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Relatos de la orilla negra, de José Luis Muñoz

orilla-negraRelatos de la orilla negra – Relatos negros – Ediciones del Serbal por NATALIA SALGADO GONZÁLEZ

Autor: José Luis Muñoz Aunque nacido en Salamanca en 1951, se considera gracienc, del barrio de Gracia de Barcelona, o aranés, del Valle de Arán donde vive en la actualidad. Es articulista de opinión (El Periódico, El independiente, El Sol, El Cotidiano, Suburbano Miami), autor de reportajes de viajes (Viajes National Geographic, Nómadas, Traveler), crítico de cine (Cinemanía, El Destilador Cultural, Tarántula, Entretanto Magazine), y de literatura (Leer, Otro Lunes, Narrativas) y conferenciante en universidades de España y Latinoamérica. Relatos y reportajes suyos han aparecido en las revistas GQ, DT, Playboy, Penthouse o Interviú. Ha publicado 42 libros, todas novelas menos cinco libros de relatos, y ha obtenido, entre otros, los Premios de novela Tigre Juan, Azorín, La Sonrisa Vertical, Café Gijón y Camilo José Cela. Es el autor de la trilogía histórica La pérdida del Paraíso, publicado simultáneamente en España y Latinoamérica, y de El secreto del Náufrago. Dentro del género negro ha publicado las novelas Barcelona negra; El cadáver bajo el jardín; La casa del sueño; La precipitación; Mala hierba; El corazón de Yacaré; Tu corazón, Idoia; Pubis de vello rojo; La caraqueña del Maní; El mal absoluto; Marea de sangre; Te arrastrarás sobre tu vientre; La Frontera Sur, Lluvia de níquel, y Cazadores en la nieve entre otras. Organiza, con Octavi Serret, el festival de novela negra Matarranya Negra y es un habitual de la Semana Negra de Gijón y de festivales literarios de España y Francia. Tiene en la red el blog La Soledad del Corredor de Fondo.

Sinopsis: Duelo de veteranos: Julián Ibáñez con La gordita y el marido del ojo pocho; Fernando Martínez Laínez con Visto y no visto, y José Luis Muñoz con Los pintores muertos. Dos generaciones, pero igualmente iconoclastas, la del portaestandarte de la literatura quinqui Paco Gómez Escribano con Gatillazo, y José Vaccaro Ruiz, maestro de lo políticamente incorrecto, con El Moro. Un periodista de investigación, y estudioso del género negro, como Mariano Sánchez Soler, que nos regala el nostálgico Triste, solo, destructivo; pájaros y directores de cine en el relato de José Carlos Somoza Ese gordo, sádico, bastardo; mafias del Este en Al final de la perspectiva de Francisco Balbuena; una nueva aventura del comisario Gorgonio que trae Alejandro M. Gallo en el L.A. Discrecional; prostitutas tiernas en ¿Quién te ha hecho mal? de Nacho Cabana; un psicópata peligroso en Sus ojos al otro lado que ofrece Francisco Bescós para acompañar al de Crisantemos de Angelique Pfitzner; rasgos de humor, muy negro, en Causalidades de Pablo de Aguilar; escalofríos en la nuca a cargo de Elia Barceló en El Monstruo del altillo, mientras Juan Ramón Biedma pone patas arriba un cuento infantil en Ni Hansel ni Gretel; inquietud en torno a una fotografía antigua y dos hermanas en Para Elisa en la playa de Rosa Ribas.

Cruzamos la orilla. De Cuba, la historia enloquecida de Cazadores de metáforas de Lorenzo Lunar, y el noqueo de Rebeca Murga de Mala sangre. Desembarco de argentinos: Raúl Argemí con Un pobre gato; Rolo Diez con su Eclipse; Guillermo Orsi con El uso correcto de las herramientas; Guillermo Saccomanno con Zippo; y Marcelo Luján con Carne y uña. Una rareza chilena, la de Dauno Tótoro Taulis y su historia Anganamom. Realidad mexicana estremecedora a cargo de Javier Valdez Cárdenas y sus narcos en Todos están muertos; Fritz Glockner que presenta a un terrorista de Estado formado en la Escuela de las Américas en El General Negro, y Augusto Cruz que inquieta con su fotógrafo de los muertos de Memento mori. Y Marco Tarre Briceño habla de peligros malandros caraqueños en Bobby y el Robert.

