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Reseña: Un plan sangriento, de Graeme Macrae.

Un plan sangriento, de Graeme Macrae

Un plan sangriento, de Graeme Macrae Burnet por David Gómez

A nadie escapa que los true crime están de moda y más desde la irrupción de plataformas como Netflix o HBO. Casi no hay mes que no se estrene alguna serie, documental o película que entre dentro de ese rango. Algunos ejemplos de series true crime españolas recientes podrían ser El caso Alcasser (Netflix, 2019), Examen de conciencia (Netflix, 2019) o El pionero (HBO, 2019). Si abriéramos el abanico a internacional la lista sería casi interminable y todo el mundo puede tener en mente a Mindhunter de la que hace unos días se estrenó la segunda temporada en Netflix.
Mindhunter también es un ejemplo de true crime para la literatura, ya que está basada en el libro MindHunter Cazadores de mentes de Mark Olshaker y John E. Douglas.
Y quién no conoce el considerado primer true crime de la historia, A sangre fría (1966) de Truman Capote.
Para no cansaros más. Haciendo una búsqueda rápida he encontrado que el pasado junio se publicaron más de diez novelas en famosos sellos editoriales dentro de este género. Y por poner un ejemplo final, la editorial Alrevés ha apostado por el género creando la colección Sinficción en la que Los ratones de Dios de Luis Rendueles es su última publicación.
Como veis, el true crimen, un género que se caracteriza por la investigación y reconstrucción de crímenes reales, ya sea de forma documental o ficcionada, es tendencia.

Un plan sangriento de Graeme Macrae Burnet da un paso más dentro del género, ya que es un falso true crime y te advierten desde el inicio en la contraportada. No sé si sería mejor no decir nada y hacer llegar al lector al final del libro y que fuera el autor quién se explicara. Tendría que pensarlo, pues por otro lado te podrías sentir estafado, crear insatisfacción y de esta forma no.

Gran trabajo el de Graeme Macrae al ponerse en la piel del investigador que ha «encontrado» una serie de documentos de unos familiares suyos en los que se explican unos sucesos acaecido en la Escocia de 1869. Por si no os dais cuenta, yo caí al cabo de unas páginas, el apellido del autor es el mismo que el de la familia protagonista del suceso y de esa forma el autor le dar más realismo al texto.

El libro está estructurado en diversos bloques.

Un prólogo en el que el autor le da cobertura real al texto.

Un parte de declaraciones en las que nos ponen en alerta de que sucederá algo terrible.

El relato del acusado que es el corazón de la novela, la que explica la historia con todo tipo de detalles y en la que no esperéis tener muchos sobresaltos, pues el autor se toma su tiempo para ir desgranando todo aquello relevante para que se llegue al final esperado. Y es que vas leyendo y vas pensando: ¿cuándo? ¿Cuándo pasará? Pero el autor hace un buen trabajo de gancho para que no dejes de leer y tengas ganas de saber aquello que te habían anunciado que pasaría y aún no ha pasado.
Y llega el momento, el momento sangriento y algo se rompe dentro de ti llevado por la sorpresa de lo que tus ojos leen. Diría que en este punto mi empatía por Roderick Macrae, el autor de los crímenes, comienza a flaquear. Hasta ese momento le apoyaba al máximo, pero la sin razón se apodera de él y rompe con todo.

La siguiente parte me ha resultado muy interesante y más sabiendo que, esta sí, está basado en datos reales. Es la parte forense del caso y en la que se intenta dilucidar la enajenación o no del acusado.

Llegamos a la parte del juicio, que es la segunda más larga de la novela y que a mi entender flojea en la parte de repetición de aquello que ya sabíamos. Los interrogatorios están muy bien construidos, pero no ahondan en nada nuevo. Todo lo que se dice es sabido, menos una cosa, el informe final del forense.

Después de esto tenemos el epílogo en la que entra en juego la metaliteratura y las anotaciones históricas que me han parecido de sumo interés y que dejan bien a las claras que estamos ante un falso true crime, aunque la frase final podría dejar la puerta abierta a otras interpretaciones.

En definitiva, interesante y diferente lectura que nos llega de la mano de la editorial Impedimenta y la traducción de Alicia Frieyro.

Fue publicada en 2015 en Reino Unido por una pequeña editorial, Saraband, y dio la sorpresa al colarse entre las finalistas del Premio Man Booker Prize, uno de los premios en habla inglesa más prestigiosos

SINOPSIS

En 1869, en una aldea perdida en las Tierras Altas escocesas, un triple asesinato sacude a toda la comunidad. La policía arresta inmediatamente a un joven llamado Roderick Macrae, que aparece cubierto de sangre y confiesa ser el autor de los hechos. Y así lo confirman unas extrañas memorias que escribe ya en la cárcel. Pero, antes de condenarlo, el tribunal debe averiguar qué lo llevó a cometer esos actos de violencia tan despiadada. Solo su persuasivo abogado se interpone entre Roderick y la horca, pero para lograr cerrar el caso antes deberán construir un relato sólido, sea este cierto o no. Siglo y medio después, Graeme Macrae, descendiente de Roderick, reúne toda la documentación existente sobre el caso en su búsqueda de la verdad. Pero ¿puede alguien entrar en la mente de un asesino?

