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Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 21-22-23 y últimos.

21 

Sin tiempo para pensar. 

Conduces de manera mecánica. Rápido La carretera está prácticamente desierta. Sólo camiones y furgonetas de reparto. No son horas para que ningún coche familiar ande por ahí, lejos del calor del hogar. Las luces de los carteles de las gasolineras pasan como estrellas fugaces a tu lado. El motor ronronea contento. La gasolina rozando mínimos. Te la suda. No hay tiempo para repostar. Demasiada adrenalina en la sangre. Demasiadas ansias homicidas. El poli pardillo de meses atrás, cansado de jugar a los detectives alcohólicos, ha muerto. Ahora eres un hijo de puta peligroso con ganas de venganza. Lo que pueda pasar después es algo que no importa. Lo primero es ajustar cuentas con Patterson. Nada de interrogatorios ni preguntas por Willy McGregor. La decisión ya la has tomado. Es de las pocas certezas que tienes. Descabezar el imperio del cáñamo de la familia McGregor es lo primero. La razón, muy sencilla: se has estado riendo a tu costa. Desconoces el por qué. De hecho, no crees nada de lo que te han contado. La conversación en el despacho del invernadero: puro teatro. La desaparición del hijo pródigo: empiezas a sospechar que un bulo para tenerte entretenido. Pero, ¿a santo de qué? No lo sabes. Tampoco te importa. En el escondite de tu despacho hay pasta esperándote. Es la hora de recoger la basura. Después, los verdes. Una última parada para avisar a la prensa del pastel que se van a encontrar desde un teléfono público. Y desaparecer del mapa. Fin de tus planes. 

Pero lo primero es lo primero. Ir a casa de Patterson. 

Tomas la misma salida que noches atrás cuando jugaste a los sabuesos y los seguimientos en coche. Sientes la boca seca y las manos sudorosas sobre el volante. Estás excitado. A mil. El corazón te late rápido, desbocado. Te has quedado sin tabaco, con las prisas no has tenido tiempo para comprar y eso te jode. Aminoras la marcha. Estás entrando en una zona residencial y no quieres llamar la atención. Bastante la has llamado ya en casa del poli-maltratador con eso de borrarle la cara a balazos. Ahora todo tiene que ir como la seda. Suave. Precisión militar. Entrar. Ajustar cuentas. Salir. Lo único que no te gusta de todo esto es el arma. Un 38 ladra con furia cuando aprietas el gatillo. 

Deberás improvisar. Dejar a Patterson fuera de juego y buscar algo con lo que eliminarle sin hacer ruido. Pretendes que los chicos de la prensa lleguen antes que la pasma para poder hacer bien su trabajo: denunciar que un capitán de la policía estaba metido en temas de drogas hasta las cejas, y si se encuentran con un circo de patrulleros y placas a su llegada, no tendrán demasiado tiempo. Necesitas actuar como un puto comando. 

Sigilo. 

Eliminar el objetivo. 

Sigilo. 

Desaparecer. 

Aparcas cerca de la casa. Antes de bajar miras a tu alrededor. Nada. Desierto. Te acercas a la casa. Hay luz en la parte trasera. Tu respiración suena fatigada. Te pegas a la pared, haciendo memoria. Deduces que debe de estar en la cocina. La otra vez no llegaste a entrar, pero te haces una distribución mental de la vivienda. Planta baja. Entrada. Salón. Cocina. Cuarto de baño y despensa con acceso directo al garaje. Planta superior. Habitaciones. Cuarto de baño. Despacho. La antítesis de la oficina en la que vives en el último piso de un edificio abandonado. La sangre te hierve. La envidia te corroe. Contienes el aliento. Te aplastas contra la fachada, evitando la luz que escapa por la ventana. Escuchas. 

Conversación despreocupada. Al menos tres tíos. Fiesta. Sólo hombres. Nada de una celebración por todo alto con putas de lujo y cocaína como para empolvar el desierto del Mojave hasta que adquiera el color del suelo lunar. Tragas saliva. Cambio de planes. Abres el tambor del revólver. Tres balas. Estás de suerte, pero necesitas ser certero. Cierras los ojos y cuentas mentalmente hasta cinco. 

Uno. 

Dos. 

Tres. Cuatro. Cinco. 

Una patada a la puerta. Saltan astillas y cachos de cristal. Estás dentro. En un mesa, en el medio de la cocina, están Patterson y dos tíos más. Fajos de billetes encima de la mesa. Tres botellines de Budweisser empañados y un cuenco lleno de galletitas saladas. Los miras. Fin de la celebración. 

– ¡Sulivan!- grita Patterson. 

Los dos maromos que están con él hacen ademán de ponerse en pie. Tienen pinta de matones. Sabes de sobra quién les paga la nómina, pero no te importa demasiado. Pum. Pum. Dos tiros. Dos fiambres en el suelo. Sangre manchando el linóleo y dejando los trajes cortados a medida hechos unos zorros. Dos problemas menos. Una única bala con un nombre escrito en la punta: Patterson. 

– ¿Te has vuelto loco, Sulivan?- pregunta, tratando de resultar autoritario, pero el brillo de sus ojos dice lo contrario: tiene miedo. 

Sonríes. Te sientas frente a él, sin dejar de apuntarle. Coges una de las cervezas y das un trago. Tiene un sabor refrescante, frío. Un manjar. Junto a los aperitivos hay un paquete de Winston. 

Coges uno. Lo enciendes con mucha calma y das una calada, bajo la atenta y temerosa mirada de tu presa. Es tu recompensa. Hora del placer y el deleite antes de acabar el trabajo. Patterson trata de guardar la compostura, pero el cañón del 38 señalándole como un dedo acusador se lo pone bastante difícil. 

– Game Over, Patterson- dices despacio, con tintes de película en la que ganan los buenos. 

– No tengo nada que ver con lo de Willy McGregor, Sulivan. Pero puedo serte de ayuda para dar con él. No seas tonto. Esto no te interesa. Lleguemos a un acuerdo. 

Conoces el papel que se está marcando. Poli negociador. El criminal muerde el anzuelo. Expone sus exigencias. Pasta. Un coche con gasolina para llegar a la frontera. El rehén acompañándole en todo momento. La pasma accede, complaciéndole en todo momento. Huida. Un depósito con azúcar en el depósito. Un coche que se para en mitad de la nada. Los federales apareciendo. Asunto resuelto, una noche más en la que los carroñeros del desierto cenan caliente. 

– No sigas por ahí, Patterson. Conozco el juego. 

– Sulivan, ¿qué vas a hacer? Puedo meterte en el negocio. ¿Qué quieres?- pregunta, mirando de manera elocuente los fajos de billetes. 

Das otro trago a la cerveza. No le pierdes de vista. Sabes que desviar la mirada unos segundos puede ser un error imperdonable. 

– Buen intento, Patterson. 

Una última calada. La colilla se ahoga dentro del botellín de cerveza soltando un inquietante siseo. Una gran idea para evitar que la tentación te joda la fiesta. 

– No he venido por Willy McGregor. Me importa una mierda dónde esté el maricón ese. Andará por San Francisco chupando pollas o fumándose la hierba de su padre. He venido por otra razón…

Dejas que las palabras floten en el aire. Patterson se pone blanco, tratando de completar en silencio la frase que tú no has terminado. 

– Sulivan, escucha- suplica. Es patético-. Estás muy equivocado. En todo esto hay gato encerrado. Aquí, nadie es lo que parece. Créeme. Todos estamos metidos en esta mierda, pero tú estás a tiempo de huir. Coge la pasta y lárgate. En el garaje tengo varios coches con el depósito lleno. Llévate el que quieras y desaparece del mapa. Estás a tiempo. 

Por la manera en que respira y te mira, empiezas a sospechar que dice la verdad. «Aquí, nadie es lo que parece». ¿Cuántas veces has escuchado esa cantinela? Joe. El misterioso tipo del aparcamiento. Patterson. Tres personas distintas diciendo exactamente lo mismo. La curiosidad empieza a cavar la tumba del gato. 

A la mierda. Te pones en pie y te acercas a él, empuñando con fuerza el revólver. 

«Aquí nadie es lo que parece». 

Esas cinco palabras resultan inquietantes, pero las ignoras. No son más que un bulo. Una puta coincidencia. Una maniobra para desconcertarte. En el piso de arriba se escuchan ruidos. Mierda. Patterson no está solo. Te sonríe como si estuviera leyéndote el pensamiento. Hace gestos a alguien que parece estar a tus espaldas. 

¡Mentira! Estáis solos. Sólo trata de despistarte. ¡Eso es! Un truco de poli viejo que aprovecha unas cañerías que suenan en la noche. Casi caes en la trampa. Ahora eres tú el que sonríe. 

No se deja impresionar por tus dotes deductivas y sigue enarcando las cejas, mandando mensajes telepáticos a la nada. A lo lejos escuchas una sirena. Nueva sonrisa enigmática de Patterson. Lo interpretas como un mala suerte vaquero, te pilló el toro. Los cowboys ya están en camino. ¿Qué vas a hacer ahora? 

El cañón del 38 responde por ti. Pum. Un balazo en el pecho. Te mira con los ojos abiertos y el gesto desencajado. Se lleva las manos a la herida. Se palpa entre jadeos. La sangre chorrea entre sus dedos. Los labios le tiemblan, como si fuera a decir algo. No le da tiempo. Cae de rodillas y aterriza con la cara entre las piernas de uno de los fiambres. Una escena única y sensual para que el Los Ángeles Times abra mañana su edición matinal. 

Te enciendes otro cigarro. Te lo has ganado, el descanso del guerrero. Pronto todo habrá acabado. Te guardas el paquete y suspiras satisfecho. Das una calada larga, paladeando el alquitrán que fluye por tu boca. El aire empieza a oler a pólvora y tabaco negro. Extrañado miras lo que estás fumando: Winston. Detrás de ti oyes una carcajada. Tragas saliva y te giras despacio, con el 38 apuntando. Sabes que está descargado, pero tal vez pueda servirte de algo. Frente a ti aparece el matón con pinta de boxeador retirado. Tiene los ojos inyectados en sangre. Va muy puesto. Demasiado como para pararse a comprender que un 38 apuntándole a las pelotas puede resultar letal. Deja caer el cigarro. Estás metido en un marrón muy serio, y no crees que el jugar a los negociadores te vaya a servir de mucho. 

No te da tiempo ni a intentarlo. Sin mediar palabra te agarra de la nuca y tira hacia abajo, en dirección a su rodilla. Un chasquido te dice que te acabas de convertir en un socio honorífico del clan de los tabiques nasales torcidos. Duele. La sangre te ahoga. Te empuja, separándose de ti. Te sientes mareado. Tus ojos se han convertido en lagunas inundadas de lágrimas. Escupes sangre. Tratas de mantener el equilibrio, apoyándote en la mesa. No te da tiempo a más. 

Pum. Pum. Dos puñetazos letales y afilados como dagas impactan en tu cara. El primero al mentón. Tus dientes chocan entre sí, tintineando como copas en un brindis. Clin-clin. El segundo, derecho a la sien izquierda. Los oídos te zumban unos segundos. Después, todo se vuelve turbio. Confuso. Caes al suelo. Le ves sonreír. Tu cuerpo pesa, como si estuviera lastrado con cemento. Tratas de ponerte en pie. Misión imposible. Estás K.O. Sólo falta un puto árbitro con una camisa a franjas negras y grises haciendo la cuenta hasta diez entre el ensordecedor griterío de la multitud extasiada por la paliza que acabas de comerte. El zumbido aumenta. Sientes como si tus tímpanos fueran un cadáver a medio consumir por un enjambre furioso de moscas. Empiezas a ver destellos fosforescentes. 

Pestañeas. Las cosas empeoran. Sabes lo que está por venir… 

… y así es. Pierdes el conocimiento, desmadejándote como una lánguida heroína de novela victoriana. 

22 

De vuelta al presente. 

Fred McGregor está sentado en su silla plegable, con los pies apoyados en la nevera portátil. A su alrededor, varios botellines de cerveza vacíos. Sus matones están tomándose un descanso. Te han sacudido de lo lindo, empleándose a fondo frente al patrón y al parecer han hecho un buen trabajo. Te duele todo el cuerpo. Has escupido dientes y sangre, y una extraña punzada de dolor en el costado derecho te hace pensar que la cirrosis ya no representa un peligro para tu hígado. 

