Reseña: Voraces, de Nieves Abarca

Voraces, Nieves Abarca, 2019, por Graziella Moreno

Espasa Libros sello editorial de Editorial Planeta SA

AUTORA: Nieves Abarca nació en A Coruña en 1968. Es licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Santiago de Compostela, Máster en Periodismo por la UOC y especialista en perfiles criminales. Ha publicado cinco novelas negras (junto con Vicente Garrido) y un poemario gótico. En la actualidad trabaja en el Ayuntamiento de A Coruña. 

SINOPSIS: 1830.La feroz represión de Fernando VII sobre los liberales ha obligado a muchos a refugiarse en Londres. Ahí viven y conspiran los generales Espoz y Mina y Torrijos, dispuestos a todo contra el absolutismo. A ellos se une el poeta José de Espronceda que busca en la gran ciudad a su amada Teresa. Una sociedad secreta, los Apóstoles de Cambridge, acogerá a los exiliados que urden planes contra el rey Felón. No sospechan que su complot es vigilado por un héroe que luchó con ellos en la Guerra de la Independencia. Una figura rodeada de misterio: el duque de Wellington.

1854. Juana de Vega, viuda de Espoz y Mina, se enfrenta en La Coruña al cólera. Un barco negro fondea en la bahía con la voraz peste que diezma a la población. Juana sospecha que son pasto de una maldición que la persigue desde Londres y que solo ella puede detener. 

RESEÑA: Voraces es un canto al convulso siglo XIX, a la libertad, al sacrificio de la propia vida por una causa que se cree justa, a las pasiones. Es una novela de vencedores y vencidos, de idealistas y de cínicos, de realidad y de misterio. Supone sumergirnos en el Romanticismo, una forma distinta de entender el hombre y el mundo, de rebelarse frente a las imposiciones, de rechazar la razón, el triunfo del “yo”, del aquí y ahora. Esa nostalgia de culturas históricas, de tiempos pasados, el amor por lo oculto, lo sobrenatural, las leyendas y las tradiciones que vuelven a cobrar un significado especial. 

Abarca consigue enlazar la historia real con la ficción de una forma magistral y provoca en el lector el ansia de revisar lo que sabemos sobre los personajes históricos que pueblan la novela: el duque de Wellington, Torrijos, Espronceda, Espoz y Mina, el rey Fernando VII y la carismática Juana de Vega. A pesar de los saltos en el tiempo (Londres 1830 y Coruña 1854), los capítulos cortos consiguen mantener la atención del lector sin que haya lugar a confusiones. El exilio forzoso a Londres de los militares, poetas e intelectuales a causa de la represión de Fernando VII (“el rey Felón”), sirve a la autora para construir su día a día, sus ansias de volver a la patria, de liberarla del absolutismo. “El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga”, un óleo espectacular del pintor alicantino Antonio Gisbert Pérez (Alcoy 1834-París 1902) que tuve ocasión de volver a ver no hace mucho en Museo de El Prado de Madrid, ha vuelto una y otra vez a mi memoria mientras leía la novela y devoraba las páginas, sufriendo de antemano por el trágico destino de los sublevados:

“Torrijos negó con las manos y bebió un sorbo de cerveza amarga.

-Ya sabes que gano unas buenas libras traduciendo a Napoleón. Deja el dinero para financiarnos. Tenemos que conseguir un barco, recuerda. Hombres. Espías. Provisiones. Adeptos. Gente que se una por todo el país para lograr un alzamiento al unísono. Luego en la reunión de los Apóstoles, buscaremos contactos para fletar una goleta. 

-Conozco amigos masones que nos ayudarán. Conseguiremos derrocar al Felón. Y volverá la libertad a España, una libertad que durante tanto tiempo le ha sido negada”. 

No es la primera obra que leo de Nieves Abarca y puedo afirmar sin temor a equivocarme que ha dado un salto narrativo. El estilo elegante y mesurado, con todos los elementos del Romanticismo, así como el vestuario de la época, las comidas, los enseres domésticos, la forma de expresarse de los personajes, la convierten en una novela que bien podría haber sido escrita en los años que relata.

Y de forma insidiosa, paso a paso, como en las buenas historias, el monstruo, el horror, el elemento sobrenatural que no desvelaremos aquí, narrado con absoluto realismo, que encoge el corazón del lector, aparecerá para hacernos soñar con esas leyendas que han marcado la infancia de algunos de nosotros. En la mejor tradición clásica de la novela gótica, Nieves Abarca crea la atmósfera propicia en ese Londres sucio y frío, en esa Coruña envuelta en niebla, arrasada por el cólera, de cementerios hermosos, para describir al monstruo y a sus víctimas: 

“El ángel del cementerio levantó sus ojos pétreos al cielo. La tormenta del día anterior había sido un aviso. 

El cementerio estaba vacío.

Pronto se llenaría.

Y las playas. Y las hogueras. Vendría la muerte. Con su guadaña. Enterrados de pie en la orilla. Devorados por los perros. Devorados por los cuervos. Devorados por las ratas.

El barco traía la plaga”. 

Escribió Kierkegaard en Diapsálmata: Aquí se siente en todo caso la impresión de que son hombres los que hablan, aquí se odia y se ama de veras; se mata al enemigo y se maldice a su descendencia por todas las generaciones; aquí se peca.” Estas palabras vuelven a mi mente cuando llego a la última página de Voraces. Porque en esta fantástica novela se odia, se ama, se maldice y se peca. En definitiva, se vive. 

