Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 11-12

Menage a trois estilo costa oeste

11 

La atmósfera dentro del coche es agobiante. Hace calor y el humo de los cigarrillos te hace sentir inmerso en una niebla gris y densa. O´Connor ha cumplido, otra vez. Ha conseguido un coche. Y no sólo eso, con llaves incluidas. No has preguntado mucho sobre la adquisición. Él ha dicho no sabes qué sobre un favor que alguien le debía, y que esa era la manera que ha tenido de saldar la deuda. Perfecto. Un flamante Chevy de mediados de los 50. Un poco viejo pero bien cuidado. Suficiente para la labor que te traes entre manos. Lo único malo es el confort. Llevas tres horas aparcado cerca de la comisaría y tienes la espalda convertida en un campo de cultivo de dolores musculares. Por lo demás, no hay queja. Comida china en una bolsa, dos botellas de refresco: una llena de Coca-Cola, la otra a modo de urinario portátil, y dos paquetes de Pall Mall sin abrir en el asiento del copiloto. Los compañeros de viaje perfectos para una misión de seguimiento. 

Te sientes pletórico. En forma, como si la abstinencia te hubiera hecho rejuvenecer varios años en pocos días, te tiemblan un poco las manos, pero lo achacas a los nervios y no a la desesperación de tu cuerpo pidiendo su dosis diaria de veneno 

Das una última calada entrecerrando un ojo y desmenuzas el cigarro en el cenicero. Hace rato que ha anochecido y el riesgo a que una brasa anaranjada dentro del coche te delate está ahí. Pero lo peor no es eso, si no la soledad. El tiempo pasa despacio. Casi lamentas haber dicho a O´Connor que no era necesario que te acompañara. Cuatro ojos ven mejor que dos. Pero has preferido darle su dinero semanal y dejarle que se encargara de acortar su esperanza de vida. Bastante ha hecho. Te sientes en deuda con él; y el haberle dado por muerto te obliga a no cargarle de responsabilidades innecesarias. 

De momento sabes lo suficiente. McGregor y los suyos son gente peligrosa que camina entre las sombras. Nadie sospecha nada sobre sus negocios, aunque han dejado claro que no se andan con tonterías. Por su parte, la desaparición de Willy McGergor tiene demasiadas preguntas aún por responder, y los que te interrogaron en el aparcamiento no han vuelto a dar señales de vida. De momento. A eso se resume todo cuanto tienes y la única manera de poder avanzar es tirar poco a poco del único cabo suelto que has encontrado en toda la madeja: Patterson. 

Hay movimiento en la puerta de la comisaría. Llevas la mano al contacto y jugueteas con el llavero. En cuanto le veas empieza el seguimiento. Recuerdas perfectamente la mecánica del asunto. Sólo es cuestión de dejar un par de coches por delante. Si el sospechoso entraba en una zona residencial o algún lugar en el que pudiera dar esquinazo al perseguidor, nada de acercarse. Siempre muchos metros de distancia. Si se le perdía la pista, nada de pararse y empezar a husmear por calles perpendiculares. Seguir de frente y probar suerte otro día. Lo has hecho cientos de veces, no hay lugar para el error…

Falsa alarma. 

Ninguno de ellos es tu hombre. Toca joderse y seguir esperando. No hay prisa. Sabes que está allí. Hace una hora recurriste al clásico truco de llamar desde un teléfono público preguntado por él. Una secretaria de voz cantarina te ha pasado con su despacho. No has dicho nada. Sólo has esperado a escucharle preguntar quién es varias veces y has colgado. La presa estaba en su guarida. 

Las luces de los despachos empiezan a apagarse una tras otra. Parece que hay toque de queda o que ningún poli quiere echar horas extra. Es viernes por la noche. Hay prisa por salir de allí, llegar a casa y desconectar unos días. El crimen nunca descansa y la rutina de los patrulleros libres de servicio el fin de semana volverá a comenzar el lunes. 

Nuevo movimiento en la puerta. 

Le ves salir a pie. Maldices entre dientes. No te has parado a pensar que quizá no vaya a casa, y que si lo hace, tal vez lo haga andando. Eso lo cambiaría todo. Tu dispositivo se iría a la mierda y te tocaría empezar desde cero otro día, algo que ya sí podría ser peligroso. 

Parece que al final hay suerte. Cruza por delante de ti y se mete en un Ford aparcado tres coches a tu derecha. Arranca el motor y se despide de un grupo de polis del turno de noche que sale a patrullar con una ráfaga de luces. Después, se marcha despacio. No parece tener demasiada prisa por llegar a donde se dirija. Dejas pasar un par de minutos y le sigues. Hay poco tráfico a esas horas y no te va a resultar demasiado complicado seguirle. El problema es que te vea. 

Pasáis por calles secundarias hasta una carretera amplia, de varios carriles. Parece ser que se dirige a la zona de Berverly Hills. Bajas la ventanilla y enciendes un cigarrillo. El aire te despeja. A ojo, la distancia entre el coche de Patterson y el tuyo es de más de doscientos metros. Suficiente. En su retrovisor no eres más mancha borrosa. Mejor así. El capitán Patterson es un hijo de puta de una hornada anterior a la tuya. Un tío duro de verdad. Combatió en la Segunda Guerra Mundial y fue condecorado por hundir un barco lleno de japos en las costas de Guadalcanal. Y algo te dice que no te gustaría saber qué te haría en caso de descubrirte. En tus tiempos de patrullero ya corrían rumores sobre su brutalidad, de sus métodos y de la cantidad de detenidos que tenían que pasar por cuidados intensivos después de tener un careo con él. 