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Reseña: Soy la venganza de un hombre muerto, de Alberto Valle

Soy la venganza de un hombre muerto, de Alberto Valle. Alrevés por Josevi.

¿Quién es Miguel Morera verdaderamente? Guillermo Arganda, inspector de la Brigada de Investigación Criminal que patea los arrabales de la Barcelona inhóspita, fétida y cerril de 1952, cree saberlo.

Reseña:

Comenzaré destacando lo que es para mí uno de los mejores aspectos que tiene la novela, su capacidad para contar todos los acontecimientos y episodios como una narrativa personal, utilizando para ello únicamente la primera persona para todos y cada uno de los personajes, varios y variados, con lo que se obtiene al mismo tiempo muchas novelas en una sola, cada personaje cuenta la suya. Pero no limitándose a contar el mismo hecho desde ópticas diferentes, sino a contar como viven ellos mismos los pasajes de la novela en la que intervienen. Imaginad como se puede narrar en primera persona la propia muerte. Excelente.

Hay más. Tres épocas, tres sociedades. Principios de los 50, finales de los 60 y principios de los 80. De manera lineal, nada de continuos flashback yendo y viniendo, simplemente avanzamos de una época a la siguiente, sin volver atrás, cada una más diferente que la anterior, afortunadamente.

Partiremos de los tiempos en que la famosa franquista Brigada de Investigación Criminal ejercía en Barcelona, cuyo auténtico comisario jefe Tomás Gil Llamas, que interviene en la novela bajo su propio nombre, elogió en su famoso libro “Brigada Criminal” allá por 1955 y de la que también expuso sus bondades el cine, y que Alberto Valle, el autor, narrando sus métodos violentos, brutales e inhumanos rectifica dejando claro que la bondad y la generosidad no eran precisamente sus principios más destacados. De ahí nos encaminaremos a la época de cambios políticos y culturales de mayo del 68 (al menos en Europa y de la que algo consiguió entrar en España) hasta la verdadera liberación en España, muerto el caudillo, que supusieron los años 80, con todo lo bueno y malo que conllevó. Únicamente una constante a lo largo de la narración, los ricos siguen siendo ricos, poderosos y corruptos, y los pobres, pues eso, pobres y pagapatos. Crítica social.

Los personajes, de todas clases, empresarios y políticos, como no, corruptos, obreros, fregasuelos, prostitutas, funcionarios y secretarias, vagos y maleantes, presidiarios, camareros y gogós, camellos, hippies y yonkis. De buen y mal corazón, inocentes e ignorantes o avispados y ladinos, como la vida misma, una sociedad barcelonesa que ha ido transformándose y albergando los tipos propios del género a lo largo de estas tres décadas.

En cuanto a la temática, la venganza, es una de las recurrentes de la novela negra, uno de sus más firmes puntales con la que se han logrado de las mejores historias con las mejores plumas. Viene aderezada con una secreta suplantación de identidad, lo que le da a la narración unos ingredientes espléndidos.

Una apuesta ciertamente innovadora.

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Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 19-20

19 

Una vez más los mismos problemas de siempre: los matones de McGregor negándote el paso. Te sientes como si para poder verle tuvieras que pedir audiencia o estar en la lista de invitados. 

Al tipo que tienes delante no le habías visto antes. La profesión de hampón debe estar muy solicitada y presentar una amplia movilidad laboral, piensas, viéndole cruzarse de brazos con gesto arrogante frente al paragolpes delantero del coche. 

– Dile a Fred que soy Dax. Tengo que hablar con él- dices, sacando la cabeza por la ventanilla. 

– Imposible. Está ocupado. 

– Dile quién soy. Tengo que hablar con él, es algo importante. 

Nada. 

El musculitos se ha convertido en una estatua de testosterona, fibras musculares en tensión y un traje un par de tallas más pequeño. La situación empieza a volverse un poco insoportable. 

Te enciendes un cigarro y apoyas la nuca en el reposa cabezas. Parece que la cosa va para largo. Tratas de ver qué se cuece en el jardín, pero te quedas con las ganas. No ves nada. El sol te da de frente, cegándote. Una calada. Piensas en tocar el claxon, como si fueras el capitán del equipo de fútbol del instituto haciendo saber a la capitana de animadoras que ya has llegado y la noche de cine, baile, sexo de riesgo y embarazo inesperado en el asiento trasero puede empezar. 

El matón te fulmina con la mirada. Al parecer, además de ser corto de entendederas, también anda falto de paciencia. Lo del claxon prefieres dejarlo para otro día. 

– Tienes que irte. 

