Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 19-20

19 

Una vez más los mismos problemas de siempre: los matones de McGregor negándote el paso. Te sientes como si para poder verle tuvieras que pedir audiencia o estar en la lista de invitados. 

Al tipo que tienes delante no le habías visto antes. La profesión de hampón debe estar muy solicitada y presentar una amplia movilidad laboral, piensas, viéndole cruzarse de brazos con gesto arrogante frente al paragolpes delantero del coche. 

– Dile a Fred que soy Dax. Tengo que hablar con él- dices, sacando la cabeza por la ventanilla. 

– Imposible. Está ocupado. 

– Dile quién soy. Tengo que hablar con él, es algo importante. 

Nada. 

El musculitos se ha convertido en una estatua de testosterona, fibras musculares en tensión y un traje un par de tallas más pequeño. La situación empieza a volverse un poco insoportable. 

Te enciendes un cigarro y apoyas la nuca en el reposa cabezas. Parece que la cosa va para largo. Tratas de ver qué se cuece en el jardín, pero te quedas con las ganas. No ves nada. El sol te da de frente, cegándote. Una calada. Piensas en tocar el claxon, como si fueras el capitán del equipo de fútbol del instituto haciendo saber a la capitana de animadoras que ya has llegado y la noche de cine, baile, sexo de riesgo y embarazo inesperado en el asiento trasero puede empezar. 

El matón te fulmina con la mirada. Al parecer, además de ser corto de entendederas, también anda falto de paciencia. Lo del claxon prefieres dejarlo para otro día. 

– Tienes que irte. 

– ¿Por qué? Dile a Fred que Dax está aquí y que tengo que hablar con él. 

– Tienes que irte. Te lo estoy pidiendo por las buenas- su voz resulta amenazadora; y para dar más énfasis a sus palabras se acerca al coche haciéndose crujir los nudillos. 

Das una última calada y dejas caer la colilla sobre el asfalto. 

Tres pasos. 

Dos pasos. 

Un paso. 

Está a tu altura. 

Las manos apoyadas en el techo y el cuerpo encorvado. Aspecto de puta en pleno trámite de servicios y tarifas con un cliente potencial. 

– Te he dicho que… 

No dice más. El cañón de tu 38 le aprieta la tráquea. El aspecto de macarra se desinfla. Su rostro pierde el bronceado de guaperas de playa y se pone de un color amarillento. El mentón le tiembla levemente. Pestañea, aturdido, mientras un brillo de pánico recorre sus pupilas. 

– Te he dicho que le dijeras a Fred que Dax estaba aquí. No has querido. Mala idea- ahora eres tú el que se las gasta de tío duro. A fin de cuentas juegas con ventaja: no es tu vida la que pende de la tensión del muelle de un gatillo-. Así que ya sabes. Ábreme la puta puerta y déjame pasar. Es un consejo. 

Para dar más énfasis a lo que dices, tiras del percutor con el pulgar. Clic. El tambor baila levemente sobre su punto de equilibro. Pese a todo, el grandullón no parece comprender que una traqueotomía con orificio de entrada y salida en mitad del cuello apunta a ser incompatible con la vida. 

– Yo… Yo… Tengo órdenes de no dejar… 

– Tú mismo- la presión aumenta un poco más-. Ábreme la puta puerta. 

Vuelve a pestañear. Parece una versión hormonada de un Goliat sorprendido por el avance de la industria armamentística en los últimos siglos. 

– Está bien- concede al fin, llevándose una mano al cuello tan pronto como retiras el 38. 

Te bajas del coche a toda prisa, sin dejar de apuntarle. Miras a tu alrededor. Al parecer tu jefe no es un jodido neurótico obsesionado con la seguridad. Por lo que puedes ver, McGregor no cumple el cliché de mafiosos con ejércitos de tíos armados deambulando por la casa. Mejor así. 

El grandullón abre la barrera metálica. Pasáis al jardín, él delante y tú un par de pasos por detrás con el revólver oculto en el bolsillo del pantalón. Hay bastante ajetreo. El que tiene pinta de boxeador exiliado del mundo de las doce cuerdas te fulmina con la mirada, pero al percatarse de quién eres, te saluda con un gesto, apareciéndole unos hoyuelos infantiles en las mejillas que desentonan con su aspecto rudo de matón curtido en los bajos fondos. 

– Acompáñame, por favor. El señor McGregor está en el invernadero. En su oficina. 

El invernadero parece una granja de la América Profunda. Fardos de cogollos empaquetados. Tíos con aspecto de rednecks trasteando con tijeras de podar. Varios maromos controlando el percal, evitando que algún recolector se las dé de listo y sise algo con lo que ganar unos pavos extra. El ambiente es sofocante. El aire es un cóctel de resina, sudor y fertilizantes químicos. Al parecer, el negocio de la hierba va viento en popa y la ciencia ha entrado en acción para asegurar la siguiente siembra. 

Llegáis junto a la oficina. La puerta está cerrada y una cortina oculta su interior. 

– Espera aquí, por favor- dice, llamando a la puerta. 

Una voz dice adelante desde el interior. Te quedas solo. Aprovechas para echar una mirada rápida. Todo a tu alrededor tiene un aire industrial, fabril. Unos podan. Otros barren los cogollos. Un grupo se encarga de empaquetar y otro amontona los paquetes. Las plantas podadas son arrancadas de raíz y arrojadas a un contenedor de obra. Fuera, al otro lado de la ventana, ves un horno. No hace falta ser un ingeniero agrónomo para saber qué hacen con ellas. 

– Pasa- dice el matón algo más relajado, abriéndote la puerta. 

Entras. 

La mesa parece la de un profesor de botánica. Decenas de semillas diseminadas sobre el tablero, junto a etiquetas identificativas. Afgand Seeds, Sweet Cotton, Bubble California… 

– Buenos días, Dax- exclama McGregor, interrumpiendo tu lectura-. Perdón por el desorden, pero estamos en época de cosecha y recolecta. 

Le miras. Parece cansado y molesto a partes iguales. Te sonríe, pero el brillo de sus ojos te dice de otra cosa completamente distinta: no me hagas perder demasiado tiempo. 

– No te preocupes, Fred. Sólo venía a devolverte los diarios de William. Ya he terminado con ellos y pensé que te gustaría conservarlos. 

– ¿Los tienes aquí?- pregunta, rodeando la mesa acercándose a ti. 

– Los he dejado en el coche- respondes con fastidio-. He tenido problemas para entrar y… 

– Ya. Los chicos están un poco nerviosos. Hay mucha pasta en juego y desconfían de cualquiera. Espero que no te hayan hecho nada- te coge del mentón y te inspecciona la cara, como si fueras una yegua en el mercado-. No. Parece que no se la ha ido la mano- bromea. Los dos sabéis que está al tanto del numerito de la pistola y el matón acojonado, pero le sigues la corriente. Abre un cajón del escritorio y saca una caja de puros. Saca uno. Te ofrece otro. Lo rechazas con un gesto- . Y, ¿qué más se te ofrece, Dax? 

Clac. Un cortapuros de oro decapita el puro y la llama de un mechero de gasolina lo hace crepitar mientras McGregor le da vueltas con mucha parsimonia. 

– Quería hablar sobre algo que he leído. 

Se detiene en seco. Deja el encendedor sobre la mesa, junto a un grupo de semillas etiquetadas como Physico Killer Seeds. Un escalofrío involuntario recorre tu espalda. Empiezas a notar el aire allí dentro irrespirable. El ventilador ha desaparecido y te sientes como si acabaran de ponerte una bolsa de plástico en la cabeza. 