Menage a trois estilo costa oeste, de Ignacio Barroso Benavente, capítulos 15-16

15 

Tu siguiente parada es la casa de McGregor. 

No sabes cómo andará de agenda, aunque tampoco te importa demasiado. Podrías haberle llamado y ponerle al corriente, pero prefieres el factor sorpresa de un vis a vis. Tienes una pista caliente y demasiado tiempo libre por delante. 

Primer imprevisto.

En la puerta hay un mastodonte que no te deja pasar. 

– ¿Dónde crees que vas?- pregunta con voz gutural. 

– Vengo a ver al señor McGregor- respondes con tranquilidad, sacando la cabeza por la ventanilla-. Trabajo para él. 

– Ya…- se rasca la barbilla, como pensando qué añadir- ¿Tienes cita? 

– No. 

– Ya… El señor McGregor no está disponible en este momento. 

Y yo voy y me lo creo, piensas, si bien evitas decirlo en voz alta. No sabes cómo puede tomarse el hecho de que dudes de su palabra, y su lenguaje corporal tampoco te invita a descubrirlo. 

– ¿Va a tardar mucho? 

Te mira como si no te entendiera. Bajo el traje oscuro que viste imaginas sus músculos en tensión, deseosos de entrar en acción. Cautela. 

– En estar disponible, digo. 

Se encoge de hombros. Tus teorías se confirman. La cabeza no le da para mucho. Te mira con aspecto bobalicón, rollo niño grandullón del cole con el que nadie se mete por miedo a recibir una paliza de órdago. Gigante. Grandullón. Castillo… nombres que pasan por tu imaginación tratando de adivinar cuál sería su mote en la más tierna infancia. 

– Un momento, por favor- dice al fin, desapareciendo dentro del jardín. 

Le ves irse. No hay prisa. Apoyas la nuca en el reposa cabezas y te enciendes un cigarro. En el asiento del copiloto tu americana está arrugada, ocultando tu 38. Después de la última visita que recibiste a domicilio prefieres ir preparado ante las sorpresas que pueda depararte el futuro. 

– Pase- dice, volviendo a la carrera. 

Obedeces. Entras en el jardín. Él está en medio, cortándote el camino. Le miras armándote de paciencia. Vuelves a sacar la cabeza por la ventanilla, con las manos en el volante y el cigarrillo colgando de la comisura de la boca. Un ojo cerrado a causa del humo. 

– Aparque ahí- añade, señalando con un dedo grueso como el cañón de un revólver. Vuelves a obedecer. Apagas el contacto y guardas el 38 debajo del asiento. En su lugar coges la revista y la tapas con la americana. Hora de empezar la función. 

– Está en el invernadero. Le acompaño. 

– No hace falta. Sé llegar. 

– Ya. Pero… 

– Tranquilo, conozco el camino- dices dándole una palmada en el hombro. 

Por el rabillo del ojo le ves plantado en mitad del jardín, mirando alrededor como diciendo y ¿ahora qué? 

A medida que te acercas al invernadero, el olor a hierba resulta más penetrante. Al parecer la cosecha se ha dado bien. 

– ¡Dax! ¿Cómo tú por aquí?- dice McGregor saliendo a tu encentro. Viste de manera impoluta, como siempre- ¿Sabes algo de mi hijo? 

Su voz suena informal. Ni rastro de rasgo de preocupación alguno. Tomas nota mental de ello.

– Por eso venía, McGregor. 

– Por favor, llámame Fred. Estamos entre amigos. 

– Como quieras, Fred. Por eso venía. Estoy en un punto muerto. No he logrado avanzar mucho, y por eso… 

– ¡Qué modales los míos!- te interrumpe, haciendo aspavientos- ¿Quieres tomar algo? Hace un calor horroroso. ¿Agua? ¿Un refresco? ¿Un combinado con hielo? 

Le miras. No sabes si está actuando o simplemente pecando de histriónico. De lo que no tienes dudas es que es un maestro en eso de manejar las conversaciones hacia los derroteros que mejor le convienen. 

– Un refresco no estaría mal- dices, siguiéndole la corriente. 

– Vayamos dentro- señala el invernadero-. Dentro de la oficina tengo un ventilador. Ahora pido al servicio que nos sirva algo de beber. 

Cruzáis entre plantas de marihuana de las que cuelgan cogollos del tamaño de un puño. La atmósfera es húmeda. Narcótica. Del techo cuelgan unos potentes focos que parecen deflectores militares. 

– Así hacemos que las plantas crezcan más y más rápido- te aclara, como si acabara de leerte el pensamiento-. Es un negocio muy lucrativo, pero hay que estar a la última. La competencia es feroz y los  mexicanos juegan con la ventaja del clima.

– Comprendo- mientes. En otro tiempo le habrías entendido a la perfección, pero tus codeos con las drogas hace años que pasaron a la historia. 

Llegáis ante una habitación con paredes de plástico pintadas de blanco. Tu anfitrión abre la puerta y te cede el paso. Dentro todo se reduce a lo mínimo. Una mesa. Un armario metálico con cajones. Dos sillas y un ventilador que se encarga de mover mecánicamente el mismo aire caliente de un lugar a otro. 

– Siéntate, Dax- dice-. ¿Qué has dicho que querías? 