– ¿Por qué? Dile a Fred que Dax está aquí y que tengo que hablar con él. 

– Tienes que irte. Te lo estoy pidiendo por las buenas- su voz resulta amenazadora; y para dar más énfasis a sus palabras se acerca al coche haciéndose crujir los nudillos. 

Das una última calada y dejas caer la colilla sobre el asfalto. 

Tres pasos. 

Dos pasos. 

Un paso. 

Está a tu altura. 

Las manos apoyadas en el techo y el cuerpo encorvado. Aspecto de puta en pleno trámite de servicios y tarifas con un cliente potencial. 

– Te he dicho que… 

No dice más. El cañón de tu 38 le aprieta la tráquea. El aspecto de macarra se desinfla. Su rostro pierde el bronceado de guaperas de playa y se pone de un color amarillento. El mentón le tiembla levemente. Pestañea, aturdido, mientras un brillo de pánico recorre sus pupilas. 

– Te he dicho que le dijeras a Fred que Dax estaba aquí. No has querido. Mala idea- ahora eres tú el que se las gasta de tío duro. A fin de cuentas juegas con ventaja: no es tu vida la que pende de la tensión del muelle de un gatillo-. Así que ya sabes. Ábreme la puta puerta y déjame pasar. Es un consejo. 

Para dar más énfasis a lo que dices, tiras del percutor con el pulgar. Clic. El tambor baila levemente sobre su punto de equilibro. Pese a todo, el grandullón no parece comprender que una traqueotomía con orificio de entrada y salida en mitad del cuello apunta a ser incompatible con la vida. 

– Yo… Yo… Tengo órdenes de no dejar… 

– Tú mismo- la presión aumenta un poco más-. Ábreme la puta puerta. 

Vuelve a pestañear. Parece una versión hormonada de un Goliat sorprendido por el avance de la industria armamentística en los últimos siglos. 

– Está bien- concede al fin, llevándose una mano al cuello tan pronto como retiras el 38. 

Te bajas del coche a toda prisa, sin dejar de apuntarle. Miras a tu alrededor. Al parecer tu jefe no es un jodido neurótico obsesionado con la seguridad. Por lo que puedes ver, McGregor no cumple el cliché de mafiosos con ejércitos de tíos armados deambulando por la casa. Mejor así. 

El grandullón abre la barrera metálica. Pasáis al jardín, él delante y tú un par de pasos por detrás con el revólver oculto en el bolsillo del pantalón. Hay bastante ajetreo. El que tiene pinta de boxeador exiliado del mundo de las doce cuerdas te fulmina con la mirada, pero al percatarse de quién eres, te saluda con un gesto, apareciéndole unos hoyuelos infantiles en las mejillas que desentonan con su aspecto rudo de matón curtido en los bajos fondos. 

– Acompáñame, por favor. El señor McGregor está en el invernadero. En su oficina. 

El invernadero parece una granja de la América Profunda. Fardos de cogollos empaquetados. Tíos con aspecto de rednecks trasteando con tijeras de podar. Varios maromos controlando el percal, evitando que algún recolector se las dé de listo y sise algo con lo que ganar unos pavos extra. El ambiente es sofocante. El aire es un cóctel de resina, sudor y fertilizantes químicos. Al parecer, el negocio de la hierba va viento en popa y la ciencia ha entrado en acción para asegurar la siguiente siembra. 

Llegáis junto a la oficina. La puerta está cerrada y una cortina oculta su interior. 

– Espera aquí, por favor- dice, llamando a la puerta. 

Una voz dice adelante desde el interior. Te quedas solo. Aprovechas para echar una mirada rápida. Todo a tu alrededor tiene un aire industrial, fabril. Unos podan. Otros barren los cogollos. Un grupo se encarga de empaquetar y otro amontona los paquetes. Las plantas podadas son arrancadas de raíz y arrojadas a un contenedor de obra. Fuera, al otro lado de la ventana, ves un horno. No hace falta ser un ingeniero agrónomo para saber qué hacen con ellas. 

– Pasa- dice el matón algo más relajado, abriéndote la puerta. 

Entras. 

La mesa parece la de un profesor de botánica. Decenas de semillas diseminadas sobre el tablero, junto a etiquetas identificativas. Afgand Seeds, Sweet Cotton, Bubble California… 

– Buenos días, Dax- exclama McGregor, interrumpiendo tu lectura-. Perdón por el desorden, pero estamos en época de cosecha y recolecta. 

Le miras. Parece cansado y molesto a partes iguales. Te sonríe, pero el brillo de sus ojos te dice de otra cosa completamente distinta: no me hagas perder demasiado tiempo. 

– No te preocupes, Fred. Sólo venía a devolverte los diarios de William. Ya he terminado con ellos y pensé que te gustaría conservarlos. 

– ¿Los tienes aquí?- pregunta, rodeando la mesa acercándose a ti. 

