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Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 13-14

13 

Recuperas el conocimiento. Tu cabeza parece estar acostumbrándose a los golpes. Lo que antes era volver al mundo de los vivos con un punzante dolor en la nuca y sensación de mareo y náusea, ahora no es mas que un leve zumbido en los oídos y un pequeño entumecimiento en el cuello. Nada que un cigarro no pueda curar. 

Te han dejado en la mitad del despacho. Te incorporas y avanzas hacia la mesa, despacio en plan artrítico camino del parque a dar de comer a los patos del estanque y tocarse un rato viendo pasar chavalas que bien podían ser sus nietas. No puedes evitar lanzar un bufido. El cambio de posición ha venido acompañado de una presión en las cervicales que te hace ver las estrellas. Mueves la cabeza de un lado a otro, como los chinos de las películas de Bruce Lee antes de liarse a hostias. Tus vértebras crujen. Decides dejar los estiramientos para otro momento y dedicarte a algo más prosaico. Sacas un cigarro del bolsillo y lo enciendes. Palmeas sobre el tablero de la mesa. Estás ansioso. No sabes muy bien por qué, pero te sientes listo para el combate pese al dolor. Das una calada y carraspeas. Tus manos tocan el canto de algo duro. Lo miras. Una revista. Edición de coleccionista o algo por el estilo. El título suena a machote redneck: «Motores americanos, un orgullo con el que cabalgar hacia la puesta de sol». 

Te ríes, preguntándote de dónde coño la habrán sacado. Te sientas y la abres. Lanzas un grito de sorpresa y asco. El cigarrillo se te cae en los pantalones. Pasan unos segundos que se te antojan eternos. El olor a quemado y una molesta sensación de quemazón en las piernas te hacen responder. 

– ¿Qué coño es esto?- preguntas, cogiendo el cigarro y volviendo a fumar como si nada. 

Temiendo encontrar algo traumático entre sus páginas, coges la revista. «Gay Pride», lees en la portadilla con letras doradas sobre un grupo de tíos cachas y musculados untados en grasa que parecen pasarlo en grande ensartándose los unos a los otros. El recuerdo de Bobby y tus miedos homófobos vuelven a revolotear a tu alrededor. 

Tiras la colilla por la ventana y empiezas a hojear tu hallazgo. Lo que ves te resulta repulsivo, tirando por tierra cualquier duda que aún tuvieras sobre tus inclinaciones sexuales. Eres un macho americano de pura cepa, que para nada se siente atraído por las imágenes cargadas de perversión y depravación que protagonizan los maricas que miran fijamente a la cámara vestidos de marineros mientras sacan brillo a lengüetazos a miembros del tamaño de una botella de ginebra. 

Asqueado la cierras, pensando qué hacer con ella, y por qué te la han dejado antes de irse. 

La coges con ambas manos, sopesando la posibilidad de arrojarla por la ventana. La idea resulta tentadora. Te pones en pie y algo cae de su interior. Es una nota manuscrita: «Páginas 83-85. Nadie es lo que parece». 

Sin pensarlo, miras los números de página para darte de lleno con algo que suena a japonés y depravado: Bukake multirracial. No sabes si seguir leyendo o no. Te enciendes otro cigarro. De haber tenido alcohol a mano, no habrías dudado en echar un trago para estar preparado ante lo que te espera. 

Pasas la página. 84-85. 

Páginas centrales. Una superposición de fotos en la que se ve a un tío vestido de jardinero, arrodillado en medio de una habitación repleta de penes erectos. Seguir el orden de las instantáneas, es sinónimo de ver la evolución de un glande empapado en saliva que acaba escupiendo semen en un bol de cristal. La última te niegas a verla. Tratas de evitarla. Te conformas con leer el pie de foto para imaginarte el resto: 

« …Y así amigos, el bueno de Timmy toma su tazón de leche calentita de por la mañana antes de ir al cole… ». 

Sientes arcadas. Ha sido una experiencia dura. Respiras hondo. Sí, definitivamente la revista va a volar por la ventana. ¡No! ¡Un momento! Te detienes en seco. Vuelves a abrirla por las páginas señaladas. Ahí sigue el amigo Timmy desayunando; y ahí está. Una foto movida. De espaldas a la cámara. Un tío con una cicatriz en la espalda. Una lengua de carne parda surcándole los lumbares de lado a lado, y debajo un tatuaje descolorido: Made in Japan. ¿Dónde has visto eso antes? 

Tratas de hacer memoria. Imposible. Lagunas. Eso es lo que tienes en la cabeza de los últimos años. A la mierda. Hay otra forma de salir de dudas que es menos frustrante que tratar de recordar. Sales del despacho. Cierras la puerta. Bajas las escaleras con cautela. Lección aprendida. No hay nadie. En la calle te detienes, orientándote en dirección al coche. Sacas la llave del bolsillo y aprietas el paso. Tienes una cita y no quieres llegar tarde.

Sabes a dónde vas. Zona industrial de Santa Mónica. El mismo recorrido de días atrás cuando seguiste a Patterson. Tu destino, la imprenta de la que salió la revista. No tienes otro cabo al que agarrarte. Si tus visitantes la han dejado en tu despacho, por algo habrá sido. Esa gente no da puntada sin hilo ni golpes que no conduzcan a la pérdida de conocimiento. 

No sabes qué te vas a encontrar, y te jode. Te guste o no, ya no eres poli. No vas a poder presionarles de verdad. Un par de hostias. Plas plas. Una amenaza de dar el soplo a Antivicio y ver cómo el encargado de turno empieza a recobrar la memoria de manera milagrosa. Te va a tocar montártelo de otra manera, pero ¿cómo? 

La carretera está más concurrida. El tráfico es lento y denso. Mejor así. Tienes tiempo para pensar. La idea de seguir dándotelas de periodista ávido de noticias no parece la más adecuada en esta ocasión. ¿Qué puedes estar investigando para acabar allí? 

Nada. Descartada. 

Otra. 

Un gay deseoso de mambo que pasa por la imprenta para ver si le pueden poner en contacto con los tíos de la revista. 

Ni de coña. Todo eso se mueve en círculos clandestinos. Ir preguntando resultaría estúpido. Te quedas sin recursos. Te va a tocar improvisar. 

Un descapotable pasa a tu lado. Lo conduce un mulato con dos rubias despampanantes en biquini. Sientes rabia. Los verdaderos americanos se están desangrando en las praderas de Vietnam, y los soplapollas como el tío del coche se están poniendo las botas. Lujos. Tías. Drogas. El país se va a la mierda mientras la amenaza comunista sigue extendiéndose por medio mundo. En los viejos tiempos las cosas eran de otra manera. Tíos que sirvieron en la Guerra y volvieron de una pieza, recibidos como lo que eran: héroes, para seguir con su vida. No como ahora con esos jodidos melenudos quema-banderas, apólogos del amor libre y el vivir sin trabajar. A veces desearías que el gobierno creara un virus de transmisión sexual que acabase con toda esa chusma. 

El coche, el mulato y las rubias se pierden en la distancia. Te enciendes un cigarrillo. Prefieres rumiar tus pensamientos en silencio sintiéndote acompañado por el humo. Tomas el desvío. Te toca esperar antes de entrar en la zona. Hay varios camiones atravesados y, al parecer, van a tardar bastante en ponerse de acuerdo sobre quién tiene preferencia y quién no. 

A la mierda. 

Dejas el coche tirado en el arcén, coges la revista y sales al asfalto. Compruebas la dirección y avanzas con paso firme. Ni rastro de las putas de la otra noche. Mejor así, sin distracciones. 

El cierre está bajado. Llamas con fuerza. Nada. Miras a tu alrededor. Todo el mundo va a lo suyo. Trabajar. Producir. Echar horas extra. Ganar pasta. Vuelves a intentarlo. Más de lo mismo. Tratas de escuchar acercando la oreja al cierre. El ruido que te rodea te lo impide. Decides dar un paseo por las inmediaciones. Quizá haya una puerta trasera esperando a que entres por ella, o te encuentres a algún currito almorzando que te pueda indicar. 

Definitivamente hoy no es tu día. Las ventanas están tapiadas, rodeadas de basura, escombros, pañuelos de papel y condones usados. Piensas en volver a llamar una vez más. Descartas la idea. Es hora de volver a casa y aceptar la derrota. Tal vez hayas seguido la pista equivocada. Un señuelo para tenerte entretenido como a un niño pesado una tarde de verano. 

Abres la puerta del coche. Tiras la revista al asiento del copiloto y te marchas. Los camioneros siguen discutiendo. Pasas de largo. Aquí, nadie es lo que parece, murmuras entre dientes, sintiéndote impotente al tiempo que el polígono industrial se pierde en tu espejo retrovisor y tú tratas de poner en orden tus pensamientos. 

14

Hora de la comida en el Roastbeef Cafe. 

Polis ociosos, pululando como universitarios un viernes por la noche en la zona de bares de Los Ángeles. El camarero vuelve a ser tu amigo, el gigantón con pinta de granjero. No hay ni rastro de la tía seca de la última vez. Estás comiendo una hamburguesa acompañada de una cerveza. Tus ansias alcohólicas por encontrar algo con que paliar el mono han pasado definitivamente; y total, una cerveza de vez en cuando no te va a matar. 

Entre las mesas, apartado como de costumbre, Russell come en silencio, ojeando un libro. Mastica despacio. Parece no tener prisa. Te amoldas a su ritmo. Vas a pedirle un nuevo encargo, y éste puede hacer que se le indigeste la comida. Mejor dejarle que disfrute de su sándwich. 

– ¿Hubo suerte?- pregunta el camarero. 

Dejas el botellín en el mostrador. Te limpias la boca con el dorso de la mano y asientes. 

– Ya te lo dije. Ése era tu hombre- hace una pausa y se acerca a ti. El aliento le apesta a cebolla cruda-. ¿Necesitas más información? 

Le miras fijamente, como dudando qué decirle. 