Reseña: Cuando nos enfrentamos a la lectura de una antología siempre supone un reto porque es difícil saber qué vamos a encontrar. En este caso, como indica José Luis Muñoz en la introducción, es un libro “deliberadamente caótico y diverso, porque así lo quiere el antologista”. Y es que las diferencias que hay entre los relatos son tanto en temática como en extensión.

Se tocan muy diversas ramas del género negro, pero lo que hace peculiar esta antología es la motivación por la que fue concebida: compilar en un solo volumen relatos negros “en la lengua de Cervantes”, de ahí que su título haga alusión a la “orilla negra”, tanto la española como la hispanoamericana, para reunir aquí nombres tan diversos del panorama negro-criminal.

He de decir que la introducción es una maravillosa reflexión sobre el género negro, y no puedo dejar de citar lo que considero un gran acierto; el resto dejo que lo descubran los lectores: “dentro del género negro cabe el humor, como cabe el amor, el sexo, la violencia, la crítica social, lo que se quiera meter dentro, porque lo negro, más que un género, es una mirada”.

Desde aquí quiero animar a todos a acercarse a este versátil abanico de relatos que permiten cambiar de registro ágilmente y hacer un amplio recorrido por las diferentes vertientes del género negro; y que seguramente no dejará indiferente a nadie.

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Relatos de la mazmorra, 5.- Lealtad por Vladimir Hernández

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ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

4.- Lealtad

Negra sobre blanco. Las pieles ardiendo, intercambiando sudores. El ritmo, la sincronía de movimientos; gemidos, gritos, y palabras malsonantes que crean ecos en las paredes de la habitación alquilada.

Ella, encima de él, lo esperó y se corrieron juntos, con las manos entrelazadas.

—Tenemos que hablar —dijo la chica al rato.

—¿Será posible? —se burló él—. Las mujeres siempre quieren hablar después de un buen revolcón.

—Es en serio.

Machado se sentó al borde de la cama, con los pies descalzos apoyados en el suelo; el sudor se le escurría por el pecho y caía sobre las baldosas blancas.

—No me vayas a decir que estás embarazada y que no sabes de quién es.

Ella se abrazó a él por detrás, presionándole la espalda con sus cálidos senos.

—Sigues bromeando, chico —le amonestó—. Hoy estás imposible.

A Machado le agradaba su ternura, pero desconfiaba de las conversaciones postcoitales; a veces, una bala podía convertirse en un misil.

—A ver, Cachita, mi cielo —dijo él—. ¿Qué te ronda por esa cabeza?

La joven suspiró, le dio un rápido beso en el cuello, y declaró:

—No quiero seguir con esta relación.

El poli intuyó que el misil venía envenenado. Se encogió de hombros.

—Está bien —dijo resignado—. Siempre supimos que este momento iba a llegar. Tú eres la mujer de Acosta y yo nunca he aspirado a que eso cambie.

—No es eso.

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Pero él insistió:

—Fue bueno mientras duró. Dijimos que dejaríamos de vernos en cuanto tú lo quisieras así.

—No me estás entendiendo —dijo ella aferrándolo con fuerza, el tono oscuro de su piel contrastaba con el pecho blanco del hombre—. Lo que yo quiero es que dejes a Lalá, para yo divorciarme de Acosta y entonces poder formar una pareja contigo.

—Tú estás jugando, ¿no?

—No —respondió Cachita. Lo hizo voltearse y lo volvió a besar en los labios—. Lo digo en serio. Ya no soporto esta farsa. Odio salir los fines de semanas juntos y tener que ver a Lalá besándote y haciéndote caricias. No lo aguanto más. Te quiero para mí. Para mí sola.

Machado se deshizo del abrazo y se puso en pie. La miró ceñudo.