– Los he dejado en el coche- respondes con fastidio-. He tenido problemas para entrar y… 

– Ya. Los chicos están un poco nerviosos. Hay mucha pasta en juego y desconfían de cualquiera. Espero que no te hayan hecho nada- te coge del mentón y te inspecciona la cara, como si fueras una yegua en el mercado-. No. Parece que no se la ha ido la mano- bromea. Los dos sabéis que está al tanto del numerito de la pistola y el matón acojonado, pero le sigues la corriente. Abre un cajón del escritorio y saca una caja de puros. Saca uno. Te ofrece otro. Lo rechazas con un gesto- . Y, ¿qué más se te ofrece, Dax? 

Clac. Un cortapuros de oro decapita el puro y la llama de un mechero de gasolina lo hace crepitar mientras McGregor le da vueltas con mucha parsimonia. 

– Quería hablar sobre algo que he leído. 

Se detiene en seco. Deja el encendedor sobre la mesa, junto a un grupo de semillas etiquetadas como Physico Killer Seeds. Un escalofrío involuntario recorre tu espalda. Empiezas a notar el aire allí dentro irrespirable. El ventilador ha desaparecido y te sientes como si acabaran de ponerte una bolsa de plástico en la cabeza. 

– Ya sé que Willy era un chico… especial- dice al fin-. Demasiado extrovertido. Sé que sus perversiones iban más allá de los hombres. Era un sádico. Y me avergüenzo de él y sus tentativas homicidas sólo por placer. Pero es mi hijo, Dax. Traté de enderezarle. De alejarle de ese mundo en el que iba metiéndose, pero no pude. Ya sabes cómo son los jóvenes de hoy en día. Imprevisibles. Rencorosos. Consentidos… 

Hace rato que has dejado de escuchar. No. No vas a dejar que te cuente otra vez la historia del niño díscolo y el padre desbordado. No. Ahora no. Has ido a verle por otras razones. 

-… ¿Tienes hijos, Dax? 

La pregunta te coge desprevenido. Es obvio que no. La procreación nunca ha sido un fin o una meta en tu existencia, a lo sumo un daño colateral después de una noche de borrachera. 

– No, Fred. No tengo hijos, pero sé a lo que te refieres- la imagen de O´Connor golpea tu cabeza con fuerza. Sus cambios de humor y su comportamiento errático. Su arrogancia creyéndose el amo del corral. Su sumisión cuando el miedo desmonta la coraza del hombre que apunta maneras… ley de vida y esas mierdas. 

– Es muy duro saber que tu hijo es distinto. Que nunca te dará un nieto al que consentir y malcriar. Por eso dejé que Willy fuera por libre hasta que vi el monstruo en que se estaba convirtiendo- da una calada al puro. Su rostro desaparece unos segundos detrás de una gruesa cortina de humo, pero no el brillo de sus ojos. 

– Supongo. Pero por lo que he podido leer en el diario- tratas de buscar la palabra adecuada para lo que vas a decir. El Enola Gay está apunto de dejar caer su letal cargamento. Una puta Daisy Cutter dispuesta a mandar a tomar por el culo unos cuantos kilómetros cuadrados de la selva de mierda y mentiras en la que llevas tanto tiempo moviéndote-. No se le daban tan mal los negocios. 

Freddy McGregor te mira, estudiándote con detenimiento. Sientes la garganta seca. La tentación de tragar saliva acude a ti como a un padre de familia en un bar de putas. Te abstienes. Eso denotaría miedo o que te estás marcando un farol. McGregor y los suyos son unos hijos de perra adiestrados en descubrir este tipo de flaquezas y las cosas no están como para andar sembrando desconfianzas.

– Sí. En eso era un genio- dice, carcajeándose-. La idea de meter a la pasma en nuestro mismo saco como adulteradores y distribuidores fue una gran idea por su parte. 

Bien. Le tienes donde quieres. La Daisy Cutter empieza a caer. 

– Creo que alguno de los polis que estaban en el negocio, pudo tener algo que ver con su desaparición. 

La carga explosiva sigue cayendo, despacio. Como la lluvia previa a la tempestad. Coges aire. McGregor te mira frunciendo el ceño. De reojo compruebas que el cortapuros sigue en su sitio. 

– ¿Qué quieres decir?- habla tratando de suavizar su tono de voz. 

A la mierda. Allá va. Una tonelada de TNT dispuesta a hacer su trabajo. 

– He tenido problemas con algunos polis. Compañeros de los viejos tiempos que se han convertido en un grano en el culo estos últimos dos meses y medio. Al poco de empezar con este caso, empezaron las visitas y uno de ellos ha sido asesinado- ahora eres tú el que se pone melodramático-. Hace poco recibí una visita poco deseada que acabó en una amenaza encubierta. 

– Entiendo. ¿Quiénes eran? 

Alguien llama a la puerta. McGregor da una calada y te pide disculpas con un ademán. 

– Estoy reunido. ¿Qué ocurre?- pregunta, entreabriendo la puerta. 