– Un refresco. Una Coca-Cola, a poder ser- respondes, sintiendo cómo rompes a sudar y la camisa se te pega al cuerpo como una mortaja. 

Te mira con gesto pícaro. Te sientes incómodo y desvías la mirada. 

– Perdona, no quería importunarte. Pero no sé… no tienes demasiada pinta de ser de esos que van tomando refrescos. No sé si me explico. 

Claro que te explicas, hijo de puta, piensas. Su comentario ha dolido. Una forma sutil de llamarte alcohólico acabado mediante una conversación, en teoría, inocente. Te acomodas en el asiento tratando de disimular tu malestar. La revista y la americana en el regazo. El zumbido del ventilador resulta incómodo, pero deduces que de no ser por el movimiento de sus aspas, respirar allí dentro sería tan fácil como hacerlo con la cabeza sumergida debajo del agua. 

– Estoy de servicio, Fred- respondes al fin. 

– Entiendo- responde antes de pulsar un botón oculto bajo el tablero de la mesa-. En unos minutos nos atenderán. Mientras, podemos hablar tranquilamente. No todo va a ser trabajo, ¿no? 

Encoges los hombros. No sabes de qué hablar con él. Te parece un tipo oscuro y sin escrúpulos, capaz de cualquier cosa. 

– ¿Qué tal los puros de la última vez? Tengo más- pregunta, señalando el armario. 

– No, no, tranquilo. Aún tengo. Los guardo para momentos especiales- mientes una vez más. 

– Eso está bien. Por cierto…te voy a hacer una pregunta un… un tanto especial. Si no te importa, claro. 

Le miras fijamente, a los ojos. Asientes, como diciendo: dispara, vaquero. 

– Estoy recolectando la cosecha- señala a tu espalda, hacia las plantas de maría-. ¿Quieres un poco? Sería gratis, claro. Un regalo por las molestias ocasionadas, o… o como un regalo entre amigos.

Dudas. Esa mierda que fuman los pachucos en callejones para matar su desidia nunca te ha llamado mucho. Lo tuyo era el alcohol y la coca. Aunque, por otro lado, quizá podría resultarte útil. Hay mucho arrastrado por ahí que se rebajaría a lo que fuera por un cuelgue a cambio de información. 

– Ten, pruébala. Es una hierba muy potente- dice, dejando sobre la mesa dos bolsas de cierre hermético del tamaño de un paquete de tabaco. 

Lo coges con reticencias. Inconscientemente aplastas las bolsas con la mano. Los cogollos resultan duros ante la presión. Una pasta en verde en caso de verte necesitado. Los servicios de Russell te están suponiendo un gasto considerable y, tal vez, montar tu propia franquicia de droga en el barrio podría resultar beneficioso. Todo sería cuestión de hablarlo con Joe. Tú le suministras. Él lo corta y lo pasa. Un negocio redondo. Los dos salís ganando. El sueño americano en su versión bajos fondos.

– Es muy potente- repite como un profesor repitiendo la resolución de un problema de matemáticas avanzadas-. La llamamos Amnesia Rapid. Es una mezcla de índicas de regustos afrutados y muy resinosas… perdona por la charla de botánica, pero es que la Amnesia Rapid es la bomba. Rica en THC y CBD. No como esa mierda que fuman los negros en su distrito ni lo que traen los mexicanos de su tierra. Esto es el futuro. 

– No te preocupes, Fred. Cualquier información sobre esto es bienvenido- bromeas, mientras el sabueso que aún llevas dentro empieza a despertar-. Lo tendré en cuenta cuando la pruebe.

– No te va a decepcionar. 

– ¿Cuánta marihuana puedes producir, Fred?- dejas caer la pregunta como quien no quiere la cosa, añadiendo a continuación algo que evite levantar recelos- La última vez que estuve aquí, las plantas eran poco más que esquejes. 

Fred McGregor te mira. La pelota está en su tejado. Te dedica un gesto, como diciendo: buen intento, chico. Otros lo han intentado antes que tú y no han sacado nada en claro. Sonríe. Una dentadura blanca, brillante, como si acabaran de pulirla con piedra de esmeril asoma entre sus labios. La deja ahí, deslumbrándote, antes de responder. 

– El instinto de policía nunca muere, ¡eh! Pero sí. Produzco una cantidad importante de hierba que distribuyo, siempre y cuando los del DPLA no se metan donde no les llaman, claro- dice lo del DPLA con una modulación de voz que no deja claro si habla de incautaciones o sobornos por hacer la vista gorda-. Utilizo una variante de crecimiento rápido, que junto a los focos que has visto y hormonas de enraizamiento…

Apoyas los codos en el reposabrazos de la silla y le miras, acariciándote el mentón, como diciendo: sigue Fred, sigue hablando,por favor. Pero la cosa no pasa de ahí. McGregor está de vuelta de estas cosas y se le nota cuando calla y te aguanta la mirada. 

– Seamos francos, Dax. No has venido a oírme para hablar de marihuana. 

Jaque. Te toca mover ficha. Te guardas los paquetes de hierba en el bolsillo y te dispones a cambiar de tercio. 

– Así es, Fred. Las cosas están en punto muerto. Desde que nos vimos la última vez, no he podido avanzar gran cosa. He presionado a algunos confidentes, he pedido favores a viejos compañeros- mientes con total descaro- y nada. Las cosas siguen como al principio. 