– Ya sé que Willy era un chico… especial- dice al fin-. Demasiado extrovertido. Sé que sus perversiones iban más allá de los hombres. Era un sádico. Y me avergüenzo de él y sus tentativas homicidas sólo por placer. Pero es mi hijo, Dax. Traté de enderezarle. De alejarle de ese mundo en el que iba metiéndose, pero no pude. Ya sabes cómo son los jóvenes de hoy en día. Imprevisibles. Rencorosos. Consentidos… 

Hace rato que has dejado de escuchar. No. No vas a dejar que te cuente otra vez la historia del niño díscolo y el padre desbordado. No. Ahora no. Has ido a verle por otras razones. 

-… ¿Tienes hijos, Dax? 

La pregunta te coge desprevenido. Es obvio que no. La procreación nunca ha sido un fin o una meta en tu existencia, a lo sumo un daño colateral después de una noche de borrachera. 

– No, Fred. No tengo hijos, pero sé a lo que te refieres- la imagen de O´Connor golpea tu cabeza con fuerza. Sus cambios de humor y su comportamiento errático. Su arrogancia creyéndose el amo del corral. Su sumisión cuando el miedo desmonta la coraza del hombre que apunta maneras… ley de vida y esas mierdas. 

– Es muy duro saber que tu hijo es distinto. Que nunca te dará un nieto al que consentir y malcriar. Por eso dejé que Willy fuera por libre hasta que vi el monstruo en que se estaba convirtiendo- da una calada al puro. Su rostro desaparece unos segundos detrás de una gruesa cortina de humo, pero no el brillo de sus ojos. 

– Supongo. Pero por lo que he podido leer en el diario- tratas de buscar la palabra adecuada para lo que vas a decir. El Enola Gay está apunto de dejar caer su letal cargamento. Una puta Daisy Cutter dispuesta a mandar a tomar por el culo unos cuantos kilómetros cuadrados de la selva de mierda y mentiras en la que llevas tanto tiempo moviéndote-. No se le daban tan mal los negocios. 

Freddy McGregor te mira, estudiándote con detenimiento. Sientes la garganta seca. La tentación de tragar saliva acude a ti como a un padre de familia en un bar de putas. Te abstienes. Eso denotaría miedo o que te estás marcando un farol. McGregor y los suyos son unos hijos de perra adiestrados en descubrir este tipo de flaquezas y las cosas no están como para andar sembrando desconfianzas.

– Sí. En eso era un genio- dice, carcajeándose-. La idea de meter a la pasma en nuestro mismo saco como adulteradores y distribuidores fue una gran idea por su parte. 

Bien. Le tienes donde quieres. La Daisy Cutter empieza a caer. 

– Creo que alguno de los polis que estaban en el negocio, pudo tener algo que ver con su desaparición. 

La carga explosiva sigue cayendo, despacio. Como la lluvia previa a la tempestad. Coges aire. McGregor te mira frunciendo el ceño. De reojo compruebas que el cortapuros sigue en su sitio. 

– ¿Qué quieres decir?- habla tratando de suavizar su tono de voz. 

A la mierda. Allá va. Una tonelada de TNT dispuesta a hacer su trabajo. 

– He tenido problemas con algunos polis. Compañeros de los viejos tiempos que se han convertido en un grano en el culo estos últimos dos meses y medio. Al poco de empezar con este caso, empezaron las visitas y uno de ellos ha sido asesinado- ahora eres tú el que se pone melodramático-. Hace poco recibí una visita poco deseada que acabó en una amenaza encubierta. 

– Entiendo. ¿Quiénes eran? 

Alguien llama a la puerta. McGregor da una calada y te pide disculpas con un ademán. 

– Estoy reunido. ¿Qué ocurre?- pregunta, entreabriendo la puerta. 

– Jefe, el primer camión está… 

– Pues adelante. Ya sabéis qué hacer con la mercancía. 

Cierra. Se acerca a ti de nuevo y apoya una mano nervuda y afilada en tu hombro, como invitándote a seguir hablando. Callas. Ahora es su turno. Es el momento de ver hasta dónde ha llegado la onda expansiva. 

– Tenemos polis en nómina, no te voy a engañar. Pero de ahí a lo que me estás diciendo… 

– No miento, McGregor. 

Os miráis a los ojos, midiéndoos. Parecéis dos perros de presa olfateando el peligro. 

– El muerto era un chupatintas de archivos, un tal Russell- dices, fingiendo hacer memoria-. Y el otro, el poli que me interrogó era el capitán Patterson. 

El rostro de tu interlocutor es una máscara de piedra. Impenetrable. Inquietantemente ajena a cualquier sentimiento. Da una nueva calada. 

– Russel sí. Era de los nuestros. Una lástima lo de su asesinato. Lo leí en la prensa y toda la mierda que dicen de él es falsa. Pero bueno, la vida sigue y su ausencia no es algo que no podamos subsanar- habla de manera mecánica, dando a entender que Russell y todos los que trabajáis para él no sois más que simples peones prescindibles-. El otro, el capitán Pitt.. 

– Patterson. 

– Eso, Patterson. No. No me suena- niega a la vez que habla-. Bueno sí. Le conozco porque una vez nos decomisó un cargamento bastante grande. Tratamos de sobornarle, pero no hubo manera. Es un poli de los de antes. Amante de su trabajo, el dinero para él es algo secundario. Por suerte, el jurado sí se dejó sobornar. Encontramos a un testaferro y el asunto quedó olvidado. 

No le crees. Patterson estuvo detrás de la investigación de la desaparición de Willy McGregor. Lo sabes, y Fred está mintiendo. La conexión Patterson-McGregor existe. No estabas equivocado. Aún no sabes hasta qué punto, pero los dos están metidos en el negocio de la hierba. 

Es hora de plegar las velas y dejarse llevar. Alargas la conversación hasta que llega a un punto muerto. Es hora de irse. Os despedís con un apretón de manos y te marchas de allí pensando en tu próximo movimiento: aún quedan un par de flecos pendientes que quieres cortar cuanto antes. 

20 

Medianoche. 

El coche apesta a tabaco. En el asiento del copiloto cuatro latas de Coca-Cola y varios bocadillos. Sobre ellos, una botella convertida en un váter de campaña a medio llenar. Llevas demasiadas horas de vigilancia y tu vejiga tiene sus necesidades. 

Estás aparcado frente al garito en el que se mueve la mercancía de McGregor, viendo desfilar un sinfín de guaperas que entran con tías florero cogidas por la cintura, para salir a los pocos minutos con una sonrisa bobalicona impresa en la cara. Estrellas de cine. Artistas. Escritores podridos de dinero con aspecto de indigentes. Varios polis de paisano controlando el negocio en la puerta. Una jodida operación a gran escala en toda regla. 

La idea es sencilla. Ver qué se cuece. Quedarte con algunas caras y matrículas. Información de primera mano. Trabajo de campo. Después, corroborar teorías. A estas alturas no puedes permitirte un paso en falso. Estás demasiado metido en la mierda como para abandonar. Imposible. Toca apretar los dientes y seguir hasta el final. Que varios miembros del DPLA estén metidos en asuntos turbios no es nada nuevo, pero encontrarte de lleno con tanta pasma junta en algo ilegal puede ser todo un filón. A la mierda McGregor, el marica de su hijo y todo lo demás. 

Dinero. Pasta. Una nueva vida. El sueño americano. USA vuelve a ser la tierra de las oportunidades para los parias como tú. Sólo es cuestión de esperar un poco, desenfundar el arma en el momento adecuado y desaparecer del mapa antes de que todo se ponga demasiado caliente y las placas y las reglamentarias salgan a relucir. 