– A ver si lo entiendo- dice McGregor encendiéndose un puro-. Yo te pagaba por encontrar a mi hijo, ¿no?- asientes de manera mecánica- No por descabezar mis negocios. Hay algo que me he perdido, Dax. ¿Podrías ser tan amable de explicármelo? 

Escupes un nuevo cuajarón de sangre en su dirección. Uno de sus chicos hace ademán de explicarte que no está bien lo que has hecho. McGregor levanta una mano, invitando a la calma. El perro de presa te fulmina con la mirada y vuelve a hablar con su compañero. 

Hace calor. La arena del desierto se te pega a la piel y a las heridas. Escuece. McGregor repite la pregunta. Guardas silencio. Prefieres emplear esos segundos en tratar de respirar y saborear el delicioso cóctel de piezas dentales y hemoglobina que inunda tu boca. 

– Dax, no seas maleducado. Explícamelo, por favor- ironiza, como si estuviera tratando de aleccionar a un hijo desobediente-. En serio. ¿Me expliqué mal? Creo recordar que te encargué que encontraras a mi hijo, no que acabaras con Patterson. 

Tratas de mandarle a la mierda, pero tu lengua no se acomoda al nuevo espacio que tiene y sólo emites gorgoritos. En el horizonte un coche se acerca a toda velocidad hacia vosotros, levantando una tempestad de polvo a su paso. 

Alzas una mano, pidiendo tiempo. McGregor se acomoda en su asiento y da una calada, como diciendo: tranquilo, tenemos todo el tiempo del mundo. La sombra de un buitre repta a vuestro alrededor. Parece tener hambre. Tratas de encontrar la manera de salvar el pescuezo, ¿pero cómo? 

– Me dijiste que Patterson no estaba en el negocio- dices, tratando de vocalizar correctamente pese al dolor-. Investigué. Llegué a él y no colaboró. 

– Ya. Y quieres que me crea eso. ¿Quién te pagaba, Dax? 

Silencio. 

Una suave brisa barre el desierto. A tu lado unos matorrales se mueven de manera inquietante. Empiezas a ser consciente de que cada segundo que sigues respirando es tiempo regalado por McGregor y su gente. Un acto de clemencia por los servicios prestados y esas cosas.

– Nadie. Investigué. Encontré que Patterson investigó la desaparición pero en el informe policial habían escrito un nombre encima… 

– ¿Informe policial? ¡Chicos! ¿Qué os parece? El agente Walter Sulivan vuelve a ejercer. 

Carcajadas. Aprietas las mandíbulas. Las encías te recuerdan que no hay nada que apretar ente sí. Dolor. Escupes otra vez. 

– Sigue, por favor. Sigue- se disculpa-. ¿Quién te facilitó esa información? 

El coche que veías ha desaparecido, pero el aire te trae el ruido de su motor. 

– Un tío de archivos. Russell. 

– ¿El que apareció muerto con una revista gay encima? 

– El mismo. Lo maté. Se pasó de listo- respondes entrecerrando los ojos. 

– Entiendo… 

Te pasas la lengua por los labios. Saben a sudor y arena. Abres y cierras las manos. Las cuerdas que atan tus muñecas a la espalda te están haciendo heridas. 

– Sigue, Dax. Sigue. Está charla está resultando muy instructiva. 

– Patterson no colaboró. Se metió donde no le llamaban. Me amenazó. Si quería seguir investigando, tenía que hacerle desaparecer. 

– Y por eso le mataste, ¿verdad?- pregunta, poniéndose en pie. 

– Tengo un pronto muy malo. 

McGregor te abofetea. El cuello te cruje. Parpadeas aturdido. Sientes el ojo derecho inflamado. Un edema de tamaño descomunal hace que pestañear se convierta en una odisea. 

– No te hagas el gracioso, Dax. No te conviene. 

– ¡Jefe!- grita uno de los matones- Si hay que meterle en cintura, ningún problema. Para eso estamos. 

El aludido rechaza el ofrecimiento. Al parecer eres su trofeo de caza y no quiere compartirte con nadie. 

– Pronto todo habrá acabado. Lo que sufras o dejes de sufrir va de tu cuenta. Colaboras y todo será rápido e indoloro- hace una pausa para dar otra chupada. Sus mejillas se hunden mientras succiona-. Te sigues haciendo el gracioso, mis chicos volverán a trabajarte un poco el cuerpo. Tú eliges. ¿Colaboras o te haces el tío duro? 

– Colaboro- dices, bajando la mirada. 

– ¡Perfecto! Volvamos a empezar. ¿Por qué mataste a Patterson? ¿Quién te lo encargó? 

Empiezas a sospechar que, efectivamente, aquí nadie es lo que parece. En toda esta mierda, desde el principio, ha habido demasiados intereses ocultos. Patterson. McGregor. Los tíos del aparcamiento… y tú en medio, como un puto pardillo jugando a ser el azote del crimen. 

– No me lo encargó nadie. Lo maté porque estaba interfiriendo en mi trabajo. 

Bofetón. Tus cervicales vuelven a sonar como bisagras mal engrasadas. Un latigazo de dolor sacude tu espalda, hablándote de músculos de los que no tenías conocimiento. 

– ¡Mientes!- exclama, gesticulando de manera excesiva. Al parecer, está perdiendo el aplomo y el control del que siempre ha hecho gala. El mafioso sádico que lleva dentro está empezando a despertarse. 

El recuerdo del diario de Willy McGregor sacude tu memoria con violencia. Era un sádico hijo de puta. Empiezas a sospechar que esa mierda pueda tener una carga genética que la haga hereditaria. 

El buitre que revoloteaba a vuestro alrededor tiene compañía. Parece que la fiesta de fiambre caliente está apunto de empezar y temen que el aforo se complete y no pillen tajada. 

– Dax, estoy perdiendo la paciencia. No te aconsejo llevarme a esos extremos. Colabora y todo acabará pronto. 

A medida que habla saca el cortapuros del pantalón del traje y te lo enseña, con una sonrisa amenazadora en la cara. Tragas saliva, o más bien lo intentas. Misión imposible. El ruido de un coche acercándose interrumpe la escena. Suspira. No sabes si aliviado o temeroso de lo que esté por pasar. 

– Llega tarde, para variar- protesta. 

– Jefe, no se lo tenga en cuenta. Lo mismo había atasco- bromea el matón que se había ofrecido a arrancarte las palabras a golpes. 

McGregor le fulmina con la mirada. El chistoso deja sus dotes humorísticas para otro momento, a fin de cuentas le pagan por dar palizas, no por hacer reír al personal. 

El coche se detiene. El corazón te da un vuelco. Ahora sí que te falta el aire. Te sientes como si hubieras estado en la puerta del purgatorio y al fin se abriera para dejarte pasar y disfrutar de una esmerada sesión de torturas eternas. 

No puede ser, piensas. Joder, no puede ser. 

Pero sí. Sí puede ser y así es. El coche que acaba de detenerse frente a vosotros es el que O´Connor consiguió para tus labores de seguimiento. Todo da vueltas a tu alrededor, como si estuvieras borracho o te acabaras de despertar en un descampado deshidratado. Te sientes el blanco de una broma macabra, o, peor aún, el chivo expiatorio al que todo el mundo acude para ajustar cuentas con su pasado. 

La puerta se abre. Baja O´Connor. No parece él, es clavado al tío de la foto que te pasaron con el dossier. No queda ni rastro de la mugre que le cubría el cuerpo. Se ha cortado el pelo y el color de sus ojos ha cambiado. Al parecer, el bulo de Holywood de que Stephen Boyd había usado lentillas de colores en la película de Ben-Hur eran ciertos. Es increíble lo que la ciencia avanza, piensas, tratando de desviar de tu mente los oscuros presagios que se ciernen sobre ella. 

– ¡Llegas tarde!- le grita McGregor. 

– Lo siento. No he podido venir antes- responde, desafiante, antes de mirarte y esbozar una sonrisa cansada-. Dax, veo que ya has hablado con papá. Siento no haber podido llegar antes, aunque no habría servido de nada. 

¿Papá? ¿Qué coño está pasando aquí? 

– Un poco más Willy, y te encuentras a este hijo de puta tieso- dice el matón humorista. 

Al parecer, O´Connor-Willy McGregor tampoco valora su sentido del humor. Le mira fijamente y se acaricia el mentón con aire pensativo. 

– Si eso hubiera pasado, el siguiente habrías sido tú. Acordamos que aguantaría un día, y no cumplir lo acordado significa lo que significa y lo sabes. 

¿Un día? ¿Cuánto tiempo has estado inconsciente? Un sudor frío te recorre la espalda. Lo último que recuerdas es disparar contra Patterson y la paliza que te dio el matón con pinta de boxeador. 

– Tranquilo, Dax. Hay tiempo de sobra para que entiendas todo. Sólo te pido que me concedas un par de minutos. Hay una cosa que tengo que arreglar antes- dice dirigiéndose al coche. 

Estás flipando como un hippie puesto de LSD hasta las cejas. O´Connor asiente de espaldas a ti. La parte trasera del coche se abre. Aparece un tío con una recortada. Sin mediar palabra vacía los dos cañones contra los matones de McGregor. Donde antes había posturitas y músculos, ahora no hay más que huesos astillados y vísceras ensangrentadas brillando al sol. 

McGregor padre mira a su hijo con ojos abiertos como platos, está temblando. Levanta las manos como si fuera a rezar a un Dios que parece haberle condenado. 

– No. No. Puedo explicártelo Willy. Puedo explicártelo, de verdad…- balbucea. 

Pum. O´Connor-Willy Mcgregor lo deja tieso de un disparo en la frente. Deja caer el arma al suelo e indica al misterioso acompañante que se meta en el coche, argumentando un escueto: tengo que hablar con él. El otro asiente y desaparece. 

Una vez a solas, tu salvador se acerca a ti y te quita las cuerdas de las muñecas. 

– Ahora sí podemos hablar, Dax. Hay bastantes cosas que creo que debes saber… 

23 

-Lamento toda esta mierda- dice, mirándote con lástima-. No tenía previsto que todo acabara así. 

Estás perplejo. No sabes qué coño está pasando ni lo que puede pasar. Matarías por un cigarro, un vaso de ginebra y algún alma caritativa que se tomara la molestia de explicarte de qué va todo esto. Pero parece que no te encuentras en una situación como para andar pidiendo exquisiteces. Bastante tienes con que acabe todo el teatro que está montando el pequeño McGregor y y que te acerque al hospital. 

– De verdad, Dax. Te debo una explicación. Siento lo que he hecho. Me siento culpable- abre la nevera y saca dos cervezas. Las abre y te ofrece una. Te duelen las manos al cogerla y la mandíbula al tratar de beber. Tragas una mezcla de bebida, arena y sangre, pero le agradeces el detalle con un gesto-. ¿Quieres un cigarro? 

Te sientes la reina del baile. Has pasado de ser el candidato perfecto para ofrecerte como menú all you can eat a las alimañas del desierto a que satisfagan tus deseos. 

– Toma- dice, acercándote un Marlboro. 

Él mismo te lo enciende. El pulso le tiembla levemente. Está nervioso. Omites ese detalle. Acaba de liquidar a su padre, si no tuviera ninguna afección sentimental eso sí sería para preocuparse. Te invita a sentarte en la silla plegable de Fred McGregor. Aceptas. Andar es un jodida odisea. 

– Bien. Te debo una explicación, y aquí la tienes- anuncia colocándose frente a ti una vez que te has sentado-. Todo esto ha sido un mal entendido. Quiero que lo sepas. 

– ¿A qué te refieres?- preguntas tras dar una calada, algo incompatible con la cara como la tienes. Cada intento de fumar se traduce en lo mismo: dolor en las encías y la mandíbula. 

– ¿Has leído mis diarios? 

Asientes: sí. 

– Bien. Eso facilita algo las cosas. Sólo espero que no me consideres un monstruo por lo que escribí- ironiza-. Aunque tampoco me preocupa demasiado. Soy como soy. Unos bebéis, otros torturamos por hobby. Además, no estoy aquí para que me juzgues por mis perversiones- mira de reojo al coche-. Como sabes, yo me metí en el negocio de mi padre. Había mucho dinero en juego y supe ganarme a las personas que podían ayudarme de verdad. El problema en este mundo de la hierba y la droga siempre ha sido el mismo: la poli. Así que ¿qué mejor manera de cubrirse las espaldas que teniéndolos en nómina? 