—¿Tú te volviste loca? —dijo estupefacto—. ¿Y Acosta qué?

Cachita se cruzó de brazos, acunando sus enormes pechos con las palmas de las manos. Las aureolas negras en torno a sus pezones eran enormes.

—Acosta es un problema mío. Si dejas a Lalá, yo me divorcio de Acosta.

—Pero, ¿qué estás diciendo, Cacha? —estalló Machado—. Acosta es mi amigo; ¡Mi hermano del alma! El hermano que nunca voy a abandonar. ¿Cómo se te ocurre proponerme semejante traición?

Ella le respondió airadamente.

—Me confundes, Machado. Llevas seis meses acostándote con la mujer de tu mejor amigo, ¿y me hablas de conflictos de lealtad?

A él le molestó que Cachita lo culpara de aquella forma; como si ella no tuviera una participación activa en la infidelidad. Se acercó a la ventana y apartó las cortinas de tela estampada. La luz del mediodía le obligó a entornar los ojos.

—Es mejor que sea así —dijo la joven—. ¿Sabes lo que pasaría si ese negro se entera de lo nuestro?

La sombra de Machado caía ahora sobre el rostro de Cachita.

—Olvídate de eso —declaró él, lapidario—. No voy a joder a mi compañero.

Cachita alzó las manos en señal de impotencia.

—¡Pero si ya lo estamos jodiendo!

—Te equivocas. Lo mío y lo tuyo no tiene nada que ver con Acosta. Y si eso es lo que crees, significa que en ningún momento has comprendido la base de esta relación. Esto… esta historia que tenemos, existe porque tú me gustas mucho y porque, de mutuo acuerdo, decidimos correr el riesgo de vivirla; pero no está sujeta a ninguna condición. Te lo repito: no voy a traicionar a Acosta; ni por ti, ni por nadie.

—Ese compadreo de ustedes me parece la cosa más rara del mundo —protestó la mujer en voz baja.

Machado se acercó a ella y le dijo con firmeza:

—Espero que no estés poniendo en duda mi hombría y la de tu marido.

Cachita empezó a sollozar. Se sentía impotente.

—No —respondió entre lágrimas—, pero no me gusta esta situación.

Él fue paciente. Extendió las manos y la tomó por la cabeza, hundiendo suavemente los dedos en su algodonoso cabello afro. Le dijo:

—No te pongas así, Cachita. Podemos solucionarlo. Sólo tenemos que olvidar que tuvimos esta conversación. Fingir que nunca ocurrió. Pero, insisto: no me pongas a prueba otra vez. Acosta es mi hermano. Siempre lo voy a escoger a él.

Y la besó.

Relatos de la mazamorra, 4.- Cuarteto, por Vladimir Hernández.

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ACOSTA Y MACHADO (Los patrulleros)

4.- Cuarteto

—Acosta, tú no me estás escuchando —protestó ella.

Él acababa de darse una ducha y estaba verificando frente al espejo el aspecto de su impresionante musculatura de veinteañero. Su piel de ébano, húmeda, brillaba al fulgor amarillento de la lámpara del baño. De pronto fue consciente de que su mujer le había preguntado algo.

—¿Qué pasa ahora?

—¿Ves que nunca me prestas atención? —lo acusó Cachita cruzándose de brazos—. Siempre haces lo mismo.

Cachita tenía la tez muy oscura y una fisonomía de fuertes rasgos. Grandes senos, tobillos finos y huesos alargados. Llevaba el cabello al estilo afro y usaba unas gafas de baja graduación y armadura plástica que le conferían un cierto matiz intelectual.

—Bueno, te escucho ahora —dijo él—. ¿Qué decías?

La chica lo miró con los labios apretados, como dudando, y luego declaró:

—Que no quiero salir este fin de semana con Machado y Lalá.

Acosta dejó de frotarse la espalda con el trozo de toalla blanca.

