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Reseña: La verdad más profunda, de Michel Koryta.

La verdad más profunda, de Michael Koryta

Reseña de ‘La verdad más profunda’ de Michael Koryta, editorial RBA por Germán González

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Habitualmente el punto definitivo de una investigación policial, sea literaria o real, es una confesión. Cuando alguien explica unos hechos  no se obtiene la verdad, simplemente se consigue que narre su propia visión, que puede ser diferente a la de otra persona que ha vivido esa misma situación. Sin embargo, la tarea de un buen investigador está en reunir todas esas verdades e intentar que se parezca lo más posible a la realidad más pura, apuntalada por pruebas sólidas evidentemente.
Por eso una confesión siempre tiende a facilitar la resolución de un caso. No es un final pero puede llevar más rápido a esa conclusión que cierre esos asuntos turbios con los que los detectives se obsesionan. Bajo esta premisa, el libro de Koryta nos ofrece una vuelta de tuerca a la novela negra con una confesión como punto de partida de toda una complicada historia.

La búsqueda compulsiva de esta verdad particular en la que cree el protagonista marca toda la novela. Para encontrarla el personaje principal, el arquetipo de investigador con poca experiencia y fantasmas del pasado rondando por su comportamiento presente, no dudará en contravenir las normas y poner en peligro su vida profesional y personal, que a veces es lo mismo, por encontrar una explicación a un doble crimen. Sin embargo, su actuación no es que permita encontrar el cabo del hilo de Ariadna en medio de un laberinto de mentiras, es que directamente le da por irse al encuentro del Minotauro.

Ese es el principal error de la novela. La única forma que el protagonista tiene de demostrar al mundo que se equivoca y que su verdad es la que cuenta no es reuniendo evidencias, ya que su investigación se agotó con una confesión, sino con un constante enfrentamiento al principal sospechoso una y otra vez con un impulso autodestructivo evidente propio de quien conserva traumas infantiles. Sin duda una posición bastante simple teniendo en cuenta que nos lo presentan como un experto en interrogatorios.

Suerte tiene la historia de los personajes secundarios. Desde los familiares de las víctimas  hasta la novia del protagonista pasando por esa arrepentida que da mucho sentido a la trama o un policía con muchos matices. Todos saben encauzar el libro de Koryta por la senda de una buena novela negra manteniendo la tensión sobre lo que se desconoce y ansiando que el investigador asome su cabeza del fondo del lago, donde la pierde casi literalmente, para  darse cuenta que hay otra verdad ahí fuera.

Y es que cuando aflora todo a la superficie la resolución es mucho más simple que la que pasaba por la cabeza del protagonista durante buena parte de la novela. No deja de ser un reflejo de la mente de un investigador recordarnos que se desdeña con demasiada facilidad el principio de la ‘navaja de Ockham’ durante el proceso de sacar la verdad a la luz y se apuesta por un complicado sistema de conspiraciones para esconder como alguien que presumiblemente tenía un intelecto inferior, aquí el agente del FBI peca de tener demasiados prejuicios sociales, nos ha engañada como ha querido.

Pese a que la historia es entretenida y una buena forma de soportar el calor del verano, el autor demuestra que no le importa presentar a su detective como casi un mero espectador de los hechos, incluso quedando en ridículo en algún momento que como quien debe resolver una verdad oculta en el fondo de una comunidad pesquera del norte de Estados Unidos. Y eso no le gusta a todo amante de la novela negra (principalmente al que crece con Holmes o Poirot) que tiende a identificarse con un protagonista seguro e infalible. Será que hay verdades absolutas que merecen ser descubiertas.

Michael Koryta

Michael Koryta nació en Indiana y antes de dedicarse a la literatura negra trabajó como detective y periodista, dos profesiones que sin duda le han servido para modelar sus novelas además de notar muchas referencias literarias en ellas. Su personal  estilo le han servido para vender muchos libros y aspirar a varios galardones internacionales como Los Angeles Times Book Prize, el Edgar Award, el Shamus Award, el Barry Award, el Quill Award y el International Thriller Writers Awards. Tiene una serie de novelas con el detective Lincoln Perry como protagonista.