– Por mí no hay nada que temer. Soy una tumba- aclara, mirando a su alrededor, temeroso de que alguien le haya oído. Nada. Los polis van a lo suyo: zampar, beber y hablar de sus mierdas-. Pero, ¿qué hay?, ¿Algún caso nuevo? 

La cháchara sigue. El camarero pregunta y tú respondes con evasivas, rezando para que le entre una comanda y te deje tranquilo.

Sonríes, mirando de reojo a Russell. Parece que ha terminado. Por si no te habías fijado, el redneck del mostrador te avisa.

– Si quieres hablar con nuestro hombre, acaba de terminar. Es sobre algún caso nuevo, ¿verdad?

Resoplas. Es bastante cansino. Te pasas una mano por la cara y respondes:

– No. Sólo concretar algunas cosas que quedaron pendientes. 

– Eso está muy bien. Ya lo decía mi padre, hay que hacer… 

Dejas de escuchar. Russell acaba de salir. Das un trago a la cerveza. Dejas cinco pavos en la barra y sales. Sabes perfectamente adónde va, pero quieres salir de allí. 

– No mire atrás, Russell. Siga caminando- dices al llegar a su altura-. Tenemos que hablar. 

– Como quiera- responde, acomodando sus pasos a los tuyos-. Pero mejor hablemos en el parque. Aquí las paredes oyen. Ya sabe… 

La entonación de sus últimas palabras no te gusta. Parecen encerrar una amenaza mal disimulada, pero le restas importancia. Estás cansado e irascible, y no quieres perder un confidente de primera por un simple malentendido. 

– Bien, ¿de qué se trata?- pregunta, sentándose en un banco. 

Tú permaneces de pie, mirándole desde arriba. Servilismo silencioso, te gusta. 

– Necesito que me consiga información sobre Patterson. 

Se frota las manos de manera nerviosa. Evita mirarte. Se limpia las gafas varias veces. Definitivamente, cada vez resulta más fácil entrar en el Cuerpo, piensas al ver cómo le tiembla el mentón antes de hablar. 

– Eeeso es difícil. No puedo hacer eso. No tengo acceso a esa información. Patterson es un pez gordo. No tengo acceso a… 

– Mil pavos más cuando me des la información- le interrumpes, sacando trescientos de la cartera.

– Pervertidos. Enfermos- protesta un anciano de andares castrenses al pasar a vuestro lado. 

Te ríes a carcajadas. Los ojos de Russell brillan. Al parecer, la situación y la pasta han ablandado un poco su congoja. 

– Necesitaré más tiempo- dice, cogiendo el dinero. 

– 72 horas, más que suficiente- tu voz suena áspera, cortante. Con gente como Russell lo mejor es seguir recordándoles la mierda que son en todo momento. Es necesario para el buen funcionamiento de tus intereses atarlo en corto y presionarle en su justa medida. 

– Está bien- se quita las gafas y las vuelve a limpiar una vez más, sopla sobre uno de los cristales, las mira a contraluz y vuelve a ponérselas- En 72 horas, ¿dónde te busco? 

– No. No me has entendido- nuevo paso de rosca. Nivel de agresividad medio-alto-. En 72 horas yo estaré aquí por la noche. Tú vienes a recogerme y me dices qué problemas has tenido. 

– Pero… 

– Mil pavos. Uno de los grandes. Creo que las normas y la rutina están hechas para romperse de vez en cuando, ¿no lo ve así, Russell? 

Traga saliva. Ves cómo su gaznate sube y baja. Agacha la cabeza. Está pensando. De manera inconsciente escarba con la punta de un zapato en el suelo. Aguantas. Estás deseando largarte de allí, pero tienes que seguir presionándole un poco más. El nivel baja. Si le aprietas las tuercas demasiado, la experiencia te ha demostrado que la gente como él se desmorona con facilidad y no te interesa. Un tropiezo a estas alturas supondría tener problemas y serios. No sabes cómo, pero la conexión Patterson-McGregor ahí está. 

– Necesito más tiempo. 96 ho… 

– 72. Mi última oferta. 

– Soy yo el que se va a jugar el tipo- protesta. 

Al parecer el rollito colega que te estás marcando no le mola. Tiene pinta de que le vaya algo más hardcore. 

– Y el que va a ganar 1300 pavos en tres días. 

– Aún así… 

Ya has escuchado bastante. Le miras fijamente a los ojos. Sacas un cigarro. Lo enciendes con mucha parsimonia y das una calada. 

– En ese caso, no hay negocio. Los 300 cubren las molestias- dices, dándote la vuelta. 

– Un momento, Dax- casi suplica, incorporándose a toda prisa-. Un momento, por favor. 

Sonríes con malicia. Estos mierdas son demasiado previsibles, piensas dándote la vuelta. 

– Dime, Russell- la situación se ha relajado y ya no hace falta seguir exprimiendo el papel de poli cortante, mejor aflojar y tutearse.

– 72 horas. Está bien. 

– Así me gusta, chico. 

Un apretón de manos. Tú, mirándole a los ojos. Sus pupilas miopes contrayéndose mientras tratan de no desviarse de las tuyas. Le das una palmada en la espalda. Se despide a toda prisa y se marcha. Le ves irse. Das otra calada. Tan fácil como robar un caramelo a un niño manco, murmuras. 

72 horas. Tres días para organizar tus movimientos. Ya has encontrado una pista que seguir. Lo siguiente que necesitas es encontrar a O´Connor. Tienes un encargo especial para él, y hacer una visita al tercer elemento del menage a trois en el que pareces moverte. Ha llegado la hora de sacar a relucir el as en la manga que te guardas y ver cómo responde. 

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 11-12

Menage a trois estilo costa oeste

11 

La atmósfera dentro del coche es agobiante. Hace calor y el humo de los cigarrillos te hace sentir inmerso en una niebla gris y densa. O´Connor ha cumplido, otra vez. Ha conseguido un coche. Y no sólo eso, con llaves incluidas. No has preguntado mucho sobre la adquisición. Él ha dicho no sabes qué sobre un favor que alguien le debía, y que esa era la manera que ha tenido de saldar la deuda. Perfecto. Un flamante Chevy de mediados de los 50. Un poco viejo pero bien cuidado. Suficiente para la labor que te traes entre manos. Lo único malo es el confort. Llevas tres horas aparcado cerca de la comisaría y tienes la espalda convertida en un campo de cultivo de dolores musculares. Por lo demás, no hay queja. Comida china en una bolsa, dos botellas de refresco: una llena de Coca-Cola, la otra a modo de urinario portátil, y dos paquetes de Pall Mall sin abrir en el asiento del copiloto. Los compañeros de viaje perfectos para una misión de seguimiento. 

Te sientes pletórico. En forma, como si la abstinencia te hubiera hecho rejuvenecer varios años en pocos días, te tiemblan un poco las manos, pero lo achacas a los nervios y no a la desesperación de tu cuerpo pidiendo su dosis diaria de veneno 

Das una última calada entrecerrando un ojo y desmenuzas el cigarro en el cenicero. Hace rato que ha anochecido y el riesgo a que una brasa anaranjada dentro del coche te delate está ahí. Pero lo peor no es eso, si no la soledad. El tiempo pasa despacio. Casi lamentas haber dicho a O´Connor que no era necesario que te acompañara. Cuatro ojos ven mejor que dos. Pero has preferido darle su dinero semanal y dejarle que se encargara de acortar su esperanza de vida. Bastante ha hecho. Te sientes en deuda con él; y el haberle dado por muerto te obliga a no cargarle de responsabilidades innecesarias. 

De momento sabes lo suficiente. McGregor y los suyos son gente peligrosa que camina entre las sombras. Nadie sospecha nada sobre sus negocios, aunque han dejado claro que no se andan con tonterías. Por su parte, la desaparición de Willy McGergor tiene demasiadas preguntas aún por responder, y los que te interrogaron en el aparcamiento no han vuelto a dar señales de vida. De momento. A eso se resume todo cuanto tienes y la única manera de poder avanzar es tirar poco a poco del único cabo suelto que has encontrado en toda la madeja: Patterson. 

Hay movimiento en la puerta de la comisaría. Llevas la mano al contacto y jugueteas con el llavero. En cuanto le veas empieza el seguimiento. Recuerdas perfectamente la mecánica del asunto. Sólo es cuestión de dejar un par de coches por delante. Si el sospechoso entraba en una zona residencial o algún lugar en el que pudiera dar esquinazo al perseguidor, nada de acercarse. Siempre muchos metros de distancia. Si se le perdía la pista, nada de pararse y empezar a husmear por calles perpendiculares. Seguir de frente y probar suerte otro día. Lo has hecho cientos de veces, no hay lugar para el error…

Falsa alarma. 

Ninguno de ellos es tu hombre. Toca joderse y seguir esperando. No hay prisa. Sabes que está allí. Hace una hora recurriste al clásico truco de llamar desde un teléfono público preguntado por él. Una secretaria de voz cantarina te ha pasado con su despacho. No has dicho nada. Sólo has esperado a escucharle preguntar quién es varias veces y has colgado. La presa estaba en su guarida. 

Las luces de los despachos empiezan a apagarse una tras otra. Parece que hay toque de queda o que ningún poli quiere echar horas extra. Es viernes por la noche. Hay prisa por salir de allí, llegar a casa y desconectar unos días. El crimen nunca descansa y la rutina de los patrulleros libres de servicio el fin de semana volverá a comenzar el lunes. 

Nuevo movimiento en la puerta. 

Le ves salir a pie. Maldices entre dientes. No te has parado a pensar que quizá no vaya a casa, y que si lo hace, tal vez lo haga andando. Eso lo cambiaría todo. Tu dispositivo se iría a la mierda y te tocaría empezar desde cero otro día, algo que ya sí podría ser peligroso. 

