la voz. 

Hace un ademán de levantarse con aire desafiante, pero eres más rápido. Le cruzas la cara. Nadie te insulta de esa manera y se va de rositas. Te mira asustado. No es más que un puto niño jugando a ser un tipo duro, y apunta maneras. Si vive más de cinco años, tendrás que andar con cuidado al salir a la calle. 

– No pretendo nada de eso, gilipollas- alzas el puño y él se encoge como un animal asustado, aunque el brillo amenazador de sus ojos parece corroborar tu teoría: la venganza nuca llega tarde y en un futuro que te metan cuatro tiros por la espalda no suena descabellado-. Tengo un encargo y necesito ayuda. 

Te alejas de él y pones cinco pavos sobre la mesa. Los mira con deseo. Si prestases un poco de atención, hasta podrías escucharle ordenar mentalmente sus preferencias: un chute, algo de comida que con el jaco muchas veces se suelta hasta la primera papilla y hay que llenar el estómago cuando acaba el viaje, alcohol, otro chute… 

– ¿De qué se trata?- pregunta acomodándose en el asiento. 

El niño asustadizo y lloroso se ha esfumado, dando paso al hombre rudo de los bajos fondos que aspira a llegar a ser algún día. Tomas nota de ello. 

– Soy detective. Me conocen como Dax. Tengo un encargo y necesito tener oídos en ciertos ambientes. 

– ¿Un soplón? 

– No. Alguien que va a ganar 20 pavos a la semana por escuchar, ver y decirme qué se cuece en la calle. 

– Un soplón. 

La insolencia de O´Connor empieza a ser insufrible. Te enciendes un cigarro para contenerte. 

– Un soplón que comerá caliente y no tendrá problemas para salir de la mierda en la que él solito se está metiendo. 

– Y, ¿si me niego? 

Miras por la ventana con aire distraído. O´Connor pilla el mensaje. 

– Veo 5 pavos, no 20. 

– Cobrarás el resto cuando cumplas con tu trabajo. Considéralo un adelanto. 

Sonríe. Un par de hoyuelos se perfilan en sus mejillas, una más enrojecida que la otra fruto de tus caricias. 

– ¿De qué se trata? 

– ¿Te suena un tío llamado Freddy McGregor? 

– Tiene apellido de pastor escocés amigo de follar con las cabras. Pero no. No me suena-dice al fin. 

– Perfecto. Ya tienes tarea. Te espero aquí en 48 horas. Quiero resultados. 

Se pone en pie, coge la pasta y se esfuma. No estás seguro de si tienes un nuevo socio o te has quedado sin cinco pavos. Aunque tampoco es algo que te preocupe demasiado. Si cumple, de puta madre, tienes un socio. Si te tanga, acabará muerto por sobredosis o abierto en canal por sus compañeros de camello en pocas horas y hay demasiados necesitados dispuestos a colaborar por mucho menos como para echarle de menos. Oferta y demanda. Viva el capitalismo. 

Te acabas el cigarro con calma. Lo aplastas en un cenicero superpoblado de colillas. Abres el cajón de la mesa, sacas una palanca de metal y te levantas. Empujas con fuerza. La mesa pesa como un muerto. Resoplas. La ceniza cae por el borde como el yeso de una pared después de una explosión. Logras desplazarla unos centímetros. Metes la punta de la palanca entre dos baldosas del suelo haciendo palanca. Una se levanta un poco. Hace más fuerza. Metes la mano. Sacas 100 pavos y el sobre con los datos del hijo de McGregor. Colocas la baldosa y vuelves a arrastrar la mesa. Compruebas que tu escondite secreto queda oculto. Te sientas y abres el sobre, es hora de empezar a trabajar. 

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente

Desde hoy y durante el próximo mes y medio Ignacio Barroso y SomNegra te traen Menage a tris una novela corta por capítulos para que disfrutes del calor estival que ya nos ha llegado.

Menage a trois estilo costa oeste

MENAGE A TROIS ESTILO COSTA OESTE, IGNACIO BARROSO BENAVENTE.