 

 

Reseña: De otro lugar, de Óscar Montoya

De otro lugar, de Óscar Montoya

De otro lugar – Óscar Montoya – ADN Alianza de novelas por Alberto Pasamontes

Antonio Tojeira es gallego. Como tal, tiene un modo peculiar de ver la vida.

…no voy a deciros nada, ni que sí ni que no, así que ya podéis esperar. Los gallegos tenemos esa facultad. Podemos estar en un estrado mirando al público durante horas sin decir nada o diciendo cosas que no significan absolutamente nada. Es un gen nuestro, nihilista, por eso os resultamos tan exóticos.

Además de eso, Antonio Tojeira no es lo que se dice valiente. Eso no es por ser gallego. O sí, cualquiera sabe. Aunque tampoco se le puede llamar cobarde, eso no. Se toma la vida con calma y el trabajo también. Por cierto, da la casualidad de que es policía. Pero no un policía vocacional, sino porque… bueno, porque la vida a veces no va por donde uno la espera.

Antonio Tojeira está convencido de que los extraterrestres viven entre nosotros y de que el propio Jesucristo es un extraterrestre. Ah, sí. Se me olvidaba: nuestro protagonista vive en Alicante a principios de los años ochenta, y tiene esas pintorescas creencias porque es un ferviente admirador de J.J. Benitez y su Caballo de Troya, del doctor Jiménez del Oso y de Félix Rodríguez de la Fuente. Disfruta del clima, del sol, de las guiris en bikini, del Interviu, de los gin-tonics, y tiene una medio novia con derecho a roce que le echa las cartas. Sufre con el agua del grifo de Alicante, absolutamente imbebible (eso no ha cambiado con los años), y con una relación más que tirante con su madre. Claramente, la balanza de los pros pesa más que la de los contras, así que Antonio Tojeira se siente afortunado.

Pero claro, a este mundo hemos venido a sufrir, y más los protagonistas de una novela negra. Porque esta, además de distendida y ligera, no deja de ser una novela negra, y Antonio Tojeira verá su tranquila existencia turbada por dos acontecimientos imprevistos. A saber y a saber qué, que diría el gran Ángel de Andrés: la aparición de un cachorro de las juventudes de Fuerza Nueva decapitado bajo el Talgo Alicante-Madrid (no olvidemos las fechas en las que nos movemos), y una orden de la capital que exige el traslado de uno de los inspectores de la comisaría al agitado País Vasco de la transición. Como podrán suponer, nuestro hombre tiene todas las papeletas.

De otro lugar es una estupenda novela. Narrada en primera persona, uno llega a empatizar con el inspector Tojeira a pesar de sus muchos defectos y sus pocas virtudes. Los capítulos cortos, el tono de humor aderezado con un cierto desánimo que impregna toda la novela y el lenguaje coloquial y directo hacen de ella una lectura distendida y ligera, como he dicho más arriba, pero no por ello insulsa o carente de mensaje.

¿Nadie ha advertido que, en este país, cuanto más analfabeto es uno, más osado es? Yo no digo que sea una lumbrera, ya me gustaría. Lo único que digo es que con cuatro datos puedo salir del paso, y eso es lo más parecido a tener cultura.

Casi desde la primera página Óscar Montoya desliza magníficas reflexiones que, sorprendentemente, estaban tan vigentes en 1981 como lo están ahora, cuando algunos nostálgicos del oscuro régimen de otro gallego parecen resurgir de sus cenizas.

¿Esa es la clase de chusma a la que se le sale el corazón por la boca al escuchar el himno?

Y es que, por desgracia, parece que muchos hemos olvidado las consecuencias de seguir ciertas ideologías. En este país y en el resto del planeta, que para eso los españoles no tenemos la exclusiva, como casi en todos los campos. No solo eso; Montoya atiza con afinada puntería, entre otros objetivos, a la trastienda de la política, a los fanatismos, a los nacionalismos, al absurdo sentido gregario de pertenencia al grupo y el desprecio del pensamiento crítico individual.