Parece que al final hay suerte. Cruza por delante de ti y se mete en un Ford aparcado tres coches a tu derecha. Arranca el motor y se despide de un grupo de polis del turno de noche que sale a patrullar con una ráfaga de luces. Después, se marcha despacio. No parece tener demasiada prisa por llegar a donde se dirija. Dejas pasar un par de minutos y le sigues. Hay poco tráfico a esas horas y no te va a resultar demasiado complicado seguirle. El problema es que te vea. 

Pasáis por calles secundarias hasta una carretera amplia, de varios carriles. Parece ser que se dirige a la zona de Berverly Hills. Bajas la ventanilla y enciendes un cigarrillo. El aire te despeja. A ojo, la distancia entre el coche de Patterson y el tuyo es de más de doscientos metros. Suficiente. En su retrovisor no eres más mancha borrosa. Mejor así. El capitán Patterson es un hijo de puta de una hornada anterior a la tuya. Un tío duro de verdad. Combatió en la Segunda Guerra Mundial y fue condecorado por hundir un barco lleno de japos en las costas de Guadalcanal. Y algo te dice que no te gustaría saber qué te haría en caso de descubrirte. En tus tiempos de patrullero ya corrían rumores sobre su brutalidad, de sus métodos y de la cantidad de detenidos que tenían que pasar por cuidados intensivos después de tener un careo con él. 

Patterson pone el intermitente derecho. Levantas el pie del acelerador. Esperas hasta verle tomar el desvío. Le sigues. No te has fijado hacia dónde os dirigís, pero tampoco es que te mueras por saberlo. Total, si las cosas se ponen feas no vas a pedir refuerzos, así que poco te importa el destino.

Pasáis por una zona que parece un polígono industrial o algo por el estilo. Grúas y maquinaria pesada. El músculo americano cerca de una zona rica y exclusiva destinada a gente pudiente. Un grupo de prostitutas ve las luces de los coches y se acerca a la carretera a la caza de clientes. Tu presa pasa de largo reduciendo la velocidad. Tú te detienes. Te ves rodeado de tías medio desnudas de diferentes nacionalidades y razas. 

Te fijas en una negra de pelo rizado y ojos verdes, casi felinos. La señalas con el dedo y le dices que monte. Tiras la comida y las botellas al asiento trasero. Las otras se quejan y exclaman que la que has elegido tiene sífilis y mil enfermedades más. No les haces ni puto caso. No has acudido allí con fines carnales. Vuelves a arrancar y conduces despacio, como buscando un lugar apartado y tranquilo. Ves el coche junto a un cierre. Patterson se baja con algo que parece un maletín y pulsa un timbre. Desde dentro alguien abre. Discuten. Aparcas un par de almacenes más allá. Tu acompañante te mira. No has abierto la boca, y se limita a preguntarte con la mirada que qué vas a querer. Te sientes incómodo, sucio. Ella sonríe y posa una mano en tu pantalón. Echas la cabeza hacia atrás. Es una situación violenta, a la vez que tentadora. Procuras dejarte llevar, no pensar. Ella parece leerte el pensamiento. Te desabrocha el pantalón y antes de que sepas qué está pasando, apoya su cabeza en tu regazo. Suspiras al sentir el tacto cálido y suave de su lengua en tu glande. Te estremeces. Al principio tratas de oponer cierta resistencia. Finalmente te abandonas y te dejas hacer. Desde donde estás ves el coche de Patterson. No hay prisa. No todo va a ser trabajar. De vez en cuando hay que disfrutar de la vida y sus pequeños placeres. 

Una mamada, un intento de conversación postorgasmo y dos cigarrillos después, ves salir a Patterson. Le acompaña un tío que está de espaldas a ti. Fuman bajo la luz de una farola. Parecen agitados, nerviosos. Se limita a asentir con la cabeza, el otro es el que lleva la voz cantante. No sabes de qué están hablando, pero debe ser importante. La chica hace un ademán de bajarse del coche. Ha cumplido, le has pagado y parece ser que se siente incómoda. Le agarras del brazo y sacas 20 pavos del bolsillo. No sabes si es una exageración, las tarifas puteriles hace tiempo que dejaron de importante, pero a juzgar por lo que te ha cobrado por el servicio anterior y la cara que pone, debe ser un maná llovido del cielo para ella. 

Sin dudarlo, coge la pasta y vuelve a acariciarte la entrepierna. Tu polla no tarda en ponerse firme, lista para pasar revista una vez más. Al parecer ha estado demasiado tiempo dormida, sin ningún estímulo y claro, ahora que ha despertado tiene ganas de trasnochar. No dices nada. Ella se encarga, otra vez, de hacerlo todo. Te muerde el lóbulo de una oreja y te jadea al oído. Del bolso saca un condón grueso como una lona. Te lo pone en un visto y no visto. Te oprime en la base del pene, pero no protestas. Patterson y su compañero siguen a lo suyo. Tu acompañante se te monta encima, a horcajadas. La espalda apoyada en el volante. Te mira de manera sensual, se escupe en la palma de la mano y te embadurna la polla con saliva. Al parecer, la diferencia entre el amor y el sexo radica en la lubricación, piensas. No te da tiempo a reírte de tu propio chiste. Con un poco de esfuerzo ya estás dentro de ella. Se mueve despacio, haciéndote disfrutar. No sabes cuándo fue la última vez que la metiste en caliente, pero estás casi seguro al 100 por 100 de que un tu puta vida te han follado así. Estás en el séptimo cielo y tu racismo empieza a diluirse entre jadeos y respiraciones entrecortadas. 

Empieza a moverse más deprisa. La suspensión del Chevy chirría. No te importa que te descubran con las manos en la masa. Ella se aprieta contra tí y comienza a mordisquearte los trapecios. Dentro del coche empieza a oler a sexo sucio y sudor. Por encima de su clavícula ves, a intervalos más o menos regulares, las dos siluetas que siguen con su conversación. Contracción. Espasmo. Contracción. Espasmo. Chorro de semen. Emites un jadeo agudo y prolongado al tiempo que te estremeces de placer. Ella se levanta. Recoge sus cosas y se viste a toda prisa. Al parecer sólo te quería por tu dinero, no por lo simpático y romántico que puedes llegar a ser tras copular en silencio. 

Te acomodas. Tu pene flácido sigue dentro de su funda de goma. Le quitas el condón y lo cubres con tus calzoncillos blancos repletos de manchas amarillentas, no sea que se vaya a constipar. Enciendes un cigarro y fumas despacio. Saboreando lo que acabas de experimentar mientras Patterson parece despedirse de su acompañante. 

Les ves darse la mano. Un abrazo entre amigos y se separan. Uno vuelve a entrar en el almacén y el otro a su coche. El cierre cae con pesadez. Patterson arranca y se dirige a la carretera. Acabas el cigarro y esperas unos minutos antes de salir tras él. Volvéis en dirección a la comisaría. Ahora parece tener prisa. Tratas de no perderle de vista, aunque la tarea se te antoja algo complicada. 

Pasáis de largo la salida por la que os habéis incorporado antes. No hay problema. Hay gasolina de sobra en el depósito y tienes todo el tiempo del mundo para seguirle. En algún momento tendrá que detenerse. 

Veinte minutos más tarde ese momento se materializa.

Entráis en una zona residencial. Mal asunto. Casitas blancas con un pedazo de jardín minúsculo a ambos lados, delimitados por cercas de madera y calles asfaltadas. Todo el mundo se conoce en un sitio así. Le ves meterse por una calle lateral. Al parecer no se ha fijado en que le estabas siguiendo, o tal vez sí y esto no sea más que una encerrona. Sólo hay una forma de salir de dudas y eso haces.

Apagas las luces y conduces a oscuras, despacio. Hay pocas farolas y la iluminación es pésima. No te cuesta encontrar un sitio donde aparcar. Te detienes junto a una valla pintada de blanco que emite unas fantasmagóricas fosforescencias. Apagas el motor. Permaneces vigilante, al acecho. Ni rastro de Patterson. Escuchas cómo chirrían unos muelles y algo metálico roza unos segundos el suelo. Intuyes que está abriendo el garaje. Bajas del coche y caminas deprisa hacia donde le has visto girar. Te agazapas detrás de unos arbustos. Ahí está. Le puedes ver claramente. El portón del garaje abierto. Él entrando despacio. El motor ronroneando alegre como un gato feliz en brazos de un niño que lo mima y acaricia. El crack áspero del freno de mano al estacionarse. El contacto apagando el ralentí y la puerta del conductor cerrándose de golpe. Aguardas al amparo de las sombras. Tienes muy claro qué hacer, y lo primero es eso: esperar. 

Una luz dentro de la casa cobra vida en la parte superior. Ves su silueta en la ventana. Se está desnudando. Aún no es el momento. Sigues esperando. La luz vuelve a apagarse. Ahora sí. Hora de empezar a fisgonear como un voyeur pervertido y salido al acecho de fetiches con los que masturbarse. 

Sales de tu escondite y te acercas. Es la típica casa de la clase media de después del babyboom de finales de los cuarenta, cuando se había ganado una guerra y la gente follaba como conejos, tú entre ellos, con su típica mosquitera cubriendo las ventanas y la puerta de entrada, dos alturas y un porche de tamaño gigante acristalado y blindado a los curiosos con gruesas cortinas. La parte superior tiene dos ventanas amplias. Dos dormitorios, deduces. Sigues inspeccionando la zona buscando algo que te dé información sobre la vida privada del inquilino. Una bicicleta encadenada a un poste, unas jardineras repletas de margaritas o algo por el estilo. Pero no ves nada. Al parecer Patterson no tiene ni niños ni mujer. Bordeas la casa tratando que las sombras no te jueguen una mala pasada. Tampoco parece tener perro guardián. Mejor para ti. 

La parte de atrás es un patio con suelo de cemento y una cerca de madera de metro y medio de altura. Todo está impoluto. Recogido. Una barbacoa en un rincón y poco más. 

Te acercas a la fachada. No crees que tu suerte sea tan descomunal, pero tienes que intentarlo. La puerta trasera está cerrada con llave. Parece débil y endeble. El cierre lo podía abrir un niño de cinco años con las herramientas adecuadas o diciéndole a su hermano el matón de doce que lo reviente de una patada. 