Patterson pone el intermitente derecho. Levantas el pie del acelerador. Esperas hasta verle tomar el desvío. Le sigues. No te has fijado hacia dónde os dirigís, pero tampoco es que te mueras por saberlo. Total, si las cosas se ponen feas no vas a pedir refuerzos, así que poco te importa el destino.

Pasáis por una zona que parece un polígono industrial o algo por el estilo. Grúas y maquinaria pesada. El músculo americano cerca de una zona rica y exclusiva destinada a gente pudiente. Un grupo de prostitutas ve las luces de los coches y se acerca a la carretera a la caza de clientes. Tu presa pasa de largo reduciendo la velocidad. Tú te detienes. Te ves rodeado de tías medio desnudas de diferentes nacionalidades y razas. 

Te fijas en una negra de pelo rizado y ojos verdes, casi felinos. La señalas con el dedo y le dices que monte. Tiras la comida y las botellas al asiento trasero. Las otras se quejan y exclaman que la que has elegido tiene sífilis y mil enfermedades más. No les haces ni puto caso. No has acudido allí con fines carnales. Vuelves a arrancar y conduces despacio, como buscando un lugar apartado y tranquilo. Ves el coche junto a un cierre. Patterson se baja con algo que parece un maletín y pulsa un timbre. Desde dentro alguien abre. Discuten. Aparcas un par de almacenes más allá. Tu acompañante te mira. No has abierto la boca, y se limita a preguntarte con la mirada que qué vas a querer. Te sientes incómodo, sucio. Ella sonríe y posa una mano en tu pantalón. Echas la cabeza hacia atrás. Es una situación violenta, a la vez que tentadora. Procuras dejarte llevar, no pensar. Ella parece leerte el pensamiento. Te desabrocha el pantalón y antes de que sepas qué está pasando, apoya su cabeza en tu regazo. Suspiras al sentir el tacto cálido y suave de su lengua en tu glande. Te estremeces. Al principio tratas de oponer cierta resistencia. Finalmente te abandonas y te dejas hacer. Desde donde estás ves el coche de Patterson. No hay prisa. No todo va a ser trabajar. De vez en cuando hay que disfrutar de la vida y sus pequeños placeres. 

Una mamada, un intento de conversación postorgasmo y dos cigarrillos después, ves salir a Patterson. Le acompaña un tío que está de espaldas a ti. Fuman bajo la luz de una farola. Parecen agitados, nerviosos. Se limita a asentir con la cabeza, el otro es el que lleva la voz cantante. No sabes de qué están hablando, pero debe ser importante. La chica hace un ademán de bajarse del coche. Ha cumplido, le has pagado y parece ser que se siente incómoda. Le agarras del brazo y sacas 20 pavos del bolsillo. No sabes si es una exageración, las tarifas puteriles hace tiempo que dejaron de importante, pero a juzgar por lo que te ha cobrado por el servicio anterior y la cara que pone, debe ser un maná llovido del cielo para ella. 

Sin dudarlo, coge la pasta y vuelve a acariciarte la entrepierna. Tu polla no tarda en ponerse firme, lista para pasar revista una vez más. Al parecer ha estado demasiado tiempo dormida, sin ningún estímulo y claro, ahora que ha despertado tiene ganas de trasnochar. No dices nada. Ella se encarga, otra vez, de hacerlo todo. Te muerde el lóbulo de una oreja y te jadea al oído. Del bolso saca un condón grueso como una lona. Te lo pone en un visto y no visto. Te oprime en la base del pene, pero no protestas. Patterson y su compañero siguen a lo suyo. Tu acompañante se te monta encima, a horcajadas. La espalda apoyada en el volante. Te mira de manera sensual, se escupe en la palma de la mano y te embadurna la polla con saliva. Al parecer, la diferencia entre el amor y el sexo radica en la lubricación, piensas. No te da tiempo a reírte de tu propio chiste. Con un poco de esfuerzo ya estás dentro de ella. Se mueve despacio, haciéndote disfrutar. No sabes cuándo fue la última vez que la metiste en caliente, pero estás casi seguro al 100 por 100 de que un tu puta vida te han follado así. Estás en el séptimo cielo y tu racismo empieza a diluirse entre jadeos y respiraciones entrecortadas. 

Empieza a moverse más deprisa. La suspensión del Chevy chirría. No te importa que te descubran con las manos en la masa. Ella se aprieta contra tí y comienza a mordisquearte los trapecios. Dentro del coche empieza a oler a sexo sucio y sudor. Por encima de su clavícula ves, a intervalos más o menos regulares, las dos siluetas que siguen con su conversación. Contracción. Espasmo. Contracción. Espasmo. Chorro de semen. Emites un jadeo agudo y prolongado al tiempo que te estremeces de placer. Ella se levanta. Recoge sus cosas y se viste a toda prisa. Al parecer sólo te quería por tu dinero, no por lo simpático y romántico que puedes llegar a ser tras copular en silencio. 