– Patterson… 

– Exactamente. Era un hijo de puta corrupto y ambicioso. No me costó mucho que aceptara. Conocía demasiados secretos suyos como para que se negara. Y una vez que lo hizo y olió la pasta, él mismo se encargó de encontrar a la gente necesaria para poder hacerlo a lo grande. Cortar la marihuana con mierdas más adictivas y potentes procedentes del depósito de pruebas. 

Frunces el ceño. Dolor. Una mueca extraña en tu cara. Te imaginas a ti mismo como la versión contemporánea del hombre elefante. 

– ¿Te suena de algo Made in Japan?- abres la boca desconcertado. O´Connor lo toma por un sí- Pues ahí tienes uno de sus principales secretos. Era un pervertido. Un viejo adicto a las pollas jóvenes que vivía obsesionado con las sesiones de sexo grupales. Ése era su talón de Aquiles y lo exploté al máximo. Me gustan el vicio y el salirme siempre con la mía. Patterson era el hombre y yo desplegué todo mi encanto- dice, ensayando una seductora caída de párpados. 

No das crédito a lo que estás escuchando. Te sientes incómodo. El dolor en el costado derecho sigue matándote. Tiras la colilla al suelo. Das un trago y te acomodas en el asiento dispuesto a seguir con el monólogo de O´Connor. 

– Como era de esperar, papá no se tomó muy bien mi intromisión en sus negocios. Quería que estudiara. Que fuera a la universidad. Que me hiciera un hombre de provecho. ¡Qué poco me conocía! Siempre he preferido ser sumiso, adquirir un papel pasivo- se ríe de su propio chiste-. No me dejó otra alternativa que hacerle entrar en razón. ¿Cómo? Sencillo. Avisar a Patterson de cuándo y dónde iban a entregar los chicos de papá la hierba. Él la confiscaba. Entre los dos la vendíamos y el viejo perdía dinero. Hasta que acabó por comprender que las reglas del juego habían cambiado. Selección natural, ya sabes. Adaptarse o morir. Le hice un ofrecimiento. Aceptó. Las cosas iban sobre ruedas. Phill, mi chico- aclara mirando hacia el coche con ojos enamorados-, me propuso hacerlo a lo grande. 

– Un momento. ¿Phill? Tu padre me dijo que… 

– Sí. Que le habían matado cuando yo desaparecí. Y también te dijeron que yo había muerto, ¿no? 

«Aquí nadie es lo que parece» dice una voz en tu interior. 

– Y eso hicimos. Mi padre y Phill no se conocían. Nunca aceptó mis ligues y mi vida lujuriosa, así que él mismo me lo dejó en bandeja. Me lo monté con un pipiolo que era poeta, o eso decía, y me dejé ver varias veces con él por El Apolo y El Andros. Después cogí un cargamento gordo, de los más grandes. Me monté en el coche y desaparecí del mapa con Phill. Como era de esperar, el viejo montó en cólera. Empezó a investigar y a hacer preguntas. Dio con el supuesto Phill y mandó que le interrogaran. Y esos dos- aclara, señalando los cadáveres de los matones- se encargaron de ello. No obtuvieron nada y le dieron pasaporte. Habló con Patterson. Él sí sabía dónde estaba. Calló. Pero se pasó de listo. Empezó a hacer demasiadas insinuaciones para dejar algo claro: su silencio no era gratis. Hasta que la mercancía se acabó. Ahí no podíamos hacer nada. Papá se quedó con el negocio y Phill y yo tuvimos que desaparecer oficialmente. 

Hace una pausa para dar un trago, debe tener la boca seca. Se limpia el sudor de la frente con un pañuelo que guarda en una manga de la americana. Tú aprovechas el silencio para hacer la pregunta que oprime el pecho como un infarto. 

– ¿Qué pinto yo en todo esto? 

O´Connor sonríe de una manera enigmática, encogiéndose de hombros. 

– Papá seguía presionando a Patterson. Éste dijo que no podía hacer más. Que había desaparecido sin dejar rastro. No podía seguir investigando sin levantar sospechas, así que se limitó  dejar que fuera el nombre de uno de sus súbditos el que apareciera en el informe oficial y le habló de ti, diciéndole que tú sí que podrías dar conmigo. Que en su momento fuiste un poli ejemplar y esas mierdas para quitarse el marrón de encima. Papá le creyó. Te contrató y te dio el dossier que Patterson le había dado. Como ves, soy más guapo en persona que en la foto, ¿verdad?- pregunta con falsa vanidad-. Por aquel entonces Phill y yo estábamos pasándolo francamente mal. Vivíamos en la calle. Patterson me contó que el viejo había contratado a un sabueso para que diera conmigo y decidí dar un paso más y saber cuánto tenías. Intenté entrar en tu oficina con un yonqui que no conocía, pero al decirle que ahí dentro había caballo como para montar un hipódromo de jeringuillas no hizo demasiadas preguntas. Y así fue como nos conocimos tú y yo, encanto. 

Tragas salivas. Debes reconocer que las piezas del puzzle empiezan a encajar como fichas de dominó cayendo en fila: clac-clac. Todo resulta jodidamente retorcido, pero magistral. 

– Entonces… Tu muerte… Joe…- balbuceas como si acabaran de sacudirte de nuevo. 

– Joe sabía perfectamente quién era yo. Pero le convenía callar. El imperio de mi padre iba a caer en cuestión de tiempo y él sabía que le convenía cerrar la boca. 

– Por eso sus consejos, ¿no? 

– ¡Exacto! Trató de apartarte de toda esta mierda, pero eres demasiado terco, Dax. 

– ¿Y tu supuesta muerte? 

– Mi padre estaba hecho una furia. Seguía sin saber dónde estaba, y Patterson empezaba a ir por libre con alguno de sus chicos. Vamos, que había perdido un hijo y un topo amenazaba con quitarle además el pastel. Cada vez le confiscaban más cargamentos que no iban destinados para los chicos de la comisaría y además no le pagaban lo acordado. Pero Patterson era inteligente. Nunca estaba delante. Mandaba a otros. Cuando iba a haber una entrega o un vuelco imprevisto, él estaba con mi padre y negaba cualquier vinculación con nada de lo que pasaba. Dejó caer, como quien no quería la cosa, que tal vez yo estuviera fiambre y quien me había eliminado era quien estaba detrás del resto de sus desgracias. El anzuelo estaba lanzado- da un trago y tira el casco vacío contra el cuerpo de su padre-, y picó. Patterson me necesitaba. Yo conocía personalmente a los clientes más exclusivos. Los que compran hierba en cantidades industriales. Si yo volvía a casa, él perdía dinero. Me convenció a medias, había que hacerle sospechar que alguien andaba preguntando por él en los bajos fondos y dejar que sacara sus propias conclusiones. Así que cogimos a un chaval de mi edad y él se encargó del interrogatorio delante de mi padre. El desgraciado negó todo. Conocerte. Llamarse O´Connor. Vamos, lo que ya sabes. Pero el problema una vez más volvió a ser la codicia de Patterson. Quería más. Y no me quedaba otra opción que volver a casa. De hecho, la vez que encañonaste al gorila de la puerta, casi me encuentras allí aconsejando al viejo sobre cultivos hidropónicos. 

– Entonces, si os reconciliasteis, ¿por qué seguir con la farsa? 

– Sencillo. Patterson no sabía que había vuelto a casa. Por eso dejó correr el bulo de que el fiambre que habíamos dejado tras el supuesto interrogatorio era el mío. Entonces fue cuando el viejo se dio cuenta de todo el pastel. Era necesario que todo siguiera como hasta ese momento, un tiempo al menos. Tú, investigando. Yo, «desaparecido» y escribiendo un diario digno de una mente enferma, hasta que llegara el momento de ajustar cuentas. Lo único que necesitábamos era encontrar un sustituto. 

– Y estoy aquí por eliminarle antes de tiempo, ¿me equivoco? 

O´Connor te mira, divertido y se golpea la sien derecha con dos dedos, como diciendo: chico listo. 

– Efectivamente. Lo quitaste de en medio antes de tiempo y papá se estaba poniendo muy nervioso porque sabías demasiado sobre sus negocios. Por eso, y porque la mentira de que había una banda que se dedicaba a incautar su droga y venderla por su cuenta empezaba a ser cierta. Lo que él no sabía era quién estaba detrás de esa mierda y empezó a obsesionarse con que eras tú. 

– Comprendo. Pero quien estaba realmente al mano de las operaciones paralelas, eras tú. 

El recuerdo del aparcamiento y la cabeza de Bobby volando acude a ti como un perro sumiso. Leal y fiel en el detalle. 

– Efectivamente. ¿Te suena un tal Bobby?- pregunta con ironía, como si acabara de leerte el pensamiento-. Todo estaba preparado desde hacía tiempo. De verdad, no quería meterte en toda esta mierda, Dax. Pero el poli que llevas dentro te puso en una pista que acabó siendo verdadera. Conociste a alguno de mis socios y encontraste el eslabón más débil de la cadena. Nada más. Lamento que acabaras en el hospital y todo eso. Pero bueno, como había que seguir con la farsa, ¿qué mejor manera que la de seguir explotando la historia de las visitas misteriosas? Así te pusimos detrás de una pista con el tema de la revista, ¿lo recuerdas? 

El círculo se cierra. Clac-clac. Las últimas piezas casan. Todo cuadra. Te sientes como un gilipollas estafado por un sistema de venta piramidal o alguna pollada de esas. Un títere en manos de un niñato de dieciocho años. Escupes con rabia. O´Connor te mira, como diciendo: tienes razones para enfadarte. Desahógate. 

Una duda acude a ti sin que puedas sofocarla. 

– Y, ¿qué va a ser de mí? 

Tu acompañante se ríe, alzando el mentón al cielo. 

– Nada, Dax. Nada. Esto ha sido un menage a trois al estilo de la costa oeste. Phill y yo nos hemos coronado como los reyes del negocio de papá. Nos hemos quitado de en medio a la competencia. Tú nos has ayudado. Somos socios. No tienes nada que temer. 

Suspiras aliviado. O´Connor hace un gesto al coche. El tal Phill baja. Se besan entre arrumacos. Se meten en el coche de McGregor padre y arrancan. 

– Cuando estés en condiciones de irte de aquí- dice, sacando la cabeza por la ventanilla-. Las llaves están puestas. Coge el Chevy y vete. Eres libre. Te lo has ganado. 

Les ves desaparecer en el horizonte. Hay algo que no te cuadra. No eres un especialista en perversiones ni nada de eso, pero menage a trois te suena a algo así como juego para tres. Sólo te ha contando dos, Patterson y Fred McGregror. Falta uno. Te montas en el coche. ¿Quién puede ser? ¿Russell? La idea sigue en tu cabeza, aunque no te obsesionas demasiado. Tu prioridad es ir a un hospital e inventar algo creíble sobre tu lamentable estado. 

Acaricias las llaves. Giras el contacto. El motor ronronea. Es un sonido cálido, familiar. Pisas el acelerador y entonces, una fuerte sacudida precede a una bola de fuego que te abrasa las pelotas antes de que el coche salte por los aires. 

Clac. Los muertos no hablan.

El tercer invitado a la fiesta de William Junior McGregor eras tú, aunque tal vez tampoco tenga demasiado relevancia para ti, que en estos momentos disfrutas de una panorámica aérea digna del proyecto Mercury, antes de caer y que tu cuerpo sea braseado al estilo del desierto antes de servir de cena y almuerzo a los carroñeros que no pierden detalle de tu vuelo estratosférico deseosos de hincarte el diente. 

Abril 2015. 

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 17-18

17 

La mañana después de lo de Russell amaneces tarde. Necesitabas dormir, descansar y alejarte del estrés de los últimos días. Y eso has hecho. 

El sol entrando por la ventana y dándote de lleno en la cara. Tú, pasando de posibles quemaduras en los párpados o un futuro melanoma que te haga parecer un dálmata. Media vuelta. El catre chirriando y a otra cosa. Hasta que unos golpes en la puerta mandan a la mierda tu filosofía zen de paz y armonía con el sueño. 

A toda prisa te pones en pie. El traje arrugado, hecho un asco. Los ojos hinchados y una marca surcándote la mejilla derecha como un navajazo. Los golpes siguen, persistentes. Quien quiera que sea, parece tener prisa. 