Te llamas Walter Sulivan, Dax para los amigos. Y estás jodido. Francamente jodido. Grosso Modo tu situación actual es poco halagüeña y podría describirse de la siguiente manera: estás con las manos atadas a la espalda (las cuerdas de cáñamo te hacen heridas y el sudor hace que escuezan) y de rodillas en mitad del desierto de Nevada. Has tenido un viaje exprés desde Los Ángeles en clase preferente dentro del maletero de un coche y delante de ti hay dos tíos con cara de pocos amigos. Visten a lo turista: bermudas de color crema, camisas de palmeras hawaianas y esas horteradas. Sólo les falta una cámara de fotos colgando al cuello para dar el pego totalmente. Como matones, la verdad es que no tienen precio, aunque de estilismo sus nociones sean nulas, piensas. La idea te pasa por la cabeza entre sopapo y sopapo. Algo así como plas-idea-plas. De todas formas no dices nada, prefieres callar. En el rato que llevas disfrutando de su grata compañía has descubierto que sentido del humor tienen el justo para pasar el día. Como si los trapecios hipertrofiados que asoman por el cuello abierto de la camisa les tensase demasiado los músculos faciales impidiéndoles cualquier mueca que no sea una amenaza velada.

Pero mejor dejemos las primeras impresiones a un lado y centrémonos en lo que está pasando: tú estás hecho una mierda. Y ellos están frescos. Hablando entre sí a escasos metros de ti, a la distancia de seguridad justa para que si intentas levantarte y salir por piernas, el cañón de un 38 amartillándose en tu frente te diga que no es buena idea emular a Houdini y tratar de dártelas de escapista. 

La situación, vista desde fuera, puede resultar hasta graciosa. Cómica, podríamos decir. Dos moles de gimnasio al estilo de los hampones televisivos, hablando de sus historias. Coches, chicas. Anabolizantes, batidos de proteínas. Garitos de moda. Negocios a espaldas del jefe. En fin, su día a día. Delante de ellos, tú. Un montón de carne entumecida a base de palos. En términos mafioso-culinarios, podría decirse que te han ablandado el lomo antes de llevarte a esa parrilla de arena ardiente sobre la que estás tirado. No sabes qué van a hacer contigo, y tampoco lo vas a preguntar. Has hablado poco y sin resultados- Tus compañeros son malos anfitriones. Es más, por ir concretando un poco cómo han ido las cosas, al principio pasaban bastante de hacerte caso. Hasta que te has puesto pesado y les has acabado por cansar. En ese momento el cañón de una Smith & Wesson se ha introducido en tu boca hasta la garganta, dejándote las cosas claras: esto no es una excursión entre colegas. 

El sabor a acero y el amago de amigdalectomía han sido más que suficientes para que pillaras el quid de la cuestión, pero por si eras un poco corto de entendederas, te han sacudido un poco. La letra con sangre entra, ya sabes. La gente que te contrató no está muy contenta con tus servicios, y ellos son los responsables de poner las correspondientes hojas de reclamación. No es nada personal, pero como en todos los negocios mandan las leyes del mercado. Unos ponen quejas. Otros ejecutan en mitad del desierto. A fin de cuentas viene a ser lo mismo. Sólo que es cuestión de saber de qué lado de la justicia se trabaja. 

El viento mece los escasos arbustos resecos que os rodean, levantando una insoportable nube de polvo. Tus compañeros de aventura se colocan unas gafas de piloto y siguen hablando. A ti te toca joderte. Cierras los ojos, pero aún así los notas terrosos. La arena se te pega en las heridas de las muñecas y hace que el tacto de la cuerda resulte tan delicada como un alambre de espino atado a la bolsa escrotal. A lo lejos, un coyote, o algo que se asemeja a uno en tu cabeza, aúlla. La silueta de un buitre revolotea sobre vosotros eclipsando el sol. Tragas saliva. Mala idea. Por tu garganta desfilan coágulos de sangre y granos de arena, lo que se te antoja como una digestión difícil, pero algo te hace sospechar que un ardor de estomago no va a ser tu principal problema. 

Ajenos a lo que piensas, tus compañeros siguen a lo suyo. Ahora toca hablar de hormonas de la RDA y la putada de que al tomarlas te pones grande, pero los huevos se te quedan pequeños. Aunque, milagros de la ciencia del deporte, al parecer existen otros complejos ricos en cinc que devuelven la virilidad hasta a un eunuco. 

Ríes para tus adentros. Por lo que estás escuchando, para ponerse cachas y ganarse la vida machando cráneos hay que tener educación universitaria en nutrición y dietética y andar por la vida ciego a esteroides. Si no, de nada sirve el sacrificio de levantar pesas como un energúmeno e hincharse a pechugas de pollo con arroz blanco. 