– Vaya, lamento no poder serte de gran ayuda, Dax. Te pago por encontrar a mi hijo. Si supiera dónde está, me lo ahorraría- ironiza, dejando entrever a las claras que eres una pieza prescindible en todo esto. Un mero peón al que sacrificar llegado el caso, por aquello de seguir con el símil ajedrecístico.

La atmósfera dentro de la habitación se te antoja asfixiante por momentos. Hace un calor húmedo y pegajoso cuando la puerta se abre de par en par y entran dos camareras. Una lleva una nevera de camping llena de hielo picado y botellas en su interior. La otra dos vasos. 

– ¿Qué desea el caballero?- pregunta una de ellas con voz dulce y juvenil. 

– Una Coca-Cola- respondes a toda prisa, porque esos labios y esos ojos te invitan a pedir algo más fuerte, demostrando que eres un hombre de pies a cabeza y demás gilipolleces de machotes vinculadas al cromosoma Y.

Te la sirven en un vaso de tubo. Tu acompañante se decanta por una cerveza que él mismo coge y despide a las chicas con un ademán. Cuando la puerta vuelve a cerrarse, el aire parece algo menos cálido y respirable. 

– Sigamos, Dax. 

– Fred, estoy trabajando en tu caso. Te lo aseguro. Pero me gustaría saber algo más sobre Willy, tu hijo- dejas caer estas dos últimas palabras con malicia, al tiempo que observas con atención cómo responde. 

McGregor encaja el golpe, pero se repone rápido. Te sonríe y da un trago a su cerveza. 

– Buen intento, otra vez, Dax. Sé que parece importarme poco lo que le haya podido pasar a Willy, pero estás equivocado- dice, cruzándose de piernas-. Muy equivocado. En el maletín había un dossier.

– Así es, había un dossier. Pero quiero saber más- a la mierda el buen rollo y el colegueo. Es hora de empezar a aclarar algunas cosas. El poli malo se abre paso y temes que el poli bárbaro le acompañe, porque de ser así, tendrías muchas papeletas de salir de los dominios de McGregor con los pies por delante, o sirviendo de abono para la próxima cosecha. 

– Como quieras, Dax. Pero es una historia larga, muy larga- responde con voz cansada. 

– Tenemos todo el tiempo del mundo- te cruzas tu también de piernas, adquiriendo una pose un tanto chula. Preferirías el sentarte al revés en la silla, con los antebrazos apoyados en el respaldo, en plan pasma sádico en un interrogatorio, con el 38 en la funda sobaquera y ninguna prisa para exprimir a McGregor. Pero no puede ser. Así no van las cosas. 

– Por dónde quieres que empiece, Dax. 

– Por el principio. 

– Como quieras. 

Media hora después. 

Dos Coca Colas, una cerveza y cuatro colillas flotando a la deriva en el hielo medio derretido de la nevera, lo que sabes es esto: 

William Jr. McGregor es el único hijo de Fred McGregor Lo tuvo con su primera esposa que murió en drásticas y terribles circunstancias (no ha contado más al respecto y no has preguntado). Era un viva la vida. Homosexual desde su más tierna infancia. Disfrutaba acosando a sus compañeros de colegio para practicarles tocamientos. Por lo demás fue un chico bastante normal. Quiso estudiar medicina, pero se echó para atrás en el último momento. Los nuevos aires de libertad, melenudos, banderas en llamas en protestas contra la guerra de Vietnam, el amor libre y las drogas le resultaban más llamativas. Empezó a comportarse de una manera liberal y alardear de sus conquistas amorosas. Fred McGregor estaba cansado. Sus negocios corrían peligro. Los excesos de su hijo iban parejos a la incautación de su hierba. Le encerró por un tiempo en un centro de desintoxicación. Abstinencia… Duchas de agua fría… Sufrimiento… 

Para nada. Al poco tiempo volvió a las andadas. Desaparecía por un tiempo indefinido y volvía como si no hubiera pasado nada. Las peleas domésticas se sucedían. Faltaba pasta en la caja fuerte. Lo típico cuando un miembro de la familia es un yonqui con el mono, vamos.

Dos semanas antes de desaparecer, Willy dijo que había roto con su último chico, el mismo que hacía poco le había presentado entre arrumacos y promesas de felicidad pensando en un futuro juntos. Dijo además, dejando claro su dolor, que si llamaba preguntando por él o rondaba por la casa, le dijeron que había muerto. Muy dramático y grandilocuente, pero al parecer, el bueno de Willy McGregor además de ser un drogota de cojones era una locaza de tomo y lomo digna de una novela victoriana. Como había previsto, el chico llamó y asedió la casa. Al poco tiempo, Willy desapareció y él dejó de dar por el culo, metafóricamente hablando, ha aclarado McGregor sin poder evitar ruborizarse. 

El tiempo fue pasando. Willy no volvía. La gente estaba nerviosa. Él, Fred, el primero. El desaparecido, a fin de cuentas, era su hijo. Mandó a sus chicos a buscar al acosador bajo la orden de que le hicieran cantar. Se esmeraron más de lo aconsejado y el chico murió. Fin de la historia. 

