Rey de picas. Una novela de suspense, de Joyce Carol Oates

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oatesJoyce Carol Oates (Lockport, Nueva York- 1938). Galardonada con multitud de premios a cuál más prestigioso (como el National Book Award, el PEN/Malamud Award y el Prix Fémina Étranger. En 2011 recibió de manos del Presidente Barack Obama la National Humanities Medal, el más alto galardón civil del Gobierno estadounidense en el campo de las humanidades, y en 2012, el Premio Stone de la Oregon State University por su carrera literaria), Oates, es uno de los nombres más relevantes de la literatura contemporánea y no ha parado de publicar desde que lo hiciera por primera vez en 1966. Autora de innumerables obras entre las que podríamos nombrar, por ejemplo, las novelas La hija del supulturero, Mamá, Blonde o Carthage; recopilaciones de relatos como Infiel o Mágico, sombrío, impenetrable. Esta escritora cultiva también el ensayo, el teatro y la poesía.

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Rey de Picas. Una novela de suspense. Publicada en España en octubre de 2016 por Alfaguara por MONTSE GALERA

Traducción: José Luis López Muñoz.

Pues no. Este año tampoco le han concedido el Nobel a Joyce Carol Oates, una de sus eternas candidatas. Empezar una reseña así no es brillante, lo sé, está muy manido. Pero de haber sucedido lo contrario no hubiera podido omitirlo, en eso estará de acuerdo incluso Dylan, así que me concedo el gusto. Ciertamente, en su momento, a Oates también se le escapó el Pulitzer del que fue finalista con su novela “Blonde”. No obstante, no deben preocuparnos esos contratiempos “insignificantes”, la lista de premios recibidos por la autora neoyorkina es casi tan larga como la de sus obras publicadas. Bueno, no. Me he excedido. Joyce Carol Oates es, probablemente, una de las autoras más prolíficas del panorama editorial actual y es cierto que no son muchas  (o no las suficientes) a las que se les reconoce tanto oficio. Leer a Oates es habérselas con un mito afincado entre las más grandes plumas de la literatura contemporánea y eso es algo que conlleva un pellizco de decepción. Se ansía tener entre las manos no una joya, sino la joya; aspiras a sentirte perdido y huérfano cuando cierras el libro, a que no exista una lectura nueva capaz de consolarte. He de confesar que albergo la sospecha de que esta, tal vez, no sea la mejor de sus novelas, estoy casi segura de que otras, anteriormente, contribuyeron a poner un altísimo listón. De ser así, vamos a tener que buscar cobijo en ellas cuando lleguemos al final de esta novela tan malditamente buena.

Pero las novelas se empiezan por el principio que en esta obra reza así:

“En el aire había aparecido el hacha. Por alguna razón se alzaba y se caía en un vaivén desenfrenado, en dirección a mi cabeza, mientras yo intentaba alzarme de mi posición en cuclillas y perdía el equilibrio, por la desesperación de querer escapar, al tiempo que me fallaban las piernas y se oía una voz ronca que suplicaba “¡No!¡Por favor, no! (¿era la mía, irreconocible?), por cuanto a pocos centímetros de mi cabeza, la cuchilla se estrellaba y se hundía en el escritorio, del que saltaban astillas; para entonces ya había caído yo pesadamente al suelo, un suelo duro y rígido debajo de la deshilachada alfombra oriental”.

Oates dedica la totalidad de un brevísimo primer capítulo (ocupa una sola cara) a la fantástica descripción de lo que una servidora se atreve a denominar “el asunto del hachazo”. ¡Y ya está! ¡venga! ¡ya lo tenemos! Porque nos vamos a llevar con nosotros esa bendita escena durante toda la lectura a modo de marca páginas y no vamos a poder para hasta reencontrarla. Oates ha hecho vibrar la escena como si fuera el cascabel de una serpiente y nos va a llevar hasta el final pendientes de su sonajero hipnótico. Vamos a meter la mano en el saco, precisamente, porque sabemos que la serpiente está en él.

¿Pero dónde? nos preguntamos inquietos mientras encadenamos una ristra de ¡ay! ¡Ui! ¡ala! ¡Ya verás tú como…! ¡Noooo si al final…! Y esa es la magia de Oates.

La novela, construida por contundentes y breves capítulos, está relatada en primera persona por su principal personaje ( o no), Andreu J. Rush, un aplaudido escritor —cuya reputación se asienta siempre en un peldaño por debajo de Stephen King— de novelas negras, pulcras, políticamente correctas…; su vida es una postal idílica donde aparentemente reina el orden, el prestigio social, una vida familiar estándar acomodada…pero esconde un secreto: escribe bajo seudónimo —este es “Rey de Picas”— una suerte de novelas macabras, gores, gamberras, y sobre todo impropias de Rush… Consiguiendo, mediante ingeniosos malabarismos, que absolutamente nadie lo sepa. Sin embargo, el lector sí va a conocer los entresijos de los rincones más sombríos del protagonista gracias a que una de las novelas de Rey de Picas va a “caer” en manos de su hija. Prácticamente al mismo tiempo Rush recibe una citación judicial. Lo acusan de plagio. Menos mal que a King…también.

Joyce Carol Oates nos presenta su personaje como quien enseña una casa. Nos coloca ante su entrada y nos muestra un jardín con columpios, ostentoso e impoluto para desvelarnos paulatinamente que también tiene patio trasero, puerta de servicio, habitación del pánico, desván y zulos subterráneos. Nos da a conocer a Rush siempre visto por él mismo. Él nos describe su entorno, pero lo que realmente nos muestra es cómo su entorno le entiende a él.

También encontraremos divertidísimas referencias a escritores emblemáticos de todas las épocas —¿qué opinará S. King de esta novela? — sin olvidar, no se puede, el magistral guiño que le hace a Allan Poe. De hecho, un fragmento de uno de sus cuentos “El demonio de la perversidad” abre la novela:

“Estamos al borde de un precipicio. Contemplamos el abismo…, nos sentimos mal y nos mareamos. Nuestro primer impulso es apartarnos del peligro. Inexplicablemente, no lo hacemos”.

No hay que perder de vista esta cita, Oates no nos enseña ninguna habitación de El rey de Picas por que sí.

Montse Galera.

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