Te acomodas. Tu pene flácido sigue dentro de su funda de goma. Le quitas el condón y lo cubres con tus calzoncillos blancos repletos de manchas amarillentas, no sea que se vaya a constipar. Enciendes un cigarro y fumas despacio. Saboreando lo que acabas de experimentar mientras Patterson parece despedirse de su acompañante. 

Les ves darse la mano. Un abrazo entre amigos y se separan. Uno vuelve a entrar en el almacén y el otro a su coche. El cierre cae con pesadez. Patterson arranca y se dirige a la carretera. Acabas el cigarro y esperas unos minutos antes de salir tras él. Volvéis en dirección a la comisaría. Ahora parece tener prisa. Tratas de no perderle de vista, aunque la tarea se te antoja algo complicada. 

Pasáis de largo la salida por la que os habéis incorporado antes. No hay problema. Hay gasolina de sobra en el depósito y tienes todo el tiempo del mundo para seguirle. En algún momento tendrá que detenerse. 

Veinte minutos más tarde ese momento se materializa.

Entráis en una zona residencial. Mal asunto. Casitas blancas con un pedazo de jardín minúsculo a ambos lados, delimitados por cercas de madera y calles asfaltadas. Todo el mundo se conoce en un sitio así. Le ves meterse por una calle lateral. Al parecer no se ha fijado en que le estabas siguiendo, o tal vez sí y esto no sea más que una encerrona. Sólo hay una forma de salir de dudas y eso haces.

Apagas las luces y conduces a oscuras, despacio. Hay pocas farolas y la iluminación es pésima. No te cuesta encontrar un sitio donde aparcar. Te detienes junto a una valla pintada de blanco que emite unas fantasmagóricas fosforescencias. Apagas el motor. Permaneces vigilante, al acecho. Ni rastro de Patterson. Escuchas cómo chirrían unos muelles y algo metálico roza unos segundos el suelo. Intuyes que está abriendo el garaje. Bajas del coche y caminas deprisa hacia donde le has visto girar. Te agazapas detrás de unos arbustos. Ahí está. Le puedes ver claramente. El portón del garaje abierto. Él entrando despacio. El motor ronroneando alegre como un gato feliz en brazos de un niño que lo mima y acaricia. El crack áspero del freno de mano al estacionarse. El contacto apagando el ralentí y la puerta del conductor cerrándose de golpe. Aguardas al amparo de las sombras. Tienes muy claro qué hacer, y lo primero es eso: esperar. 

Una luz dentro de la casa cobra vida en la parte superior. Ves su silueta en la ventana. Se está desnudando. Aún no es el momento. Sigues esperando. La luz vuelve a apagarse. Ahora sí. Hora de empezar a fisgonear como un voyeur pervertido y salido al acecho de fetiches con los que masturbarse. 

Sales de tu escondite y te acercas. Es la típica casa de la clase media de después del babyboom de finales de los cuarenta, cuando se había ganado una guerra y la gente follaba como conejos, tú entre ellos, con su típica mosquitera cubriendo las ventanas y la puerta de entrada, dos alturas y un porche de tamaño gigante acristalado y blindado a los curiosos con gruesas cortinas. La parte superior tiene dos ventanas amplias. Dos dormitorios, deduces. Sigues inspeccionando la zona buscando algo que te dé información sobre la vida privada del inquilino. Una bicicleta encadenada a un poste, unas jardineras repletas de margaritas o algo por el estilo. Pero no ves nada. Al parecer Patterson no tiene ni niños ni mujer. Bordeas la casa tratando que las sombras no te jueguen una mala pasada. Tampoco parece tener perro guardián. Mejor para ti. 

La parte de atrás es un patio con suelo de cemento y una cerca de madera de metro y medio de altura. Todo está impoluto. Recogido. Una barbacoa en un rincón y poco más. 

Te acercas a la fachada. No crees que tu suerte sea tan descomunal, pero tienes que intentarlo. La puerta trasera está cerrada con llave. Parece débil y endeble. El cierre lo podía abrir un niño de cinco años con las herramientas adecuadas o diciéndole a su hermano el matón de doce que lo reviente de una patada. 

Tomas nota mental de ello. Abres el cubo de basura en busca de algo que pudiera incriminar a Patterson, pero está vacío. Tu fortuna parece esfumarse por momentos. Vuelves a taparlo, procurando no hacer demasiado ruido y caminas sobre tus pasos. Una luz se enciende encima de tu cabeza. Te agachas instintivamente. Le escuchas maldecir y sentarse en el váter. Al parecer tiene diarrea. La mierda escapa en aspersión de sus entrañas a escasos centímetros de tu cabeza. Sientes asco. Termina la faena, tira de la cadena, murmura algo y apaga la luz antes de cerrar la puerta. Cuentas mentalmente hasta treinta y te marchas de allí pitando. Ya has tentado demasiado a la suerte por hoy.

12

Estás en el despacho matando el tiempo como buenamente puedes. Por increíble que parezca, el aire allí dentro ha perdido su habitual peste a tabaco, sudor y alcohol. A la mañana siguiente de seguir a Patterson decidiste limpiar. Sigues sin saber la razón, pero algo dentro de ti se despertó y, como guiado por un impulso, abriste la ventana. Vía libre para deshacerte de la mierda que te rodeaba y los recuerdos. Botellas, papeles, restos de comida… Todo siguió el mismo camino, caída libre entre las exclamaciones de los mendigos que veían llover desperdicios y las quejas de algún transeúnte quisquilloso. 