– Jefe, el primer camión está… 

– Pues adelante. Ya sabéis qué hacer con la mercancía. 

Cierra. Se acerca a ti de nuevo y apoya una mano nervuda y afilada en tu hombro, como invitándote a seguir hablando. Callas. Ahora es su turno. Es el momento de ver hasta dónde ha llegado la onda expansiva. 

– Tenemos polis en nómina, no te voy a engañar. Pero de ahí a lo que me estás diciendo… 

– No miento, McGregor. 

Os miráis a los ojos, midiéndoos. Parecéis dos perros de presa olfateando el peligro. 

– El muerto era un chupatintas de archivos, un tal Russell- dices, fingiendo hacer memoria-. Y el otro, el poli que me interrogó era el capitán Patterson. 

El rostro de tu interlocutor es una máscara de piedra. Impenetrable. Inquietantemente ajena a cualquier sentimiento. Da una nueva calada. 

– Russel sí. Era de los nuestros. Una lástima lo de su asesinato. Lo leí en la prensa y toda la mierda que dicen de él es falsa. Pero bueno, la vida sigue y su ausencia no es algo que no podamos subsanar- habla de manera mecánica, dando a entender que Russell y todos los que trabajáis para él no sois más que simples peones prescindibles-. El otro, el capitán Pitt.. 

– Patterson. 

– Eso, Patterson. No. No me suena- niega a la vez que habla-. Bueno sí. Le conozco porque una vez nos decomisó un cargamento bastante grande. Tratamos de sobornarle, pero no hubo manera. Es un poli de los de antes. Amante de su trabajo, el dinero para él es algo secundario. Por suerte, el jurado sí se dejó sobornar. Encontramos a un testaferro y el asunto quedó olvidado. 

No le crees. Patterson estuvo detrás de la investigación de la desaparición de Willy McGregor. Lo sabes, y Fred está mintiendo. La conexión Patterson-McGregor existe. No estabas equivocado. Aún no sabes hasta qué punto, pero los dos están metidos en el negocio de la hierba. 

Es hora de plegar las velas y dejarse llevar. Alargas la conversación hasta que llega a un punto muerto. Es hora de irse. Os despedís con un apretón de manos y te marchas de allí pensando en tu próximo movimiento: aún quedan un par de flecos pendientes que quieres cortar cuanto antes. 

20 

Medianoche. 

El coche apesta a tabaco. En el asiento del copiloto cuatro latas de Coca-Cola y varios bocadillos. Sobre ellos, una botella convertida en un váter de campaña a medio llenar. Llevas demasiadas horas de vigilancia y tu vejiga tiene sus necesidades. 

Estás aparcado frente al garito en el que se mueve la mercancía de McGregor, viendo desfilar un sinfín de guaperas que entran con tías florero cogidas por la cintura, para salir a los pocos minutos con una sonrisa bobalicona impresa en la cara. Estrellas de cine. Artistas. Escritores podridos de dinero con aspecto de indigentes. Varios polis de paisano controlando el negocio en la puerta. Una jodida operación a gran escala en toda regla. 

La idea es sencilla. Ver qué se cuece. Quedarte con algunas caras y matrículas. Información de primera mano. Trabajo de campo. Después, corroborar teorías. A estas alturas no puedes permitirte un paso en falso. Estás demasiado metido en la mierda como para abandonar. Imposible. Toca apretar los dientes y seguir hasta el final. Que varios miembros del DPLA estén metidos en asuntos turbios no es nada nuevo, pero encontrarte de lleno con tanta pasma junta en algo ilegal puede ser todo un filón. A la mierda McGregor, el marica de su hijo y todo lo demás. 

Dinero. Pasta. Una nueva vida. El sueño americano. USA vuelve a ser la tierra de las oportunidades para los parias como tú. Sólo es cuestión de esperar un poco, desenfundar el arma en el momento adecuado y desaparecer del mapa antes de que todo se ponga demasiado caliente y las placas y las reglamentarias salgan a relucir. 

Cuatro coches te ocultan la entrada al garito unos instantes. Parecen ir de procesión. Gamas medio-altas. Posiblemente universitarios dándose un garbeo por la zona, a la caza de carne fresca que desvirgar entre alientos etílicos y el confort del asiento trasero del sedán de papá. 

Se detienen junto a la puerta. Del lado del copiloto baja un tío de cada coche. Abren el maletero y sacan paquetes. Los de la puerta asienten y les dejan pasar. Actúan con total impunidad. Se sienten a salvo. Los chicos de la pasma están de su lado, no hay nada que temer. 

Del interior del local salen destellos de luces que te tientan a entrar y echar un trago. Una tía borracha las eclipsa unos segundos antes de salir haciendo equilibrismo sobre unos tacones afilados como puñales. La acompaña un tío con aires de galán de cine. Ella se detiene en una esquina, apoya una mano temblorosa en la pared y empieza a vomitar convirtiéndose en un surtidor de alcohol de segunda mano cargado de un erotismo que te eriza la piel cada vez que las arcadas hacen que se eche hacia adelante y el vestido deja ver algo más que sus piernas. 