Algo no les debe molar en tu lenguaje corporal. Dejan la conversación a medias, en lo más importante del combo de ciclos y te quedas sin descubrir la piedra filosofal de lo que estaban diciendo. Los dos se cruzan de brazos a la vez y te miran fijamente. El que tienes a la derecha da un paso al frente y arma el brazo para sacudirte. Te encoges, pensando que va a doler. Por encima de su bíceps con venas que parecen gusanos, ves acercarse un coche levantando una nube de polvo. Los tres lo veis llegar. El reflejo del sol en el parabrisas te ciega. 

– Déjale, tío. Viene el jefe- dice el otro. 

– ¿Qué más da? 

– Espera a ver qué dice. Ya sabes que no le gusta que les sacudamos demasiado. 

Tu agresor se contiene, apretando los puños con fuerza y fulminándote con una mirada que queda oculta tras los cristales de las gafas de sol. El coche se detiene junto a vosotros. Se abre una de las puertas traseras y baja un tipo estilizado, alto y delgado, con un bigotillo canoso recortado a la moda de los años 20 y medio imperio Inca en joyas de oro colgando de sus muñecas y su cuello. Viste un traje claro que parece hecho a medida y un ridículo sombrero de paja que le da un aire a lo potentado del algodón de Nueva Orleans del siglo pasado. 

Camina despacio, apoyándose en un bastón con empuñadura de marfil. Los mastodontes  con los que has compartido más tiempo del que eres capaz de recordar le miran con una mezcla a mitad de camino entre el respeto y el miedo. 

– Hombre, Dax me alegro de verte. Temía que mis muchachos se me hubieran adelantado y llegara tarde para verte morir- dice a modo de saludo. 

– Hola, Fred. ¿cómo andas?- ironizas, mirando el bastón. 

Uno de sus chicos, el que se ha quedado con ganas de sacudirte, da un paso al frente. Su jefe, Fred McGregor, un pez gordo que ha levantado un imperio en las sombras dentro del competitivo mundo del hampa de Los Ángeles, levanta el bastón con brusquedad. El perro de presa se amansa. 

– Tienes huevos, Dax. No te voy a decir que no. En otras circunstancias te habría mandado asesinar aquí mismo sin ningún miramiento- habla despacio, deleitándose con cada palabra, aunque lo que trata de conseguir es no ahogarse. Al parecer, el aire del desierto no es muy saludable para un viejo artrítico que fuma como un condenado a muerte sin apartar la vista del calendario-. Pero no. No es el caso. Vas a morir igualmente, pero prefiero disfrutar viendo trabajar a mis chicos. 

Bajas la mirada. Es el final. Fred da una palmada y un tercer tipo baja del coche portando una nevera portátil y una silla plegable de camping. El viejo capo toma asiento, abre una Budweisser, finge brindar contigo. Da un sorbo y en tono ceremonial dice: 

– Chicos, que empiece la función. 

Te estremeces. Sabes lo que está por pasar. Miras al horizonte. El sol arranca ondulaciones a las dunas que os rodean. Algo se escabulle reptando por el suelo. Coges aire. Los dos se acercan a ti. No hace falta ser futurólogo para saber que las cosas pintan bastante mal. 

– Chicos, chicos- protesta Fred-. Por favor, poneos de otra manera, que no veo bien. Así, muy bien. Ahora sí, que empiece el baile. 

Tres meses antes

2 

Es de noche y estás borracho.

La mesa de tu despacho parece un campo de batalla. Las colillas, la botella de whisky vacía y los vasos cubiertos de polvo y ceniza se muestran como los cadáveres de una lucha encarnizada. El ambiente está recargado. Huele a sudor y tabaco, pero parece no molestarte. Por la ventana que tienes al lado, una luz de neón parpadea salpicándolo todo a tu alrededor. 