La idea de enseñarle la revista para ver si reconocía a su hijo entre los sementales que salían de espaldas a la cámara no te parece adecuada. Has interrogado a mucha gente durante muchos años, y sabes perfectamente cuándo alguien miente y cuándo no. Y McGregor, pese a su máscara imperturbable, te ha dicho la verdad. La voz se le ha quebrado en un par de ocasiones, y no crees que vayas a sacar nada en claro. Apuras tu refresco y apoyas la espalda en el respaldo de la silla. Estás sudando. 

– ¿Qué puedes decirme de los amigos de Willy?- preguntas, juntando las yemas de los dedos a la altura del pecho. 

– Poca cosa. No me metía en sus cosas. Bastante duro es para mí tener un hijo así, como para encima conocer a todos y cada uno de esos invertidos que le soplaban la nuca- su voz suena cargada de ira contenida. 

Clac-Clac. Dos piezas más casando en su sitio. McGregor padre vive su propio calvario. Por un lado trata de encontrar a su hijo perdido; por otro, su condición de mariposón es tabú y no te facilita demasiado las cosas. 

Miras el reloj. Es media tarde. McGregor te lee el pensamiento y hace ademán de ponerse en pie. Le pides una última cosa. 

– Lo que voy a pedir es crucial- anuncias-. Necesito que me deis nombres, teléfonos, lo que sea. Si Willy escribía un diario, necesito leerlo. Si queremos dar con él, cualquier prueba puede ser vital. 

McGregor pone cara de que no le ha gustado demasiado la idea. No sólo va a tener que mirar la mierda y los trapos sucios de su hijo en su propia casa, si no que además va a tener que compartirla contigo. 

– Está bien, Dax- dice, poniéndose en pie y estrechando tu mano-. Buscaré entre sus cosas. Si encuentro algo, lo que sea, lo meto en una caja, la lacro y se la doy a uno de mis chicos para que te la lleve. 

– Perfecto. 

– Quiero resultados, Dax. 

– Cuenta con ellos, Fred. Y no temas. Nada de lo que hemos hablado aquí, va a salir de estas cuatro paredes. 

– ¿A qué te refieres?- pregunta, fingiendo no saber de qué hablas. 

– Del tema de la marihuana, Fred. Del tema de la marihuana. 

Los dos os reís. Salís del invernadero y te acompaña hasta el coche. Os despedís con otro apretón de manos y ves cómo esa zona rica y opulenta se pierde en el retrovisor. Es hora de volver a tu zona. Tienes dos días por delante antes de encontrarte con Russell y descubrir de qué tamaño es la mierda que Patterson esconde debajo de la alfombra. 

Hasta entonces, poco más puedes hacer. Evitar pensar, relajarte y no adelantar acontecimientos.

16 

48 horas dan para mucho y lo sabes. 

Una presión extraña creciéndote en la boca del estómago. Nervios. Tentaciones de volver a beber. Ansiedad. Tabaco, mucho tabaco. Las paredes del despacho resultando claustrofóbicamente claustrofóbicas. Necesidad de salir de allí. Respirar aire limpio y fresco. Una visita a Joe. Una bienvenida fría, distante. O´Connor, desaparecido en combate. El mismo taburete de siempre. El mismo ambiente decadente. Tú, bebiendo Coca-Colas como un jodido scout. El antro en el que te encuentras, vacío. Joe, saliendo de su ensimismamiento para mirarte fijamente a los ojos y soltarte sin tapujos. 

– Dax, olvídalo. No quiero saber nada. Pero déjalo, los tiempos pasan. Nuestra época dorada pasó. Los malos han evolucionado. Nuevas generaciones. Nueva savia. Coge la pasta que te han dado y vete. 

Tú, pasando del tema. Una pista. Un puto sabueso olfateando el rastro de una presa. Ciego. Sordo. Centrado en eso. En dejar pasar los días hasta tu cita con Russell. El resto es secundario. El caso de los McGregor te ha hecho despertar de un sueño demasiado largo y vuelves a sentirte vivo. Imparable. Como un yonqui dándose un homenaje de pcp sin pararse a pensar en las consecuencias. A fin de cuentas de algo hay que morir, o eso repites con determinación a modo de mantra para convencerte de que nada va a pasarte. 

De regreso a la rutina previa a la resolución de un caso. 

Paseas por las zonas cercanas a comisaría. Mente ocupada y manos sudorosas. El motor del coche consumiendo gasolina. La hierba de Fred McGregor a buen recaudo, a la espera de un confite al que untar con ella. 

McGregor… Su desnudez ante ti… Su voz quebrada al correr el velo de hombre de negocios al margen de la ley… Su hijo desaparecido… El dolor silenciado… Las plantas de marihuana brillando bajo los focos… Olor a resina flotando en el aire… Tu determinación… Tus visitas al polígono industrial… Día y noche. Trabajo y placer. Extorsión a prostitutas. Vigilancia a proxenetas. Cabezas de turco. Resortes que pulsar para obtener información. Cautela. Interrogatorios dentro del coche con los cristales empañados y fluidos empapando la tapicería. Ampliación de horizontes. Las putas las sigue controlando la gente de siempre. McGregor no está en el ajo. Sus intereses no interfieren en los negocios ajenos y los herederos del imperio de Cohen no tienen nada que ver en toda esta mierda. Un suspiro de alivio al saberlo. Las cosas parecen no estar tan jodidas y con tanta euforia, la teoría del berrinche de un mariposón huyendo de casa ganando peso. Solo conoces la versión de McGregor padre, y ésta no deja de ser parcial. Te aferras a ella. No te queda otra. 