– ¡Un momento!- gritas, recogiendo la cama y escondiéndola en un rincón. 

– Que sea breve. Tenemos prisa- responde una voz gutural al otro lado de la puerta. 

Te ahorras contestar. Te sientas. Enciendes un cigarro y lo dejas en el cenicero mientras tratas de colocarte el pelo a tientas, aún sabiendo que tu aspecto de recién levantado ahí sigue y es un esfuerzo inútil. 

– Adelan… 

No acabas la frase. La puerta se abre. Entran dos tíos de tamaño descomunal. A uno de ellos ya le conoces, es el que tiene pinta de boxeador retirado; pero al otro no le has visto antes. Das un respingo. Que se presenten tan temprano sólo puede significar una cosa: problemas. Abres un cajón de la mesa, buscando tu 38. No está ahí. Como si acabara de leerte el pensamiento, el de la nariz machacada a puñetazos sonríe y señala con la cabeza hacia el lugar en el que has pasado la noche. 

Sigues con la mirada hacia donde te indica, y ahí lo ves, colgado de un perchero destartalado, junto a tu americana, metido dentro de su funda sobaquera, brillando de una manera amenazadora a la vez que inútil. Das una calada encogiéndote de hombros en un intento de no adelantar acontecimientos. O el mundo del hampa y los matones ha cambiado mucho, o estos dos no vienen a partirte las piernas. 

Llegan a tu altura. El boxeador retirado avanza primero. Las manos a la vista. Un cigarrillo apagado colgando de un lado de la boca. El otro lleva un paquete envuelto en papeles de periódico atados con un cordel grueso y un sello de lacre que mantiene unidas las hojas imposibilitando ver qué hay dentro. Suspiras aliviado. 

– Nos manda Fred- aclara el del paquete-. Quería que te lo diéramos en persona. 

– ¿Ha dicho qué tengo que hacer cuando termine con esto?- preguntas, deseoso de dejar clara la letra pequeña del contrato de privacidad no escrito que estás a punto de firmar. 

– Nada. Haz lo que te encargó y luego eres libre de hacer con el paquete lo que quieras- dice, si bien ese lo que quieras suena a un deshazte de él. 

Asientes y dejas caer la ceniza con aire pensativo. El boxeador se palpa los bolsillos. Le acercas una caja de cerillas con propaganda de un bar de putas de la zona alta de la ciudad. No recuerdas cuándo fue la última vez que estuviste por allí, pero estás seguro de que la mitad de las chicas que exhibían sus encantos ya deben de ser abuelas o estar consumidas por alguna venérea. Lo coge y sonríe al ver el nombre: Venus Star. Se enciende el cigarrillo y hace ademán de devolvértela. 

– Quédatelo. Tengo más. 

Te da las gracias y le dice a su compañero que haga la entrega. El otro asiente y deja el paquete sobre la mesa. Ya está todo dicho. Ni ellos tienen mucho más que contarte ni tú tienes demasiadas ganas de aguantarles. Carraspeas. Haces un gesto con la mano y das una última calada que desprende el olor acre del filtro al quemarse. Lo aplastas en el cenicero y sacas otro. El boxeador, solícito, te ofrece uno de los suyos. Lo rechazas por cortesía. Tu enfisema pulmonar es muy sibarita y está acostumbrado al Pall Mall; no tienes ganas de darle a probar otras marcas. En eso, como los marines, eres semper fidelis y la Reynolds Tobacco Company debería estarte agradecida. 

Un incómodo silencio se extiende entre vosotros. Miras fijamente el paquete que acaban de traerte. Es de tamaño medio, ocupando el mismo volumen que dos libros de bolsillo. Intuyes que ahí dentro deben estar las confesiones más íntimas y morbosas de William Jr. McGregor. En cierto modo te sientes violento. Vas a entrar en una parcela privada e íntima que para nada te atrae, pero puede ser el único camino posible para encontrar alguna pieza suelta en todo este rompecabezas. Un marica blandengue al que exprimir a hostias hasta dejarle seco de información y sin ganas de seguir moviendo el culo como una ramera. Un pez gordo metido en líos de faldas con chicos barbilampiños. Un amplio abanico de posibilidades que, en tus pensamientos, se enlazan entre sí para formar un jeroglífico enrevesado en el que te pierdes. 

– Hasta más ver- dice el boxeador, haciéndote volver a la realidad-. Y, gracias por las cerillas. 

Te despides de ellos indicándoles que cierren la puerta al salir. Una vez a solas rompes con impaciencia el sello con las letras F. McG. Dentro, encuentras un cuaderno con tapas de hule. Lo hojeas: fechas. Palabras sueltas. El diario de Willy McGregor. 

Lo dejas a un lado. El otro bulto parece tener algo más de enjundia. Es un cuaderno más delgado que el otro, de tapas rosas y un sugerente título en la primera página: “Lista de deseos de Phill y Willy”. El nombre de Phill te suena, pero no sabes de qué. Tratas de hacer memoria. Pasas las páginas del cuaderno. Algunas han sido arrancadas. Otras, tachadas parcialmente con rabia hasta rajar parte del papel. La furia de una mujer despechada dotada con un cromosoma Y reluciendo en su máximo esplendor. Te acomodas en el asiento. Apagas el cigarro y sacas una libreta del cajón de la mesa. Es hora de empezar a saber quién era en verdad William Jr. McGregor. ¿Qué pudo impulsarle a desaparecer? Y, teniendo demasiada suerte, quién podría estar detrás de su desaparición. 

Tres horas y media más tarde te sientes cansado. La mierda oriental precocinada que has comprado en la tienda de Wang para comer te repite. Las colillas se amontonan en el cenicero. Tienes las cervicales cargadas. Los ojos te escuecen y la libreta está repleta de apuntes, esquemas e ideas que dan cuerpo a una certeza: Willy McGregor no era el típico niño rico; no, era un hijo de puta sin escrúpulos. Un cabrón con dos obsesiones en la vida: el sexo y el dinero. 

Te enciendes un cigarrillo. El último del paquete. Necesitas ordenar tus pensamientos. El tal Phill por fin ha encontrado su sitio en tus recuerdos. Un aparcamiento. Bobby histérico. Un matón detrás de ti. Un tío oculto entre las sombras. Una frase: Willy, Phill y Bobby estaban en apuros. El resto es digno de una novela barata: drogas, orgías, asesinatos, torturas…. 

Das una calada larga, pausada y empiezas a leer tus notas, dispuesto a bucear una vez más en la mente enferma del pequeño McGregor. 

« El cargamento ha llegado a buen puerto. El viejo no tiene ni puta idea de que su mierda pasa primero por comisaría y se distribuye en los garitos de la jetset de la ciudad. Phill y Bobby tienen ganas de darle un palo en condiciones y empezar a mover la hierba en otros sitios. La idea es tentadora..» (fechado cuatro meses antes de su desaparición). 

«Hemos conocido al cerebro que lleva todo el tema. Es un jodido genio. Tiene contactos que pican la marihuana con opio y pcp. Los yonquis flipan de lo lindo. Nos lo quitan de las manos. Tengo que hablar con el viejo. Hay demasiada pasta en juego… 

… Phill tiene ganas de probar algo distinto. En el Apolo hemos estado hablando con un tío que frecuenta un garito donde poder dar rienda suelta a nuestra curiosidad. Me da mala espina, pero 

por Phill haré un esfuerzo…» (dos días después de la entrada anterior). 

« El viejo ha montado en cólera. No le ha sentado muy bien saber que su propio hijo estaba detrás de la desaparición de sus últimos encargos. Me da igual. He hablado con él de ganancias. ¡¡Por cada gramo que él vende, nosotros sacamos el triple de beneficio!! Al parecer lo que no le gusta es la idea de trabajar con la pasma de por medio. Trato de hacerle ver que es el negocio del futuro. Si tenemos a la bofia de nuestro lado, no hay nada que temer…» (tres meses antes de su desaparición. Interesante. Al parecer estaba montando un próspero negocio familiar. Savia nueva, que diría Joe). 

« Hoy hemos tenido nuestra primera experiencia de sexo grupal. Al principio la cosa me desagradaba. Quince tíos desnudos y ocultando sus rostros. Cuerpos sudorosos, untados en aceite que brillaban bajo los focos. Un porro bien cargado ha sido la llave que ha abierto las puertas de mi mente. La sensación de tantas manos acariciando mi piel mientras que una polla me penetraba con fuerza y un glande duro oprimía mi garganta hasta casi ahogarme, ha sido algo indescriptible…» (fechado como mi primera vez). 

« Problemas… uno de los tíos que venden la hierba en su garito de Bel Air se ha pasado de listo. Ha intentado tangarnos. Los polis que están metidos en esto han propuesto meterle un puro. He hablado con el viejo y se ha negado. No está dispuesto a mezclar su reputación con los muchachos de las placas. Me ha mandado con cuatro de sus matones y carta blanca para dejar las cosas claras. Phill también ha venido. No le ha gustado demasiado lo que ha visto ni lo que he hecho. Pero tiene que comprenderlo… Son nuestros negocios, nuestro dinero, nuestro futuro. Y no voy a dejar que nada ni nadie se entrometa en ellos. 

Los chicos del viejo han metido al hijo de puta en el maletero y le hemos llevado hasta un motel abandonado. Le hemos torturado entre todos. Gritaba como un cerdo cuando le hemos apagado cigarrillos en el escroto. Sus meñiques tampoco se han ido de rositas. Un cortapuros afilado es una preciosa herramienta de tortura. Le hemos dejado sangrar y llorar hasta que casi pierde el conocimiento. El muy cabrón casi se nos muere ahí mismo. Hemos tenido que llamar a un médico y dejarle trabajar. Dinero a cambio de silencio. La pasta compra lealtades y hace que todo el mundo sea mudo, sordo y ciego cuando debe serlo. 

Mientras ese perro se debatía entre la vida y la muerte hemos matado el tiempo. Codeína y alcohol. Un poco de coca para no dormirnos. Cuando el médico se ha largado, estábamos bastante colocados. Uno de los chicos ha propuesto meterle la pata de una silla por el culo. Phill y yo nos hemos reído. Una rata ha enorme ha cruzado la habitación mugrienta y sucia de un lado a otro y he tenido una idea. La hemos cazado y con un trozo de tubería hemos hecho el resto. El muy cabrón lloraba mientras le violábamos con la tubería; pero el llanto ha sido de verdadero pánico cuando hemos metido la rata por ella antes de sacársela. 

¡Cómo gritaba! 

Phill no ha podido más y ha acabado vomitando. Yo estaba contento, feliz. La rata buscando cómo escapar y escarbando en su intestino hasta que ha vuelto a ver la luz. El desgraciado ha agonizado un poco, hasta que ha muerto. Phill y yo nos hemos ido a un motel cercano. Los chicos del viejo se han encargado de enseñar al mundo que con nosotros no se juega. La bofia se encargará de que nadie pregunte qué ha pasado ni pretenda sacar todo esto a la luz. Asunto resuelto».

El diario de Willy seguía hablando de lo mismo. Bacanales homosexuales. Ajustes de cuentas y contactos con la policía. Nunca daba nombres. Sólo el suyo, el de Phill y el de Bobby, al que al parecer, conocieron en una de esas bacanales con tíos vestidos de romano. Has acabado cansado de tanta monotonía, aunque en las últimas páginas todo daba un giro inesperado. En ellas, Willy se mostraba excitado. Nervioso. La droga se ha ido sucediendo a lo largo de lo que has leído para acabar dando paso a las obsesiones de un adicto con el mono. Mal asunto. Un drogota necesitado de su dosis puede ser algo bastante difícil de encontrar. Un palo mal dado a una tienda de licores… Un tiroteo… Un camello cansado de fiarle y que nunca le pague… mil maneras de desaparecer sin que nadie te encuentre.

Por su parte, el otro cuaderno tampoco ha tenido desperdicio. Además de las páginas arrancadas y los tachones, la mano de papá McGregor se dejaba entrever en la reedición de los sueños de su hijo que tienes delante. Pese a todo, has podido hilar varias cosas. La obsesión de Willy y Phill por el sexo en grupo, las orgías y mares de semen con los que darse baños relajantes antes de irse a dormir no conocía límites. Más de la mitad de sus deseos de su lista eran del tipo: follar con cinco negros bien dotados, chupársela a un negro como si fuera un pirulí de chocolate o probar la doble penetración simultánea. 