Cuatro coches te ocultan la entrada al garito unos instantes. Parecen ir de procesión. Gamas medio-altas. Posiblemente universitarios dándose un garbeo por la zona, a la caza de carne fresca que desvirgar entre alientos etílicos y el confort del asiento trasero del sedán de papá. 

Se detienen junto a la puerta. Del lado del copiloto baja un tío de cada coche. Abren el maletero y sacan paquetes. Los de la puerta asienten y les dejan pasar. Actúan con total impunidad. Se sienten a salvo. Los chicos de la pasma están de su lado, no hay nada que temer. 

Del interior del local salen destellos de luces que te tientan a entrar y echar un trago. Una tía borracha las eclipsa unos segundos antes de salir haciendo equilibrismo sobre unos tacones afilados como puñales. La acompaña un tío con aires de galán de cine. Ella se detiene en una esquina, apoya una mano temblorosa en la pared y empieza a vomitar convirtiéndose en un surtidor de alcohol de segunda mano cargado de un erotismo que te eriza la piel cada vez que las arcadas hacen que se eche hacia adelante y el vestido deja ver algo más que sus piernas. 

Su acompañante le dice algo que no oyes. Empiezan a discutir. Los de los coches pasan de ellos, siguen a lo suyo: a la mudanza express a medianoche. El casanova empieza a gesticular. No le pierdes de vista. La tía vuelve a agacharse y escupe. Cuando se incorpora pone cara de no entender qué está pasando. Él le da un bofetón par aclararle las ideas. Plas. Eso sí que lo oyes con total nitidez. Empieza a gritar como una histérica. Escuchas fragmentos. 

– Eres una puta… borracha… asco… 

La tía se pone una mano en la mejilla. Parece estar llorando. Él sigue gritando. La sangre te hierve. Detestas a la escoria que representa ese hijo de puta con aires de estrella de Hollywood. Maltratadores. Cobardes. Sin ser muy consciente de ello, abres la puerta. Te mueres de ganas de explicarle un par de cosas y si es corto de entendederas y no te entiende, una bala destrozándole las rodillas se te antoja como la clase de refuerzo perfecta. 

No te hace falta. Dos de los polis de la puerta se acercan a la pareja. Prestas atención. Tratan de contener al tío. La chica se descalza y sale corriendo. Desde dentro del coche la ves alejarse calle abajo, alumbrada por farolas y luces de neón, como en el final de una película. El guaperas furioso forcejea. Le tranquilizan. Pillas la idea: es uno de ellos. Entra en el local. Te fijas en él: alto, delgado y desgarbado. Viste un traje gris y va en mangas de camisa. La americana se ha quedado tirada en mitad de la calle. Nadie parece prestarle demasiada atención. La puerta queda desierta. Los coches de los camellos se han largado como han llegado, aunque más ligeros de peso. Los de la puerta entran con su colega a beber y celebrar su hombría. Es ahora o nunca. 

La suerte está de tu lado. La americana tenía una billetera en el bolsillo interno. Cien pavos que cambian de dueño, y como colofón: un permiso de conducir. Una dirección. Conduces sin prisa. Aún falta bastante para que esté lo suficientemente borracho como para olvidar la escena del sopapo y decida volver a casa. De otra cosa no, pero de borracheras para olvidar sabes demasiado y la experiencia te dice que tienes unas dos horas por delante. 

La casa del poli-maltratador esta en un área residencial prefabricada. Apartamentos diminutos con un trozo de jardín cuidado y aire aséptico. Das una vuelta por los alrededores. En la dirección del carné hay luz. Mala señal. Te detienes. A través de las cortinas ves armarios abriéndose y cerrándose con fuerza. Una figura femenina cogiendo ropa y haciendo jirones una camisa. Al parecer la dama va a levantar el vuelo y el fondo de armario de su cónyuge se va a ver mermado. Mejor para ti. Una mujer colérica puede serte de gran ayuda. 

Buscas dónde aparcar. No te cuesta mucho. Te acercas a pie. Despacio, vigilando a posibles vecinos ociosos con ganas de jugar a ser los Edgar Hoover del momento. Ni un alma. Al parecer el pueblo americano es honrado y trabajador y mañana madruga. A esas horas todas las persianas están bajadas. Perfecto. 

La puerta de la casa está abierta. Oyes gritos de mujer. Sacas el 38. Entras en tromba. Habla sola, acordándose de la puta madre del cobarde que le ha puesto la mano encima, jurándose que será la última vez. Escuchas una cremallera cerrándose y pasos apresurados. Tratas de esconderte en el recibidor. Tarde. Te encuentras de lleno con ella. Sofocas su grito poniéndole una mano en la boca. El cañón del revólver señala un sofá volcado en mitad de la sala. Abre los ojos, aterrada. Quedas fascinado por el color verde de sus iris. Os dirigís al centro del salón, o lo que queda de él. Una butaca volcada. El sofá recostado sobre uno de sus costados. El televisor reventado contra el suelo. Libros, cuadros. Un extraño collage en el suelo. Al parecer la muchacha tiene un pronto terrible. 

– Voy a quitar la mano- avisas-, y no vas a gritar. ¿Entendido? 

Movimiento afirmativo. 

Cumples con lo prometido. 

Es una mujer realmente hermosa. Sientes repulsión por el hombre que le ha aplaudido la cara. Ella tiembla. Un collar tintinea con cada movimiento. Tienes poco tiempo. Es cuestión de minutos que se recupere del shock y empiece a gritar. 

– No tienes nada que temer- hablas despacio, con calma-. No sé qué ha pasado aquí y tampoco me importa. Soy de Asuntos Internos. 

Ella abre la boca, pero parece pensarlo mejor y calla. Te fijas en la maleta. 

– ¿Ibas a algún lado? 

Un coche pasa por la calle. La claridad de sus faros se cuela como un mirón a través de las cortinas. Ves que tiene el carrillo morado e inflamado. El giro de las ruedas barre la habitación. El ataque de ira lo ha convertido en un campo de batalla. Mal asunto. Cuando el macho herido vuelva a casa dispuesto a reconciliarse con un poco de sexo desapasionado en la postura del misionero y lo vea, se va a cabrear un poco. 

– No digas nada- está temblando demasiado como para poder articular palabra alguna-. Coge tus cosas y vete. No tienes nada que temer. 

Parece volver en sí. Te mira, estudiándote. Pasas el examen. Coge la maleta y pasa delante tuya. Un perfume caro flota en el ambiente, despertando en ti un deseo carnal que te cuesta controlar. 

– Gracias- dice dándose la vuelta-. En la cocina guarda un Remington. Es muy impulsivo-titubea-, agente. No es un mal hombre, pero tiene demasiada… 

– Vete- le cortas antes de que la complicidad con el maltratador le haga pensánserlo mejor y opte por recogerlo todo y esperar a su verdugo con un rico pastel de carne en una mano y un sentimiento de culpabilidad en la otra. 

La puerta se cierra. Te quedas solo. 

Primera medida de seguridad: localizar las armas y dejarlas a buen recaudo. 

Segunda: apagar la luz, así la sorpresa será otro punto a tu favor. 

Tercera: esperar. Es cuestión de tiempo que ese hijo de puta haga acto de presencia y pueda empezar la función. 

Más tarde. 

Una y media de la mañana. La puerta se abre. Tú estás sentado en la butaca, fumando. El 38 en una mano. Las armas de la casa a tus pies. Un Colt45, un Remington y un par de revólveres que parecen sacados de una peli del salvaje oeste. El recién llegado no se percata de tu presencia. 

Da la luz. Esta de espaldas a ti. Las manos apoyadas en la pared. Apesta a alcohol. Mira a ambos lados, como si no supiera dónde está. Al fin se da cuenta. El caos que reina en la habitación le saluda como una venérea tras días de silenciosa incubación: ¡Sorpresa! 

