Relatos de la mazmorra, 3.- Alunizaje, por Vladimir Hernández.

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ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

3.- Alunizaje

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Aceleraron rumbo al Hospital Emergencia. El olor a sangre dentro del coche patrullero comenzaba a resultar incómodo. Acosta, que era muy pulcro y proteccionista con el vehículo, esperaba que no quedaran manchas en el asiento trasero.

El tráfico de Reina estaba imposible; se desviaron por una calle lateral llena de baches. El coche iba dando tumbos.

—¡Ay, cojones, me cago en..! —se quejó el detenido, que iba completamente acostado para evitar que el asiento le rozara la herida. Iba descalzo, y vestía una camiseta interior mugrienta y unos pantalones cortos de mezclilla empapados de sangre.

—Cállate de una cabrona vez, anda —le vociferó Machado burlón, sin tomarse el trabajo de mirar atrás—. Si no fuera por ti, ya nosotros dos habríamos terminando el turno y estaríamos de camino a casa.

Aquella tarde habían intervenido una riña a navajazos en un solar y, como no había ambulancia para transportar al herido, Control les había ordenado trasladarlo al centro médico más cercano. Además de tener el rostro hinchado por los golpes, el tipo se había llevado un tajazo enorme en uno de los glúteos y sangraba profusamente.

—Ahora no te lamentes —le dijo Acosta mientras conducía—. Tú mismo te lo buscaste, por hacerte el guapo y meterte solito en la boca del lobo.

El herido gimió cuando el Peugeot agarró otro bache.

Machado lo miró por el espejo retrovisor.

—¿Y se puede saber qué coño fuiste a buscar a ese solar?

—Fui a arreglar cuentas con un hijo’puta que me debía plata —respondió el hombre, haciendo un esfuerzo por reponerse al dolor.

—Y seguro que te encontraste que el tipo vivía con una pila de primos allí y que te estaban esperando para caerte arriba, ¿no?

Acosta cruzó la calzada de Belascuaín saltándose la luz roja, y preguntó:

—¿Cuánto te debía ese fulano?

—Doscientas cabillas.

Machado soltó una carcajada.

—¡No me jodas! —dijo—. ¡¿Y por doscientos pesos mierderos te has buscado que te piquen el culo?! ¡Hay que ser comemierda, chico!

—Sí —se sumó Acosta divertido—. Te han hecho una zanja extra por ir a discutir el equivalente a siete míseros dolares. Has tirado tu prestigio por el suelo.

—Ahora vas a tener el culo picado para toda la vida, y la gente va a saberlo. Eso es moral. No valía la pena.

El detenido ladró una respuesta que parecía un sollozo enfurecido.

—A ese yo lo mato. ¡Por mi madrecita!

—Ah, ¿sí? —se rió Machado—. No me digas.

—Lo voy a rajar al medio —repitió el herido con rencor—; a él y a sus dos primos. —Sofocó otro quejido—. Esos tres no llegan vivos al fin de semana.

Los dos polis rompieron a reír al unísono.

—Usted es un caso perdido, compadre —dijo Acosta—. Le abren una tercera nalga y media hora después ya está pensando en la revancha.

—Me lo voy a echar al pico —insistió el hombre con un hilo de voz.

Acosta siguió riendo sin añadir nada más, negando con la cabeza.

—Qué bruto es —razonó Machado, encogiéndose de hombros—. No tiene remedio. El tanque y el cementerio están llenos de tipos así.

—Yo lo voy rajar… Lo voy a rajar… —siguió diciendo la voz de atrás.

Continuaron avanzando hacia el Emergencia.

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La tarde moría con lentitud exasperante. Acosta se aburría detrás del volante.

—Alunizaje —dijo Machado, pronunciando aquella palabra a continuación de un bostezo. Subían desde la zona del Túnel de la Bahía por la calle Habana, atravesando un cuchillo para buscar Compostela.

—¿A qué viene eso de la Luna ahora, Machado?

—¿La Luna? ¿Quién habló de la Luna?

—Dijiste alunizaje. Eso significa aterrizar en la Luna.

—¡Pero si nadie ha aterrizado en la Luna, salvaje!

—Eso no es verdad —terció Acosta—. Creo que los rusos fueron allí hace años.

Machado lo miró con suspicacia y dijo:

—Negro, tú siempre te estás inventando cosas para confundirme. ¡Ni los yumas ni los bolos han ido nunca a la Luna!

—A lo mejor fueron los franceses. Creo que lo leí en algún sitio.