Su acompañante le dice algo que no oyes. Empiezan a discutir. Los de los coches pasan de ellos, siguen a lo suyo: a la mudanza express a medianoche. El casanova empieza a gesticular. No le pierdes de vista. La tía vuelve a agacharse y escupe. Cuando se incorpora pone cara de no entender qué está pasando. Él le da un bofetón par aclararle las ideas. Plas. Eso sí que lo oyes con total nitidez. Empieza a gritar como una histérica. Escuchas fragmentos. 

– Eres una puta… borracha… asco… 

La tía se pone una mano en la mejilla. Parece estar llorando. Él sigue gritando. La sangre te hierve. Detestas a la escoria que representa ese hijo de puta con aires de estrella de Hollywood. Maltratadores. Cobardes. Sin ser muy consciente de ello, abres la puerta. Te mueres de ganas de explicarle un par de cosas y si es corto de entendederas y no te entiende, una bala destrozándole las rodillas se te antoja como la clase de refuerzo perfecta. 

No te hace falta. Dos de los polis de la puerta se acercan a la pareja. Prestas atención. Tratan de contener al tío. La chica se descalza y sale corriendo. Desde dentro del coche la ves alejarse calle abajo, alumbrada por farolas y luces de neón, como en el final de una película. El guaperas furioso forcejea. Le tranquilizan. Pillas la idea: es uno de ellos. Entra en el local. Te fijas en él: alto, delgado y desgarbado. Viste un traje gris y va en mangas de camisa. La americana se ha quedado tirada en mitad de la calle. Nadie parece prestarle demasiada atención. La puerta queda desierta. Los coches de los camellos se han largado como han llegado, aunque más ligeros de peso. Los de la puerta entran con su colega a beber y celebrar su hombría. Es ahora o nunca. 

La suerte está de tu lado. La americana tenía una billetera en el bolsillo interno. Cien pavos que cambian de dueño, y como colofón: un permiso de conducir. Una dirección. Conduces sin prisa. Aún falta bastante para que esté lo suficientemente borracho como para olvidar la escena del sopapo y decida volver a casa. De otra cosa no, pero de borracheras para olvidar sabes demasiado y la experiencia te dice que tienes unas dos horas por delante. 

La casa del poli-maltratador esta en un área residencial prefabricada. Apartamentos diminutos con un trozo de jardín cuidado y aire aséptico. Das una vuelta por los alrededores. En la dirección del carné hay luz. Mala señal. Te detienes. A través de las cortinas ves armarios abriéndose y cerrándose con fuerza. Una figura femenina cogiendo ropa y haciendo jirones una camisa. Al parecer la dama va a levantar el vuelo y el fondo de armario de su cónyuge se va a ver mermado. Mejor para ti. Una mujer colérica puede serte de gran ayuda. 

Buscas dónde aparcar. No te cuesta mucho. Te acercas a pie. Despacio, vigilando a posibles vecinos ociosos con ganas de jugar a ser los Edgar Hoover del momento. Ni un alma. Al parecer el pueblo americano es honrado y trabajador y mañana madruga. A esas horas todas las persianas están bajadas. Perfecto. 

La puerta de la casa está abierta. Oyes gritos de mujer. Sacas el 38. Entras en tromba. Habla sola, acordándose de la puta madre del cobarde que le ha puesto la mano encima, jurándose que será la última vez. Escuchas una cremallera cerrándose y pasos apresurados. Tratas de esconderte en el recibidor. Tarde. Te encuentras de lleno con ella. Sofocas su grito poniéndole una mano en la boca. El cañón del revólver señala un sofá volcado en mitad de la sala. Abre los ojos, aterrada. Quedas fascinado por el color verde de sus iris. Os dirigís al centro del salón, o lo que queda de él. Una butaca volcada. El sofá recostado sobre uno de sus costados. El televisor reventado contra el suelo. Libros, cuadros. Un extraño collage en el suelo. Al parecer la muchacha tiene un pronto terrible. 

– Voy a quitar la mano- avisas-, y no vas a gritar. ¿Entendido? 

Movimiento afirmativo. 

Cumples con lo prometido. 

Es una mujer realmente hermosa. Sientes repulsión por el hombre que le ha aplaudido la cara. Ella tiembla. Un collar tintinea con cada movimiento. Tienes poco tiempo. Es cuestión de minutos que se recupere del shock y empiece a gritar. 

– No tienes nada que temer- hablas despacio, con calma-. No sé qué ha pasado aquí y tampoco me importa. Soy de Asuntos Internos. 

Ella abre la boca, pero parece pensarlo mejor y calla. Te fijas en la maleta. 

– ¿Ibas a algún lado? 