El siguiente paso era obligatorio: visitar la tienda de Wang. Compra de artículos básicos de limpieza: cubo, fregona, detergente y ambientador con aroma de limón. Horas de trabajo, litros de agua ennegrecida, y como resultado un suelo brillante y un gratificante aroma cítrico flotando en el ambiente para nivelar los chacras y las buenas vibraciones. Ni tú mismo te creías el cambio. 

Hecho esto, pasaste a centrarte en el caso. Ideas. Pesquisas. Teorías. Páginas emborronadas buscando una conexión McGregor-Patterson… Pero nada. Pistas y preguntas sin respuesta. 

¿Qué hacía Patterson en un almacén de una zona industrial repleta de putas a esas horas de la 

noche? 

No lo sabes. 

¿Qué une a un capitán de policía con alguien como McGregor? 

Más de lo mismo: ni puta idea.

¿Por qué el nombre de Patterson aparecía cubierto de líquido corrector en el informe policial y sustituido por el del tal Johnson? 

Alguna idea al respecto: la unión McGregor- Patterson existe, aunque no sepas cuál es. Tal vez Patterson llevó el caso en un principio (¿como favor personal a McGregor padre?, apuntas en tu libreta), algo aparentemente sencillo a fin de cuentas: encontrar al hijo homosexual de Fred McGregor…

Problema. 

El mariposón no apareció. No se pudo ampliar el radio de búsqueda, y el caso quedó en punto muerto. Pasó el tiempo. Patterson tiró la toalla y decidió cargarle el muerto a otro. Asunto cerrado. 

Una circunferencia que te vuelve a llevar al punto de partida: ¿quién o qué es lo que les une? 

Tormenta de ideas lo llaman los tecnólogos. Para ti, un dolor de cabeza. Nombres. Suposiciones. Tachones. Tal vez, piensas, Patterson siguió el caso del amigo de Willy McGregor. Una desaparición en toda regla. Y al no encontrar el cuerpo le pasó el caso a Johnson… 

… No. No puede ser. Otro tachón. La policía no sabe nada de eso. El expediente hablaba de desaparición. Nada más. No había nada que lo vinculara a otro caso…  

Tienes que hablar con Russell. Va a ser caro, pero tienes que intentarlo. Sólo él tiene acceso a los archivos y una comisaría no es una puta biblioteca a la que acudir a pedir documentación. Necesitas un favor, y los favores se pagan. Repasas mentalmente cuánta pasta te queda. Los servicios de Russell te van a dejar sin blanca, pero es lo que toca. En un par de días te pasarás por el Roastbeef café a hacerle el encargo. 

Mientras tanto, te toca seguir pensando. 

Y si… 

Tal vez… 

Podría ser… 

Una nueva teoría emerge de la nada: el amigo mata a Willy McGregor. Papá McGregor se entera. Manda ejecutar al asesino de su hijo. Pasan unos meses. Las cosas se complican, no sabes por qué, pero das por hecho que las cosas se tuercen y te contratan a ti para husmear y que dé la sensación de que lo del pequeño McGregor no fue más que una desaparición sin más. 

«… Aquí nadie es lo que parece… ».

No. Muy rebuscado y sin argumentos. Demasiada gente implicada en saber dónde anda el fugitivo. El propio Joe te ha invitado a coger la pasta y desaparecer del mapa. A Bobby le borraron media cara de un disparo por ponerse nervioso y hablar más de la cuenta. Si Willy fuera pasto de gusanos no se habrían tomado tantas molestias por hacerle callar. Y además estando tú delante… 

… O tal vez sí…  

Oíste decir a los polis del Roastbeef Cafe que Patterson estaba como loco por hacer creer al personal que el fiambre que se habían encontrado en un aparcamiento era el de Willy McGregor…  Pero ¿por qué? 

Cansado, tiras el bolígrafo sobre la mesa y te enciendes un cigarro. Sin alcohol de por medio, la gracia de fumar está perdiendo su encanto. Te sientes cansado, entumecido. La idea de bajar a tomar un café pasa por tu cabeza. Joe no vende cafés, para espabilar al personal ofrece otras cosas más efectivas. No hay ningún problema, hay más bares por la zona, aunque les falta la camaradería ente camarero y cliente como para considerar el lugar como tu bar. 

Das una calada. Bostezas y te desperezas. Tu cuerpo cruje, protestando por las horas que has permanecido sin cambiar de postura. Alguien llama a la puerta. La idea del café la dejas para otro momento. Te acomodas en la silla. 

– ¡Adelante! ¡Está abierto! – gritas. 

Nada. Nuevos golpes. 

– ¡Está abierto! ¡Adelante! 

Nada. Nuevos golpes. 

Te pones en pie. Abres el cajón y sacas el 38. El barrio ha estado muy tranquilo últimamente, pero al parecer la chusma está volviendo a sus quehaceres cotidianos: joder al prójimo para pillar su dosis. Te acercas a la puerta, despacio, apuntando al frente dispuesto a volarle las pelotas al primer hijo de puta que tengas a tiro. 

Sales al descansillo. Ni un alma. Está oscuro desde que la poli mandara tapiar las ventanas para evitar nuevos aterrizajes forzosos. No se ve un alma. Escuchas carreras escaleras abajo. No lo dudas, ya que te has levantado del asiento no vas a dejar que se vayan de rositas. Amartillas el arma, clic, y sales tras ellos. Les vas a enseñar educación y modales. 