—No creo. Los rusos son los mejores. Si ellos no han ido, no ha ido nadie.

—Quizás leí mal.

—¿Ves? Seguro que te lo inventaste para joderme. Pero te salió el tiro por la culata.

—O fueron los chinos los que viajaron a la Luna.

—Acosta, no me empieces otra vez con lo de los chinos, por favor.

El conductor se encogió de hombros y abandonó la discusión.

—¿Y entonces de qué tú hablabas cuando dijiste eso del alunizaje, compadre?

—Me refería a una forma de fachar.

—¿De robar? ¿Y eso?

—Bueno, no aquí. En España. ¿Te conté que tengo un primo viviendo en España?

Acosta sonrió con picardía.

—Tú tienes parientes regados por todo el mundo, socio.

—Más o menos. El caso es que mi primo dice que allá en España los delincuentes le llaman alunizaje a estrellar un carro contra la vidriera de una tienda o una joyería, y luego se meten dentro del sitio y efectúan el robo; todo en pocos minutos, antes de que venga la Policía. Es como un facho exprés, ¿te imaginas?

—Está fuerte eso.

—Eso dije yo; ¡cómo inventan esos gallegos!

—Pues aquí estarían jodidos —reflexionó Acosta—. En esta ciudad ya no quedan vidrieras, y mucho menos joyerías. Ni siquiera las shopping tienen cristales.

—Tienes razón. Y luego dicen que allá afuera se vive mejor que aquí, y que los ladrones la tienen más difícil para robar. ¡Qué puntos son!

Rieron sin mucha convicción. Acosta se rascó la piel tras la oreja y comentó:

—Lo que no entiendo es qué relación tiene eso con la Luna. ¿Por qué lo llaman alunizaje?

—Pues no lo sé. Eso mi primo no me lo explicó.

Se quedaron en silencio. Al cabo de un rato Acosta preguntó:

—¿Qué vamos a hacer este fin de semana? ¿Tienes algo en mente?

—¿Ya se te olvidó? —dijo Machado—. Esta semana vamos a cazar langostas al canal de la Marina Hemingway, en la zona donde viven unos parientes míos. Sigue siendo ilegal cazar langostas, pero la gente de por allí lo hace a escondidas.

—Cierto, me lo habías contado —recordó el otro poli con regocijo anticipado. Pensó en su mujer, Cachita—. Iremos con las jevas, ¿verdad?

—Por supuesto. Vamos los cuatro. Seguro que Lalá y Cachita no se van a querer meter en el agua, pero les encantará estar junto al canal, cogiendo fresco y tomando ron.

La radio crepitó y Machado respondió la llamada.

—Carro 666. Indique, Control.

—Avancen hasta la calle Teniente Rey 250. Se denuncia un cinco-dos con arma blanca. Repito: vayan hasta Teniente Rey 250 y localicen a la persona lesionada.

—Copiado, Control —dijo Machado—. Vamos para allá.

—Correcto.

Cinco minutos después, llegaron a la dirección indicada.

—Oye, mi hermano —advirtió Acosta—. Esta es la salida trasera del solar donde estuvimos hoy por la mañana. Es el mismo sitio donde ocurrió la bronca.

Machado asintió con sorpresa.

—¡Coño, verdad qué sí! Qué conflictivo es ese puñetero solar, ¿no?

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Entraron al patio de tierra con el Peugeot y se acercaron a un par de vecinos y al policía de la Mazmorra que esperaba junto al caserón colonial. El sitio en general estaba tan desvencijado que tenían la impresión de que en cualquier momento todo aquello se les iba a derrumbar encima. Frenaron al ver al herido sentado junto al poli.

—No me lo puedo creer —dijo Machado con asombro.

—La madre que lo parió —comentó Acosta alzándose las gafas para poder ver bien a la víctima—. Mira quién regresó al solar.

El hombre era el mismo herido que habían llevado a Emergencia aquella misma mañana. Ahora vestía otros pantalones cortos, camiseta sin mangas y calzaba mocasines apache de confección artesanal. Mostraba heridas leves en el torso, recientes hinchazones en el rostro y, al igual que en la mañana, la sangre en sus posaderas era abundante.

—Le han rajado la otra nalga —indicó Acosta lo evidente.

La expresión de derrota en la cara del tipo era abrumadora. Parecía al borde del desmayo. Machado se plantó delante de él y le espetó:

—Reconócelo, compadre. Tú no vienes al solar a matar negros.

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