Tomas nota mental de ello. Abres el cubo de basura en busca de algo que pudiera incriminar a Patterson, pero está vacío. Tu fortuna parece esfumarse por momentos. Vuelves a taparlo, procurando no hacer demasiado ruido y caminas sobre tus pasos. Una luz se enciende encima de tu cabeza. Te agachas instintivamente. Le escuchas maldecir y sentarse en el váter. Al parecer tiene diarrea. La mierda escapa en aspersión de sus entrañas a escasos centímetros de tu cabeza. Sientes asco. Termina la faena, tira de la cadena, murmura algo y apaga la luz antes de cerrar la puerta. Cuentas mentalmente hasta treinta y te marchas de allí pitando. Ya has tentado demasiado a la suerte por hoy.

12

Estás en el despacho matando el tiempo como buenamente puedes. Por increíble que parezca, el aire allí dentro ha perdido su habitual peste a tabaco, sudor y alcohol. A la mañana siguiente de seguir a Patterson decidiste limpiar. Sigues sin saber la razón, pero algo dentro de ti se despertó y, como guiado por un impulso, abriste la ventana. Vía libre para deshacerte de la mierda que te rodeaba y los recuerdos. Botellas, papeles, restos de comida… Todo siguió el mismo camino, caída libre entre las exclamaciones de los mendigos que veían llover desperdicios y las quejas de algún transeúnte quisquilloso. 

El siguiente paso era obligatorio: visitar la tienda de Wang. Compra de artículos básicos de limpieza: cubo, fregona, detergente y ambientador con aroma de limón. Horas de trabajo, litros de agua ennegrecida, y como resultado un suelo brillante y un gratificante aroma cítrico flotando en el ambiente para nivelar los chacras y las buenas vibraciones. Ni tú mismo te creías el cambio. 

Hecho esto, pasaste a centrarte en el caso. Ideas. Pesquisas. Teorías. Páginas emborronadas buscando una conexión McGregor-Patterson… Pero nada. Pistas y preguntas sin respuesta. 

¿Qué hacía Patterson en un almacén de una zona industrial repleta de putas a esas horas de la 

noche? 

No lo sabes. 

¿Qué une a un capitán de policía con alguien como McGregor? 

Más de lo mismo: ni puta idea.

¿Por qué el nombre de Patterson aparecía cubierto de líquido corrector en el informe policial y sustituido por el del tal Johnson? 

Alguna idea al respecto: la unión McGregor- Patterson existe, aunque no sepas cuál es. Tal vez Patterson llevó el caso en un principio (¿como favor personal a McGregor padre?, apuntas en tu libreta), algo aparentemente sencillo a fin de cuentas: encontrar al hijo homosexual de Fred McGregor…

Problema. 

El mariposón no apareció. No se pudo ampliar el radio de búsqueda, y el caso quedó en punto muerto. Pasó el tiempo. Patterson tiró la toalla y decidió cargarle el muerto a otro. Asunto cerrado. 

Una circunferencia que te vuelve a llevar al punto de partida: ¿quién o qué es lo que les une? 

Tormenta de ideas lo llaman los tecnólogos. Para ti, un dolor de cabeza. Nombres. Suposiciones. Tachones. Tal vez, piensas, Patterson siguió el caso del amigo de Willy McGregor. Una desaparición en toda regla. Y al no encontrar el cuerpo le pasó el caso a Johnson… 

… No. No puede ser. Otro tachón. La policía no sabe nada de eso. El expediente hablaba de desaparición. Nada más. No había nada que lo vinculara a otro caso…  

Tienes que hablar con Russell. Va a ser caro, pero tienes que intentarlo. Sólo él tiene acceso a los archivos y una comisaría no es una puta biblioteca a la que acudir a pedir documentación. Necesitas un favor, y los favores se pagan. Repasas mentalmente cuánta pasta te queda. Los servicios de Russell te van a dejar sin blanca, pero es lo que toca. En un par de días te pasarás por el Roastbeef café a hacerle el encargo. 

Mientras tanto, te toca seguir pensando. 

Y si… 

Tal vez… 

Podría ser… 

Una nueva teoría emerge de la nada: el amigo mata a Willy McGregor. Papá McGregor se entera. Manda ejecutar al asesino de su hijo. Pasan unos meses. Las cosas se complican, no sabes por qué, pero das por hecho que las cosas se tuercen y te contratan a ti para husmear y que dé la sensación de que lo del pequeño McGregor no fue más que una desaparición sin más. 

«… Aquí nadie es lo que parece… ».

No. Muy rebuscado y sin argumentos. Demasiada gente implicada en saber dónde anda el fugitivo. El propio Joe te ha invitado a coger la pasta y desaparecer del mapa. A Bobby le borraron media cara de un disparo por ponerse nervioso y hablar más de la cuenta. Si Willy fuera pasto de gusanos no se habrían tomado tantas molestias por hacerle callar. Y además estando tú delante… 

… O tal vez sí…  

Oíste decir a los polis del Roastbeef Cafe que Patterson estaba como loco por hacer creer al personal que el fiambre que se habían encontrado en un aparcamiento era el de Willy McGregor…  Pero ¿por qué? 

Cansado, tiras el bolígrafo sobre la mesa y te enciendes un cigarro. Sin alcohol de por medio, la gracia de fumar está perdiendo su encanto. Te sientes cansado, entumecido. La idea de bajar a tomar un café pasa por tu cabeza. Joe no vende cafés, para espabilar al personal ofrece otras cosas más efectivas. No hay ningún problema, hay más bares por la zona, aunque les falta la camaradería ente camarero y cliente como para considerar el lugar como tu bar. 

Das una calada. Bostezas y te desperezas. Tu cuerpo cruje, protestando por las horas que has permanecido sin cambiar de postura. Alguien llama a la puerta. La idea del café la dejas para otro momento. Te acomodas en la silla. 

– ¡Adelante! ¡Está abierto! – gritas. 

Nada. Nuevos golpes. 

– ¡Está abierto! ¡Adelante! 

Nada. Nuevos golpes. 

Te pones en pie. Abres el cajón y sacas el 38. El barrio ha estado muy tranquilo últimamente, pero al parecer la chusma está volviendo a sus quehaceres cotidianos: joder al prójimo para pillar su dosis. Te acercas a la puerta, despacio, apuntando al frente dispuesto a volarle las pelotas al primer hijo de puta que tengas a tiro. 

Sales al descansillo. Ni un alma. Está oscuro desde que la poli mandara tapiar las ventanas para evitar nuevos aterrizajes forzosos. No se ve un alma. Escuchas carreras escaleras abajo. No lo dudas, ya que te has levantado del asiento no vas a dejar que se vayan de rositas. Amartillas el arma, clic, y sales tras ellos. Les vas a enseñar educación y modales. 

Das un paso. No más, el siguiente se queda en el intento. Alguien te pone una bolsa de tela negra en la cabeza. Forcejeas. Un golpe en la espalda, a la altura de los riñones, te hace caer de rodillas. Un segundo impacto, en la cara interna del antebrazo, te desarma al instante. Sientes un hormigueo incómodo en la punta de los dedos. Te empieza a faltar el aire. No sabes qué está pasando. 

– Llevadle dentro- dice una voz que te resulta familiar. 

Te arrastran por el suelo. Escuchas cómo cierran la puerta. Calculas que estás en mitad de la habitación. Alguien camina en círculos a tu alrededor, como un chacal ante una presa potencial. Al acecho. Con calma. Sabiendo que el tiempo juega a su favor. 

– Bien, Dax- dice. Ya le ubicas. El aparcamiento. Las caricias del tío que tenías detrás. Tu estancia en el hospital…-. Ya te dije que volveríamos a hacerte una visita. ¿Qué tal va todo? 

Silencio. 

– Parece que estás poco comunicativo. Eso está bien. Uno de mis chicos te ayudará a hablar, no te preocupes. 

Escuchas pasos detrás de ti. Sabes lo que está por venir. El primer golpe impacta de lleno en el mismo punto que el anterior. Una voz estalla en tu interior, aconsejándote que si no quieres mear sangre durante meses, lo mejor es que colabores y hables de una puta vez. 

– Probemos otra vez. ¿Qué tal va todo?- calculas que debe estar cerca de la mesa-. Veo que estás haciendo los deberes. No entiendo una mierda de lo que pone en esta libreta, pero así me gusta, trabajando. No todo va a ser ocio e irse de putas…  

Hace una pausa. Se acerca a vosotros. 

– ¿Has descubierto algo sobre nuestro amigo en común? 

Niegas con la cabeza. Al parecer la bolsa no le permite ver tu negación. 

– Te he hecho una pregunta, Dax. 

– No. No he descubierto nada- respondes a toda prisa, tratando de evitar un nuevo golpe. 

– ¿Seguro? 

– Sí, joder- protestas. La atmósfera dentro de la bolsa empieza a ser húmeda e irrespirable-. He estado ocupado en otros casos… 

– Otros casos. Ya, supongo que estarás muy ocupado- ironiza-… Veo que has hecho limpieza, Dax. La verdad es que da gusto entrar aquí sin que parezca el cuarto trastero de un demente. Muy acertado, sin olvidarse del detalle del ambientador. Aquí antes olía a alguien muerto en vida. Ahora, en cambio, huele a alguien vivo que puede morir. Me gusta. 

Te quedas de piedra. Deduces que han estado en tu despacho antes sin que te hayas percatado de ello. En vuestro anterior encuentro te dijeron que te estaban siguiendo, pero no sospechabas que su seguimiento hubiera llegado tan lejos. 

– Tranquilo. No te pongas nervioso. Entramos sólo para echar un ojo, nada más. No nos llevamos nada de valor. 

El que tienes detrás se ríe. Sus carcajadas suenan graves. Te le imaginas como un monstruo de voz gutural y aspecto infantil. Grandullón, musculoso, de poco seso. El cliché perfecto del matón con menos luces que un concurso de belleza en la América Profunda, de nudillos magullados y que no llega a viejo.