Das un paso. No más, el siguiente se queda en el intento. Alguien te pone una bolsa de tela negra en la cabeza. Forcejeas. Un golpe en la espalda, a la altura de los riñones, te hace caer de rodillas. Un segundo impacto, en la cara interna del antebrazo, te desarma al instante. Sientes un hormigueo incómodo en la punta de los dedos. Te empieza a faltar el aire. No sabes qué está pasando. 

– Llevadle dentro- dice una voz que te resulta familiar. 

Te arrastran por el suelo. Escuchas cómo cierran la puerta. Calculas que estás en mitad de la habitación. Alguien camina en círculos a tu alrededor, como un chacal ante una presa potencial. Al acecho. Con calma. Sabiendo que el tiempo juega a su favor. 

– Bien, Dax- dice. Ya le ubicas. El aparcamiento. Las caricias del tío que tenías detrás. Tu estancia en el hospital…-. Ya te dije que volveríamos a hacerte una visita. ¿Qué tal va todo? 

Silencio. 

– Parece que estás poco comunicativo. Eso está bien. Uno de mis chicos te ayudará a hablar, no te preocupes. 

Escuchas pasos detrás de ti. Sabes lo que está por venir. El primer golpe impacta de lleno en el mismo punto que el anterior. Una voz estalla en tu interior, aconsejándote que si no quieres mear sangre durante meses, lo mejor es que colabores y hables de una puta vez. 

– Probemos otra vez. ¿Qué tal va todo?- calculas que debe estar cerca de la mesa-. Veo que estás haciendo los deberes. No entiendo una mierda de lo que pone en esta libreta, pero así me gusta, trabajando. No todo va a ser ocio e irse de putas…  

Hace una pausa. Se acerca a vosotros. 

– ¿Has descubierto algo sobre nuestro amigo en común? 

Niegas con la cabeza. Al parecer la bolsa no le permite ver tu negación. 

– Te he hecho una pregunta, Dax. 

– No. No he descubierto nada- respondes a toda prisa, tratando de evitar un nuevo golpe. 

– ¿Seguro? 

– Sí, joder- protestas. La atmósfera dentro de la bolsa empieza a ser húmeda e irrespirable-. He estado ocupado en otros casos… 

– Otros casos. Ya, supongo que estarás muy ocupado- ironiza-… Veo que has hecho limpieza, Dax. La verdad es que da gusto entrar aquí sin que parezca el cuarto trastero de un demente. Muy acertado, sin olvidarse del detalle del ambientador. Aquí antes olía a alguien muerto en vida. Ahora, en cambio, huele a alguien vivo que puede morir. Me gusta. 

Te quedas de piedra. Deduces que han estado en tu despacho antes sin que te hayas percatado de ello. En vuestro anterior encuentro te dijeron que te estaban siguiendo, pero no sospechabas que su seguimiento hubiera llegado tan lejos. 

– Tranquilo. No te pongas nervioso. Entramos sólo para echar un ojo, nada más. No nos llevamos nada de valor. 

El que tienes detrás se ríe. Sus carcajadas suenan graves. Te le imaginas como un monstruo de voz gutural y aspecto infantil. Grandullón, musculoso, de poco seso. El cliché perfecto del matón con menos luces que un concurso de belleza en la América Profunda, de nudillos magullados y que no llega a viejo.

– Pero ya te digo, eso no importa una mierda. ¿Qué has descubierto? 

– Nada- un tono insolente acompaña a tus palabras. El riesgo de recibir una nueva caricia no parece importarte. Estás rabioso, enfadado. Y tu integridad física ha pasado a un segundo plano ante la ira que empieza a llevar la voz cantante-. No he descubierto nada. Willy McGregor desapareció. Parece como si se lo hubiera tragado la tierra… eso, o… que está muerto y esto no es más que una cortina de humo para guardar las apariencias. 

– ¿Tú crees que todo esto es una cortina de humo? Yo te digo que Willy McGregor está vivito y coleando. 

– Si tan seguro estás, dime dónde está y me paso a recogerle. O mejor aún… 

No acabas la frase. Has cruzado la línea de su paciencia. Un puñetazo en los dientes te hace callar. La boca te sabe a sangre. Te pasas la lengua sobre los incisivos. Al parecer sólo ha sido el golpe, no encuentras ninguna baja que lamentar a la hora de comer. 

– Te lo voy a advertir una vez. Sólo una. No te hagas el gracioso con nosotros, Dax. Tienes la de perder. ¿Ha quedado claro? 

Claro no, transparente, piensas, aunque optas por responder con un sólo monosílabo: sí. 

– Bien. En ese caso, ¿qué has descubierto? 

– Nada. No hay nada a lo que aferrarse. Lo digo de verdad- empiezas a ponerte nervioso-. No sé dónde está Willy McGregor ni si está vivo. 

– Entonces, ¿qué hacías con el poli ese en un bungalow a pie de playa? Al final Bobby iba a tener razón cuando dijo que eras una maricona vieja y pervertida. 

Las palabras quedan suspendidas en el aire. En otras circunstancias mostrarías tu virilidad a golpes pero no estás en condiciones de enseñar nada. Te sientes impotente, insultado. Humillado en tu propio despacho. Un viejo, eso es, un viejo frágil que se ha metido de lleno en la boca del lobo creyéndose alguien cuando no es más que el recuerdo de lo que una vez fue. 