O´Connor vuelve a dar señales de vida el día antes de tu encuentro con Russell. Tiene mejor aspecto. Ya no parece un adicto decrépito y moribundo, ahora sólo un adicto que, a juzgar por sus mejillas, los últimos días ha comido caliente con bastante frecuencia. La visita no es para felicitarte por lo acertado de tu nueva decoración, va a lo que va: pasta a cambio de información. 

Noticias frescas. Te cuenta que la imprenta de la que salió la revista es una tapadera (algo que dedujiste cuando pasaste horas mirando un cierre echado y ni un alma alrededor, pero tampoco quieres cortarle y quitarle la ilusión al chaval). El negocio potente es un bar centrado en la explotación sexual exclusiva de y para hombres. Un local de chaperos. No te cuenta más. Diez pavos cambiando de mano. Pagando a Russell lo acordado, aún te queda lo suficiente para tirar un poco sin demasiados excesos. 

Una nueva idea sacudiendo tu cabeza: encontrar a alguien metido en el negocio. El niño-jardinero podría darte la información que necesitas y de primera mano. Con pelos, tamaños y señales. Una idea cojonuda. Ambiciosa. La descartas. El niño-jardinero puede estar en cualquier lado, y ni tienes ni tiempo ni ganas de molestarte en encontrarle. Bastante tienes con encontrar a un invertido como para buscar a otro. 

Plan b. Trabajo de campo. Arrancas un par de hojas de la revista y las guardas en la americana. Hora de salir a la calle y poner tu pellejo, y tu culo, en peligro. 

Zona gay de la zona deprimida de la ciudad. Tíos musculosos con el torso al aire. Pantalones de cuero marcando paquete. Pinta de vendedores de crack. Lascivia flotando en el ambiente, en plan por un gramo me lo trago. Nada que ver con el glamour del Andros. 

Caminas por la calle atento. Al loro. A la caza de un pardillo, aunque algo te hace sentir a ti como el pardillo en cuestión. El 38 a buen recaudo en la funda sobaquera. Los locales más sórdidos abriendo sus puertas. Luces de neón sucias derramando lágrimas luminosas sobre el asfalto. Un par de chaperos hablan sentados en el bordillo mientras comparten un cigarrillo. Un bote de vaselina entre los dos. Pasas de largo. Uno de ellos se te insinúa con malicia, invitándote a probar algo nuevo. El otro está demasiado colgado como para articular palabra. En los viejos tiempos habría dormido en el calabozo acompañado por ti y los chicos, comprando papeletas para la rifa de hostias, o recibiendo a cala y a prueba golpes con la impunidad que confieren una placa y un gobierno homófobo. Pero los tiempos cambian, ya lo dice Joe. 

Te metes en un callejón oscuro que apesta a orina. Un gato maúlla subido a un cubo de basura. Te enciendes un cigarrillo apoyado en una esquina, sintiéndote como una puta desamparada. Y así es como estás en la realidad: solo. Sin refuerzos. Metido de lleno en una idea que poco a poco va ganando puntos para convertirse en una gilipollez de tamaño descomunal. 

De entre un montón de desperdicios aparece un mendigo. En una mano lleva un pañuelo que huele con desesperación. Te mira fijamente. Ojos vidriosos y eclipsados por el cuelgue químico que 

calza. Se fija en ti y levanta las manos temblando. 

– No quiero líos, pasma- dice, tartamudeando-. No tengo nada. No me pegues. No. No, por favor… 

Le aguantas la mirada. Sientes asco. Está sucio. Mugriento. Una dentadura podrida asoma entre sus labios cuarteados a cada palabra que pronuncia. Deja el pañuelo en el suelo, agachándose sin perderte de vista mientras mantiene la otra en alto. Te entran ganas de patearle y liberar tensiones. Te abstienes. Prefieres no perderle de vista. Ni a él ni a la calle que tienes al lado. 

Sin mediar palabra se incorpora y sale a la carrera. Gritando: 

– ¡Pasma! ¡Pasma! ¡Cuidado tíos que hay un pasma! 

De puta madre. La noche se pone interesante. La mano en la funda. Estudiando la situación. Estás a la entrada de un callejón sin salida. Dudas entre atrincherarte ente la mierda que te rodea y empezar a escupir plomo a todo cuanto se mueva; o seguir las pasos del indigente pero en sentido contrario. 

Esperas unos segundos. En la calle nadie parece hacerle mucho caso. Te acercas al pañuelo y lo coges haciendo pinza con dos dedos. Apesta a disolvente. Lo dejas caer antes de marcharte de allí despacio. Nada. Los mariposones siguen a lo suyo, revoloteando entre grupitos y pasando de tu culo. Al parecer no resultas llamativo para las reinas de la noche. Sacas otro cigarrillo, el último. Arrugas el paquete y lo tiras sin miramiento. Una gota de mierda en un mar de basura. 

Das una calada catalogando la situación. La cosa empieza a parecer ridícula. Ha llegado la hora de volver al despacho, dormir en tu catre de lona y esperar. Mañana es el día. La cita con Russell está a la vuelta de la esquina y necesitas estar descansado. 

Día D. Hora H. 