Estás realmente hundido. Depresión crónica lo han llamado los psiquiatras. Pero no les haces ni puto caso. Sabrán ellos. Lo que te pasa es consecuencia de los recuerdos. Tu época dorada, aquella en la que la placa, el alcohol y la violencia iban de la mano. Qué tiempos. Impunidad. Ganas de limpiar de escoria la ciudad. McCarthy cazando comunistas en las altas esferas y la gente como tú haciendo lo propio a pie de calle. Qué recuerdos… 

Te sientes nostálgico. Abres un cajón de la mesa y sacas otra botella. No encuentras ningún vaso limpio. Te encoges de hombros. Bebes a morro. El alcohol baja con pesadez por tu garganta. Eructas. Una arcada ácida se traslada a tu rostro en forma de una incómoda mueca. Optas por encender un cigarro para sofocarla con una calada larga, eterna, mientras que al otro lado de la llama la habitación se convierte en una danza macabra de luces y sombras. 

Desde la calle asciende el ruido de la vida nocturna. Bares de ambiente gay, putas haciendo su trabajo a la caza de incautos a los que sacar los cuartos y regalar una venérea de recuerdo. Un par de chicanos buscando bronca. Cierras los ojos y te masajeas las sienes. Recuerdos. Tú y los chicos. Años atrás. Un jodido escuadrón que hacía temblar los bajos fondos. Mickey y Donald. Sus nombres parecían sacados de una película de Walt Disney, salvo que de contenido sólo apto para adultos. Eran tipos duros, de los que ya no quedan. Los dos sirvieron al país cuando lo de la Campaña del Pacífico. Y no contentos con despachar japos a conciencia, decidieron meterse a la policía. Los dos eran especialistas en salir vivos de las situaciones más difíciles y pronto hicisteis buenas migas. Os gustaba lo mismo. El alcohol, las mujeres y barrer la escoria de las calles a palos. Os lo pasabais en grande. Redadas en bares sólo por pasar el rato. Excursiones a mitad del desierto en el Ford del 48 de Mickey hasta arriba de ilegales, para luego volver los tres solos viendo cómo los pachucos se iban haciendo cada vez más pequeños en el retrovisor en mitad de la nada. Atracos a licorerías y gasolineras para cargar el muerto a algún negro adicto al caballo. Bares de putas donde follabais sin pagar. Desde luego, eráis los reyes… 

Pero todo acabó por irse a la mierda. 

El primero fue Donald. Los cabrones de Antivicio le jodieron bien jodido. En cierto modo se lo buscó el solito. A quién se le puede ocurrir robar heroína de la sala de pruebas sin avisar. Y para colmo, correrse una juerga con dos putas filipinas menores de edad en un motel registrado a su nombre. 

No aguantó mucho. Le enchironaron con los mismos presos a los que él había detenido. La cosa pintaba mal desde el principio. Mickey y tú le disteis la espalda. No queríais complicaciones. Y así acabó todo. Vosotros vivos y en la calle, mientras que él se colgó en su celda con un cinturón atado al cuello. 

Nunca se supo quién se lo suministró ni porqué nadie le echó en falta hasta pasadas 24 horas. Es triste que un héroe condecorado tras la Batalla de Peleliu acabara así, pero no le quedaban demasiadas alternativas. La cárcel es jodida, difícil. Y más aún cuando uno ha sido pasma y tiene los antecedentes de violencia gratuita que tenía Donald. Si a eso se le suma que la condena fue por pederastia e inducción al consumo de droga de dos menores, no hacía falta ser muy pesimista para saber que tenía los días contados y a su manera, lo único que hizo fue acelerar los trámites. 

Así era él. Lo que le sobraba de músculo y fuerza bruta para astillar huesos, le faltaba de seso. Él mismo lo decía: «Dios me ha creado con el cerebro justo para pasar el día»; y al final fue verdad. De haberse parado a analizar su situación, habría podido sacar partido de su pasado de poli. Los carceleros habrían hecho la vista gorda en muchas cosas, y, tras currárselo un poco, se lo habría acabado montando de puta madre con los demás presos. A fin de cuentas, en el trullo todo se mueve por favores y la gente olvida pronto cuando le salvas de recibir una paliza o evitas que se le caiga la pastilla de jabón en las duchas. 

Pero no. No se paró a pensar y acabó como acabó. Colgado como una res en una carnicería de Brooklyn, antes de ser enterrado en un sepelio sin demasiado público presente. Sólo Mickey, algunos chicos de la comisaría que le conocían de patrullar juntos por las zonas chungas del barrio negro y tú, guardando el debido luto. Aunque este duro poco. Los dos que aun quedabais con vida volvisteis a los vuestro: beber como esponjas y a esmerarse en el tema de las palizas. Pero no era lo mismo. Sin Donald y sus métodos brutales, la cosa había perdido la gracia. Los de Asuntos Internos andaban buscando un fleco del que tirar y quitaros de en medio, y la tensión se encargó de acabar con Mickey. No aguantó. Tenía los nervios destrozados por la guerra y el alcohol, y decidió tomar un atajo para reencontrarse con Donald en el cielo de los tipos duros. 