– Le pedí información- dices con un hilo de voz. La sangre te gotea por la barbilla-. Pero no he sacado nada en claro. El informe policial no decía nada que no supiera ya. 

– Comprendo, comprendo- parece pensar su próximo movimiento, como un ajedrecista consumado y experimentado. Es un jodido experto en la tortura psicológica, eso es innegable-… Por cierto, menuda sorpresa al descubrir que O´Connor sigue vivo, ¿no? 

Das un respingo. Te sientes desnudo, sin argumentos. Parece saber en todo momento qué te traes entre manos y eso no te gusta. Los consejos de Joe empiezan a ganar peso: coger la pasta y desaparecer. Pero, ¿a dónde? Estos hijos de puta son realmente buenos en lo que hacen. No sientes su aliento en la nuca, aunque sepas que los tienes encima. 

Un rayo de claridad pasa por tu cabeza: no son polis. Si lo fueran no habrían mencionado a O´Connor. Por lo que oíste en el Roastbeef Cafe habían encontrado un fiambre y Patterson estaba demasiado preocupado por pregonar a los cuatro vientos que era Willy McGregor. 

– Sabíamos desde el principio que tu pequeño pupilo estaba vivo, por eso no creímos necesario decirte nada. Además, estabas en el hospital y no sabíamos cómo te tomarías una visita por nuestra parte. Bueno, siendo francos, más que preocuparnos tu respuesta, lo que más nos preocupaba era cómo se lo podrían tomar los centuriones que te custodiaban. Ya sabes, son muy celosos con sus cosas. El jefe manda y ellos obedecen, o lo que es lo mismo: el chulo manda y la puta abre la boca. 

– ¿Cómo sabíais lo de O´Connor?- tratas de contenerlo, pero un tono agudo escapa de tu boca. 

– Dax, ¿cuándo aprenderás a escuchar? Es lo malo que tenéis los polis, o los que habéis sido de la pasma y ahora jugáis a ser Sherlock Holmes en versión americana. Todo en bruto, nada de pericia o ciencia. Sólo golpes, torturas y extorsión. Pero bueno, no voy a seguir por ese camino que no conduce a nada… El problema de la gente como tú, es que no escucháis, a no ser que se os diga lo que queréis oír. La otra vez que nos reunimos te lo advertí: te estamos vigilando. No me harías caso, o tal vez tengas amnesia por la edad y esas cosas, no lo sé. De todas formas, te lo repito: seguimos tus pasos. Es muy difícil que no sepamos dónde estás- hace una pausa. Le oyes encenderse un cigarro y dar una larga calada, creando expectación como un puto predicador frente a sus fieles antes de entrar en trance y contactar con el Creador-. ¿Quieres otra prueba de nuestra eficiencia? 

No respondes. Te sientes en sus manos y da igual lo que digas, sabes que te lo va a contar igualmente. Le gusta lo que hace y eres tú, y no él, quien tiene las de perder. 

– No digas nada, Dax. Así la sorpresa será mayor- sigue diciendo volviendo a andar por la habitación. El suelo y sus zapatos parecen haber entablado una lucha encarnizada de pitidos y sonidos desagradables-. Bonito coche el que os habéis agenciado tu socio y tú. Un trabajo impecable. Con llaves y todo. Una elección muy acertada. Ni muy ostentoso ni una chatarra rodante, algo ideal para no llamar la atención en vuestras pesquisas. 

– Eso es cosa de O´Connor. Le pedí un coche y me trajo ése. No pregunté. 

– Pues es raro que un poli no pregunte, ¿no te parece? 

Te encoges de hombros. La obviedad roza lo ridículo. Te mueves en un mundo complejo y alejado de lo oficial. Si no preguntas es porque hay veces que es preferible parecer gilipollas a abrir la boca y demostrar serlo. 

– Bueno, da igual amigo mío. Ha sido un placer volver a verte y comprobar de primera mano que te tomas en serio el caso. Las ideas que has apuntado en la libreta son interesantes. Ahí tienes la solución al paradero de Willy McGregor. Busca la conexión entre su padre y Patterson. Y una vez que des con ella, verás cómo todo cuadra a la perfección. Siento no poder decirte más, créeme. Pero mis fuentes también son limitadas y la información cuesta mucho dinero. 

Farfullas algo que la bolsa ahoga. No eres consciente de lo que has dicho, así que no te queda otra que agradecer el efecto insonorizante de tu nuevo atuendo. 

– Nos vamos a ir, Dax. Tendrás cosas que hacer y no queremos entretenerte más. Pero no temas, no te vamos a dejar inconsciente. Hoy no. A cambio te dejamos un regalito en la mesa, junto a las notas. Nosotros nos vamos, tú cuentas hasta cien en voz alta y después te quitas la capucha. Sé buen chico y no te compliques la vida haciendo trampas. Eso está muy mal visto. 

Algo cae sobre el tablero de la mesa. Plof. Escuchas pasos hacia la puerta. Empiezas a contar. 

– 1, 2, 3… 

La puerta se abre y se cierra. Sonríes. Alzas la voz. 