Nada me asfixia tanto como el sentimiento de comunidad, de pertenecer a algo.

Con todos estos detalles, no me digan que no les han entrado unas ganas tremendas de hacerse con la novela. Háganlo, no lo duden. Solo el final me dejó un ligero regusto amargo, y es que, aunque funciona, peca de simple y no acaba de alcanzar el clímax. Eché de menos algo más de ritmo en las últimas páginas y una resolución más elaborada para una novela que, por lo demás, es tremendamente entretenida y que supone un magnífico debut para Óscar Montoya tanto en la novela negra como en la edición tradicional, pues su anterior obra, Últimos días de maternidad, apareció autopublicada en Amazon en 2017 bajo el seudónimo de Montoya Jackson.

Para que luego digan que de la autopublicación no sale nada bueno.

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Reseña: Prohibido fijar cárteles, de Paco Gómez Escribano.

Prohibido fijar cárteles

Prohibido fijar cárteles, de Paco Gómez Escribano por Josevi, editorial Milenio.

“Si alguien hubiera esperado más efusividad después de tantos años sería porque no sabe que en el barrio, la efusividad, la alegría y todas las demás mierdas se fueron filtrando lentamente por las rendijas de las alcantarillas.”

Si alguien dentro de cincuenta años se dedicara a editar una antología de la novela negra en España de principios de este puto siglo XXI, perdón se me contagia el lenguaje de El Tije y de El Lejía, Paco Gómez Escribano constará sin duda como uno de los principales autores de este puto (otra vez) subgénero quinqui o como al susodicho le salga del bálano definir este tipo de historias.

Arrastra, como sin duda pasa en las anteriores novelas un humor tan sarcástico y pesimista que destroza los ánimos hasta del más pintado, sobre todo del de aquel que se cree que vive en un barrio medio-alto porque no quiere mirar atrás. Un nuevo mundo que los del barrio de Canillejas saben que es un invento de quienes quieren mantenerse alejados. Salieron de éste. Es su pena. Son muchos.

Un barrio real en el que a menudo se desprecia la vida, donde se desconoce la palabra “futuro” ni nada que se le parezca. Una hostia de realidad y de miseria, un mundo que la frívola televisión únicamente utiliza para mantener sus mierdas de audiencias y para mostrarnos aquello de lo que nos interesa mantenernos apartado, de lo que debemos de dar gracias de no pertenecer aunque hayamos nacido en su seno.

A groso modo la sinopsis sería la siguiente: El Lejía vuelve al barrio después de estar media vida en distintos destinos internacionales con su unidad en la Legión. En el bar del Chino se encuentra con el Tijeras, uno de sus antiguos amigos. A ellos se une el Pipo, otro antiguo amigo al que han soltado de la cárcel porque tiene una enfermedad terminal. Los tres tienen un turbio pasado de drogas y delincuencia que han dejado atrás. Ya solo quieren beber y estar tranquilos, pero la vida no es como se desea, sino como viene. Y una mafia rumana viene a alterar la concordia.

A mí, personalmente es una historia que me interesa, con unos personajes fascinantes y que gozan de algo que los demás no tenemos cojones (otra vez El Tije) de desprendernos: el miedo, el miedo a perder la poca miseria que poseemos, y que nuestro trío (El Tije, El Lejía y el Pipo) y algunos otros ya nos les queda, la miseria me refiero. Sería una liberación perder el miedo a perder. En el fondo no sé si es envidia.

Una novela que puede presumir de uno de sus criterios fundacionales, la crítica social. No sé si es una intención de Paco, permíteme, pero si no fue así tiene en este sentido su peso en oro. No todo es como nos lo enseñan. Este mundo, a pesar de los medios, continúa existiendo, al menos como a mí me enseñaron y nunca, nunca se deben olvidar las propias raíces aunque no sean encomiables.

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