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Obscena, trece relatos pornocriminales, de VV.AA

obscenaObscena. Trece relatos porno  criminales.  Por GRAZIELLA MORENO

Editorial Alrevés, 2016.

AUTORES: Carlos Salem, Carlos Zanón, David Llorente, Empar Fernández, Fernando Marí­as, Guillermo Orsi, Jose Carlos Somoza, Juan Ramón Biedma, Manuel Barea, Marcelo Luján, Marta Robles, Montero Glez y Susana Hernández.

RESEÑA: La elección de los autores que componen esta antologí­a es más que acertada, ya que cada uno de ellos aporta elementos distintos sobre el sexo y lo criminal. Tras el prólogo de Juan Ramón Biedma abre fuego Carlos Salem con La noche de Valentina, una noche loca, descerebrada, la historia de una búsqueda de amores imposibles y desconcertantes en “esta ciudad sin mar en la que todo el mundo tiene expresión de haber perdido el barco de su vida”. Más tierna de lo que parece a pesar de la dureza de sus imágenes, Salem nos ofrece una galería de personajes que nos harán sonreír y por qué no, hasta nos pondrán un poquito sentimentales.

Carlos Zanón funde en “Hardcore” pasado, presente y futuro. El amor y el deseo, la muerte y la vida se mezclan en el espejo en el que se mira el narrador que habla en primera persona. La gran pregunta: “¿Quién dice la gente que soy?” plantea el dilema de nuestra propia identidad. ¿Somos lo que creemos o lo que los demás nos dicen que somos? ¿Y ello justifica lo que hacemos o más aún, qué hemos hecho? Un relato duro, como su título.

David Llorente desgrana un mundo que se hunde en “Maldigo el gallo que anuncia el alba” y que fecha en el último cuarto del siglo XXI. “El homo ciberneticus” ha llegado, cualquier órgano puede ser sustituido por elementos mecánicos, pero hay un límite. La venganza, la inmortalidad, el amor y el sexo están presentes en este relato que para mí es muy real, el futuro es hoy y todos somos responsables.

Empar Fernández con “Marcia y Marcial, pasión sin límites” nos regala un relato que vas más allá del mundo del porno. Marcia es un personaje cercano, con una mirada hacia sí misma que te llega triste, conformada a su suerte. “De hecho había sentido tanto miedo años atrás que le bastaba con recuperar el recuerdo de algún golpe en las costillas o la memoria de un cigarro apagado en su antebrazo”. Y sí, hay miedo en esta historia, miedo y sexo, y un sorprendente final.

Fernando Marías consigue con “Sandalias amarillas de tacón de aguja” remover al lector, explorar una sexualidad brutal y explícita. “Los tacones femeninos hablan” escribe el autor, y vaya si lo hacen, hablan y algo más. La tentación siempre está ahí y si cedes, es posible que no puedas salir del lugar al que hayas llegado. Fetichismo, sí, pero en un lado muy oscuro…

Guillermo Orsi y su “Catedral” contiene una profecía, un sueño loco, demencial, con tintes apocalípticos en el que ninguno de los personajes está libre de un final aciago. “He visto arder a los muertos”. Un relato muy visual que no deja al lector indiferente.

José Carlos Somoza, desarrolla una historia brutal en “Desmadre”, haciendo gala de la ironía que es habitual en el autor, guiños constantes al lector y hasta a los críticos literarios. Un relato dentro de otro en el que la imaginación es la clave: “Pero qué importa, pienso, lo que importa es gozarlo”. Sabias palabras.

Juan Ramón Biedma nos lleva de la mano de la detective Sanjuanbenito que siguiendo a los clásicos investiga al “asesino de los parques” en una Sevilla con pronóstico de nieve y en un barrio donde los personajes “son incapaces de salir de allí”. Una historia con sexo, sí, pero también conmovedora y desesperada y con una inquietante obsesión por las lentejas…

Manuel Barea, narra en “Fábrica de carne” una historia de amor, venganza y psicopatía. Requiere una lectura reposada en la que todos los detalles cuentan. “El mundo solo conoce de sufrimientos y la raíz de todos ellos es el afecto”. Amor y venganza, además de locura, mandan en este relato.