– … 4, 5, 6… 

Te pones en pie. Te quitas la bolsa de la cabeza. Respiras hondo. El 38 está en el suelo, a tu lado. Lo coges. Está cargado. Pobres gilipollas, piensas amartillándolo. 

– …7, 8, 9… 

Te acercas a la ventana. No se les ve por la calle. No han debido de tener tiempo de llegar aún al portal. Decides salir tras ellos escaleras abajo. Es tu turno de jugar al fascinante juego de 1, 2, 3, responda otra vez y si no nos gusta su respuesta, prepárese para recibir. 

– …10, 11, 12… 

Abres la puerta y avanzas con sigilo. Está oscuro. Apuntas a las sombras. No hay nadie en el descansillo. Empiezas a bajar las escaleras. Siguiente descansillo. Andas de puntillas, no quieres hacer ningún ruido que te delate. Nada. Ni un alma. Siguiente tramo de escaleras. Las empiezas a bajar algo más confiado. Levantas el arma, apuntando al techo, y aprietas el paso. A tu espalda suena un ruido extraño. Te das la vuelta. Tarde. Un golpe en el temporal izquierdo, un crochet a juzgar por la trayectoria, el área y la fuerza del impacto, te tira escaleras abajo. Estás aturdido. Grogui en términos pugilísticos. Ves cuatro piernas que se acercan a ti. 

– Eso no es lo que habíamos acordado, Dax- dice la misma voz que ha estado interrogándote en el despacho-. No está bien hacer trampas, ¿no crees? ¿qué ejemplo estás dando a las generaciones venideras? 

Tratas de reptar por el suelo y separarte de él. No puedes verle la cara. Ni a él ni a su acompañante. Sólo las piernas que se acercan a ti. Tienes miedo. Efectivamente, has hecho trampas, y a los tramposos se les castiga, pero cómo… 

Reseña: La verdad más profunda, de Michel Koryta.

La verdad más profunda, de Michael Koryta

Reseña de ‘La verdad más profunda’ de Michael Koryta, editorial RBA por Germán González

Comprar: La verda más profunda

Habitualmente el punto definitivo de una investigación policial, sea literaria o real, es una confesión. Cuando alguien explica unos hechos  no se obtiene la verdad, simplemente se consigue que narre su propia visión, que puede ser diferente a la de otra persona que ha vivido esa misma situación. Sin embargo, la tarea de un buen investigador está en reunir todas esas verdades e intentar que se parezca lo más posible a la realidad más pura, apuntalada por pruebas sólidas evidentemente.
Por eso una confesión siempre tiende a facilitar la resolución de un caso. No es un final pero puede llevar más rápido a esa conclusión que cierre esos asuntos turbios con los que los detectives se obsesionan. Bajo esta premisa, el libro de Koryta nos ofrece una vuelta de tuerca a la novela negra con una confesión como punto de partida de toda una complicada historia.

La búsqueda compulsiva de esta verdad particular en la que cree el protagonista marca toda la novela. Para encontrarla el personaje principal, el arquetipo de investigador con poca experiencia y fantasmas del pasado rondando por su comportamiento presente, no dudará en contravenir las normas y poner en peligro su vida profesional y personal, que a veces es lo mismo, por encontrar una explicación a un doble crimen. Sin embargo, su actuación no es que permita encontrar el cabo del hilo de Ariadna en medio de un laberinto de mentiras, es que directamente le da por irse al encuentro del Minotauro.

Ese es el principal error de la novela. La única forma que el protagonista tiene de demostrar al mundo que se equivoca y que su verdad es la que cuenta no es reuniendo evidencias, ya que su investigación se agotó con una confesión, sino con un constante enfrentamiento al principal sospechoso una y otra vez con un impulso autodestructivo evidente propio de quien conserva traumas infantiles. Sin duda una posición bastante simple teniendo en cuenta que nos lo presentan como un experto en interrogatorios.

Suerte tiene la historia de los personajes secundarios. Desde los familiares de las víctimas  hasta la novia del protagonista pasando por esa arrepentida que da mucho sentido a la trama o un policía con muchos matices. Todos saben encauzar el libro de Koryta por la senda de una buena novela negra manteniendo la tensión sobre lo que se desconoce y ansiando que el investigador asome su cabeza del fondo del lago, donde la pierde casi literalmente, para  darse cuenta que hay otra verdad ahí fuera.

Y es que cuando aflora todo a la superficie la resolución es mucho más simple que la que pasaba por la cabeza del protagonista durante buena parte de la novela. No deja de ser un reflejo de la mente de un investigador recordarnos que se desdeña con demasiada facilidad el principio de la ‘navaja de Ockham’ durante el proceso de sacar la verdad a la luz y se apuesta por un complicado sistema de conspiraciones para esconder como alguien que presumiblemente tenía un intelecto inferior, aquí el agente del FBI peca de tener demasiados prejuicios sociales, nos ha engañada como ha querido.

Pese a que la historia es entretenida y una buena forma de soportar el calor del verano, el autor demuestra que no le importa presentar a su detective como casi un mero espectador de los hechos, incluso quedando en ridículo en algún momento que como quien debe resolver una verdad oculta en el fondo de una comunidad pesquera del norte de Estados Unidos. Y eso no le gusta a todo amante de la novela negra (principalmente al que crece con Holmes o Poirot) que tiende a identificarse con un protagonista seguro e infalible. Será que hay verdades absolutas que merecen ser descubiertas.