Un coche pasa por la calle. La claridad de sus faros se cuela como un mirón a través de las cortinas. Ves que tiene el carrillo morado e inflamado. El giro de las ruedas barre la habitación. El ataque de ira lo ha convertido en un campo de batalla. Mal asunto. Cuando el macho herido vuelva a casa dispuesto a reconciliarse con un poco de sexo desapasionado en la postura del misionero y lo vea, se va a cabrear un poco. 

– No digas nada- está temblando demasiado como para poder articular palabra alguna-. Coge tus cosas y vete. No tienes nada que temer. 

Parece volver en sí. Te mira, estudiándote. Pasas el examen. Coge la maleta y pasa delante tuya. Un perfume caro flota en el ambiente, despertando en ti un deseo carnal que te cuesta controlar. 

– Gracias- dice dándose la vuelta-. En la cocina guarda un Remington. Es muy impulsivo-titubea-, agente. No es un mal hombre, pero tiene demasiada… 

– Vete- le cortas antes de que la complicidad con el maltratador le haga pensánserlo mejor y opte por recogerlo todo y esperar a su verdugo con un rico pastel de carne en una mano y un sentimiento de culpabilidad en la otra. 

La puerta se cierra. Te quedas solo. 

Primera medida de seguridad: localizar las armas y dejarlas a buen recaudo. 

Segunda: apagar la luz, así la sorpresa será otro punto a tu favor. 

Tercera: esperar. Es cuestión de tiempo que ese hijo de puta haga acto de presencia y pueda empezar la función. 

Más tarde. 

Una y media de la mañana. La puerta se abre. Tú estás sentado en la butaca, fumando. El 38 en una mano. Las armas de la casa a tus pies. Un Colt45, un Remington y un par de revólveres que parecen sacados de una peli del salvaje oeste. El recién llegado no se percata de tu presencia. 

Da la luz. Esta de espaldas a ti. Las manos apoyadas en la pared. Apesta a alcohol. Mira a ambos lados, como si no supiera dónde está. Al fin se da cuenta. El caos que reina en la habitación le saluda como una venérea tras días de silenciosa incubación: ¡Sorpresa! 

– ¡Puta puerca!- grita, peleando por mantenerse en pie- ¡Ven aquí ahora mismo guarra! Voy a enseñarte yo a hacer esto. ¡Puta! 

Te sientes incómodo. Invisible. La cólera empieza a congestionar su rostro. Tiene las mandíbulas apretadas y un par de venas palpitándole en los parietales. Decides hacer una entrada triunfal en escena. Amartillas el 38. Clic. 

El chasquido parece desconcertarle. Al fin se fija en ti. Te mira como si le costara enfocarte y la boca abierta. 

– ¿Quién eres? ¿Qué coño haces aquí? Soy agente de policía- dice arrastrando las palabras, si bien no queda ni rastro de los aires de tío duro con los que ha entrado en la casa. 

No respondes. Quieres que se encabrone lo suficiente como para atacarte. Te mueres de ganas por romperle la cara y la ocasión te viene que ni pintada. 

– ¡Qué haces aquí! ¿Eres uno de los que se follan a la puta de mi mujer y vienes a extorsionarme? Lo sé, escoria. Lo sé todo- la adrenalina parece haber eliminado el alcohol de su sangre-. Pues conmigo no vas a poder, hijo de puta. 

A medida que grita se va acercando a ti. El 38 se levanta, como una polla erecta, apuntándole de lleno las pelotas. Se lleva la mano derecha a la altura de los riñones. Tensión. Escuchas cómo se palmea la espalda buscando un arma que no lleva encima. Hora de empezar a poner las cosas en su sitio. 

Te pones en pie. Él recula. Plas. Bofetón. Cae de rodillas. Te mira asustado. La mano que buscaba el arma ahora palpa su mejilla. Le escupes. Patada en las costillas. Se queda sin aire. Tienes ganas de más, pero te contienes. De momento. 

– Podemos llegar a un acuerdo- dice con voz lastimera, así como de niño apaleado por chivarse de los repetidores de la clase-. Siento haberla pegado, pero… 

Nueva patada. Ésta a la altura del hígado. Si hay una hemorragia interna, con la cantidad de alcohol que ha debido de depurar no hay riesgo de infección. Vuelve a boquear, buscando un aire que se niega a llegarle a los pulmones. 

– Nada de acuerdos. No sé de qué me hablas- mientes-. Estoy aquí por otros asuntos. 

Silencio a modo de respuesta. Tus palabras flotando en la habitación. Vuelves a intentarlo. 

– Estoy aquí por el hijo de McGregor. Desapareció. Me pagan por encontrarle. Y sé que la pasma está metida en el ajo. Cuenta y tal vez mañana veas un nuevo día. 

– ¿El hijo de McGregor? ¿El maricón? 

Pisotón en una mano. Hora de enseñar modales, ¿dónde quedó eso de todos somos iguales ante la ley y estamos al servicio del ciudadano? 