Una buena mañana, sin mediar palabra, se encerró en el vestuario, cogió su revólver de servicio y decidió pintar los azulejos que tenía más cerca en un intenso color rojo-sangre con un fino relieve de trozos de cráneo y masa encefálica. Pum. Y ahí quedó el segundo miembro de vuestra sociedad anónima. 

Su muerte fue un duro trago para ti. Te sentías solo. Abatido. La vida había empezado a perder sentido. Y acabó por perderlo del todo el día que tu mujer se marchó dejándote una carta llena de reproches. Eso fue la gota que colmó el vaso. Pensaste en quitarte de en medio tú también y seguir los pasos de los chicos. A fin de cuentas, te sentías como si tu tiempo hubiera pasado y te encontraras en un mundo que no entendías. Pero no pudo ser. Te faltó valor. El tacto del cañón de tu 38 en la sien te parecía frío e impersonal. Cogiste aire y te lo metiste en la boca. Su sabor era desagradable, espantoso. Permaneciste media hora practicando una felación profunda a tu arma, con las mandíbulas desencajadas, la boca inundada por el sabor del aceite y los ojos llorosos tendido en el suelo de la cocina, hasta que desististe. No pudiste acabar con tu mísera existencia. Guardaste el arma y empezaste a beber como no lo habías hecho en tu antes. 

Las botellas vacías se amontonaban en casa, casi a la misma velocidad en la que tú te ibas trasformando en la sombra de lo que fuiste. Un ser endeble, de pulso tembloroso y altamente inestable que estallaba en ataques de ira sin razón aparente. Tu degradación personal avanzaba y no eras capaz de ponerle freno. A lo sumo, borracho, medio inconsciente en el salón, balbuceabas los nombres de tus compañeros muertos suplicándoles ayuda en un último estado de lucidez que el alcohol pronto ahogó. 

Como era de esperar, la ayuda no llegó. En su lugar lo hizo la droga. La cocaína hacía más llevaderas las resacas, permitiéndote estar alerta. Tu nariz pronto se convirtió en una fábrica de yeso. Respirabas polvo blanco, no aire. Y de esta manera fue como acabaste por cruzar la línea. Fue un viernes por la noche, puesto de mierda hasta las cejas, al salir de un bar de putas orientales. Uno de los de Asuntos Internos iba por la calle con unos tíos que no te sonaban de nada. La sangre empezó a hervir en tus venas y sin mediar palabra te tiraste sobre él como un perro de presa. El resto es leyenda: la mandíbula rota por tres sitios distintos, varias costillas fracturadas y pérdida de visión parcial en uno de los ojos. Te descargaste de lo lindo, y vinieron las consecuencias. 

Los de arriba no se lo tomaron muy a bien. Te tildaron de ser la vergüenza del Departamento y esas gilipolleces. La verdad es que no les prestaste demasiada atención. Llevabas dos días borracho, celebrando lo que habías hecho y no te importaba demasiado lo que fueran a decirte. Hasta que llegó la palabra clave: expulsión. 

No sabías qué habían qué habían dicho antes ni lo que dijeron después. Te quedaste blanco. La cogorza desapareció en cuestión de segundos. Rompiste a sudar. Sentías cómo el corazón te latía en las sienes y te faltaba el aire. El despacho de tus superiores parecía empequeñecerse por momentos. El teniente Rogers salió a buscar un médico, dejándote hiperventilando en un sofá. Por su parte, el sargento Patterson te miraba con lástima. Se sentó a tu lado y se encendió un cigarro. 

– Sulivan, vas a acabar mal. Éste no es el camino. Casi matas a uno de Asuntos Internos. ¿En qué estabas pensando?- preguntó en tono paternal, frunciendo el ceño. 

– Mickey… Donald…- murmurabas entre bocanadas de un aire que notabas húmedo y asfixiante que no lograba llegar a tus pulmones. 