Dejando todas esas mierdas pervertidas a un lado, el otro pilar en el que se apoyaba la feliz pareja era la droga. No les bastaba con consumir y traficar. Disfrutaban jodiendo al prójimo por pasar el rato dando a probar un chute de heroína a un niño pequeño para pasar el rato viéndole cabalgar a lomos del caballo, o violar a un indigente puesto de pegamento para saber qué se sentía. 

Los dos llevaban una vida al límite. Vamos, que tanto para Phill como para Willy la idea de hacerse un plan de pensiones a largo plazo para disfrutar de su vejez, tampoco habría tenido mucho sentido. Solo era cuestión de tiempo que acabaran desapareciendo del mapa. 

Te incorporas. Tu espalda cruje. Demasiadas horas en la misma postura. La cabeza te pesa. Exceso de información, pero algo que no acaba de cuadrar te impide desconectar. La puta conexión McGregor-Patterson. Que la poli estaba metida en el ajo de los negocios familiares, es un hecho. Lo  has leído. ¿Pero cómo se que explica que fuera Patterson quien llevara el caso de la desaparición de Willy y luego le cargara el mochuelo a otro? 

Todo parece apuntar en una misma dirección: Patterson era una pieza clave en los negocios de Willy, y con él desaparecido perdía una fuente de ingresos extra. 

Pero aún así te faltan argumentos, y eso te jode. Willy McGregor desaparecido. Phill durmiendo con las lombrices. Bobby muerto. Y tú jugando a los detectives chungos dando pasaporte a Russell. Mal asunto. Una combinación peligrosa. Es cuestión de tiempo que Patterson ate cabos y te haga una visita. En ese caso tal vez le puedas preguntar directamente a él qué se traía entre manos con los McGregor. Y si tienes suerte, hasta puede que te lo cuente. Aunque posiblemente, lo siguiente que oigas sea el disparo de un revólver haciéndote una cirugía maxilofacial irreversible; y muerto, tampoco te podrá servir de mucho saberlo. 

La palabra cautela retumba en tu cabeza. Tratas de ignorarla, pero no puedes. Estás andando en la cuerda floja y lo sabes. Un traspiés o un fallo de concentración resultaría catastrófico, y, al parecer, tú pareces obsesionado con ir dando uno detrás de otro. La suerte parece estar de tu lado, pero ya se sabe: la fortuna no es más que una fulana que siempre camina del brazo del mejor postor. 

Cierras los ojos, respiras hondo y tratas de despejarte. La necesidad de salir a la calle a que te de el aire empieza a ser un hecho. Una idea empieza a molestarte. Necesitas a O´Connor y sus servicios. 

18 

O´Connor se ha convertido en el portador de malas noticias por excelencia que precede a visitas incómodas y poco deseadas. Algo así como un aperitivo previo a la indigestión. 

Primero fue con la noticia de la muerte de Russell. Primera página en varios periódicos de tirada nacional. «Asesinato de un policía en Los Ángeles», «todo apunta a un crimen pasional», «posible vinculación del agente M. Russell en una trama de pornografía homosexual». Nada que no supieras o no hubieras previsto, pero que no tardó en materializarse en un miedo visceral que te hacía permanecer inquieto y alerta. La sombra de Patterson era demasiado alargada y solo era cuestión de tiempo que se cruzara en tu camino.

Y eso fue justamente lo que pasó. 

Tu pupilo había pasado a recoger su asignación semanal a cambio de algo de información sin sustancia sobre los movimientos de la hierba de los McGergor en la zona rica de la ciudad, y acto seguido llegó el encuentro con el capitán Patterson. Cara de pocos amigos. De poli chungo de los de verdad, de los que te pegan un tiro en la nuca y zanjan el problema que les ha llevado hasta ti sin molestarse en amenazarte ni nada por el estilo. Sus ademanes cortantes, trasmitiendo un mensaje conciso y cortante, como la navaja de un barbero con Parkinson apurando tu afeitado en la nuez. No he venido a que me tomes el pelo. 

Pasando, previamente, por un intento de interrogatorio en plan colegueo, de buen rollo. Preguntas obvias, preparando el terreno para que te confiaras y bajaras la guardia antes de entrar en faena. 

– ¿Qué tal va todo, Sulivan? Pasaba por aquí y he decidido pasarme a saludar. A ver qué tal estabas. Veo que estás enterado- mirada suspicaz hacia los periódicos amontonados sobre la mesa-. Una verdadera lástima lo de Russell. Era un buen tipo- cambio de tercio. Tú, sentando indicándole con la mano que tomara asiento frente a ti. Él, aceptando con una sonrisa amenazadora en la cara-. ¿En qué andas metido? ¿Sigues con el asunto de los McGregor? 

Movimiento negativo de cabeza. Gesto ofendido, de no haberle roto el brazo a un detenido en la puta vida. Patterson asintiendo, fingiendo satisfacción. 

– Haces bien, Sulivan. Ya te dije que era un caso cerrado- pausa calculada para encenderse un cigarrillo-. Te mueves por un ambiente un tanto alejado de la legalidad. Ya sabes. Este barrio… La calle… No sé, la gente habla cuando se le pregunta. Aún es pronto para que nadie se haya ido de la lengua, pero supongo que no habrás oído nada sobre lo de Russell, ¿me equivoco? 

– Patterson- tu voz sonando casi ofendida. Te sientes Marlon Brando en Rebelión a bordo, camino del éxito-, tú mismo lo has dicho. Es demasiado pronto. 

Tu camino al estrellato a la mejor interpretación quebrándose. Laurence de Arabia llevándose todos los premios de la Academia y tú con cara de gilipollas. Patterson dando un puñetazo en la mesa. Una fina nevada de ceniza y papeles rebotando en el tablero. Sus ojos fulminándote. Los músculos de la mandíbula tensos, crispados. 

– ¡Sulivan! No soy gilipollas. Sé que sigues metido en esa mierda de los McGregor. Te estás metiendo en un lío demasiado gordo. Russell estuvo pidiendo archivos del caso- miedo. Acojone pleno. Un revólver apareciendo de la nada en la mano de Patterson, apuntándote de lleno en la cara-. Y, casualidades de la vida, aparece muerto de la noche a la mañana. ¿Crees que me chupo el dedo? 

Intento de tragar saliva fallido. Sudor en las manos. Patterson fuera de sí, como un animal malherido dispuesto a morir matando. Temblor en tu mentón. Pupilas dilatadas. Respiración entrecortada. . 

– Patterson, no sé nada. Lo juro por Dios. 

– No metas a Dios en esto- el cañón firme y amenazador, fijo en ti-. Te lo voy a preguntar solo una vez más. ¿Qué sabes de la muerte de Russell? 

– Nada. 

– Sulivan, no juegues conmigo- el dedo presionando levemente el gatillo. El percutor haciendo un movimiento a cámara lenta hacia atrás. El tambor girando- ¡Qué tienes que ver con la muerte del agente Russell? 

– Nada. 

El dedo terminando su mortal recorrido. Tú, cerrando los ojos con fuerza. Clic. Tus esfínteres vaciándose por completo. Un charco caliente de orina en el suelo. Temblores. Patterson poniéndose en pie. Tú, abriendo los ojos aterrado al escuchar el arrastrar de la silla. 

– Está bien, Sulivan. Te creo- el arma volviendo a desaparecer como Houdini en mitad de una función-. Seguiré investigando. Volveremos a vernos, y, tal vez, quién sabe, la próxima vez quizá venga con balas. 

Un suspiro de alivio. Patterson largándose a toda velocidad. La puerta cerrándose con fuerza. El nerviosismo dando paso al llanto. A la mierda la abstinencia. La necesidad de beber adueñándose de ti como el napalm de los campesinos vietnamitas que estaban en el lugar equivocado en el momento menos oportuno, aunque las cámaras de la NBC y demás plumillas deberían haberles servido de advertencia. Es hora de salir a la calle y ahogar el miedo en un bálsamo etílico. 

Segunda entrega. 

Dos días más tarde. La ginebra te ha dado ardor de estómago. Sientes náuseas cada vez que eructas. La puerta vuelve a abrirse. Entra O´Connor. Te mira desde la entrada. Parece abatido. Cansado. Se acerca hasta la mesa, despacio. Las manos metidas en los bolsillos. Las mirada fija en el suelo. 

– Cuéntame, chico- dices, arrastrando las palabras. Te sientes jovial, el alcohol ha trasformado el miedo en ganas de diversión. En beber hasta perder el conocimiento o morir apuñalado en una refriega en la puerta de algún tugurio, lo que llegue antes-. ¿Qué has descubierto? 

– ¿Has vuelto a beber?- pregunta, sin atreverse a mirarte. 

Te sientes insultado por ese mocoso. ¿Quién coño es ese yonqui para meterse en tus cosas? Sí. Has vuelto a beber. Y ¿qué? ¿Qué problema hay? Llevabas demasiadas semanas sin empinar el codo. Todo superado. Nada de remordimientos ni voces dándote ánimos a volver a hacerlo una última vez. Una última copa de despedida ni gilipolleces por el estilo. Has vuelto a beber porque lo necesitabas. Él no sabe nada; ni puta falta que le hace. 

– Ya veo- dice en plan insolente-. Sí, has vuelto a beber. 

Sientes ganas de levantarte y cruzarle la cara, antes de ponerle de patitas en la calle. De vuelta al arroyo del que le sacaste mientras nadaba entre la mierda y ni se ha molestado en agradecértelo. 

Pero te contienes. Tu nivel de alcohol en sangre aún no es tan alto como para volver a convertirte en la bestia furiosa y sádica que fuiste en el pasado. Aún no. Apoyas las manos en el tablero de la mesa y le miras. Sus pómulos carcomidos por la intemperie y las ojeras que rodean sus ojos hacen despertar en ti algo parecido a la lástima. Quizá él también pasara por algo traumático que le llevara de cabeza a la droga, piensas. 

– Sí, O´Connor. He vuelto a beber- dices al fin, ruborizándote como un colegial al que regañan por sus malas notas-. Ya lo he dicho, ¿contento? 

– No, Dax. No. El alcohol… 

– Métete en tus cosas, muchacho. Dime lo que quiero oír. ¿Qué has descubierto? La última vez no me contaste gran cosa, así que hoy te toca trabajar gratis. 

Sus ojos brillan de una manera extraña. No estás en condiciones de interpretar mensajes ocultos en la mirada de un drogadicto que no llega a los veinte años y que habrá muerto antes de llegar a los veinticinco. Se relame como una serpiente y sonríe, al fin Su preocupación parece esfumarse. Abre la boca. Sus dientes, blancos como lo cocaína, resaltan entre la capa de mierda que lleva adherida al rostro como una  mortaja en un cadáver aún caliente. Porque eso es lo que es Edward O´Connor: un jodido cadáver andante. 

– Está bien, Dax- dice con voz cansada-. He estado preguntando. He tenido que pedir favores. He sobornado a unos cuantos… 

– Abrevia, chico- al parecer,la ginebra además de ardor de estómago, ha traído consigo la mala hostia y la poca paciencia de otros tiempos. 

– De acuerdo. La respuesta es sí. Hay un local muy turbio en Bel Air que lo llevan dos marineros. Antes lo llevaba un tío que desapareció- hace un elocuente gesto con el pulgar a la altura del gaznate-. Nadie sabe nada de él, de qué le pudo pasar ni dónde puede estar. Pero eso no importa mucho. Allí dentro venden una hierba muy potente que al parecer les pasan unos polis corruptos. La incautan, la cortan y se la entregan para que la distribuya. 

– Nombres, ¿tienes algún nombre? 

– No. Nadie sabe, o dice no saber, quiénes son los pasmas que están en el ajo. Les sirven dos veces al mes. Recogen la pasta, hacen la entrega y se largan. 

– ¿Cuándo fue la última entrega? 

– ¡Joder, Dax! Yo qué sé. La gente a la que he estado preguntando no lleva un calendario encima. Bastante tienen con distinguir el día de la noche. 

Bajas las revoluciones. Enfadándote no vas a llegar a ningún lado. 

– ¿Sabes qué tipo de gente va a ese local? 

– De todo. Policías. Actores y actrices. Deportistas. Putas de lujo. Chaperos de altos vuelos. La misma mierda con la que nos codeamos en este lado de la ciudad, pero con pasta. 