Marcelo Luján, aborda la violencia de género en “Cuidados intensivos”, una narración muy cuidada, en la que asistimos a la locura del psicópata y a la angustia de su víctima, todo aderezado con la poesía de Lorca y el silencio, “El silencio ese que precede de un modo exacto a alguna respuesta o afirmación que nunca esperamos”.

Marta Robles, presenta un relato redondo con “Un sabor muy familiar”, no exento de humor, en el que la cocina es importante y la familia, peligrosa. La inocencia (“creyó que era ese príncipe azul con el que soñaba antes de llegar a España”) tiene un precio, y en ocasiones, puede ser muy alto.

Montero Glez y “Sangre callada”. Breve, pero suficiente para despertar sensaciones que no voy a desvelar aquí, tendrá que descubrirlas el lector por sí mismo, pero ya la primera frase de “el marqués” puede dar una pista: “- Es tan bella como el nombre de una puta”.

Susana Hernández, titula “El amante de Shanghái” a este relato que no es lo dulce que pudiese aparentar. Es una historia de locura, de represión, de sexo y de miedo. “Cuando no estás, mi sexo te reclama, insaciable”. La imaginación es muy poderosa, a veces, no sabemos cuánto.

Tal y como dice el propio Juan Ramón Biedma, “puede ser que haya llegado el momento de abordar la plasmación del sexo realista con las armas del terror y el crimen o viceversa”. El momento está ya aquí, con estos relatos que recomiendo a todos los lectores que quieran vibrar, sentir e imaginar con las palabras de estos magníficos autores porque ¿no dicen que el sexo está en el cerebro? Pues eso.

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Siempre hay alguien a quien matar, de Guillermo Orsi

siempre hay alguien a quien matar-guillermo orsiSiempre hay alguien a quien matarGuillermo OrsiRevolver editorial por FERNANDO TERRÁDEZ

Reseña

Siempre hay alguien a quien matar, de Guillermo Orsi, es mi primera incursión en el género negro argentino, aunque no se trata de una novela policíaca al uso. El trasfondo de la trama es la investigación de la desaparición de una mujer, joven y guapa, antigua amante del personaje principal.

La primera diferencia con una típica novela negra es ese personaje principal que poco tiene de detective, que observa y valora todo lo que le rodea desde su condición de escritor. Este narrador porteño, Francisco Molinari, es uno de los atractivos de la novela, dado que desde el momento que llega a Los Médanos, ciudad turística en temporada baja donde sucede la historia, le ocurren las más sorprendentes, vertiginosas y oscuras aventuras, aunque tal vez no sabemos si lo son por cómo están contadas o por cómo ocurren realmente. De hecho, la novela está plagada de referencias literarias, desde Shakespeare a Borges pasando por Madame Bovary, y de un humor ácido que se ensaña principalmente en la crítica social de la corrupción política y judicial.

La segunda diferencia, y que desde mi punto de vista hace más atractiva todavía la lectura de esta delirante novela, son los dos personajes que acompañan a nuestro escritor en un trío casi estrafalario, casi esperpéntico, pero al que no le falta en todo momento la ironía y el humor inteligente. Por un lado, un pediatra metido a forense, Calzada, que bien podría haber salido de una novela de Eduardo Mendoza o de la serie A dos metros bajo tierra. Por otro un cana, un policía, Bermúdez, cuyas maneras no son muy ortodoxas, que tiene muy poco del frío detective de la novela negra americana, y que más bien parece cualquier agente a punto de jubilarse de una pequeña población mediterránea.

Respecto al argumento, tiene algo de El sueño eterno de Raymond Chandler. Todo gira en torno a la desaparición de la mujer de un influyente médico y antigua amante de nuestro escritor porteño, pero esto es solamente el principio. Escenarios inesperados y lúgubres, muchos muertos y cadáveres, tiroteos y persecuciones y hasta un asesino en serie. La historia da muchas vueltas y has de estar inmerso en su lectura para disfrutar con las peripecias de estos personajes.

Mis sensaciones con respecto a esta novela han sido contradictorias. La lentitud de los acontecimientos al principio de la historia podría invitar a dejar de seguir leyéndola, pero el desarrollo de la trama, los vivos diálogos y las lúcidas críticas empujan a leerla hasta el final. Aunque el narrador se recrea en exceso en las reflexiones sobre su relación amorosa con la desaparecida, las escenas divertidas son simplemente memorables. No hay que perderse la anécdota del loro porque te provoca una sonrisa cada vez que la recuerdas.

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