– Ellos están muertos. Tú aún vives. Fue una lástima lo de aquellos pobres diablos, pero hazte un favor: no sigas así, chico. Asuntos Internos quiere tu cabeza. Ese hijo de puta al que sacudiste está muy jodido. Se sale de ésta de una pieza, será un milagro y tú habrás tenido mucha suerte- hizo una pausa para dar una calada, y dejar que sus palabras calaran en ti-. De momento les estamos dando largas, pero no podremos hacerlo por mucho tiempo más. Tengo a mis chicos trabajando para salvarte el culo, así que no la jodas. Deja la policía. Vive como quieras, pero como en un mes te vea por aquí, yo mismo me encargaré de accionar la silla eléctrica para freírte los huevos. 

Oír decir a Patterson que los suyos estaban trabajando en tu caso, era una garantía de supervivencia. Al igual que los chicos y tú eráis especialistas en chantajes, sobornos y palizas indiscriminadas, ellos eran los mejores en incriminar a inocentes. 

Nunca llegaste a saberlo de primera mano, pero en la casa del pipiolo de Asuntos Internos apareció una colección de pruebas incriminatorias que ningún jurado que no hubiera sido sobornado creería. Bolsas de cocaína y fardos de heroína. Pornografía homosexual. Revistas de pederastia. Un listín de teléfono con los números de chaperos negros de los bajos fondos más conocidos. Propaganda prosoviética… Parecía como si los muchachos de Patterson hubieran actuado por tandas, dejando cada vez más pruebas de depravación contra su víctima hasta que todo saliera a la luz. De hecho, la maniobra fue de tal envergadura, que poco más y tu pasaste de ser un poli al que habían expulsado del cuerpo por violento, a convertirte en un héroe del Comité de Actividades Antiamericanas que había hecho saltar la liebre sobre conspiraciones comunistas y antros de vicio y corrupción. De haber tenido un poco de suerte, quizá hasta te hubieran condecorado. 

Aunque, la verdad sea dicha, tampoco estabas para muchas medallas. Buscaste ayuda médica a tu problema y acabaste en una habitación que olía a lejía con un pijama que apestaba a naftalina, mientras te trataban varios psiquiatras cabrones que te tenían drogado la mitad el tiempo hasta que dieron con la causa de tu dolencia: padecías un trastorno de estrés generalizado por la muerte de tus compañeros, o al menos eso es lo que ponía en el certificado que entregaste en comisaría junto a la placa y tu pistola. A cambio, recibiste una caja de cartón para meter tus cosas y una despedida fría. Nada de putas y alcohol ni nada por el estilo. Sólo un «Cuídese Sulivan. No vuelva a meterse en problemas» por parte de Patterson y el teniente Rogers. Nada más. Así te agradecían tus compañeros tantos años de servicio: una palmada en el hombro y un no vuelvas a joderla a modo de despedida. 

Y claro, como no podía ser de otro manera, no tardaste demasiado en volver a joderla. La coca la dejaste pronto, ya no necesitabas ir a mil por hora a la caza de sospechosos, pero acabaste por rehipotecar tu casa para poder seguir alimentando tu futura cirrosis. Volviste a caer en barrena y antes de que fueras consciente de ello, acabaste viviendo en una habitación en un edificio abandonado y sin blanca. 

Algo había que hacer. Nadie daba trabajo legal a alguien con tus antecedentes en los que las palabras alcoholismo y expulsión del DPLA parecían perseguirte. Así que ¿qué alternativas te quedaban? Meterte a chapero, camello o montártelo por tu cuenta. Y eso hiciste. Acondicionaste con mobiliario de la basura la habitación que ocupas. Puenteaste la luz del alumbrado público y en pocos meses eras un detective de los duros, de los que ya no quedan en el mundo. Como en las películas vamos, salvo que en lugar de tener una secretaria cañón a la que follarte los viernes por la noche después de hacer morder el polvo a los malos, tienes una úlcera del tamaño del desierto de Arizona y los únicos casos que llevas son estafas de poca monta, corredores de apuestas que no pagan y algún que otro servicio de ruptura de pulgares y piernas por veinte pavos la hora más comisión. Siendo sinceros, no es que sea el trabajo de tu vida, pero te va dando para sobrevivir. A la gente parecen gustarle tus métodos heredados quince años atrás en la poli y pagan a su debido tiempo. Alcohol y tabaco no te faltan, y de vez en cuando comes caliente. 

¿Qué mas puedes pedir?