– Perfecto, O´Connor. Buen trabajo. 

Tu cabeza empieza a librarse del entumecimiento alcohólico. Dos entregas al mes. Las plantas de McGregor floreciendo. Listas para ser recolectadas. El tiempo es oro, o, en este caso, resina. ¿Una visita al jefe? ¿Bajo qué pretexto? No. Imposible. Hay que ir con tiento. Has leído el diario de Willy. Saben que estás al tanto de los negocios con la poli. Eso no tendría por qué ponerlos nerviosos, pero la muerte de Russell sí. 

Patterson. 

Mierda. Sus amenazas te hacen tragar saliva. 

Enciendes un cigarrillo. Necesitas pensar. Te estás desviando del asunto. Willy McGregor desapareció. Te pagan por encontrarle, no por jugar a los héroes y desmantelar una organización de polis corruptos que se ganan un sobresueldo vendiendo mierda. 

Das una calada. O´Connor sigue allí, a la espera de recibir órdenes. Le indicas con un gesto que se marche. Necesitas estar solo. Poner en orden tus ideas. El chaval obedece sin rechistar. Cierra al salir. Abres el cajón de la mesa. Sacas la botella de ginebra. Te recuestas en la silla. Bebes a morro. Das una calada. Toses. Las ideas se aclaran. Aún hay un modo de ir a visitar a McGregor sin levantar ningún recelo…

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 15-16

15 

Tu siguiente parada es la casa de McGregor. 

No sabes cómo andará de agenda, aunque tampoco te importa demasiado. Podrías haberle llamado y ponerle al corriente, pero prefieres el factor sorpresa de un vis a vis. Tienes una pista caliente y demasiado tiempo libre por delante. 

Primer imprevisto.

En la puerta hay un mastodonte que no te deja pasar. 

– ¿Dónde crees que vas?- pregunta con voz gutural. 

– Vengo a ver al señor McGregor- respondes con tranquilidad, sacando la cabeza por la ventanilla-. Trabajo para él. 

– Ya…- se rasca la barbilla, como pensando qué añadir- ¿Tienes cita? 

– No. 

– Ya… El señor McGregor no está disponible en este momento. 

Y yo voy y me lo creo, piensas, si bien evitas decirlo en voz alta. No sabes cómo puede tomarse el hecho de que dudes de su palabra, y su lenguaje corporal tampoco te invita a descubrirlo. 

– ¿Va a tardar mucho? 

Te mira como si no te entendiera. Bajo el traje oscuro que viste imaginas sus músculos en tensión, deseosos de entrar en acción. Cautela. 

– En estar disponible, digo. 

Se encoge de hombros. Tus teorías se confirman. La cabeza no le da para mucho. Te mira con aspecto bobalicón, rollo niño grandullón del cole con el que nadie se mete por miedo a recibir una paliza de órdago. Gigante. Grandullón. Castillo… nombres que pasan por tu imaginación tratando de adivinar cuál sería su mote en la más tierna infancia. 

– Un momento, por favor- dice al fin, desapareciendo dentro del jardín. 

Le ves irse. No hay prisa. Apoyas la nuca en el reposa cabezas y te enciendes un cigarro. En el asiento del copiloto tu americana está arrugada, ocultando tu 38. Después de la última visita que recibiste a domicilio prefieres ir preparado ante las sorpresas que pueda depararte el futuro. 

– Pase- dice, volviendo a la carrera. 

Obedeces. Entras en el jardín. Él está en medio, cortándote el camino. Le miras armándote de paciencia. Vuelves a sacar la cabeza por la ventanilla, con las manos en el volante y el cigarrillo colgando de la comisura de la boca. Un ojo cerrado a causa del humo. 

– Aparque ahí- añade, señalando con un dedo grueso como el cañón de un revólver. Vuelves a obedecer. Apagas el contacto y guardas el 38 debajo del asiento. En su lugar coges la revista y la tapas con la americana. Hora de empezar la función. 

– Está en el invernadero. Le acompaño. 

– No hace falta. Sé llegar. 

– Ya. Pero… 

– Tranquilo, conozco el camino- dices dándole una palmada en el hombro. 

Por el rabillo del ojo le ves plantado en mitad del jardín, mirando alrededor como diciendo y ¿ahora qué? 

A medida que te acercas al invernadero, el olor a hierba resulta más penetrante. Al parecer la cosecha se ha dado bien. 

– ¡Dax! ¿Cómo tú por aquí?- dice McGregor saliendo a tu encentro. Viste de manera impoluta, como siempre- ¿Sabes algo de mi hijo? 

Su voz suena informal. Ni rastro de rasgo de preocupación alguno. Tomas nota mental de ello.

– Por eso venía, McGregor. 

– Por favor, llámame Fred. Estamos entre amigos. 

– Como quieras, Fred. Por eso venía. Estoy en un punto muerto. No he logrado avanzar mucho, y por eso… 

– ¡Qué modales los míos!- te interrumpe, haciendo aspavientos- ¿Quieres tomar algo? Hace un calor horroroso. ¿Agua? ¿Un refresco? ¿Un combinado con hielo? 

Le miras. No sabes si está actuando o simplemente pecando de histriónico. De lo que no tienes dudas es que es un maestro en eso de manejar las conversaciones hacia los derroteros que mejor le convienen. 

– Un refresco no estaría mal- dices, siguiéndole la corriente. 

– Vayamos dentro- señala el invernadero-. Dentro de la oficina tengo un ventilador. Ahora pido al servicio que nos sirva algo de beber. 

Cruzáis entre plantas de marihuana de las que cuelgan cogollos del tamaño de un puño. La atmósfera es húmeda. Narcótica. Del techo cuelgan unos potentes focos que parecen deflectores militares. 

– Así hacemos que las plantas crezcan más y más rápido- te aclara, como si acabara de leerte el pensamiento-. Es un negocio muy lucrativo, pero hay que estar a la última. La competencia es feroz y los  mexicanos juegan con la ventaja del clima.

– Comprendo- mientes. En otro tiempo le habrías entendido a la perfección, pero tus codeos con las drogas hace años que pasaron a la historia. 

Llegáis ante una habitación con paredes de plástico pintadas de blanco. Tu anfitrión abre la puerta y te cede el paso. Dentro todo se reduce a lo mínimo. Una mesa. Un armario metálico con cajones. Dos sillas y un ventilador que se encarga de mover mecánicamente el mismo aire caliente de un lugar a otro. 

– Siéntate, Dax- dice-. ¿Qué has dicho que querías? 

– Un refresco. Una Coca-Cola, a poder ser- respondes, sintiendo cómo rompes a sudar y la camisa se te pega al cuerpo como una mortaja. 

Te mira con gesto pícaro. Te sientes incómodo y desvías la mirada. 

– Perdona, no quería importunarte. Pero no sé… no tienes demasiada pinta de ser de esos que van tomando refrescos. No sé si me explico. 

Claro que te explicas, hijo de puta, piensas. Su comentario ha dolido. Una forma sutil de llamarte alcohólico acabado mediante una conversación, en teoría, inocente. Te acomodas en el asiento tratando de disimular tu malestar. La revista y la americana en el regazo. El zumbido del ventilador resulta incómodo, pero deduces que de no ser por el movimiento de sus aspas, respirar allí dentro sería tan fácil como hacerlo con la cabeza sumergida debajo del agua. 

– Estoy de servicio, Fred- respondes al fin. 

– Entiendo- responde antes de pulsar un botón oculto bajo el tablero de la mesa-. En unos minutos nos atenderán. Mientras, podemos hablar tranquilamente. No todo va a ser trabajo, ¿no? 

Encoges los hombros. No sabes de qué hablar con él. Te parece un tipo oscuro y sin escrúpulos, capaz de cualquier cosa. 

– ¿Qué tal los puros de la última vez? Tengo más- pregunta, señalando el armario. 

– No, no, tranquilo. Aún tengo. Los guardo para momentos especiales- mientes una vez más. 

– Eso está bien. Por cierto…te voy a hacer una pregunta un… un tanto especial. Si no te importa, claro. 

Le miras fijamente, a los ojos. Asientes, como diciendo: dispara, vaquero. 

– Estoy recolectando la cosecha- señala a tu espalda, hacia las plantas de maría-. ¿Quieres un poco? Sería gratis, claro. Un regalo por las molestias ocasionadas, o… o como un regalo entre amigos.

Dudas. Esa mierda que fuman los pachucos en callejones para matar su desidia nunca te ha llamado mucho. Lo tuyo era el alcohol y la coca. Aunque, por otro lado, quizá podría resultarte útil. Hay mucho arrastrado por ahí que se rebajaría a lo que fuera por un cuelgue a cambio de información. 

– Ten, pruébala. Es una hierba muy potente- dice, dejando sobre la mesa dos bolsas de cierre hermético del tamaño de un paquete de tabaco. 

Lo coges con reticencias. Inconscientemente aplastas las bolsas con la mano. Los cogollos resultan duros ante la presión. Una pasta en verde en caso de verte necesitado. Los servicios de Russell te están suponiendo un gasto considerable y, tal vez, montar tu propia franquicia de droga en el barrio podría resultar beneficioso. Todo sería cuestión de hablarlo con Joe. Tú le suministras. Él lo corta y lo pasa. Un negocio redondo. Los dos salís ganando. El sueño americano en su versión bajos fondos.

– Es muy potente- repite como un profesor repitiendo la resolución de un problema de matemáticas avanzadas-. La llamamos Amnesia Rapid. Es una mezcla de índicas de regustos afrutados y muy resinosas… perdona por la charla de botánica, pero es que la Amnesia Rapid es la bomba. Rica en THC y CBD. No como esa mierda que fuman los negros en su distrito ni lo que traen los mexicanos de su tierra. Esto es el futuro. 

– No te preocupes, Fred. Cualquier información sobre esto es bienvenido- bromeas, mientras el sabueso que aún llevas dentro empieza a despertar-. Lo tendré en cuenta cuando la pruebe.

– No te va a decepcionar. 

– ¿Cuánta marihuana puedes producir, Fred?- dejas caer la pregunta como quien no quiere la cosa, añadiendo a continuación algo que evite levantar recelos- La última vez que estuve aquí, las plantas eran poco más que esquejes. 

Fred McGregor te mira. La pelota está en su tejado. Te dedica un gesto, como diciendo: buen intento, chico. Otros lo han intentado antes que tú y no han sacado nada en claro. Sonríe. Una dentadura blanca, brillante, como si acabaran de pulirla con piedra de esmeril asoma entre sus labios. La deja ahí, deslumbrándote, antes de responder. 

– El instinto de policía nunca muere, ¡eh! Pero sí. Produzco una cantidad importante de hierba que distribuyo, siempre y cuando los del DPLA no se metan donde no les llaman, claro- dice lo del DPLA con una modulación de voz que no deja claro si habla de incautaciones o sobornos por hacer la vista gorda-. Utilizo una variante de crecimiento rápido, que junto a los focos que has visto y hormonas de enraizamiento…

Apoyas los codos en el reposabrazos de la silla y le miras, acariciándote el mentón, como diciendo: sigue Fred, sigue hablando,por favor. Pero la cosa no pasa de ahí. McGregor está de vuelta de estas cosas y se le nota cuando calla y te aguanta la mirada. 

– Seamos francos, Dax. No has venido a oírme para hablar de marihuana. 

Jaque. Te toca mover ficha. Te guardas los paquetes de hierba en el bolsillo y te dispones a cambiar de tercio. 

– Así es, Fred. Las cosas están en punto muerto. Desde que nos vimos la última vez, no he podido avanzar gran cosa. He presionado a algunos confidentes, he pedido favores a viejos compañeros- mientes con total descaro- y nada. Las cosas siguen como al principio. 

– Vaya, lamento no poder serte de gran ayuda, Dax. Te pago por encontrar a mi hijo. Si supiera dónde está, me lo ahorraría- ironiza, dejando entrever a las claras que eres una pieza prescindible en todo esto. Un mero peón al que sacrificar llegado el caso, por aquello de seguir con el símil ajedrecístico.

La atmósfera dentro de la habitación se te antoja asfixiante por momentos. Hace un calor húmedo y pegajoso cuando la puerta se abre de par en par y entran dos camareras. Una lleva una nevera de camping llena de hielo picado y botellas en su interior. La otra dos vasos. 