El parque está oscuro. Convertido en un puto picadero en el que los arbustos se mueven de manera rítmica y los jadeos ponen la banda sonora de lo que está pasando. Russell se retrasa. Te sientas en un banco y fumas en silencio. Esperas. Una pareja pasa a tu lado. La chica dice algo al oído de su maromo. Éste responde y los dos se ríen, mirándote. Sientes ganas de hacerle una limpieza dental contra un bordillo al machote. Respiras hondo y das una calada. 

Unos focos te ciegan. Dos ráfagas rápidas. Plas-plas. Es Russell. Te acercas. Abre la puerta del copiloto desde dentro y te montas.

– Lo siento. Patterson estaba dando por el culo en comisaría- dice a modo de disculpa. 

Ni te molestas en contestar. Tu papel de abusón te impide este tipo de empatía con el prójimo y esas gilipolleces. Algo te molesta en la axila. Palpas. La sobaquera con el 38. La has cogido de manera automática. Tu acompañante no supone una amenaza seria y ahora te toca cargar con ella. Suspiras. 

– Arranca. Tenemos cosas que hacer- ordenas, sacando el brazo por la ventanilla y jugueteando con la brisa de la noche. 

La misma mierda del otro encargo repitiéndose. Silencio. Kilómetros. Luces de gasolineras y moteles quedando atrás, en el asfalto. Miras de reojo a Russell. Se le ve tenso. Angustiado. Tiene la mandíbula apretada con fuerza y los ojos le brillan de manera febril. Si ese pedazo de mierda tuviera algo de valor, piensas viendo cómo una vena en su frente palpita, podría darme darme problemas. 

Conoces esa mirada. Esa manera de mantener las manos crispadas en el volante. El gesto desesperado de un animal acorralado. Inconscientemente palpas el revólver. El tacto del tambor bajo la tela de la americana resulta tranquilizador. 

Las costas del Pacífico empiezan a perfilarse en un lado de la carretera. Una mancha oscura. Negra. Salpicada por las luces de los barcos que se pierden en alta mar. Queda menos. La tensión en el coche empieza a ser palpable. De tener hambre, bien podríais hacer tortitas y extenderla a modo de sirope. No te gusta la situación. Tienes la sensación de que hay algo que se te escapa y eso te jode. 

Repasas mentalmente todos tus pasos de los últimos días. Una y otra vez. Nada. Nada que se salga de lo normal. Sin embargo tu sexto sentido se niega a bajar la guardia, a la espera de algo, pero ¿qué? 

¿Una encerrona por parte de Russell? Impensable. Le faltan pelotas para ello. Por si acaso, giras la cabeza al asiento trasero y echas un vistazo por si le da por un montar una fiesta al estilo Bobby. Ni un alma, tal vez os estén esperando allí. Tampoco suena demasiado muy creíble. Tratas de mantener la mente en blanco. No ganas nada adelantando acontecimientos. Además, un rehén y un 38 te ponen en condiciones más que óptimas ante una posible negociación. Algo del tipo: dejad las armas en el suelo y este hijo de puta sigue respirando. Polis achantados bajando las reglamentarias. Russell meándose la pierna abajo. Tú dándole un empujón y saliendo de allí quemando ruedas. Todo muy fantástico, pero real como la vida misma. 

– Hemos llegado- anuncia tu acompañante, apagando el contacto y jodiéndote el desenlace 

de la peli que te estabas marcando. 

Aprovechas tus últimos instantes abordo del coche para evaluar la situación. El suelo es de arena de playa y ves numerosas rodadas de coche; aunque no haya ninguno a la vista. Os bajáis. Russell va delante con la llave del bungalow en la mano. Abre. Entráis. Dentro huele a soledad y mar. Al parecer nadie ha entrado en los últimos días. Todo está tal cual lo dejasteis y el polvo del suelo no desvela pisadas recientes. 

– Por favor- Russell señala la mesa y las sillas. 

Os sentáis frente a frente. Su cara es la del empollón temeroso de la hora del recreo, como siempre. Te mira fijamente. Saca un sobre pequeño, de tamaño carta abriéndose la americana. Un vistazo rápido y un chispazo de rencor en sus pupilas te lo confirma: va armado y puede ser peligroso. 

– ¿La pasta? 

Dejas el fajo de billetes en la mesa, a mitad de camino entre los dos. Él hace lo propio con su mercancía y coge los billetes. Los cuenta delante de ti, con mucha parsimonia y una sonrisa cínica. Al parecer hoy no va a montar el numerito de dejarte a solas para que tomes nota. De todas formas te importa una mierda. Abres el sobre. Está vacío. 

– ¿Qué es esto, Russell? 

Te mira, riéndose de ti. El niñato asustadizo ha pegado el estirón. Se abre la americana, para dejar bien a la vista la automática. 

– ¿Qué creías, Dax?, o, ¿debo decir Sulivan? 

Ahora eres tú el que le mira. Te palpas los bolsillos del pantalón buscando el tabaco. Se te debe haber caído en el coche. Mierda. Lo único fumable que llevas encima son los paquetes de hierba de McGregor. Tratas de mantener la calma. 

– Sé quién eres, escoria. Te echaron por ser una mierda. Tu primer encargo lo cumplí porque la pasta me venía bien- a medida que habla se va acercando a ti-. Walter Sulivan. Número de placa 120658, ¿me equivoco? Eras de esos polis de antes. Como Donald Writte. Número de placa: 310161, y Mickey Harns, 30589. Lo único es que a ti te faltaron pelotas para acabar con dignidad. Quitarte de en medio cuando llegó el momento. Cosa que ellos sí que hicieron. 