– ¡Puta puerca!- grita, peleando por mantenerse en pie- ¡Ven aquí ahora mismo guarra! Voy a enseñarte yo a hacer esto. ¡Puta! 

Te sientes incómodo. Invisible. La cólera empieza a congestionar su rostro. Tiene las mandíbulas apretadas y un par de venas palpitándole en los parietales. Decides hacer una entrada triunfal en escena. Amartillas el 38. Clic. 

El chasquido parece desconcertarle. Al fin se fija en ti. Te mira como si le costara enfocarte y la boca abierta. 

– ¿Quién eres? ¿Qué coño haces aquí? Soy agente de policía- dice arrastrando las palabras, si bien no queda ni rastro de los aires de tío duro con los que ha entrado en la casa. 

No respondes. Quieres que se encabrone lo suficiente como para atacarte. Te mueres de ganas por romperle la cara y la ocasión te viene que ni pintada. 

– ¡Qué haces aquí! ¿Eres uno de los que se follan a la puta de mi mujer y vienes a extorsionarme? Lo sé, escoria. Lo sé todo- la adrenalina parece haber eliminado el alcohol de su sangre-. Pues conmigo no vas a poder, hijo de puta. 

A medida que grita se va acercando a ti. El 38 se levanta, como una polla erecta, apuntándole de lleno las pelotas. Se lleva la mano derecha a la altura de los riñones. Tensión. Escuchas cómo se palmea la espalda buscando un arma que no lleva encima. Hora de empezar a poner las cosas en su sitio. 

Te pones en pie. Él recula. Plas. Bofetón. Cae de rodillas. Te mira asustado. La mano que buscaba el arma ahora palpa su mejilla. Le escupes. Patada en las costillas. Se queda sin aire. Tienes ganas de más, pero te contienes. De momento. 

– Podemos llegar a un acuerdo- dice con voz lastimera, así como de niño apaleado por chivarse de los repetidores de la clase-. Siento haberla pegado, pero… 

Nueva patada. Ésta a la altura del hígado. Si hay una hemorragia interna, con la cantidad de alcohol que ha debido de depurar no hay riesgo de infección. Vuelve a boquear, buscando un aire que se niega a llegarle a los pulmones. 

– Nada de acuerdos. No sé de qué me hablas- mientes-. Estoy aquí por otros asuntos. 

Silencio a modo de respuesta. Tus palabras flotando en la habitación. Vuelves a intentarlo. 

– Estoy aquí por el hijo de McGregor. Desapareció. Me pagan por encontrarle. Y sé que la pasma está metida en el ajo. Cuenta y tal vez mañana veas un nuevo día. 

– ¿El hijo de McGregor? ¿El maricón? 

Pisotón en una mano. Hora de enseñar modales, ¿dónde quedó eso de todos somos iguales ante la ley y estamos al servicio del ciudadano? 

Tu suela se levanta dejando dos dedos doblados hacia el lado que la evolución decidió que no sería el óptimo para sus fines prensiles. Un grito de dolor. La cosa no ha hecho más que empezar, dice el gesto que le dedicas. 

– Me pagan por encontrar a William McGregor. Mis investigaciones me han llevado a ese garito en el que vendéis la hierba de su padre. Ahora quiero respuestas. 

Te fulmina con la mirada mientras trata de colocarse los dedos en su sitio. Mala idea. Una falange emite un desagradable chasquido y queda peor de lo que estaba. Nuevos gritos de dolor. Es cuestión de minutos que algún vecino os oiga y llame a la poli. Te arrodillas a su lado y le metes el 38 en la boca. Trata de hablar. Misión imposible. 

– Volvamos a intentarlo- dices con voz cansada-. La idea es sencilla. Yo pregunto. Tú respondes. Escucho lo que quiero oír, vives. Tratas de jugármela, lo de los dedos va a pasar a ser una preocupación secundaria. ¿Me sigues? 

Palabras ininteligibles que deben significar un sí rotundo. 

– Está bien. El revólver está amartillado. Voy a sacártelo de la puta boca. Como intentes algo, ya sabes lo que te espera. Vamos a hablar tú y yo como buenos amigos, ¿de acuerdo? 

– Sí- responde, masajeándose el maxilar inferior. 

– ¿Qué sabes de Willy McGregor? 

– Nada. Desapareció. 

– ¿Quién está detrás de su desaparición? 

– No lo sé. Su padre. Su amante. Yo qué sé- el 38 acercándose a su cara-. ¡Joder! No lo sé. Yo voy a ese tugurio de mierda a pillar hierba y buscar carnaza para que mi mujer se folle a alguien a quien extorsionar después. Sólo eso- la distancia entre el ánima del revólver y su cara disminuye. Las lágrimas amenazan con brotar de un momento a otro- ¡Lo juro! ¡Joder! No me mates. No sé nada. Lo juro. 

Resulta patético. Además de cornudo, apaleado. Pero hay que seguir apretándole las tuercas. 

– ¿Quieres seguir viviendo? 

– Sí. Joder. Claro que quiero seguir viviendo- su voz suena aguda, nerviosa. Está acojonado. 

– Bien- pausa para encenderse otro cigarrillo. Pericia cinematográfica. Un arma en una mano. En la otra un encendedor de gasolina. Chasquido de dedos: llama. Movimiento enérgico de muñeca: tapa cerrada. Das una calada-. Quiero nombres. ¿Quién está detrás de todo este tinglado? 

– No lo sé. 

Apoyas las rodillas sobre su pecho. Le empieza a faltar el aire. Le miras a los ojos con cara de tengo todo el tiempo del mundo. Repites la pregunta. Parece hacer memoria. 

– Russell. El poli al que mataron el otro día- dice, tratando de colártela. 

Das una calada. 

– No te creo. Yo maté a Russell por tratar de mentirme. Soy un ángel exterminador de los embusteros. Si sigues así, no creo que tardes mucho en poder hablar con él en el infierno- recalcas esto último presionándole la frente con el arma. 

– No. No. No, espera- suplica, tratando de apartar la cara- Está bien. Está bien. El poli que controla toda esta mierda es un pez gordo. No es de mi comisaría. Es un capitán… 

Clac. 

Una pieza encaja en tu cabeza. Russell diciendo «…es un héroe de guerra…». 

La foto de una orgía gay con un tío luciendo un tatuaje con la leyenda Made in Japan rodeando una cicatriz.

-… Patterson. 

La rabia se apodera de ti. Te sientes estafado. Se han reído de ti en tu puta cara. McGregor es un actor consumado. Maldito bastardo. El muy cabrón jugando al padre modélico preocupado por su hijo, jurando no tener ningún trato con Patterson. Y una polla. Te la han colado. Esto no va a quedar así. 

No. Ya no son negocios. Es personal. La voz de Joe retumba en tu cabeza, diciendo: « Dax, ya te lo dije. Tenías que haber cogido la pasta y salir por piernas. Aquí nadie es lo que parece». 

Pum. Pum. Pum. No eres consciente de lo que has hecho, pero la cara del niñato que tenías debajo ha desaparecido, dejando en su lugar una pulpa gelatinosa. El cañón del 38 echa humo. Sales a la calle. Nadie a la vista. Un par de mocosos lloran. Una mujer grita que ha oído disparos. La poli estará allí en pocos minutos. Es hora de largarse. 

Próxima estación: la casa del capitán Patterson. Va siendo hora de devolverle alguna de sus visitas. Si cuando amanezca aún respiras, ya tendrás tiempo de pensar en qué has hecho y hacia dónde huir. 