– ¿Qué desea el caballero?- pregunta una de ellas con voz dulce y juvenil. 

– Una Coca-Cola- respondes a toda prisa, porque esos labios y esos ojos te invitan a pedir algo más fuerte, demostrando que eres un hombre de pies a cabeza y demás gilipolleces de machotes vinculadas al cromosoma Y.

Te la sirven en un vaso de tubo. Tu acompañante se decanta por una cerveza que él mismo coge y despide a las chicas con un ademán. Cuando la puerta vuelve a cerrarse, el aire parece algo menos cálido y respirable. 

– Sigamos, Dax. 

– Fred, estoy trabajando en tu caso. Te lo aseguro. Pero me gustaría saber algo más sobre Willy, tu hijo- dejas caer estas dos últimas palabras con malicia, al tiempo que observas con atención cómo responde. 

McGregor encaja el golpe, pero se repone rápido. Te sonríe y da un trago a su cerveza. 

– Buen intento, otra vez, Dax. Sé que parece importarme poco lo que le haya podido pasar a Willy, pero estás equivocado- dice, cruzándose de piernas-. Muy equivocado. En el maletín había un dossier.

– Así es, había un dossier. Pero quiero saber más- a la mierda el buen rollo y el colegueo. Es hora de empezar a aclarar algunas cosas. El poli malo se abre paso y temes que el poli bárbaro le acompañe, porque de ser así, tendrías muchas papeletas de salir de los dominios de McGregor con los pies por delante, o sirviendo de abono para la próxima cosecha. 

– Como quieras, Dax. Pero es una historia larga, muy larga- responde con voz cansada. 

– Tenemos todo el tiempo del mundo- te cruzas tu también de piernas, adquiriendo una pose un tanto chula. Preferirías el sentarte al revés en la silla, con los antebrazos apoyados en el respaldo, en plan pasma sádico en un interrogatorio, con el 38 en la funda sobaquera y ninguna prisa para exprimir a McGregor. Pero no puede ser. Así no van las cosas. 

– Por dónde quieres que empiece, Dax. 

– Por el principio. 

– Como quieras. 

Media hora después. 

Dos Coca Colas, una cerveza y cuatro colillas flotando a la deriva en el hielo medio derretido de la nevera, lo que sabes es esto: 

William Jr. McGregor es el único hijo de Fred McGregor Lo tuvo con su primera esposa que murió en drásticas y terribles circunstancias (no ha contado más al respecto y no has preguntado). Era un viva la vida. Homosexual desde su más tierna infancia. Disfrutaba acosando a sus compañeros de colegio para practicarles tocamientos. Por lo demás fue un chico bastante normal. Quiso estudiar medicina, pero se echó para atrás en el último momento. Los nuevos aires de libertad, melenudos, banderas en llamas en protestas contra la guerra de Vietnam, el amor libre y las drogas le resultaban más llamativas. Empezó a comportarse de una manera liberal y alardear de sus conquistas amorosas. Fred McGregor estaba cansado. Sus negocios corrían peligro. Los excesos de su hijo iban parejos a la incautación de su hierba. Le encerró por un tiempo en un centro de desintoxicación. Abstinencia… Duchas de agua fría… Sufrimiento… 

Para nada. Al poco tiempo volvió a las andadas. Desaparecía por un tiempo indefinido y volvía como si no hubiera pasado nada. Las peleas domésticas se sucedían. Faltaba pasta en la caja fuerte. Lo típico cuando un miembro de la familia es un yonqui con el mono, vamos.

Dos semanas antes de desaparecer, Willy dijo que había roto con su último chico, el mismo que hacía poco le había presentado entre arrumacos y promesas de felicidad pensando en un futuro juntos. Dijo además, dejando claro su dolor, que si llamaba preguntando por él o rondaba por la casa, le dijeron que había muerto. Muy dramático y grandilocuente, pero al parecer, el bueno de Willy McGregor además de ser un drogota de cojones era una locaza de tomo y lomo digna de una novela victoriana. Como había previsto, el chico llamó y asedió la casa. Al poco tiempo, Willy desapareció y él dejó de dar por el culo, metafóricamente hablando, ha aclarado McGregor sin poder evitar ruborizarse. 

El tiempo fue pasando. Willy no volvía. La gente estaba nerviosa. Él, Fred, el primero. El desaparecido, a fin de cuentas, era su hijo. Mandó a sus chicos a buscar al acosador bajo la orden de que le hicieran cantar. Se esmeraron más de lo aconsejado y el chico murió. Fin de la historia. 

La idea de enseñarle la revista para ver si reconocía a su hijo entre los sementales que salían de espaldas a la cámara no te parece adecuada. Has interrogado a mucha gente durante muchos años, y sabes perfectamente cuándo alguien miente y cuándo no. Y McGregor, pese a su máscara imperturbable, te ha dicho la verdad. La voz se le ha quebrado en un par de ocasiones, y no crees que vayas a sacar nada en claro. Apuras tu refresco y apoyas la espalda en el respaldo de la silla. Estás sudando. 

– ¿Qué puedes decirme de los amigos de Willy?- preguntas, juntando las yemas de los dedos a la altura del pecho. 

– Poca cosa. No me metía en sus cosas. Bastante duro es para mí tener un hijo así, como para encima conocer a todos y cada uno de esos invertidos que le soplaban la nuca- su voz suena cargada de ira contenida. 

Clac-Clac. Dos piezas más casando en su sitio. McGregor padre vive su propio calvario. Por un lado trata de encontrar a su hijo perdido; por otro, su condición de mariposón es tabú y no te facilita demasiado las cosas. 

Miras el reloj. Es media tarde. McGregor te lee el pensamiento y hace ademán de ponerse en pie. Le pides una última cosa. 

– Lo que voy a pedir es crucial- anuncias-. Necesito que me deis nombres, teléfonos, lo que sea. Si Willy escribía un diario, necesito leerlo. Si queremos dar con él, cualquier prueba puede ser vital. 

McGregor pone cara de que no le ha gustado demasiado la idea. No sólo va a tener que mirar la mierda y los trapos sucios de su hijo en su propia casa, si no que además va a tener que compartirla contigo. 

– Está bien, Dax- dice, poniéndose en pie y estrechando tu mano-. Buscaré entre sus cosas. Si encuentro algo, lo que sea, lo meto en una caja, la lacro y se la doy a uno de mis chicos para que te la lleve. 

– Perfecto. 

– Quiero resultados, Dax. 

– Cuenta con ellos, Fred. Y no temas. Nada de lo que hemos hablado aquí, va a salir de estas cuatro paredes. 

– ¿A qué te refieres?- pregunta, fingiendo no saber de qué hablas. 

– Del tema de la marihuana, Fred. Del tema de la marihuana. 

Los dos os reís. Salís del invernadero y te acompaña hasta el coche. Os despedís con otro apretón de manos y ves cómo esa zona rica y opulenta se pierde en el retrovisor. Es hora de volver a tu zona. Tienes dos días por delante antes de encontrarte con Russell y descubrir de qué tamaño es la mierda que Patterson esconde debajo de la alfombra. 

Hasta entonces, poco más puedes hacer. Evitar pensar, relajarte y no adelantar acontecimientos.

16 

48 horas dan para mucho y lo sabes. 

Una presión extraña creciéndote en la boca del estómago. Nervios. Tentaciones de volver a beber. Ansiedad. Tabaco, mucho tabaco. Las paredes del despacho resultando claustrofóbicamente claustrofóbicas. Necesidad de salir de allí. Respirar aire limpio y fresco. Una visita a Joe. Una bienvenida fría, distante. O´Connor, desaparecido en combate. El mismo taburete de siempre. El mismo ambiente decadente. Tú, bebiendo Coca-Colas como un jodido scout. El antro en el que te encuentras, vacío. Joe, saliendo de su ensimismamiento para mirarte fijamente a los ojos y soltarte sin tapujos. 

– Dax, olvídalo. No quiero saber nada. Pero déjalo, los tiempos pasan. Nuestra época dorada pasó. Los malos han evolucionado. Nuevas generaciones. Nueva savia. Coge la pasta que te han dado y vete. 

Tú, pasando del tema. Una pista. Un puto sabueso olfateando el rastro de una presa. Ciego. Sordo. Centrado en eso. En dejar pasar los días hasta tu cita con Russell. El resto es secundario. El caso de los McGregor te ha hecho despertar de un sueño demasiado largo y vuelves a sentirte vivo. Imparable. Como un yonqui dándose un homenaje de pcp sin pararse a pensar en las consecuencias. A fin de cuentas de algo hay que morir, o eso repites con determinación a modo de mantra para convencerte de que nada va a pasarte. 

De regreso a la rutina previa a la resolución de un caso. 

Paseas por las zonas cercanas a comisaría. Mente ocupada y manos sudorosas. El motor del coche consumiendo gasolina. La hierba de Fred McGregor a buen recaudo, a la espera de un confite al que untar con ella. 

McGregor… Su desnudez ante ti… Su voz quebrada al correr el velo de hombre de negocios al margen de la ley… Su hijo desaparecido… El dolor silenciado… Las plantas de marihuana brillando bajo los focos… Olor a resina flotando en el aire… Tu determinación… Tus visitas al polígono industrial… Día y noche. Trabajo y placer. Extorsión a prostitutas. Vigilancia a proxenetas. Cabezas de turco. Resortes que pulsar para obtener información. Cautela. Interrogatorios dentro del coche con los cristales empañados y fluidos empapando la tapicería. Ampliación de horizontes. Las putas las sigue controlando la gente de siempre. McGregor no está en el ajo. Sus intereses no interfieren en los negocios ajenos y los herederos del imperio de Cohen no tienen nada que ver en toda esta mierda. Un suspiro de alivio al saberlo. Las cosas parecen no estar tan jodidas y con tanta euforia, la teoría del berrinche de un mariposón huyendo de casa ganando peso. Solo conoces la versión de McGregor padre, y ésta no deja de ser parcial. Te aferras a ella. No te queda otra. 

O´Connor vuelve a dar señales de vida el día antes de tu encuentro con Russell. Tiene mejor aspecto. Ya no parece un adicto decrépito y moribundo, ahora sólo un adicto que, a juzgar por sus mejillas, los últimos días ha comido caliente con bastante frecuencia. La visita no es para felicitarte por lo acertado de tu nueva decoración, va a lo que va: pasta a cambio de información. 

Noticias frescas. Te cuenta que la imprenta de la que salió la revista es una tapadera (algo que dedujiste cuando pasaste horas mirando un cierre echado y ni un alma alrededor, pero tampoco quieres cortarle y quitarle la ilusión al chaval). El negocio potente es un bar centrado en la explotación sexual exclusiva de y para hombres. Un local de chaperos. No te cuenta más. Diez pavos cambiando de mano. Pagando a Russell lo acordado, aún te queda lo suficiente para tirar un poco sin demasiados excesos. 

Una nueva idea sacudiendo tu cabeza: encontrar a alguien metido en el negocio. El niño-jardinero podría darte la información que necesitas y de primera mano. Con pelos, tamaños y señales. Una idea cojonuda. Ambiciosa. La descartas. El niño-jardinero puede estar en cualquier lado, y ni tienes ni tiempo ni ganas de molestarte en encontrarle. Bastante tienes con encontrar a un invertido como para buscar a otro. 

Plan b. Trabajo de campo. Arrancas un par de hojas de la revista y las guardas en la americana. Hora de salir a la calle y poner tu pellejo, y tu culo, en peligro. 

Zona gay de la zona deprimida de la ciudad. Tíos musculosos con el torso al aire. Pantalones de cuero marcando paquete. Pinta de vendedores de crack. Lascivia flotando en el ambiente, en plan por un gramo me lo trago. Nada que ver con el glamour del Andros. 

Caminas por la calle atento. Al loro. A la caza de un pardillo, aunque algo te hace sentir a ti como el pardillo en cuestión. El 38 a buen recaudo en la funda sobaquera. Los locales más sórdidos abriendo sus puertas. Luces de neón sucias derramando lágrimas luminosas sobre el asfalto. Un par de chaperos hablan sentados en el bordillo mientras comparten un cigarrillo. Un bote de vaselina entre los dos. Pasas de largo. Uno de ellos se te insinúa con malicia, invitándote a probar algo nuevo. El otro está demasiado colgado como para articular palabra. En los viejos tiempos habría dormido en el calabozo acompañado por ti y los chicos, comprando papeletas para la rifa de hostias, o recibiendo a cala y a prueba golpes con la impunidad que confieren una placa y un gobierno homófobo. Pero los tiempos cambian, ya lo dice Joe. 