—Tú verás lo bien que la vamos a pasar los cuatro en el canal de la Marina, muchacha —le prometió—. Ustedes dos van a estar cogiendo solecito, oyendo música y bebiendo tragos junto al canal, mientras Machado y yo buceamos y cazamos langostas. Te prometo que si tenemos suerte con la cacería yo mismo voy a hacer un enchilado de langosta que te vas a chupar los dedos. Tenemos todos los ingredientes.

—Sí, chico, yo sé que podría pasármelo bien, pero…

—¿Cuál es el problema, entonces? —dijo él preocupado—. ¿Te aburres con Lalá?

—No es eso —terció ella con fastidio—. Es que no quiero seguir saliendo con ellos. Todos los fines de semana salimos con ellos; vamos a la discoteca juntos, vamos a la playa juntos, nos emborrachamos juntos, alquilamos películas y telenovelas para verlas con ellos… Parecemos un cuarteto. Me siento cansada de ir con Machado y su mujercita a todas partes. —Suspiró—. En serio, necesito un descanso; estar a solas contigo o salir con otra pareja distinta.

Acosta se agachó a su lado y le acarició el cuello con su manaza.

—No te entiendo, Cachita. No te entiendo. Nunca me habías dicho que te molestaba la compañía de ellos.

Ella suspiró.

—Pues te lo estoy diciendo. Me siento saturada de sus conversaciones, y de los mismos chistes todas las semanas. Lalá solamente habla de los problemas que tiene con sus hermanas, y que si se compró tal pacotilla o consiguió gangarrias labradas en plata; y ustedes dos siempre están reciclando las anécdotas del trabajo. ¿No podemos cambiar de amistades por un tiempo?

Acosta la miró muy serio a los ojos. Dejó de acariciarla.

—Esas son nuestras amistades, Cachita —manifestó—. Para bien y para mal. Lalá es buena gente; es un poco sonsa y aburrida, pero es buena gente. Y Machado es mi hermano…

—Machado es blanco y tú eres negro, Acosta —lo atajó ella—. No son hermanos.

Los ojos de Acosta parecían ascuas en la penumbra de la habitación.

—La raza no importa. Somos hermanos; de diferentes madres y diferentes padres, pero hermanos igual. La lealtad es lo que cuenta.

Ella sacudió la cabeza con vehemencia.

—Pues no me gusta ese concubinateo entre ustedes. No lo veo normal.

—¿Concubinateo? —La expresión de Acosta se endureció—. ¿Qué palabrita es esa, Cacha? ¿Qué es lo que tú estás insinuando?

—No insinúo nada. Lo único que te digo es que tanta fraternidad entre ustedes me parece excesiva —respondió ella, pero suavizó el tono, como disculpándose.

—Esa fraternidad es la que nos fortalece. Nos cuidamos las espaldas en el trabajo, y compartimos juntos nuestro tiempo libre porque así lo deseamos. Es un pacto, mutuo y voluntario, pero yo no aspiro a que tú lo comprendas; sólo a que lo aceptes.

Cachita hizo un mohín con los labios.

—Yo sólo pretendía descansar un poco de su compañía.

—Pues si necesitas descansar, no vayas con nosotros al canal este fin de semana, ni hagas salidas con nosotros por un tiempo; yo no voy a echártelo en cara —La gravedad en la voz de Acosta la caló hondo—. Pero no me pidas que me aleje de mi hermano. No me pidas que le dé la espalda y salga con otras amistades. Te lo digo muy en serio, Cachita; no me obligues a escoger entre tú y mi amistad con él. Machado estaba ahí antes de que tú llegaras, y va seguir ahí, apoyándome, el día que tú decidas romper conmigo, ¿me entiendes? La relación de hermandad entre él y yo es mucho más importante de lo que tú crees.

Estaban muy cerca ahora, los rostros a un palmo de distancia, pero Cachita sentía que se había abierto un abismo entre ellos. Si no iba con cuidado, podía perder pie y caer por ese abismo. Tenía que ceder.

—Está bien —asintió dejando escapar el aliento—. No hay problema. Todo seguirá como antes. Resistiré.

—Nadie te está pidiendo que resistas —insistió su marido—. Yo sólo quiero que trates de pasártela bien. Y que no me obligues a escoger.