– Pero ya te digo, eso no importa una mierda. ¿Qué has descubierto? 

– Nada- un tono insolente acompaña a tus palabras. El riesgo de recibir una nueva caricia no parece importarte. Estás rabioso, enfadado. Y tu integridad física ha pasado a un segundo plano ante la ira que empieza a llevar la voz cantante-. No he descubierto nada. Willy McGregor desapareció. Parece como si se lo hubiera tragado la tierra… eso, o… que está muerto y esto no es más que una cortina de humo para guardar las apariencias. 

– ¿Tú crees que todo esto es una cortina de humo? Yo te digo que Willy McGregor está vivito y coleando. 

– Si tan seguro estás, dime dónde está y me paso a recogerle. O mejor aún… 

No acabas la frase. Has cruzado la línea de su paciencia. Un puñetazo en los dientes te hace callar. La boca te sabe a sangre. Te pasas la lengua sobre los incisivos. Al parecer sólo ha sido el golpe, no encuentras ninguna baja que lamentar a la hora de comer. 

– Te lo voy a advertir una vez. Sólo una. No te hagas el gracioso con nosotros, Dax. Tienes la de perder. ¿Ha quedado claro? 

Claro no, transparente, piensas, aunque optas por responder con un sólo monosílabo: sí. 

– Bien. En ese caso, ¿qué has descubierto? 

– Nada. No hay nada a lo que aferrarse. Lo digo de verdad- empiezas a ponerte nervioso-. No sé dónde está Willy McGregor ni si está vivo. 

– Entonces, ¿qué hacías con el poli ese en un bungalow a pie de playa? Al final Bobby iba a tener razón cuando dijo que eras una maricona vieja y pervertida. 

Las palabras quedan suspendidas en el aire. En otras circunstancias mostrarías tu virilidad a golpes pero no estás en condiciones de enseñar nada. Te sientes impotente, insultado. Humillado en tu propio despacho. Un viejo, eso es, un viejo frágil que se ha metido de lleno en la boca del lobo creyéndose alguien cuando no es más que el recuerdo de lo que una vez fue. 

– Le pedí información- dices con un hilo de voz. La sangre te gotea por la barbilla-. Pero no he sacado nada en claro. El informe policial no decía nada que no supiera ya. 

– Comprendo, comprendo- parece pensar su próximo movimiento, como un ajedrecista consumado y experimentado. Es un jodido experto en la tortura psicológica, eso es innegable-… Por cierto, menuda sorpresa al descubrir que O´Connor sigue vivo, ¿no? 

Das un respingo. Te sientes desnudo, sin argumentos. Parece saber en todo momento qué te traes entre manos y eso no te gusta. Los consejos de Joe empiezan a ganar peso: coger la pasta y desaparecer. Pero, ¿a dónde? Estos hijos de puta son realmente buenos en lo que hacen. No sientes su aliento en la nuca, aunque sepas que los tienes encima. 

Un rayo de claridad pasa por tu cabeza: no son polis. Si lo fueran no habrían mencionado a O´Connor. Por lo que oíste en el Roastbeef Cafe habían encontrado un fiambre y Patterson estaba demasiado preocupado por pregonar a los cuatro vientos que era Willy McGregor. 

– Sabíamos desde el principio que tu pequeño pupilo estaba vivo, por eso no creímos necesario decirte nada. Además, estabas en el hospital y no sabíamos cómo te tomarías una visita por nuestra parte. Bueno, siendo francos, más que preocuparnos tu respuesta, lo que más nos preocupaba era cómo se lo podrían tomar los centuriones que te custodiaban. Ya sabes, son muy celosos con sus cosas. El jefe manda y ellos obedecen, o lo que es lo mismo: el chulo manda y la puta abre la boca. 

– ¿Cómo sabíais lo de O´Connor?- tratas de contenerlo, pero un tono agudo escapa de tu boca. 

– Dax, ¿cuándo aprenderás a escuchar? Es lo malo que tenéis los polis, o los que habéis sido de la pasma y ahora jugáis a ser Sherlock Holmes en versión americana. Todo en bruto, nada de pericia o ciencia. Sólo golpes, torturas y extorsión. Pero bueno, no voy a seguir por ese camino que no conduce a nada… El problema de la gente como tú, es que no escucháis, a no ser que se os diga lo que queréis oír. La otra vez que nos reunimos te lo advertí: te estamos vigilando. No me harías caso, o tal vez tengas amnesia por la edad y esas cosas, no lo sé. De todas formas, te lo repito: seguimos tus pasos. Es muy difícil que no sepamos dónde estás- hace una pausa. Le oyes encenderse un cigarro y dar una larga calada, creando expectación como un puto predicador frente a sus fieles antes de entrar en trance y contactar con el Creador-. ¿Quieres otra prueba de nuestra eficiencia? 

No respondes. Te sientes en sus manos y da igual lo que digas, sabes que te lo va a contar igualmente. Le gusta lo que hace y eres tú, y no él, quien tiene las de perder. 

– No digas nada, Dax. Así la sorpresa será mayor- sigue diciendo volviendo a andar por la habitación. El suelo y sus zapatos parecen haber entablado una lucha encarnizada de pitidos y sonidos desagradables-. Bonito coche el que os habéis agenciado tu socio y tú. Un trabajo impecable. Con llaves y todo. Una elección muy acertada. Ni muy ostentoso ni una chatarra rodante, algo ideal para no llamar la atención en vuestras pesquisas. 

– Eso es cosa de O´Connor. Le pedí un coche y me trajo ése. No pregunté. 

– Pues es raro que un poli no pregunte, ¿no te parece? 

Te encoges de hombros. La obviedad roza lo ridículo. Te mueves en un mundo complejo y alejado de lo oficial. Si no preguntas es porque hay veces que es preferible parecer gilipollas a abrir la boca y demostrar serlo. 

– Bueno, da igual amigo mío. Ha sido un placer volver a verte y comprobar de primera mano que te tomas en serio el caso. Las ideas que has apuntado en la libreta son interesantes. Ahí tienes la solución al paradero de Willy McGregor. Busca la conexión entre su padre y Patterson. Y una vez que des con ella, verás cómo todo cuadra a la perfección. Siento no poder decirte más, créeme. Pero mis fuentes también son limitadas y la información cuesta mucho dinero. 

Farfullas algo que la bolsa ahoga. No eres consciente de lo que has dicho, así que no te queda otra que agradecer el efecto insonorizante de tu nuevo atuendo. 

– Nos vamos a ir, Dax. Tendrás cosas que hacer y no queremos entretenerte más. Pero no temas, no te vamos a dejar inconsciente. Hoy no. A cambio te dejamos un regalito en la mesa, junto a las notas. Nosotros nos vamos, tú cuentas hasta cien en voz alta y después te quitas la capucha. Sé buen chico y no te compliques la vida haciendo trampas. Eso está muy mal visto. 

Algo cae sobre el tablero de la mesa. Plof. Escuchas pasos hacia la puerta. Empiezas a contar. 

– 1, 2, 3… 

La puerta se abre y se cierra. Sonríes. Alzas la voz. 

– … 4, 5, 6… 

Te pones en pie. Te quitas la bolsa de la cabeza. Respiras hondo. El 38 está en el suelo, a tu lado. Lo coges. Está cargado. Pobres gilipollas, piensas amartillándolo. 

– …7, 8, 9… 

Te acercas a la ventana. No se les ve por la calle. No han debido de tener tiempo de llegar aún al portal. Decides salir tras ellos escaleras abajo. Es tu turno de jugar al fascinante juego de 1, 2, 3, responda otra vez y si no nos gusta su respuesta, prepárese para recibir. 

– …10, 11, 12… 

Abres la puerta y avanzas con sigilo. Está oscuro. Apuntas a las sombras. No hay nadie en el descansillo. Empiezas a bajar las escaleras. Siguiente descansillo. Andas de puntillas, no quieres hacer ningún ruido que te delate. Nada. Ni un alma. Siguiente tramo de escaleras. Las empiezas a bajar algo más confiado. Levantas el arma, apuntando al techo, y aprietas el paso. A tu espalda suena un ruido extraño. Te das la vuelta. Tarde. Un golpe en el temporal izquierdo, un crochet a juzgar por la trayectoria, el área y la fuerza del impacto, te tira escaleras abajo. Estás aturdido. Grogui en términos pugilísticos. Ves cuatro piernas que se acercan a ti. 

– Eso no es lo que habíamos acordado, Dax- dice la misma voz que ha estado interrogándote en el despacho-. No está bien hacer trampas, ¿no crees? ¿qué ejemplo estás dando a las generaciones venideras? 

Tratas de reptar por el suelo y separarte de él. No puedes verle la cara. Ni a él ni a su acompañante. Sólo las piernas que se acercan a ti. Tienes miedo. Efectivamente, has hecho trampas, y a los tramposos se les castiga, pero cómo… 

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 9-10

9 

Medio día. 

El sol te sacude lleno en la cara. El sueño da paso a la realidad: resaca y acidez de estómago. Te pones en pie y el dolor recorre tu cuerpo. Al desperezarte, las vértebras crujen una tras otra como las piezas de una máquina cochambrosa que se autoajustara antes de empezar a funcionar tras un periodo de inactividad demasiado largo. Miras a tu alrededor. Pestañeas. La luz te ciega. La cabeza parece que fuera a estallarte de un momento a otro. Un nuevo día que nace de los restos mortales de la noche anterior. La misma mierda de siempre. Resaca-alcohol-resaca. Y así por los siglos de los siglos. Amén. 

Tu traje está hecho unos zorros. Lo estiras sin quitártelo. Coges la gabardina y sales a la calle. Las escaleras están desiertas. Al parecer se ha corrido la voz y nadie quiere salir del edificio por ninguna ventana ahorrándose unos cuantos tramos de peldaños. Mejor así. Cruzas el portal paladeando el aroma que flota en el ambiente, ese regusto a suciedad y mugre que tan bien conoces.