Te metes en un callejón oscuro que apesta a orina. Un gato maúlla subido a un cubo de basura. Te enciendes un cigarrillo apoyado en una esquina, sintiéndote como una puta desamparada. Y así es como estás en la realidad: solo. Sin refuerzos. Metido de lleno en una idea que poco a poco va ganando puntos para convertirse en una gilipollez de tamaño descomunal. 

De entre un montón de desperdicios aparece un mendigo. En una mano lleva un pañuelo que huele con desesperación. Te mira fijamente. Ojos vidriosos y eclipsados por el cuelgue químico que 

calza. Se fija en ti y levanta las manos temblando. 

– No quiero líos, pasma- dice, tartamudeando-. No tengo nada. No me pegues. No. No, por favor… 

Le aguantas la mirada. Sientes asco. Está sucio. Mugriento. Una dentadura podrida asoma entre sus labios cuarteados a cada palabra que pronuncia. Deja el pañuelo en el suelo, agachándose sin perderte de vista mientras mantiene la otra en alto. Te entran ganas de patearle y liberar tensiones. Te abstienes. Prefieres no perderle de vista. Ni a él ni a la calle que tienes al lado. 

Sin mediar palabra se incorpora y sale a la carrera. Gritando: 

– ¡Pasma! ¡Pasma! ¡Cuidado tíos que hay un pasma! 

De puta madre. La noche se pone interesante. La mano en la funda. Estudiando la situación. Estás a la entrada de un callejón sin salida. Dudas entre atrincherarte ente la mierda que te rodea y empezar a escupir plomo a todo cuanto se mueva; o seguir las pasos del indigente pero en sentido contrario. 

Esperas unos segundos. En la calle nadie parece hacerle mucho caso. Te acercas al pañuelo y lo coges haciendo pinza con dos dedos. Apesta a disolvente. Lo dejas caer antes de marcharte de allí despacio. Nada. Los mariposones siguen a lo suyo, revoloteando entre grupitos y pasando de tu culo. Al parecer no resultas llamativo para las reinas de la noche. Sacas otro cigarrillo, el último. Arrugas el paquete y lo tiras sin miramiento. Una gota de mierda en un mar de basura. 

Das una calada catalogando la situación. La cosa empieza a parecer ridícula. Ha llegado la hora de volver al despacho, dormir en tu catre de lona y esperar. Mañana es el día. La cita con Russell está a la vuelta de la esquina y necesitas estar descansado. 

Día D. Hora H. 

El parque está oscuro. Convertido en un puto picadero en el que los arbustos se mueven de manera rítmica y los jadeos ponen la banda sonora de lo que está pasando. Russell se retrasa. Te sientas en un banco y fumas en silencio. Esperas. Una pareja pasa a tu lado. La chica dice algo al oído de su maromo. Éste responde y los dos se ríen, mirándote. Sientes ganas de hacerle una limpieza dental contra un bordillo al machote. Respiras hondo y das una calada. 

Unos focos te ciegan. Dos ráfagas rápidas. Plas-plas. Es Russell. Te acercas. Abre la puerta del copiloto desde dentro y te montas.

– Lo siento. Patterson estaba dando por el culo en comisaría- dice a modo de disculpa. 

Ni te molestas en contestar. Tu papel de abusón te impide este tipo de empatía con el prójimo y esas gilipolleces. Algo te molesta en la axila. Palpas. La sobaquera con el 38. La has cogido de manera automática. Tu acompañante no supone una amenaza seria y ahora te toca cargar con ella. Suspiras. 

– Arranca. Tenemos cosas que hacer- ordenas, sacando el brazo por la ventanilla y jugueteando con la brisa de la noche. 

La misma mierda del otro encargo repitiéndose. Silencio. Kilómetros. Luces de gasolineras y moteles quedando atrás, en el asfalto. Miras de reojo a Russell. Se le ve tenso. Angustiado. Tiene la mandíbula apretada con fuerza y los ojos le brillan de manera febril. Si ese pedazo de mierda tuviera algo de valor, piensas viendo cómo una vena en su frente palpita, podría darme darme problemas. 

Conoces esa mirada. Esa manera de mantener las manos crispadas en el volante. El gesto desesperado de un animal acorralado. Inconscientemente palpas el revólver. El tacto del tambor bajo la tela de la americana resulta tranquilizador. 

Las costas del Pacífico empiezan a perfilarse en un lado de la carretera. Una mancha oscura. Negra. Salpicada por las luces de los barcos que se pierden en alta mar. Queda menos. La tensión en el coche empieza a ser palpable. De tener hambre, bien podríais hacer tortitas y extenderla a modo de sirope. No te gusta la situación. Tienes la sensación de que hay algo que se te escapa y eso te jode. 

Repasas mentalmente todos tus pasos de los últimos días. Una y otra vez. Nada. Nada que se salga de lo normal. Sin embargo tu sexto sentido se niega a bajar la guardia, a la espera de algo, pero ¿qué? 

¿Una encerrona por parte de Russell? Impensable. Le faltan pelotas para ello. Por si acaso, giras la cabeza al asiento trasero y echas un vistazo por si le da por un montar una fiesta al estilo Bobby. Ni un alma, tal vez os estén esperando allí. Tampoco suena demasiado muy creíble. Tratas de mantener la mente en blanco. No ganas nada adelantando acontecimientos. Además, un rehén y un 38 te ponen en condiciones más que óptimas ante una posible negociación. Algo del tipo: dejad las armas en el suelo y este hijo de puta sigue respirando. Polis achantados bajando las reglamentarias. Russell meándose la pierna abajo. Tú dándole un empujón y saliendo de allí quemando ruedas. Todo muy fantástico, pero real como la vida misma. 

– Hemos llegado- anuncia tu acompañante, apagando el contacto y jodiéndote el desenlace 

de la peli que te estabas marcando. 

Aprovechas tus últimos instantes abordo del coche para evaluar la situación. El suelo es de arena de playa y ves numerosas rodadas de coche; aunque no haya ninguno a la vista. Os bajáis. Russell va delante con la llave del bungalow en la mano. Abre. Entráis. Dentro huele a soledad y mar. Al parecer nadie ha entrado en los últimos días. Todo está tal cual lo dejasteis y el polvo del suelo no desvela pisadas recientes. 

– Por favor- Russell señala la mesa y las sillas. 

Os sentáis frente a frente. Su cara es la del empollón temeroso de la hora del recreo, como siempre. Te mira fijamente. Saca un sobre pequeño, de tamaño carta abriéndose la americana. Un vistazo rápido y un chispazo de rencor en sus pupilas te lo confirma: va armado y puede ser peligroso. 

– ¿La pasta? 

Dejas el fajo de billetes en la mesa, a mitad de camino entre los dos. Él hace lo propio con su mercancía y coge los billetes. Los cuenta delante de ti, con mucha parsimonia y una sonrisa cínica. Al parecer hoy no va a montar el numerito de dejarte a solas para que tomes nota. De todas formas te importa una mierda. Abres el sobre. Está vacío. 

– ¿Qué es esto, Russell? 

Te mira, riéndose de ti. El niñato asustadizo ha pegado el estirón. Se abre la americana, para dejar bien a la vista la automática. 

– ¿Qué creías, Dax?, o, ¿debo decir Sulivan? 

Ahora eres tú el que le mira. Te palpas los bolsillos del pantalón buscando el tabaco. Se te debe haber caído en el coche. Mierda. Lo único fumable que llevas encima son los paquetes de hierba de McGregor. Tratas de mantener la calma. 

– Sé quién eres, escoria. Te echaron por ser una mierda. Tu primer encargo lo cumplí porque la pasta me venía bien- a medida que habla se va acercando a ti-. Walter Sulivan. Número de placa 120658, ¿me equivoco? Eras de esos polis de antes. Como Donald Writte. Número de placa: 310161, y Mickey Harns, 30589. Lo único es que a ti te faltaron pelotas para acabar con dignidad. Quitarte de en medio cuando llegó el momento. Cosa que ellos sí que hicieron. 

No le escuchas. Tus manos están cerradas en dos puños deseosos de partirle la cara. Sientes cómo algo en tu cabeza empieza a zumbar como si fuera una mierda a medio comer por un enjambre de moscas. Respiras de manera acelerada. Está ahí, a un palmo de ti. Todo sería tan fácil como agarrarle de la nuca y estrellarle la cara contra la mesa. Una vez. Dos. Tres. Las que hicieran falta hasta que la ira desapareciera o él dejara de presentar constantes vitales. Lo que llegara antes. 

-…sí, Sulivan. ¿Ves cómo he hecho los deberes? La pasta me la quedo. Si me tocas los huevos, iré con el cuento a Patterson. No creo que le guste demasiado saber que un expoli alcohólico anda husmeando en su vida. 

– Russell… 

– ¿Qué esperabas? Patterson es un héroe nacional. Corazón púrpura. Una granada japonesa le acarició los riñones. Estuvo más muerto que vivo durante meses por dar su tiempo y casi la vida por su país y la libertad. Mientras tanto, la gentuza como tú evitaba el servicio militar. ¿De verdad creías que le iba a traicionar? ¿Que iba a darte cualquier tipo de información sobre él? Deberías dejar la bebida, Sulivan. No sé qué te traes entre manos con el caso de McGregor ni si Patterson está metido en algo turbio. No me importa- dice, poniéndose en pie-. ¡Ah!, se me olvidaba. Yo me voy y tú te quedas aquí. No echaré la llave. Hay una gasolinera a un par de kilómetros al este. Cuando llegues espero que tengas monedas para pedir un taxi… 

Tardas en reaccionar. Estás tratando de asimilar lo que está pasando, al tiempo que le ves acercarse a la puerta como a cámara lenta. 

Al fin respondes. 

Te pones en pie. Él abre la puerta. Russell, dices con aire quejumbroso. Se gira con gesto de fastidio. Sus ojos se abren como platos. Se lleva la mano a la automática. Tu 38 escupe dos plomazos antes. Pum-pum. Cae de rodillas, sin dejar de mirarte, como preguntando ¿qué está pasando aquí? Le ves desplomarse. A ojo, le queda el ratito para ser polvo de un futuro pasado. Te agachas a su lado. Tus labios rozan su oreja. 

– Russell. La ambición es algo que puede llevarte a la tumba. Hay que ser honesto en los negocios. Más cuando son al margen de la ley y se es poli- de su boca escapan pompas rojas que estallan en algo que suena plof-plof-. Deberías habértelo pensado antes. 

Te levantas. Le pisas la cabeza con rabia. Joder, él solo se lo ha buscado. Tienes que encontrar una manera de salir de allí. Vuelves a palpar los bolsillos buscando el tabaco. Misma respuesta. Los dos paquetes de hierba. No te valen. Pruebas suerte en la americana. Encuentras dos páginas de la revista. ¿Por qué no? 

Las colocas en el suelo, junto al cadáver aún caliente de Russell y desordenas todo para que parezca que ahí adentro ha habido una pelea dejando el fajo de billetes a la vista, con un poco de suerte lo relacionaran con un cliente no satisfecho que le ha puesto dos balas de reclamación tras un servicio poco agradable. 

Le quitas las llaves del coche y miras la pasta con lástima. Está manchada de sangre, inservible. Sales. No hay nadie. Te montas en el coche. En el suelo, junto al asiento del copiloto, el jodido paquete de Pall Mall. Te enciendes uno. Das una calada larga, tratando de asimilarlo todo. Arrancas y te marchas de allí a toda prisa. El bungalow y el cadáver de Russell se pierden en el espejo retrovisor. 

En un par de horas pararás en una gasolinera. Dos litros de gasolina. Una nueva parada cerca de la ciudad, el coche de Russell convertido en chatarra calcinada y tú andando hasta el despacho. Fin de la historia. 

Te acomodas en el asiento sin perder de vista la carretera y pisas el acelerador. Te quedan muchos kilómetros por delante y no quieres que una mala postura los convierta en un jodido infierno de calambres y dolores musculares. La ciudad te llama al otro lado del horizonte y tú conduces hacia sus entrañas deseoso de ver qué te depara el futuro.