De momento, la sed de venganza te controla y lo único que te urge es acabar con todo de una puta vez. Carpe Diem y mañana Dios dirá. 

 

Reseña: Solo las bestias, de Colin Niel

Solo las bestias, Colin Niel (2019) por Graziella Moreno

Principal de los Libros.

Comprar: Solo las bestias

SINOPSIS: Évelyne Ducat, una mujer rica y caprichosa, ha desaparecido. Encuentran su coche en la carretera a un pueblo rural, donde malvive una comunidad de campesinos, tan solos y olvidados como las montañas nevadas que los rodean. Alice y Michel sobreviven a la rutina. Cuando ella entabla una relación amorosa con Joseph, otro de los ganaderos de la región, nadie sospecha que la muerte de Évelyne está relacionada. Pero los hilos que unen a lo habitantes del Causse son como los fríos vientos de las cumbres: implacables y destructores.

AUTOR: Colin Niel nació en 1976 en Clamart. Cursó Ingeniería Agraria y se convirtió en ingeniero especializado en la preservación de la biodiversidad. Dejó la metrópolis para instalarse en la Guayana Francesa durante seis años. A su regreso, se lanzó a escribir novelas negras con un fuerte trasfondo social y muy documentadas, inspiradas en una realidad cotidiana de fronteras permeables. Solo las bestias, ha ganado el Premio Polar del Quais du Polar 2017, Premio Polar Landerneau 2017, Premio Cabri d´Or 2017 y Premio Goutte de Sang d´Encre 2017.

RESEÑA: De las zonas rurales de Francia hasta África, a través de las voces de cinco personajes: Alice, Joseph, Maribé, Armand y Michel, Colin Niel nos lleva a un viaje sobre la condición humana, la soledad, la búsqueda desesperada del amor, la incapacidad para tomar las riendas de la propia vida, y en especial, las consecuencias que tienen nuestras acciones en los demás. La historia de cada uno de los protagonistas se halla entrelazada con las del resto, en una trama muy ingeniosa que engancha al lector desde el principio, no desprovista de crítica social, elemento esencial en la buena novela negra. Detrás de la desaparición de una mujer acaudalada, Évelyne Ducat hay muchas más cosas de las que parece en un principio; no es tanto una historia sobre el qué o el quien, ni tampoco vamos a asistir al curso de una investigación policial, sino al estudio profundo de cada uno de los personajes. Cada uno de ellos cuenta su historia en primera persona, son absolutamente creíbles y tienen una voz propia, entre las que destacaría la de Joseph, tal vez uno de los mejor trazados, y que refleja fielmente la soledad de la vida en alta montaña, en la que la vida y la muerte tienen otro sentido:

“Alí arriba, cuando la noche se instala de verdad, es lo peor. Es donde realmente te das cuenta, debajo de las sábanas, todavía a medio vestir en la cama grande en la que solo duermes tú, cuando sientes que se te cae encima la casa que la vida ha abandonado con los años.”

El abandono de las instituciones, la transformación de las explotaciones ganaderas, la dependencia de las ayudas europeas, se reflejan fielmente en esta novela:

“Lo que vemos son las familias destrozadas, las parejas que se separan porque la señora quiere tener un hijo mientras que el señor quiere un nuevo establo, los hombres que se deprimen por el peso del trabajo, los jubilados que se dejan morir cuando pierden a sus esposas y los hijos que huyen de la región”.

El estilo es sencillo, directo, empañado por una traducción que a veces desconcierta al lector, pero que mantiene el interés hasta el final. No es sencillo crear las piezas del puzle que componen esta novela y colocarlas en el lugar adecuado. Colin Niel lo consigue con nota hasta la última frase.

 

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 17-18

17 

La mañana después de lo de Russell amaneces tarde. Necesitabas dormir, descansar y alejarte del estrés de los últimos días. Y eso has hecho. 

El sol entrando por la ventana y dándote de lleno en la cara. Tú, pasando de posibles quemaduras en los párpados o un futuro melanoma que te haga parecer un dálmata. Media vuelta. El catre chirriando y a otra cosa. Hasta que unos golpes en la puerta mandan a la mierda tu filosofía zen de paz y armonía con el sueño. 

A toda prisa te pones en pie. El traje arrugado, hecho un asco. Los ojos hinchados y una marca surcándote la mejilla derecha como un navajazo. Los golpes siguen, persistentes. Quien quiera que sea, parece tener prisa. 

– ¡Un momento!- gritas, recogiendo la cama y escondiéndola en un rincón. 

– Que sea breve. Tenemos prisa- responde una voz gutural al otro lado de la puerta. 

Te ahorras contestar. Te sientas. Enciendes un cigarro y lo dejas en el cenicero mientras tratas de colocarte el pelo a tientas, aún sabiendo que tu aspecto de recién levantado ahí sigue y es un esfuerzo inútil. 

– Adelan… 

No acabas la frase. La puerta se abre. Entran dos tíos de tamaño descomunal. A uno de ellos ya le conoces, es el que tiene pinta de boxeador retirado; pero al otro no le has visto antes. Das un respingo. Que se presenten tan temprano sólo puede significar una cosa: problemas. Abres un cajón de la mesa, buscando tu 38. No está ahí. Como si acabara de leerte el pensamiento, el de la nariz machacada a puñetazos sonríe y señala con la cabeza hacia el lugar en el que has pasado la noche. 

Sigues con la mirada hacia donde te indica, y ahí lo ves, colgado de un perchero destartalado, junto a tu americana, metido dentro de su funda sobaquera, brillando de una manera amenazadora a la vez que inútil. Das una calada encogiéndote de hombros en un intento de no adelantar acontecimientos. O el mundo del hampa y los matones ha cambiado mucho, o estos dos no vienen a partirte las piernas. 

Llegan a tu altura. El boxeador retirado avanza primero. Las manos a la vista. Un cigarrillo apagado colgando de un lado de la boca. El otro lleva un paquete envuelto en papeles de periódico atados con un cordel grueso y un sello de lacre que mantiene unidas las hojas imposibilitando ver qué hay dentro. Suspiras aliviado. 

– Nos manda Fred- aclara el del paquete-. Quería que te lo diéramos en persona. 

– ¿Ha dicho qué tengo que hacer cuando termine con esto?- preguntas, deseoso de dejar clara la letra pequeña del contrato de privacidad no escrito que estás a punto de firmar. 

– Nada. Haz lo que te encargó y luego eres libre de hacer con el paquete lo que quieras- dice, si bien ese lo que quieras suena a un deshazte de él. 

Asientes y dejas caer la ceniza con aire pensativo. El boxeador se palpa los bolsillos. Le acercas una caja de cerillas con propaganda de un bar de putas de la zona alta de la ciudad. No recuerdas cuándo fue la última vez que estuviste por allí, pero estás seguro de que la mitad de las chicas que exhibían sus encantos ya deben de ser abuelas o estar consumidas por alguna venérea. Lo coge y sonríe al ver el nombre: Venus Star. Se enciende el cigarrillo y hace ademán de devolvértela. 

– Quédatelo. Tengo más. 

Te da las gracias y le dice a su compañero que haga la entrega. El otro asiente y deja el paquete sobre la mesa. Ya está todo dicho. Ni ellos tienen mucho más que contarte ni tú tienes demasiadas ganas de aguantarles. Carraspeas. Haces un gesto con la mano y das una última calada que desprende el olor acre del filtro al quemarse. Lo aplastas en el cenicero y sacas otro. El boxeador, solícito, te ofrece uno de los suyos. Lo rechazas por cortesía. Tu enfisema pulmonar es muy sibarita y está acostumbrado al Pall Mall; no tienes ganas de darle a probar otras marcas. En eso, como los marines, eres semper fidelis y la Reynolds Tobacco Company debería estarte agradecida. 