Contienes la respiración y sales a la calle. 

Próxima estación, una visita a Joe y su antro. 

Para variar la clientela se reduce a cuatro tipos solitarios desperdigados entre las mesas. Aislados los unos de los otros, encerrados en sus propias miserias. Ocupas tu taburete de costumbre, junto a la pared y la puerta de los baños. 

– Buenos días, Dax. Tienes mejor aspecto- dice a modo de saludo-. ¿Lo de siempre? 

Niegas con la cabeza. Sabes que este caso puede reportarte mucho dinero y necesitas estar despejado. La promesa de la noche anterior sigue en pie. Abstinencia forzada. Por más que las pasta te queme en el bolsillo, no estás dispuesto a seguir alimentando las llamas con alcohol. 

– Ponme- titubeas, dudando entre qué coño elegir-. Una Coca-Cola… Sí, no me mires así. Nunca la he probado sin ron, y tengo ganas de descubrir a qué sabe. 

Joe se ríe a carcajadas. Un par de clientes os miran. Sus miradas febriles y sus ojos brillantes afianzan tus ideas. 

– Venga, Dax. Un whisky, ¿no? 

– No. Ponme una Coca-Cola. 

Se encoge de hombros y te da un botellín de cristal grueso acompañado de un vaso y tres hielos. Lo rechazas. El botellín está frío y prefieres beber a morro. Haces palanca con el mostrador y quitas la chapa, que cae al suelo. Das un trago. Las burbujas te hacen cosquillas en la garganta. Te ves a ti mismo como un niño de cinco años que descubre la chispa de la vida una tarde de verano bajo la atenta mirada de sus padres. 

– Y, ¿bien? ¿Sabe como esperabas?- pregunta Joe levantando las cejas. 

No sabes si te gusta o no. La boca te sabe a cantidades industriales de melaza y tu estómago ruge. Al parecer, el aporte extra de gases no le ha sentado tan bien como pensabas. Sofocas un eructo. Joe y tú os miráis a los ojos. Asiente. Mensaje recibido: hoy no estás para hablar. 

Das otro trago. Nuevo eructo. La puerta se abre de par en par. Miras al recién llegado. No puede ser, piensas. Te fijas en él. Miras la Coca-Cola y después a Joe, como preguntándole que qué  lleva esto que me has servido. No puede ser, joder. Es imposible. 

El recién llegado se acerca a vosotros. Camina despacio, despreocupado. Las manos en los bolsillos. Andares chulescos. La mirada brillante y una sonrisa pícara surcándole la cara de lado a lado como una cesárea facial. 

– Joder, Dax. Ni que acabaras de ver a un muerto- dice, dándote una palmada en el hombro. 

Al ver acercarse la mano, por momentos temes que todo se desvanezca y tú te despiertes en mitad de un descampado apestando a alcohol. Pero no. No es un sueño. Tampoco experimentas una sensación extrasensorial de médium ni un frío sobrenatural. Pof. Pof. La mano sobre tu hombro se muestra cálida, amigable. 

– No puede ser. Me dijeron que estabas muerto…- murmuras agarrándote al taburete con fuerza. 

– Ya. Y mientras crean eso, podré seguir trabajando sin problemas. Porque seguimos siendo socios, ¿no? Ando escaso de pasta- aclara dando manotazos a los bolsillos. 

Hijo de puta. Tu sexto sentido no se había equivocado. Delante de ti tienes a O´Connor. No, no andabas desencaminado cuando viste en él a un futuro hampón de los que de verdad pueden dar problemas al personal. Parece haber madurado mucho en muy poco tiempo. Está desaseado. Tiene las palmas de las manos sucias, ennegrecidas. Los ojos brillantes y hundidos. Pero está vivo. Necesitas saber qué ha pasado. Si McGregor se entera de que sus hombres cometieron un error al dar pasaporte a la persona equivocada, habrá problemas. Rodarán cabezas y tal vez el chaval no tenga tanta suerte la próxima vez. 

Te enciendes un cigarro. Desde el otro lado de la barra, Joe parece estar pasándoselo en grande. Su cara es un conjunto de arrugas vibrantes entre carcajadas. 

– Pero, ¿qué ha pasado?- logras preguntar. 

– Es una historia muy larga, jefe. 

– Tenemos tiempo. 

– En ese caso, me bebería una cerveza- dice, acercando un taburete al tuyo-. Me mandaste indagar, preguntar por aquí y por allá quién es ese tal Fred McGregor. Y eso hice. Con la pasta que me diste, monté mi propio negocio. Hay mucha gente capaz de cualquier cosa por unos pocos pavos- un brillo enigmático surca sus pupilas. Hace un alto para dar un sorbo de la cerveza que Joe acaba de ponerle delante-. Y me aproveché de ello. ¿A que parezco un magnate de los negocios?- bromea- Contraté a un arrastrado de la calle. Le di tres pavos y le mandé a hacer el trabajo de campo… Bueno, en verdad no fue así exactamente… 

– No te entiendo. 

– Yo empecé a preguntar. La gente no quería colaborar, nunca se sabe por qué un yonqui como yo puede querer obtener información de buenas a primeras. La gente es muy desconfiada, y hace bien- un nuevo trago para humedecerse el gaznate, que tanto hablar parece que le esté secando la boca-. Hasta que alguien me dio un soplo. Una cita. Un parking a media noche. Vine a buscarte. Joe- señala al camarero con la barbilla- me dijo que no dabas señales de vida y que había aparecido un fiambre sin media cabeza en el aparcamiento de un motel abandonado. Me empecé a poner nervioso. Algo no iba bien. Encontré a un tío necesitado. Le dí la pasta y le acompañé. Él entró solo. Yo me quedé por allí cerca, para ver de qué iba todo eso. De la nada aparecieron tres tíos. Uno le puso una bolsa en la cabeza y los otros lo reventaron a golpes mientras le preguntaban una y otra vez sobre su interés por McGregor. Cuando se cansaron de sacudirle, le pegaron un tiro en la nuca y ahí acabó el asunto. Supongo que no han encontrado el cuerpo. No he leído nada en la prensa- ironiza, fingiendo indiferencia aunque su lenguaje corporal parece indicar, de manera bastante sutil, lo contrario. 

Das un trago. Esa mierda que bebes te sabe raro. Demasiado tiempo matando tus papilas gustativas con alcohol como para que el cuerpo se habitúe a un nuevo sabor de la noche a la mañana. 

Te sientes contrariado. Admiras el valor de O´Connor, eso es innegable, pero hay algo que no te acaba de cuadrar. McGregor te dijo que le habían torturado, no que le hubieran sacudido un rato mientras le preguntaban, antes de ejecutarlo en mitad de un parking. Este hecho te hace recordar a Bobby, el viaje en su Packard, la estancia en el hospital y la visita de Patterson. Sus consejos de que abandones el caso de Willy McGregor… Los que le hicieron la cirugía sin anestesia con un 38 a Bobby pidiéndote lo contrario… Empiezas a sospechar que hay gato encerrado y lo que más te jode es que, al parecer, cuando el lindo minino saque las uñas a paseo, el primer zarpazo te lo vas a llevar tú…

…«Aquí nadie es lo que parece»…

Dejas caer la colilla al suelo y abrazas a O´Connor. Huele mal. A calle y noches al raso. No te importa. Sigue vivo. Él parece incómodo. Joe sigue riéndose. La clientela no os hace ni caso, su interés se centra en seguir bebiendo en silencio mientras alimentan la cirrosis que antes o después se encargará de acallar todos y cada uno de los fantasmas que parecen revolotear a su alrededor. La vida parece seguir su curso. Todo OK. 

– Parece que McGregor es más peligroso de lo que parecía en un principio- murmuras llevándote el botellín a los labios. 

Joe abre la boca, como si fuera a decir algo, aunque parece pensárselo mejor y sigue en silencio. En su momento te invitó a que pasaras del tema, cogieras la pasta y desaparecieras sin más. Ahora sabes por qué. Puta ley del silencio entre delincuentes, no hay quien entienda sus indirectas. 

Le miras, como invitándole a hablar. La callada por respuesta. Su lealtad hacia ti es innegable, pese a tu pasado policial. No puedes reprocharle nada porque actúe de la misma manera con terceros. Pero una idea te aterra durante unos segundos: ¿cuántos secretos sabrá? Y lo que es peor, si mi vida corriera peligro ¿me avisaría a las claras o lo haría de manera críptica para no delatar a nadie y ahorrarse problemas? 

Tratas de borrar de tu cabeza esos pensamientos. Si las cosas fueran al revés, sabes que actuarías en tu propio beneficio. Ley de supervivencia. Desde un punto de vista poético podrías decir que la vida no es más que un jodido árbol que crece hacia arriba; las ramas las distintas opciones que van sucediéndose día a día, y los fiambres que se van dejando atrás con el paso del tiempo el abono necesario para seguir alimentando tu propia existencia. 

– Siento romper la magia del momento- dice Joe-. Pero tengo algo para ti, Dax. 

Le miras sin saber de qué está hablando mientras él busca algo bajo la caja registradora. 

– Lo han traído a primera hora- aclara dándote un sobre-. De un tal Russell… 

Tu cara no puede disimular la ansiedad que te invade. Lo coges y lo abres, olvidándote por completo de todo cuanto te rodea. Dentro un papel escrito a máquina en estilo telegráfico: 

«Información disponible. 48 horas. 20.00 horas. Un Ford Blanco del 48 en el parque. Puntualidad. Más de 15 minutos, no hay negocio».

Lo lees varias veces. Estás de suerte, hoy parece ser tu día. Lo doblas en cuatro y lo guardas en el bolsillo interno de la americana. O´Connor te mira expectante, esperando que le digas qué te traes entre manos. Pasas de hablar del tema. Tienes otro encargo para él mucho más urgente.