Tu suela se levanta dejando dos dedos doblados hacia el lado que la evolución decidió que no sería el óptimo para sus fines prensiles. Un grito de dolor. La cosa no ha hecho más que empezar, dice el gesto que le dedicas. 

– Me pagan por encontrar a William McGregor. Mis investigaciones me han llevado a ese garito en el que vendéis la hierba de su padre. Ahora quiero respuestas. 

Te fulmina con la mirada mientras trata de colocarse los dedos en su sitio. Mala idea. Una falange emite un desagradable chasquido y queda peor de lo que estaba. Nuevos gritos de dolor. Es cuestión de minutos que algún vecino os oiga y llame a la poli. Te arrodillas a su lado y le metes el 38 en la boca. Trata de hablar. Misión imposible. 

– Volvamos a intentarlo- dices con voz cansada-. La idea es sencilla. Yo pregunto. Tú respondes. Escucho lo que quiero oír, vives. Tratas de jugármela, lo de los dedos va a pasar a ser una preocupación secundaria. ¿Me sigues? 

Palabras ininteligibles que deben significar un sí rotundo. 

– Está bien. El revólver está amartillado. Voy a sacártelo de la puta boca. Como intentes algo, ya sabes lo que te espera. Vamos a hablar tú y yo como buenos amigos, ¿de acuerdo? 

– Sí- responde, masajeándose el maxilar inferior. 

– ¿Qué sabes de Willy McGregor? 

– Nada. Desapareció. 

– ¿Quién está detrás de su desaparición? 

– No lo sé. Su padre. Su amante. Yo qué sé- el 38 acercándose a su cara-. ¡Joder! No lo sé. Yo voy a ese tugurio de mierda a pillar hierba y buscar carnaza para que mi mujer se folle a alguien a quien extorsionar después. Sólo eso- la distancia entre el ánima del revólver y su cara disminuye. Las lágrimas amenazan con brotar de un momento a otro- ¡Lo juro! ¡Joder! No me mates. No sé nada. Lo juro. 

Resulta patético. Además de cornudo, apaleado. Pero hay que seguir apretándole las tuercas. 

– ¿Quieres seguir viviendo? 

– Sí. Joder. Claro que quiero seguir viviendo- su voz suena aguda, nerviosa. Está acojonado. 

– Bien- pausa para encenderse otro cigarrillo. Pericia cinematográfica. Un arma en una mano. En la otra un encendedor de gasolina. Chasquido de dedos: llama. Movimiento enérgico de muñeca: tapa cerrada. Das una calada-. Quiero nombres. ¿Quién está detrás de todo este tinglado? 

– No lo sé. 

Apoyas las rodillas sobre su pecho. Le empieza a faltar el aire. Le miras a los ojos con cara de tengo todo el tiempo del mundo. Repites la pregunta. Parece hacer memoria. 

– Russell. El poli al que mataron el otro día- dice, tratando de colártela. 

Das una calada. 

– No te creo. Yo maté a Russell por tratar de mentirme. Soy un ángel exterminador de los embusteros. Si sigues así, no creo que tardes mucho en poder hablar con él en el infierno- recalcas esto último presionándole la frente con el arma. 

– No. No. No, espera- suplica, tratando de apartar la cara- Está bien. Está bien. El poli que controla toda esta mierda es un pez gordo. No es de mi comisaría. Es un capitán… 

Clac. 

Una pieza encaja en tu cabeza. Russell diciendo «…es un héroe de guerra…». 

La foto de una orgía gay con un tío luciendo un tatuaje con la leyenda Made in Japan rodeando una cicatriz.

-… Patterson. 

La rabia se apodera de ti. Te sientes estafado. Se han reído de ti en tu puta cara. McGregor es un actor consumado. Maldito bastardo. El muy cabrón jugando al padre modélico preocupado por su hijo, jurando no tener ningún trato con Patterson. Y una polla. Te la han colado. Esto no va a quedar así. 

No. Ya no son negocios. Es personal. La voz de Joe retumba en tu cabeza, diciendo: « Dax, ya te lo dije. Tenías que haber cogido la pasta y salir por piernas. Aquí nadie es lo que parece». 

Pum. Pum. Pum. No eres consciente de lo que has hecho, pero la cara del niñato que tenías debajo ha desaparecido, dejando en su lugar una pulpa gelatinosa. El cañón del 38 echa humo. Sales a la calle. Nadie a la vista. Un par de mocosos lloran. Una mujer grita que ha oído disparos. La poli estará allí en pocos minutos. Es hora de largarse. 

Próxima estación: la casa del capitán Patterson. Va siendo hora de devolverle alguna de sus visitas. Si cuando amanezca aún respiras, ya tendrás tiempo de pensar en qué has hecho y hacia dónde huir. 

De momento, la sed de venganza te controla y lo único que te urge es acabar con todo de una puta vez. Carpe Diem y mañana Dios dirá.