No le escuchas. Tus manos están cerradas en dos puños deseosos de partirle la cara. Sientes cómo algo en tu cabeza empieza a zumbar como si fuera una mierda a medio comer por un enjambre de moscas. Respiras de manera acelerada. Está ahí, a un palmo de ti. Todo sería tan fácil como agarrarle de la nuca y estrellarle la cara contra la mesa. Una vez. Dos. Tres. Las que hicieran falta hasta que la ira desapareciera o él dejara de presentar constantes vitales. Lo que llegara antes. 

-…sí, Sulivan. ¿Ves cómo he hecho los deberes? La pasta me la quedo. Si me tocas los huevos, iré con el cuento a Patterson. No creo que le guste demasiado saber que un expoli alcohólico anda husmeando en su vida. 

– Russell… 

– ¿Qué esperabas? Patterson es un héroe nacional. Corazón púrpura. Una granada japonesa le acarició los riñones. Estuvo más muerto que vivo durante meses por dar su tiempo y casi la vida por su país y la libertad. Mientras tanto, la gentuza como tú evitaba el servicio militar. ¿De verdad creías que le iba a traicionar? ¿Que iba a darte cualquier tipo de información sobre él? Deberías dejar la bebida, Sulivan. No sé qué te traes entre manos con el caso de McGregor ni si Patterson está metido en algo turbio. No me importa- dice, poniéndose en pie-. ¡Ah!, se me olvidaba. Yo me voy y tú te quedas aquí. No echaré la llave. Hay una gasolinera a un par de kilómetros al este. Cuando llegues espero que tengas monedas para pedir un taxi… 

Tardas en reaccionar. Estás tratando de asimilar lo que está pasando, al tiempo que le ves acercarse a la puerta como a cámara lenta. 

Al fin respondes. 

Te pones en pie. Él abre la puerta. Russell, dices con aire quejumbroso. Se gira con gesto de fastidio. Sus ojos se abren como platos. Se lleva la mano a la automática. Tu 38 escupe dos plomazos antes. Pum-pum. Cae de rodillas, sin dejar de mirarte, como preguntando ¿qué está pasando aquí? Le ves desplomarse. A ojo, le queda el ratito para ser polvo de un futuro pasado. Te agachas a su lado. Tus labios rozan su oreja. 

– Russell. La ambición es algo que puede llevarte a la tumba. Hay que ser honesto en los negocios. Más cuando son al margen de la ley y se es poli- de su boca escapan pompas rojas que estallan en algo que suena plof-plof-. Deberías habértelo pensado antes. 

Te levantas. Le pisas la cabeza con rabia. Joder, él solo se lo ha buscado. Tienes que encontrar una manera de salir de allí. Vuelves a palpar los bolsillos buscando el tabaco. Misma respuesta. Los dos paquetes de hierba. No te valen. Pruebas suerte en la americana. Encuentras dos páginas de la revista. ¿Por qué no? 

Las colocas en el suelo, junto al cadáver aún caliente de Russell y desordenas todo para que parezca que ahí adentro ha habido una pelea dejando el fajo de billetes a la vista, con un poco de suerte lo relacionaran con un cliente no satisfecho que le ha puesto dos balas de reclamación tras un servicio poco agradable. 

Le quitas las llaves del coche y miras la pasta con lástima. Está manchada de sangre, inservible. Sales. No hay nadie. Te montas en el coche. En el suelo, junto al asiento del copiloto, el jodido paquete de Pall Mall. Te enciendes uno. Das una calada larga, tratando de asimilarlo todo. Arrancas y te marchas de allí a toda prisa. El bungalow y el cadáver de Russell se pierden en el espejo retrovisor. 

En un par de horas pararás en una gasolinera. Dos litros de gasolina. Una nueva parada cerca de la ciudad, el coche de Russell convertido en chatarra calcinada y tú andando hasta el despacho. Fin de la historia. 

Te acomodas en el asiento sin perder de vista la carretera y pisas el acelerador. Te quedan muchos kilómetros por delante y no quieres que una mala postura los convierta en un jodido infierno de calambres y dolores musculares. La ciudad te llama al otro lado del horizonte y tú conduces hacia sus entrañas deseoso de ver qué te depara el futuro. 

Curso de iniciación a la narrativa por Laura Gomara.

Curso de iniciación a la narrativa

 Inicio el 7 de octubre de 2019.
10 sesiones.
Horario: los lunes de 18:30 a 20:00h
Lugar: Somnegra
Mínimo 3 personas, máximo 10 personas.

Si te gusta escribir e imaginar historias pero no sabes cómo plasmarlas sobre el papel, este es tu curso. Trabajaremos la gestación de la idea, cómo dar alas a la creatividad e inventar un argumento, cómo crear un personaje sólido, situarlo en un espacio y tiempo concretos, concebir una estructura para la historia, ver el final y dirigirnos hacia él, inventar inicios y finales de capítulos potentes, controlar el ritmo de nuestra narración y trabajar el estilo.

El objetivo del curso es aprender técnica literaria y conceptos básicos de la narrativa a partir de material teórico y de la lectura de autores de novela negrocriminal. El objetivo final es escribir un cuento o empezar un proyecto de novela.

PRECIO DE LAS 10 SESIONES: 195€ X ALUMNO

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Más información: mado@somnegra.com