– Bien, O´Connor. Tengo un trabajito para celebrar que sigues de una pieza- sacas diez pavos y los ondeas delante de sus narices, para que huela la pasta-. ¿Conoces a algún poli? 

Asiente, vanidoso. Como diciendo mi fama me precede: ¿cómo no voy a conocer a la bofia?

– No. No en esas condiciones. Me refiero a si conoces a algún poli que pueda hacerte un favor a cambio de pasta. 

Niega con la cabeza. Te mira indignado, como si acabaras de insultarle. 

– Está bien. En ese caso- arrugas el billete y se lo metes en el bolsillo-. Tómate dos días libres muchacho, te los has ganado. Te veo en en 72 horas. Cuando vuelvas a pasar por aquí, necesito que tengas un coche. ¿Podrás conseguir uno? 

Sonríe, orgulloso diciendo que sí. Se mete la mano en el bolsillo y acaricia con deleite el billete. Sabes que la mitad de ese dinero acabara en sus venas y la otra mitad en su hígado, aunque tampoco es que te preocupe demasiado. Se despide con un gesto y se va. Una vez a solas miras a Joe. Evita que tus ojos se fijen en los suyos. 

– ¿Qué sabes del tema que yo no sepa?- preguntas. Al parecer el azúcar y la cafeína están activando tus neuronas y éstas carburan más rápido de lo habitual. 

– No he llegado a viejo por hablar más de lo que debía, Dax. Lo que sepa o deje de saber es asunto mío. Me considero tu amigo, y lo único que puedo decirte es que son gente peligrosa. Déjalo. Se han equivocado una vez, no habrá una segunda. Hazme caso, coge la pasta y desaparece. 

Apoyas un codo en la barra. Te masajeas los ojos. Aire arrogante, de poli de película. El ceño fruncido, como si valoraras lo que te acaba de decir Joe. Pero no es así, en verdad te importa una mierda. Algo huele a podrido en todo esto y quieres llegar al fondo del asunto. Que haya o no haya gente peligrosa de por medio es algo inherente a tu trabajo. Te mueves en el centro de un triángulo equilátero cuyos vértices los describen Patterson, los tíos que le borraron la sonrisa a Bobby y McGregor. Hagas lo que hagas, sabes que vas a acabar jodido. Posiblemente muerto, y llegado el momento sólo piensas en irte al otro barrio haciendo ruido y arrastrando al fango a cuantos puedas. 

– Gracias, Joe. Valoro tu consejo, pero ya he tomado una decisión- respondes, dándole una palmada amigable en el dorso de sus nudosas manos. 

Pagas tu bebida y la cerveza de O´Connor. Te despides con un movimiento de cabeza y sales a la calle. Te sientes excitado. Ansioso. Tienes 48 horas por delante hasta la cita con Russell. Demasiado tiempo. Demasiadas tentaciones. La espera se te antoja larga, eterna entre sudores fríos y temblores, pero no imposible. 

10 

Dos horas antes de la cita estás frente a la comisaría, en el Roastbeef Cafe. Resulta arriesgado, lo sabes, pero necesitabas salir del despacho. Has permanecido encerrado prácticamente las 48 horas y la falta de aire fresco empezaba a pasarte factura. Sensación de animal enjaulado. Fumando como un condenado a muerte media hora de su ejecución, sintiendo pasar las horas como si fueran edades geológicas. Ansiedad y necesidad de escapar de esas cuatro paredes que encierran tantos recuerdos.

Y ahí estás, en el mejor sitio en el que un alcohólico con abstinencia puede acabar: un bar. Y para hacerlo todo más divertido y tentador, un bar repleto de polis. No crees que nadie te reconozca, pero podría darse el caso. Un aviso y Patterson apareciendo en escena como un detective de la época de la Ley Seca entrando en un almacén clandestino atestado de cajas de whisky y todo se iría a la mierda. Tanta espera para nada. Russell esfumándose.Y tú perdiendo la pasta y una información más que valiosa. 

Estás de suerte. El bar está prácticamente vacío. Aún no ha habido cambio de turno. Ninguna cara conocida, ni la del camarero. Esta noche no está de servicio el amigo de los soplos a la prensa. En su lugar hay una tía arisca y seca. No es ni guapa ni fea. Una cara más, del montón, pero cuya educación parece haberse centrado en exclusiva a alabar su supuesta belleza a juzgar por los aires que se gasta. 

No te cuesta demasiado imaginártela sentada en el regazo de su abuela, comiendo galletas mientras la anciana senil repetía una y otra vez : «¿quién es la chica más guapa de la costa oeste?», y claro, una mentira dicha mil veces acaba por ser verdad, o algo parecido leíste alguna vez sobre un ministro de propaganda nazi. 

Pero mejor centrémonos. 

El caso es ese. Que la camarera se debe considerar la reina del baile o la princesa de un cuento y se siente fuera de lugar. Lejos de joderse y asumir que la vida es lo que es: una puta mierda, y que en Los Ángeles no va a aparecer ningún príncipe azul a lomos de un blanco corcel a rescatarla y llevarla a un castillo repleto de tapices, mayordomos serviciales y amas de llaves chismosas. Que va a pasarse media vida entre fogones y polis de mirada lujuriosa, hasta que una mañana abra los ojos y se dé cuenta de que el paso del tiempo, parir cinco hijos y mantener a un marido borracho y putero han obrado una tragedia en su físico y su estado anímico. La niña que sonreía al espejo repitiendo el mantra de su abuela sobre su belleza habrá dejado atrás su atractivo para acabar convertida en una candidata más a seguir los pasos de Marylin. Barbitúricos y alcohol. Lástima que en su caso su muerte le importe una mierda al mundo y nadie vaya a echarla de menos. 

Sientes unas terribles ganas de orinar. A falta de whisky o cerveza, tratas de paliar la sed con café. Llevas tres. Estás como una moto y tu vejiga amenaza con reventar. Apuras el último trago. Preguntas por el cuarto de baño. La camarera deja de hacerse la manicura, levanta la cabeza y te señala con un gesto el fondo del local. Aprietas el paso. La habitación resulta ridículamente pequeña. Alicatada hasta la altura de los ojos en azulejos blancos recubiertos de números de teléfonos de putas y servicios sexuales escritos a mano. Del techo cuelga un fluorescente que proyecta una luz blanca, como de quirófano acompañada de un incómodo zumbido. Pasas de él y te concentras en lo tuyo, alivio fisiológico con los esfuerzos que la hiperplasia de próstata suele acarrear. Acabas. Te lavas las manos y vuelves a la barra. 

Tienes tiempo de sobra. Enciendes un cigarro y pides otra café. Das una calada. La boca te sabe a cenicero. Te ponen ese agua turbia que llevas bebiendo desde que has llegado en una taza despotillada, pagas y te entretienes removiéndolo con la cucharilla como si fueras un niño en pleno subidón de chocolate, maravillado ante el universo onírico que se abre ante sus ojos. 

Tus juegos se detienen en seco. A tu lado acaban de acodarse cuatro polis. Visten de paisano, pero apestan a madera. Te ríes para tus adentros, en silencio. Los delincuentes de los viejos tiempos lo decían entre paliza y paliza. A los polis se les reconoce a la legua por la manera que tienen de vestir y desenvolverse cuando no llevan el uniforme puesto. Y al parecer es cierto. Putas enseñanzas de la vida, nunca pararán de sorprenderte. 

No tienes tiempo para recordar más lecciones de tu época dorada. Los tíos que tienes al lado están excitados. Nerviosos. Mala señal. O tal vez puede que saques algo positivo de sus males. Te empapas de lo que hay a tu alrededor. Nada. La camarera se ha sentado en una esquina, alejada de los clientes. Sigue concentrada en la perfección de sus uñas. Nadie parece haberse fijado en vosotros. Pegas la oreja, y escuchas pacientemente mientras fumas. 

La conversación te resulta más que conocida. Cambio de turno y unos patrulleros pasados de benzedrina. Minuta. Detenciones. Homicidios. Patrullar por la parte negra de la ciudad. Racismo encubierto. Palizas a maricones… Beben como esponjas mientras hablan. Los gintonics que piden se vacían a una velocidad pasmosa, es cuestión de tiempo que salte la chispa. Te gustaría pedirte una copa e intimar con ellos. Ya sabes, rollo poli viejo que alecciona a los pimpollos que acaban de salir de la academia. Contarles historias de verdad. No esas mierdas que escuchas. Palizas a un tío en un sótano durante días, sólo para liberar la adrenalina y el estrés que un matrimonio condenado a la ruptura produce. Coches llenos de mexicanos rumbo al desierto. Técnicas para limpiar de sarasas y demás escoria las calles… Pero no. No se puede. Estás fisgando en lo que hablan, no has ido allí para hacer amigos ni exponer una clase magistral de brutalidad policial a nadie. 

Das un trago. El café está helado. Te entran ganas de escupirlo. Haces un esfuerzo y te lo tragas. Uno de los polis empieza a meterse en faena. Parece algo borracho, locuaz. Pueden ser peligrosos. Lo sabes. Un poli cabreado y bebido es un hijo de puta con placa y muy mala hostia. Los estudias con cautela. Fotografiando mentalmente sus caras. Cicatrices. Cortes de pelo. Cualquier mierda que te permita reconocerlos si te los encuentras en otro lugar y en otras circunstancias. 

– ¿Qué me decís del hijo de puta de Patterson?- dice uno de ellos, arrastrando las palabras-. Está convencido. Dice que el cuerpo que encontramos en el parking es el de Willy McGregor. 

Willy McGregor. Patterson. Esto empieza a ponerse interesante, piensas acodándote en la barra. 

– Sí, al que le faltaba media cabeza de un disparo- sigue diciendo-. El muy hijo de puta estaba irreconocible, pero yo creo que no era él. 

Sus compañeros parecen ignorarle. Dos de ellos están de espaldas a ti, manipulando algo que uno ha sacado del bolsillo. Dicen algo a los otros dos en voz baja y se dirigen al baño. Se quedan el poli parlanchín y otro. El hablador vuelve a la carga. 