Un incómodo silencio se extiende entre vosotros. Miras fijamente el paquete que acaban de traerte. Es de tamaño medio, ocupando el mismo volumen que dos libros de bolsillo. Intuyes que ahí dentro deben estar las confesiones más íntimas y morbosas de William Jr. McGregor. En cierto modo te sientes violento. Vas a entrar en una parcela privada e íntima que para nada te atrae, pero puede ser el único camino posible para encontrar alguna pieza suelta en todo este rompecabezas. Un marica blandengue al que exprimir a hostias hasta dejarle seco de información y sin ganas de seguir moviendo el culo como una ramera. Un pez gordo metido en líos de faldas con chicos barbilampiños. Un amplio abanico de posibilidades que, en tus pensamientos, se enlazan entre sí para formar un jeroglífico enrevesado en el que te pierdes. 

– Hasta más ver- dice el boxeador, haciéndote volver a la realidad-. Y, gracias por las cerillas. 

Te despides de ellos indicándoles que cierren la puerta al salir. Una vez a solas rompes con impaciencia el sello con las letras F. McG. Dentro, encuentras un cuaderno con tapas de hule. Lo hojeas: fechas. Palabras sueltas. El diario de Willy McGregor. 

Lo dejas a un lado. El otro bulto parece tener algo más de enjundia. Es un cuaderno más delgado que el otro, de tapas rosas y un sugerente título en la primera página: “Lista de deseos de Phill y Willy”. El nombre de Phill te suena, pero no sabes de qué. Tratas de hacer memoria. Pasas las páginas del cuaderno. Algunas han sido arrancadas. Otras, tachadas parcialmente con rabia hasta rajar parte del papel. La furia de una mujer despechada dotada con un cromosoma Y reluciendo en su máximo esplendor. Te acomodas en el asiento. Apagas el cigarro y sacas una libreta del cajón de la mesa. Es hora de empezar a saber quién era en verdad William Jr. McGregor. ¿Qué pudo impulsarle a desaparecer? Y, teniendo demasiada suerte, quién podría estar detrás de su desaparición. 

Tres horas y media más tarde te sientes cansado. La mierda oriental precocinada que has comprado en la tienda de Wang para comer te repite. Las colillas se amontonan en el cenicero. Tienes las cervicales cargadas. Los ojos te escuecen y la libreta está repleta de apuntes, esquemas e ideas que dan cuerpo a una certeza: Willy McGregor no era el típico niño rico; no, era un hijo de puta sin escrúpulos. Un cabrón con dos obsesiones en la vida: el sexo y el dinero. 

Te enciendes un cigarrillo. El último del paquete. Necesitas ordenar tus pensamientos. El tal Phill por fin ha encontrado su sitio en tus recuerdos. Un aparcamiento. Bobby histérico. Un matón detrás de ti. Un tío oculto entre las sombras. Una frase: Willy, Phill y Bobby estaban en apuros. El resto es digno de una novela barata: drogas, orgías, asesinatos, torturas…. 

Das una calada larga, pausada y empiezas a leer tus notas, dispuesto a bucear una vez más en la mente enferma del pequeño McGregor. 

« El cargamento ha llegado a buen puerto. El viejo no tiene ni puta idea de que su mierda pasa primero por comisaría y se distribuye en los garitos de la jetset de la ciudad. Phill y Bobby tienen ganas de darle un palo en condiciones y empezar a mover la hierba en otros sitios. La idea es tentadora..» (fechado cuatro meses antes de su desaparición). 

«Hemos conocido al cerebro que lleva todo el tema. Es un jodido genio. Tiene contactos que pican la marihuana con opio y pcp. Los yonquis flipan de lo lindo. Nos lo quitan de las manos. Tengo que hablar con el viejo. Hay demasiada pasta en juego… 

… Phill tiene ganas de probar algo distinto. En el Apolo hemos estado hablando con un tío que frecuenta un garito donde poder dar rienda suelta a nuestra curiosidad. Me da mala espina, pero 

por Phill haré un esfuerzo…» (dos días después de la entrada anterior). 

« El viejo ha montado en cólera. No le ha sentado muy bien saber que su propio hijo estaba detrás de la desaparición de sus últimos encargos. Me da igual. He hablado con él de ganancias. ¡¡Por cada gramo que él vende, nosotros sacamos el triple de beneficio!! Al parecer lo que no le gusta es la idea de trabajar con la pasma de por medio. Trato de hacerle ver que es el negocio del futuro. Si tenemos a la bofia de nuestro lado, no hay nada que temer…» (tres meses antes de su desaparición. Interesante. Al parecer estaba montando un próspero negocio familiar. Savia nueva, que diría Joe). 

« Hoy hemos tenido nuestra primera experiencia de sexo grupal. Al principio la cosa me desagradaba. Quince tíos desnudos y ocultando sus rostros. Cuerpos sudorosos, untados en aceite que brillaban bajo los focos. Un porro bien cargado ha sido la llave que ha abierto las puertas de mi mente. La sensación de tantas manos acariciando mi piel mientras que una polla me penetraba con fuerza y un glande duro oprimía mi garganta hasta casi ahogarme, ha sido algo indescriptible…» (fechado como mi primera vez). 

« Problemas… uno de los tíos que venden la hierba en su garito de Bel Air se ha pasado de listo. Ha intentado tangarnos. Los polis que están metidos en esto han propuesto meterle un puro. He hablado con el viejo y se ha negado. No está dispuesto a mezclar su reputación con los muchachos de las placas. Me ha mandado con cuatro de sus matones y carta blanca para dejar las cosas claras. Phill también ha venido. No le ha gustado demasiado lo que ha visto ni lo que he hecho. Pero tiene que comprenderlo… Son nuestros negocios, nuestro dinero, nuestro futuro. Y no voy a dejar que nada ni nadie se entrometa en ellos. 

Los chicos del viejo han metido al hijo de puta en el maletero y le hemos llevado hasta un motel abandonado. Le hemos torturado entre todos. Gritaba como un cerdo cuando le hemos apagado cigarrillos en el escroto. Sus meñiques tampoco se han ido de rositas. Un cortapuros afilado es una preciosa herramienta de tortura. Le hemos dejado sangrar y llorar hasta que casi pierde el conocimiento. El muy cabrón casi se nos muere ahí mismo. Hemos tenido que llamar a un médico y dejarle trabajar. Dinero a cambio de silencio. La pasta compra lealtades y hace que todo el mundo sea mudo, sordo y ciego cuando debe serlo. 

Mientras ese perro se debatía entre la vida y la muerte hemos matado el tiempo. Codeína y alcohol. Un poco de coca para no dormirnos. Cuando el médico se ha largado, estábamos bastante colocados. Uno de los chicos ha propuesto meterle la pata de una silla por el culo. Phill y yo nos hemos reído. Una rata ha enorme ha cruzado la habitación mugrienta y sucia de un lado a otro y he tenido una idea. La hemos cazado y con un trozo de tubería hemos hecho el resto. El muy cabrón lloraba mientras le violábamos con la tubería; pero el llanto ha sido de verdadero pánico cuando hemos metido la rata por ella antes de sacársela. 

¡Cómo gritaba! 

Phill no ha podido más y ha acabado vomitando. Yo estaba contento, feliz. La rata buscando cómo escapar y escarbando en su intestino hasta que ha vuelto a ver la luz. El desgraciado ha agonizado un poco, hasta que ha muerto. Phill y yo nos hemos ido a un motel cercano. Los chicos del viejo se han encargado de enseñar al mundo que con nosotros no se juega. La bofia se encargará de que nadie pregunte qué ha pasado ni pretenda sacar todo esto a la luz. Asunto resuelto».