Michael Koryta

Michael Koryta nació en Indiana y antes de dedicarse a la literatura negra trabajó como detective y periodista, dos profesiones que sin duda le han servido para modelar sus novelas además de notar muchas referencias literarias en ellas. Su personal  estilo le han servido para vender muchos libros y aspirar a varios galardones internacionales como Los Angeles Times Book Prize, el Edgar Award, el Shamus Award, el Barry Award, el Quill Award y el International Thriller Writers Awards. Tiene una serie de novelas con el detective Lincoln Perry como protagonista.

 

 

Reseña: De otro lugar, de Óscar Montoya

De otro lugar, de Óscar Montoya

De otro lugar – Óscar Montoya – ADN Alianza de novelas por Alberto Pasamontes

Antonio Tojeira es gallego. Como tal, tiene un modo peculiar de ver la vida.

…no voy a deciros nada, ni que sí ni que no, así que ya podéis esperar. Los gallegos tenemos esa facultad. Podemos estar en un estrado mirando al público durante horas sin decir nada o diciendo cosas que no significan absolutamente nada. Es un gen nuestro, nihilista, por eso os resultamos tan exóticos.

Además de eso, Antonio Tojeira no es lo que se dice valiente. Eso no es por ser gallego. O sí, cualquiera sabe. Aunque tampoco se le puede llamar cobarde, eso no. Se toma la vida con calma y el trabajo también. Por cierto, da la casualidad de que es policía. Pero no un policía vocacional, sino porque… bueno, porque la vida a veces no va por donde uno la espera.

Antonio Tojeira está convencido de que los extraterrestres viven entre nosotros y de que el propio Jesucristo es un extraterrestre. Ah, sí. Se me olvidaba: nuestro protagonista vive en Alicante a principios de los años ochenta, y tiene esas pintorescas creencias porque es un ferviente admirador de J.J. Benitez y su Caballo de Troya, del doctor Jiménez del Oso y de Félix Rodríguez de la Fuente. Disfruta del clima, del sol, de las guiris en bikini, del Interviu, de los gin-tonics, y tiene una medio novia con derecho a roce que le echa las cartas. Sufre con el agua del grifo de Alicante, absolutamente imbebible (eso no ha cambiado con los años), y con una relación más que tirante con su madre. Claramente, la balanza de los pros pesa más que la de los contras, así que Antonio Tojeira se siente afortunado.

Pero claro, a este mundo hemos venido a sufrir, y más los protagonistas de una novela negra. Porque esta, además de distendida y ligera, no deja de ser una novela negra, y Antonio Tojeira verá su tranquila existencia turbada por dos acontecimientos imprevistos. A saber y a saber qué, que diría el gran Ángel de Andrés: la aparición de un cachorro de las juventudes de Fuerza Nueva decapitado bajo el Talgo Alicante-Madrid (no olvidemos las fechas en las que nos movemos), y una orden de la capital que exige el traslado de uno de los inspectores de la comisaría al agitado País Vasco de la transición. Como podrán suponer, nuestro hombre tiene todas las papeletas.

De otro lugar es una estupenda novela. Narrada en primera persona, uno llega a empatizar con el inspector Tojeira a pesar de sus muchos defectos y sus pocas virtudes. Los capítulos cortos, el tono de humor aderezado con un cierto desánimo que impregna toda la novela y el lenguaje coloquial y directo hacen de ella una lectura distendida y ligera, como he dicho más arriba, pero no por ello insulsa o carente de mensaje.

¿Nadie ha advertido que, en este país, cuanto más analfabeto es uno, más osado es? Yo no digo que sea una lumbrera, ya me gustaría. Lo único que digo es que con cuatro datos puedo salir del paso, y eso es lo más parecido a tener cultura.

Casi desde la primera página Óscar Montoya desliza magníficas reflexiones que, sorprendentemente, estaban tan vigentes en 1981 como lo están ahora, cuando algunos nostálgicos del oscuro régimen de otro gallego parecen resurgir de sus cenizas.

¿Esa es la clase de chusma a la que se le sale el corazón por la boca al escuchar el himno?

Y es que, por desgracia, parece que muchos hemos olvidado las consecuencias de seguir ciertas ideologías. En este país y en el resto del planeta, que para eso los españoles no tenemos la exclusiva, como casi en todos los campos. No solo eso; Montoya atiza con afinada puntería, entre otros objetivos, a la trastienda de la política, a los fanatismos, a los nacionalismos, al absurdo sentido gregario de pertenencia al grupo y el desprecio del pensamiento crítico individual.

Nada me asfixia tanto como el sentimiento de comunidad, de pertenecer a algo.

Con todos estos detalles, no me digan que no les han entrado unas ganas tremendas de hacerse con la novela. Háganlo, no lo duden. Solo el final me dejó un ligero regusto amargo, y es que, aunque funciona, peca de simple y no acaba de alcanzar el clímax. Eché de menos algo más de ritmo en las últimas páginas y una resolución más elaborada para una novela que, por lo demás, es tremendamente entretenida y que supone un magnífico debut para Óscar Montoya tanto en la novela negra como en la edición tradicional, pues su anterior obra, Últimos días de maternidad, apareció autopublicada en Amazon en 2017 bajo el seudónimo de Montoya Jackson.

Para que luego digan que de la autopublicación no sale nada bueno.

Comprar: De otro. lugar