– Te digo que Patterson está en un error, tío. Ese fiambre no era el de Willy McGregor. Ese cabrón sigue vivo. 

– ¿Tú qué vas a saber?- pregunta el otro, molesto por la insistencia de su compañero-. Si el jefe dice que el niñato ese está fiambre, asunto resuelto. Desapareció. Se investigó el caso. No apareció el coche. Tampoco el cuerpo. Pasa el tiempo. Encontramos un cadáver. El jefe dice que es el de Willy McGregor, asunto resuelto. Sea o no, ese palmado cierra la investigación. Una locaza menos en las calles. 

Dicho esto, ambos callan. Los otros dos vuelven. O hacía mucho frío y se han acatarrado o la obsesión que muestran por sorber y tocarse las narices es consecuencia de otra cosa. No te quedas para averiguarlo. Apuras el café con cara de asco y sales del Roastbeef Cafe. Queda media hora para tu encuentro con Russell y prefieres apurar el tiempo paseando. Ya has escuchado demasiado. Ahora sólo falta poner en orden las conclusiones a las que has llegado. 

El parque está a oscuras. Te gusta caminar así. A solas con tus pensamientos, sin distracciones ni detenerte a mirar qué coño es esa masa gelatinosa que pisas y que queda pegada a la suela de tus zapatos. Enciendes un cigarrillo. Arrugas el paquete y lo tiras al suelo. En el cielo brillan la luna y las estrellas. A lo lejos ves destellos de colores y algo más allá se intuye la bastedad del desierto. Aunque también podría tratarse de un descampado, la orientación nunca fue tu fuerte. 

A tu lado unos arbustos empiezan a moverse de manera rítmica. Te detienes. Oyes gemidos roncos. Viriles. Una idea pasa por tu cabeza. Vas desarmado. No tienes licencia y pasearte al lado de la comisaría con tu 38 en el bolsillo sería una locura. Pero da igual. Te metes la mano en el bolsillo del pantalón. Tiras el cigarrillo prácticamente entero. Empieza la diversión. 

Apartas unas ramas que tienes delante. Frente a ti aparecen dos tíos montándoselo de lo lindo. Uno de rodillas y el otro taladrándole con fuerza. 

– ¡Policía!- gritas con autoridad. 

Los tortolitos se quedan de piedra. Te miran sin saber qué hacer, enganchados el uno al otro como dos perros pillados in fraganti. Se desacoplan a toda prisa. Tratan de vestirse sin dejar de mirarte. Estás disfrutando. Sólo faltarían Mickey y Donald para darles una paliza en condiciones y acabar la faena. 

Como aquella vez en los baños de un centro comercial a principios de los 50, poco antes de que empezara lo de Corea. Cobraron de lo lindo. No sabes si dejarían su enfermedad sexual o no; pero de que estuvieron varios meses sin poder llevarse nada a la boca tienes constancia. 

– Vamos pervertidos, largo de aquí o vais de cabeza al calabozo por escándalo público- amenazas, metiéndote en el papel de poli chungo-. Y ya sabéis le pasa a las princesitas como vosotros allí adentro…  

Uno de ellos, el que debe hacer las veces de macho en la pareja, te mira fijamente. Está a medio vestir y al parecer tu chiste no le ha hecho mucha gracia. Le aguantas la mirada. Te sientes impune. Capaz de todo. La tensión entre vosotros sigue creciendo. Su chica se pone entre los dos. Das un paso atrás cuando te da la espalda y su culo roza tus pantalones.

– Vámonos cariño. No merece la pena- dice, acariciándole con ternura femenina las mejillas sin rasurar. 

Los dos se van. Te quedas solo. Te carcajeas. El tiempo pasa volando cuando lo pasas en grande machacando escoria, piensas cuando las luces de un coche te indican que ya es la hora. Sales de entre los matorrales. Al lado hay un Ford Blanco. Conduce Russell. Te acercas a la ventanilla del conductor. Das dos golpes con los nudillos. Asiente. Quita el seguro de la puerta del copiloto. La abres y te sientas. Empieza el viaje. 

El trayecto se te antoja eterno. Dos horas sentado. En silencio. Sin fumar. La única vez que tu acompañante ha abierto la boca ha sido para decirte que lo olvidaras, que nada de tabaco en su coche. Desde entonces, ni una palabra. Sólo kilómetros y paisaje. Llegáis a una zona de bungalows con la costa del Pacífico al fondo. 

– Aquí es- anuncia, antes de bajarse del coche. 

Le sigues. Camina rápido, mirando a su alrededor. Parece nervioso. Saca una llave y abre la puerta de una caseta de madera pintada de blanco. Entras tras él. Todo está a oscuras. No enciende ninguna luz, parece conocer el terreno que pisa. Tú no, algo que se traduce en tropezar con una mesa baja y un perchero. 

Russell comprueba que todas las persianas están bajadas y entonces sí, enciende una lamparilla de despacho, colocada sobre una mesa de camping. Te señala una silla de plástico. Te sientas y contemplas lo que te rodea. Es una habitación diáfana, sin tabiques. El mobiliario brilla por su ausencia. La mesa y la silla. La mesita bajera que ha dejado su firma en tu espinilla y el perchero. Una cama de lona plegada apoyada en un rincón y un hornillo eléctrico. A eso se resume todo. 

– No he podido hacer la copia. Es material clasificado- dice, dándose aires de espía; aunque sabes que está mintiendo-. Está todo aquí- aclara, dejando sobre la mesa una carpeta de solapas rojas-. Copia lo que tengas que copiar. 

– No es lo que habíamos acordado- protestas. 

– Es lo que hay. Lo tomas o lo dejas. Te va a costar lo mismo. 

Le fulminas con la mirada. Sus aires de hombre resuelto empiezan a resquebrajarse. Baja la mirada. Eso está mejor. El niño al que pegaban en el recreo parece querer escapar de la jaula de tipo duro que se está marcando Russell. Aprovechas el momento. 

– Miraré lo que hay. Si merece la pena te pago. 

Te mira con rencor. Su disfraz desaparece por completo. Parece reflexionar unos instantes. Finalmente asiente con al cabeza y se acerca a la puerta. 

– Tienes una hora. Si necesitas papel, hay en la carpeta. Espero que te hayas traído bolígrafo para poder escribir. Te espero fuera. Cuando acabes, sal. 

No. No llevas bolígrafo. No sueles firmar autógrafos por la calle. Te toca joderte y tratar de retener la mayor cantidad de información posible. 

Dentro de la carpeta hay un dossier escueto. Conoces el funcionamiento. Un caso caliente que no conduce a nada. Nombre del desaparecido. Descripción. Últimos movimientos conocidos. Amigos y familiares. Lugares que solía frecuentar y poco más. De no ser por el uso de la voz impersonal y el logotipo del Departamento de Policía, casi podría decirse que es el mismo documento que te entregó McGregor al contratarte. 

Casi, porque no aparece ningún domicilio en Los Ángeles ni ningún dato relacionado con la familia ni su amigo el que pasó a mejor vida. Tampoco es de extrañar. McGregor tendrá suficientes recursos como para comprar voluntades y hacer que algún poli despistado traspapele ese tipo de datos. 

Lo lees dos veces. Casi te lo has aprendido de memoria, como una lección en el colegio. Sin embargo, vuelves a leerlo una tercera. Leyendo, en esta ocasión, entre líneas algún dato que se te haya pasado por alto. Sientes la cabeza congestionada. Te enciendes un cigarrillo. Russell te ha dicho que no puedes fumar en el coche; nada de que no puedas hacerlo a solas en el bungalow. Das un par de caladas largas, saciando tu abstinencia de alquitrán. Y entonces lo ves. Algo que si bien lo habías leído antes, lo habías pasado por alto. El nombre del policía que había llevó el caso. Está escrito sobre corrector blanco. Sin dudarlo, rasgas levemente con la uña, apareciendo el extremo superior de dos tes consecutivas. Al parecer, no fue el tal Johnson M. quien llevó el caso. Las cosas parecen apuntar mucho más arriba. No te hace falta arrancar el resto. Sabes cuál es el nombre que oculta. Estás satisfecho con lo que acabas de descubrir. Exultante. Te acomodas en la silla, y fumas con la cabeza echada hacia atrás, echando el humo en circunferencias perfectas que se pierden en la oscuridad que la lamparilla de mesa no es capaz de eliminar. 

Pasado un rato, sales del bungalow y buscas a Russell. Está en el coche. Le haces un ademán. Se baja y llega a tu altura. 

– ¿Todo en orden?- pregunta. 

Asientes. Tiras la colilla. Él entra, recoge el dossier y vuelve a salir. Cierra a toda a prisa. Parece que le urge salir de allí cuanto antes. Le sigues la corriente. Montáis en el coche. La excursión ha terminado. Te esperan dos horas largas de silencio y sin tabaco. Aunque tampoco parece importarte demasiado. Lo único en lo que piensas es por qué un capitán de policía se iba a hacer cargo de la desaparición de alguien como el hijo de Fred McGregor. Y más aún, por qué Patterson llevó la investigación y no la gente de la comisaría de Hollywood para luego acabar cargando el mochuelo al tal Johnson. Tu cabeza es un hervidero de ideas y preguntas que se suceden en cadena. Lástima que las respuestas no acudan tan rápido como las dudas que las originan. 

Aparcáis junto a la comisaría. Pagas lo que debes. Russell te propone ir a tomar algo. Rechazas el ofrecimiento y bajas del coche. Caminas despacio. Alerta. Temeroso de encontrarte en mitad de una encerrona. Desde la experiencia del parking y Bobby te has vuelto bastante receloso. Rozando lo paranoico. Pero nada. Llegas de una pieza al despacho. Estás cansado, pero tu cerebro se niega a apagarse. Te espera una noche muy larga por delante, y lo peor es que sabes que al amanecer estarás igual que ahora, algo más cansado y ojeroso, pero en la misma puta casilla de salida.