El diario de Willy seguía hablando de lo mismo. Bacanales homosexuales. Ajustes de cuentas y contactos con la policía. Nunca daba nombres. Sólo el suyo, el de Phill y el de Bobby, al que al parecer, conocieron en una de esas bacanales con tíos vestidos de romano. Has acabado cansado de tanta monotonía, aunque en las últimas páginas todo daba un giro inesperado. En ellas, Willy se mostraba excitado. Nervioso. La droga se ha ido sucediendo a lo largo de lo que has leído para acabar dando paso a las obsesiones de un adicto con el mono. Mal asunto. Un drogota necesitado de su dosis puede ser algo bastante difícil de encontrar. Un palo mal dado a una tienda de licores… Un tiroteo… Un camello cansado de fiarle y que nunca le pague… mil maneras de desaparecer sin que nadie te encuentre.

Por su parte, el otro cuaderno tampoco ha tenido desperdicio. Además de las páginas arrancadas y los tachones, la mano de papá McGregor se dejaba entrever en la reedición de los sueños de su hijo que tienes delante. Pese a todo, has podido hilar varias cosas. La obsesión de Willy y Phill por el sexo en grupo, las orgías y mares de semen con los que darse baños relajantes antes de irse a dormir no conocía límites. Más de la mitad de sus deseos de su lista eran del tipo: follar con cinco negros bien dotados, chupársela a un negro como si fuera un pirulí de chocolate o probar la doble penetración simultánea. 

Dejando todas esas mierdas pervertidas a un lado, el otro pilar en el que se apoyaba la feliz pareja era la droga. No les bastaba con consumir y traficar. Disfrutaban jodiendo al prójimo por pasar el rato dando a probar un chute de heroína a un niño pequeño para pasar el rato viéndole cabalgar a lomos del caballo, o violar a un indigente puesto de pegamento para saber qué se sentía. 

Los dos llevaban una vida al límite. Vamos, que tanto para Phill como para Willy la idea de hacerse un plan de pensiones a largo plazo para disfrutar de su vejez, tampoco habría tenido mucho sentido. Solo era cuestión de tiempo que acabaran desapareciendo del mapa. 

Te incorporas. Tu espalda cruje. Demasiadas horas en la misma postura. La cabeza te pesa. Exceso de información, pero algo que no acaba de cuadrar te impide desconectar. La puta conexión McGregor-Patterson. Que la poli estaba metida en el ajo de los negocios familiares, es un hecho. Lo  has leído. ¿Pero cómo se que explica que fuera Patterson quien llevara el caso de la desaparición de Willy y luego le cargara el mochuelo a otro? 

Todo parece apuntar en una misma dirección: Patterson era una pieza clave en los negocios de Willy, y con él desaparecido perdía una fuente de ingresos extra. 

Pero aún así te faltan argumentos, y eso te jode. Willy McGregor desaparecido. Phill durmiendo con las lombrices. Bobby muerto. Y tú jugando a los detectives chungos dando pasaporte a Russell. Mal asunto. Una combinación peligrosa. Es cuestión de tiempo que Patterson ate cabos y te haga una visita. En ese caso tal vez le puedas preguntar directamente a él qué se traía entre manos con los McGregor. Y si tienes suerte, hasta puede que te lo cuente. Aunque posiblemente, lo siguiente que oigas sea el disparo de un revólver haciéndote una cirugía maxilofacial irreversible; y muerto, tampoco te podrá servir de mucho saberlo. 

La palabra cautela retumba en tu cabeza. Tratas de ignorarla, pero no puedes. Estás andando en la cuerda floja y lo sabes. Un traspiés o un fallo de concentración resultaría catastrófico, y, al parecer, tú pareces obsesionado con ir dando uno detrás de otro. La suerte parece estar de tu lado, pero ya se sabe: la fortuna no es más que una fulana que siempre camina del brazo del mejor postor. 

Cierras los ojos, respiras hondo y tratas de despejarte. La necesidad de salir a la calle a que te de el aire empieza a ser un hecho. Una idea empieza a molestarte. Necesitas a O´Connor y sus servicios. 

18 

O´Connor se ha convertido en el portador de malas noticias por excelencia que precede a visitas incómodas y poco deseadas. Algo así como un aperitivo previo a la indigestión. 

Primero fue con la noticia de la muerte de Russell. Primera página en varios periódicos de tirada nacional. «Asesinato de un policía en Los Ángeles», «todo apunta a un crimen pasional», «posible vinculación del agente M. Russell en una trama de pornografía homosexual». Nada que no supieras o no hubieras previsto, pero que no tardó en materializarse en un miedo visceral que te hacía permanecer inquieto y alerta. La sombra de Patterson era demasiado alargada y solo era cuestión de tiempo que se cruzara en tu camino.

Y eso fue justamente lo que pasó. 

Tu pupilo había pasado a recoger su asignación semanal a cambio de algo de información sin sustancia sobre los movimientos de la hierba de los McGergor en la zona rica de la ciudad, y acto seguido llegó el encuentro con el capitán Patterson. Cara de pocos amigos. De poli chungo de los de verdad, de los que te pegan un tiro en la nuca y zanjan el problema que les ha llevado hasta ti sin molestarse en amenazarte ni nada por el estilo. Sus ademanes cortantes, trasmitiendo un mensaje conciso y cortante, como la navaja de un barbero con Parkinson apurando tu afeitado en la nuez. No he venido a que me tomes el pelo. 

Pasando, previamente, por un intento de interrogatorio en plan colegueo, de buen rollo. Preguntas obvias, preparando el terreno para que te confiaras y bajaras la guardia antes de entrar en faena. 

– ¿Qué tal va todo, Sulivan? Pasaba por aquí y he decidido pasarme a saludar. A ver qué tal estabas. Veo que estás enterado- mirada suspicaz hacia los periódicos amontonados sobre la mesa-. Una verdadera lástima lo de Russell. Era un buen tipo- cambio de tercio. Tú, sentando indicándole con la mano que tomara asiento frente a ti. Él, aceptando con una sonrisa amenazadora en la cara-. ¿En qué andas metido? ¿Sigues con el asunto de los McGregor? 

Movimiento negativo de cabeza. Gesto ofendido, de no haberle roto el brazo a un detenido en la puta vida. Patterson asintiendo, fingiendo satisfacción. 

– Haces bien, Sulivan. Ya te dije que era un caso cerrado- pausa calculada para encenderse un cigarrillo-. Te mueves por un ambiente un tanto alejado de la legalidad. Ya sabes. Este barrio… La calle… No sé, la gente habla cuando se le pregunta. Aún es pronto para que nadie se haya ido de la lengua, pero supongo que no habrás oído nada sobre lo de Russell, ¿me equivoco? 

– Patterson- tu voz sonando casi ofendida. Te sientes Marlon Brando en Rebelión a bordo, camino del éxito-, tú mismo lo has dicho. Es demasiado pronto. 

Tu camino al estrellato a la mejor interpretación quebrándose. Laurence de Arabia llevándose todos los premios de la Academia y tú con cara de gilipollas. Patterson dando un puñetazo en la mesa. Una fina nevada de ceniza y papeles rebotando en el tablero. Sus ojos fulminándote. Los músculos de la mandíbula tensos, crispados. 

– ¡Sulivan! No soy gilipollas. Sé que sigues metido en esa mierda de los McGregor. Te estás metiendo en un lío demasiado gordo. Russell estuvo pidiendo archivos del caso- miedo. Acojone pleno. Un revólver apareciendo de la nada en la mano de Patterson, apuntándote de lleno en la cara-. Y, casualidades de la vida, aparece muerto de la noche a la mañana. ¿Crees que me chupo el dedo? 

Intento de tragar saliva fallido. Sudor en las manos. Patterson fuera de sí, como un animal malherido dispuesto a morir matando. Temblor en tu mentón. Pupilas dilatadas. Respiración entrecortada. . 

– Patterson, no sé nada. Lo juro por Dios. 

– No metas a Dios en esto- el cañón firme y amenazador, fijo en ti-. Te lo voy a preguntar solo una vez más. ¿Qué sabes de la muerte de Russell? 

– Nada. 

– Sulivan, no juegues conmigo- el dedo presionando levemente el gatillo. El percutor haciendo un movimiento a cámara lenta hacia atrás. El tambor girando- ¡Qué tienes que ver con la muerte del agente Russell? 

– Nada. 

El dedo terminando su mortal recorrido. Tú, cerrando los ojos con fuerza. Clic. Tus esfínteres vaciándose por completo. Un charco caliente de orina en el suelo. Temblores. Patterson poniéndose en pie. Tú, abriendo los ojos aterrado al escuchar el arrastrar de la silla. 

– Está bien, Sulivan. Te creo- el arma volviendo a desaparecer como Houdini en mitad de una función-. Seguiré investigando. Volveremos a vernos, y, tal vez, quién sabe, la próxima vez quizá venga con balas. 

Un suspiro de alivio. Patterson largándose a toda velocidad. La puerta cerrándose con fuerza. El nerviosismo dando paso al llanto. A la mierda la abstinencia. La necesidad de beber adueñándose de ti como el napalm de los campesinos vietnamitas que estaban en el lugar equivocado en el momento menos oportuno, aunque las cámaras de la NBC y demás plumillas deberían haberles servido de advertencia. Es hora de salir a la calle y ahogar el miedo en un bálsamo etílico. 

Segunda entrega. 

Dos días más tarde. La ginebra te ha dado ardor de estómago. Sientes náuseas cada vez que eructas. La puerta vuelve a abrirse. Entra O´Connor. Te mira desde la entrada. Parece abatido. Cansado. Se acerca hasta la mesa, despacio. Las manos metidas en los bolsillos. Las mirada fija en el suelo. 

– Cuéntame, chico- dices, arrastrando las palabras. Te sientes jovial, el alcohol ha trasformado el miedo en ganas de diversión. En beber hasta perder el conocimiento o morir apuñalado en una refriega en la puerta de algún tugurio, lo que llegue antes-. ¿Qué has descubierto? 

– ¿Has vuelto a beber?- pregunta, sin atreverse a mirarte. 

Te sientes insultado por ese mocoso. ¿Quién coño es ese yonqui para meterse en tus cosas? Sí. Has vuelto a beber. Y ¿qué? ¿Qué problema hay? Llevabas demasiadas semanas sin empinar el codo. Todo superado. Nada de remordimientos ni voces dándote ánimos a volver a hacerlo una última vez. Una última copa de despedida ni gilipolleces por el estilo. Has vuelto a beber porque lo necesitabas. Él no sabe nada; ni puta falta que le hace. 

– Ya veo- dice en plan insolente-. Sí, has vuelto a beber. 

Sientes ganas de levantarte y cruzarle la cara, antes de ponerle de patitas en la calle. De vuelta al arroyo del que le sacaste mientras nadaba entre la mierda y ni se ha molestado en agradecértelo. 

Pero te contienes. Tu nivel de alcohol en sangre aún no es tan alto como para volver a convertirte en la bestia furiosa y sádica que fuiste en el pasado. Aún no. Apoyas las manos en el tablero de la mesa y le miras. Sus pómulos carcomidos por la intemperie y las ojeras que rodean sus ojos hacen despertar en ti algo parecido a la lástima. Quizá él también pasara por algo traumático que le llevara de cabeza a la droga, piensas. 

– Sí, O´Connor. He vuelto a beber- dices al fin, ruborizándote como un colegial al que regañan por sus malas notas-. Ya lo he dicho, ¿contento? 

– No, Dax. No. El alcohol… 

– Métete en tus cosas, muchacho. Dime lo que quiero oír. ¿Qué has descubierto? La última vez no me contaste gran cosa, así que hoy te toca trabajar gratis. 

Sus ojos brillan de una manera extraña. No estás en condiciones de interpretar mensajes ocultos en la mirada de un drogadicto que no llega a los veinte años y que habrá muerto antes de llegar a los veinticinco. Se relame como una serpiente y sonríe, al fin Su preocupación parece esfumarse. Abre la boca. Sus dientes, blancos como lo cocaína, resaltan entre la capa de mierda que lleva adherida al rostro como una  mortaja en un cadáver aún caliente. Porque eso es lo que es Edward O´Connor: un jodido cadáver andante. 

– Está bien, Dax- dice con voz cansada-. He estado preguntando. He tenido que pedir favores. He sobornado a unos cuantos… 

– Abrevia, chico- al parecer,la ginebra además de ardor de estómago, ha traído consigo la mala hostia y la poca paciencia de otros tiempos. 

– De acuerdo. La respuesta es sí. Hay un local muy turbio en Bel Air que lo llevan dos marineros. Antes lo llevaba un tío que desapareció- hace un elocuente gesto con el pulgar a la altura del gaznate-. Nadie sabe nada de él, de qué le pudo pasar ni dónde puede estar. Pero eso no importa mucho. Allí dentro venden una hierba muy potente que al parecer les pasan unos polis corruptos. La incautan, la cortan y se la entregan para que la distribuya. 

– Nombres, ¿tienes algún nombre? 

– No. Nadie sabe, o dice no saber, quiénes son los pasmas que están en el ajo. Les sirven dos veces al mes. Recogen la pasta, hacen la entrega y se largan. 

– ¿Cuándo fue la última entrega? 

– ¡Joder, Dax! Yo qué sé. La gente a la que he estado preguntando no lleva un calendario encima. Bastante tienen con distinguir el día de la noche. 

Bajas las revoluciones. Enfadándote no vas a llegar a ningún lado. 

– ¿Sabes qué tipo de gente va a ese local? 

– De todo. Policías. Actores y actrices. Deportistas. Putas de lujo. Chaperos de altos vuelos. La misma mierda con la que nos codeamos en este lado de la ciudad, pero con pasta. 

– Perfecto, O´Connor. Buen trabajo. 

Tu cabeza empieza a librarse del entumecimiento alcohólico. Dos entregas al mes. Las plantas de McGregor floreciendo. Listas para ser recolectadas. El tiempo es oro, o, en este caso, resina. ¿Una visita al jefe? ¿Bajo qué pretexto? No. Imposible. Hay que ir con tiento. Has leído el diario de Willy. Saben que estás al tanto de los negocios con la poli. Eso no tendría por qué ponerlos nerviosos, pero la muerte de Russell sí. 

Patterson. 

Mierda. Sus amenazas te hacen tragar saliva. 

Enciendes un cigarrillo. Necesitas pensar. Te estás desviando del asunto. Willy McGregor desapareció. Te pagan por encontrarle, no por jugar a los héroes y desmantelar una organización de polis corruptos que se ganan un sobresueldo vendiendo mierda. 

Das una calada. O´Connor sigue allí, a la espera de recibir órdenes. Le indicas con un gesto que se marche. Necesitas estar solo. Poner en orden tus ideas. El chaval obedece sin rechistar. Cierra al salir. Abres el cajón de la mesa. Sacas la botella de ginebra. Te recuestas en la silla. Bebes a morro. Das una calada. Toses. Las ideas se aclaran. Aún hay un modo de ir a visitar a McGregor sin levantar ningún recelo…